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El juego de la oca: una interpretación esotérica

A veces el mundo encubre ciertos enigmas que a nuestros ojos nos parecen tan triviales y mundanos, que muchas veces no logramos captar la esencia revitalizadora y profunda que nos ofrecen.

Aunque a muchos les pueda sorprender, el juego de la oca esconde un gran simbolismo  esotérico que ha acompañado a la cultura humana desde hace muchos siglos y bajo diferentes nombres, adaptaciones y contextos. Sin embargo, lo que se ha mantenido intacto es el uso de símbolos, estructura, el objetivo del juego así como la alegoría de algunas de sus figuras, incluyendo la figura de la oca misma, un animal mitológico y simbólico. Además, cabe mencionar que el uso de los números y de los dados puede enriquecer el verdadero significado que se trata de desentrañar al jugar una partida.

En el caso del juego de la oca tenemos una pieza interesante de análisis, ya sea por su numerología, su interpretación de símbolos alquímicos, su viaje del iniciado, etc. Además de que se ha considerado que la oca o “goose” (ganso) conserva otro secreto en su nombre en algunos contextos (ya que inicia con la letra G). También hay que considerar el número de casillas disponibles, que son 63 (6+3=9).

Otro ejemplo lo tenemos representado ante la forma de la pata de la oca, lo que algunas órdenes de caballería retomaron, por ejemplo, en la “cruz patada”.  También se le ha atribuido a héroes épicos como Aquiles el haber jugado al juego de la oca reflejando la bóveda celeste sobre su brillante escudo, así como también se le atribuye al juego ser una representación del Camino de Santiago”.

El juego de la oca actual, que se puede encontrar bajo diversas versiones e interpretaciones, aún conserva esa esencia arcana y mística, en la que fluyen los significados de una travesía de perfeccionamiento hacia lo más sutil.

Al ser un elemento “iniciático”, el juego de la oca mantendrá un lenguaje oculto que solamente algunos podrán leer e interpretar, siendo que la mayoría de los visitantes solamente verán un juego para niños.

El tablero del juego se presenta como un rectángulo que podría representar la tierra, y del cual surgen casillas que  se asemejan a una espiral con un centro, lo que representaría al cielo. Este viaje iniciático está repleto de figuras y números enigmáticos. Dentro de este viaje el jugador deberá recorrer pruebas y elementos que lo llevarán a conseguir el perfeccionamiento de su ser.

Elementos como la casilla de la oca, la cual puede garantizar una segunda oportunidad de tiro, o algunas otras como la muerte, la prisión, el uso de símbolos masculinos y femeninos, puentes, puertas y demás, le dan un tinte hermético al significado de este viaje iniciático. Podríamos decir que el jugar a la oca es casi como seguir una receta de Alquimia.

Aunque el juego consta de reglas establecidas y aunque ha cambiado poco desde los primeros indicios que se tienen del juego, es indudable que es un elemento que sobrepasa la mera percepción que se tienen de los juegos de mesa. Estos juegos son una guía de aprendizaje para el verdadero iniciado y tenemos muchos ejemplos: las cartas de tarot, la baraja española, el ajedrez y hasta el conocido “avioncito” que se dibuja con tiza en las calles de muchos países.

¿Cuándo fue la última vez que usted se asomó a estos juegos presentados desde la infancia?

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Bibliófila extraterrestre Opinión

¿Por qué se fue? ¿por qué murió?

En estos tiempos de pandemia, de reflexión y mucho retraimiento, he estado pensando mucho en las pérdidas de personas queridas y lo doloroso que es saber que hay seres irremplazables en nuestras vidas… el caso (para no entrar en profundidades) es que estas cavilaciones me llevaron a pensar ¿Qué sería de mis historias favoritas, si cierto personaje no hubiese muerto?

Estuve investigando y respecto al desarrollo de personajes literarios, hay muertes necesarias (las que son indispensables para que la historia tome el giro requerido) y gratuitas (las que no tienen repercusión en la historia).

Entonces, comprendí que hay muertes que tienen que ser parte de la trama, para que la historia tenga el impacto deseado. Por ejemplo: en Bajo la misma estrella, Gus tenía que morir, para que yo llorara, y para que el final de la historia fuese desgarrador. Cuando leí Yo antes de ti, guardé toda la esperanza que me encontraría con un final tipo Disney, pero ¡NO!, el caso es que la muerte de Will también era necesaria.

Pero luego vinieron a mi cabeza algunas muertes gratuitas (o lo son para mí, porque eran de mis personajes favoritos). El primero que se me vino a la mente fue … claro que sí, Dumbledore ¿por qué se fue? ¿por qué murió? (si lo leíste cantando, eres de los míos. ¿La historia de Harry Potter hubiese sido la misma, si Dumbledore no hubiese muerto? Sra. Rowling, ¿era necesario que lo matara? Pero no solo esa muerte, nos hizo llorar, porque justo cuando empezamos a entender a Snape y hasta nos encariñamos con él, llegó Nagini y acabo con la empatía.

Debo confesar que lloré cuando Bellatrix acabó con Sirius. Sirius Black personificaba la felicidad cercana para Harry, al fin parecía que dejaría atrás sus penurias; sería un niño amado por alguien que lo aceptaba tal como era y de repente, mueren con él todas nuestras expectativas de una vida feliz. Una muerte necesaria, lo sé, pero que destruyó por momentos mi ánimo.

En El señor de los anillos, Gollum debía morir, era una muerte necesaria, porque él debía destruir el anillo único. Pero yo me encariñé con el personaje, y las conversaciones con su alterego Smeagol (¡que bien pensado, Sr. Tolkien!)

Una historia cargada de muertes inesperadas, donde sufrí de principio a fin, fue Juego de tronos. Algunas, la verdad me parecieron producto de la justicia, como la de Ramsay Bolton o Joffrey Baratheon. Otras, fueron indispensables para la trama, porque si Ned Stark no moría, no había historia… le perdono semejante muerte a G. R. R. Martin. Pero, ¿era necesario la boda roja? ¿Cómo dejaron que Melisandre sacrificara a Shireen? !Hodor, HODOR¡ que era como un osito cariñoso y terminó ahí, sujetando esa puerta… No quiero hablar del final de la serie, porque sé que G. R. R. Martin terminará la historia de modo impactante (con muertes necesarias y gratuitas) e inolvidable.

En El Conde de Montecristo, el padre debía morir, para que los acontecimientos tomen su curso, y la historia sea tan maravillosa… pero como duele; digamos que esa muerte era necesaria. Ahora, Sr. Shakespeare, ¿era necesario que Romeo y Julieta se murieran de una manera tan desafortunada? (y tan desesperantemente absurda), supongo que esa es la sustancia de las tragedias Shakespearianas, pero que ganas de ir a zarandear a Romeo o derramarle el veneno a Julieta, con un manotazo.

Claro que esas muertes le dan impacto a las historias (sean necesarias o gratuitas), al final, hacen que esos personajes sean inolvidables y que sintamos la necesidad de guardar luto por la pérdida. Puede parecer absurdo , pero es un hecho que algunos especialistas han investigado al respecto, según afirma Sandoval (2015) quien indica que la pérdida de un personaje duele, porque nos reflejamos en ese ser ficticio y de alguna manera hemos creado nexos emocionales; es por ello que sentimos luto y la pérdida de este personaje tiene un peso emocional.

Como en la vida, la muerte (necesaria o gratuita) viene cargada de lecciones, algunas marcan hitos en nuestras vidas, otras pasan… Pero, si tú eres de los que sufre cuando un ficticio llega a su fin, tengo una noticia para ti: Estoy contigo y somos muchos.

Referencias:

Sandoval, C. (2015). El luto por los personajes de ficción sí existe. El Comercio. https://www.elcomercio.com/afull/luto-muerte-personajes-seriesdetelevision-emociones.html

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Narrativa Retazos del...

Ritual

A veces solo queda sanar… 

Mi abuelo te rezaba a vos. Se hincaba frente a las piedras del lago y rezaba. Hablaba que había que agradecerte, hablaba que había que pedirle a los dioses para que te mantuviera sana y para que sus nietas y sus nietos pudiéramos verte. Se hincaba y te decía que nos disculparas por menospreciarte, por contaminarte y malgastarte. Sus lágrimas se perdían entre tus aguas… “Hijos, no la dejen morir, por favor”, decía el abuelo. Te ofrendaba frutas: unas naranjas, unas mandarinas y algunos limones cada vez que iba a verte… Así te mantendrás siempre fresca, decía… 

¿Qué hicimos para merecerte? ¿Qué te dimos a cambio? ¿Alguien se habrá sacrificado por vos? ¿Alguien habrá dado su vida para que hoy te tengamos con nosotras y nosotros?, vociferaba el abuelo mientras su llanto nos desgarraba. El abuelo siempre nos decía que los ilusos pensaban que nunca te acabarías, que eras infinita y que, junto a la eternidad, nos verías desaparecer. Sin embargo, nosotros nos creímos especiales. Nosotros… Hasta que llegó el día en el que dejaste de venir. Llegó el día en el que al abrir la llave de paso ya no caíste. Hasta que llegó el día en el que la ducha cesó.  Por suerte el abuelo ya no vio cuando te fuiste, cuando decidiste ausentarte…

Hoy recordamos al abuelo y su rezo. Hoy tratamos de recordar aquellas palabras que decía para disculparse con vos, para contentarte y hacer que, al final, aparecieras. El último poco de agua que queda en casa es la que está en aquel vaso frente al altar para nuestros muertos… y hoy pareciera que el agua también es uno de ellos… 

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Canaimera

Anaïs Blues | La tinta del silencio

El arte debe ser siempre rebelde. Así que, por antonomasia, una editorial artesanal estará siempre en rebeldía. Sino fuera así, o si en alguno momento traicionase sus principios, se convertirán sus productos en simples fetiches  “bonitos” del mercado. Tremendo es adentrarse en las entrañas de una editorial artesanal e independiente (valga la redundancia) latinoamericana. Es que la literatura, como ya sabemos, en ésta, nuestra Camainera, en el más amplio sentido de la palabra, es sortilegio tremendo que va a caballo entre los fantástico y lo absurdo. Obsesión por la hechura, culto ciego por el libro, hacer del arte un mojón que se desayuna a diario como si fuesen fresas con crema, eso significa ser un editor artesanal en nuestra tierra…quizá. O como dijera el poeta chiapaneco: yo no lo sé de cierto, lo supongo. Para confirmarlo (o refutarlo), es que en esta entrega nos adentraremos en el alma de una editorial mexicana que ha apostado al arte y a la independencia en un ámbito poco amable con ambas tradiciones. Principalmente en estas épocas pandémicas que han volcado el mundo de los libros a la virtualidad. La Tinta del Silencio, editorial chiapaneca, que ha mudado sus reales a la insigne y brava ciudad de Ecatepec, es un proyecto liderado por Luis Ramos y por Anaïs Blues (Tuxtla Gutiérrez), escritora chiapaneca a quien hoy tenemos el gusto de entrevistar. Blues es escritora, editora, artesana y feminista, egresada de la Universidad Autónoma de Chiapas, y se decidió, en 2011, a fundar la editorial La Tinta del Silencio, junto con Ramos. Desde entonces ha apostado a publicar un catálogo heterodoxo e incierto, que da cuenta de lo mejor —en su perspectiva y apuesta—, de la literatura latinoamericana contemporánea.

  • Anaïs Blues, ¿eres rebelde?
  • En mi caso particular desde que decidí estudiar Literatura a pesar de lo que decían mis padres y pagar mis estudios con mis propios recursos creo que fue uno de mis primeros actos rebeldes de manera consciente y desde luego tener una editorial y hacer libros artesanales es un acto de rebeldía que me ha llevado diez años gestar.
  • Naciste editorialmente en aquella frontera ríspida que es Chiapas, justo cuando en el lado contrario, Guatemala, se vive un intenso movimiento editorial, ¿Por qué mudar tu proyecto a la centralista capital de México?
  • En el 2013 yo quería cambiar de rumbos y consolidar un equipo de trabajo para la editorial ¾en ese momento aún no conocía el movimiento editorial en Guatemala, ni tenía amigos ahí¾; en la Ciudad de México ya había tenido la oportunidad de vivir unos años antes por un intercambio en la UNAM cuando estudié un posgrado y tenía amigos que podían ayudarme, por eso decidí irme a la Ciudad de México.
  • ¿Qué significa para ti una editorial independiente y artesanal?
  • Independiente porque busca publicar géneros poco difundidos y autores que vale la pena apostar por ellos, quienes tienen una obra que no sigue modas si no que están haciendo una propuesta a la literatura hispanoamericana.  Una editorial es artesanal porque tiene acabados especiales como la serigrafía, el bajo relieve o la encuadernación hecho a mano. Un proyecto así es todo un reto pero es algo que nos da mucha satisfacción.
  • ¿Porqué además de independiente, artesanal?
  • La tinta del silencio es una editorial independiente porque busca apostar por publicar autores contemporáneos de géneros que aún son desdeñados como el cuento, la poesía y la minificción. Nos definimos como una editorial artesanal ya que nuestros libros tienen un plus en sus acabados (serigrafía, encuadernación hecho a mano, en algunos hay bajo relieve), tenemos colecciones completas con portadas impresas en serigrafía (La nave insólita, por ejemplo) y todos nuestros libros son encuadernados de manera artesanal. Estos acabados especiales hacen que nuestros libros se eleven a la categoría de libro-objeto, buscamos que los lectores aprecien nuestros libros como objetos bellos en consonancia con sus formatos y sus contenidos.
  • ¿Qué dificultades y riesgos presenta ser una editorial independiente y artesanal en Latinoamérica?
  • Es muy complejo tener una empresa cultural como en este caso una editorial ya que vivimos en un gobierno con malas políticas culturales que no toman en cuenta a los proyectos independientes y el poco recurso que existe para publicar solo se reparte en pocas manos. Los riesgos son enormes, la venta de libros especialmente en México es muy difícil y tienes que buscar alternativas para crear nuevos lectores. Además de ser editores, tenemos que ser promotores de lectura, vendedores, publicistas y un sinfín de cosas más para lograr atraer un público que se interese por leer algo diferente.
  • ¿Ha afectado sustancialmente a la Tinta del Silencio la pandemia, en tanto que ha volcado el mundo editorial a la virtualidad?
  • Nos ha afectado mucho porque no hemos podido tener eventos presenciales, en especial las ferias de libros que ayudan mucho a que los libros encuentren a sus lectores ideales, sin embargo, hemos tenido que aprender a la marcha a generar eventos y presentaciones que nos acerquen al público en redes sociales. El mundo virtual tiene sus ventajas a la hora de hacer presentaciones o promocionar el libro, en una presentación virtual puedes tener cientos de espectadores pero eso no se traduce en ventas. En una presentación normal llegan veinte personas pero todas compran por lo menos un libro. Por otra parte toda la cadena del libro se vio afectada (edición, producción, distribución y venta) y eso significó para nosotros detener la producción de varios títulos, empezar a hacer ediciones digitales de nuestro catálogo y buscar hacer ventas desde nuestro sitio web y otras plataformas.
  • ¿Qué papel juega el libro artesanal ante esta digitalización del mercado editorial?
  • Los libros artesanales siempre tendrán un papel importante, aunque existan libros digitales también los libros artesanales serán apreciados, el tener la posibilidad de tocar una portada, la sensación de hojear con los dedos un libro no podrá ser sustituido.
  • ¿Se pueden hacer libros artesanales virtuales?
  • Sí, hay posibilidades que nosotros estamos buscando para integrar un libro artesanal y la realidad aumentada, por ejemplo el libro Trilogía Cthulhu de Miguel Lupián contiene ilustraciones que pueden ser apreciadas con animación y estamos tratando de ir incorporando nuevas posibilidades de lectura en nuestros libros artesanales.
  • ¿Qué es para ti el libro, Anaïs?
  • Es un mapa de deseos.
  • Has apostado a la minificción como una de tus líneas editoriales ¿porqué y cuál crees que es su densidad en la literatura contemporánea latinoamericana?
  • Apostamos a la minificción porque consideramos que es un género que ha sido poco explorado, cuando lanzamos la colección Gato Azul lo hicimos porque queríamos difundir más este género que nos encanta, actualmente en Latinoamérica ya empieza a ser tomado en cuenta y cada año se hacen más publicaciones, es un género que está creciendo mucho.
  • Como si no resultara difícil abrir mercado en Latinoamérica, te has aventurado a explorar el mercado árabe con los 69 Haikus de Angélica Santa Olaya, platícanos acerca de este proyecto editorial.
  • 69 Haikus es parte de nuestra colección mayor de Poesía: Peces del viento, en este caso tuvimos la oportunidad de que la escritora Angélica Santa Olaya nos tuviera la confianza de ofrecernos este libro traducido al árabe, que estuvimos encantados de editar para su primera edición en México. El haikú es un género precioso que todo amante de la poesía debería tener y consideramos que 69 Haikus es un gran libro que será un gran referente en la literatura mexicana.
  • ¿Es cierto que los escritores editan mejor?
  • No lo sé, pero creo que para editar con calidad hay que pensar siempre en los lectores.
  • Has apostado por editar a escritores de distintas latitudes de Latinoamérica, por eso me atrevo a preguntarte, ¿cuál es tu perspectiva de la literatura hispanoamericana contemporánea?
  • La literatura hispanoamericana contemporánea es increíble, hay autores maravillosos que están publicando actualmente en toda clase de géneros, pero siempre nos falla la difusión para conocer a los que valen la pena.
  • ¿Por qué se ha perdido el diálogo literario latinoamericano intercontinental y cuáles crees que sean las consecuencias de este ostracismo?
  • En parte se ha perdido porque aunque tenemos el internet estamos cada vez más solos porque hay más distracciones que no nos permiten el diálogo personal, ni fomentan la crítica; una de las consecuencias es que pareciera que hay un boom de publicaciones valiosas pero en realidad muchas de ellas no se consolidan porque han sido hechas al vapor y no aportan nada.
  • Anaïs ¿por qué el Blues?
  • Blues es una palabra que me encanta por su significado doble: remite a un estado de ánimo (la melancolía o tristeza) y a un género musical nacido en Estados Unidos que me apasiona.
  • ¿A qué autoras y autores le apuesta La Tinta del Silencio?
  • Apostamos por autoras y autores contemporáneos que destaquen por su originalidad en los géneros de cuento, poesía y minificción.
  • ¿Qué sientes al elaborar un libro?
  • Mucha alegría, es como parir un nuevo hijo.
  • ¿Qué peso tiene tu binomio Luis Ramos en esta empresa?
  • Luis Ramos es un gran editor que ha permitido que la editorial crezca más por su conocimiento que tiene de libros antiguos y de colección; además Luis se encarga de hacer portadas en algunas colecciones (por ejemplo él hizo la portada de Cuéntame un blues, la primera antología de nuestra colección Gato Azul), así como investigar formatos y concretar colecciones. A partir de su ingreso a la editorial en el 2013 empezamos a crear colecciones y a consolidar un catálogo de autores internacionales.
  • ¿Qué tanta tradición y compromiso tiene Latinoamérica en la hechura de libros artesanales?
  • En Latinoamérica hay una larga tradición en la elaboración de los libros artesanales por parte de editoriales independientes, en especial las editoriales cartoneras que son un ejemplo al usar materiales reciclados para la elaboración de portadas, creando libros únicos. 
  • ¿Cuál es la incidencia positiva y negativa del feminismo en la literatura latinoamericana contemporánea?
  • El feminismo tiene un papel importante en la crítica literaria al incidir en la literatura contemporánea porque ha influido en recuperar a escritoras latinoamericanas que por prejuicios de género se habían omitido de la historia de la literatura latinoamericana, lo cual ha permitido una nueva cartografía de la literatura.
  • ¿Cómo es que, además de editora, eres poeta?
  • Aunque no es obligatorio que los editores se dediquen a la escritura, muchos de mis colegas tienen esta faceta de la creación literaria. A mi me encanta escribir no solo poesía sino también cuento y ensayo, pero actualmente no escribo tanto como quisiera porque la edición es muy demandante.
  • ¿Se puede ser artesanal y comercial al mismo tiempo?
  • Sí, todo radica en el valor comercial que le demos a lo hecho a mano. Si bien la producción es limitada y los procesos requieren más tiempo, también hay un cuidado mayor en cuanto a la calidad y al trabajo, a diferencia de los procesos industriales. Creo que muchos lectores valoran eso en las ediciones que hacemos, por que son libros diferentes que desde que los tienes en las manos sientes la textura del papel, ves el color y los detalles de la serigrafía, y aunque a primera vista no se note que son artesanales hay algo que los distingue. Además son libros únicos, no hay dos ejemplares iguales así que a la larga tendrán un valor de colección también.
  • Defínenos y descríbenos a la editorial La Tinta del Silencio.
  • Es una editorial que apuesta por autores contemporáneos que serán referente de la literatura hispanoamericana y que piensa en la hechura del libro como un objeto bello.
  • Por último, Anaïs, ¿Cuáles son los signos, invisibles y secretos, los significados desdoblados, de eso que llamas la tinta del silencio?
  • Vemos el silencio como una fuerza creadora, aquello que no se ve, lo que no se nombra suele dotar de significado a todo lo demás. Detrás de La tinta del silencio hay muchos sacrificios, mucho esfuerzo, creatividad y meditación al momento de concebir un libro.
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Ensayo Opinión Verbologías del equilibrista

Notas sobre tecnociencia y reconfiguración económico-política

I

Hay acaso una forma destacada en que la tecnociencia contemporánea es una de las bases productivas para soportar las crisis cíclicas del mundo económico. En los términos de uno de los debates clásicos en la teoría económica de raigambre marxiana, la tecnociencia ha venido a representar una posibilidad de recuperación del capitalismo ante la caída tendencial de la tasa de ganancia histórica, y ello por medio de un reajuste sistémico de la producción social de valor económico mediante la mercantilización en escalas técnicas y bióticas impensadas. 

En este sentido, es útil recordar que la economía se ocupa, entre otras magnitudes sociales, de la comprensión de las crisis sistémicas: es una interpretación acerca de la capacidad de adaptación sistémica traducida en capacidad de valorización al interior de un sistema de sistemas cuya dinámica son ciclos tras ciclos de procesos críticos de destrucción creativa (innovación en sentido schumpeteriano) y valga la redundancia, destrucciones destructivas. En el estado actual de los procesos de valorización económica ligados a la tecnociencia, ella funciona como motor de ampliación significativa de los procesos de valorización económica en sostenidos contextos de crisis; es una vía de amplificación, una capacidad, de concretar valores de cambio científico-tecnológicos y asignarles un rol en el mercado, ya sea como 1) cinturón de fuerza que permita retener para el capital el privilegio de producción de valor, ya sea para 2) amplificar y renovar dicha producción, que es, en verdad, un entero socio-metabolismo. Como podrá suponerse, la dinámica en que se da este proceso es en verdad bastante incierta. A decir de Claudio Katz (2001),

La dinámica súper competitiva que prevalece en el “high tech” y la batalla por capturar una renta tecnológica, permanentemente amenazada por la caída de los precios retrata un cuadro de revolución tecnológica, pero en condiciones muy inciertas. Cuando se trabaja con un margen de beneficio tan amenazado por la competencia deflacionaria, sólo la sustancial ampliación del mercado permite seguir valorizando el capital (ibid.).

De esta forma, la tecnociencia funciona como una contratendencia explosiva de carácter histórico e incierto que definiría una nueva época de destrucción creativa schumpeteriana en la producción social. Se trataría, en tal caso, de una contratendencia crítica y característica del presente, en que los procesos de apropiación/expropiación de la riqueza pública y social existente —esto es, la conversión en mercancías de los recursos naturales, estratégicos, genéticos y culturales—, enmarcan continuamente la crisis sistémica por la que atraviesa el sistema-mundo en las décadas de desarrollo del capitalismo avanzado, pero sin llegar a definir una nueva era dorada en la producción capitalista o un boom sostenido hacia la superación de la lógica de escasez que el propio sistema impulsa para autolegitimarse.

II

La economía-política, subsume (no solo en el terreno de los fenómenos superficiales, como el intercambio y producción de mercancías en el mercado) a los procesos de producción científico-técnica que, por su parte, no hacen más que ampliar su horizonte de visibilidad y acción para la producción de valor. Se trata de una doble determinación del capitalismo contemporáneo: la tecnociencia es un inédito rostro del capitalismo avanzado y la economía-política es el espacio relativamente vacío que resignifica a la “innovación” (con sus ciclos de auge y crisis recesivas) por medio, ahora, de la “revolución tecnocientífica”. 

En palabras de Claudio Katz, en referencia al componente informático de la tecnociencia, lo realmente novedoso en la transformación tecnocientífica, “no es la gravitación de la información en la economía, sino el desarrollo de una tecnología para sistematizar, integrar y organizar el uso económico de la información” (Katz, 1998ª: 1). Si la tecnología es el proceso de la aplicación del conocimiento científico a la producción social, hay que tener en claro que las normas que regulan dicho proceso son las propias del capitalismo. 

Para este autor, el “cambio tecnológico” lo es precisamente en el nivel de una reorganización de las fuerzas productivas del capital. Pero se trata de una reorganización (por subsunción) de la tecnología revolucionada al sociometabolismo del capitalismo contemporáneo, y sus productos se someten a los ritmos que el mercado de las innovaciones impone. Sin poder escapar al ritmo vertiginoso de la acumulación con todas sus consecuencias sociales, termina por integrarse a la continuidad de los ciclos de crisis y auge que hacen parte de la historia del capitalismo en cuanto modalidad de realización de la civilización moderna. En este caso, la producción tecnocientífica no representa el horizonte de superación de los ciclos de crisis recurrentes en la historia de la modernidad capitalista, sino un reajuste a nivel productivo definido por procesos de innovación cuya tendencia en términos de ganancia global histórica está aún por definirse. De aquí que toda formulación de un telos poshistórico tecnológico, posindustrial o tecnocientífico, no haga más que estatuir un mito ideológico y una ilusión de superación de lo que es realmente constitutivo de la modernidad capitalista. 

III

A la celebración de las bondades de la sociedad informatizada y tecnocientífica, con su evangelio sobre las ventajas liberadoras de las mercancías simbólicas y de las nuevas tecnologías (compartida por autores tan disímiles como Castells, Hardt, Lash o Toffler) se opone precisamente el hecho de que tal sociedad de la información y el conocimiento es, a la vez, una concepción del mundo surgida en un contexto de crisis de reposicionamiento que busca diseñar maneras (tecnocientíficas) de renovar los ciclos de producción, distribución, circulación y consumo del capitalismo. Y tal rediseño, como bien anota Javier Echeverría (2003), corre a cargo de diversos agentes: gobierno, corporaciones, universidades, etc., de tal manera que hay una participación pública y privada, por así decirlo, en la producción tecnocientífica en un contexto de crisis.

La cercanía entre crisis, gobierno, tecnología y capital es bien abordada El mundo tras la era del petróleo (1985), donde Bruce Nussbaum ya situaba a la OPEP como precursora de la crisis de la era pos-petróleo y, a la vez, casi accidentalmente, detonadora de la revolución tecnológica que sobrevino; de tal manera que, para él, la racionalidad gubernamental (neoconservadora), la crisis norteamericana, la tecnociencia, así como la informatización que la acompañaba, iban de la mano. No es, entonces, como parecen pensar no sin ingenuidad Castells o Michael Hardt, que la revolución tecnocientífica e informática que son parte de la producción actual, supongan el paso hacia una sociedad distinta que supera los viejos métodos de apropiación/explotación capitalista por medio del uso comunitario de bienes simbólicos: el “capital intelectual” de que habla Javier Echeverría. Ante lo que estamos es una redefinición del mundo social moderno/capitalista por medio de su subsunción en una reestructuración productiva. Gonzalo Zavala Alardín, incluso diría que es una retórica progresista (la tecnocientífica y de la sociedad de la información) que esconde viejas nostalgias conservadoras cargadas de ideología (1990).

Viendo críticamente tal celebración de las virtudes que podríamos llamar tecnocientíficas y en el entendido no determinista, pero sí precautorio, de que la tecnología no se determina a sí misma, no configura un mundo nuevo de manera asocial y autonomizada respecto a los procesos históricos, sino que ella es determinada por el proceso social de la acumulación, podemos entender cómo se somete a las reglas de la competencia y el beneficio para lograr “innovar”, de tal manera que no hay algo como un imperativo tecnológico (Katz, 1998b: passim). Hay determinaciones de carácter histórico-social y económico-políticas en el mundo tecnológico. No es la tecnociencia (juzgada como promesa de conciencia planetaria e indicio cuasi teológico irrefrenable de la misma) la que determina al mundo, sino que ella es determinada por la suma de las relaciones productivas que lo integran. 

Conformándose como complejo de complejos conceptual, la tecnociencia, es parte (subsumida) y producto de una totalidad que transforma la naturaleza de los objetos que la conforman (ciencia y tecnología) en mercancía. De ahí que la naturaleza de la acción tecnocientífica cambie profundamente las naturalezas anteriores de la acción científica y de la acción tecnológica. Por eso, con tino, Javier Echeverría, sostiene que “la revolución tecnocientífica crea una nueva modalidad de capitalismo, el tecnocapitalismo, muy diferente del capitalismo industrial” (Porta, 2016). 

Hasta aquí y juzgada de esta manera, como hipotética contratendencia a la caída de la tasa de ganancia histórica, la tecnociencia permitiría la expansión de los límites de crecimiento del capital, puesto que no incide meramente dentro del “mercado” como realidad fija históricamente constituida y terminada (locus del intercambio de bienes de consumo fenoménicamente trazables e insuperables), sino que, tendencialmente, incide en las ramificaciones todas de la entera vida socio-biótica, que devienen potencialmente mercancías presentes y futuras en niveles moleculares. Sin embargo, es preciso indicar que el curso de dicha contratendencia tecnocientífica no es claro aún. No parece todavía posible señalar que la tecnociencia representa una revolución a nivel de la recuperación en la tasa de ganancia global para el capital, deviniendo en una contratendencia definitiva a su tendencial caída en el marco de los ciclos de auge y crisis históricos. Para economistas y tecnólogos no está claro todavía que el proceso de reorganización y crisis del capital en que se inserta la tecnociencia pueda derivar en crecimiento económico en el largo plazo (Katz, 2001). 

IV

Para la teoría económica neoclásica, que es la que mayor influencia tiene en el campo de las acciones económico-políticas, la revolución tecnocientífica vendría a ser un proceso “innovador” de maximización (su posibilidad, ante todo) de la producción bajo condiciones de escasez. En este sentido, dicha teoría económica presenta el cambio tecnológico que viene de la mano de la informatización, le tecnogenética y las biotecnologías, etc., bajo los estrictos términos de una reactualización tecnificada para contrarrestar la escasez por el camino de una artificialidad expansora de los mercados, aplicados a metabolizar otras dimensiones de “lo vivo”, o si se quiere, de la Naturaleza. Se impone una definición de lo Natural tecnocientífico en contra de toda la dispersión que el pluralismo y relativismo culturales puedan apreciar como característica fundamental del sistema global viviente. Por ello Sunder Rajan (2006, passim), crítico de tales posiciones neoclásicas, piensa al gen como una unidad que, apropiada por las corporaciones capitalistas, resignifica ampliamente, por el camino de la innovación, la relación entre inputs y outputs económicos al ensanchar el campo del conocimiento tecnológico; el capital tendría una función parasitaria pues busca agentes de hospedaje a los que “cobra” a nivel material, simbólico, discursivo, etc. Los nombres de la subsunción pueden multiplicarse analíticamente hasta donde nuestra imaginación lo permita. Sin embargo, es posible afirmar que el objeto tecnocientífico así producido por la teorización neoclásica es fundamentalmente conceptuado en una ausencia de movimiento: el objeto tecnocientífico es estático. No podría lidiar con la tecnociencia como dinámica sometida a las tendencias históricas y sus combinaciones inter-temporales. 

V

En el entendido de que la economía de corte capitalista es 1) una economía monetarizada de producción (y no una de intercambio), es decir, un modelo con supremacía de la actividad de producción/acumulación sobre la de intercambio/realización, y en donde 2) el motor de la actividad de producción es la inversión (acumulación privada de capital), aunada a decisiones de orden empresarial con capacidad de modificar con dinamismo el avance tecnológico y el uso combinado de factores productivos, es que se sostiene la ya referida relación de subsunción de la tecnología y la ciencia por el capital (Fugamalli, 2010: 27). Incluso revisando las tesis de Javier Echeverría (2003), que, aunque no profundiza en el contenido de la relación capital-inversión, sí hace mención de ella, es posible sostener que, en la tecnociencia, la inversión representa la manifestación del poder del capital. Tanto ha crecido tal poderío que, para comienzos del 2000, este autor ya notaba que si en “1968, la industria norteamericana sólo invertía en I+D la mitad que el Gobierno Federal [en] 1980, pasó a invertir más, tendencia que ha proseguido en las últimas décadas del siglo XX, hasta llegar al 70% de inversión privada en la actualidad” (2003: 19). 

Si acordamos que de la inversión dependen los éxitos del proceso de acumulación de capital, entonces es posible pensar que ella es una forma de poder en la tecnociencia (biopoder diría Sunder Rajan). Y lo es justo porque de ella dependen las modalidades/formas de la tecnociencia contemporánea. La inversión capitalista otorga por un lado 1) poder sobre los productos (mercancías) tecnocientíficas, ofertando la posibilidad de decidir cómo han de producirse (pero también su precio y cantidad) y 2) poder y, por ende, control, directo o indirecto (según las peculiaridades de la mercancía tecnocientífica concreta) sobre el trabajo tecnocientífico (y diría Foucault, sobre el cuerpo y la mente de los individuos), esto es, sobre las actividades propiamente tecnocientíficas. 

Lo anterior se liga con la noción de acción tecnocientífica de Javier Echeverría (2003), de evidente contenido económico y político, y sus condicionamientos, que no pueden ser establecidos en meros términos de un conflicto de valores donde lo económico (y con él, lo político) es tan solo un elemento más, pues, como lo sostenemos, tiende a subsumir y articular la totalidad tecnocientífica. 

Referencias: 

  • ECHEVERRÍA, Javier. La revolución tecnocientífica, México: FCE, 2003. 
  • FUGAMALLI, Andrea. Bioeconomía y capitalismo cognitivo, hacia un nuevo paradigma de acumulación, Madrid: Traficantes de sueños, 2010. 
  • KATZ, Claudio. “Crisis y revolución tecnológica de fin de siglo”, Realidad Económica, núm. 154, febrero, 1998a, pp. 34-49.
  • KATZ, Claudio. “Determinismo tecnológico y determinismo histórico-social”, Redes, vol. V, núm. 11, junio, 1998b, pp. 37-52.
  • KATZ, Claudio. “Mito y realidad de la revolución informática”, 2001, consultado en línea en: http://lahaine.org/katz/b2-img/Mito%20y%20Realidad%20de%20la%20Revoluci%C3%B3n.pdf 
  • NUSSBAUM, Bruce. El mundo tras la era del petróleo. México: Editorial Planeta, 1985. 
  • PORTA, Patricio, “Diálogos: Javier Echeverría”, Página 12, 16 de mayo de 2016, consultado en  línea en: https://www.pagina12.com.ar/diario/dialogos/21-299425-2016-05-16.html
  • SUNDER RAJAN, Kaushik, Biocapital: the constitution of postgenomic life, EU: Duke University Press, 2006. 
  • ZAVALA, Alardín. La sociedad informatizada, México: Trillas, 1990.
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Agibílibus

Apuntes de viaje: el diáfano Puerto de Veracruz

Era media noche cuando Diana y yo nos caminamos hacia una aventura  romántica con destino a la bella ciudad de Veracruz. El camino que nos esperaba era de seis horas saliendo a toda prisa desde la Ciudad de México. Después de mucho recorrido nocturno al fin arribamos cerca de las seis de la mañana en el Puerto de Veracruz, el cuatro veces heroico y renombrado sitio de tantas memorias históricas.

Para aquellos que desconozcan este paradisíaco destino de México, el Puerto de Veracruz significa riqueza cultural entre deliciosas playas, lugares históricos, la melancolía de un ayer cálido, postales emblemáticas, encuentros, desencuentros, sabores y muchas delicias culinarias únicas que sólo se encuentran en este espacio reluciente.

Al salir de la estación se pueden escuchar las piezas musicales ejecutadas por miles de pájaros en las copas de los árboles justo a la salida del sol.
El calor que emana del terreno es abrasador y perfumado. Aún antes de adentrarse en el puerto de percibe el aroma marino cargado de la pasión por la buena comida y hospitalidad.

El Puerto de Veracruz tiene un pasado lleno de gloria debido a los acontecimientos bélicos que ahí se sucedieron en las etapas de la Independencia, la Intervención Francesa, la Intervención Norteamericana y la Revolución, siendo el Fuerte de San Juan de Ulúa uno de los hitos más representativos del puerto.

A su vez se asoman las cálidas playas que rodean al Puerto en el cual se extiende un mar lustroso, profundo y misterioso. Siendo auriculares el puerto ha tenido un papel comercial importante hasta la fecha, actualmente pueden verse las grandes embarcaciones surcando las aguas próximas al Puerto.

Cerca del malecón, el lugar de paseo por excelencia, yacen algunas de estos inmensos barcos que bien podrían formar parte del horizonte permanente de Veracruz si no fuera porque a cada hora se ven distintos modelos, banderas y cargamentos que vienen y van a todas horas. El movimiento se mezcla con la ilusión febril como si fueran luces de farol en medio de una noche de lluvia suave.

A medida que el día transcurre en el puerto, lugares nuevos  brincan y se abarrotan  mientras el calor se intensifica. El aroma a marisco invade el entorno, las tiendas de artesanías rebozan y la heladería tradicional del “Güero Güero” lanza sus ofertas dulces como la clásica y riquísima nieve de cacahuate. Este sabor exige una segunda dosis constante cuya huella se queda plasmada en el paladar del extranjero que la recuerda hasta en sueños.

Aunque cerca del malecón abundan lujosos restaurantes y algunos buffet de prestigio para los turistas más exquisitos, sin duda los mejores platillos se sirven en Don Pepe’s, a unas cuadras del Zócalo, en donde sirven el inigualable Arroz a la tumbada, un caldo adornado con arroz y mariscos servidos estupendamente. Sin duda la atención, ambiente y hospitalidad de aquel restaurante se adecuan perfectamente al prestigio cultural del puerto. Afortunadamente, estos sitios prevalecen en la memoria del puerto y nos recuerdan que existe otro tipo de vida más allá de la incipiente urbanidad un tanto fría que tan esclavizados nos mantiene a todas horas de existencia.

Pese a que se cuente con varios días para explorar el lugar veracruzano, el tiempo no basta para explorar y disfrutar cada uno de los rincones que ofrecen recuerdos y secretos históricos: los edificios, faros, rutas de tranvía, playas, misteriosas calles y un sin fin de historias que han llegado a nosotros por muchas vías. Pareciera que aún retumban los cañonazos de combates arcanos mezclados con el sonido de los barcos cargados de tropas y de mercancías exóticas del ayer.

Por mucho tiempo el Puerto de Veracruz fue considerado como la puerta de México hacia el mundo, cosa que se puede percibir a primera vista en cuanto se pasea por sus alrededores. Por aquellas puertas seguramente deambularon emocionados nuestros antepasados y seguramente lo harán en un futuro nuestra descendencia próxima hasta fundirse en una cadena de tradición que el tiempo no podrá romper.

El folclor también inunda la vida nocturna del puerto, en especial cerca del centro histórico el cual se llena de un aroma a café fresco y cargado. Hay bailes, música, risas  y charlas amenas por todos lados. Uno de los cafés más famosos del lugar es el de La Parroquia, en el cual la tradición dicta una forma peculiar de pedir a los meseros un poco de leche en los cafés: hacer sonar la cuchara en el vaso emulando la campanilla de un tranvía. Esta es una tradición que aún sobrevive en los asistentes del lugar y que invade con ilusión a los extraños que venimos desde tierras más desconfiadas y frías.

Algo más para mencionar de este idílico lugar es el comportamiento del mar de noche. En cuanto el sol se pone y el cielo se llena de estrellas, el calor disminuye un poco y se libera la fiereza del mar se libera en toda su magnitud violenta. La brisa y el oleaje rugen con fuerza cerca de las playas y las rocas retumban con estos rugidos. A la distancia se percibe la oscuridad helada del mar que se extiende al infinito frente a nosotros. El corazón anhela calor, frescura y reposo en medio de aquel desierto de esplendor.

Sin duda te invade una sensación extraña y melancólica donde lo más impactante es el misterio del mar insondable que se funde con la negrura del cielo lejano. Un lenguaje olvidado se escucha a cada golpe de las olas sobre las piedras negras de la orilla. Debajo de aquellas aguas habitan mitos y leyendas que sin duda nos miran de igual forma en que nosotros miramos a las estrellas en lo alto.

Otros lugares impactantes en el puerto son la zona de
la acuario y “Cancuncito”, un lugar singular en medio del mar abierto creado a causa de un ciclón en décadas pasadas y en donde la gente puede acceder por medio de veloces lanchas y de guías especializados. Cerca del lugar también se encuentra la Isla de los Sacrificios y un área reservada en donde la vida marina se mantiene protegida ante el acecho de hombre civilizado y voraz como lo somos todos en su mayoría en este mundo de ajetreo sumergido en la más insípida inmediatez.

El tiempo en el Puerto de Veracruz parece transcurrir líquido y veloz mientras que a veces parece inmortalizar el instante en medio del oleaje tranquilo y las gaviotas. Un pasado olvidado nos agolpa la mente y nos susurra algunos secretos del mundo que yacen debajo en las profundidades del mar.

En algunos sitios se pueden ver espacios dedicados al recuerdo y a la añoranza. Todo encuentro romántico encuentra un nido dentro del mar y la arena del Puerto  de Veracruz. La piel y el corazón quedan marcados por el impacto de aquel sol reluciente que brilla, destella y nos embarga en una atmósfera de ensueño marítimo que estimula nuestra imaginación entre cada ola. Sin duda, una de las joyas históricas y culturales que tiene que ofrecer México al mundo. Aquí se ofrece otro mundo, otra forma de vida, otra esencia, otra alma para resurgir.

Así fue Veracruz para Diana y para mí.

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Narrativa Retazos del...

Rocamadour o texto experimental para el olvido…

Me siento junto a ella a contemplar el mundo. Parece que la vida tiene el mismo sentido que el de una hoja que cae de algún árbol. Contemplamos el sonido del automóvil mientras se enciende, la sonrisa de una mariposa que pasa frente a nosotros y nos ilumina. Sí. La vida se contempla en los detalles, como el auto que se mueve junto al nuestro y nos deja la vista de la montaña al descubierto, o una lágrima, o una sonrisa forzada… y ella sigue sin despertar mientras el dejo seductor del viento nos acompaña….

Nos acompaña luego de 88 capítulos de Rayuela para llegar a Rocamadour, para llegar a la maga, Lucía y la carta que escribe para su hijo. Escribe para recordarnos que la rabia del mundo puede que se aglutine en los olvidos.

¿Y qué si nosotros somos Rocamadour? ¿Y qué si somos nosotros ese niño muerto que la maga recuerda y abraza con las palabras? ¿Y qué si es el tiempo el único ser que se divierte junto a nosotros para recordarnos que la catástrofe y el amor se construyen sobre la misma viga?

Algunos se alegrarán con su muerte. Bien puede que alguno de esos seres que nombramos como dioses se haya congraciado con él para llevarlo, para llevarlo lejos, lejos del centavo que encontramos en la grieta del asfalto, de la mujer que sonríe, de un hombre que deambula en medio del silencio, del roce de los dedos que se entrelazan, de las luces que encandilan, de las miradas cargadas de complicidad en el tiempo. Para mostrarnos así que el olvido y el recuerdo son parte del juego de la vida.

Rocamadour alza la cabeza. Todo es un juego, una invitación y entonces, alguien dice: Buenas noches, bienvenidos todos, bienvenidos Rocamadoures…

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En el abismo

Arturo Santana | Anunciación a mitad del camino (Poesía)

La ciudad es un bosque
en silencio mortuorio,
el ruido monótono de cualquier tarde
bajo un cielo en cenizas.

Es la fría atmósfera
en el infierno de la vida,
donde marchan sin sentido
los esclavos, los demonios y los condenados.

(No vayas hacia la luz;
corre, piérdete en la selva oscura.)

Yo lo supe, desde antes
de abrir las puertas al dolor
que se asomó en la juventud.

Tú no lo sabes, no quieres saberlo;
él, ella, todos se van,
se consumen en la fuerza imparable
de legiones enteras.

(Quédate en esta colina, un poco más;
ya vendrá con sus alas de espinas.)

Así se ve la tortura,
se siente la desgracia en las venas.
¿No les pesa el corazón marchito?
La costumbre es fuerte y ciega;
la vida se ha vuelto el miedo de mis ojos.

¿Mas qué es la vida misma
si no se puede llorar con los sentidos?

(Ese es el secreto que nadie busca;
la verdad asesinada desde que el caos se volvió hombre.)

Recorre mi piel un aliento cálido,
una sombra desconocida.

El aire lleva consigo
luces de oro, polvo plateado.

(¿Sopla el viento en este lugar?)

Y en su marcha inagotable,
no perciben el cambio en la atmósfera;
la lluvia suave que crece a mis espaldas.

(¿Qué presencia se yergue aquí?)

Danza de plumas
inunda el valle,
la ciudad que parece bosque.
La selva oscura.

(¿Qué buscas en esta tierra perdida?)

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Proyecto Azúcar

Estrellas | José A. García | Cuento

—Las estrellas se ven extrañas esta noche —dijo pretendiendo sonar seguro de lo que decía, aunque esa noche en particular no lo estaban para nada.    

Recostado sobre la hierba apenas húmeda, sintió el cuerpo de su compañera sacudiéndose levemente, como quien duerme en una posición incómoda e intenta acomodarse, o quien se esfuerza para no reírse a carcajadas frente a alguien más.    

—Claro —susurró después.    

—Es en serio —replicó él—, se ven extrañas.    

—Tal vez sea la primera vez que las miras.   

—¿Cómo dices? —preguntó intentando separarse de su abrazo mientras levantaba apenas la cabeza.    

—Nada, no dije nada.    

—Sí, sí lo has hecho. Algo sobre las estrellas.    

—Ese fuiste tú —respondió su compañera.    

—Admites entonces que has dicho algo —continuó levantándose por completo—. Algo extraño.    

—Mira las estrellas —dijo su compañera—. No, a mí no, a las ellas —señaló con una de sus manos hacia las alturas—. ¿Qué ves?    

—Estrellas —respondió mirándolas—. Pero se ven extrañas esta noche. No sé por qué.

—Tal vez sea que es la primera vez que las miras —dijo su compañera poniéndose de pie. También en ella había algo extraño, algo indefinible que no estaba del todo bien, que no concordaba con lo que debía ser, pero no era capaz de decir qué era eso.    

—Lo has vuelto a hacer, repites las mismas palabras.    

—Pero si no he dicho nada.    

—Sí, sí lo hiciste. Estás extrañas esta noche, tanto como las estrellas.    

—Tal vez sea porque es la primera vez que me miras —dijo sonriendo.    

—¡Deja de repetir eso!    

Comenzó a alejarse sin dejar de mirarla, luego se giró y corrió por el camino en la dirección en la que habían dejado el vehículo; el picnic nocturno no había sido una buena idea después de todo. Desde el comienzo nada lo había sido. Pesaba sobre sus actos la sensación de hundirse cada vez más en el error.    

Al costado del camino encontró un vehículo, pero no estaba seguro de que fuera el suyo. Le parecía que era la primera vez que lo veía ya que no concordaba con el recuerdo de su vehículo.    

Una serie de pasos, como si quien lo siguiera tuviera más de dos piernas, muchas más, se escucharon a su espalda. Tuvo miedo de volverse, un miedo cerval que no podía explicarse sólo con palabras.    

—Hay algo extraño en el coche. Y no digas que tal vez sea la primera vez que lo veo.    

—Sabes que tal vez sea así —dijo la que se parecía levemente a la voz de su compañera.    

Una sombra se proyectó brevemente sobre él y la superficie del vehículo antes de desaparecer, una sombra demasiado grande, que no se parecía en nada a la sombra que debería tener su compañera.    

—Todo es extraño. No fue así como sucedió —dijo sofocando un sollozo—. Cambiaron las cosas.    

—Existe una explicación para eso, es…    

—¡Silencio! Si quisiera una explicación la buscaría. Pero no es eso lo que quiero, no ahora.    

Le temblaban las piernas y las manos, que guardó en los bolsillos del pantalón para que no se notara. Respiró varias veces, respiraciones largas, profundad, prolongadas, necesarias para calmarse y pensar más claramente, aunque el aire tenía un sabor metálico que le picaba en la nariz y que había estado allí desde un principio por más que intentara negarlo. La cercana presencia de quien debía ser su compañera, que se suponía se encontraba allí para reconfortarlo, lo ponía más nervioso aún.    

—Algo va mal —dijo—. Tendría que ser mi recuerdo, pero al mismo tiempo no lo es. Por eso las estrellas, el pasto, los árboles y lo demás resultan extraños. Estoy en la memoria de alguien más, soy el recuerdo de otro.    

El tenso silencio que siguió a su última palabra era la confirmación que necesitaba.    

Sollozó un par de veces y se dejó caer de rodillas.    

Una mano con demasiados dedos se apoyó sobre su espalda.    

—¿Reiniciamos? —dijo una voz que tal vez podría ser la de su compañera pero al mismo tiempo podía no serlo.    

—Por favor —respondió.    

Parpadeó.    

Miraba las estrellas tendido en el pasto rugoso y húmedo por los restos del rocío, el diminuto cuerpo de su compañera, abrazada junto a él, con su cercanía y su calor, lo hizo sentir tranquilo y cómodo a pesar de la molestia general de su cuerpo. Se abrazó aún más a ella, volvió a mirar las estrellas y no pudo evitar decir:    

—Las estrellas se ven extrañas esta noche. ¿No te parece?

Imagen tomada de: https://www.freepik.es/
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Narrativa Retazos del...

El sofá

Papá falleció en ese sofá. Mi madre se ha lanzado a pintar todos los días. Parece que el duelo también se puede vivir así. Al fondo puede escucharse el silencio. La casa pareciera tener nuevos aires y el sofá de papá sigue ahí como si fuese una isla que alguien decidió deshabitar. De vez en cuando alguien, aquí dentro, se dispone a vivir. El orden pareciera una buena forma de evidenciarlo. El contemplar aquel árbol con gusanos y recordar. Sí. Recordar. Me parece que fue justo a las tres de la tarde. No lo sé. El tiempo dejó de tener importancia. ¿Qué hacés cuando la vida no es más que un sofá deshabitado?

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Canaimera

Rosa Silverio | El Caribe que retumba

  • Juan de Dios Maya Avila

Una constante de muchos escritores en Latinoamérica es la migración que los lleva lejos de sus lugares de origen, a veces por aventura, otras tantas por encontrar nuevas oportunidades que les permitan expandir su trabajo, y en no pocas ocasiones por razones políticas. Sin embargo, casi siempre queda la esperanza y el deseo de volver. Quizá así le suceda a una de las voces poéticas contemporáneas más interesantes de la siempre polícroma literatura caribeña; una mujer cuyos versos, cuya alma recia, le han hecho figurar en Europa (tierra en la que vive desde hace tiempo) y ser una referencia de las letras de su natal República Dominicana. Rosa Silverio (Santiago de los Caballeros, 1978) es, ante todo, una poeta, una hilvanadora de palabras, y luego también es feminista y periodista, gestora cultural, tallerista, activista y viajera. Resalta su trabajo como redactora y editora del periódico Listín Diario y como directora editorial del periódico Noticias en Casa de Casa de Campo. Un parteaguas en su carrera fue hacerse acreedora del prestigioso Premio Internacional Nosside que organiza el Centro de Estudios Bosio en Italia. También ha ganado, entre otros, el Premio Nacional de Poesía de República Dominicana y el XII Premio Letras de Ultramar. Entre sus libros se cuentan los títulos Rosa íntima (Santuario, 2007), Arma letal. La destrucción de las palabras (Colección de Premios Nacionales, 2012), Matar al padre (Huerga & Fierro Editores, 2014), Mujer de lámpara encendida (Huerga & Fierrro Editores, 2016) e Invención de la locura (Huerga & Fierro Editores, 2019). Su obra ha sido traducida al italiano, al catalán, al francés, al portugués y al inglés.

  • Estimada Rosa, ¿porqué decidiste irte a España?
  • Por libertad y por amor. Para huir del machismo de mi tierra y para reencontrarme con la persona que ocupó mi corazón durante una década.
  • ¿Cuál es tu perspectiva de la literatura latinoamericana contemporánea?
  • Creo que la literatura latinoamericana contemporánea goza de muy buena salud. Muchos pensaban que después del boom no habría nada valioso y yo creo que los escritores y escritoras actuales son dignos representantes de la buena literatura. Y en comparación con España estamos en un nivel bastante destacado.
  • ¿Qué significa ser escritora, mujer y dominicana?
  • Puede significar una limitante, sobre todo si se vive en países como el de donde yo provengo. La mujer escritora es infravalorada y discriminada. No es respetada y todavía le falta mucho para alcanzar la igualdad. En cambio, en mi caso que vivo en España, ha significado una liberación porque aunque me reconozco como mujer dominicana y como escritora, rompo con todas las etiquetas y comienzo a sentirme como una ciudadana del mundo, un ser libre dispuesto a vivir todo tipo de experiencias enriquecedoras sin ningún tipo de limitante.
  • ¿De qué salud goza la actual literatura dominicana?
  • La literatura dominicana vive un momento interesante porque se está haciendo muy buena narrativa, pero sobre todo muy buena poesía. Tenemos a escritores y escritoras consagrados que ya forman parte de nuestro canon y a jóvenes promesas que han sabido descollar y dejar su huella.
  • ¿Te sientes más cómoda en la poesía?
  • Aunque también escribo narrativa, creo que en la poesía estoy más en mis aguas. Me siento un ser humano eminentemente poético, alguien que crea un micro universo, que abre ventanas y que combate sus demonios y sus heridas a través de la palabra.
  • ¿Porqué hacer literatura feminista?
  • ¿Por qué no? Yo creo que siempre que no se caiga en lo puramente panfletario, es válido hacer literatura feminista porque es asumir una postura y defenderla a través del lenguaje. Escribir literatura feminista para mí es lo mismo que hacer literatura metafísica, social, filosófica, amorosa o de cualquier otra índole.
  • ¿Cuáles son los pros y los contras del movimiento literario feminista en Latinoamérica?
  • Creo que uno de los pros es que se combate el heteropatriarcado a través de la palabra y se logra influir en la gente, sobre todo en otras mujeres. Se genera el debate y se crea un pensamiento crítico, tan necesario en estos días. Además de que se logran reivindicar derechos propios de las mujeres. Si hay que hablar de contras diría que pese a los esfuerzos de las escritoras feministas, todavía las raíces del machismo están bien hondas en nuestros países latinoamericanos, por lo que cuesta lograr un cambio. El machismo no es sólo de los hombres, sino también de otras mujeres que lo refrendan y por eso no se avanza.
  • ¿Está de moda ser escritora feminista?
  • No creo que esté de moda. Más bien hemos descubierto que es una necesidad. Es necesario ser feminista hoy en día si queremos una sociedad más justa e igualitaria para las mujeres.
  • ¿Qué papel están jugando las escritoras en la literatura latinoamericana contemporánea?
  • Yo creo que uno muy importante porque anteriormente destacaban más los hombres y ahora, cada vez más, las escritoras de Latinoamérica tienen mayor relevancia y demuestran que hacen una literatura de primer nivel.
  • ¿Existen verdaderos lazos entre los escritores del Caribe o en cambio hay un ostracismo que los reduce a sus respectivas patrias?
  • Yo creo que en los países del Caribe hace falta toda una industria editorial de distribución y difusión que permita que los escritores de los diversos países caribeños se conozcan y se lean entre sí para de esta manera crear lazos verdaderos e intercambios intelectuales. Mientras esto no exista, seremos islas desconectadas la una de la otra.
  • En términos literarios, ¿cómo ven desde España a la actual literatura de Latinoamérica?
  • En sentido general, pienso que España ve a la actual literatura latinoamericana con respeto y admiración. Tanto así que los escritores latinos que residimos en la madre patria somos valorados y tenemos la oportunidad de publicar con editoriales nacionales que apuestan por voces con un discurso original y con personalidad.
  • ¿Qué significó para ti el Premio Internacional Nosside?
  • Significó mucho porque yo estaba un poco desencantada de los concursos. Creo que este concurso me dio fe y me animó a creer más en mí misma y en mi trabajo literario.
  • ¿Es más fácil hacerse visible como escritor estando en Europa?
  • Depende. Hay escritores que residen en Latinoamérica que aquí en España no tienen ninguna incidencia y hay otros que tienen muy buena proyección. Todo a veces depende de contactos, editorial, padrinos… ya te podrás imaginar. Aunque lo cierto es que estando en Europa es más fácil llegar a un buen número de gente, sobre todo si cuentas con una buena editorial.
  • ¿Qué te parece el ámbito literario y editorial en España, cómo lo vives?
  • Me siento muy a gusto en el ámbito literario y editorial de España. Como en otros países aquí también hay sus tejemanejes, pero yo siempre me he apartado de eso y del ruido. Escojo muy bien los circuitos a los que me integro y sobre todo tengo una red de amigos y amigas escritores que son muy valiosos y que me aportan muchísimo.
  • ¿A qué dominicanos tendríamos que estar leyendo?
  • Te voy a citar escritores/as vivos: José Mármol, José Acosta, Pedro Antonio Valdez, Basilio Belliard, Ángela Hernández, Jeannette Miller, Emilia Pereyra, Yrene Santos, Chiqui Vicioso, Argénida Romero, Leonardo Reyes Jiménez, Frank Báez, Rita Indiana Hernández, Alejandro González, Homero Pumarol, Marielys Duluc, Rossalinna Benjamin y muchos otros.
  • ¿Te gustaría volver pronto a República Dominicana?
  • Siempre voy de visita y dura un mes, dos y hasta tres meses. ¿Volver a vivir? Por el momento no. No es algo que tenga entre mis planes.
  • ¿Qué densidad tiene en tu vida el Caribe?
  • A mí el Caribe me ha marcado. Ser hija de una media isla es algo que llevo en mi ADN. Así que esto es bastante importante para mí y se nota en mi acento, en mi forma de bailar, en la comida que prefiero… Y en mis sueños, sobre todo en mis sueños.
  • ¿Qué fue para ti el Taller Literario Tinta Fresca?
  • Para mí fue una de las experiencias más alucinantes de mi vida porque el Taller Literario Tinta Fresca no sólo me sirvió para crecer como autora sino que me regaló a unos amigos maravillosos que todavía hoy conservo. Te cuento que en la actualidad nos estamos reuniendo de nuevo vía online y resulta verdaderamente entrañable.
  • ¿Qué es para Rosa Silverio el amor?
  • El amor es el motor que todo lo mueve, la gran razón de ser, pero no me refiero exclusivamente al amor de pareja, sino al amor en sentido general.
  • Por último, Rosa, ¿qué espada es la que nos espera si nos sumergimos en tus interiores?
  • Si se sumergen en mi interior encontrarán una espada que les atravesará el corazón y en cuyo filo podrán ver su verdadero rostro.
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Ecos de un caballito del diablo

Aída Chacón| Souvenirs para mamá| Crónica

Me gusta viajar. Desde niña me embelesaba con el paisaje de la carretera entre el puerto de Veracruz y mi pueblo. Nos gustaba viajar en familia. En aquellos años, aún tenía eso que llamamos familia extendida. Tenía varios primos, tías y tíos; tenía a mis abuelos. Ahora ha cambiado mucho la dinámica. La familia se ha reconfigurado, estrechado y transformado de maneras insospechadas. Pero hace años, viajábamos juntos. Mis papás se quedaban en casa, yo agarraba toda mi voluntad y me pegaba a las faldas de mi abuela o de mi tía Rosa y me marchaba con ellas a donde fuera. Por eso mi espíritu aventurero no se apaciguó. Según yo, exploraría desde el río cercano hasta los confines de la Tierra.

Aún con mi insistencia por andar cerca de mis familiares, habité un universo interior reservado y lleno de ocurrencias. El pensamiento que nunca dejó de acompañarme era el del regreso, cuando volviera a ver a mi madre. Así que constantemente pensaba en los regalos que podría darle; en cada obsequio buscaba atrapar el simbolismo del viaje, de las aventuras vividas o imaginadas durante el trayecto lejos de la casa materna. Así que mamá recibía con una sonrisa los regalos que le llevaba: guarasapos, conchitas de río, piedras de colores y formas sorprendentes, hallazgos de la exploración que podrían ser de utilidad, tierra de río con propiedades curativas o estéticas… etc.

En una ocasión, emprendimos un viaje en las vacaciones decembrinas. Se trataba de un ambicioso trayecto que nos llevaría a las playas del Caribe mexicano. Llevábamos maletas, algo de comida y unas bocinas espectaculares para amenizar el largo trayecto. Preparamos la camioneta. Se trataba de una ramcharger 94 con camper. Era la última adquisición de mis tíos. Les había ido bien en el negocio y la crisis del siguiente año parecía lejana. En octubre del 93, compraron la camioneta que era adelantada a su tiempo. En diciembre, la estrenamos en un viaje de 1,200 kilómetros.

Por indicaciones de mis tíos y para acelerar la llegada a nuestro destino, haríamos paradas de urgencia para el baño y para cambiar de conductor. Así fue hasta que pasamos Villahermosa. Ya había entrado la madrugada y el segundo conductor a bordo iba cubriendo su turno. Todo parecía tranquilo y sin novedad. La carretera federal estaba oscura, el silencio apenas era interrumpido por la estación de radio que sintonizaron en la cabina y que levemente se alcanzaba a escuchar hasta la batea. El conductor en turno era el novio de una tía que siempre tenía varios galanes al mismo tiempo, este se coló al viaje porque el otro vivía en la ciudad. La mayoría de nosotros dormía o estaba por hacerlo. El ruido del motor y el movimiento de la camioneta terminaron por arrullarnos hasta que nos fuimos quedando callados. Justo en el momento en que nada pasaba, cuando la calma lo invadía todo, de pronto y sin estar preparados para el impacto, nos estrellamos contra un camión de pasajeros que se encontraba detenido en el carril. El impacto fue tal que chocamos entre nosotros, las maletas rebotaron con el techo del camper y una de las bocinas se incrustó en la pierna de la novia de un tío. El rechinido de las llantas patinando en el pavimento se escuchó por un largo rato o por lo menos esa fue mi sensación.

Una vez que se detuvo la camioneta, el otro conductor que estaba en descanso alcanzó a incorporarse casi de inmediato y salió del camper para dirigirse a la cabina. Cambió lugar con el que manejaba, arrancó la camioneta y nos fugamos a toda velocidad del lugar del accidente. Mi abuela comenzó a indagar cómo estábamos los demás; yo le pregunté aún con sueño si estaba muerta o viva. Al amanecer llegamos a Escárcega llenos de miedo, en shock y con la congoja atorada en la garganta.

Con la incipiente luz del día nos detuvimos en un restaurante a la orilla de la carretera. La intención era pasar a los baños y continuar, mi abuela pidió un momento para sentarse, beber un café y rezar un poco. Todos nos sentamos con ella. Yo la tomé del brazo y pensé en mamá por primera vez desde que inició el viaje. Luego miramos la flamante camioneta 1994, que se encontraba en el estacionamiento con el cofre convertido en un acordeón extraño que cubría medio parabrisas. Nos reímos todos por la ironía.  

En esa charla intercambiamos opiniones sobre lo ocurrido. La abuela decía que era mejor volver, tomar el accidente como una señal que nos indicaba el camino de regreso. Otros decían que había que seguir con el plan, que el accidente era una metáfora sobre la perseverancia en la vida. Todo se definió con la votación de los viajantes. Después de un rato, vimos a un cambión de pasajeros estacionarse cerca. Los pasajeros descendieron y también entraron al restaurante. Inevitablemente se percataron de la camioneta chocada y supieron que éramos nosotros. El chofer del camión nos miró con ganas de abalanzarse a nuestra mesa. Mis tíos dieron la orden de correr a la camioneta y largarnos. La gente del camión se quedó ahí, también con el trance del shock, agradeciendo que no había heridos entre ellos.

Después de veinticuatro horas de trayecto, algunas escalas en Uxmal y Chichen Itzá y de un día de campo que nos infestó de pulgas de pasto, finalmente llegamos a Cancún. Nuestra ingenua ambición era hospedarnos en un hotel con alberca y vista al mar. Los conductores al mando recorrieron la zona hotelera buscando un hospedaje que se adecuara al bolsillo y a nuestras peticiones. Después de un rato llegamos al centro de Cancún a un hotel que se anunciaba con alberca y por el cual nos cobraron 50 pesos la noche por habitación. Rentamos tres habitaciones, las atiborramos como pudimos. Sabíamos que nos encontrábamos muy lejos del mar, pero la alberca parecía una bendición después de tantas horas de viaje.

Nos pusimos nuestros trajes de baño y bajamos a tropel a la alberca del patio trasero. Resultó ser un estanque verde al que no le había dado mantenimiento desde hacía mucho tiempo. Eran las 6 de la tarde, y las opiniones se dividían entre sumergirse en el agua verde o exigir una alberca limpia a la administración del hotel. Ganó la opción de sumergirnos siempre y cuando no hiciéramos busitos con el agua verdosa.

Estuvimos en la alberca hasta que dieron las 10 de la noche. Al día siguiente iríamos a las playas más bonitas de Cancún.

CONTINUARÁ…

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Hombre contra el mar Poesía

Por decisión ajena

Recuérdame, mi buen amigo,
Que nosotros nacimos por decisión ajena,
Porque así se consumó un amor
Existiendo otras muchas maneras.

Si mi madre me hubiese hablado
De esto que llaman vida y
No solamente de sus ganas inauditas
De besarme las mejillas,
Probablemente me hubiese asomado
A las paredes de su vientre
Como escondido bajo floreadas cortinas,
Para entender finalmente
De lo que hablaban mis otros
Compañeros de esperma
Antes de echar andar carrera.

Si ella me hubiese advertido
Que hay un momento en el que dejamos
De ser humanos para convertirnos
En un animal salvaje y/o destructor,
A veces mecánico parecido a un robot,
Que camina de un punto x hacia un punto y,
Yo le hubiese dicho
“No, mujer tonces ¿para qué?”

Me hubiese convertido, pues
En un coagulo de sangre semi ahogado,
Ya que de todas formas así como se vive se muere
Y todo está predeterminado.

…Recuérdame, mi buen amigo,
Que nosotros nacimos
Porque otros así lo desearon.
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Ensayo Opinión Verbologías del equilibrista

Notas finales sobre imaginerías ilustradas … (IV y última)

En las últimas entregas de esta columna, he intentado esbozar lo que podría llamarse una crítica al liberalismo decimonónico mexicano. Sin embargo, frente al triunfo del liberalismo de ayer y a su radicalizada y sumamente destructiva reedición en el llamado neoliberalismo de hoy, caben unas notas finales. Valgan pues las siguientes líneas como una suerte de corolario sobre los delirios liberales decimonónicos y sus aspiraciones nunca realizadas de ser abrazados por la civilización capitalista euro-norteamericana, por encima de sus grandes mayorías “bárbaras” (“atrasadas” o “subdesarrolladas”, se dirá después). Pienso que no es ocioso regresar a buscar los indicios del desastre presente en el siglo XIX. Al final, las obsesiones liberales, se hallan fuertemente emparentadas con las del actual y hegemónico neoliberalismo en su mismo núcleo de supuestos normativos (sean ellos ontológicos, éticos o epistémicos), regulando todos ellos generalizadas y entronizadas prácticas sociales de muy diversa dimensión organizativa y económico-política. De ahí la relevancia que cobra el estudio del liberalismo de ayer para la comprensión del presente como historia.

I

La materialidad económica, política y social de la historia de las repúblicas latinoamericanas, viene acompañada de una gran ficción que se expresa como voluntad violenta de ser lo real, y que tiene el depósito metafísico de sus fantasías en el discurso fundacional de tales repúblicas oligárquicas. Se trata de la configuración ocultadora e ideológica del hecho fundacional de la barbarie modernizadora, hecho que entonces aparece ficcionalizado y travestido en la forma de la “sociedad política” de los señores de la producción. Es en este sentido, que las repúblicas latinoamericanas emanan de un artificio ficcionalizador —aquello que Valery llamaba la edad de las ficciones—, ahí donde la violencia se disfraza, precisamente, de civilización y progreso. No hablamos aquí de las viejas “robinsonadas” de la economía política y el liberalismo clásicos —con sus “estados de naturaleza” y sus individuos solos y aislados—, sino del aparato legitimador del poder político en las sociedades moderno-capitalistas, poder que se despliega ocultándose al mismo tiempo a través del recurso a la ficción. El núcleo paranoide y delirante de los discursos producidos por las élites liberales decimonónicas se inscribe en esta urdimbre.

Por otro lado, podemos incluso afirmar, que tal estratagema legitimadora de las relaciones de dominación/explotación/conflicto —que son constitutivas de la heterogeneidad ancilar latinoamericana—, es esencial para el propio devenir de la modernidad capitalista, pues ella implica, ciertamente, una mitificación y un ocultamiento de la violencia que define su carácter y sus críticas modalidades de desarrollo, marcadas así por la desmesura productivista a costa de los más.

II

La estratagema ficcionalizadora de la violencia y la desmesura del sistema, se ha presentado bajo los nombres de progreso y civilización, generando modalidades binarias (civilización y barbarie, lógos y mythos, etc.) que funcionan como 1) expresión de ontologías totalizantes y esencialistas destinadas a preservar una clasificación social ventajosa para los poderosos y 2) naturalización de la violencia política adelantada por las élites liberales. En el seno de tal estrategia, históricamente exitosa, descansan contradicciones abismales nacida de su universalidad exclusivista y colonial. A pesar de ello, perdura el consenso a su favor a través del tiempo, y en muchos sentidos seguimos atados a sus ilusiones y a sus “ensanchamientos” epistémicos como únicas salidas racionales a los dilemas del presente. En el proceso de despliegue de tal modalidad de dominación, la política revolotea entre la fundación “elitista” —combinada con formas continuadas de “epistemicidio”—, y una monología caracterizada en el presente por una política a-política, es decir, la anti-política de la reestructuración de la totalidad social neoliberal. La continuada repetición de sus slogans conforma a una “sociedad civil” que, avanzando dentro del armazón del miedo respetuoso a la “mano invisible”, quiere ver en la auto-negación el principio de toda civilidad y de todo comportamiento y hacer racional.

III

Ciertamente, los liberales decimonónicos han querido hacerse pasar por “hombres de espíritu”. Está ahí cifrada gran parte de su debilidad y de la equivocación de sus tendencias. Embebidos por la ilusión liberal han sido incapaces de llegar a conocer su lugar en el proceso de producción. Son pues hombres hechos de la realidad en permanente crisis de la que quisieron emanar artificialmente triunfantes, pero en cuyas contradicciones no han querido ahondar más allá del discurso.

Los “hombres de espíritu” han querido elevarse por encima de la situación crítica en que se vieron envueltos invocando el alto soplo de la civilización, que es, por definición, el anhelo de ninguna parte, un discurso alucinante que alumbra con vértigo y vehemente lógica de explotación los lugares por donde pasa a ciegas. Los liberales mexicanos, sin haber hecho la carrera a ciegas, han querido elevarse por encima de sus propios pasos después de todo y, ya presa de su propio delirio, han buscado ser “hombres de espíritu”. Más la realidad de la explotación no puede ser vencida por el Espíritu —que mira desde su desmesura—, sino por aquellos que habiendo recorrido el camino se tornan ellos mismos en la geografía del mundo y sus heridas.  

No basta con corroer desde dentro del poder político al “terror” pretérito, ni tratar de exorcizarlo con estrategias surgidas de la ilusión liberal. Los liberales mexicanos no renunciaron nunca a su cuna ni a su educación privilegiada; no dejaron de abrazar las ilusiones propias del Espíritu ilustrado ni desistieron de su ciudad letrada, que aunque con miradas en el abismo de lo “popular” y sus miserias, siempre se vieron a sí mismos como la voz de una sociedad que se levanta por encima de la sociedad real y la desdeña con la mirada de quien se sabe portador de una verdad imperecedera, verdad que tarde o temprano ha de realizarse por la palabra de un moderno augur que predice la llegada del futuro destronado por los errores del pasado.  

He ahí el gigantismo del liberalismo latinoamericano y su discurso —gigantismo que inflando la palabra, trata de ocultar su debilidad, es decir, la pérdida de vigencia o la debilidad de esa palabra como lugar de la toma de decisiones y de la actuación de la voluntad política—, que hubo querido cargar con la inmensa carga del Espíritu para aniquilar al pasado y a su propia condición de anclaje al pasado colonial, que no es otra cosa que el relato de un pasado que los criollos independientes construyen para luego demolerlo —con voluntad cesarista— y darle así sentido a su propia metafísica, a su propio y recién adquirido esencialismo, moderno y antimoderno a la vez.   

Personajes como Fray Servando Teresa de Mier o Lorenzo de Zavala (no otros como el ya tratado Bustamente) pudieron ver al “hombre abstracto” del liberalismo y adivinar su limitada suerte en medio de un nacimiento (el de la nueva República) que llevaba ya la mácula de una crisis permanente. Más no pudiendo renunciar a la sombra de las faldas que aquel hombre abstracto les hubo prodigado como escudo protector, hubieron de construir su discurso de crítica al pasado colonial desde las categorías y formas de fe que aquel resguardo les ofrecía. Declararon siempre henchidos en su ilusión, añorando un futuro al que se mira desde un tiempo ausente (que es un tiempo que no llega, gobernado por el deber ser y no por el saber estar), y que tenía en Norteamérica, Inglaterra y Francia sus más contundentes demostraciones.  

Lo revolucionario no estaba ciertamente en oponer el Espíritu del liberalismo moderno y capitalista al “terror” del pasado colonial, como quisieron creerlo los liberales latinoamericanos. No se trataba de la lucha del Espíritu contra el pasado reaccionario opuesto al Progreso, sino de la lucha de los miserables, los colonizados, contra todo yugo ya no sólo colonial, sino contra la misma dinámica de la colonialidad del poder que pervive más allá de las independencias político-administrativas decimonónicas. Un intelectual, para ser revolucionario, tiene que ser traidor a su propia clase, los liberales ciertamente no lo fueron. Sólo buscaron una “mejor versión”, en algunos casos purificada por el trabajo, más acabada y consciente de sí por la fuerza de su ímpetu de apropiación, que si bien es prólogo de muchas vilezas, pensaban, constituye la única vía posible para alcanzar la civilización y el natural orden de las cosas, dos metas imposibilitadas por la presencia de los errores coloniales, con todas sus pervivencias nativas, antimodernas y bárbaras.

IV

Se cierran estas notas finales con un comentario relacionado con el mencionado Lorenzo de Zavala, de quien suele decirse que fue un traidor. Tal es su lugar en el relato de la historia nacional mexicana tras haber apoyado la causa separatista de los texanos en 1835-36. Sin embargo, pienso que sigue siendo un personaje fundamenta para entender los descalabros del liberalismo mexicano en el siglo XIX, y, por lo tanto, el malogrado nacimiento de la república mexicana.

Tan sólo quisiera decir que no es claro que haya traición a una patria que no existe más que como entelequia elitista o como afirmación realmente maravillosa. Puede que su radical fe liberal, se dice, le llevara a integrarse a las filas del proyecto norteamericano, donde habían alcanzado su máxima realización (o eso creía él) el fundamentalismo de la propiedad, la civilización y el progreso; había que acelerar y dejarse llevar por esa marcha y es así como debe entenderse quizá su idea sobre la sangrienta victoria que los EU tendrían tarde o temprano sobre las “naciones incivilizadas”. Puede también que haya visto no más que por su interés como propietario de extensiones importantes de territorio en Texas. Difícilmente puede argüirse, por otro lado, como se ha hecho (con sensiblería nacionalista), que fue su falta de arraigo patriotero (o del esencialismo reaccionario que supone todo nacionalismo) lo que derivó en la traición, pues no existía en aquel momento una clara noción de patria ni del consiguiente “sentimiento patriótico”. De estas tres hipótesis quizá esta última demuestre mejor la pervivencia idealista de una condición alienada propia del discurso histórico nacionalista. De alguna manera Zavala percibía lo ilusorio de la República independiente y se fue, con sus propias ilusiones, hacia un lugar que le permitiese quizá, una más cómoda realización de su utopía privada.  

Los traidores son un elemento esencial del relato nacionalista, así como los héroes. Le dan sentido a dicho relato y le permiten mantenerse en permanente respiración artificial. Las glorias cesaristas de la historia nacional, protagonizadas por héroes y traidores, están fraguadas en la victoria del liberalismo mexicano. Sabido es (pero a lo mejor no suficientemente) que los vencedores han escrito la historia de México (y de Latinoamérica). Las heroicas tragedias de los liberales, sus batallas fundantes de la promesa del progreso y la civilización en el siglo XIX (en contra de la pervivencia del fantasma colonial y la barbarie), así como las nunca terminadas empresas de la modernización, el crecimiento y el desarrollo que maman de sus supuestos travestidos, ya en el siglo XX y lo que va del XXI, forman parte de esa victoria inflada y neurótica que oculta el patrón de poder constitutivo que está en el centro del desastre latinoamericano. 

Como bien decía Bolívar Echeverría —acerca del curso de la “fatalidad” en que se va desenvolviendo nuestra historia desde la fundación de las Repúblicas independientes, ahí donde nada, en el escenario de la política, ha sido realmente real y en cambio todo ha sido realmente maravilloso—: 

La vida política que se ha escenificado [en las Repúblicas latinoamericanas] ha sido más simbólica que efectiva; casi nada de lo que se disputa en su escenario tiene consecuencias verdaderamente decisivas, o que vayan más allá de lo cosmético. Dada su condición de dependencia económica, a las Repúblicas nacionales latinoamericanas, sólo les está permitido traer al foro de su política, las disposiciones manadas del capital, una vez que éstas han sido ya filtradas e interpretadas convenientemente en los Estados donde él tiene su residencia preferida. Han sido Estados capitalistas adoptados sólo de lejos por el capital, ciudades ficticias, separadas de “la realidad”.

V

Como se dijo al iniciar estas notas finales, asomarse en la historia del siglo XIX sigue siendo uno de los caminos posibles para explicarnos el embrollo de nuestro presente sin presencia. Aún vivimos de varios de los sentidos y vicios presentes en su historia. A lo largo de estas entregas, hemos querido trazar algunas hipótesis iniciales que pueden servir para plantear preguntas problemáticas con miras a rescatar la historia que vive bajo los grandes monumentos nacionales. Certamente, no se trata de reducir el sentido de la historia a la crítica del liberalismo, la realidad es más compleja que las simples ilusiones liberales. Pero la persistencia de las mismas en la forma de su radicalización neoliberal hace pensar que dicha intromisión es necesaria y productiva, pues ella puede ayudarnos a destrabar y quizá desmontar los marcos normativos en que solemos basar nuestro “sentido común” y sus ideas de presente, pasado y futuro. En última instancia puede ayudar a “vernos” y a comprender el calado histórico de la crisis epocal que nos va tocando vivir, una en donde, más que nunca, el abandono radical de las ilusiones (neo)liberales será clave en la búsqueda de una reconfiguración renovada de la existencia social.

Nos encontramos el mes que viene.

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Ecos de un caballito del diablo Narrativa

Aída Chacón| Otra vez el sureste| Crónica

El calor insoportable de la ciudad me hace recordar al de mi pueblo. Tenía unos doce años cuando, a raíz de mis clases de Ciencias de la Tierra, se me ocurrió pensar en la temperatura ambiente del lugar. No era común tener termómetros ni aparatos de medición de ningún tipo. Cuando encontré arrumbado en la casa un termómetro ambiental estaba cubierto con una capa de polvo tan difícil de quitar que no se podía leer la escala de medición. Luego de pedirle a papá que me ayudara con esa reparación, nos dispusimos a medir la temperatura ambiente. Colocamos el termómetro en un sitio de la banqueta afuera de la casa para simular el escenario real de cuando yo caminaba de regreso después de la escuela. El termómetro llegó a 50°, esa era su medición máxima. Nos quedamos un rato pensando en que, tal vez, podría ser mayor pero que no lo sabríamos hasta conseguir un termómetro con más capacidad. Luego seguimos con el experimento y medimos la temperatura dentro de casa. Apenas se redujo un par de grados centígrados.

Después de nuestros hallazgos, mi papá charlaba con todo aquel que se le atravesara. Les contaba del tremendo calor, de lo criminal que resultaba. Unos llamaban al pueblo, “el infiernito”; otros más, los que se hacían los poetas, le decían “la novia del sol”, porque este jamás se iba y estaba ahí encima todo el tiempo. Mi madre le decía: “la antesala del infierno”. Ella siempre despreció vivir ahí. No sé cómo resistió sin abandonarnos. Extrañó la ciudad, su ruido y el gentío indiferente durante cada día que vivimos allá. Cuando se mudó de vuelta a la capital, se recluyó en su casa, no salía más allá de los límites de la colonia y, ocasionalmente, visitaba la zona en la que dejó parte de su juventud.

Los vecinos empezaron a inventar toda clase de experimentos que comprobaran su hipótesis: nuestro pueblo era el más caliente de todo el estado. Un vecino aprovechó el cofre de una camioneta estacionada afuera de donde se encontraban para sus experimentos y a las doce del día partió un huevo y lo esparció ahí. El huevo cambió de coloración, se cocinó en la lámina. Después de aquello, todos estaban asombrados por no haber perdido la razón a causa de la inclemencia del sol de tantos años. Otros se preguntaban cómo era que el pueblo no se había deshabitado jamás y que, por el contrario, parecía hacerse más y más grande. Lo que era evidente es que, alrededor de las dos de la tarde, cuando más calor se sentía, los negocios bajaban sus cortinas, la gente desaparecía de las calles y ese tiempo se ocupaba para comer. El mediodía nuestro era ese momento entre las dos y las cuatro en el que las calles se convertían en las de un pueblo fantasma.

Cuando se acercaban los peores días de calor y antes de las lluvias, nosotros y casi toda la gente del lugar, buscábamos un lugar en el río, a veces en la playa. Nos gustaba ir a remojarnos al agua del Joliet, el Julieta para los menos pretenciosos. Ese río enorme y que, a los ojos de mi infancia resultaba hermoso, se encontraba en los límites del pueblo. Del otro lado, pasando el puente de tubos, ya no era Veracruz, sino Oaxaca. Del lado oaxaqueño se encontraban las ruinas de una hacienda. La gente contaba un sinfín de historias sobre esa construcción. En lo que antes era el arco de entrada de la propiedad se lograba ver el nombre Joliet y el año 1904. Todo estaba abandonado. No habían pasado ni ochenta años de aquella fecha pero a mí me parecían un abandono de cientos de años. Las pocas paredes que se apreciaban de pie eran altísimas, todas sin techos. Numerosas puertas conectaban lo que antes, seguramente, habían sido habitaciones inmensas y llenas de lujos. Se decía que el dueño era un francés acaudalado que decidió venir a México buscando prosperidad. Su hija, una hermosa mujer de ojos azules y piel blanquísima, lo había acompañado y había bautizado la hacienda en su honor. Otras personas decían que había sido de gringos adinerados. Todos coincidían en que la Revolución les había hecho caer en la desgracia y poco a poco, la hacienda que se erigía en lo alto de una loma, los plantíos, las caballerizas y todos los que trabajaban en ella, fueron muriendo, migrando, simplemente desapareciendo hasta dejar el sitio totalmente abandonado y sin certezas sobre su historia.

En el río, nosotros los niños cazábamos guarasapos durante horas, chapoteábamos un rato, hacíamos concursos para saber quién podía soportar más tiempo bajo el agua. Cuando alguno no lograba escapar, se convertía en el blanco del tío que quería enseñarnos a nadar. Nos aventaban desde algún sitio alto y teníamos que salir a flote. Nuestra infancia en el río también se acompañó del constante temor de morir ahogados. Así podíamos durar hasta seis horas en el agua; hasta que teníamos las manos y pies de viejitos, nos acercábamos a la orilla a comer algo. Irremediablemente al comenzar a comer llegaban las historias de las tías sobre el amigo de su juventud que murió siendo apenas un crío. Chelín era el más pequeño de todos ellos. Falleció una tarde de domingo cuando fueron a ese mismo río; él comió y volvió a nadar; se ahogó sin que los demás se dieran cuenta. Cuando lo buscaron ya era demasiado tarde. Su cuerpo estaba hinchado y todos lloraron hasta enloquecer un poco. Tardaron en volver ahí y lo recordaron en cada ida al Julieta.

En la noche, ya que nos habíamos dado una ducha y nos acostábamos a dormir, creíamos que el agua nos mecía, pero ahora en la cama. Y yo podía sentir la corriente del río golpear suavemente todo mi cuerpo. Cerraba los ojos y, de nuevo, estaba flotando en el agua; escuchaba a lo lejos su ruido chocando en las piedras, corriendo en el cauce con sus desniveles. El arrullo me hacía sentir una tremenda paz hasta que me quedaba dormida. No la he sentido de nuevo hasta ahora.

Poco antes del verano llegaban las lluvias. En algunos casos, monzones. El calor se apaciguaba un poco, nos daba un respiro no muy largo. El agua de la lluvia era una bendición esperada. Algunas veces lograba escaparme de mamá y sus cuidados para mojarme en la calle. Me encantaba perderme entre las gotas hasta quedar empapada. La tibieza de las gotas evitaba cualquier resfriado. Jugaba a bailar y cantar en la lluvia, a sentir cómo la ropa se humedecía con rapidez hasta quedar escurriendo. Y de nuevo la paz… pero ahora llegaba en forma de olor a tierra mojada. Al instante en que cesaba la lluvia se empezaban a oír las chicharras. Esa era señal de que, al día siguiente, el calor regresaría pero esta vez más fuerte.  

Las trampas de la memoria son muy curiosas. Las nostalgias son seleccionadas cuidadosamente para que no me acuerde de la inseguridad que, de pronto, azotó el estado un día durante mi adolescencia. De repente, sin que nadie pudiera evitarlo, dejamos de salir en las madrugadas, olvidamos los cantos de la rama, comenzó a desaparecer la gente, los migrantes también y los que quedaban, estaban mutilados por el tren. Tampoco me acuerdo de los zetas que llegaron, de cómo reclutaban compañeros de mi prepa, ni de la estirpe de chupaductos que se apoderó de la zona. No pienso en el derecho de piso que hizo cerrar a más de un pequeño negocio en el centro de mi pueblo. Eso… nunca lo recuerdo. No pienso en que el pueblo de mi infancia me fue arrebatado y que ahora solo queda ese parece en la nota roja.

Desde el sofocante calor citadino de apenas 27°, me pongo a recordar furiosamente esos pasajes de la infancia mientras me animo diciendo que este calor no es tan insoportable, que he sentido el rigor de los 50°, que ni el río, ni la regadera ni la ropa ligera terminaban con el sopor de mi pueblo; que acá, en esta latitud, aunque no se pueda bailar bajo la lluvia, encontramos en la sombra una tregua del calor.