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Hombre contra el mar

El Despertar

Aquella noche, las ciudades fueron sumergidas en una profunda y temida oscurana. No hubo calle o avenida iluminada, la única fuente de luz provino de la luna que brillaba medio pálida desde el cielo y que pude contemplar desde mi cama a través de la ventana.

Con mis ojos puestos en la luna y recordando lo agitado que fue llegar a casa ese día, por los intensos combates entre fuerzas armadas, caí en profundo sueño poco a poco. Al cerrar mis ojos, me vi de pequeño sentado en un columpio del parque al que solía ir por las tardes después de hacer mis tareas de la escuela. El lugar estaba lleno de gente, había niños corriendo y gritando por todas partes, madres despreocupadas chismeando entre ellas mientras sus hijos se mecían por cuenta propia en los columpios cercanos; jugando en el sube y baja, limpiando con sus ropas el tobogán viejo y mohoso al centro del parque; unos jugando a la pelota, otros recogiendo tierra con sus manos.

El viento se paseó por las hojas de los árboles y hacía un agradable sonido que de pronto se escuchaba. Era octubre, y muy a lo lejos, se alcanzaban a ver en el cielo diminutos puntos de colores volando sin aparente rumbo en la gran inmensidad azul. ¿Cuánto hilo se necesita para desaparecer una piscucha en el cielo?, me pegunté al verlas alejarse cada vez más.

Cuando regresé la mirada al parque, encontré una niña de cabellera rizada y castaña en el columpio de la par con un libro en sus manos. Me miró fijamente. Su presencia fue inquietante. A primera vista pensé que era hermosa. Tenía raspadas sus rodillas descubiertas, y sin peguntárselo, me dijo que se llamaba Elena. Sus ojos, que cargaban cierta tristeza, estaban puestos en mí; entonces yo pregunté:

– ¿Por qué me miras tanto?
– Porque eres el niño más bonito que he visto desde hace mucho – respondió.
– Me gusta tu cabello.
– A mi tus labios.
– ¿Por qué estás triste? – le pregunté.

Y de repente se escuchó el ¡bam! ¡bam! Un ventarrón se vino y sacudió con tanta fuerza los árboles que algunas ramas cayeron al suelo. Las madres al escuchar aquel estruendo, salieron despavoridas a buscar a sus hijos en medio de la enorme nube de polvo en la que se sumergió el parque.

Se empezaron a escuchar explosiones cada vez más cerca. Pareció que unos aviones sobrevolaron con rapidez el cielo que yacía sobre nosotros, cortando a su paso el hilo de las piscuchas. El ventarrón cesó y el polvo se desvaneció tan pronto como cuando se levantó.

Las risas, el sonido chillante de los columpios al mecerse, todo se lo llevó el viento y el polvo a su paso; no quedó nadie en el parque, estaba desolado completamente. Se siguieron escuchando explosiones lejanas, y alcancé a ver sobre los tejados de las casas que había alrededor, densas nubes de humo que se elevaban hasta el cielo.

Me volví al columpio para ver si Elena seguía ahí. Ella no se columpiaba más, su cabello estaba un poco despeinado y sobre sus mejillas se deslizaban pequeñas lágrimas que caían una tras otra en el libro que aun sostenía en sus manos. Le pregunté por qué lloraba y entonces me miró, se inclinó para besarme los labios y a lo que sucedió después no le encontré explicación.

Un poste de tendido eléctrico cercano hizo corto circuito. Los cables chisporrotearon sin cesar, y al sentir que las chispas podían llegar hasta nosotros, le dije a ella que nos fuéramos a otro lugar. Sin embargo, se quedó en el columpio, su libro cayó al suelo y de la nada Elena empezó a arder en llamas.

Fui testigo de cómo sus ojos se hundieron en su rostro hasta volverse dos puntos negros debajo de sus cejas, su cabello era una potente llama de fuego que se extendió hasta sus brazos y torso. Al verla cómo se quemaba me pregunté qué ocurría, si las chispas le habían alcanzado. No tuve oportunidad de hacer nada, todo pasó rápido, y al salir de la impresión de ver semejante cosa, su cuerpo ya estaba hecho ceniza y pronto se desvaneció.

Me quedé de pie frente al columpio, completamente solo, sin nadie a mí alrededor, con el libro de Elena a mis pies sin ninguna letra o dibujo en su interior. Las casas cercanas al parque expulsaban humo de sus tejados y el cielo se tornó anaranjado. De nuevo el ¡bam! ¡bam!, una y otra vez, cada vez más fuerte, más cerca… Entonces desperté.


Me sentí observado, con una aflicción en el pecho. Tuve la sensación de haber dormido por días enteros, todo el cansancio y aburrimiento con el que terminé el día anterior me había abandonado y el olor de la mañana no pudo ser más dulce y encantador.

Noté dos cortinas floreadas adornando la ventana. Me pregunté de dónde salieron, pues nunca las había tenido y no existía la posibilidad de que alguien las pusiera, porque vivía solo desde hacía un tiempo.

Me quedé sentado en la cama un tanto sorprendido, puesto que las cortinas no fueron lo único diferente en la habitación. De hecho, no era la misma en la que me quedé dormido aquella noche. Un blanco cremoso me rodeaba, sin nada más que mi cama al centro, un enorme televisor frente a mí, una camiseta y unos pantalones doblados sobre una mesa.

Busqué la ventana y afuera encontré calma, un fuerte murmullo, personas despreocupadas cruzando la calle, el chirrido de los carros y sus escandalosas bocinas como parte de aquel amanecer. Frente a mí, un edificio levantado con un diseño realmente moderno e imponente, y otros parecidos tras ese construidos solo por cristales como espejos del cielo despejado.

Entonces vinieron a mi mente los rumores. Se dijo que, cierto día, el mundo despertaría y no habría más guerras, que todas las naciones estarían finalmente en armonía y todo el daño causado durante años quedaría en el pasado. Mucha gente, incluyéndome, pensó que era un invento, una completa tontería; solo unos pocos creyeron en dicha premonición, cuyo origen siempre fue desconocido.

No obstante, al no ver a ningún miembro de las fuerzas en combate desfilando cinco pisos abajo, los mismos que hicieron de la noche anterior una verdadera angustia, junto a todo lo observado desde la ventana, entendí, pues, que las guerras habían terminado.

Tan pronto mi cabeza empezó a darle vueltas al asunto, y a recordar el rostro pulverizado de la niña del sueño, escuché una voz dentro de mi cerebro que decía “dormir, comer, trabajar y reproducir; dormir, comer, trabajar y reproducir; dormir, comer, trabajar y reproducir…”  Hasta repetir esas cuatro palabras en voz alta, una y otra vez, en ese orden, al ritmo de la voz robotizada que sonaba más y más fuerte dentro de mí.

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Canaimera

Omar Ortiz Forero I El cantor en el incendio

Al mediar el mes de agosto del año en curso, me encontré con los poetas Erik González y Francisco Trejo, de Paserios Ediciones, en San Miguel Cañadas, pueblo trepado en lo más alto de la Sierra de Tepotzotlán. Durante la tarde llegaron al restaurante de mi padre; el cielo azul se iluminaba por los destellos del sol en declive: signo de la calidez que se deparaba, pues junto a González y Trejo, venía también el poeta Omar Ortiz Forero, bogotano de nacimiento, pero de corazón tulueño. Fue una sorpresa grata. Con anterioridad había leído la obra del maestro Ortiz Forero y su pluma me había parecido siempre de las más iluminadas de su generación. Iluminada por ese misticismo que sólo se adquiere si viene uno del campo, del pueblo, de la provincia. Ortiz Forero, luego de estrechar con firmeza mi mano, extendió, como carta de presentación (por lo demás, innecesaria), su más reciente poemario Pequeña historia de mi país (Letra a Letra, 2021). Algo de tristeza se vislumbraba en los ojos del poeta y no era para menos, Colombia estaba, como ahora, ardiendo. Los versos del libro que me obsequiaba también reflejaban esa desolación, pero como la poesía no puede fracasar, también prometían esperanza. Aquella tarde platicamos igual que si fuéramos viejos amigos, en parte azuzados por el mezcal que llevaban González y Trejo para mediar timideces, mismas que nunca, por fortuna, llegaron. Algo he de recrear en esta entrevista de aquel diálogo crepuscular. Omar Ortiz Forero, Premio Nacional de Poesía por la Universidad de Antioquia, se desempeña como profesor en la Universidad Central del Valle de Tuluá (UCEVA). Estudió abogacía (porque no le quedó de otra), pero ha sido reconocido por su labor en la gestoría cultural de su región. Prolijo es en premios y libros. Dirige la legendaria revista Luna nueva, que ya cuenta los treinta y tres años de vida. Su obra ha sido publicada en diversos países de Latinoamérica, así como en España y Francia.

  • ¿Maestro, qué significa su Pequeña historia…para un gran país como lo es Colombia?
  • La Historia, así con H mayúscula, está hecha de pequeños o grandes episodios, con h minúscula, que van determinando el rumbo de un individuo o de una colectividad, para sus logros o para sus fracasos, para su grandeza o su miseria. En el caso de Colombia, como de buena parte de nuestra América, estos episodios los generan unas élites que solo miran hacia sus beneficios particulares. Por ello, al propiciar dichos hechos, los mismos, siempre ocasionan un desmedro abusivo y arbitrario sobre los intereses del colectivo que dirigen y que ellos, desde su cinismo sinvergüenza, llaman “nuestro país” o “nuestra patria”. El “país” o la “patria”, de ellos, claro.
  • ¿Por qué está ardiendo Colombia, maestro?
  • Porque desde la aparición del narcotráfico, las organizaciones criminales que se lucran con estos dineros, han logrado hacerse con la dirección del Estado, por medio de cadenas de contratistas que reemplazaron a los partidos políticos y que instauraron un régimen de corrupción sin precedentes en la historia del país. Esta situación, más la llegada de la pandemia, ha profundizado de manera inclemente las desigualdades económicas y sociales de los colombianos y ha generado un clima de violencia sistemática, dirigida desde el Estado, contra las organizaciones políticas y sociales que trabajan por mejorar las condiciones de vida de por lo menos el 80% de la nación. Hay que tener en cuenta que en estos momentos la población desplazada en Colombia llega a por lo menos, siete millones de habitantes y las víctimas de violencias de todo tipo en los últimos 50 años de conflicto se calculan en más de un millón de homicidios, por lo menos 170 desapariciones forzadas y más de diez mil víctimas de torturas. Con este panorama, se puede hacer usted una idea de las condiciones de resentimiento y rabia, que nutren cotidianamente a la sociedad colombiana. 
  • ¿Cuál ha sido el papel de los escritores en los recientes disturbios sociales de su país?
  • En general, son voces solidarias con los que luchan por mejorar, desde sus trabajos comunitarios, las condiciones de vida de los colombianos. Voces de denuncia a los atropellos por parte del Estado contra la pobrecía. Por eso los sindican desde el gobierno como enemigos y los castigan negándoles la posibilidad de representar al país en diferentes eventos internacionales, ya que, desde el Ministerio de Relaciones, o Cancillería, se habla de que dicha representación debe de estar encomendada a “escritores neutrales”
  • ¿Qué significa ser poeta, hoy, en Colombia?
  • Dignificar la palabra por medio de una poética que sea en verdad verbo y carne del hombre y la mujer colombianos, víctimas de ultraje y la barbarie.
  • ¿Cuál es su visión de la literatura contemporánea latinoamericana?
  • Me gustan voces como la de la mexicana Valeria Luiselli, las argentinas Mariana Enríquez y Samanta Schweblin, del peruano Fernando Iweasaki, del chileno Pedro Lemebel, del brasileño Rubem Fonseca, de la colombo-uruguaya Fernanda Trías, de los colombianos Pedro Badràn, Felipe Agudelo, Daniel Ferreira, Daniel Ángel, Cristian Valencia, Paul Brito, Adelaida Fernández, para citar algunos, sin desmerecer los muchos que he leído con atención y gusto.
  • ¿Qué prevalece entre los escritores actuales de Latinoamérica: un diálogo o un silencio?
  • A pesar de que las redes sociales hacen posible que las noticias sobre Encuentros de Escritores y eventos literarios en general se publiciten y las palabras de muchos de quienes participan en los mentados eventos tengan una inmejorable tribuna, creo que un verdadero diálogo entre escritores del continente no existe desde que las editoriales, los manager y los representantes literarios, hablan por ellos o, lo que es peor, establecen lo que es literariamente correcto decir o callar.
  • ¿Qué significa para usted la rebeldía?
  • Básicamente lo que plantea Camus en El hombre rebelde (1951) que la misma debe ser un accionar constante frente a la defensa de la libertad y la justicia. En este sentido me declaro en conflicto permanente contra todo autoritarismo venga de donde viniere.
  • ¿Entonces es usted un rebelde?
  • Visto desde los enunciados anteriores, sí. Este es un mundo que cada vez recurre con mayor intensidad a la manipulación de nuestras conciencias, pretendiendo anular la imaginación, la fantasía y el pensamiento crítico, en búsqueda de un unanimismo aterrador que tiene su expresión final y totalitaria en el triunfo del algoritmo.
  • ¿De qué manera la violencia ha determinado la estética de la poesía latinoamericana contemporánea?
  • Desde los inicios de nuestra vida republicana, cuando las gestas libertadoras iniciaron el extrañamiento colonial de España, los conflictos propiciados por las élites han caracterizado nuestro devenir político. Desde el Río Bravo hasta el Río de la Plata, se han minimizado el valor y la importancia de nutridos sectores de nuestra población, indios, negros, mestizos, mulatos, en la conformación y puesta en marcha de nuestras pretendidas democracias, lo que ha contribuido a un permanente enfrentamiento entre el Estado y sus gobernados. Esta situación marca de alguna manera toda la historia de nuestra creación literaria, aún en momentos que pareciera discurrir hacia otras orillas más tranquilas.
  • ¿Cuál considera usted que es la importancia de la gestoría cultural sobre todo en las ciudades de provincia?
  • Partamos que es la provincia la verdadera alma de una nación, y así, desde esa perspectiva podemos decir que es desde allí que surgen las verdaderas necesidades de proteger y desarrollar una gestión que, desde la diversidad y la multiplicidad de miradas y propuestas culturales, afiance e impulse el compromiso de sus individuos con el sentir de una tradición y con el enriquecimiento de la misma para avanzar hacia una verdadera cultura colectiva y universal.
  • Platíquenos de esa aventura llamada Luna Nueva.
  • Luna Nueva, es una bella aventura que nació en 1987 y que se mantiene en su intención de difundir y enaltecer la obra de poetas y ensayistas de la órbita latinoamericana. Son ya 34 años de acoger en sus páginas a poetas de renombre, pero también a nuevas voces que tienen desde allí la oportunidad de publicar una nutrida muestra de su obra para el beneplácito de nuestros lectores.
  • ¿Podrá algún día cumplirse el sueño bolivariano?
  • No lo creo, y ese válido sueño para el momento en que fue visualizado, en los tiempos que corren puede convertirse en una atroz pesadilla.
  • ¿Qué densidad tienen en su vida Tuluá?
  • Tuluá, es una ciudad con todas las comodidades de una ciudad contemporánea, pero sin ninguno de sus defectos mayores, y lo más importante donde sus habitantes somos dueños de nuestro tiempo y de nuestras siestas. Lo que ya es una manera humana de vivir.
  • En su Declaración de principios habla de “perturbar almas y desorientar espíritus” ¿cuál es su clave para ejercer dichas potencias?
  • Tener siempre la convicción de que el poder envilece y actuar en consecuencia.
  • Durante nuestra conversación en Tepotzotlán, casi que empezamos a hacer una radiografía de los poetas colombianos y salió a relucir el nombre de Raúl Gómez Jattin, a quien usted parece conocer bien. No quiero dejar pasar la ocasión de que nos hable de ese vate al que el olvido quiere arrastrar a sus lares:
  • Me interesa la obra de Gómez Jattin que no gira en base a su insania mental. Me parece que su calidad poética está dada por los poemas que hablan del Valle del Sinú, que fue su tierra adoptiva, o por los poemas que exaltan la infancia, la amistad, o los que hacen un desolador retrato de sus padecimientos y angustias, que en últimas son los mismos de buena parte de sus conciudadanos. Y me gusta sobre manera que las nuevas generaciones lo lean y lo valoren por su verdadera trascendencia.
  • ¿Latinoamérica se olvida de sus poetas, maestro?
  • Latinoamérica se olvida de todo, mi querido Juan. Nuestra memoria de gallina, al decir de Cepeda Samudio, es una constante cultural del Continente. Pero curiosamente con la poesía hay un resurgir de la oralidad y la oralidad es memoria, así que esa es otra de nuestra grandes y actuales paradojas.
  • Por último, maestro, ¿cómo impedir que sigan traficando con nuestros cuerpos y envenenando nuestras emociones?
  • Yo no tengo la formula, pero cuando veo a la muchachada en la calle, vociferando y reclamando por los derechos de todos, cantando, bailando y poniéndole color e imaginación al frío asfalto, me digo, “no llores, todavía hay tiempo para la poesía.»
En San Miguel Cañadas. Los poetas Erik González y Francisco Trejo, detrás del maestro Omar Ortiz Forero.
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Agibílibus

Algo sobre “La cueva de los sueños olvidados”

Es como si el alma moderna hubiese nacido ahí…De esta manera se expresa un investigador al reflexionar sobre la importancia de las pinturas rupestres encontradas en la Cueva de Chauvet.

Esta película-documental trata sobre uno de los principales descubrimientos de la humanidad en los últimos años: el descubrimiento de una cueva en Francia que contenía pinturas rupestres de más de 30,000 años de antigüedad, siendo más viejas que aquellas que se creían como las más antiguas.

Aquí se resaltan aspectos como la gran técnica y el impacto de dichas pinturas en los espectadores que las llegan a admirar. Las pinturas mostradas se caracterizan por ser dibujos muy estilizados de animales extintos y de algunas otras fantasías quiméricas creadas por aquellos humanos del paleolítico que caminaban en dicha cueva.

La película muestra el procedimiento en el cual el cineasta se dispuso a acompañar a un grupo reducido de investigadores en la Cueva de Chauvet con motivo de lograr una representación de la historia de los humanos que ahí habitaban. El grupo de científicos estaba conformado por arqueólogos, paleontólogos, historiadores del arte, entre algunos más, quienes además no contaban con el equipo de filmación adecuado.

El Ministerio Francés, según los investigadores, les brindó un apoyo limitado para que el grupo investigara las pinturas y terreno alrededor. De tal manera tuvieron muchas carencias además de que había zonas en las que las cámaras no podían utilizarse por cuestiones de seguridad.

Las imágenes que se muestran son sorprendentes: animales trazados en la piedra viva de la cueva que parecen correr y moverse con vida propia. Los investigadores se sienten en todo momento dentro de aquel ambiente prehistórico que parece nunca haberse ido. Las condiciones naturales hicieron que aquellas pinturas permanecieran en una verdadera “capsula del tiempo”, ya que incluso quedaban vestigios de antorchas antiguas, algunos restos fósiles de animales, entre otras pistas que pudieran brindar luz sobre quiénes pintaron en esa cueva.

La cueva de los sueños olvidados de Herzog

Lo que se intuye como un descubrimiento científico resultaría ser un inmenso impacto para la ideología moderna, ya que si se siguen encontrando muestras de una inteligencia superior de la humanidad en el pasado. Esto plantea la necesidad de repensar la concepción que tenemos sobre nuestros antepasados, así como su antigüedad. Este tipo de conocimiento, ahora público, debería ayudar a que los humanos nos reconozcamos a nosotros mismos.

El hecho de que un profesional desentrañe los secretos de las pinturas y descubra que presentan una técnica superior a la que se creía indica que hay muchas cosas que aún permanecen ocultas y que puede resultar en un impacto considerable a nuestra ideología sobre el progreso humano. La calidad de las pinturas muestra que individuos conscientes, curiosos, creativos, “modernos”, estuvieron todo el tiempo viviendo en un mundo salvaje donde la adaptación era la única salida a la supervivencia.

En esas cuevas hay vestigios de seres que habitaron en esas tierras que se asemejan a nosotros en la actualidad en más de un sentido, y podrían incluso superarnos en cierto sentido. Todo esto podría asustar y emocionar tanto a espectadores como investigadores. Sin embargo, es necesario interpretar apropiadamente estas pistas que nos han dejado los ancestros, las cuales pueden servirnos de espejo para reflejarnos en él.

De esta forma, la manera en que la película va contando el desarrollo de la  investigación, así como algunas interpretaciones científicas sobre la vida en aquella era, es un medio de aprendizaje directo, emotivo y apasionado que impacta visualmente al espectador.

El acercamiento directo a las entrañas de la tierra y en particular a la zona en que se han desarrollado sucesos muy importantes para la humanidad normalmente es un proceso que se reserva sólo a unos pocos. De tal forma Herzog logra inmiscuirse en todo este proceso y el resultado en una especie de experiencia compartida entre los investigadores, el cineasta y los espectadores, los cuales están siendo parte del fenómeno y lo interpretan de diferente forma.

Es un documental que hace reconsiderar todo el aparato ideológico que se nos ha implantado como sociedad, ya que apunta que el espíritu moderno no es tan privilegiado como creíamos. Tal vez ahora solo seamos una sombra de lo que ha sido la humanidad en el pasado y todo lo demás nos sepa como una fantasía u otra alucinación.

Es una experiencia inquietante para aquellos que no se conforman con aceptar sencillamente conceptos y fenómenos.

Como se menciona en el film: es un error considerar que el humano es simplemente un Homo-Sapiens, ya que lo más correcto sería afirmar que el humano es un Homo-Spiritualis.

Esto podría afirmarse claramente con una de las pinturas resguardada en una zona que al principio no estaba accesible a los mismos investigadores: la imagen muestra una figura femenina con la mitad del cuerpo humano y la otra con la de un animal parecido a un bisonte, casi un minotauro. Lo fantástico justo frente a nosotros.

La cueva de los sueños olvidados

El sueño entre la naturaleza y lo irreal en el ser humano. Así surge en el hombre la capacidad de asombro y de proyección a través del tiempo.

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Canaimera

Paula Castiglioni I La América Pistolera

Bien dicen que las apariencias engañan. Sobre todo en los duelos a muerte. Tras de esa mirada verdidulce, tras de esa terneza de su casi infantil rostro, la escritora Paula Castiglioni resguarda una contemplación cruda de su entorno, una mirada pistolera que repasa temas específicos germinados en el terror, y ello, por si fuera poco, lo traduce en una furibunda, tremenda, violenta prosa, devastadora prosa, que camina bajo el sol con sombrilla rosada, pero con una escuadra de cromo, oro y alacranes ceñida al talle.  Entrevistadora,  periodista, guionista, “ratita tipeadora”, pero sobre todo una mujer volcada a la escritura de manera profesional, Paula Castiglioni (Buenos Aires, 1984) ganó en el pandémico año del 2020 el Premio Internacional de Narrativa Ignacio Manuel Altamirano, que otorga la Universidad Autónoma del Estado de México, con su narco¿romántica?novela Pistoleros (Uaemex, 2020), misma que fue elogiada por escritores de la talla del legendario Gerardo de la Torre. Por la densidad de sus letras, se adivina que el camino creativo de Castiglioni no ha sido fácil; que desconoce el privilegio de los méritos regalados, y lo suyo es un sendero abierto con el pico lento pero eficaz del trabajo, ése mismo que se hace desde de la base, desde el barrio. Quizá por eso su obra se hace tan cercana, tan familiar, tan natural. Y por ello, me atrevo un tanto a profetizar que muy pronto Paula se convertirá en una escritora consentida de los lectores. Una escritora a lo sumo popular. Esperemos que así sea.

  • Querida Paula, hoy, después del premio y la publicación del libro, ¿qué densidad comienza a tener en tu vida Pistoleros?
  • Imaginate que mi primera novela la escribí a los 13 años junto a Lucila, una amiga. Y después vinieron más historias que no salieron a la luz. Obviamente fui evolucionando en la escritura durante todo este tiempo. Pistoleros tiene en mi vida una densidad inmensa, hizo posible que se me cumpliera un gran sueño: publicar un libro. Y encima, con el reconocimiento de una institución prestigiosa como la Universidad Autónoma del Estado de México.
  • ¿Qué significa una joven escritora argentina escribiendo sobre narcotráfico, un tema más bien presente en la literatura mexicana y colombiana?
  • No puedo ver la dimensión a nivel Argentina, ya que el libro todavía no se publicó acá. En eso estamos, pronto habrá novedades. Sí puedo decirte que en mi país hay grandes escritoras de novela negra, amo las historias de María Inés Krimer, y la primera novela de Dolores Reyes, Cometierra, simplemente es perfecta. En mi caso, decidí escribir sobre narcotráfico porque es una problemática que afecta a todas las capas sociales y es un tema que vengo trabajando hace años como periodista. Además, soy lectora de narcoliteratura mexicana y colombiana. En Argentina sí hay narconovelas, como Cruz, de Nicolás Ferraro; Rojo Sangre, de Rafael Bielsa; Si me querés, quereme transa, de Cristian Alarcón, o No hay risas en el cielo, de Ariel Urquiza. Pero ninguna profundizó en el costado romántico. Creo que ahí Pistoleros marca una diferencia. Ni mejor ni peor, es otra forma de narrar.
  • ¿De qué va Pistoleros?
  • Es la historia de una ex esclava sexual que lucha por liberarse de un mundo regido por la violencia y la droga. Anita es rescatada de una red de trata durante un operativo policial cuando tenía 15 años y tiempo después, se pone de novia con un hombre hermoso, millonario… y narco. Nada es perfecto. Pensaba estar en medio de un cuento de hadas pero las cosas se ponen bien feas cuando el tipo se violenta.
  • ¿Cómo fue el proceso de escritura de este libro?
  • Yo venía de escribir un drama paranormal que fue bochado de todo concurso y editorial. Por cortos segundos pensé en dejar la escritura. Digo cortos segundos porque es un vicio y realmente lo necesito para estar de buen humor. Así que mientras estaba escribiendo otra novela con tintes religiosos, mi maestro, Enzo Maqueira, me dijo que tenía pasta para el género romántico. Entonces le pregunté si seguía con esa novela o me metía con una narcorromántica. Y me alentó por la segunda opción. Empecé a interiorizarme en el género negro, me di cuenta de que yo ya era fan de autoras como Ingrid Noll, Natsuo Kirino y Gillian Flynn. Enzo me recomendó a escritores argentinos y definitivamente Ernesto Mallo me voló la cabeza con su saga del comisario Lascano. En paralelo, empecé a estudiar estructuras narrativas y diagramé toda la historia. Y después fue largarse a escribir. Me ayudó mucho para encontrar el tono releer a Manuel Puig y Alejandro López. También sumé a Juan Sbarra, a quien no conocía y me enamoré.
  • ¿De qué sirven los premios literarios?
  • Muchos autores logran ser publicados por su buen manejo de redes sociales. Otros, vienen de semilleros como los talleres literarios y hacen su camino por esa vía. En mi caso, soy un queso con las redes y solo fui a un taller cuando tenía 14 años y no duré mucho, había gente grande. Después ya empecé a trabajar y a estudiar. Y el trabajo como periodista no tiene horarios fijos, imposible quedar con un taller. Fui probando con clases particulares y luego de una larga búsqueda, di con Enzo Maqueira hace unos años. Fue un salto cuántico en la escritura, sigo aprendiendo muchísimo de él. Volviendo a la pregunta, ¿para qué sirven los premios? Es la única opción de publicar para muchos que no venimos del palo literario, que no tenemos contactos y apenas nos conoce nuestra madre.
  • Por cierto que en México se criticó cierta cláusula donde la Universidad Autónoma del Estado de México se quedaba con la propiedad intelectual en su aspecto de derecho patrimonial de la obra,¿cuál es tu opinión y tu vivencia al respecto?
  • Hay que saber leer las bases de los concursos, a veces son muy ambiguas. Hacia la Universidad Autónoma del Estado de México solo tengo palabras de agradecimiento. Gente muy profesional y cálida. Insisto: si no fuera por este premio, quizá nunca me habrían publicado ni estaríamos charlando nosotros ahora. Sí creo que es importante asesorarse jurídicamente a la hora de firmar un documento, siempre lo hago, casi una manía o quizá, prudencia.
  • ¿Será que Pistoleros te ha acercado más al ámbito literario mexicano que al argentino?
  • No me veo parte de un ámbito literario, soy muy nueva en esto. Sí he tenido acercamientos muy bonitos a escritores mexicanos por esto del premio. A Orfa Alarcón la conocía porque la había entrevistado por Loba. Fue tan dulce y generosa que me hizo un prólogo precioso para el libro y también me acompañó en una presentación. Después conocí a la grossa de Eve Gil, una persona brillante y encantadora, amo sus libros y también su fortaleza. También entablé amistad con autores hombres como Oswaldo García, autor de Adicción a ver muertos y Mauricio Neblina, que me regaló La marca del mexicano y pronto leeré. En cuanto a autores argentinos, fuera de mi maestro, Enzo Maqueira, soy amiga de una escritora que amo y admiro, Silvia Arazi, y he tenido muy lindos intercambios con mis entrevistados. Cuando sos fan de un escritor y te das cuenta de que es tan genial como sus obras, es un flash.
  • ¿Quién es Anita y qué tanto tiene de Paula?
  • Anita es un personaje totalmente ficticio. Tomé el apodo que se puso una menor de edad que fue esclava sexual, la conocí por una nota que lamentablemente nunca pudimos emitir en mi trabajo. Esta niña y mi personaje solo comparten que fueron víctimas de una red de trata. ¿Anita Briansky tiene algo de mí? Quizá, todos los personajes quizá tengan algo de mí, después de todo el autor mismo les da el soplo de vida. Anita ama la música ochentosa, como yo. Ama comer. Es soñadora. Y sobre todo, luchadora. Puede estar con el alma desgarrada, pero se levanta y sigue peleando por sus objetivos.
  • ¿La violencia determina la estética de la literatura latinoamericana contemporánea?
  • Creo que la literatura latinoamericana contemporánea es muy amplia en estilos y géneros. Claro que a la hora de tocar temáticas sociales duras, no tenemos más remedio que meternos en la violencia. Dolores Reyes en Cometierra habla de los femicidios, pero de forma muy poética, la violencia está bajo cada línea pero no de forma brutal y explícita. Pero otro autor que amo, Juan Carrá, muestra de una manera cruda el submundo de las poblaciones vulnerables en No permitas que mi sangre se derrame. Hay escritores que cuentan historias que me tocan el alma y no se meten en lo policial. Mi amiga Silvia Arazi te hace llorar, tiene una sensibilidad única a la hora de explorar la esencia humana. La separación es una joya.
  • ¿Has usado alguna vez un arma de fuego?
  • No me gustan las armas de fuego, me parecen feas, poco estéticas. Tengo amigos que por cuestión de seguridad, ya que vivieron experiencias horribles, debieron aprender a disparar. Los respeto. Pero en general, la gente que lo hace por diversión me da asco. Como los que practican la caza mal llamada deportiva. Sí me gustan las armas blancas, sobre todo las japonesas. En casa tenemos varias, para mí son todas katanas pero mi marido sí sabe distinguirlas. ¿Por qué mis personajes usan pistolas? Porque no es verosímil que un delincuente hoy se maneje exclusivamente con armas blancas. Imaginate, sale un narco con la katana y el enemigo le pega un tiro en la frente. No va. Es competencia desleal.
  • ¿Has matado a alguien?
  • No, por suerte nunca he llegado a un instante en que era mi vida o la del otro. Justifico la defensa personal. Pero en caso de llegar a esa situación límite, creo que tendría todas las de perder. No sé manejar un arma y mis conocimientos de artes marciales son un chiste. ¿Pensé alguna vez en matar a alguien? Miles de veces, como una fantasía imposible de cumplir. Cuando en primaria me hacían bullying porque era estudiosa, porque leía, porque se les daba la gana, quería escribir una historia llamada La chica que no aguantó más. La protagonista usaba un cuchillo de cocina y teñía las paredes con sangre. Menos mal que nunca tuve los poderes de Carrie. Después, ya de grande, soñaba que un jefe muy maltratador se resbalaba por las escaleras y se desnucaba. Entonces, cada vez que venía y me gritaba, yo pensaba en esa escena y me calmaba. Con el tiempo aprendí a disipar esos pensamientos, son negativos y solo te hacen mal. Perdonar tiene una función muy terapéutica y te permite avanzar sin anclarte en el pasado.
  • ¿Qué significa, en la actualidad, ser escritora en Argentina?
  • No sabría qué decirte, a fin de año recién me publicarían acá y ahí veré qué significa. Solo conozco a un escritor que vive de la escritura, Patricio Sturlese, autor de bestsellers góticos. Después, muchos tienen otros empleos fuera de la escritura: dan talleres y clínicas, son editores, periodistas, abogados, profesores. Uno de los exponentes de la novela negra en mi país, Kike Ferrari, trabaja en los subterráneos. Las profesiones son muy dispares. La mayoría tiene en común que debe valerse de otro trabajo para poder comer. Incluso autores traducidos a diez idiomas.
  • ¿Cuál es tu visión de la literatura latinoamericana contemporánea?
  • Mi visión es muy acotada, no soy académica. Como lectora tampoco puedo formular una respuesta muy amplia. He leído autores argentinos, chilenos, mexicanos, uruguayos, colombianos, cubanos… pero por ejemplo, no tengo idea de la literatura en Bolivia, Venezuela, Ecuador, Honduras. Sería injusto que te diera una opinión sin conocer más.
  • ¿Porqué te consideras una mujer dañada y de qué manera es que la escritura te ha sanado?
  • Me gustaría conocer a alguna persona que nunca haya sufrido algún tipo de violencia a lo largo de su vida. Hombre o mujer. Cuando profundizo en charlas con amigos o compañeros de trabajo, siempre saltan esas heridas que cuestan cicatrizar. Son temas que uno también trata en terapia, acá no te toman por loco si lo hacés. Por algo Argentina tiene la mayor concentración de psicólogos. Hay 202 por cada 100.000 habitantes. ¡Y todos tienen trabajo! La escritura me ayuda para hacer catarsis. De hecho, cuando escribí Pistoleros tenía mucha violencia contenida. Así salió esta novela romántica que chorrea sangre.
  • ¿Qué vicios y virtudes consideras que contiene la literatura feminista en la Latinoamérica contemporánea?
  • La verdad que yo leo solo libros que me gustan, salvo que por trabajo me vea obligada a terminarlos. No te puedo hablar de vicios y virtudes con esta visión acotada. Una novela que me encantó fue Las aventuras de la China Iron, de Gabriela Cabezón Cámara. Me pareció genial que recreara la historia de la mujer de Martín Fierro, no quiero dar spoilers. Su narración está llena de música y color. A ver, es literatura. Si la queremos encasillar como feminista, ok. Pero creo que este libro en particular va más allá de las etiquetas.
  • ¿Te consideras una escritora feminista?
  • Pistoleros tiene su costado feminista, soy una autora escribiendo en determinado contexto histórico y social y me veo atravesada por este movimiento. Además, tengo cierta fijación contra la injusticia. Me pone loca. ¿Soy una escritora feminista? A mí me gusta contar historias. Apoyo que se luche por los derechos de las mujeres, me pone feliz que mis sobrinas vivan en un mundo en que no se naturalice el acoso, el abuso, que te levanten la mano. Hoy podés denunciar el maltrato, antes te trataban de loca, de débil. Pero esta no es la única causa que apoyo. Estoy en contra de la precarización laboral, del trabajo infantil, del hambre, de la corrupción, del maltrato animal. Y con todo esto podés contar historias.
  • ¿Cuál es tu visión del narcotráfico latinoamericano, sobre todo en la escritura?
  • En Latinoamérica la violencia narco está muy a flor de piel porque sos país productor o bien, país de paso. Y no hablamos de una industria legal, con todo en orden. Son organizaciones transnacionales que se disputan los territorios y extienden sus tentáculos hasta las fuerzas de seguridad, la justicia y la política. Yo, que soy de clase media, me veo quizá impactada por el deterioro del tejido social que producen las drogas, y esto se ve reflejado en problemas como la inseguridad. Pero hay gente que lo siente en la carne, más que nada personas de barrios vulnerables. Lugares donde hay mucha falta de estado y el narco se aprovecha. Usan a chicos como soldaditos, campanas o correo. Tenés abuelitas que venden pasta base desde una ventana, porque con la jubilación no les alcanza. Madres con bebés en brazos que esconden la droga en los pañales. Jóvenes sin esperanza que abrazan el camino fácil. Esto quizá sea lo más visible, lo que te cuentan las noticias. Después tenés aquellos supuestos casos aislados como cocinas de cocaína en barrio privados, narcos hiperbuscados que viven como señores de clase alta y caen porque no pueden renunciar del todo a su identidad. La literatura latinoamericana refleja estas realidades.
  • ¿Crees que existe un diálogo entre los escritores latinoamericanos contemporáneos?
  • Sí, existe un diálogo a través de intercambio de lecturas y también a nivel personal. La tecnología permite que se desarrollen amistades a pesar de la distancia, podés contarte confidencias con una autora o autor a miles de kilómetros  y que no conocés en persona. Podés intercambiarte libros electrónicos, porque quizá en tu país no publicaron a ese escritor. Es muy interesante cómo internet va borrando las fronteras, esto se intensificó por la pandemia.
  • ¿Qué es el amor para Paula Castiglioni?
  • El amor es el motor de la vida. Y ante la falta de amor, nace la injusticia. La palabra amor para mí está muy ligada a Dios. Y no hablo de Dios a nivel religión, no soy practicante de nada, no quiero que me encasille la fe. El amor marca la diferencia, el amor te indica que no hay casualidades, sino causalidades, y que detrás de este sentimiento mágico hay una inteligencia superior.
  • ¿Has amado a alguien?
  • Sí, el amor tiene muchas formas. No hablo griego, pero sé que utilizan diferentes palabras según la relación. Amo a mi marido, que es mi compañero, amigo, amante y cable a tierra. Amo a mi familia, tanto de sangre como política, porque me adoptaron desde un principio. Y amo a mis amigos, que son hermanos que me regaló la vida.
  • Tú que has sido entrevistadora, ¿qué piensas de la entrevista como género literario?
  • Creo que hay todo un arte en entrevistar. Cuando estudiaba periodismo, era mi materia favorita. La entrevista es básica para cualquier nota periodística, incluso cuando es en off. En mi caso, también la utilizo para investigar antes de escribir ficción. Debés indagar en el alma de tu fuente, buscar aquel elemento mágico que nadie encontró y que marque una diferencia en tu trabajo. Me pongo feliz cuando el entrevistado se sale del speech y se muestra tal cual es.
  • ¿Te gustan los corridos norteños?
  • No soy experta, pero he escuchado algunos. Los conocí por el documental “Narco cultura”. Después empecé a buscar más por Youtube. La narcocultura no solo se ve reflejada en la literatura, también en el arte plástico y la música. En Argentina no suele haber canciones dedicadas a capos narcos. Quizá el tema más reconocido es “Me matan, Limón”, de los Redonditos de Ricota, sobre la muerte de Pablo Escobar. La cumbia villera sí habla más del tema, toca el consumo, el narcomenudeo, el rápido ascenso social de algunos y la lucha por el territorio.
  • En ese sentido, y para terminar la entrevista, si se hiciera un corrido o un narcocorrido de Paula Castiglioni,¿qué se contaría en él? Puedes hacernos un corrido tuyo, si quieres.
  • Soy muy mala para componer canciones, ni me animo jaja. Cada uno a lo suyo. ¡Me daría miedo que se componga un narcocorrido sobre mí! Quizá podría hablar de una chica con cara de buena y que escribía historias que ni vivió. Hablaba mucho de sangre y pistolas, pero nunca se animó a matar. La tapa del disco tranquilamente podría ser una Hello Kitty con cara de psicópata y un cuchillo en el muñón.
Yo cuando no estoy escribiendo, estoy muy rompebolas”, dice Paula  Castiglioni | Maremoto Maristain
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Siete minificciones en octubre

Saludando al sol comienza un nuevo día. Así los saludo a ustedes. Desde las clásicas aperturas de peón de rey en el ajedrez (aunque un poco impredecibles) hasta la historia de una pequeña escultura que descansa sobre mi librero, les presentaré a continuación algunas minificciones que han salido desde lo más misterioso. Échenles un ojillo atento.


Al pastor

En el tablero se menean las piezas que ruedan y bailan con los reyes. Un peón se abre en las blancas y las negras cuentan sus ovejas. ¡Pum, pum! El reloj cuenta cuatro jugadas. Las negras ahora velan muerto y las blancas matan puerco.


De ángeles y sal de uvas I

Un ángel vivía feliz entre sus cantos y sus apuestas con los muertos. Un día perdió las alas y ganó un compadre de suspenso. Dios lo expulsó de su diestra y ahora despacha en una farmacia de descuento.


De ángeles y sal de uvas II

Ángel que vuela torcido jamás su rezo endereza, y de vuelta a la farmacia. 


Huesitos letrados

Era un cadáver tan culto que después de cultivarse bajo tierra terminó por hacerse fruto.


Párrafo estratégico

Érase una vez un párrafo tan, pero tan poderoso, que en vez de cuartilla tenía cuartel.


Discordia

Al final le dije: fuimos una pareja muy zoofílica. Yo tan maullador ¡y tú tan fiera!


Ni Pigmalión ni Galatea.

Era la escultura más hermosa, fiel y sumisa que jamás se hubiese creado. Un día sin querer le hice un desaire y tan sumisa era, que explotó silenciosamente en llanto. Ahora tengo un bonito mastique embarrado que me reniega por cualquier cosa.

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Ecos de un caballito del diablo

Aída Chacón| Días de guardar| Crónica

Fotografía: @yllak

Durante la infancia esperaba con ansias la llegada de la Semana Santa. Esas dos largas semanas para no ir a la escuela y en las que los adultos también tenían descanso para llevarnos a pasear a algún sitio. Nuestro destino favorito era el río o la playa. A pesar de que salíamos durante los días de guardar, mi abuela tenía la creencia de que el viernes santo nunca debía usarse para el placer, ningún tipo de placer. Los adultos de aquella época pensaban que no era más que una superstición, así que en aquellas vacaciones salimos de casa, desde muy temprano en viernes, con destino a la playa.

Alrededor de las diez de la mañana nos instalamos en la playa de Mocambo. El día estaba nublado, pero la playa estaba casi vacía. No pudimos resistir la tentación de tener tanto espacio para nosotros, así que aún con las nubes que presagiaban una tormenta, nos pusimos la ropa para nadar y corrimos al agua. Durante un rato no pareció una mala elección; ya estábamos ahí, el viento empezó a soplar más fuerte y pensamos que, a pesar del frío, en cualquier momento las nubes darían paso al sol radiante que esperábamos encontrar.

El viento no dio paso al sol, no arrastró consigo a las nubes para llevarlas a otro paisaje; el día se oscureció más y empezamos a temblar de frío estando en el agua. Escapar del agua significó atravesar una playa feroz, con el mar picado y el viento lanzando la arena sobre nosotros. Cada grano parecía un alfiler que se enterraba en la piel; apenas unos pasos equivalían a soportar los embates de un ejército invisible que lanzaba toda su artillería sobre cada centímetro de piel. La arena se pegaba en la garganta, nos hacía llorar y finalmente nos lanzó de la playa. Pegajosos, llenos de arena y tristes pensamos en volver a casa.

Cuando el espíritu viajero se había muerto por completo, el entusiasmo de unos cuantos empezó a esparcirse entre todos e idearon un nuevo destino: el río. Estando en el puerto, enfilamos rumbo al río cercano al rancho de mis tíos en Soledad de Doblado. Ahí llegaríamos a un lugar tranquilo y también tendríamos cerca a los parientes para visitarlos. Parecía la idea perfecta para salvar el día y el viaje.

Llegamos al río cuyo nombre olvidé con los años. Nos instalamos en la orilla de la manera tradicional: las mamás con el lunch y vigilándonos mientras cazábamos guarasapos1; los jóvenes nadando en la parte más profunda, riendo a carcajadas y buscando la manera de echarse clavados en el agua; mi abuela remojando sus pies y contemplando a toda la familia feliz con un paisaje soleado y campirano como escenario.

Todo iba bien hasta que llegaron más personas. Llegaron en una camioneta roja. Eran pocos, apenas un par de niños, tres mujeres y un par de señores. Quedaron casi frente a nosotros en la otra orilla del río. Aunque no nos molestaron jamás, habríamos preferido toda la corriente solo para nosotros. Mi abuela, como siempre, dijo que se sintió extraña con la llegada de más personas al río; “como que me llegó un presentimiento”, dijo más tarde mientras comíamos.

Después, cuando todos estábamos absortos en nuestra alegría, llegó otra camioneta. Nos dimos cuenta hasta que los tripulantes bajaron de ella todos al mismo tiempo; la camioneta negra, sin placas y vidrios polarizados puso en alerta a los adultos. Uno de los hombres que se encontraba en la orilla no los vio llegar. Lo amenazaron con armas y el griterío de las mujeres me hizo distraerme de los guarasapos. Levanté la vista y miré de golpe todo el escenario: hombres armados golpeando al tipo de shorts mojados, mujeres gritando y abrazando a los niños; luego el mismo hombre de shorts flotando boca abajo en el agua. Todo pasó tan rápido que no me di cuenta cuando mamá me había sacado del río. Todos corrimos a escondernos, y mis papás repetían con insistencia que nadie volteara a verlos, que no los miráramos.

Desde el escondite escuchamos las llantas de la camioneta arrancar sobre la terracería y alejarse. Nos asomamos y vimos mujeres llorando. Yo volví a ver al hombre flotando en el agua y pregunté si estaba muerto. Nadie contestó. Rápidamente nos subimos a la camioneta en la que íbamos nosotros y nos dimos prisa para llegar al rancho del tío Manuel, el más lejano de Soledad y más escondido entre los sembradíos. Mi papá dirigió el camino. Los demás permanecimos callados, llenos de miedo.

Llegamos al rancho y los tíos nos ofrecieron de comer. Estábamos hambrientos y nos sentamos a la mesa sin demora. En el fogón se veía la olla de frijoles, el comal con las tortillas recién hechas. Al centro de la mesa estaba el molcajete con una salsa que tenía un olor delicioso. El embeleso de la comida fue disipando el miedo. Empezamos a deleitarnos con el plato de frijoles con chorizo que habían hecho para nosotros. Mientras comíamos empezamos a reír, a charlar sobre el viaje, sobre lo que vimos. La abuela no desaprovechó la oportunidad para decirnos que jamás debimos salir de casa los viernes santos porque son días de guardar y no podemos jugar con eso. Ya nadie debatió con ella. Con aquella comida, sentados a la mesa de los tíos, todos nos sentimos de nuevo en casa. Ahora mi padre siempre me dice que no debemos salir de casa ese día. Nunca más, desde entonces, hemos vacacionado en viernes santo.

1Guarisapos.

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Ecos de un caballito del diablo

Aída Chacón| Souvenirs para mamá (II)| Crónica

Fotografía: Pedro Valtierra.

Aquel hotel de paso que nos cobijó durante nuestra estancia en Cancún lo encontrábamos hermoso. Fue nuestro refugio. El vínculo con la realidad que evadíamos durante el día, cuando íbamos a la zona hotelera a colarnos en los hoteles de lujo. En ellos había albercas, barra libre para los adultos, refrescos para nosotros, regaderas para después de estar en la arena de la playa privada.

Teníamos un número previamente ensayado. Si alguien nos increpaba sobre nuestra procedencia debíamos contestar con toda seguridad que estábamos en la habitación 208. Mirar con desdén a quienes hacían ese tipo de pregunta y continuar el camino hacia la alberca. Una vez superado el tropiezo habría que comunicarlo al jefe de la treta quien, en este caso, era un de mis tíos. Si no había tropiezos durante el día, podíamos estar en las albercas, el bar o la playa, pero a las 4 de la tarde debíamos marcharnos.

Así conocimos distintos hoteles. Cada uno más lujoso que el anterior, con mejores albercas, con paisajes maravillosos donde el mar siempre estaba de fondo. Una tía y yo aprendimos a preguntar la hora a los gringos que siempre estaban en las albercas. Así estaríamos a tiempo en el lobby para irnos juntos y nos mezclaríamos entre la gente de mundo que habitaba aquellos lugares.

Por las tardes volvíamos al hotel del centro. Nuestro hotel-refugio para turistas en desgracia. El encargado se apiadó de los niños y limpió la alberca. Después la usamos a diario hasta entrada la noche. Desde ahí se alcanzaban a ver algunas estrellas y a sentir, según yo, el olor a mar por todas partes.

Caminamos mucho en aquel viaje. A nuestro paso veíamos tiendas de lujo, restaurantes, bares enormes. Nosotros comíamos siempre dentro de las habitaciones del hotel-refugio. Durante el tiempo que estuvimos de viaje comimos tortas, sándwiches, cereal con leche nido, atún… nunca entramos a ningún restaurante lujoso ni mucho menos cerca de la playa. En varias ocasiones extrañé comer en casa.

La última aventura de aquel viaje fue Xcaret. Después iríamos a la casa de los tíos de Altamirano, Chiapas. Nadamos en los cenotes hasta que la lluvia lo permitió. Alrededor del mediodía comenzó a llover y nunca paró. Así que comimos unos sándwiches dentro de la camioneta. Volvimos al hotel a recoger nuestras maletas para después marcharnos rumbo a Altamirano. En el camino recuerdo varias canciones de los Tigres del Norte, algunos viejos éxitos de Universal Stereo, de Yuri y Alejandra Guzmán.

Salimos por la mañana, muy temprano porque pensábamos llegar a una hora razonable para ayudar a preparar la cena de año nuevo. En mis recuerdos, la casa de los tíos de Chiapas era enorme, con sus cafetales en la parte de atrás, acompañados de un paisaje de neblina matutina y el olor del pan recién horneado que una de mis tías preparaba todos los días durante la madrugada. Pensaba llegar a tomar un poco de café de olla, a correr por los pasillos de esa casa enorme y de techos altísimos, pero no lo logramos. Los caminos estaban bloqueados.

Por la carretera vimos tanquetas militares y camiones llenos de soldados que avanzaban en la misma dirección que nosotros. Llegué a contar 35 tanquetas todas rumbo a Chiapas. Luego de un rato nos detuvo un retén. Los soldados nos informaron que el paso hacia el estado estaba prohibido por el momento. No dieron ninguna explicación y nos ordenaron regresar. El ejército había sitiado el estado.

Mis tíos no se dieron por vencidos tan pronto. No querían recibir el año nuevo en la carretera, así que enfilamos hacia los caminos poco transitados, pero después de varios intentos fallidos, decidieron que era mejor volver a casa. En cada intento un retén del ejército nos impedía el paso sin dar razones. Soldados armados por todos lados nos indicaban que debíamos dar vuelta e irnos lejos de Chiapas. Tristes y asombrados por otro punto fallido del viaje, pensamos en visitar a mis abuelos paternos en Villahermosa.

Llegar a la casa de mis abuelos dependía de mí. Era la única en ese viaje que conocía el camino a su casa. La familia de mamá no era muy cercana a la de mi padre. Así que recordé el número de teléfono de la vecina de mi abuela y pedí la dirección. Llegamos a las 7 de la noche del 31 de diciembre del 93. Sin previo aviso, catorce personas llegaron a cenar y a compartir los buenos deseos para un año nuevo. Yo estaba feliz. Mi abuela me cuidaba y consentía como nadie. Mi abuelo estaba feliz de que llegamos gracias a mi ingenio. Las hermanas de papá me abrazaron mucho y comenzaron con la quema del viejo en la colonia. Nos quedamos ahí hasta el 3 de enero y esa noche nos fuimos rumbo a casa. Mis abuelos me dieron comida para el camino. Nos quedaban diez horas de carretera para ver a mis padres.

Llegamos a casa el 4 de enero del 94. Mis papás estaban muy tensos y asustados. No sabían nada de nosotros porque nunca pensamos en hacer una llamada. Calentaron la comida de fin de año y nos explicaron que, durante nuestro viaje, un huracán llegó a Cancún y el EZLN le declaró la guerra al ejército mexicano. Eso habían dicho por la televisión y las imágenes de San Cristóbal de las Casas sitiado por ambos ejércitos acompañaban los anuncios de los periodistas hablando sobre la Guerra en Chiapas que amenazaba al país entero. Todos nos quedamos en silencio. Mi abuela aprovechó el momento para recordarnos que el choque había sido una señal. Yo le mostré las toallas del hotel que me había quedado para regalárselas a mamá como souvenir del viaje. Todos coincidieron en que merecía un regaño, menos mamá. Ellas las recibió con cariño.

No volvimos a salir de viaje juntos. Aquella aventura, sin que lo sospecháramos, fue el último gran trayecto en familia. Ahora mis dos abuelas están muertas. A veces las recuerdo, algunas ocasiones charlo con ellas en mis sueños y juntas recordamos aquel viaje.

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El galardón pútrido (relato breve)

Por: Alfredo Daniel Copado

13 de julio del año en curso. Diario Exuberante y Oficial de la Ciudad de M.

Estimado y sufrido público que ha seguido nuestra cobertura del apabullante caso del militar retirado, esta mañana finalmente se nos ha permitido dar a conocer los sorprendentes hallazgos de los detectives M. y P., los cuales fueron comisionados para esclarecer la misteriosa muerte del coronel. Una vez obtenida la información de cierto testigo, el cual padece de una parálisis facial horrenda y que aparentemente estuvo al pendiente de las necesidades del coronel, las autoridades optaron por cerrar el caso sin dar más explicaciones al respecto. Con los hechos esclarecidos, el público encontrará alguna satisfacción al conocer las respuestas a las interrogantes de tan singular misterio. 

Según las fuentes, el coronel era un simple conejillo de indias que se refugiaba dentro de un centro de investigación sobre parapsicología que llevaba muchos años en el abandono. Cabe mencionar que nos referimos a este personaje con el rango de coronel a petición del misterioso informante. El coronel era un miserable anciano que estaba lisiado de una pierna, la cual perdió en una de esas rencillas bélicas que pululan por todas partes, y el cual se valía de una desgastada culata de fusil como prótesis. La triste verdad es que este militar era considerado uno de los peores criminales de guerra de tiempos pasados. Al no tener otra referencia y sin saber realmente de qué crímenes se le acusó, el coronel fue despojado de su honor y otras posesiones, dejándole únicamente las armas que portaba y el viejo uniforme de gala con el cual murió. Aquel vejete había pasado tantos años sumergido en ese centro abandonado que no es de sorprender que la locura se impusiera en su mente.

Según el testigo, el coronel tenía la cordura enajenada. Solía lanzar miradas vacías hacia los muros polvosos y pasaba largas horas deambulando por las habitaciones huecas. A veces se dedicaba a alinear ciertas tropas oníricas hasta que se agotaba y se arrojaba sobre un rincón a dormitar envuelto entre sus pesadillas. Su alimentación era deplorable y se basaba en insectos y alimañas que conseguía capturar de alguna forma. Su aspecto físico siempre fue demacrado y patético, tal y como fue encontrado aquella mañana turbia por el oficial que hacía su ronda matutina.

Por causas de fuerza mayor, nos vemos obligados a omitir en qué consistía la tétrica rutina del difunto para no herir la sensibilidad de algunos lectores. Solamente mencionaremos un hecho sincero, macabro, perturbador, pero sin duda bastante humano y comprensible. Resulta que había cierta actividad a la cual el coronel se dedicaba con ahínco. Ésta consistía en postrarse en medio de una gran sala vacía y de muros derruidos donde el militar había levantado un monumento con trozos de basura y madera podrida. Tal cosa parecía un verdadero santuario, el cual contenía un tesoro que el coronel admiraba por horas. A esa reliquia le dedicó suspiros, llantos, gritos y lamentos de toda índole. Cuando las autoridades informaron a la prensa de la naturaleza de dicho objeto, muchos levantamos la mirada al cielo y oramos por aquella alma desgraciada. El objeto que el coronel idolatraba eran los restos de una extremidad humana. Efectivamente, se trataba de su pierna amputada y cadavérica. Las autoridades no accedieron a que el miembro reposara junto a los otros restos del anciano. Debía permanecer tal y como fue encontrado en aquel santuario.

El pobre viejo estuvo sumergido en incontables alucinaciones y desventuras creadas por su mente enferma. Esto le ocasionó largos paseos en compañía de entes que le hablaban y a los cuales les respondía como si fuesen personas comunes y corrientes. Otras veces el coronel mantenía su cabeza recargada sobre las paredes del laboratorio mientras lanzaba largos y rimbombantes discursos. Sin duda eso hizo maquinar las teorías más exorbitantes sobre lo que le sucedía al viejo en aquellos momentos.

Finalmente, es necesario abordar el misterio de la muerte del militar. Pues bien, estos rasgos de locura fueron su perdición a final de cuentas. El coronel tenía la costumbre de sentarse sobre una banca de hierro a lanzar grandes trozos de carne, huesos y entrañas de pollo a un fiero grupo de pequeños entes tan deformes como él, posiblemente víctimas de los experimentos del laboratorio. El testigo niega rotundamente ser el proveedor de dichos restos. También se desconoce de dónde provenían los engendros. Lo que sí se sabe es que fueron estas alimañas las que le han dado muerte al viejo coronel en esa mañana de invierno. 

Todo es posible en este mundo extraño, pero al juzgar por la expresión de plenitud en el rostro del difunto, es como si el coronel creyera alimentar a una parvada de aves majestuosas y no a esas criaturas que finalmente saldaron cuentas con su benefactor. ¡Pobre sujeto experimental y maldito sea su galardón pútrido!              

FIN

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Canaimera

Aliba Ayam Soid ed Nauj I La Serpiente y el Manzano

En 1980, incluido en su Música para camaleones, Truman Capote nos regaló un singular texto al que intituló “Vueltas nocturnas o experiencias sexuales de dos gemelos siameses”, ni más ni menos que su entrevista cumbre (por así decirlo), pues Truman dialogaba con Capote. No sé porqué lo menciono, quizá sólo por conjurar los espejos de los que está repleto el mundo. Y porque algo de mí mismo reconozco, aunque no del todo, en el escritor egipcio Aliba Ayam Soid ed Nauj (Zabbaleen, ¿?), a quien me une un entrañable lazo por haberme permitido traducir al castellano su más reciente obra. Perteneciente a la comunidad copta, Aliba Ayam es hijo de padre egipcio y madre mexicana, razón por la cual, reside en nuestro país desde hace un par de años y ha decidido publicar aquí su novela, La Serpiente y el Manzano, de reciente aparición en la editorial mexicana Paserios. No obstante, sus primeras publicaciones las hizo en su país, en diversas revistas literarias, pero sobre todo en el periódico Al-Ahram de El Cairo, donde por más de una década cubrió los principales hallazgos arqueológicos, que como sabemos, son profusos en Egipto. En sus correrías, se hizo muy cercano al afamado arqueólogo Zahi Hawass, quien le permitió acceder a diversos textos antiguos, entre  los que se hallaba un texto nahaseno llamado el Evangelio del amor que le sirvió de base para facturar el libro que hoy publica en México. Aliba Ayam vivió una temporada entre los tuareg, de quien aprendió lo que sabe de la poesía, y se dice ser el producto de la imaginación de otro loco y así ha recorrido, afirma él, los caminos imaginarios que a ese loco se le han estado vedados. Sus cuentos se han traducido al esloveno, al francés, al inglés y al español. Recientemente participó en la Antología de Microrrelatos Esotéricos publicada por la editorial colombiana Avatares. 

  • Estimado Aliba, ¿a qué le tiene miedo?
  • A sapos verdaderos en jardines imaginarios.
  • Pensaría, por la lectura de su obra, que al amor…
  • …por eso, a sapos verdaderos en jardines imaginarios.
  • Sin embargo, ¿por qué habríamos de temer al amor?
  • Porque es un demonio feral que no merecería nuestra atención, ni nuestros cantos, pero ya ves que yo mismo he dicho: aquí va uno más. El fin más común del amor es el dolor y el fracaso. Todos mis fracasos en el amor los tengo merecidos por no haber sido un buen hombre, aunque tenía la plena conciencia de que debía serlo. Hay veces en que la inconsciencia o la ignorancia nos exculpan en parte de nuestros hechos terribles. Yo ni siquiera lo hice amparado bajo estas dos circunstancias. He sido un ladrón y he sido robado. Todo mi dolor es justo pero de todos modos duele y a pesar de mi culpabilidad, quisiera que el dolor cesara. El mundo no es lo bastante grande para huir.
  • ¿Ha sido cruel?
  • Sin duda. La crueldad me domina. Además, he pretendido ser muy rencoroso y he querido nunca olvidar una ofensa grave. Ante la mujer que amé he fracasado. Siempre se me dijo que no perdonara la traición ni siquiera en el lecho de muerte, menos aún después de muerto. Pero no he conseguido ser un hombre de palabra. Mi amante sí. Me ha olvidado. Pero ella no es cruel.
  •  ¿Es usted sincero?
  • Por supuesto que sí. Soy una persona sumamente sincera para expresar mis sentimientos y opiniones, así como para conducirme conforme a éstos, por eso sé mentir con cierta maestría. Soy escritor. Nunca nadie debería enamorarse de un escritor. Todos los escritores somos mentirosos. Y porque te digo la verdad es que esto mismo es una gran mentira. Debes creerme. Un buen lector lo sabría. Desde hace tiempo aspiro a construir una vida cuya lógica se sustente en la mentira.
  • ¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
  • Venganza
  • ¿Y la más peligrosa?
  • Vida.
  • ¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
  • Claro que sí, pero me conformé con amarla hasta la eternidad y no se me ocurre un mejor castigo.
  • ¿Cuáles son sus vicios principales?
  • El placer… la madre de todos los vicios. En el placer se concentra el peligroso éxtasis de Ícaro volando siempre más alto pese a las advertencias de su padre. Pero el momento culminante es tan extraordinario en su goce que se abandona a las llamas del sol, a pesar de llevar sus alas unidas con cera. El placer es acaso el vicio fulminante al que nos entregamos como las bestias hedonistas que somos desde el inicio de los tiempos. Por supuesto, sus formas son infinitas, pero sus fines, como ya lo he señalado, son, sin lugar a dudas, el sufrimiento, tanto aquel que infringimos como el que nos infringen. Puesto que el placer es abandono, quedamos expuestos y a merced de personas (o de hedonistas) más crueles que nosotros mismos. El placer nos llena de soberbia, puesto que alimenta la parte más egoísta de nuestro ser, por ello nos es indiferente, en medio del gozo, romper a nuestros semejantes. Quizá por ello dios parece no perdonar a los devotos de la sensualidad, de los placeres y del pecado. Pero por ello mismo dios ha de comparecer por el placer que siente al rompernos.
  • Háblenos de La Serpiente y el Manzano.
  • La Serpiente y el Manzano nació siendo un profundo libro de amor. Hoy, por lo menos para mí, es una tumba. Hubiese querido nunca escribirlo. He comprendido el dolor de Apolo en la persecución que hace de Daphne. La más hermosa, la más inteligente entre las mujeres. Pero Apolo, incluso cuando es un dios, o más bien, sobre todo porque es un dios, el dios solar, se frustra porque no puede alcanzarla. Por más que corra tras de esa carne que anhela, el espíritu femenino le será inasible, en cuanto que ella le odia, en cuanto que ella lo repulsa. Y Apolo se duele, pues comprende que si no se hubiese conducido como un dios, y se hubiera en cambio comportado como un hombre, Daphne quizá no habría huido. ¿Y qué sucede al final? El padre fantasma de Daphne la salva, la arrebata del dios y le convierte en esa fronda divina llamada Laurel. Y debajo de esa fronda, Apolo recuerda el origen de su desventura: quiso ponerse a jugar con el amor y Eros lo ha herido irremediablemente.
  • ¿Es por ello La Serpiente y el Manzano un canto erótico?
  • Al contrario, es, al final, un canto de libertad. O más bien, del deseo de libertad como una esperanza ante el yugo del amor, o de cualquier amo cruel de similar talante. Quien escribió este libro —quizá un sublimación mía, un alter ego—, es una serpiente venenosa y de lengua bífida. La serpiente que pretende dominar en el manzano celestial. Si imaginásemos cómo sería la comunicación con una lengua bífida, tendríamos un lenguaje que no marcara nunca una sola dirección de sentido, sino que lo aparentemente contrapuesto aparecería siempre en una tensa armonía. El Deseo y la Razón; el apetito corporal y la intuición mística; el Paraíso y el Infierno; el Bien y el Mal, conceptos y pulsiones que encarnaban antes antinomias fundamentales, serían, como en la música o en la danza, acaso contrapuntos para sostener una variación de ritmos y movimientos. Serían, después de todo, los elementos básicos del deleite y el éxtasis, del sufrimiento y la dicha. Quizá ese lenguaje bífido no es una posibilidad, sino el recuerdo nostálgico de un origen borrado o trizado en fragmentos apenas legibles. En esta obra, he querido ser el restaurador de esa arcaica lengua, cuya expresión de las pasiones humanas parece estar a medio camino entre el dominio animal y el divino. Porque en todo caso, qué otra cosa es el lenguaje si no una especie de esfinge o minotauro, un ser híbrido, el resultado de una permanente comunión entre cuerpos e imaginarios deseantes.
  • ¿Ha resultado fundamental su estancia con los tuareg en la concepción de La Serpiente y el Manzano?
  • Yo pienso que sí. En cuanto ellos son, como algunos pueblos más, los salvajes guardianes de la memoria poética del mundo antiguo y el mundo antiguo determina aún hoy en día a las geografías de mi tierra natal. Y determina, en esencia, a La Serpiente y el Manzano. El llamado medio oriente aún vive el eco pútrido de Babilonia y del gran Kemet, de Persia y Jerusalén, de ptolomeos y seleucidas, de Cleopatra y de Jesús, en fin, que hay una detención del tiempo y el espacio. Y eso le hace un sitio atrayente y aberrante a la vez. Un sitio que devora momias cual si se tratase de salmos. Con los tuareg hallé los restos de Salomón, tanto como de Rumi o Ibn Arabi. Pero incluso algo más primitivo, el dulce canto de los leones. Y fue entonces que me enamoré de una leona y nos hicimos trizas, porque ¿de qué otra manera podrían amar los leones sino es desgarrándose en cada caricia? Y a favor de ella debo decir que, en cuanto nos encontramos en el desierto, me advirtió que el dolor sería el único final para nuestro amorío y al no hacerle caso, acabé molido entre sus garras cuando pretendió hacerme el amor. Dicen los tuareg que quien fallece de un inmenso amor se merece un inmenso olvido. A mí me parece que el olvido es una inmensa soledad y el principio de la locura. Uno de los más grandes príncipes tuareg, Mussag ag-Amastán, quien murió de amor incestuoso por su prima, la más bella entre las bellas, Dassina ult-Yemma, dijo antes de sucumbir: a aquel que se pone la cuerda al cuello, Dios le dará a alguien que tire de ella”. Y voy a terminar como Omar Khayyam, quien según cantos egiptanos del Camarón de la Isla, alcanzó a decir a su bella amada (causa de guerras y suicidios), antes de desfallecer en el dolor profundo: “eres el triste palacio donde cien príncipes soñaron con la gloria, donde cien príncipes soñaron con el amor y terminaron llorando”. Por cierto, dice la tradición que Khayyam, al concluir este canto, se cortó la lengua y la enterró en las raíces de un laurel. Otra vez Apolo traicionado.
  • ¿Por qué venir a México y publicar aquí esta obra que tienen tanto que ver con su Egipto natal?
  •  Mi madre es mexicana. Ese ya es una razón de peso. Pero lo más seguro es que en Egipto no hubiera sido fácil publicar este libro. Además, allá el ambiente literario está muy enrarecido. No basta con ser escritor, sino que debe un incursionar como relacionista público, caballero de banquetes, salamero profesional, cortesano, político, además de que se tiene que ostentar un trabajo en alguna dependencia de gobierno o bien en algún periódico, o revista o colectivo cultural o, de menos, en una editorial o tener un propia, siquiera. Si uno no está relacionado en Egipto, es como si uno estuviera muerto. Se pueden ganar premios, publicar, realizar un trabajo cultural, pero si no se está relacionado de nada sirve. Además, no es fácil que se acepte, en ese mundo hermético, en esa casi secta de escritores, a alguien que venga con una voz experimental, o tratar asunto ajenos a los temas que más gustan en los círculos culturales: la violencia, la guerra, la emancipación de la mujer, o, en caso contrario, lo más folclorista de nuestra cultura, porque todos estos temas le encantan a nuestros amos europeos, y al final ellos son quienes deciden qué y cómo se publica, en tanto que son los dueños hegemónicos del mercado editorial y en cuanto se tiene como una regla de mi país que si no se triunfa en Francia, Alemania, Italia o Inglaterra, no somos nada. Por eso muchos colegas renuncian a ser egipcios y optan por el exilio. Les prometen vidas más placenteras. En Egipto, para escritores como yo, sólo queda buscar a editoriales independientes, que funcionan casi como guerrilleras culturales, y que para nuestra desgracia poca presencia, o casi nula, tienen en el mercado, así que uno debe elegir entre dejar su obra en la tumba de un archivo de Word en la computadora, o en la tumba de un libro del que pocos se enterarán de su existencia. Ya dependerá del gusto fúnebre de cada quien. Por eso vine a México, buscando, entre otras cosas, la diferencia. Hoy estoy arrepentido.
  • ¿No hay entonces esperanzas?
  • Bueno, nunca se debería sucumbir antes las esperanzas, pero las esperanzas son quizá el asidero de la razón para no volverse locura. Si no tuviéramos fe en que algo mejor nos espera, sucumbiríamos ante el terror del instante. He dicho que las editoriales independientes son como guerrilleras. Creo, o más bien, tengo esperanza en ellas. Estoy convencido que lo mejor de la literatura mundial se está publicando en editoriales de este perfil. Aunque eso haga que sólo unos cuantos tengan accesos a ciertos libros. Otra vez, en el círculo del tiempo, la lectura se convierte en un asunto de sectas. Nunca ha sido la literatura, o el arte, un asunto de las masas. Desgraciadamente. Gracias a las editoriales independientes es que un escritor se puede abandonar a la exploración personal, al experimento de su prosa o su poesía, a propuestas que por aventuradas jamás hallarían lugar entre los miedosos mercachifles que dominan el mercado internacional. Una verdadera editorial independiente es rebelde en la medida que publica autores rebeldes. Hace unos años conocí en Alejandría al poeta mexicano Francisco Trejo y nos hicimos amigos. Admiro mucho su trabajo. El año pasado me invitó a formar parte de su más reciente proyecto editorial, Paserios ediciones, y le envíe La Serpiente y el Manzano convencido de que no podría tener mejor fin. Desde entonces he trabajado con Trejo y sus socios, los también poetas Odeth Osorio y Erik González, y la ilustradora Argelia Colorado, para dar a luz el libro. Baste abandonarnos a la suerte y esperar qué sucede…   
  • Por último, Aliba, ¿que sería entonces para usted el amor?
  • Te voy a responder con un texto tuyo, que alguna vez me diste a leer en tu libro Eztlán, y que como la mayoría de tus libros, se encuentra en una tumba entre tus archivos. El Dios Amor es un demonio inclemente, sordo, rojo, sangriento, hematófago, ciego, brutal, bestial, asesino, agrio, inclemente, lascivo castrado, saetario, silvestre, pánico, ebrio, deicida, destripador, voraz, uranio, pandemónico, pedestre, pederasta, adicto, obseso, poseso, violento, estuprador, mentiroso, mitómano, perro, mula, rencoroso, vengativo, memorioso, tentador, instigador, apóstata, pueril anciano, príapo enfermo, podrida vulva, ano omnipresente, enano (por eso está más cerca del infierno), esfera deforme, dios aborrecido por dioses, demonio aborrecido por demonios, despojo que aborrece despojos, miel que se pudre, ángel que repta, yaga, vergüenza, maloliente, enfermedad agónica sin muerte, al que por si fuera poco le excita la tortura y su lugar predilecto para practicarla son los sueños.        
La Serpiente y el Manzano (Paserios ediciones, 2021) de Aliba Ayam Soid ed Nauj, traducción del copto y prólogo de Juan de Dios Maya Avila. Se puede adquirir en:

https://www.gandhi.com.mx/la-serpiente-y-el-manzano

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La casa de Lanudo

Peregrinaciones I Jonatan Rodas (relato breve)

A través del cristal del carro la caminata parece leve. Llevan buen ritmo. Hasta podría decirse que lo disfrutan. Como si se tratara de una peregrinación (uno no regresa a los lugares sagrados —dice Cristina Rivera Garza—, uno peregrina hacia allá). Pero a ellos no hay santo que los espere, ni un Moisés que los guie por el desierto para llegar a la tierra prometida. No la hay. Nadie les ha prometido nada. Y si lo hizo, no cumplió. Porque ahí van: avanzando sin saber que buscar, pero con la certeza de qué están huyendo (Nadie deja el hogar —escribe Warsan Shire— hasta que el hogar es una voz húmeda en tu oído que te dice vete, aléjate corriendo de mí, no sé en qué me he convertido).

En grupos de cinco los menos numerosos y con los mejor dotados para la larga caminata: jóvenes, animosos lo suficiente para levantar la mano y pedir un “raite” con gritos jubilosos, como si en lugar de pedir ayuda estuvieran saludando. En nutridos bloques la mayoría: gente adulta, muchos hombres, muchas mujeres. Niñas, niños que dormitan en los brazos de un adulto mecidos por el bamboleo de la caminata. Niñas y niños que caminan tomados de la mano de alguien, saltando por el caliente asfalto de la costa, como si estuvieran jugando al avioncito.

No les ladran los perros de las casas de al lado del camino. Son otros los que babean rabia. Una rabia delegada. Una rabia escrita y leída entre las líneas de sus manuales de funciones. Una rabia que les dice que no basta con detenerlos: hay que odiarlos. Ellos también los ven pasar. No esperan órdenes, la orden ya está dada. Déjenlos caminar, así se cansan. Y ya cansados, los cazan. Así ha sucedido: la peregrinación hacia-ningún-lugar-que-es-mejor-que-el-que-dejamos ha sido fragmentada. Rota. Quebrada. Con los pies ardientes y la entrepierna escaldada insiste en su andar hasta alcanzar el próximo pueblo. La cancha de básquetbol que está techada puede aminorar los estragos de una probable tormenta que se ha ido formando lentamente. Las niñas y los niños son los primeros que caen en el sueño profundo sobre el lecho de concreto que los acoge. Así son los pequeños, donde quiera se duermen si tienen sueño. El ruido de los carros que pasan por la carretera y el barullo del montón de gente se tornan su canción de cuna (el país que soñé que tu habitarás —canta Norma Elena Gadea a su hija— aun nos cuesta dolor, sudor y lágrimas. Pero existe mi bien con tantas ganas. En tus ojos los vi está mañana).

¿Qué hay después de acá?, preguntan. Más camino (Caminante no hay camino —escribió Antonio Machado—, se hace camino al andar). Pero para ellos, todo es un camino que no da tregua. El camino es el castigo impuesto por ser quienes son, en un mundo sin lugar para ellos. No saben a dónde van. Es solo que ya no caben en ningún lado. Nunca han cabido. La noche y el cansancio se les juntan en los ojos a los que aún restan de tumbarse en el suelo. El pueblo ha quedado silencioso. La luz de la sirena de una camioneta que observa a lo lejos también se ha apagado. Pronto llegará el alba y con ella la rutina del día a día. La señora de la tienda de abarrotes subirá la persiana. El camión de la basura hará su ronda. Los taxis a paso lento buscarán pasaje. La gente saldrá camino a sus mandados, a sus trabajos. La camioneta encenderá de nuevo su sirena hasta asegurarse que todo se desarrolla conservando el orden y la calma.

Todos verán partir a los que, parafraseando el título de un libro, siempre estarán en ninguna parte.

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Cinefilia crónica

El peligro latente que es un dios

Es la omnipotencia un atributo paradójico y abominable. Como a los filósofos y a los pensadores les encantan los laberintos borgianos que son las paradojas, desde Averroes hasta Descartes, han intentado dar solución a los inconvenientes que conceptualmente implica que un ser, del tipo que sea, posea el don de la omnipotencia. Luego de siglos, como permanecen y quizá siempre permanecerán aquellas cuyo objeto es una paradoja, la discusión sigue abierta. Sin embargo, soluciones, más bien parciales, han sido propuestas a lo largo de tanto tiempo, una de estas es discriminar la omnipotencia por grados, es decir, habrá quien diga que la paradoja surge del concepto de omnipotencia absoluta y no del de, siendo condescendientes y un poco contradictorios, omnipotencia parcial.

A seres que predicen el clima, controlan el fuego y las enfermedades, levantan ciudades en medio del desierto y del océano, son capaces de comunicarse en cuestión de segundos sin importar qué tan lejos se encuentren, diseñan máquinas con asombrosas capacidades de cálculo y de almacenamiento de información y conquistaron el espacio exterior, un simio cualquiera, dotado con la razón y el lenguaje durante un muy corto periodo de tiempo, sin duda, catalogaría como omnipotentes, como dioses; pero resulta que esos seres somos los humanos, y creo que estamos de acuerdo con que bastante lejos estamos de considerarnos seres omnipotentes, o al menos bastante lejos de la versión de omnipotencia mayormente aceptada o deseada. Incluso la omnipotencia resulta ser relativa.

Así como ante los ojos del simio hipotético los humanos somos dioses, ante los ojos de los humanos de Metrópolis, de Gótica y de todos los países y lugares del Universo DC, Superman, que vuela, expulsa rayos láser por los ojos, cuenta con visión microscópica y telescópica y de rayos x y tiene superfuerza y supervelocidad, entre otros maravillosos superpoderes, es, simplemente, un dios. Pero no uno omnipotente absoluto, claro, primero porque la omnipotencia absoluta, como ya se ha dicho, está atabanada de paradojas, y segundo porque posee dos grandes debilidades mortales: la Kryptonita y Lois Lane. La omnipotencia de Superman, producto de sus debilidades, deja de ser paradójica, pero no deja de ser abominable.

Superman es la personificación de la crítica a las contradicciones e impotencias del hombre moderno. Es Clark Kent, débil, tímido, prescindible, con miopía o astigmatismo, o ambos, con un puesto irrelevante en un periódico rancio, pero también es Kal-El, el último hijo de Krypton, el Hombre de Acero, el infalible salvador y protector del mundo. Con premura se revela dios y le grita a la humanidad que necesita de dioses, que los Clark Kents serían los primeros en perecer en el apocalipsis y que él, hecho dios, es el llamado a detenerlo. Ahora bien, lo abominable de Superman y de la existencia de seres de su calibre, subyace a los ámbitos de los sentimientos morales, tan relativos y subjetivos y por eso, de igual manera, abominables. Mientras Superman decida obrar bien, y esto es en favor y beneficio de la vida en la Tierra, del amor y de la bondad, todo resulta relativamente bien, pero ¿y si no?

La Liga de la Justicia de Zack Snyder (2021) hace que el espectador se encuentre de frente con este hecho. Cuando Batman y compañía deciden utilizar el poder de las Cajas Madre para resucitar a Superman, muerto en Batman vs Superman: el origen de la justicia (2016) luego de que una lanza de Kryptonita le atravesara el corazón, por alguna razón Kal-El quiere destruir a sus aliados, principalmente a Batman, quien fue su enemigo a muerte durante gran parte de la previa película que los enfrenta. De no ser por la llegada desaforada de la hermosa Lois Lane, el dios-heroe, por un momentos dios-villano, habría cumplido su cometido. El poder del amor diluye el odio del resucitado y la periodista Lane, sin siquiera sospecharlo, termina salvando a los super héroes y con ellos al mundo.

Por eso Bruce Wayne, después de derrotar a los villanos, cuando la noche acaba y se va a dormir a su cómoda y amplia cama una vez se deshizo del traje de Batman, sufre esas horribles pesadillas con el regreso y el ascenso del Superman malvado. Cualquier dios, cualquier ser omnipotente, resulta ser, inevitablemente, un peligro latente. Sólo hace falta que Superman deje de amar a Lois Lane, que Martha Kent muera, o que Clark Kent tenga un mal día en el Daily Planet para que el planeta llegue a su fin, y el señor Wayne lo sabe.

M.D.

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La casa de Lanudo

Una teoría del centro (relato breve) I Jonatan Rodas

Los libros de autoayuda me provocan incomodidad. La última vez que tuve uno en mis manos con intención de leerlo fue en los años de mi juventud, cuando leía lo que me cayera en las manos menos por decisión que por falta de recursos (no es que ahora tenga como comprarme los libros que quiero, pero al menos tengo internet para descargar sus versiones en pdf).

No me gustan por una sencilla razón: porque reducen la vida a una serie de indicaciones fáciles.

Y, sin embargo, no pocas veces me he visto atrapado en argumentos sobre la vida que después juzgo fáciles. Como si el solo hecho de enunciarlos ya llevara consigo la carga de sentido suficiente para resolver el problema de mis interlocutores. Esto fue lo que sentí después de hablar con mi amiga Marcela, que estaba pasando por un mal momento. Más específicamente, a través de los escuetos mensajes del WhatsApp me contó que se sentía como si un tren le hubiera pasado encima y la sacó de su centro.

Yo tengo una teoría del centro. La tengo desde hace muchos años y aunque no puedo decir que me ha ayudado a vivir (cuando uno anda en la pura experiencia de la vida las teorías no siempre son lo más importante) si me ha ayudado a darle sentido a lo vivido. Dicho de otra manera, es una teoría que opera posteriormente: no para vivir sino para justificar lo vivido. Pero esta vez, cuando Marce me decía que había perdido su centro, mi teoría pegó brincos en mi memoria a través de un recuerdo. Así como aquellos niños que en una fiesta infantil saltan porque se saben la respuesta de los acertijos del payaso. El recuerdo que asaltó mi memoria, decía, sabía cómo no perder el centro. Involucraba a dos amigas en un 15 de septiembre, en la feria de independencia de Quetzaltenango.

Leocadio y yo estábamos terminando nuestro único litro de cerveza de la noche. Una noche sin mayor perspectiva ni futuro. Salíamos de la nada excepcional garnacheria de feria cuando Carmen y Ana aparecieron por una de las angostas avenidas que forman los puestos de feria. Venían ya trastabillando y sosteniéndose una con la otra. Para esas épocas ambas tenían una personalidad tan extrovertida que hubiera sido imprudente decir que venían borrachas. Pero venían.

Al vernos anunciaron con entusiasmo etílico su destino: los juegos mecánicos. Les ofrecimos volver a la garnacheria y tomarnos otro litro de cerveza. Pero la insistencia de sus planes daba a entender que se trataba de una tarea fraguada con una convicción tal que no daba para cambiarla. Aún más, insistían en que fuésemos cómplices de esos planes que, a juzgar por el estado en el que estaban, solo podían ser tachados como la más imprudente locura.

Leocadio nunca se caracterizó por la condescendencia. Y yo, me caracterizaba por la condescendencia en exceso. Así que minutos después, mansa y resignadamente, me encaminaba junto a ellas hacia el área donde estaban los juegos mecánicos. No recuerdo el nombre del juego elegido, pero sonaba a algo milenarista, galáctico o casi apocalíptico. Era un enorme artefacto de metal mal pintado que se antojaba una araña a la que le había caído un bote de pintura encima. Las patas, que remataban en los cubículos donde era sujetada la irreflexiva concurrencia en parejas, giraban alrededor de un cuerpo de metal maltrecho. ¡Pero también giraban sobre su propio eje! Y de arriba para abajo y viceversa. Valgan estas descripciones para decir que aquella cosa se movía como bestia. Como la bestia que era, diseñada para zangolotear la existencia.

Antes de poner un pie sobre la plataforma de metal que anticipaba la entrada a los cubículos, mi voluntad y mi entereza se pusieron de acuerdo. Aflojaron. Di un paso atrás dispuesto a perder con dignidad el costo del jueguito. Carmen me detuvo con razones que tampoco ahora recuerdo, pero seguramente habrán retado mi frágil masculinidad. Y, como tal, el reto tuvo efecto porque segundos después me vi soportando el tufo del aliento de uno de los operadores del juego mecánico que, sin chistar una sola palabra y con sonrisa socarrona, daba a entender que durante cinco minutos nuestras vidas estarían completamente en sus manos.

El aparato aún no se movía, pero Ana ya gritaba. Gritaba con una especie de vehemencia insana. Habrá notado mi angustia porque extendió el brazo tratando de alcanzarme y dijo: si te aferrás a un punto fijo te vas a marear.

Ahora que escribo esto me pregunto qué gran libro hubiera sido escrito si quien hubiera escuchado aquella frase mientras se aferraba a las inciertas correas del asiento hubiese sido Donna Haraway o Gilles Deleuze. Pero fui yo. Y lo único que he logrado hacer con aquel recuerdo es contarle esto a mi amiga Marce, que estaba perdiendo su centro.

Seguí mi relato.

La araña mecánica comenzaba a crujir y mi miedo aumentaba más. Ana seguía alzando hacía mí su mano moviendo los dedos con frenesí. Como si me estuviera lanzando polvos mágicos de la tranquilidad. Vi el momento en que un mechón de su pelo atravesó su rostro feliz. Olvidáte que el centro está ahí, dijo como sabiendo que en ese momento mi mirada se clavaba en algún punto de la tierra firme. Vi a Leocadio tomando su cerveza al pie del juego riéndose de mí, vi un puesto de algodones y uno de elotes, vi a una pareja enamorada. El centro va con vos, remató Ana justo a tiempo. Justo cuando Leocadio desaparecía de mi vista. Justo cuando los puestos de algodones y de elotes cambiaban su posición en el universo y cuando el color marrón del suelo era sustituido por el negro estrellado de las noches quetzaltecas.

Eso que dejé no es el centro. El centro va conmigo. El centro va con mi mirada. El centro es hacia donde veo. No hay un centro único, me repetí tantas veces como pude y tantas veces como nunca lo volví a hacer. No era una lección moral. No en ese momento, sino hasta que comencé a experimentar que la fórmula de mi amiga estaba dando resultado y las aceleradas imágenes de la realidad se me presentaban con una mezcla de terror y fascinación. (¿Será eso lo que sienten quienes hacen paracaidismo? ¿parapente? ¿o cualquier otra actividad que suponga el desafío a la gravedad? ¿y que hay de los que se suicidan tirándose de un puente? Tal vez este relato debiera titularse: «El hermoso paisaje que se contempla antes de estrellarse»).

Olvidé la lección de vida cuando puse pie en tierra y comencé a vomitar. Vomité al pie de la araña intergaláctica. Vomité detrás de la nueva garnacheria a la que entramos con Ana, Carmen y Leocadio para conmemorar aquella hazaña. Volvía vomitar en mi casa, hasta que el mundo comenzó a recobrar la estabilidad.

Que chida tu historia. Escribió Marce en el WhatsApp.

Quise sacar una lección de aquel recuerdo. Pensé en subrayar la idea de no aferrarse a un solo punto. Pero fui ahí cuando sentí que comenzaba a atravesar la delgada línea entre compartir la vida y dar recetas sobre como vivirla. Al final de cuentas, si había una lección en todo aquello aplicaba para mí, que me prometí nunca más subir un juego mecánico. Promesa que por supuesto no cumplí, solo por reafirmar lo que ya hace cientos de años dicen que dijo acerca de la tierra Galileo Galilei, frente al tribunal inquisidor: y sin embargo, se mueve.

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Agibílibus

Pentalfa: inmersión al simbolismo de la estrella de cinco puntas

Misterioso símbolo de múltiples significados y usos, no es otro que el Pentalfa, Pentagrama, Tetragramaton, o sencillamente la estrella de cinco puntas. Muchos nombres y disfraces tras la misma figura universal. Este símbolo nos ha acompañado durante una inmensidad de tiempo y en distintas etapas de nuestro desarrollo colectivo e individual a nivel físico, mental y espiritual.

Se podría definir al Pentalfa como “los 5 principios”, los cuales han sido trabajados tanto en occidente como en oriente por mucho tiempo. Esta se entiende como una representación de lo que sería un “humano” y de los elementos ocultos que lo conforman.

Algunos pueden atribuir este curioso trazado a fuerzas esotéricas como grupos o sociedades secretas-discretas, y en otros medios un tanto exotéricos, debido a la gran influencia que hay en los medios como películas, cómics, novelas y hasta videojuegos, haciendo que se popularice la imagen de este tipo de poderes con las fuerzas oscuras y demoniacas.

Sin embargo, la fuerza del símbolo no se limita al uso profano del mismo, ya que se puede apreciar su presencia en el trazado del diseño de muchos elementos propios de la naturaleza como las arcanas flores o estrellas de mar, de manera que podemos referirnos al diseño divino y proporción aurea.

La figura de esta estrella puede encontrarse en algunos otros elementos simbólicos que tenemos al alcance de nuestra mentalidad mundana, aunque cubierta tras el “velo” de la realidad aparente. Podemos ver este símbolo a través de adornos festivos (la estrella en lo alto del árbol navideño), en el recurso pedagógico de la estrellita en la frente para los infantes (iluminación del tercer ojo), incluso en una versión de la medalla de honor de los E.U. en la cual se presenta la estrella invertida, así como su uso dentro de algunas tareas alquímicas en donde juega parte importante la alegoría y el secreto.

En algunas ocasiones podemos ver la semejanza que tiene esta estrella invertida con otra figura simbólica tan enigmática y estética como ella: su relación con Baphomet, aquel ser  adorado desde los Caballeros Templarios y el cual ostenta dicha estrella en el centro de su frente. Sobre esta figura se hablará en otra oportunidad, siendo que sus elementos simbólicos se diversifican a partir de sus características masculinas, femeninas, naturales, físicas y etéreas, presentes en la apariencia de demonio con cara de macho cabrío.

Baphomet

También se considera que la estrella invertida hace referencia al rostro de este personaje que a su vez refiere a la apariencia a un órgano femenino el cual representa la fertilidad.  

Sin embargo, uno de los lugares en los cuales no es muy común buscar es en nuestro propio cuerpo. La estrella de cinco puntas puede referirse como un elemento de perfectibilidad en el cual los humanos nos podemos reflejar: cada uno de sus puntas  equivale a nuestras extremidades como brazos, piernas y cabeza.

Sin duda alguna la estrella de cinco puntas ha estimulado la imaginación, la creatividad y la percepción simbólica de la humanidad por muchos siglos, siendo que cuenta con sus propios fundamentos muy distintos a otros símbolos.

Sin embargo, esta no es la única estrella conocida dentro de estos rumbos esotéricos y narrativos, ya que existe la estrella de seis y más puntas, pero esa ya es otra historia que será contada en otro lugar.

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Canaimera

Francisco Alejandro Méndez | Lo que es tan mío

Hace no poco que escuché a un prudente escritor guatemalteco decir que si los gringos leen a los gringos y los franceses a los franceses, bien harían los guatemaltecos en leer a los guatemaltecos, o por lo menos, no despreciar como lo hacen a sus autores consagrados. La premisa—se entiende—, va más allá de la patria chapina, y se puede aplicar al dedillo a la ceguera endémica que padece esta ingrata canaimera llamada Latinoamérica. Ingrata, no lo olviden: mayormente con sus glorias, y revuelta en taras y filias que le imponen los grandes emporios editoriales, la crítica, los académicosy los intelectuales (que por menos de treinta monedas aprenden a besar traicioneramente) y padeciendo la poca (a veces nula) educación artística que se imparte en nuestros países. Somos el continente del consumo inmoderado e irracional por excelencia. El patio de ensayo de las industrias, en este caso, culturales. A diario se nos venden figurines tiernos como autores glorificados, a diario las editoriales se inventan un personaje (generalmente joven) que en oscuros periplos entre premios, becas y jugosos contratos, un día va y recibe su consagración ante nuestros amos europeos y regresa cargado de medallitas de oropel y kilos a granel de reseñas y elogios de su “obra” y palmaditas de las autoridades culturales de su país y de los mercachifles de la edición que así verán prosperar sus inversiones. ¿Pero la obra en sí? Vacía, condescendiente, políticamente correcta, chistosa, panfletaria, ortodoxa (en sus supuestos juegos heterodoxos), temerosa de rupturas y exploraciones, plañidera, bobalicona y sobre todo rastrera, una literatura perfecta para ser vendible, caldo de “bestsellers”.  Y entonces uno se pregunta ¿dónde están las grandes plumas, los autores consagrados, los que cimbran lectores, los que queman los ojos? En la rebeldía, una buena parte de ellos. Por ¿fortuna?, cuando no somos tan borricos (tanto lectores, como críticos, pero sobre todo escritores), nos alcanza la conciencia para volvernos rebeldes. Nuestras geografías accidentadas han de guarecer y procrear perenemente el ánimo de la insurrección. Hoy como nunca, en las últimas décadas de nuestra historia literaria, la verdadera escritura la generan los rebeldes, tanto aquellos que se arrojan a una búsqueda personal estética y de credo, como aquellos que no doblan la cerviz ante los intereses empresariales de las grandes casas editoras y los aparatos culturales predominantes. Uno de ellos, de quien se ha señalado que es de las más importantes plumas de Centroamérica —pero que sin duda se cuenta hoy entre los escritores fundamentales de nuestras letras latinoamericanas actuales—, es aquel escritor guatemalteco que cité al principio: Francisco Alejandro Méndez Castañeda (Ciudad de Guatemala, 1964). Narrador, ensayista, crítico, periodista cultural, académico, de Francisco Alejandro Méndez podríamos llenar planas con sus atinos y logros, con sus decenas de libros (traducidos a varias lenguas) que se han vuelto fundamentales para entender la literatura contemporánea, con sus múltiples premios que incluyen el haber sido nombrado, en el año 2017, Premio Nacional de Literatura de Guatemala. Hoy conversamos con él, tomando de pretexto (por si faltara alguno) que hace apenas unos meses, en plena crisis pandémica, congruente, prudente, con olfato y colmillo retorcido, publicó su más reciente novela Si dios me quita la vida, no con las grandes casas que dominan el mercado, sino con un par de editoriales independientes, significadas ambas por su afán contestatario: la guatemalteca Editorial X, del también legendario Estuardo Prado, y la mexicana Ediciones Periféricas, de un joven pero arriesgado Nahum Torres.

  • Estimado Francisco, ¿de qué va Si Dios me quita la vida?
  • La novela abarca, digamos, dos temas, uno el de un desafortunado encuentro futbolístico entre Guatemala y Costa Rica, definitivo para ir al Mundial y que, antes del encuentro, ocurrió una tragedia en la que murieron más de 80 personas; y, la masacre contra una familia, ocurrida, en las cercanías del Centro Histórico. Los dos hechos, como toda violencia en Guatemala, se asemejan y tienen sus conexiones.
  • Sabemos que Si Dios me quita la vida es una coedición entre una editorial guatemalteca y una mexicana ¿cree que esta estrategia funcione para ayudar a las editoriales independientes a tener mayor presencia en el mercado y a tender puentes entre nuestros países latinoamericanos?
  • Definitivamente que sí. La fuerza de dos editoriales y las coediciones dan pauta para que exista un intercambio de autores, pues es difícil que exista, en la mayoría de las ocasiones, intercambios por otros lados. Las Ferias del Libro, muchas veces son carísimas para autores y editoriales independientes (ahora por Zoom es otra cosa), por eso, editar autores y hacer intercambios y de esa manera, acercar las obras.
  • ¿Qué piensa de la actual literatura latinoamericana y los escritores que la forjan?
  • Existen diferentes cánones que ofrecen autores de diferentes características y, a veces, con discursos comerciales o, evidentemente oportunistas por las temáticas que se manejan. Creo que hay autores de los cuales uno puedo sentirse orgulloso de haber nacido en estas tierras, pero, también, creo que existen muchos (as), que está sobrevalorados. Lamentable que en la actualidad, el canon de lo que deba leerse lo impongan muchas editoriales transnacionales y no la crítica o los lectores. Yo tengo especial gusto por los que ya murieron, pero en el género negro, puedo decir que entre los que están vivitos y coleando, me inclino por Leonardo Padura, Ramón Díaz Eterovic, Horacio Castellanos Moya, Amir Valle, PIT II. En América Central, hay escritores que su poesía, por ejemplo, debe trascender, como Rodrigo Rey Rosa, Javier Payeras, Alfredo Trejos, Luis Chávez, Vania Vargas, Luis Borja (recientemente fallecido), Mauricio Orellana, entre otros.
  • En particular ¿cuál es su visión de la literatura contemporánea centroamericana?
  • Me adelanté un poco en la respuesta anterior. Creo que los centroamericanos seguimos invisibilizados en el canon-pastel literario. Cuando revisas antologías, te encuentras la gran cantidad de autores sudamericanos, mexicanos, cubanos y de vez en cuando un centroamericano. Creo que las editoriales deben ver hacia este pedazo de tierra que une al Norte con el Sur. Como muchas veces es cuestión de “ventas” y los lectores de este istmo somos pocos, quizá eso ha incidido. Claro, existen algunas excepciones, como Sergio Ramírez, quien incluso ha ganado premios internacionales trascendentes, o Gioconda Belli, pero creo que hay mucho potencial en el área, lo que falta es que puedan ser publicados, no importa en qué editoriales, para que los lectores comiencen a apreciar lo valioso de sus discursos literarios.
  • ¿Qué significa ser escritor en Guatemala?
  • Ser escritor en Guatemala, a nivel personal, es hermoso. Saber que hemos tenido autores fabulosos, como Luis Cardoza y Aragón, Miguel Ángel Asturias, Augusto Monterroso, Luz Méndez de la Vega, Enrique Gómez Carrillo, entre otros grandes, es maravilloso. Por otro lado, como ocurre en otras sociedades, en este país el escritor es visto como un parásito o como adicto. Es difícil, por ejemplo, que en tiempos de crisis (como ahora), un escritor (a) tenga voz en los medios, pues se prefiere invitar a los programas a los políticos paralíticos, como dirían Los Prisioneros. Por otro lado, ser escritor te da el privilegio, como diría también, Otto René Castillo, de amar o de aborrecer este país.
  • ¿Qué densidad tiene en su vida Francisco Méndez Escobar?
  • La influencia de ese extraordinario autor, la llevo, afortunadamente en el ADN, nunca lo conocí por su muerte prematura, pero lo invoqué en la güija y creo que algo aprendí de él. Ser su descendiente me ha traído cosas maravillosas, aunque a veces, no tanto. Fue un ser humano extraordinario, un autor adelantado a su época. Todavía se conservan libros firmados por Neruda, Vallejo, Juana de Ibarború o Gabriela Mistral para él.
  •  ¿Qué significa ser un escritor consagrado?
  • No sé qué será eso de ser un escritor consagrado. Habría que preguntárselo a otros maestros. Aunque he recibido algunos premios, creo que lo mejor es cuando recibo algún mensaje por las redes. Cuando me dicen que terminaron de leer uno de mis textos y que les movió o me envían fotos de maní garapiñado, de las que come el comisario. Es difícil que hagan reseñas sobre mi obra en Guatemala, hay un silencio como pactado y no solo de la mía sino de la de muchos autores “jóvenes”, como yo. Pero como dicen, dentro de 50 años, quizá lo hagan.
  • ¿Qué densidad tienen en su vida Monterroso y Asturias?
  • Mucho. Son dos autores esenciales en mi formación, como lector, periodista, escritor. Es un privilegio leerlos. La obra de Asturias es fundamental y su mundo está construido con un lenguaje fabuloso, que creo, solo él lo pudo concebir. Hace unos 3 años, estuve en la Biblioteca Nacional de Francia. Asturias donó sus manuscritos y fui a estudiarlos por unos meses. Increíble la rigurosidad en su escritura, en la creación y exigencia que el consagrado tuvo para crear sus obras. Debería ser una cátedra para aquellos que quieren comenzar a publicar. Monterroso con su reducido, pero inconmensurable creatividad, me ha dado cátedra en cada una de sus obras. Tuve el privilegio de entrevistarlo en su casa, hace ya tantos años, en el barrio Chimalistac, cercano a Coyoacán. Un ser maravilloso, sencillo, sin poses y con una sonrisa de arrepentimiento en los labios. Es un autor que tras leerlo, no podés ser el mismo.
  • ¿Ha puesto en evidencia esta pandemia la vulnerabilidad física de los escritores en Latinoamérica?
  • Sí, es increíble que con los recursos que cuenta un autor sean tan pobres que eso mismo los lleve a la muerte. He llorado a tantos colegas que han muerto, primeramente por el virus, pero, también, por la infamia de las  autoridades, la corrupción y un sistema de salud perverso y sin posibilidades de servir a la población. Por un lado, el encierro ha provocado que la música, la pintura sean aliados para la producción, pero, por el otro, escribir mientras mueren vecinos o familiares es jodido.
  • ¿Por qué la novela y el cuento?
  • La narrativa te da todas las posibilidades de realizar proyectos lúdicos, que te hacen crear personajes, que ya son parte de tu familia y de la vida diaria. Las historias, quizá te pudieron haber ocurrido, pero, aunque lo no fueron, ya en la ficción hasta son parte de tu vida cotidiana. Por otro lado, leer novelas y cuentos de mentes magistrales, como que te provocan ganas de emularlos, de ser como ellos en un párrafo o en una línea y jugar a ser, por ejemplo George Simenon, un día. Creo que la novela y el cuento son el camino a la felicidad, para mí.
  • ¿Qué piensa del feminismo en la literatura latinoamericana de nuestros días?
  • Pues el feminismo, como el indigenismo y otros ismos, son parte, como diría un político “del abanico” de posibilidad que un lector tiene para hincar el diente. Creo que desde tiempos de Sor Juana de la Cruz y Sor Juana de Maldonado (de Guatemala), el discurso de la escritura de mujeres ha permitido entender que para concebir la escritura, tanto hombres y mujeres tenemos diferencias y coincidencias en la creación. No creo en esa idea de leer a una escritora solo porque es mujer, o, porque la golpearon y eso hace que su literatura sea mejor, no. Me encanta, por ejemplo Agatha Christie o Fred Vargas o tantas otras, como Gioconda Belli, por el hecho de que su literatura me provoque. Me parece importante la visibilización, pero no la imposición.
  • ¿Qué significó para usted ser Premio Nacional de Literatura?
  • Pues, por un lado, mucha emoción y congoja. Mi abuelo Francisco Méndez Escobar y mi tío Lionel Méndez (ambos fallecidos prematuramente), quien por cierto ganó dos veces el Casa de las Américas, no recibieron un premio como éste, así, que lo recibí en nombre de los tres. Fue bien loco, todo un año de fiestas y agasajos. Creo que esos meses tras el premio fue cuando menos escribí o leí. Recibí muchas muestras de afecto y felicitaciones y eso fue genial. Cuando uno gana un premio muchos ya ven tu literatura de otra manera, aunque siga siendo igual, así que eso hay que aprovecharlo.
  • ¿Por qué, bajo su perspectiva, Latinoamérica no es más unido por lo menos en términos de arte y cultura? ¿Debería existir tal unión?
  • Me parece que muchos escritores “consagrados” en Latinoamérica, han buscado, erróneamente, a mi juicio, más visibilidad a través de “agentes literarios”, concursos y reconocimientos, que la búsqueda de la obra en sí. Esto quiere de decir que a veces pesan más las tendencias o lo de dictan ciertas editoriales, que lo que se escribe. Entonces vemos que cada quien escribe para la alimentación de su ego y no hay una forma de “unión, que se da más en congresos, encuentros, que en el propio discurso. Por supuesto, que siempre hay las grandes excepciones.
  • ¿Qué es para usted la rebeldía?
  • En esta época en la que vivimos, la rebeldía es alejarse de los discursos oficiales, estar al margen de lo que el menú discursivo ofrece diariamente, quizá ir contra la corriente, escribir sin aspirar a ser reseñado en los diarios más importantes o contratado por las editoriales trasnacionales. Es escribir sin hacer concesiones.
  • Tienes un marcado gusto por el género negro ¿crees, como lo han señalado algunos, que es el género que mejor describe nuestro siglo?
  • El género negro ofrece una pluridiscursividad. Se puede navegar, se puede volar, correr y montar en bicicleta al mismo tiempo. Grandes maestros del género han demostrado que el noir es la excusa perfecta para mostrar la universalidad. Como escribió el islandés Indridiason: Hay que leer una novela negra para conocer una ciudad. En efecto, si lees a Mankell, no tenés que ir a Suecia para conocerla. Igualmente ocurre con grandes maestros latinoamericanos, como Rubem Fonseca, Leonardo Padura, Ramón Díaz Eterovic, entre otros. Creo que es el gran género del siglo, lo que faltan son lectores, al menos en mi país.
  • ¿Hay que publicar en Europa para volvernos visibles en Latinoamérica?
  • Cuando nos enorgullecemos por nuestros autores lo hacemos en la medida en que su obra es recibida en otros continentes sobre todo Europa. Lo vemos desde Landívar, Darío, Asturias, quienes debido a la recepción y premios, pues de esa manera los evaluamos: igual se puede decir de la generación del boom. Es como un mal necesario. Podés publicar 50 libros en tu país, pero si no te publican fuera, pues no sos considerado un gran autor. Creo que es un error, pero es a la vez un mal necesario, pues hasta que no te “bendicen” afuera, no te aceptan adentro, es decir en tu país.
  • Maestro, ¿cómo está Wenceslao  Pérez Chanán?
  • El comisario, preparando sus casos. Listo para nuevas investigaciones. Empeorando de salud, pero siempre dispuesto que para salirle al frente a las nuevas aventuras que le corresponden. Sobre todo en una de las regiones más violentas del mundo, como es América Central; en donde mueren más niños por desnutrición, y la gente huye huyendo hacia el Norte, pensando en encontrar la salvación de sus vidas.
  • ¿La literatura es repetir los mismos signos y símbolos hasta el infinito o bien qué es la creación?
  • La creación es pedirle prestado a la realidad, para convertir la ficción en elementos más grotescos o quizá más hermosos. Ya lo dijo Huidobro en su famoso “No te serviré”. Muchos quisieran que el mundo que uno construye en la creación sea muy parecido al real, pero, considero, que entre más se aleje y más se cree un nuevo mundo, suena mejor. Crear es tomar de los demás para construir tus propios discursos. Es tomar prestado, para luego transformar. Es sentarse frente a la pantalla, escuchar a Bach, creer que lo que escribiste, pudo haber pasado alguna vez.
  • Por último, esta misma pregunta se la hizo hace algunos ayeres un joven escritor a otro ya consagrado y yo la parafraseo: maestro Méndez, ¿qué le dice a usted la palabra Guatemala? ¿Recuerda usted?
  • Pues es un país al que uno ama y odia constantemente. Es un país que duele y alivia. En el que los ateos creen en Dios. En el que podés morir mientras te vestís o en la calle cuando una bala perdida te busca. Un país con los más altos índices de analfabetismo y con un Premio Nobel de Literatura; con las más altas cifras de violencia y un Premio Nobel de la Paz. Es un país tan contradictorio, que puede hacer sol en una banqueta y en la otra lluvia. Agradezco que hayan nacido tantos seres humanos bondadosos, grandes autores, deportistas aguerridos, pero, también, de los más despiadados dictadores.
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El juego de la oca: una interpretación esotérica

A veces el mundo encubre ciertos enigmas que a nuestros ojos nos parecen tan triviales y mundanos, que muchas veces no logramos captar la esencia revitalizadora y profunda que nos ofrecen.

Aunque a muchos les pueda sorprender, el juego de la oca esconde un gran simbolismo  esotérico que ha acompañado a la cultura humana desde hace muchos siglos y bajo diferentes nombres, adaptaciones y contextos. Sin embargo, lo que se ha mantenido intacto es el uso de símbolos, estructura, el objetivo del juego así como la alegoría de algunas de sus figuras, incluyendo la figura de la oca misma, un animal mitológico y simbólico. Además, cabe mencionar que el uso de los números y de los dados puede enriquecer el verdadero significado que se trata de desentrañar al jugar una partida.

En el caso del juego de la oca tenemos una pieza interesante de análisis, ya sea por su numerología, su interpretación de símbolos alquímicos, su viaje del iniciado, etc. Además de que se ha considerado que la oca o “goose” (ganso) conserva otro secreto en su nombre en algunos contextos (ya que inicia con la letra G). También hay que considerar el número de casillas disponibles, que son 63 (6+3=9).

Otro ejemplo lo tenemos representado ante la forma de la pata de la oca, lo que algunas órdenes de caballería retomaron, por ejemplo, en la “cruz patada”.  También se le ha atribuido a héroes épicos como Aquiles el haber jugado al juego de la oca reflejando la bóveda celeste sobre su brillante escudo, así como también se le atribuye al juego ser una representación del Camino de Santiago”.

El juego de la oca actual, que se puede encontrar bajo diversas versiones e interpretaciones, aún conserva esa esencia arcana y mística, en la que fluyen los significados de una travesía de perfeccionamiento hacia lo más sutil.

Al ser un elemento “iniciático”, el juego de la oca mantendrá un lenguaje oculto que solamente algunos podrán leer e interpretar, siendo que la mayoría de los visitantes solamente verán un juego para niños.

El tablero del juego se presenta como un rectángulo que podría representar la tierra, y del cual surgen casillas que  se asemejan a una espiral con un centro, lo que representaría al cielo. Este viaje iniciático está repleto de figuras y números enigmáticos. Dentro de este viaje el jugador deberá recorrer pruebas y elementos que lo llevarán a conseguir el perfeccionamiento de su ser.

Elementos como la casilla de la oca, la cual puede garantizar una segunda oportunidad de tiro, o algunas otras como la muerte, la prisión, el uso de símbolos masculinos y femeninos, puentes, puertas y demás, le dan un tinte hermético al significado de este viaje iniciático. Podríamos decir que el jugar a la oca es casi como seguir una receta de Alquimia.

Aunque el juego consta de reglas establecidas y aunque ha cambiado poco desde los primeros indicios que se tienen del juego, es indudable que es un elemento que sobrepasa la mera percepción que se tienen de los juegos de mesa. Estos juegos son una guía de aprendizaje para el verdadero iniciado y tenemos muchos ejemplos: las cartas de tarot, la baraja española, el ajedrez y hasta el conocido “avioncito” que se dibuja con tiza en las calles de muchos países.

¿Cuándo fue la última vez que usted se asomó a estos juegos presentados desde la infancia?