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Dos nanoficciones insurgentes / Juan de Dios Maya Avila

Hidalgo torero

A mi querido y marcial Pepe Malasombra

Los insurgentes derramaban el vino por las escalerillas con la intención de que empapara como sangre al llegar a la arena. De cerca, aunque tras del burladero, apareció Rayón. Juanito y Nacho Aldama jineteaban regios potros a los extremos del cerco y fungían de picadores. Aprestado un torito cinqueño de nombre Reyfernando. Hidalgo saludó al tendido y acarició capote y espada. Un redoble silenció las gradas y gritó el pregonero:

— Con el permiso de la autoridad y si el tiempo no lo impide…

Detenido el gentío, los picadores, el matador y la Muerte, Allende no quiso seguir dilatando dicha inmovilidad y concedió la corrida.

Ensortilegio

Villa de la Encarnación. Barrio de Corpus Christi. Plaza de mulatos, célebre por sus gayas de carnes melosas. Los cadáveres cunden las esquinas, los cuerpos se descarapelan a la inclemencia, rociados de cal. Morelos y su ejército irrumpen por la calle real y desmontan frente al convento carmelita. Por los vanos y almenas los monjes les arrojan aceite caliente e inmundicias. Sin embargo, antes del atardecer, los insurgentes toman el convento, degüellan a los religiosos y liberan a las mulatitas que medio desnudas aún lloran en las celdas. Una de cabellera larga y ensortijada, como el sortilegio, monta a la grupa del alazán de Morelos y se abraza al talle del generalísimo.

*Nanoficciones pertenecientes al libro Eztlán, aún inédito y en busca de un editor valiente.

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Cinefilia crónica

Las latinas en Venecia

En este 2022, el Festival Internacional de Cine de Venecia, uno de los festivales de cine más importantes en el mundo, cumple noventa años de existencia. El 6 de agosto de un luminoso 1932 —los días negros de la Gran Guerra parecían muy distantes y a nadie se le pasaba por la cabeza que apenas siete años después Europa se sumiría de nuevo en el horror de la guerra— el certamen, en su primera edición, proyectaba su primera película: El hombre y el monstruo (1931), de Rouben Mamoulian.

Veintitrés son las películas que integran la Selección Oficial de esta 79° edición y compiten por llevarse el codiciado León de Oro, el máximo galardón del evento. Países como Francia, Italia, Estados Unidos, Gran Bretaña, Japón e Irán tienen su cuota de participación.

Por supuesto, también hace presencia en el festival el cine latinoamericano: un largometraje mexicano y otro argentino se encuentran en competencia (aunque eso de ponerle nacionalidad a las películas, hoy día, no parece ser una tarea fácil, o, al menos, evidente. ¿Cómo se determina la nacionalidad de una película? ¿Según el lugar en el que sea grabada? ¿De acuerdo al fondo que la financia? ¿Conforme a la nacionalidad del director? ¿De la productora o de la mitad más uno del equipo de producción? En fin, esa es otra discusión.). Bardo: falsas crónicas de unas cuantas verdades (2022), una comedia dirigida por el portentoso Alejandro González Iñárritu, reconocido, entre otras, por Amores perros (2000), que es un hito del cine mexicano y latinoamericano, y El renacido (2015), la película que le mereció, por fin, el Óscar a Leonardo DiCaprio; y Argentina, 1985 (2022), un drama político dirigido por Santiago Mitre, el director de La cordillera (2017).

Bardo cuenta la historia de un documentalista y periodista mexicano, quien decide retornar a su país en la búsqueda de sus lazos familiares, su identidad y las memorias de un tiempo pasado que se distancia en demasía del presente. El amor, la migración, la pérdida, la melancolía y la luz al final (o en medio, o en alguna parte) de la más cerrada y profunda oscuridad, como siempre en A. González Iñárritu, tienen aquí su lugar. El largometraje, presentado en el marco del Festival de Venecia, llegará el 27 de octubre a las salas de cine de México, y solo hasta el 16 de diciembre se podrá ver a través de Netflix. Larga es la espera, como la cinta misma, pues tiene una duración de tres horas.

El director mexicano Alejandro González Iñárritu, acompañado de su esposa, María Eladia Hagerman, en la alfombra roja del Festival Internacional de Cine de Venecia, durante el estreno de su película «Bardo: falsas crónicas de unas cuantas verdades«.

Argentina, 1985, por su parte, reconstruye el juicio a las Juntas Militares en la Argentina posdictatorial, que inició el 22 de abril de 1985 y culminó el 9 de diciembre de ese mismo año, en donde declararon casi mil testigos acerca de los crimines cometidos por el Estado mediante las Fuerzas Militares durante la dictadura. El largometraje se encuentra inspirado en los dos fiscales que lideraron este juicio: Luis Moreno Ocampo y Julio Strassera, quienes no se dejaron amedrentar por las amenazas que recibieron y continuaron con el juicio hasta el final. Una proeza judicial y una victoria histórica para la democracia argentina y mundial. La cinta será estrenada en el Festival Internacional de Cine de Venecia, y a partir del 29 de septiembre podrá verse en las salas de cine de Argentina. Luego, estará disponible en Prime Video.

Santiago Mitre junto a Ricardo Darín, actor protagonista de la cinta, en el estreno de su película «Argentina, 1985» en del Festival Internacional de Cine de Venecia.

En el día de mañana, 10 de septiembre, Festival Internacional de Cine de Venecia llega a su fin y —después de las peleas de Olivia Wilde con los integrantes del elenco de su Don’t worry darling (2022), entre los que se cuentan Florence Pugh y Harry Styles (y su presunto escupitajo a Chris Pine) y de mucho buen cine— el mundo conocerá a los ganadores.

M.D-B.

Bonus track:

Las otras veintiún películas que se encuentra compitiendo por el León de Oro son:

1. White Noise (Ruido de Fondo), de Noah Baumbach (Estados Unidos)

2. Il signore delle formiche (El señor de las hormigas), de Gianni Amelio (Italia)

3. The Whale (La ballena), de Darren Aronofsky (Estados Unidos)

4. L’immensità (La inmensidad), de Emanuele Crialese (Italia)

5. Saint Omer (San Omer), de Alice Diop (Francia)

6. Blonde (Rubia), de Andrew Dominik (Estados Unidos)

7. Tár, de Todd Field (Estados Unidos)

8. Love Life (Ama la vida), de Kôji Fukada (Japón)

9. Shab, Darheli, Divar (Más allá del muro) de Vahid Jalilvand (Irán)

10. Athena, de Romain Gavras (Francia)

11. Bones and All, de Luca Gadagnino (Italia)

12. The Eternal Daughter (La eterna hija), de Joanna Hogg (Estados Unidos y Gran Bretaña)

13. The Banshees of Inisherin, de Martin McDonagh (Irlanda, Estados Unidos y Gran Bretaña)

14. Chiara, de Susanna Nicchiarelli (Italia)

15. Monica, de Andrea Pallaoro (Italia)

16. No Bears (Los osos no existen), de Jafar Panahi (Irán)

17. All the Beauty and the Bloodshed, de Laura Poitras (Estados Unidos)

18. Un couple (Una pareja), de Frederick Wiseman (Francia)

19. The Son (El hijo), de Florian Zeller (Gran Bretaña)

20. Les miens (Mi familia), de Roschdy Zem (Francia)

21. Les enfants des autres (Los niños de otros), de Rebecca Zlotowski (Francia)

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En el abismo

Arturo Santana | Velocista (Poesía)

Salí a correr en la madrugada.


Jamás me detuve,

ni siquiera para tomar un poco de aire

o esparcir el agua de mis entrañas.


Seguí moviéndome,

siempre hacia adelante,

ajeno al tiempo, lejano al espacio.


Fui tan veloz

que el sueño y el cansancio

se desmayaron en el camino,

justo después de la sed y el hambre.


Fue toda una hazaña;

y sin embargo,

antes de que caiga la noche,

me doy cuenta de que hace mucho

me alcanzaste.

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Canaimera

Edjanga Jones  I El hombre que va y que viene

De aquella lejana edad de la panguea que devino en el rompecabezas que es hoy el mundo, dos piezas, más que ningunas, evocan en sus formas esa unión primitiva y la trágica separación. Dos piezas que bien se pueden constatar en cualquier mapamundi y que parecieran imanes que quieren de nuevo juntarse, dos amantes a los que el tiempo y los temblores han querido separar, pero que a pesar de la separación siguen, de muchas maneras, haciéndose el amor. Me refiero al cóncavo que es Latinoamérica, sobre todo en su parte brasileña, y al convexo que es el África cuyo justo punto imaginario de “machimbrado” entre ambos continentes sería Guinea Ecuatorial. Paradojas de la vida, pues esta pequeña región africana es, a muchos niveles, hermana profunda de Hispanoamérica. Si bien es cierto que comparte los elementos socioculturales que definen a los pueblos africanos, también es verdad que Guinea Ecuatorial fácilmente se confunde con los pueblos americanos de habla española, en especial con aquellas regiones tropicales, caribeñas, donde la raíz negra se palpa en el baile, la lengua, la comida y el “cachondeo” cotidiano. Y también, por supuesto, en la literatura. Esto se debe a que Guinea Ecuatorial también sufrió el yugo del imperio hispano desde el siglo XVIII. De hecho, pertenecía al virreinato del Río de la Plata. La relación con América se fue perdiendo tras la emancipación decimonónica de casi toda la colonia hispanoamericana. Guinea Ecuatorial consigue su independencia hasta ya bien entrado el siglo siguiente, para ser precisos, en 1968, fecha a partir de la cual, entre convulsiones y tiempos difíciles, se ha empeñado en forjar una nación. En términos de arte y cultura, el camino no ha sido fácil. Estamos ante una naciente generación de artistas y escritores ecuatoguineanos que lucha en un ambiente inhóspito para poder dar salida a su voz. Dicha lucha nos recuerda, no pocas veces, a lo que en esta canaimera latinoamericana nos ha tocado y nos toca enfrentar. Por ello no es difícil sentir una empatía fraternal por nuestros pares hispanoafricanos. Así como en el mapa, el abrazo se antoja en el espíritu. Comencemos por conocernos, leernos. Entre esta nutrida camada de emergentes escritores ecuatoguineanos, resalta la obra de Edjanga Jones Ndjoli (Madrid, 1982), hijo de migrantes, que si bien ha vivido buena parte de su vida en España, nunca olvidó su raíz y desde la trinchera que le ha tocado, busca el reconocimiento, el respeto y la divulgación de la literatura de Guinea Ecuatorial. Su carrera comienza, por así decirlo, con la publicación en el año 2015 de su novela Heredarás la tierra, cuyo inusitado éxito puso los ojos de la crítica y del público lector sobre de él. Su obra ha sido principalmente difundida en España y Guinea Ecuatorial, pero de a poco también comienza a conocerse en Latinoamérica. Sin más, debo confesar que es éste uno de los diálogos que más me han conmovido, conmocionado, entre muchos muy sentidos que he tenido en la Canaimera. Por ratos pensé que le hablaba al espejo. Edjanga me ha parecido un corazón con pies largos.

  • Estimado Edjanga, ¿qué significa actualmente ser un escritor ecuatoguineano?
  • Es una pregunta difícil. Teniendo en cuenta que yo formo parte más del panorama de la diáspora, creo que no soy el más indicado para responder a esta pregunta. Pero voy a dar mi opinión. Creo que ser escritor ecuatoguineano es un reto lleno de turbulencias, ya que el acto de escribir en sí constituye, al día de hoy, en Guinea, un acto político: ¿Para quién escribes? ¿Qué escribes? ¿Y por qué? En mi caso siempre me he encontrado con este cuestionamiento, la identidad es un debate envenenado y mi amor por mis seres queridos y el país de donde vienen mis padres no ha quedado erradicado o difuminado por el mero hecho de no haber nacido y crecido en África. En este sentido, puede ser un acto de reivindicación; una tierra perdida; un Ítaca al que hay que volver y donde los sueños se pierden en la añoranza y la nostalgia. Eso por un lado, por otro está la síntesis del africano: su visión sobre sí mismo; lo que quiere compartir con el mundo; la difícil, cordial y contradictoria relación con lo occidental. La denuncia se ha convertido en un tema muy recurrente, casi en exclusiva en algunos autores. De tal forma, que el compromiso puede coartarnos enormemente en nuestro carácter artístico. Pero hay excepciones, como César Brandon Ndjoku. Sin embargo, creo que hay nuevos  autores que miran a la literatura con un afán más lúdico, soñador y con carácter menos encorsetado a las difíciles circunstancias sociopolíticas.
  • Regálanos un panorama, desde tu punto de vista, de la literatura de Guinea Ecuatorial.
  • Como he dicho antes, creo que es un panorama de personas que trabajan con pocos medios pero que sueñan con escribir y parece que lo están consiguiendo. A veces desde Europa sólo esperamos las denuncias de las injusticias que ocurren en África. Pero hay escritores que abarcan nuevas temáticas, nuevas historias. Escritores que quieren compartir con un mundo global, del que quieren formar parte sin cortapisas. No conozco muchos, no soy un buen lector. Pero de los que han llamado mi atención, está César Brandon, Chris Ada, Estanislao Medina, Fumilayo Jhonson, Juan Riochi Siafa, Mitoha Ondo Ayekaba y César Mbah. Después tenemos a escritores consagrados que fundamentalmente son los pioneros como Donato Ndongo, Justo Bolekia Boleka, Inongo Vi Makome, María Nsué Angüe, Mangue Nsue Okomo, Francisco Zamora, Juan Manuel Davies, Juan Tomas Ávila Laurel y Remei Sipicreo que son los principales novelistas del panorama de una época que se puede comprender como colonial-postcolonial. En ellos pesa la experiencia del trauma de la dictadura y la migración hacia España u otros países y donde se aprecia parte del legado de la cultura oral. Este fenómeno fue llamado  emixilio por Michael Ugarte en Africanos en Europa. La cultura del exilio y la emigración de Guinea Ecuatorial a España, que resultan en la unión de dos palabras exilio y migración. Después hay escritores que están más dentro de lo académico aunque también pueden tener contribuciones literarias como Juan Riochi Siafa, poeta y ensayista; Trifonia Melibea, novelista y ensayista, enfocada en cuestiones de género y LGTBIQ, y Eugenio Nkogo, filósofo. También existen personas que se dedican al teatro como Recaredo Silebo Boturu que también es poeta. Por último destacaría escritores de la diáspora hijos, de ecuatoguineanos en España u otros países: Lucía Mbomio y Desirée Bela Lobedde.
  • ¿Qué visión tienes de la literatura latinoamericana contemporánea?
  • Uff, tengo que admitir que no puedo decir mucho, por no decir nada. Tengo que reconocerte que yo no he leído mucho, y eso es algo que me avergüenza decirlo. Normalmente, los escritores son personas que tenían un fuerte deseo de escribir y leían sin parar cuando eran niños. Yo era todo lo contrario, solo leía cómics. La escritura aparecía en mi vida como un salvavidas. Nunca había pensado en escribir, pero escribía. Escribía para olvidar, como los alcohólicos beben para ahogar sus penas. Es ahora cuando intento formarme como escritor y preguntas como estás me hace sentir tremendamente perdido en este vasto mundo de la literatura.
  • ¿Cuál es la relación de Guinea Ecuatorial con el resto de la literatura africana?
  • Como te he dicho antes no sabría que decirte. Pero si me puedo arriesgar a algo: creo que en la literatura de Guinea existen los mismos rasgos que te puedes encontrar en muchos países en África y que tiene que ver con ese trauma de la colonización-descolonización. Existe un diálogo por encontrar-encontrarse, en un espacio tiempo convulso donde los Estados no ofrecen seguridad, más bien lo contrario. Después está la idea de la identidad: el ser o no ser africano al haber sido colonizados y cómo sobrellevar la pérdida de los elementos culturales y ancestrales. Creo que eso está muy presente en muchos autores africanos. Luego creo que se podría destacar la figura de escritoras africanas con Chimamanda Ngozi a la cabeza que no sólo hablan de feminismo sino de muchas más cosas y en Guinea también se están dando figuras como Trifonia Melibea que siguen esa senda.
  • ¿Piensas que existe una relación, un diálogo entre los escritores contemporáneos de Guinea Ecuatorial y Latinoamérica?
  • Claro que sí, tal vez este diálogo es reciente o tal vez no. Pero existe un África de ida y vuelta en relación al “nuevo” continente. Nos hemos nutrido ya no sólo en la literatura, en muchos otros aspectos que han propiciado una influencia en nuestra narrativa e imaginario. Yomaira Figueroa, excelente académica de la universidad de Michigan hizo un trabajo comparativo sobre esto llamado “Descolonazing Diásporas”.
  • ¿Deben los escritores de Guinea Ecuatorial emanciparse de España o el futuro inmediato de la literatura ecuatoguineana depende del apoyo cultural español?
  • No sé si deben, lo que está claro es que el apoyo y la visibilidad no vendrá de España. No voy a criticar a España en sí, el problema es que existe un problema de compresión de la producción cultural como activo fundamental para preservar, fortalecer y enriquecer a la sociedad. En ese sentido, España no comprende que la producción literaria de ciertos colectivos minoritarios sea algo de suma importancia, pero en general es todo el sector cultural. Por lo que los escritores que nos sentimos vinculados al contexto de Guinea necesitamos un lugar sobre el qué poder difundir, compartir y producir. Sinceramente, aún con todos los inconvenientes, creo que Guinea Ecuatorial es nuestro lugar natural. Es allí donde podemos generar un impacto suficientemente profundo para poder transcender. Y además, nuestra literatura es un puente para el diálogo entre África y Latinoamérica que no necesita estar supeditado a España. Tal vez deberíamos ser los escritores guineanos y de la diáspora los que invitemos a escritores latinoamericanos a visitarnos a Guinea.
  • ¿Está desarrollándose a la par de sus escritores el mundo editorial ecuatoguineano?
  • Parece ser que hay alternativas independientes, libros hechos a mano por ejemplo. Hay que tener en cuenta que es una nación donde sólo existen dos librerías en todo el país, si recuerdo bien, una en Bata y otra en Malabo. La oportunidad de producir dentro de Guinea es disparatada hasta el punto que es más barato imprimir los libros en España y transportarlos en avión. La gran mayoría depende de instituciones como el centro cultural español ecuatoguineano o el francés para hacer alguna publicación.
  • Es palpable el apoyo del mundo literario español por los escritores ecuatoguineanos ¿este interés se replica para con el mundo editorial de Guinea Ecuatorial?
  • Yo no siento tanto apoyo. En realidad me han buscado más fuera de España que en España, y generalmente académicos de Estados Unidos. En España, África no cuenta, existe un imaginario perverso que sigue reproduciéndose donde lo africano entra dentro del orden de lo místico y fantástico. África tiene su propio concepto de la modernidad, su propia versión del futuro más allá de los Safaris y ayuda humanitaria. Pero en España lo africano está relacionado con migración, con pobreza y cooperación. En Portugal existe una relación más profunda y de interés con la producción cultural africana. En España es prácticamente nula. Sin embargo, en Guinea se sigue con la educación que dejaron los españoles en muchos sentidos. Y mucha gente sigue la influencia de escritores clásicos de la literatura española como Bécquer. Hace unos años, escribir poemas, sobretodo cartas de amor estaba muy extendido entre los jóvenes, no se qué tanto habrá cambiado esto.
  • ¿Qué papel está jugando el estado ecuatoguineano para propiciar un mundo literario nacional (escritores, lectores, editoriales, librerías, becas)?
  • Bueno yo creo que es más bien al contrario. El Estado ecuatoguineano, desde los tiempos del dictador Macías, ha perseguido a los intelectuales, y el posterior régimen dictatorial de su sucesor, Teodoro Obiang Mbasogo, ha hecho lo mismo. En general, en Guinea no se promueve la libertad de pensamiento y se exige cierta coacción explícita o implícita al decir o hacer según qué cosas. En ese sentido, la posibilidad de pensar por uno mismo se convierte directamente en casi terrorismo contra la autoridad plenipotenciaria que representa Teodoro Obiang. Según él son “ideas importadas”. En consecuencia, se ha desarrollado una teatralidad difícil de identificar donde quién dice qué y porqué, siempre juega dentro de una línea de intereses donde hay un patrón aprendido de adulación hacia el pseudopresidente para obtener gratificaciones y reconocimiento. Es así como se forma una dictadura: con algunos intelectuales formando parte de ella también. Obiang se vende como el primero, mejor, único y más brillante escritor, intelectual y líder de Guinea.
  • Estuviste no hace mucho en un evento literario en Puerto Rico ¿de qué manera viviste esta experiencia?
  • La experiencia me sedujo, me marcó profundamente. Antes de ir al festival, yo me visibilizaba como un loco en mi soledad. En la sombra de un escritorio, en la noche sin nadie en quién reflejarme. Conocía a algunos escritores con los que tuve un contacto fluido durante un tiempo como Inongo Vi Makome o Mbuyi Kabunda académico en Ciencias Políticas. Pero siempre los veía lejanos, como si me hicieran un favor, a un pobre ingenuo como yo, por querer acércame a ellos. Y no porque ellos me trataran de alguna manera distante sino porque siempre pensé que ser escritor está en el orden de otras cosas que no percibía a mi alcance. Cuando publiqué mi primera novela, fue un acto de locura. Tardé cinco años. Cinco años a solas con mis demonios, con mi impaciencia, con mis dudas…Cinco años de fidelidad ciega, como si fuera un embarazo infinito y no supiera si nacería un burro, un pájaro o yo que sé. Solo seguía mi instinto, mi necesidad de querer compartir. Pensaba que en el momento que naciera el libro, el libro andaría solo, y yo lo dejaría libre a su antojo. Pero no, empezaron las presentaciones y era como andar con una cruz a mis espaldas. Tenía muchas ilusiones así que no me importaba en ese momento desplazarme por la geografía española saliendo todo de mi bolsillo. Es cuando Cesar Mbah me habló de un Festival de literatura, que era como un Festival Rock and Roll. No me lo pensé, compré mi billete y bajo el amparo e invitación de Mayra Santos Febres descubrí un nuevo mundo, y no como Colón. Me encontré con un montón de locos como yo, pero locos que eran respetados, escritores renombrados con escaparate. Yo me sentía pequeño entre tanto escritor, pero en la mesa, en los diálogos, era uno más: Gael Solano, Marcelo Carnero, La propia Mayra, Yolanda Pizarro, Marina Pérez Agua, Paulo Lins. Fue fabuloso, fue el impulso definitivo, para querer ser escritor. Ellos me dieron el cariño y la cercanía para comprenderme cuando no me comprendía ni yo. El acto, la necesidad, la pasión, la belleza. Desde entonces nunca me he sentido sólo, y mantengo una correspondencia con ellos que me ha ayuda a seguir creciendo como escritor.
  • ¿Qué densidad tiene en ti Guinea Ecuatorial?
  • Infinita, ¿cómo se mide en el infinito? No se puede, sólo se puede nadar en él y perderse. Por ello Guinea Ecuatorial es el principio y final, porque así lo he decidido. Pero porque mis compromisos de amor parten por encumbrar la herencia silenciosa que me antecede. Antes pensaba en términos muy políticos, muy idealistas, con una especie de deber edificante que creo que muchos africanos o hijos de africanos nos hace sentir las circunstancias del contexto en el que crecemos. Al final Guinea se ha naturalizado en mí, más allá de mis ideas políticas. Guinea son mis seres queridos: los que vendrán, los que se han ido, y los que quedan. Escribo a todos ellos como comunicándome en un eco eterno que me llega a mí desde las profundidades, y a la vez reinterpretó y repito a mi manera.
  • ¿Cómo piensas tú que podría haber un mayor acercamiento entre los mundos literarios de Guinea Ecuatorial y Latinoamérica?
  • Visitándonos, creando ese espacio y vasos comunicantes. No me gusta el internet, es útil pero la piel, la carne, el olor… todo eso genera los afectos. Saber que alguien te requiere y te espera al otro lado, que tenemos un espacio a un lado y otro de la orilla es razón suficiente para construir algo importante.
  • ¿Cuáles son para ti los escritores y escritoras ecuatoguineanos que deberíamos estar leyendo?
  • Puff, otro reto, jajaja, si te soy sincero no he leído nada de las últimas novelas de Guinea. Definitivamente Donato es un referente a tener en cuenta con su novela Los poderes de la tempestad y El metro; después  Juan Tomas Ávila Laurel y su novela Arde el Monte de Noche; Ekomo de María Nsue. Creo que esas cuatro se podrían definir como clásicos dentro de la literatura de Guinea. Actualmente, y dentro de la diáspora, tienes a Lucia Asue Mbomio Hija del camino el cual ha tenido éxito pero yo no te puedo dar mi opinión, no la he leído. Estanislao Medina fue elegido por la revista Granta como uno de los mejores narradores en castellano y el tema sobre el que habla, las bandas callejeras en Malabo, me parece algo muy necesario.
  • ¿Qué escritores latinoamericanos se cuentan entre tus lecturas, ya sea de la tradición o  contemporáneos?
  • Otra vez me tengo que sonrojar. Pues por de pronto Marcelo Carnero, el cual es mi maestro y es el que me recomienda muchas obras para leer. Gabriel Garcia Márquez y su Cien años de soledad me marcó con su realismo mágico, y luego he leído cositas sueltas de Galeano y Bolaño, pero, vamos…muy poquito.
  • ¿A qué atribuyes tú el alejamiento de Guinea Ecuatorial y Latinoamérica, siendo que entre ambos hay tantas cosas que nos hermanan, entre ellas, el esfuerzo de España por injerir en sus vidas culturales, literarias?
  • Primero el contexto geopolítico y las tribulaciones de España. Durante la dictadura franquista, España declaró a Guinea Ecuatorial “materia reservada”. Lo que significó que nunca más se volvió a hablar de la ex colonia en los medios de publicación, ni siquiera aparecía en los libros de texto. Y con la llegada de la democracia eso no ha cambiado mucho. Guinea está en una zona francófona, todos sus vecinos hablan francés y la influencia francesa no es sólo en la lengua, también es económica, imponiendo el franco CFA como moneda a los países de África central. De todas formas Guinea Ecuatorial, de la mano de Teodoro Obiang, ha estado buscando su lugar en este marco de influencias ofreciéndose  a Brasil con Lula en su momento y entrado en la CPLP, que es marco de países lusófonos cuando en Guinea no se habla portugués. España borró a Guinea de su historia reciente, y eso tuvo consecuencias también con Latinoamérica. Guinea tenía contacto con países como Puerto Rico y Cuba. Aún persiste en el imaginario cubano o puertorriqueño ciertas reminiscencias de este contacto. Actualmente Cuba es de los pocos países que ha mantenido contacto con Guinea, gracias al fuerte compromiso que siempre ha tenido Cuba con el desarrollo de los países africanos en áreas como la sanidad. Pero deberíamos retomar ese imaginario y nutrirlo de nuevo.
  • ¿Es tu generación la que está llamada a consolidar una literatura ecuatoguineana?
  • No lo creo, sobretodo lo digo por la diáspora. Creo que los escritores de la diáspora viven demasiado desconectados de su herencia africana y andan envueltos en debates postmodernistas donde sólo imperan sus sentimientos. Que la identificación se busque a través de las emociones supone que seamos fácilmente dúctiles y cambiantes según la edad y el momento. Creo que la herencia africana, teniéndola tan cerca, la desechamos para convertirnos en productos de un mercado que solo les vale ciertas señas superficiales para otorgarnos una “identidad”. Creo que hay que volver a crear cultura desde las entrañas, desde la fidelidad de los símbolos ancestrales, pero sin propagandas ideológicas que cercenan la creatividad.  En este tiempo tengo la sensación que los círculos intelectuales buscan apropiarse incluso de las manifestaciones más básicas. El hip-hop y la salsa, no salieron de gente de universidades súper releída, salió de la gente de a pie, de la necesidad de crear comunidad, del juego y del disfrute.  Siento que en la diáspora muchos han sido seducidos por el mercado del capital para ser un sello, una marca de lo que se cree que hay que decir o hacer buscando referencias que vienen siempre de los afroamericanos. Estados Unidos es país complicado, y ha conseguido vender la imagen del pandillero afroamericano como una imagen de modernidad al resto del globo terráqueo. No tengo nada en contra de esa imagen, pero me resulta manipulador cuando por otro lado sólo tenías el hambre y la miseria de África. A día de hoy todos los videoclips de la música negra alrededor del mundo son muy parecidos. Y nosotros hemos crecido con ello hasta el punto de despreciar lo que nos venía de cerca, lo que para los afroamericanos era un conquista a la hora de poder visibilizarse. Por otra parte, era también una pérdida ante los ojos de miles de jóvenes cuyos padres y familiares son africanos, pero no querían aprender de ellos. En ese sentido nuestro trabajo es diferente, es más un equilibrio. Crear un puente entre hijos de guineanos y Guinea es imprescindible. Por ello creo que falta mucho para hablar de una generación consolidada, a menos de que deje de estar tan influenciada por esta estructura de mercado anglosajón.
  • ¿Qué densidad tiene España en ti?
  • Bonita pregunta, a mis cuarenta años tengo ganas de aprender de España.  Me he dado cuenta que he estado jugando por turnos según he ido viajando y viviendo en diferentes países, ya que mi relación con España y Guinea siempre ha sido una moneda de dos caras. He estado enemistado con España durante mucho tiempo, y me he dado cuenta con los años de las lecciones perdidas de un país que tiene cosas maravillosas sin obviar sus carencias.  Cuando llegaba el verano los niños de mi colegio  se iban todos al “pueblo”, y yo me preguntaba ¿dónde está mi pueblo? Nunca me interesé en ir a aquello que llaman las fiestas del pueblo, porque aprendí a vivir en un mundo reticular en el que habían cosas de blancos y cosas de negros. Al escribir me di cuenta de algo que es evidente: si quería escribir debía poner parte de mis experiencias en mis libros desde el lugar donde quería hablar. Evidentemente tenía que ser España. Y ya que yo nací en una ciudad, a veces sólo me sentía de mi barrio, y ni siquiera eso, porque fui un niño no muy popular ni con muchos amigos de pequeño, así que otras sólo me sentía de mi casa. Es entonces cuando me di cuenta que el mundo a mi alrededor me esperaba para descubrirlo, sin cortapisas. Era yo el único que me ponía límites. España es un lugar bello, lleno de imperfecciones, pero es el lugar donde he aprendido y aprendo a amar y reír con la gente.
  • ¿Te percibes como un exiliado?
  • No, en absoluto. Me siento como alguien que puede ser de cualquier sitio y ninguna parte.
  • Sabemos ya que tus primeros años viviste en España ¿cómo fue el reencuentro con tus raíces africanas, al viajar a Guinea Ecuatorial, y de qué manera se refleja ello en tu novela Heredarás la tierra?
  • Fue como estar en lugar familiar y desconocido a la vez, muy raro. Pero la realidad es que Guinea estaba en nuestro hogar constantemente así que todo tenía un olor, color, sabor que podía reconocer. Heredarás la Tierra es la reconciliación de mis “mundos”, de mis experiencias en España y Guinea.
  • ¿Háblanos de tu concepto de geopolítica de conflicto en Guinea Ecuatorial y de qué manera repercute en los escritores ecuatoguineano de tu generación?
  • No es fácil explicar eso, es un libro denso de ciencia política y relaciones internacionales. Por de pronto te diría que sigue un poco el trabajo de Achille Mbembe, politólogo camerunés en sus ensayos Postcolony y Crítica a la razón negra. En síntesis te diría que el Estado colonial, como actor independiente, está configurado dentro unas reglas y/o ideología que condiciona todo el juego político y que el concepto «raza» juega un papel esencial en la forma de estructurar las relaciones de poder. En resumen, se fomentan unas fuerzas centrífugas que motivan el enfrentamiento de diferentes grupos etno-culturales por el control del poder, de tal forma que la existencia o convivencia solo puede ser en base a la subyugación o dominio de un grupo por el otro, o incluso la exterminación para salvaguardar un status quo o lo que podríamos llamar el marco de seguridad del Estado.
  • Por último, querido Edjanga ¿qué tanto persiste en ti de aquel hombre que va y que viene?
  • Yo nunca dejaré de ir y venir, está en mí visitar cada lugar y rincón del mundo y hacerlo mío. No hay fronteras, las fronteras están en la cabeza. Y yo quiero ver, saber y compartir todo lo que pueda y más. Sentirme parte de todo y de nada.
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La casa de Lanudo

Los albañiles

Jonatan Rodas / relato breve

Pero papá—le dijo Josep, llorando—. Si Dios no existe, ¿Quién hizo el mundo?

Tonto—dijo el obrero, cabizbajo, casi en secreto—. Tonto. Al mundo lo hicimos nosotros, los albañiles.

Eduardo Galeano

Mariano Gómez Soto nació el 9 de abril de 1932. Según mis cálculos y los más precisos detalles del sitio ancestors.familysearch.org a los 12 años de edad debió haber presenciado la caída del dictador, en 1944. ¿Era ya albañil? Cuando yo lo conocí ya era albañil. O más precisamente, maestro de obras. Porque para mis días de infancia, mi abuelo ya dirigía una cuadrilla de albañiles entre los que figuraban mis dos tíos: Ernesto y Enrique.

Estos dos tomaron caminos diferentes. Ambos anestesiados, digo yo. Pero quién soy yo ahora para juzgar sus vidas. Por el contrario, los tres, mi abuelo y mis dos tíos fueron figuras de mucha presencia en mi vida. De mi abuelo, por ejemplo, llevo el nombre. De mi tío Quique la melancolía y la culpa. Y de mi tío Neto, la potencia de la rebeldía y la espontaneidad que pocas veces he podido mostrar y que muchos años después de su muerte se materializó en una figura literaria que inventé: el Lanudo.

Hoy es el día de la cruz, día de los albañiles también. Y lo recuerdo muy bien porque en el álbum familiar aparecen fotos en las que mi abuelo y su cuadrilla posan en una construcción adornada con una cruz. Cruz de retazos de madera de construcción. Cruz de flores de plástico que después, con plena consciencia a causa de su alcoholismo, irían a adornar sus propias tumbas. Mi abuelo murió joven, a los 62 años, el 10 de agosto de 1994. El tío Viviano, su hermano, corrió la misma suerte. Mi tío Neto, también, más joven aún.

Triste pero predecible. Para estos albañiles parecía que el licor era requisito fundamental. Excepto para mi tío Quique, que se volvió evangélico y, al igual que mi abuela, se encerró en un mundo impenetrable donde, asumo, murió ahogado en su propio dolor. Al Oscar, hijo bastardo de mi abuelo y pronto también convertido en parte de la planilla de albañiles, lo encontraron en el fondo de un barranco.

Albañiles. Los constructores de este mundo.

“¿A dónde fueron los albañiles la noche que terminaron la Muralla China?” se preguntaba Bertol Brecht.

A la Tico-Tico, habría podido responder yo. O al Alacrán Negro. Era muy fácil encontrarlos ahí. Bebiendo, ensimismados unos, eufóricos otros (mi tío Neto). Pero siempre bebiendo, octavo tras octavo de aguardiente. Apagando una sed milenaria, sedando un antiguo dolor. Caminando cada día un poco más rápido de lo normal hacia su tumba.

A la mañana siguiente, la piel curtida, los labios hinchados, subiendo a la camioneta. Montando las herramientas.  Sudando la gota amarga. Volvían a la ardua tarea de hacer el mundo.

*Imagen tomada de la página de Facebook de revista y editorial Sudestada

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Canaimera

Barbarella D’Acevedo  I Un mito cosmicoeroticocaribeño

En ciertos antiguos himnos órficos dedicados a Afrodita, ya muy temprano se estableció la idea de que uno está determinado por la semántica de su nombre. El nombre, impuesto por los padres, los dioses o la magia y la fortuna, será el signo que dibujará la personalidad y el devenir de su portador o portadora. Tópicos, quizá, pero ¿no acaso en la literatura  resplandecen hasta el hartazgo las Lucías, y las tenebras se ensañan con los Brunos? Los aficionados a los bodrios del cine fantástico pop sesentero,  recordarán que en 1968 Jane Fonda irrumpió en la pantalla detentado los poderes sicosexuales del universo, transformándose así en un mito hipererótico de nuestros días: Barbarella. Años más tarde, jugueteando con el rizoma de los mitos afrodisiacos, chipriotas espumas cabrearon en el mar Caribe durante el año de 1985 cuando en la Habana irrumpía otra Barbarella que heredaba el sino erótico, mítico, musical del nombre (el tiránico nombre del que no se puede escapar, sobre todo si uno se llama Barbarella en este cósmico universo). Barbarella D’Acevedo, pluma singular y de inescrutables alcances. Inescrutables por su juventud y por la experimentación personal que en cada uno de sus libros hace con la literatura. Barbarella D’Acevedo,  a veces distante de las tendencias regionales, a veces erótica, a veces poeta, otras tantas narradora, teatróloga, editora y lo que venga. Su obra ha sido antologada y publicada en la mayoría de los países latinoamericanos, así como en España, Estados Unidos y Canadá. El 2020 le ha sido particularmente provechoso, pues cosechó el primer premio en el Concurso de Poesía Rosa Butler, hazaña que replicó con el Bustos Domecq y particularmente en el Certamen de Poesía Paco Mollá, con su poemario Érebo, que recientemente ha aparecido bajo el sello de la editorial Aguaclara y del cual hablaremos a lo largo de esta entrevista.

  • ¿Querida señorita D´Acevedo, cómo se hace usted dueña del nombre Barbarella?
  • Me hago dueña del nombre Barbarella, en principio por obra y gracia de mis padres… Ambos lo eligieron al unísono aunque de manera casual. Estaban en casa de un colega de papá, director de teatro, al que visitaban con periodicidad. Aquél tenía un equipo de video y resultaba algo cotidiano que se reunieran para ver películas de terror ochenteras. Así fue que al finalizar uno de aquellos filmes, que ven pasar un tráiler de Barbarella y ahí dijeron “Ése”, incluso si todavía no habían confirmado el género del hijo que mi madre llevaba en el vientre, pues prefirieron esperar a la sorpresa del parto. No obstante a partir de ese momento fui Barbarella para todos los que les conocían. Así que sí hubo mucho de hado —algunos le llamaran casualidad—en tal elección. Es un nombre complicado. En las escuelas nunca lo entendían bien, sobre todo los maestros nuevos al inicio de cada curso. Por el camino aprendí a reírme del hecho y bromear con eso, incluso antes de que los profesores pasaran lista. Supongo que cuando una nace “Barbarella” atraviesa distintas etapas, incluso esa fase en la adolescencia en que se pregunta por qué “sus excéntricos padres” no pudieron darle un nombre castizo, más a tono con los apellidos González y Acevedo. El cuestionamiento es algo intrínseco al ser humano. Pero luego una se percata de que no podría haber sido de otro modo y se alegra. Mi nombre me acostumbró, por ejemplo, a ser un tanto extraterrena, extraterrestre, extemporánea, a habitar los márgenes. Una es su nombre, sus padres, su historia, su país…
  • Y ya que estamos con la obsesión de lo onomástico ¿cómo y cuándo pasamos de ser Barbarella González Acevedo al sinóptico Barbarella D’Acevedo?
  • Esa elección tiene que ver con mi papá…Mi padre, desde mi infancia, pensó que algún día yo iba a necesitar un nombre artístico. Sugería entonces la incorporación de la preposición intermedia “de” al González Acevedo. Papá, Tomás González, fue en su momento, un reconocido dramaturgo, director de teatro, miembro del hoy casi legendario grupo de experimentación teatral Los doce, guionista de las películas La última cena y De cierta manera, dos clásicos del cine cubano, músico, pintor, profesor en las escuelas de arte, maestro del Cuarto Camino; un hombre de un magnetismo tremendo…Supongo que en un punto no quise ser solo “la hija de Tomás González”. Siempre tuve una relación de amor odio con respecto a eso, a tal punto que aunque estudié en el Instituto Superior de Arte, la misma carrera que él, algunos de mis profesores —que también habían sido los suyos— se enteraron de que era “la hija de Tomás”, al pasar los años.  Necesitaba el espacio de mostrarme al mundo, de convertirme en quién quería ser y equivocarme incluso, pero sin la presión del apellido. Además, el Acevedo llevó a un primer plano a mi madre, y a mi abuelo, dos seres esenciales para mí, sin los que hoy no sería; y también a mis ancestros mambises, pero esa es otra historia…
  • Te han endilgado el mote de escritora erótica ¿Qué significa ello para ti?
  • Creo que muchos escritores han pasado por el erotismo alguna vez. Yo sentí en cierto punto la necesidad de retarme en tal sentido. La literatura es eso también para mí: la posibilidad de experimentar, de jugar. Hay que tener en cuenta que el mundo actual está guiado por el consumo y en tal contexto es quizá lo más fácil recurrir a determinadas etiquetas, carteles, más allá de si tienen como trasfondo algo real… Yo misma he podido usar el mote de escritora erótica en determinado momento, no tanto para potenciar una relación de compra-venta (no olvidemos que el libro es un producto, en un mercado bien complejo) sino para llamar la atención sobre determinados textos. Una etiqueta ayuda a que el lector tenga claro de antemano lo que va a consumir.  En realidad no me considero ni escritora de ciencia ficción (otra etiqueta que también se ha relacionado a mi obra en ciertos momentos), ni escritora erótica, ni autora de libros para niños, sino, simplemente escritora. Aunque me interesa la exploración del fantástico, en un sentido amplio, he jugado con géneros, estilos, maneras de contar y lo seguiré haciendo por una necesidad personal, una necesidad creativa, de ver hasta dónde puedo llegar, o me permito llegar.
  • ¿Eres erótica, Barbarella?
  • El erotismo está en la esencia del ser humano. Creo que todos somos eróticos en una u otra medida, si bien de formas más o menos explícitas…Eros es, por sobre todo, goce estético. La conciliación de Eros y Psique, del amor en tanto impulso creativo, pero también sexual, y de alma, o mente, opera como pulsión de vida que permite reaccionar a Tánatos, ese instinto de muerte que identificaba Freud.
  • ¿Qué de Érebo tiene la Cuba de Barbarella?
  • Una no puede evitar escribir desde su esencia, desde su historia, y también desde la historia de su Matria. Érebo y Cuba tienen quizá en común los subterfugios de la recurrencia a lo mítico, aunque también otros elementos. La oscuridad primigenia que Érebo, por ejemplo, implica, quizá solo pueda ser resuelta con la fuerza del logos, porque no olvidemos que en “en el principio” —si bien en un principio otro— “era la palabra” y “sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho”. La palabra tiene un poder generador…Quiero pensar, o intuyo que a través de la palabra la Matria puede superar también la oscuridad primordial.
  • ¿Qué tanto representa a tus poesías femeninas este poemario Érebo?
  • Es un poemario que asumo a partir de recreaciones de lo femenino. Se trata de poemas en primera persona, donde las protagonistas son Penélope, Helena, Casandra, Circe, Friné… Yo me he sentido identificada con todas, y así en estos versos, encarno sus angustias, sus interrogantes, y también su erotismo, desde lo que soy, este lado mujer, que ama y se piensa, con la mayor honestidad de la que es capaz.
  • ¿Qué significa actualmente ser escritora en Cuba?
  • Ser escritora, o escritor, en Cuba o en cualquier parte, resulta un reto y un oficio difícil.  Es un camino solitario, que depende de una misma y de su disciplina. Nadie te va a decir “escribe”, así que cada día tendrás que levantarte de la cama, sentarte ante tu computadora y tener la voluntad de hacerlo, incluso si la vida cotidiana con sus necesidades, ejerce otros reclamos, incluso si tienes otro u otros trabajos para garantizarte el sustento. Deberás contar una historia que en primera instancia te conmocione a ti misma y hacerlo del mejor modo que puedas… Después tendrás que invertir tiempo en presentar tu obra a una editorial o un concurso, porque quien diga que escribe para guardar su trabajo en una gaveta, probablemente mienta. Y si todo sale bien y tu obra se publica todavía necesitarás promocionarla, para que otras la lean. Pero si todo sale mal, y tu obra termina, después de todo en una gaveta —y una buena parte de lo que se escribe acaba así, o bien tarda años en salir a la luz—, y te asaltan cientos de cuestionamientos acerca de si estás siguiendo el camino correcto, o si escribes mejor o peor cada vez —cuestionamientos que de todas formas pueden asaltarte incluso si te va bien—, vas a tener que volver a levantarte de la cama, sentarte ante tu computadora y tener la voluntad de hacerlo, incluso si la vida cotidiana con sus necesidades, ejerce otros reclamos…Se escribe porque se tiene algo para decir y se necesita hacerlo. Reconozco el oficio de escritor también desde la perspectiva del dharma de las doctrinas de la India, ese deber supremo, y propósito, que no pretende la satisfacción del ego, sino contribuir al mundo y que puede dar sentido a una vida.
  • ¿Te consideras una escritora feminista?
  • Soy una mujer feminista y lo que una piensa y es, en ocasiones, se manifiesta también en lo que escribe. Tengo algunos poemas, que por el camino me he dado cuenta, de que han salido muy feministas. Sin embargo, esto ha sido algo espontáneo, guiado por la pasión de un momento, a veces hasta por la molestia o incomodidad de un momento.  No me planteo un discurso feminista en mi creación. No considero que se le puedan imponer temas a la literatura o al arte. La escritura es algo personal y creo que debe evitarse a toda costa caer en el panfleto. Si bien pueden existir variantes artísticas “comprometidas”, cada quien trabaja su obra desde su experiencias de vida, lecturas, necesidades, referentes y sensorialidad.
  • ¿El erotismo y los feminismos son compatibles?
  • Creo que sí. Una mujer dueña de sí misma es capaz de reconocer también el peso de Eros en su vida y tiene derecho a hacerlo. Durante mucho tiempo la moral, ya fuera religiosa, gubernamental, o social, ha visto el erotismo como algo negativo y sabemos que se ha utilizado la represión del cuerpo como un mecanismo de dominación. La virgen María, el ideal femenino del catolicismo, es, “virgen” antes del parto, en el parto e incluso después del parto. Ese modelo es desafortunado desde el punto en que se impone como único y máxima aspiración de lo femenino, mujer ángel, posterior donna angelicata, inmaterial, ajena a la carnalidad —y en alguna medida por esto, ajena a la vida en todas sus dimensiones—.
  • ¿Cuál piensas tú que es la dimensión del erotismo en la literatura latinoamericana?
  • Me parece que subyace en la obra de múltiples escritores, que lo abordan no necesariamente como centro de su literatura pero sí como una parte de esta, a veces de un modo que podría decirse sutil, o natural. Al menos, esa es mi percepción en tanto lectora, pues disto de ser una especialista en ninguno de los dos temas… Pienso así en Aura de Carlos Fuentes, incluso en Los recuerdos del porvenir de Elena Garro, en Doña Flor y sus dos maridos, o Gabriela Clavo y Canela de Jorge Amado, y en buena parte de la obra de García Márquez.
  • ¿Cuba es erótico o pesa sobre de ella la gratuidad de la fama?
  • Creo que el erotismo en Cuba como país es algo ya de una dimensión mítica y se dice que todo mito suele contener un trasfondo de verdad.
  • ¿Qué densidad tiene el Caribe en tu escritura?
  • Si el Caribe aporta algo a mi escritura es esa dimensión de la magia —y lo fantástico—, entendida sin embargo como algo cotidiano, eso que Alejo Carpentier llamó Lo Real Maravilloso y que comprende elementos de surrealismo y absurdo —y hasta de grotesco y desmesura—. También esa capacidad de invocar a la risa, para desacralizar cualquier hecho, que es inherente a la región y que en mi país asoma bajo el nombre de “choteo”.
  • ¿Cuál es tu panorama de la literatura cubana contemporánea?
  • El panorama de la literatura cubana contemporánea, al que me acerco como lectora y también en tanto creadora, desde mi punto de vista está marcado por una sana diversidad. Cuenta con voces a establecidas, y otras más jóvenes, que se proyectan hacia distintos modos de hacer, más o menos experimentales, en relación a las necesidades propias a cada escritor.
  • ¿Crees que exista un diálogo entre las literaturas latinoamericanas contemporáneas o cada una vive y muere dentro de sus feudos?
  • Ahora más que nunca el diálogo se hace posible. Los medios están al alcance y me refiero con esto al impacto del internet en la vida cultural de hoy. Un autor cubano publica un cuento o un poema en una revista digital en Argentina o Chile, que a su vez leen escritores mexicanos, colombianos, etcétera. No obstante un peligro subyace, y es que teniendo tantos medios al alcance, nos centremos en el “yo” y en solo promover lo que hacemos sin detenernos a mirar al lado. Es importante la retroalimentación, saber qué escriben los otros y por qué caminos se mueven; aunque eso influya o no en lo que hacemos, permite al menos, pensarnos…
  • Hemos sido testigos de que varios escritores cubanos, como muchos de sus pares en Latinoamérica, han ganado premios y publicado en España, ¿es necesario el reconocimiento español para ser tomado en cuenta en tu propio país o región?
  • Yo creo que al menos en mi país tienen más impacto los premios nacionales, legitimados por tribunales conocidos y reconocidos por el medio y quizá algunos miran con escepticismo los premios internacionales, sin detenerse a apreciar qué instituciones los conceden o la relevancia artística de los jurados que los otorgan para sus respectivos países. A veces además está la tendencia a considerar el arte que se produce fuera, como “comercial”, etiqueta que por demás, resulta a menudo mal vista, y deviene en sinónimo de “facilista” o sin verdadero valor creativo. Incluso en ocasiones se considera que premios y publicaciones internacionales, responden a modas del momento o benefician a determinados sectores; a las mujeres escritoras, por ejemplo. Creo que todos estos criterios parten en primera instancia de prejuicios y todo prejuicio implica un desconocimiento y en buena medida ligereza, ceguera. Lo que sí es cierto, es que ese reconocimiento español o internacional, puede devenir en ciertos contextos un arma de doble filo.
  • ¿Qué representa para Cuba el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso?
  • Supongo que expreso el sentir de muchos si digo que el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso es escuela y casa. Es un espacio donde ha sido sistematizado el conocimiento relativo a las técnicas narrativas, y que se centra en brindar herramientas para que los estudiantes desarrollen las habilidades que poseen. Pero creo que uno de los logros más importantes conseguidos por Eduardo Heras León con el Centro, estriba en el impacto humano de esta experiencia, en las distintas generaciones de escritores que tienen al Chino por maestro y padre.
  • ¿De qué manera cambiaron los premios que ganaste en España tu vida como escritora?
  • Los premios en España me brindaron la oportunidad de publicar, en particular, mi poesía y eso para mí ha sido lo más trascedente de todo: publicar y compartir.  Todo esto, en un contexto en el cual llegar a ver un libro publicado es algo difícil, debido a múltiples factores —la falta de papel entre ellos—, e implica que los procesos editoriales a nivel nacional muchas veces se tornen lentos y fatigosos. También me han permitido tener un poco de feedback, ver qué valores encuentran otros en lo que escribo, verme a través de los ojos de otras personas.
  • ¿Te gusta la pornografía?

No me gusta en tanto no la necesito. Aunque tampoco me disgusta y por supuesto estoy a favor de su existencia.

  • ¿Qué te dicen los nombres Carilda Oliver y Severo Sarduy?
  • Carilda es una de esas voces que me acompañan desde siempre. Carilda es pasión, es goce por la vida. Sus mejores poemas responden a esos momentos en que el erotismo se transluce en felicidad. Servero Sarduy es la expresión del más puro y legítimo barroco en la concepción de cada frase, de cada personaje. Es el padre de uno de mis textos esenciales: De dónde son los cantantes. En algunos de mis relatos de juventud temprana, Los Cuentos de Esperanza Rosa, reconozco la tendencia al pastiche y la carnavalización que heredé no directamente de Severo, pues en aquel momento todavía no lo había leído, pero sí quizá a través del impacto de su legado que aparece en la literatura cubana de una etapa.
  • ¿Qué es el Discurso de Eva y de qué manera (o porqué) los escritores deberíamos acercarnos a lo digital?
  • Discurso de Eva es un disco de poesía femenina, que desde el título rinde homenaje a Carilda Oliver, donde participamos varias poetas cubanas de una generación joven, dando lectura a nuestros textos y también a los de creadoras que han sido trascendentes para nuestra escritura. El proyecto obtuvo la beca de creación El reino de este mundo que otorga la Asociación Hermanos Saíz, asociación que agrupa al arte joven cubano, y esto permitió que grabáramos en los estudios PM Records. Pudimos difundir así nuestro trabajo más allá del formato libro, explorando la voz como instrumento comunicativo, en plataformas digitales y redes sociales (IVoox, SoundCloud, Telegram, Instagram, Facebook). Creo que lo digital permite una oportunidad significativa de que cuanto hacemos alcance a otros y por eso es una herramienta que el escritor de hoy no debería desperdiciar. Con tantos medios al alcance, nadie puede quejarse de no poder llegar a los lectores, o en el caso de Discurso de Eva, a los oyentes.
  • ¿Qué significan tus tatuajes, sobre todo el símbolo cercano al hombro derecho?
  • Tengo varios tatuajes que reflejan mi pasión-obsesión por el mar, cada uno significa algo específico, en relación al símbolo que se representa: un ancla, una brújula; en el hombro derecho llevo un faro y un faro tiene que ver con la capacidad de dar luz, de ser luz y salvamento incluso en condiciones adversas, sin tener que convertir tal acto en un discurso; simplemente haciendo lo que toca. También llevo en mi cuerpo un tatuaje que es homenaje a Frida Kahlo —el impacto de Frida y su obra me acompañan desde la infancia, e incluso amigos muy cercanos me llaman así—. Asimismo las iniciales de Alberto Yarini, figura casi mítica en el imaginario popular y erótico cubano, una flor de loto que tiene que ver con la capacidad de nacer y renacer incluso en circunstancias adversas y un pequeño elefante, animal místico de gran sabiduría.
  • Por último, querida Barbarella, ¿algo más sucedió en aquel sueño sucio que alguna vez tuviste, bueno, que tuvo Mimí, con Woody Allen, verdad?
  • El sueño fue de Mimi, aunque podría haber sido mío, y no sé, debo preguntarle a ella, aunque sí, estoy como tú, segura de que sucedió mucho más.
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¿Por qué Licorice pizza (2021)?

Sin saberlo, al parecer, el mexicano Alfonso Cuarón impuso (o renovó) con la afamada Roma (2018) una curiosa moda cinematográfica: la del consagrado director haciendo uso de la pantalla grande para hacer catarsis de su existencia. El maestro Tarantino remitiéndose a las glorias populares de su niñez en la década del sesenta con su Érase una vez en Hollywood (2019). Paolo Sorrentino enseñándole al mundo su particular y muy personal visión de la Nápoles de los ochenta, con el genio eterno del fútbol, Diego Armando Maradona, llevando al Napoli a ganar por primera vez en su historia el scudetto. Kenneth Branagh con un relato semi-autobiográfico en el que relata su infancia en medio de la convulsión social de la Irlanda de los sesenta, Belfast (2022), nominada a Mejor Película en los premios de la Academia, por cierto.

Los frutos de la nostalgia no son amargos. Ya era hora de que el maestro Paul Thomas Anderson recogiera los suyos para el deleite del cine mundial. La agitada movida californiana de los setentas. La crisis del petróleo. La desastrosa guerra de Vietnam. Los nuevos colchones de agua. Los años de secundaria. La fantasía que la chica de veintitantos es entonces para los quinceañeros. El resultado es grandioso, es andersiano*. Un ritmo frenético y juvenil en el que todo el tiempo están pasando cosas, como si fuera el primer largometraje de Paul Thomas Anderson, con toda la energía y todas las ganas, y, al mismo tiempo, dada la impericia del cineasta novato, no esta pasando nada. Alana y Gary no son el espíritu del mundo, son el espíritu de aquella California, la del cine y la televisión, la de la empresa y la política, la de los enamorados que no son lo suficiente valientes como para decírselo a la cara, la de los sueños en acción, Gary, pero también la de sueños estancados, Alana.

En medio de esa revolución popular de música, cine, narcisismo y activismo social y político, Paul Thomas Anderson se siente en casa, y cómo no, si son los recuerdos de su adolescencia. Además del guion, la dirección y la producción, a su cargo también corre la fotografía, compartida con Michael Bauman, por eso, esta es, sin duda, su film más personal.

Licorice pizza (2021) no solo es un proyecto entre amigos y familia, pues actúa su esposa, Maya Rudolph, y todos sus hijos, y protagonizan Cooper Hoffman, el hijo de su difunto gran amigo, el genial Philip Seymour Hoffman, y Alana Haim, quien sumó a su familia completa, los Haim interpretan a los Kane, es una futura película de culto y una carta de amor juvenil a los setentas. Pero más que eso y más que todo lo que alguien diga que puede ser, Licorice pizza es, fundamentalmente, una divertida historia de amor.

M.D.

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Agibílibus

Face to face contra Cortázar y una carta que quizá nunca se entregó

Face to face contra Cortázar y una carta que quizá nunca se entregó: Reflexiones sobre el cuento Carta a una señorita en Paris

Por: Alfredo Daniel Copado V.

Cuando uno se adentra en los mundos de Cortázar, debe aceptar con antelación la invitación a un próximo combate face to face contra un guerrero de múltiples rostros (una bestia de múltiples interpretaciones posibles), y en donde no se garantiza la supervivencia por mucho tiempo. En este enfrentamiento sucederá un choque de aceros entre lo fantástico y lo cotidiano. Las causas del conflicto pueden suceder fantásticamente ya sea en un departamento o en una calle de Paris en compañía de una taza de café, o tal vez un buen mate.

Un cuento breve puede contener muchos finales posibles que se adaptan a la comprensión de cada lector y, por lo tanto, no siempre las preguntas se adaptan a las respuestas que la obra ofrece. En los mundos de Cortázar se mezcla lo europeo y lo latino con una hermosa y brusca manera de percibir la vida. Siempre con un pequeño toque final de hartazgo fantástico que resulta ser bastante cotidiano para los personajes que viven sus aventuras bastantes barrocas en pleno siglo XX.

Carta a una señorita en Paris es un curioso ejemplo de ese hartazgo (fantástico y rutinario) que contiene un sinfín de interpretaciones posibles. En esta historia entran en combate la idea de la muerte, la locura, y una ligera insinuación de una fértil creación literaria que se entiende como unos conejitos esponjosos vomitados. Ese vomito creativo, al que puede referirse Cortázar cuando el protagonista expulsa higiénicamente sus conejitos, puede significar un parto creativo ilustrado como una inocente criatura esponjosa (diferente a las que se consiguen en las granjas) que se alimenta de pequeños tréboles (símbolo de la buena fortuna).

Como sucede constantemente al leer por vez primera una historia, uno no sabe a ciencia cierta qué puede resultar de entrar en estos mundos laberinticos. Uno se convierte en extranjero, un intruso, un invitado. Cortázar suele dirigirle la palabra a ese intruso confiado que además viene masticando la idea de digerir toda la trama de un sólo golpe y que comúnmente termina por parir una frustración agridulce al tener que re-leer un párrafo tras otros (o todo el cuento completo) para comprender siquiera una o varias pistas de lo que “realmente” se estaba hablando desde las primeras hojas de la historia.

¿Es culpa de un Cortázar hermético o es culpa de un lector pretencioso de sabiduría? Ese mismo lector intruso es quien hace una de estas dos cosas (o ambas) que fomentan más el funesto estado de confusión:

a) O no entiende parte del cuento (o en su totalidad) y termina por aceptar la obra como algo confuso e inexplicable.
b) O termina lanzando una interpretación digerible que resguardará su dignidad como lector (aplicando “la Navaja de Ockham” al momento de crear una interpretación para sobrevivir a esa experiencia literaria)


En este sentido es más fácil explicar el por qué de las traducciones de obras extranjeras que son sometidas a un proceso de asimilación literario y que son un caso diferente con el tener que comprender la trama principal de una obra en español.

Eso nos lleva a un punto importante de la reflexión del cuento de Cortázar: ¿Quién o qué diablos eran los conejitos que el protagonista vomitaba complaciente y que iba guardándolos con aprecio hasta pensar en exterminarlos con un poco de alcohol?

Por cierto, lo barroco se encuentra presente en esta curiosa carta (¿de suicidio?) ya que el adorno excesivo se encuentra enterrado hasta en lo más profundo de la descripción más sencilla. ¿Por qué siempre lo hermoso debe ser tan complicado? Todo parece quedar arreglado con la muerte. O el protagonista estaba bajo los efectos del alcohol o de la locura más benigna que le hace ver hermosos conejitos donde otros verían vómito, flemas y jugos gástricos (si es que tomamos literalmente esos “vómitos”)

También consideremos que la figura retórica que se aplica en “los conejitos” designa sencillamente la creación literaria del protagonista (que podemos asumir que es el propio Cortázar quien narra su historia) que nace de las vísceras del escritor las cuales contempla como lo más bello, puro e inocente y que prefiere matar de manera misericordiosa con cucharadas de alcohol. Esos conejitos podrían ser bellas ideas, narraciones, recuerdos y hasta poemas que “nacen” naturalmente por la boca (el lenguaje) del artista y que se acumulan donde quiera y que no se alimentan de otra cosa que no fuera suerte (tréboles). ¿Se habla acaso de un autor que está muriendo a causa de su propia vena artística?

Son hermosos esos conejos de diferentes colores que nacen de momentos inesperados y que duermen en cualquier parte. ¿Con qué finalidad se escribe una carta si no es para describir la causa de la muerte que asecha al protagonista? ¿Una carta de suicidio inducida por las creaciones o tal vez estas creaciones sean la razón real de un suicidio? Cortázar nos pone frente a sus personajes pensando que ya conocemos todo acerca de este o aquel sujeto y que comprendemos su situación como si lo conociéramos desde la infancia. También es curioso que las historias de Cortázar se presenten en cautiverio constante (siempre en un cuarto cerrado) con vista hacia la calle a través de una ventana/ balcón con flores hacia los lados. Siempre surge la dudad de que si en estos mundos barrocos gobierna la rutina y la invade la fantasía o es la fantasía la que reina, y un día viene de pronto lo rutinario a imponer un orden que afecta a todos los personajes disfrazados de cosmopolitas.

¿A qué nos sabe Cortázar en pleno siglo XXI? Siempre surge un protagonista que se resigna a su condición de hombre ilustrado que espera algo de su vida pro no sabe lo que es realmente. Hay un miedo tremendo al esnobismo. Son protagonistas embriagados de intelectualidad y alta cultura. Música por aquí y referencias artísticas por allá. París, siempre Paris. Buenos Aires es visto como una prisión a la que se deportan los muchos Julio Cortázar en perpetuo exilio. Esta Carta podría ser un anexo de Rayuela sin que lo sepamos. Con Cortázar podemos conocer aquel mundo intelectual de la postguerra de mediados del siglo XX en donde se esperaban milagros inesperados que esfumaran ese deterioro de la ciencia y el progreso. El arte es visto como un elemento que apacigua la existencia rutinaria de los protagonistas de Cortázar. Si vemos una foto del autor y pensamos en alguno de sus protagonistas siempre nos pasa por la mente que él transmitía sus vivencias a través de las historias de sus creaciones (conejitos) que algunas veces le salían blancos como la nieve, negros cual carbón o con una tonalidad gris que los coloca en el término medio del que hablaba Aristóteles.

Las mudanzas y los nombres afrancesados (y muy barrocos) inundan la narrativa de Cortázar. Él siempre rescata un poco de lo latino en medio de lo afrancesado. Hasta en París se bebe mate de vez en cuando o siempre hay un grupo latino que habita en la cuna de lo citadino europeo. Protagonistas sin patria que no están a gusto en ninguna parte. Siempre un amor, una aventura y un arrepentimiento. ¿Por qué quiere matar a los conejitos de una forma misericordiosa? Si interpretamos que esos animalitos son sus narraciones, se entiende el por qué se les mata con alcohol a cucharadas. Tal vez para que dejen de ser una plaga sin uso para el autor o quizá para que parezcan más adorables. ¿Y si es locura la que padece el autor y sencillamente los conejitos son vomitados al mundo porque refieren actos o frases que van en contra de la “cordura” de la sociedad de la postguerra?

Cortázar podría fungir como un buen sociólogo al intentar explicar cómo las clases “ilustradas” de mediados del siglo XX estaban en un momento de crisis en donde no se encontraba un sentido “de progreso” a las artes ni a la ciencia. Más bien se le daba un sentido existencial (subjetivo) en donde se relaciona constantemente a la música y las artes en general con sucesos de la vida personal de cada ser, en los cuales surgen similitudes y expresiones muy humanas que arrastran a los sujetos a cuestionarse primeramente sobre sí mismos antes de analizar al mundo que los rodea. A los protagonistas parece preocuparles más su propio mundo interior que el mundo exterior, al cual lo toman como algo dado, que ya no cambia y que siempre se mantendrá cuando ellos dejen de existir. También surgen de estas historias fantásticas una sospecha de surgimiento de una cultura juvenil. Muchos de los personajes son gente joven que se agrupa con otros miembros jóvenes para intercambiar percepciones artísticas, filosóficas y existenciales.

La música que suena por estos lares puede ser sinfónica y aristocrática o producto de las nuevas influencias rebeldes de la posguerra. Siempre son los ojos jóvenes los que critican y juzgan a lo viejo hasta que terminan por envejecer de igual manera. No siempre se sabe si Cortázar quería destruir su propio contexto o tal vez quería inmortalizarlo con todas sus facetas personales al enmascararlas como sus personajes latinos sometidos a un mundo barroco afrancesado.

El combate face to face no ha terminado todavía. No se puede dejar de reflexionar acerca de lo fantástico de este cuento: la figura del animal “conejito”. Esta historia pertenece a una antología de cuentos llamada Bestiario en donde surgen historias semejantes narradas por un joven Cortázar. El conejito significaría una pieza clasificada por el autor en su colección privada de bestias. Esta obra sería una bestia que se contiene a su misma. Todo esto fue una ardua tarea al interpretar el concepto de “bestia o animal fantástico” para poder registrarlo dentro de un catálogo literario al cual se puede acceder las veces que se quiera bajo una interpretación diferente cada día. Bestiario fue de las primeras aportaciones de Cortázar a la literatura a mediados del siglo XX y desde entonces las mencionadas interpretaciones han surgido bajo muchos presupuestos subjetivos. Ese bestiario resulta ser la colección privada de interpretaciones/animales fantásticos/conejitos que cada uno de los lectores resguardamos al final de la literatura en general de Cortázar que muchas veces echamos a pelear con otras interpretaciones de otros lectores similares para ver cuál resulta ser más fantástica, única y trascendente.

Cada quien tiene su animal/conejito favorito y predilecto que alimenta contantemente con los mejores tréboles de su cosecha. A veces también cabe la posibilidad que seamos víctimas de la locura del protagonista del cuento de la carta, y en vez de estar mirando hermosos conejitos y estemos frente a roedores repulsivos que una vez hartos de carcomernos las entrañas salen y comienzan a devorar nuestros apartamentos.

Por medio de preguntas podemos acercarnos a Cortázar cuanto queramos, pero él no tendrá más respuestas que nosotros sino más bien interpretaciones de nuestras preguntas. Lo mismo que nosotros ante sus historias. Puras interpretaciones fantásticas que no hacen más que velar aún más las verdaderas intenciones del autor. Esa es la magia que rompe lo cotidiano en Cortázar. Nos obliga a crear mundos fantásticos en donde no había más que una trama sencilla. Hicimos de lo cotidiano algo mágico. Nos ha hecho vomitar conejitos cuando debimos expulsar algo meramente biológico. De algo insignificante creamos una hermosa quimérica simbólica de significados importantes y personales para cada uno de nosotros que “leemos” los mundos de Cortázar. El combate ha terminado. ¿Y quién es el ganador?

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Javier Moro I Poeta de inasibles rebeldías

Conocí al poeta Javier Moro Hernández cuando ambos éramos párvulos estudiantes de la Universidad Autónoma Metropolitana, en Xochimilco, y al igual que varios aspirantes a escritores, emprendíamos inocente proyectos como el tener una revistita literaria o atrevernos a publicar nuestros primeros cuentos o poemas en algún distraído periódico de circulación nacional. O bien nos hallábamos siguiendo casi secretamente por los pasillos de la universidad a las “vacas sagradas” Héctor Manjarrez, René Avilés Fabila o Andrés de Luna, a ver si podíamos intercambiar tres ideas con ellos. Sin embargo,  Javier se distinguía del resto del rebaño porque entonces él ya no jugaba a ser el escritor-editor,  él ya era el escritor-editor y por ello no pocas veces se ganaba nuestras miradas turbias cuando irrumpía en las borracheras que organizábamos en algún departamento o cuartucho a los alrededores de la universidad. El joven Javier, de cabello crespo a la Aquileo, sonrisa franca, facha beatnik y el flow verborréico que enarbolan odiosamente los poetas, sobre todo cuando la hermosura de las mujeres está presente. Y decíamos:

  • Chin, ya llegó Moro. Ninguna nos va a hacer caso.
  • Pues es que además desde que trabaja para Herralde…
  • ¿Herralde, Herralde…el de…?
  • …sí, el de Anagrama.

El chisme se hacía leyenda. Cierta magia ha envuelto desde entonces la vida de Moro. A sus tiernos veinte años ya trabajaba para la icónica editorial Anagrama. Lo peor del caso es que, al platicar con él, indiscutiblemente te caía bien. Y entonces entendías la chispa de aquel muchacho, nacido en Colombia en 1976, aunque también mexicano por antonomasia; entendías que el asunto no era suerte, sino talento, tesón, trabajo y obsesión por el verso perfecto en su rebeldía. Viajero, aventurero, poeta, periodista, caminante incansable, resultó natural que pronto se alejara de terruños, grupos, personas y bohemias. Por años le perdí la pista, hasta que coincidimos en casa de Nahum Torres, director de Ediciones Periféricas, a raíz de la publicación de su poemario Generación perdida (Ediciones periféricas, 2021). Ya no somos párvulos, pero en las conversaciones rejuvenecemos y nos iluminamos, como pasa siempre con dos amigos que se reencuentran una y otra vez. La poesía de Moro es, como sucede con los rebeldes, casi inasible, pero algo de ella se ha podido imprimir. Además del citado libro, también ha publicado Mareas (Abismos 2013),  Selva Baja (Proyecto literal, 2018) y la novela Cocaína (Camelot América, México, 2018), aunque su trabajo se ha publicado en diversidad de antologías y revistas. Asimismo, es notable su trabajo como periodista cultural y entrevistador y en puertas viene un proyecto operístico. 

  • ¿Querido Javier, cómo fue tu transición de Colombia a México?
  • Llegué a la Cd. de México muy pequeño, muy niño, con cinco años. Llegué a vivir entre la colonia Peralvillo y Tlatelolco, que son los rumbos de infancia de mi padre. Una zona cercana al centro, que comparte y tiene una relación empática, cercana a Tepito. Una zona brava de la mega urbe, desordenada, gris, caótica, ruidosa de la urbe, que en los años setenta empezaba a desfondarse. Creo que llegué cuando la ciudad dejaba de ser la urbe semirrural de los cincuenta, sesentas para convertirse en la ciudad monstruo gobernada con mano corrupta por tipos como Durazo. Una ciudad con tragafuegos en las esquinas, una ciudad que era la escenografía perfecta de películas como Lagunilla mi barrio (barrio al que efectivamente iba desde muy pequeño, pegado a las faldas de mi madre, que ahora pienso estaba tan perdida y desorientada como yo) o de Los Panchitos. Llegué a una ciudad caótica, los últimos meses del gobierno de López Portillo. Creo que era el final de una época. Nací en Colombia, hijo de una madre que fue la primera universitaria en una familia de campesinos, sembradores de café en el Departamento (Estado) de Cundinamarca. Una zona de un verde lujurioso, como dirían algunos novelistas. Una zona con lluvias torrenciales, que alebrestan la humedad. Una zona con pequeñas pozas que se formaban en el verano. Una zona alejada del tumulto y del caos que era la Bogotá de mis recuerdos en esa época. Una zona de cielos azules profundos. El cambio fue brutal. Total. Supongo que ese fue uno de mis primeros quiebres, una de mis primeras fracturas.
  • ¿Qué densidad tiene Colombia en tu vida?
  • Por azares de la vida, dejé de viajar a Colombia a los nueve años. Seguía algunas noticias por televisión: La toma del Palacio de Justicia, los asesinatos de políticos, las tomas guerrilleras de las FARC, Pablo Escobar. Pero cada vez me alejaba más. Excepto cuando jugaba la selección de Colombia, del Pibe Valderrama, Rincón, Andrés Escobar. Muchos años después, a los veintinueve años, pude viajar, de regreso, impulsado por mi madre. Y ahí me cayó todo el peso de la nostalgia, de la tristeza, de las dudas. De ese azar que me cambió la vida, sin duda, pero que me dejó también la duda de quién podría haber sido yo si me hubiera quedado allá. A veces creo que en Colombia hay otro Javier, que tiene otra vida y otro nombre, que no es poeta, ni sufre como poeta. Tal vez algún día me lo encuentre en algún aeropuerto y lo reconozca. Pero sin duda, puedo decirte que allá están mis raíces y mis cimientos. El Javier que vive en México ama este país, y lo sufre, y lo reconoce como propio. Pero también me gusta pensar que hay que fluir, que el sentimiento de ser latinoamericano me viene dado por una suerte de azar que me permite conocer dos países, ser de dos países, amar a dos países, sufrir dos países.
  • ¿Qué densidad tiene México en tu vida?
  • Llegué a vivir a México muy pequeño. Empecé a recorrer el país muy pequeño, gracias al trabajo de mi padre. Conocí lugares, ciudades que siguen siendo muy importantes para mí, como Oaxaca, Taxco, Cuernavaca. Conocí pronto, gracias a que me gustaba jugar fútbol, la Ciudad de México, sus barrios, sus colonias, sus canchas. Desde pequeño me hice vago, o flâneur. Desde muy joven aprendí a amar esta ciudad, que nunca me ha dejado de sorprender, maravillar, asustar. Porque creo que nunca hay que perderle el miedo a esta ciudad, nunca hay que perderle el respeto a esta ciudad. Por supuesto, también gracias al trabajo de mi padre como guía de turistas, pude conocer el imponente pasado indígena y colonial. También, desde muy pequeño me hice un vicioso de la letra impresa. Leer fue, es, esencial para mí. Me gusta mucho leer historia, me gusta mucho poder conocer las diferentes historias regionales de este país que en muchos sentidos es muchos países a la vez. Me parece que conocer la historia nos permite conocer, entender mucho del presente que somos. Así que México también es parte esencial de mi ser. Pero aquí te contaré que después de ese viaje a Colombia que realicé a mis veintinueve años y que me reconcilió y me afianzó con mi pasado colombiano, regresé a México cuando el país iniciaba una mal llamada “guerra contra el narco”. Un error histórico. Y me asusté al ver las similitudes y los paralelismos de una política de represión que bañó al país de sangre. De ahí surge una línea de trabajo que he venido desarrollado a lo largo de estos años y que se vio cristalizado en el libro de Generación Perdida. Han sido años de mucho dolor en México que creo que desde la literatura había que intentar contar, narrar, cantar.
  • Aprovechando que ya la mencionaste, háblanos de tu reciente Generación perdida.
  • Generación Perdida es el resultado del miedo que sentí cuando regresé de la Colombia gobernada por Álvaro Uribe, en donde las autoridades, que deben ser los primeros en respetar la legalidad, cometían actos de desaparición forzada, como los llamados “falsos positivos” y la guerrilla, que decía combatir la crueldad de la oligarquía, se asociaba con el narco y secuestraba a mansalva. Cuando regreso a México, Felipe Calderón, que llegó a la Presidencia como todos sabemos, cuestionado por el fraude electoral del 2006, sacó el ejército a las calles para combatir al narco. Esa decisión me pareció desacertada y peligrosa. Conocemos el resultado, por desgracia. Así que desde hace varios años empecé a trabajar una serie de poesías que hablarán sobre el dolor de las víctimas, la tristeza, la violencia, las violaciones a los Derechos Humanos, la ignominia y el cinismo de las autoridades competentes. Fue un trabajo que se desarrolló durante varios años. Porque también me interesaba hacer un poemario que sirviera para hablar justo del paralelismo de la historia de México y de Colombia. Hay poemas, como Yermo, por ejemplo, que hablan del tema de desplazamiento forzado en Colombia, que escribí y trabajé después de leer sobre una comunidad de habitantes de un barrio de Ciudad Bolívar, una localidad de Bogotá. Estas personas llegaron desplazadas hasta esta zona alta, del páramo de Bogotá, en donde sopla un viento helado de los Andes. (Bogotá está a 3700 metros sobre el nivel del mar, el viento es helado y cala los huesos). Pero hasta esta comunidad precaria han llegado nuevos grupos de paramilitares a cobrarles cuota y a amenazarlos. Una de las frases que leí era justo ¿Y ahora para donde me voy? Si ya lo perdí todo. De ahí surge este poema. Pero este es un caso que podemos encontrar en Sinaloa o en Guerrero, con comunidades desplazadas por la violencia. Pero también hay poemas como Campos de Sorgo que abordan el tema de la violencia en el municipio de San Fernando, en donde asesinaron a los 72 migrantes. Es decir, quería abordar casos de violencia que sucedieron en diferentes partes del continente, para hacer un abanico de las violencias que nos cruzan. Por supuesto, no son todas, ni mucho menos. Por otro lado, había publicado el poema de Los Hipopótamos de Pablo Escobar en formato plaquette hace unos años, y el editor de Ediciones Periféricas consideró, con su buen ojo, que podría ser el poema que cerrara el libro, ya que es un poema irónico que nos muestra desde una perspectiva de los animales, esta violencia que nuestro continente sufre y sigue sufriendo.
  • ¿Has sentido vivir la diáspora?
  • Vivo con una nostalgia permanente, vivo con una sensación de división permanente. Una nostalgia que me asalta de vez en cuando por una Bogotá en la que viví poco y en la que no me siento del todo integrado cuando estoy allá. Alguien muy especial me dijo alguna vez que vivo con la nostalgia de lo que fui y de lo que pude ser. Sin embargo, creo que una de las venas que recorre mi vida y mi trabajo es el cuestionarlo todo, empezando por mí. Y en ese sentido, me he preguntado mucho qué significa tener una nacionalidad específica, y la historia nos enseña que en muchas ocasiones las nacionalidades han sido una construcción impuesta por una élite en un momento determinado. Y en ocasiones, me doy cuenta de que formo parte de una tradición de escritores colombianos, entre los que se encuentran Porfirio Barba Jacob, Fernando Vallejo que reniegan un tanto cuanto de su nacionalidad. Claro, a mí Colombia no me expulsó, sólo no me acoge del todo. Pero esa sensación también puede hacerse extensiva a México. Tal vez sea porque nunca estoy del todo en un solo lugar. Hace muchos años, una amiga de la universidad me dijo que le parecía fantasmal. Que aparecía y desaparecía. Creo que esa es una de mis esencias. No estar del todo nunca en un solo lugar. 
  • ¿Cuál es tu perspectiva de la literatura colombiana contemporánea?
  • La literatura colombiana está viviendo un momento muy interesante, pues vemos la consolidación de varias autoras, como Pilar Quintana, por ejemplo, reciente ganadora del Premio Alfaguara. O Piedad Bonett, que es una excelente poeta pero que también ya incursionó en la novela. Por supuesto, sabemos que los grandes premios y las grandes empresas no necesariamente nos hablan de la salud de una literatura como tal, pero creo que es un buen referente. Sin duda, el tema de la violencia pasada y presente también está muy presente. El tema de la soledad, la incomunicación, la incapacidad para entender y asimilarnos a una realidad sumamente violenta e intolerante. Colombia se está moviendo, desde mi perspectiva, a una sociedad más abierta al mundo, y eso nos les permite pretender formas menos violentas de convivencia. Pero lo cierto es que la historia reciente (60 años de guerra civil, con diferentes manifestaciones de paramilitarismo, guerrillas, bacrim, narcos puros, etcétera) marcan tanto la convivencia como a la misma literatura. Por otro lado, Colombia fue y sigue siendo un país de poetas. Por suerte, eso no ha cambiado. Se sigue escribiendo y publicando una poesía de enorme calidad. También existe una enorme cantidad de revistas y han surgido, poco a poco, editoriales independientes, que le dan vuelo a la producción literaria colombiana. Una de las cosas que lamento es no poder estar tan en contacto con la producción independiente colombiana.
  • Tú que tanto has participado con ellas ¿qué papel juegan las editoriales independientes en la literatura contemporánea latinoamericana?
  • La literatura latinoamericana es un océano amplio y profundo. Y en ese ecosistema las editoriales independientes son un eslabón necesario, indispensable para publicar, pero también (y esto es algo que me parece esencial recalcar) para dialogar con diferentes tradiciones literarias. América Latina fue durante las décadas de los años cincuenta, sesenta y setenta del siglo pasado (otra vez la historia) un epicentro del libro. Los autores se escribían entre ellos, se compartían sus libros, los periódicos publicaban columnas de autores que residían en las diferentes capitales del continente. Había un diálogo intenso. Basta recordar que Cien años de Soledad se escribió en la Ciudad de México y se publicó en Buenos Aires, para darnos una idea de la cantidad de ideas, versos, párrafos que viajaban por los servicios postales del continente. Eso cambió a partir de la década de los años ochenta, cuando Barcelona se convirtió en el epicentro del libro latinoamericano. Los ojos de los lectores se fueron hacia el mediterráneo y las crisis económicas de los países latinoamericanos provocaron el cierre o la compra de varias editoriales míticas. Algunas, pocas, sobrevivieron. Pero poco a poco surgieron nuevos proyectos editoriales, tal vez más modestos, pero con una visión independiente, contestataria, radical, que se agradece. Las editoriales cartoneras son un gran ejemplo. Pero no son las únicas. En los últimos diez, quince años, el número de editoriales independientes en Ecuador, Chile, Perú, Colombia, Argentina (que me parece que es un país que se cocina aparte) han crecido de manera exponencial. Estas editoriales han revitalizado el diálogo entre autores y tradiciones literarias. Han revitalizado el intercambio entre las diferentes voces. Creo que en el ecosistema latinoamericano las editoriales independientes son la savia que lo nutre.
  • ¿Está devorando España al ámbito editorial, y por ende literario, de Latinoamérica?
  • Por desgracia para el gran mercado, sí. Muchos lectores, y eso seguramente los amigos editores lo podrán decir mejor que yo, se quedan en la gran superficie de las editoriales españolas o de los dos grandes grupos editoriales. Claro, la lectura es una disciplina y una práctica. Pero requiere tiempo y disciplina (y dinero y en muchas ocasiones, consejos) para llegar a bucear en otras áreas, en otras playas, en otros niveles. Ahí, por desgracia, la labor de los medios de comunicación juega un papel esencial. Pero desde hace muchos años, la relación entre grandes editoriales y medios es simbiótico. Hay que buscar en otros lugares para encontrar coordenadas. Esto a veces no es sencillo. Pero sí, creo que Barcelona y Madrid, son ahora los centros de la literatura de América latina y en muchos sentidos, el diálogo y la circulación pasa por ellos. Lo cuál es muy triste y eso es algo que debería cambiar, sobre todo tomando en cuenta los cambios en las formas y vías de comunicación que ahora tenemos, como por ejemplo, las redes sociales y el Internet, que deberían ser vehículos para que los autores y los lectores latinoamericanos nos pudiéramos conectar y compartir información, libros, ideas.
  • ¿Qué significa para ti la entrevista como género?
  • Para mí la entrevista me permite entrar de lleno a la labor de los artesanos de la palabra, significa poder conocer a profundidad la labor del artista, del escritor. Me ha permitido dialogar sobre sus motivaciones, sus obsesiones, sus temas, pero al mismo tiempo, sobre la fineza del trabajo del escritor. Soy muy curioso, desde pequeño, eso ayuda, pero también te puedo confesar que aluna vez entrevistando a Laura Restrepo me dijo es “que tú eres escritor, tus preguntas son de escritor.” Intento aprender, todo el tiempo. Otra amiga que respeto mucho también me dio un consejo que consideró esencial para la labor de periodista, porque me dijo que el entrevistador debe ponerse en el papel de los lectores, de las personas que no sabemos mucho del oficio. El entrevistador juega el papel del curioso, del que quiere aprender, del que desconoce el oficio de la escritura. La entrevista es uno de los géneros que más disfrutó porque conlleva dos cosas esenciales en mi vida: la lectura y la conversación.
  • ¿Qué densidad tiene en ti la narcocultura?
  • La narco cultura es un fenómeno que creo que hay que ver, observar, entender. Es un fenómeno complejo y difícil de asir, que depende mucho de orgullos regionales, de visiones, de formas de comprender el mundo, de las mismas historias complejas de las zonas en donde se ha desarrollado primordialmente este negocio. Que son históricamente regiones olvidadas o alejados por el Estado. No creo que mi poesía entre dentro de lo que se podría considerar “narco cultura” pero sí creo que aborda el tema de la violencia generada por el narcotráfico. Buscó que mi poesía sirva como documento histórico, como una visión del dolor, más que como una apología y creo que está ahí la diferencia. Recientemente estuve en Sinaloa un par de veces, y pude constatar la presencia ineludible del narcotráfico en la vida cotidiana de Culiacán y de Mazatlán. No es algo agradable, debo decir, pero es algo que está ahí, que no puede ser ignorado. Y que hay que entender, porque sin duda, apela a algo que las personas piensan y sienten. Pero no, sin duda, la “narco cultura” no es algo que tenga tanta presencia en mi obra.
  • ¿Cuál es tu perspectiva de la literatura mexicana contemporánea?
  • La literatura mexicana está viva y es sumamente diversa. Eso me parece muy alentador. Es un campo cultural complejo, que se desarrolla en varias capas, en varios niveles, con diferencias regionales, culturales, que la hace sumamente interesante. Por mi lado poético te puedo decir que, desde hace unos años, he logrado observar que se viene desarrollando una actividad poética independiente muy rica y compleja, como son los campos del Slam Poetry, la Poesía transdisciplinaria, en donde participan una serie de poetas como Karloz Atl, Cynthia Franco, Rojo Córdova, y un largo etcétera que me parece injusto no mencionar. Una literatura que además también pasa por una amplia gama de editoriales independientes, en donde debo mencionar a mi editorial, Ediciones Periféricas, como un ejemplo de trabajo serio, constante, para dar cabida a nuevas voces literarias, que van ampliando el campo literario. La literatura mexicana es, además, una literatura que se enriquece con las voces de los escritores de lenguas originarias, que recuperan y actualizan su cosmovisión. Me declaró aquí fan de poetas como Mardonio Carballo, Irma Pineda, y el largo etcétera de poetas de lenguas originarias que se van abriendo camino. Pero también la literatura mexicana se enriquece por la cantidad de proyectos independientes, que luchan todos los días: festivales, encuentros, revistas, fanzines, que nos dan cuenta de una diversidad enorme. Y por supuesto, tenemos a la literatura llamada mainstream, que también es una literatura muy valiosa, muy diversa, rica, que aborda cada vez más lo temas de la violencia de género, la violencia del narcotráfico, entre otros muchos temas contemporáneos, que nos dan cuenta de una sociedad también diversa, compleja. En fin, creo que la literatura mexicana continúa viva y sana.
  • Viene un proyecto operístico en puerta, querido Moro. ¿Puedes hacernos un proemio, digamos, una obertura, al respecto?
  • No puedo hablar mucho del tema por contrato y por cábala. (Recuerda que jugué fútbol muchos años.) Solo puedo adelantarte que desde hace un tiempo un amigo compositor de música de cámara ha estado trabajando con los poemas de mi libro Generación Perdida. Y eso para mí es una hermosa y grata sorpresa. Espero que en breve pueda tener más noticias. Seguro serás el primero en saberlo, querido amigo.
  • ¿Cómo eso de que fuiste (eres) futbolista y en qué momento el poeta ganó el partido?
  • Desde pequeño disfruté el juego, y tuve la suerte de que en la primaria salesiana en donde estudié, el deporte era más importante que el estudio. Jugar fútbol me permitió viajar y conocer algunas ciudades del país a los doce años. De ahí, un compañero y amigo, me invitó a jugar en las fuerzas básicas de un equipo odiado por todos. Jugué ahí, entrenaba de martes a viernes y jugaba sábado o domingo. Pero mis padres no me podían acompañar todos los días a entrenar. Mi madre pasaba por mí, llevaba la comida y el uniforme en el Datsun que manejaba y me dejaba en el metro Hidalgo. De ahí tomaba el metro hasta General Anaya y de ahí una pesera hasta Coapa para entrenarme. Esa fue mi rutina hasta los 17 años. De hecho, conocía la zona sur de la ciudad mucho antes de que entrara a la UAM. Una más de las hermosas coincidencias de la vida. Pero digamos, que viajar todos los días desde muy pequeño en metro, hizo que me enamorará más de esta ciudad loca en la que vivo. Y además me permitía leer. Desde muy pequeño he leído y he amado caminar, viajar, perderme en la ciudad. Guillermo Fadanelli lo dice mejor que yo en un ensayo que me marcó, en el que menciona que perderse en la ciudad es perderse un poco uno mismo. Y sin duda, mi carácter soñador se nutrió de esos viajes por el trasporte público de la CdMx. Y de ahí surgió y nació el poeta también. Dejé el fútbol, que aunque me encantaba, ya no me satisfacía del todo. Fue una decisión penosa, sobre todo para mi padre, que no veía futuro en las letras (ahora lo entiende y me roba libros), y fue cuando decidí que tenía que entrar a estudiar algo que me ayudara a escribir. Trato de ir al estadio, aunque ya no le voy al equipo que todos odian sino al equipo universitario que juega en el estadio más bello de la ciudad, que es el Olímpico universitario.
  • ¿Ha valido la pena la rebeldía, Moro?
  • La rebeldía siempre vale la pena. El mundo avanza gracias a la rebeldía. Y si no, que le pregunten a Eva y a los Ophitas.
  • ¿Cuál es tu perspectiva de la literatura latinoamericana contemporánea?
  • Creo que, al igual que la literatura mexicana, la literatura que se realiza en diferentes partes de nuestro subcontinente es una literatura muy diversa y compleja, que continúa enfrascada en sus propias luchas y disputas en contra de sus propias tradiciones. La literatura argentina es brutal, diversa. La literatura chilena está enfrascada ahora en la generación de grandes narradores, mientras sigue generando enormes poetas. La literatura peruana está en un momento similar, ya que es un país de enormes y talentosos poetas, pero también están creciendo narradores que nos cuentan de la terrible desigualdad histórica de su país y tratan de abordar la violencia generada en el siglo pasado por Sendero Luminoso y por la dictadura de Fujimori. Ecuador tiene enormes cuentistas; Colombia tiene ahora enormes narradores y una tradición poética profunda. De Venezuela conozco poco, lo mismo que de Bolivia, pero hay una tradición intensa en los dos países. Y Centroamérica y el Caribe son dos regiones que sorprenden por la diversidad de voces, tanto narrativas como poéticas que surgen y que podemos conocer. Cuba sigue siendo impresionante. Amó el Caribe y creo que de esa mezcla afro- indígena-española- occidental, surgen unas obras impresionantes.
  • ¿Sirven las becas y los premios en la vida de un escritor?
  • Sirven. Yo nunca he pedido una. He desarrollado mi carrera por fuera de las becas y los apoyos. Es difícil, sí, pero también creo que el Estado tiene una obligación por apoyar la creación artística. Así que, por supuesto, que creo que el sistema cultural mexicano debe existir, debe fortalecerse, debe cambiar algunas prácticas patrimonialistas (como muchas instituciones en el país), debe volverse más diverso, pero también debe ser manejado por fuera de ideologías.
  • ¿Qué significo para ti tan joven trabajar con Herralde y su Anagrama?
  • Muchísimo. Aunque debo aclarar que a Herralde lo conocí años después de que yo salí de trabajar en Colofón, que era la distribuidora de Anagrama en México en esos años. Y lo conocí en el Bombay, adonde lo llevaron Guillermo Fadanelli y Carlos Martínez Rentería, para un homenaje de la contracultura mexicana en pleno. Es un caballero, es un señor que conoce y ama la literatura, pero que también ama las ideas, ama entender los cambios culturales que sufre el mundo. Por supuesto que conocía Anagrama antes de entrar a Colofón. Es una editorial que marcó mis gustos, mis ideas, mis apetencias literarias. No sé qué sería de mí sin los Beatniks, sin John Kennedy Toole, pero también sin Nabokov, sin Michel Houellebecq. La segunda vez que vi a Herralde fue en el recital de poesía que organizaron los hermanos Arreola con el autor francés en Casa del Lago. Se acordó de mí. Herralde tiene una memoria impresionante. Es un editor que transformó el mundo editorial, y Anagrama es una editorial puntual. Trabajar ahí, unos pocos meses, debo contarte, además, me permitió conocer a autores mexicanos como Rentería, Fadanelli, Rogelio Villarreal. Es decir, a la crema y nata de la contracultura mexicana. Autores igualmente rebeldes y crudos, que abrieron para mí, joven universitario, que quería escribir pero que no conocía nada del mundo literario real contemporáneo, toda una serie de posibilidades, de opciones de vida, que, de algunas, muchas maneras, sigo profesando.
  • ¿Soplan de verdad Vientos del pueblo o vivimos puros baños de pueblo? O bien ¿qué papel ha desempeñado el Estado como editor?
  • Creo que el Estado tiene una obligación como promotor de la cultura, de la literatura, de las artes. Creo que el Estado mexicano ha cumplido hasta cierto punto con esta labor. Lo cumplió durante la segunda mitad del siglo XX con una labor editorial poderosa. En algunos momentos tratando de controlar ideológicamente la producción literaria (la salida de Orfila del FCE por la publicación de Los Hijos de Sánchez, es un ejemplo). En otros momentos apoyando a alguna capilla cultural sobre otras. Pero sin duda, el papel que jugó el Estado en la producción cultural fue esencial para que nuestro país fuera un epicentro.  Por supuesto, esto cambio desde finales del siglo XX (la era neoliberal, dirían por ahí) y el Estado se ha ido replegando, dejando en manos privadas la producción editorial y cultural. El problema, creo, es que mientras el Estado apoyaba la producción no apoyaba la creación de públicos lectores y consumidores. O por lo menos, no lo hacía de una manera tan entusiasta. Por lo tanto, las editoriales, los escritores, los poetas, nos enfrentamos a un escenario, en donde se produce, se edita, se publica mucho, pero no se consume con igual intensidad. Aún así, México es un país importante para la cadena de distribución y producción del libro de grandes empresas. Por algo será. Pero creo que el punto esencial de tu pregunta es, como dije anteriormente, que estos apoyos culturales deberán hacerse desde una visión despojada de ideologías. Es decir, que se apoyará a partir de la calidad de la obra y no por el apoyo a determinado proyecto político. Por supuesto, esto sería lo “ideal.”
  • ¿Qué pregunta le haría el Moro periodista al Moro poeta y qué respondería este último?
  • Me preguntaría sobre el valor del arte, de la literatura, en un momento tan crítico para el país y para el mundo. Y mi respuesta como poeta sería que, sin duda, la poesía no vale, no le importa a nadie, pero el gozo estético, el placer estético, no tiene un valor monetario y por eso son más importantes aún. Porque lo que vale en la vida no pesa, no se vende, se goza, se disfruta. Y eso, sigue siendo rebelde.
  • ¿Quiénes son los salvajes de ciudad Aka?
  • Los Salvajes de Ciudad Aka fue/es un colectivo de poesía multimedia, que se encuentra en estado letárgico, aunque a veces aparece, de acuerdo con nuestros deseos de golpear a las audiencias con poesía. Es un colectivo que conformamos el poeta y artista visual Carlos Ramírez Aka Kobra (uamero, como debe de ser) y un servidor. Empezamos a trabajar junto a otros colectivos de poesía hacia el año 2010, más o menos. Publicamos una plaquete que tiene el nombre del colectivo y otra en formato virtual y que lleva por título “Una palabra con nombre bala”. De muchas maneras, mi libro Generación Perdida es deudor de mi trabajo en el colectivo. Carlos es de Neza/Chimalhuacán y cruzaba la ciudad para llegar a la UAM – Xochimilco, algo que yo también hice cuando estudiaba, porque yo vivía en la Peralvillo. ¿Qué era lo que nos unía? Las enormes distancias de esta CdMx loca y enloquecedora, en donde se podía vivir la violencia o lo surrealista a la vuelta de la esquina. Platicamos mucho, fuimos compañeros de departamentos durante un tiempo en el mismo edificio en donde vivieron William Burroughs y Jack Kerouac en la Colonia Roma (casualidades hermosas de la vida) y plateamos que los temas que nos cruzaban eran esos: la violencia, la ciudad, el surrealismo, la vida en los barrios de la ciudad. Así surgió el colectivo, y trabajábamos los poemas para que fueran leídos en vivo acompañados con música electrónica y hip hop y vídeos. Durante un tiempo giramos por la ciudad y el Estado de México, acompañados por el Dj Tenoch40. Estuvimos en Morelos también. Varios años nos dedicamos a organizar eventos de poesía multimedia. Fue muy divertido y aleccionador. Sin un solo recurso, sin un solo peso, completamente autogestivo. Fue nuestra propia escena punk.
  • Por último, querido Moro, ¿qué sería de todos nosotros si fuéramos los hipopótamos de Escobar?
  • Me gusta pensar en los hipopótamos como seres libres, que no se doblan ante el poder, que les gusta viajar, que viven alejados de los seres humanos. Animales de piel gruesa, pero corazón débil, de apariencia tierna, pero en el fondo salvajes y violentos.
El poeta Javier Moro, los editores María Amor (Librosampleados) y Nahum Torres (Ediciones Periféricas), una invitada y el titular de esta columna, en alguna cantina canaimera
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Ecos de un caballito del diablo

Aída Chacón| Crónica de un recuerdo| Crónica

He salido a correr cada mañana desde hace un par de semanas. Los obstáculos más difíciles de vencer han sido la pereza y el frío. Salir de las cobijas y enfrentarme al ambiente helado de la casa, del bosque que me rodea ha sido un reto enorme. Espero a que salga un poco el sol, preparo una rebanada de pan tostado con un poco de crema de cacahuate. Como frente a la ventana del quinto piso y observo el movimiento de las ramas de los árboles, los rayos de sol. Después de esos minutos de contemplación ajusto mi gorra y salgo.

Bajo las escaleras corriendo, saltando de dos en dos escalones. Me alegra el reto diario, la recompensa íntima de saber que lo he logrado. Algunas veces llevo conmigo unos audífonos y escucho algunas canciones que me permiten ir más rápido. Otras veces solo voy en silencio y observando los sitios por los que paso. En ocasiones pienso que podría guardar silencio el resto de mi vida. Una vez me mudé cerca del mar y permanecí callada, sin hablar con nadie, durante tres semanas. Me gusta creer que así es el comienzo del silencio perpetuo.

Continúo mi camino con una ruta diseñada en mi mente. No busco los caminos de la memoria; en esta región nada es conocido, lo descubro a diario con estas carreras matutinas. Diseño el plan sin pensar en el kilometraje ni la ruta. Solo tengo en la cabeza que quiero llegar al bosque. Durante el trayecto debo atravesar avenidas, mercados, paraderos de camión. En las ciudades como esta, los pocos bosques sobreviven acorralados por la urbanización, el bullicio y la gente. Así que me abro camino por las diferentes aceras que debo transitar. Me guío por la señalización de los autos. Sigo cada flecha que me permita llegar.

Además del trayecto imagino lo que piensan los demás transeúntes sobre la mujer que pasa corriendo cerca de ellos. Me pregunto si mirarán algo de mí, si en su cabeza se formularán teorías sobre la razón de mi andar por las calles. Usualmente no utilizo las mismas rutas, regreso a casa por otros caminos. Siempre pienso que si alguien me ve pasar, quizá en su recuerdo se quede la idea de que mi camino continúa, sigue cada minuto del día. En su memoria quiero ser la que no retorna, la que corre siempre hacia un lugar desconocido. O tal vez nadie me note, ni se pregunten quién soy. Después de todo, he pasado muchos años construyendo mi anonimato. Incluso a veces me siento orgullosa de mi hermetismo, de que nadie me conozca. En un recuento podría asegurar que apenas soy unos cuantos fragmentos de alguien que ya no recuerdo. Cada versión de mí que interactúa con otros es una parte, pero no es la estampa completa. Esa la guardo para el silencio, para cuando no hay testigos. Constantemente me pregunto quién era antes de este anonimato, quién fui antes del estallido, de la implosión.

Sigo corriendo, ahora siento el ardor en los muslos, en las pantorrillas. Dejo de sentir el aire helado que me rozaba las mejillas. Noto el sudor recorriendo por la espalda desde la nuca hasta la cintura. Sonrío para mí. Comienzo a ver más letreros que anuncian mi inminente llegada al bosque. Me apresuro. Quiero entrar lo más pronto posible. El bosque tiene una entraba de piedra, un arco de bienvenida. Di un paso para mirar la vista completa y de pronto me vi ahí. Reconocí el sitio en lo más lejano de la memoria. Yo estuve en ese lugar un día hace muchos años; seguramente décadas atrás. Mientras dirigía mis pasos hacia adentro me recordé de niña y sobre un caballo. Estaban también mis padres. No habrán tenido más de veintidós años. Cada paso parecía aterrizar sobre un espejismo de un pasado que no sabía que existía. Luego de aquello recordé el camino entero sobre el que corrí. Sigo preguntándome quién era yo antes de ahora. ¿Cómo andar sobre un camino que se ha olvidado?

Seguí corriendo hasta perderme de la gente que se aglomeraba en las atracciones de la entrada. Disfruté del aire y el olor a pino. Seguí los senderos, hice algunos nuevos. En una de aquellas vueltas reconocí otro recuerdo. Esta vez no fue del sitio, sino de un aroma. A lo lejos, como perdido entre lo más profundo del bosque había un anafre. El olor lejano a carbón me trajo a la memoria la casa de mi abuela. Recordé su risa, nuestra última conversación. Mi certeza, al despedirme aquella vez, de que sería nuestro último encuentro, nuestro último abrazo. Después de siete kilómetros más decidí regresar a casa.

Llegué con más silencios a cuestas, con el llanto contenido. Un llanto desconocido, sin sentido, quizá provocado por esa vida que ya no existe, por aquella que ya no soy. Un llanto que solamente puede llorarse bajo la regadera para evitar el sobresalto. Después de la ducha llamaré a mi madre. Le preguntaré si hace más de treinta años estuvimos ahí. Si era yo esa niña, si era ella aquella joven. Si algo queda de aquellas nosotras que fuimos antes.

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Narrativa

Premios Nacionales Aquileo J. Echeverría 2021.

Diego Mora es Premio Nacional de Poesía.

Por un poemario auténtico en el que la primera carta de presentación es la limpieza excepcional de la expresión, que dibuja y desdibuja la ciudad entre nosotros, que esculpe y graba, que va más allá de los opuestos de la mente, y donde la claridad de cada imagen se vuelve un lago profundo e insondable, se otorga el Premio Nacional Aquileo J. Echeverría en Poesía a Diego Mora por la obra “Brea”.

Diseño: C3M 2021.

Paúl Benavides es Premio Nacional de Novela.

Por su expresión clara, fluida y que incluye un lenguaje retórico y satírico, un discurso que puede emular la diatriba clásica; y al mismo tiempo, que logra crear tensión, fusionando características de la novela policíaca, la novela negra y, la llamada novela de la anomia, participando en una tendencia actual de la literatura latinoamericana, se otorga el Premio Nacional Aquileo J. Echeverría en la categoría de Novela a Paul Benavides, por su obra “Los papeles de Chantall”.

Ana Lucía Fonseca es Premio Nacional de Cuento.

Por el trabajo extraordinario en la reescritura del relato bíblico, la elección y re-construcción de los personajes y la síntesis del drama humano existencial, se concede el Premio Nacional en la categoría de Cuento a Ana Lucía Fonseca por el libro “Memorias de la luna oscura”.

Manuel Monestel es Premio Nacional de Cuento.

En lo que a ensayo se refiere, se premia una obra que refleja de forma ensayística innovadora, por la calidad del uso expresivo de diferentes recursos, particularmente el manejo del lenguaje discursivo, que ofrece una ventana a diversos temas presentados, como la sociología de la música, su aporte al recorrido histórico y de vida a través de una escritura auto etnográfica excepcional, se concede el Premio Nacional Aquileo J. Echeverría en la categoría de Ensayo a Manuel Monestel Ramírez con la obra “Cantar la vida, vivir el canto”.

Toda la lista de personas ganadoras en el link:

https://mcj.go.cr/sala-de-prensa/noticias/ministerio-de-cultura-y-juventud-anuncio-las-personas-galardonadas-con

*Tomado del blog del Ministerio de Cultura de Costa Rica

Fuente: www.mcj.go.cr 

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Canaimera

Yana Lucila Lema Otavalo I La filigrana de la luz oscura

¿Qué será más dilatado en ésta nuestra canaimera latinoamericana, nuestras profusas, profundas lenguas originarias o el diario desdén que hacemos de ellas? Vivimos nuestros mestizajes más como una negación, que como una pluriculturalidad, y lo hacemos mediante una estrategia hasta ahora invencible: el desconocimiento del otro. Mediante este desconocimiento, destinamos a nuestros pares al olvido, a la inexistencia. Ya lo hemos apuntado en otros textos: la tara de Latinoamérica es su profundo afán por la ignorancia. Y aunque en buena parte tienen responsabilidad nuestros irresponsables gobiernos, no podemos descargar en ellos la culpa entera. O bien ¿quién de su propio corazón podrá esconderse? El quechua es una de las lenguas que con mayor luz brillaron en los imperios prehispánicos sudamericanos. Aquel lustre, aunque manchado por la sangre y el oprobio, se mantuvo y se ha mantenido refulgente, y en su contemporaneidad, se alza desde la diversidad de lenguas que emanaron del origen común. En esta diversidad hallamos hoy al kichwa, una de las variantes ecuatorianas del quechua, librando sus propias batallas y haciéndolo mediante sus mejores capitanes: los escritores. Y he aquí que encontramos en la primera línea de fuego, a la periodista, narradora, poeta, videasta y traductora Yana Lucila Lema Otavalo (Peguche, 1974), cuyo sólo nombre en sí parece ya un verso escrito en semánticas fantásticas. La filigrana de su poesía debería considerarse ya fundamental en la literatura mundial contemporánea. Su fuerza, su mística, su magia son innegables más allá de las lenguas y las fronteras de las patrias. Yana ha defendido, desde la creación literaria, el orgullo de ser y escribir en kichwa, y en su búsqueda está alcanzado latitudes creativas que le hacen volar como kuntur divino. Yana actualmente es docente en la Universidad de las Artes del Ecuador. Ha ganado varios premios entre los que destacan el Premio Nacional “Rumiñahui de Oro” de cuento infantil, el de mejor video de Medicina Tradicional en el Festival de Cine y Vídeo de la Primeras Naciones de Abya Yala y recientemente el de “Mujeres del Bicentenario 2020” de Guayaquil. Su obra ha sido antologada y publicada en diversos países, sobre todo en Latinoamérica.

  • ¿Querida Yana, cómo sientes tú que Latinoamérica percibe a sus literaturas en lenguas originarias?
  • Bueno, los que la han podido percibir creo que se asombran, que la valoran de alguna forma; en el mejor de los casos creo que les genera curiosidad para seguir investigando más de nuestras lenguas y culturas, y eso ya es un punto ganado porque nos falta conocernos para respetarnos. Eso los que la conocen, más bien creo que en Latinoamérica hay un gran desconocimiento sobre el tema, desde los estados, las instituciones educativas, la sociedad en general y es grave tomando en cuenta que somos estados plurinacionales y multilingües. Por otro lado,  aún se considera literatura, o literatura de buena calidad a la escrita en lenguas hegemónicas; nuestra literatura es vista como palabra menor, así como se ha cuestionado el valor literario de nuestras lenguas, se cuestiona si lo que nosotros escribimos es literatura. Mientras exista este desconocimiento no podrá haber un diálogo de saberes, de epistemes, de literaturas, por lo tanto no habrán sociedades dignas para todos.
  • Regálanos un panorama de la tradición literaria kichwa.
  • Si hablamos de literatura, es decir de la palabra escrita te diría que esta ha caminado de la mano con las luchas del movimiento indígena ecuatoriano y latinoamericano. Viene de las largas caminatas para decir a los estados que aquí estamos, esto somos y esta es nuestra existencia. La palabra literaria ha acompañado desde los 80 este proceso, inicialmente con breves poemas en castellano, luego aprendimos a escribir el kichwa y la hemos usado.  También se ha recopilado de forma escrita de la tradición oral, se han realizado traducciones de las demandas de los pueblos y nacionalidades, etcétera. En este espacio va floreciendo el mishkishimi o palabra dulce. Entonces en nuestra historia literaria esta mezclada con las consignas por la tierra, la cultura y la lengua. De ahí se ha diversificado paulatinamente tanto en temáticas como en forma, hemos auto abierto espacios para dar a conocer nuestra palabra tanto dentro como fuera de las comunidades. Ahora incluso la podemos encontrar en las comunidades virtuales. Hay poetas de la década de los 80, 90 como Aurora Chinlle, Ariruma Kowi, y muchos otros, pero hoy en día hay por lo menos una decena de poetas kichwas, especialmente mujeres, que están hablando de otros temas, como el de las mujeres, de los liderazgos, del amor, la migración. Creo yo que los que hemos caminado antes hemos abierto un sendero, hay quienes lo siguen y eso es bueno para la literatura kichwa.
  • ¿Cuál sería tu diagnóstico de la literatura kichwa contemporánea?
  • Yo diría que aún es escasa, que no aún no podemos hablar de un movimiento literario kichwa, pero me alegra decir que creo que hay una nueva generación de jóvenes interesados en la palabra escrita, especialmente en la poesía que creo que le da un aliento fresco, le da nuevas perspectivas a la misma; entonces ésta se vivifica, se recrea y tiene las preocupaciones y sueños de cada generación, y eso es bueno. Pero creo que aún falta mucho por hacer como investigar sobre los recursos estilísticos y filosóficos de nuestra lengua para así enriquecer nuestros versos. Creo que la literatura aporta enormemente al uso y dignificación de la lengua, que en todos lados tiene menos hablantes, entonces creo que nuestra nueva palabra seguirá su lucha para terminar con la ausencia nuestra en la historia literaria de Ecuador.
  • ¿Qué opinas del feminismo en la literatura latinoamericana actual?
  • Durante todo el proceso de lucha del movimiento indígena nos aliamos con los movimientos sindicales, ecologistas, feministas, jóvenes, LGBTI, así que hemos estado de cerca con los planteamientos del feminismo latinoamericano, luego ya más aterrizado en la situación de las mujeres latinoamericanas, en su diversidad, no basado solamente en el feminismo del norte. De ahí que creo que la presencia de por ejemplo Sor Juana Inés de la Cruz, en México, como Zoila Ugarte, en el Ecuador, y otras escritoras mujeres que han impugnado lo establecido ha sido de gran aporte para la literatura. Sin embargo mi visión está más apegada al feminismo comunitario que se sustenta en los espacios de comunidad sean urbanas o rurales, y desde ahí escribo. Creo que lejos de repetir discursos feministas globales debemos en nuestro discurso literario hablar de lo que significa para nosotras la lucha por los derechos de la mujer, no porque seamos iguales a los hombres, sino porque como seres humanos tenemos la misma valía. Es decir, tenemos los mismos derechos, pero no somos iguales, somos complementarios. Hay que hacerles entender eso a los hombres. En cuento a la literatura kichwa está naciendo desde ciertas mujeres una literatura feminista también.
  • ¿Existe relación entre los escritores de las diversas variantes del quechua?
  • Sí, en el Ecuador hemos hecho como gestoras culturales un trabajo de convocarnos de juntarnos entre poetas de diversos pueblos, no solo kichwa, sino también con las Shuar, Tsa´chila, escritoras afroecuatorianas, y mestizas también. Hemos realizado recitales, encuentros, talleres, festivales y antologías en bilingüe (lengua materna-castellano). Ha sido más de una década de este trabajo de compartir espacios abiertos por nosotras mismas, desde luego hay quienes han preferido caminar solas o solos, eso también es muy respetable.
  • ¿Existe relación con escritores de otras lenguas originarias de nuestro continente o incluso con la de otras latitudes?
  • Sí, creo que las escritoras de mi generación hemos logrado primero conocernos, mantener esos lazos de colaboración y de diálogo, no constante pero si continuo a lo largo del tiempo, eso nos ha permitido fortalecer y solidarizarnos en nuestras luchas locales, y que al mismo tiempo éstas se vuelvan regionales o internacionales. Mediante la presencia del multiculturalismo en el internet también ha sido posible estar presente en espacios de otros continentes para representar a nuestros pueblos y hacer escuchar nuestras lenguas.
  • ¿Qué significa para ti ser escritora de una lengua originaria?
  • Primero significa hacer lo que me gusta hacer, porque la escritura es una necesidad personal, íntima, que se vuelve política en la medida que soy parte de un pueblo con un proceso histórico que todos sabemos cómo sucedió, y que podemos aportar desde la palabra en nuestra lengua para que estos pueblos tengan continuidad.
  • ¿Tiene algún significado para ti como metáfora el Tawantinsuyo?
  • Creo que así como en el Tawantinsuyu estuvieron varios pueblos involucrados, ahora hay redes de pueblos que buscan reivindicación y que buscan los mismos sueños de una vida digna, es decir, se ha dado desde ya hace muchos años una globalización de otra manera, redes de apoyo donde culturas se están juntando espiritual y muchas veces físicamente para hablar de un proyecto común, creo que esa metáfora del gran encuentro se está dando, quizá no como reconstruir el Tawantinsuyu, pero si en reavivarnos como pueblos en toda Abya Yala.
  • ¿Qué escritoras y escritores en lenguas originarias te parecen determinantes en el devenir literario de Latinoamérica?
  • Bueno creo que hay muchas que me parecen imprescindibles. En México están Natalio Hernández, Ruperta Bautista, Irma Pineda, Huber Martínez, Mikeas Sánchez, entre otras; del Wallmapu Rayen Killen, Isabel Lara, Graciela Huinao; en Colombia Hugo Jamioy, Estercilia Simancas, Fredy Chicangana; en Perú Pablo Landeo, Fredy Roncalla, Chaska Ninahuaman. Hay muchos más que se me olvidan, y que no sólo los nombro por ser poetas sino porque tienen un activismo político, literario, artístico conocido y valorado.
  • ¿Qué densidad tiene para ti la literatura quechua prehispánica?
  • Muy importante, recordemos que hemos tenido que repensar, de construir la palabra literatura para darle un significado más amplio y acorde a nuestra realidad como pueblos ancestrales. Porque nuestras formas de escritura eran diversas, desde las cerámica, los textiles, la simbología que hay en diferentes soportes, esas visualidades que ya no sabemos leer bien pero que están y son formas estéticas, formas comunicativas, de registro, más la tradición oral-mito-poética tan profunda y diversa que tenemos yo diría que muy rica, por eso hoy podemos saber sobre nuestra historia, sobre nuestros ancestros. Por eso, esta palabra nueva tiene sus raíces en esa palabra antigua, solo así es posible la riqueza y el aporte que hacemos a la literatura universal.
  • ¿Cuál consideras que es el papel que juegan los escritores de los pueblos originarios en la literatura contemporánea Latinoamericana?
  • Creo que el papel de levantar la voz, de llevar a los espacios mundiales nuestras lenguas y sonoridades, de auto representarnos y representar a nuestros pueblos y dar a conocer su realidad. Somos como embajadores de nuestras culturas en el mundo porque la palabra que manejamos es parte de un colectivo, así lo escribas individualmente es parte de vivencias y experiencias colectivas, incluso con los seres y energías sagradas con los que convivimos aunque a simple vista no los podamos ver. Nuestro papel es político y artístico.
  • ¿Existe una probabilidad de reconciliación verdadera entre los diversos pueblos que conforman nuestra sociedad o estamos fracturados por siempre: ¿pueblos originarios de un lado, mestizos del otro, españoles por aquí, negros más allá, etcétera?
  • Creo que hay una posibilidad de conocernos y mirarnos de frente, en la medida en que todos los pueblos conozcan, respeten y valoren las diferentes lenguas y maneras de vivir. Eso que llamamos interculturalidad, que es un espacio donde todas las culturas tienen una identidad fuerte y por lo tanto se relacionan entre sí en igualdad de condiciones, mientras no exista eso no hay probabilidad. Y creo que todos debemos trabajar para eso, no es solo responsabilidad de los pueblos originarios, nosotros hacemos nuestra parte, falta mucho de parte de otros actores.
  • ¿A qué problemática te enfrentas como traductora del kichwua al español?
  • Me gusta la traducción. Creo que es un puente para poder conocernos no sólo con el otro no indígena, sino con el otro indígena, que son los otros pueblos de Abya Yala. Sin embargo, esta no es una tarea fácil, las lenguas manejan diferentes estructuras y sentidos, cada una tiene sus características. Trasladar un texto que puede tener varios discursos a la vez, como sucede muy seguido con las lenguas originarias, es difícil trasladarlo al castellano por ejemplo, muchas veces el sentido no tiene la misma profundidad que en la lengua de origen. En este caso es una negociación entre significados para expresar en una lengua lo más fielmente posible lo que se dice en la otra.
  • ¿Cuál es tu perspectiva de las editoriales latinoamericanas, sobre todo las independientes, frente al emporio mercantil español que domina nuestros mercados literarios?
  • Creo que en los mercados literarios españoles no tenemos ninguna cabida, que todo el trabajo editorial que se ha hecho en materia de literatura en lenguas indígenas se lo debemos a editoriales latinoamericanas y sobre todo las editoriales independientes, que tienen otra visión, también la de vender, pero entienden la trascendencia del libro, de las lenguas, más que nada de la labor social que deberían tener todas las editoriales. Al mercado global no le interesa más que vender lo que se considera literatura desde las hegemonías, así que nos toca buscar otras redes solidarias.
  • ¿Qué te ha llevado a ser videasta?
  • Me gusta lo visual, sea en movimiento o la fotografía, mi mente funciona en planos, al mirar algo ya pienso en que plano sería mejor, en los colores en las formas, en que eso que veo sería importante que otros lo vean. Eso se combina muy bien cuando escribo, creo. Son mis formas de expresión favoritas.
  • ¿Qué le dicen los apus a Yana?
  • Que pregunta más difícil. Me han dicho muchas cosas, desde cosas muy personales hasta cosas más colectivas o generales. Lo cierto es que cuando veo que algo está perdido, sé que ellos están ahí para darme fuerza, samay, aliento de vida.
  • ¿Ayudan las lenguas originarias a brindar una nueva perspectiva (en cuanto a técnica y estructura)  y frescura creativa ante la anquilosada tradición europeizante que no pocas veces acecha a la literatura hispanoamericana?
  • Desde luego, nuestra palabra es palabra de la tierra, del agua, de las montañas, del fuego, de eso que ahora occidente ya no se detiene a ver, a escuchar, entonces nuestra palabra tiene esperanza de no rendirnos frente a la vida, de seguir luchando, de tener, como dice mi padre, un propósito en la vida. 
  • Puedo notar que la musicalidad de tus poemas en kichwua se mantienen en sus versiones españolas ¿te traduces a ti misma o escribes dos veces el mismo poema?
  • Para mí el ritmo que debe tener un poema es casi lo primordial, no importa en qué lengua la escriba, igualmente tiene que tener ritmo y musicalidad, sin embargo trabajar esa musicalidad en los dos idiomas es una tarea que lleva tiempo. Al igual que aprendí los dos idiomas simultáneamente de niña, me refiero al kichwa y al español, así mismo mi orden de escritura es diverso. Muchas veces escribo primero en kichwa, pero otras primero en español. Entonces yo diría que más que traducción es una interpretación, y trabajo los dos textos independientemente, para que tenga su sentido y musicalidad, aunque su sentido sea, o quiera ser el mismo.
  • Por último, querida Yana, ¿qué o quién es ese colibrí negro que tanto buscan tu corazón, tus manos y tus ojos?
  • El colibrí negro es real vive, o viene cerca de mi casa, como son mensajeros de los seres queridos, luego de que murió mi madre cuando le vi en un árbol pedí que le lleve su canto tierno a mi madre.
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Cinefilia crónica

El héroe vs el antihéroe

Supermán, por ejemplo, con sus principios morales del bien y la justicia tan bien definidos e incólumes como su peinado, es un héroe; por otra parte, Travis Bickle, de Taxi Driver (1976), quien combatió en la Guerra de Vietnam, vagando solo en un taxi por las calles de Nueva York y decidido a hacer justicia por mano propia sin importar los medios para ello, es un antihéroe. Los casos abundan, piense en cualquier película, o cómic, o novela, en casi todas las historias allí relatadas se encuentran personajes que pueden describirse, en justa medida o en buena medida, bajo los arquetipos de la figura del héroe o la figura del antihéroe. Dostoievski, Quentin Tarantino y Stan Lee —¿acaso también antihéroes?—, respectivamente, le mostraron al mundo a Raskólnikov, a Beatrix Kiddo y a Magneto, todos antihéroes. Shakespeare, J. K. Rowling —sin duda una villana— y las hermanas Wachowski, trajeron a Hamlet, a Harry Potter y a Neo, todos héroes.

La pugna del héroe con el villano, incluso la del antihéroe con el villano —aunque es un poco más interesante—, resulta tan sencilla como antiquísima: la luz contra la oscuridad, la vida contra la muerte, el positivo contra el negativo, el bien contra el mal. Dejando esto de lado, se supone que el eventual enfrentamiento del héroe con el antihéroe ha de llevar la trama hacia lugares inexplorados, más allá de la solución contingente que se le ha dado casi siempre: la del bien, personificado en la figura del héroe, absorbiendo al, digamos, anti-bien, personificado en la figura del antihéroe. Hemos visto a Wolverine, un antihéroe, unirse a los X-Men para combatir al mal y al rey David enviar a su muerte a Urías, uno de sus héroes, para así tomar en abierto adulterio a su viuda, Betsabé, pero sus actos resultan en el arrepentimiento —su yo antihéroe se enfrenta a su yo héroe y es derrotado— y en la redacción de un texto en el que se supone sólo puede habitar el bien (atributo característico del héroe): un salmo.

La figura del héroe, como generalmente es descrita en la modernidad (porque el héroe épico como Aquiles o Ulises escapa de ello), resulta irreal, casi humanamente imposible, a éste se le niega que la maldad y la desidia, o la ira y el odio, o el libertinaje y el hedonismo, tengan un lugar, por mínimo que sea, en su corazón. Al héroe o a la heroína le tiene que preocupar lo que de él o de ella se diga en las calles, así a ningún villano nunca se le ocurrirá considerarlos unos aliados potenciales y los padres verán en ellos modelos a seguir para sus hijos, de no ser así, pronto habrán de perder su heroico y quizá no tan envidiable estatus. La figura del antihéroe, por el contrario, escarba y emerge de los confines oscuros y ocultos de lo que significa ser humano, casi cualquier conducta se le permite, nada se le es negado, éste, mientras quiera, ha de sentirse y comportarse como desee no como la moral occidental se lo precise, no lo mueve la bondad y la justicia, pues de ser así fuese un héroe, tampoco la maldad y la mentira, pues de ser así fuese un villano, más bien y más que nada lo mueve su supervivencia misma, su ego, lo que en el fondo mueve a los seres humanos, digamos, de la vida real.

El Hombre Araña, por voluntad propia y a sangre fría, aunque necesario fuese, sería incapaz de asesinar al Duende Verde, tampoco el Capitán América a Craneo Rojo, por ejemplo; se supone que eso es lo que los diferencia de sus antagonistas. Pero otra sería la historia si la vida del villano dependiera de Godzilla, quien no duda en freír vivos a sus escamados y bestiales adversarios, o de Deadshot, un asesino a sueldo, o de Michael Corleone, a quien no le tiembla la mano para asesinar a quienes atentaron contra la vida de su padre.

Por eso y más, bajo los supuestos de que el resultado del enfrentamiento no está determinado por la naturaleza intrínseca de la trama en la que se desarrolla —en una película de Batman, siempre ganará Batman, y en una película bélica Estadounidense, siempre ganarán los Estadounidenses—, y de que existe una relación de fuerzas relativamente en equilibrio, si nos preguntamos quién ha de llevarse la victoria en el enfrentamiento final entre el héroe y el antihéroe, hay que recordar que, en el momento final, al héroe seguro lo ataca su sensiblería moral del ser o no ser y se cohibirá se asestar el golpe definitivo, mientras que, llegada esa instancia, el antihéroe no dudaría en apretar el gatillo, o en blandir la espada, para luego decirle a su oponente heroico y moribundo que el mundo no es un recital de poesía.

M.D.

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Hombre contra el mar

El Despertar

Aquella noche, las ciudades fueron sumergidas en una profunda y temida oscurana. No hubo calle o avenida iluminada, la única fuente de luz provino de la luna que brillaba medio pálida desde el cielo y que pude contemplar desde mi cama a través de la ventana.

Con mis ojos puestos en la luna y recordando lo agitado que fue llegar a casa ese día, por los intensos combates entre fuerzas armadas, caí en profundo sueño poco a poco. Al cerrar mis ojos, me vi de pequeño sentado en un columpio del parque al que solía ir por las tardes después de hacer mis tareas de la escuela. El lugar estaba lleno de gente, había niños corriendo y gritando por todas partes, madres despreocupadas chismeando entre ellas mientras sus hijos se mecían por cuenta propia en los columpios cercanos; jugando en el sube y baja, limpiando con sus ropas el tobogán viejo y mohoso al centro del parque; unos jugando a la pelota, otros recogiendo tierra con sus manos.

El viento se paseó por las hojas de los árboles y hacía un agradable sonido que de pronto se escuchaba. Era octubre, y muy a lo lejos, se alcanzaban a ver en el cielo diminutos puntos de colores volando sin aparente rumbo en la gran inmensidad azul. ¿Cuánto hilo se necesita para desaparecer una piscucha en el cielo?, me pegunté al verlas alejarse cada vez más.

Cuando regresé la mirada al parque, encontré una niña de cabellera rizada y castaña en el columpio de la par con un libro en sus manos. Me miró fijamente. Su presencia fue inquietante. A primera vista pensé que era hermosa. Tenía raspadas sus rodillas descubiertas, y sin peguntárselo, me dijo que se llamaba Elena. Sus ojos, que cargaban cierta tristeza, estaban puestos en mí; entonces yo pregunté:

– ¿Por qué me miras tanto?
– Porque eres el niño más bonito que he visto desde hace mucho – respondió.
– Me gusta tu cabello.
– A mi tus labios.
– ¿Por qué estás triste? – le pregunté.

Y de repente se escuchó el ¡bam! ¡bam! Un ventarrón se vino y sacudió con tanta fuerza los árboles que algunas ramas cayeron al suelo. Las madres al escuchar aquel estruendo, salieron despavoridas a buscar a sus hijos en medio de la enorme nube de polvo en la que se sumergió el parque.

Se empezaron a escuchar explosiones cada vez más cerca. Pareció que unos aviones sobrevolaron con rapidez el cielo que yacía sobre nosotros, cortando a su paso el hilo de las piscuchas. El ventarrón cesó y el polvo se desvaneció tan pronto como cuando se levantó.

Las risas, el sonido chillante de los columpios al mecerse, todo se lo llevó el viento y el polvo a su paso; no quedó nadie en el parque, estaba desolado completamente. Se siguieron escuchando explosiones lejanas, y alcancé a ver sobre los tejados de las casas que había alrededor, densas nubes de humo que se elevaban hasta el cielo.

Me volví al columpio para ver si Elena seguía ahí. Ella no se columpiaba más, su cabello estaba un poco despeinado y sobre sus mejillas se deslizaban pequeñas lágrimas que caían una tras otra en el libro que aun sostenía en sus manos. Le pregunté por qué lloraba y entonces me miró, se inclinó para besarme los labios y a lo que sucedió después no le encontré explicación.

Un poste de tendido eléctrico cercano hizo corto circuito. Los cables chisporrotearon sin cesar, y al sentir que las chispas podían llegar hasta nosotros, le dije a ella que nos fuéramos a otro lugar. Sin embargo, se quedó en el columpio, su libro cayó al suelo y de la nada Elena empezó a arder en llamas.

Fui testigo de cómo sus ojos se hundieron en su rostro hasta volverse dos puntos negros debajo de sus cejas, su cabello era una potente llama de fuego que se extendió hasta sus brazos y torso. Al verla cómo se quemaba me pregunté qué ocurría, si las chispas le habían alcanzado. No tuve oportunidad de hacer nada, todo pasó rápido, y al salir de la impresión de ver semejante cosa, su cuerpo ya estaba hecho ceniza y pronto se desvaneció.

Me quedé de pie frente al columpio, completamente solo, sin nadie a mí alrededor, con el libro de Elena a mis pies sin ninguna letra o dibujo en su interior. Las casas cercanas al parque expulsaban humo de sus tejados y el cielo se tornó anaranjado. De nuevo el ¡bam! ¡bam!, una y otra vez, cada vez más fuerte, más cerca… Entonces desperté.


Me sentí observado, con una aflicción en el pecho. Tuve la sensación de haber dormido por días enteros, todo el cansancio y aburrimiento con el que terminé el día anterior me había abandonado y el olor de la mañana no pudo ser más dulce y encantador.

Noté dos cortinas floreadas adornando la ventana. Me pregunté de dónde salieron, pues nunca las había tenido y no existía la posibilidad de que alguien las pusiera, porque vivía solo desde hacía un tiempo.

Me quedé sentado en la cama un tanto sorprendido, puesto que las cortinas no fueron lo único diferente en la habitación. De hecho, no era la misma en la que me quedé dormido aquella noche. Un blanco cremoso me rodeaba, sin nada más que mi cama al centro, un enorme televisor frente a mí, una camiseta y unos pantalones doblados sobre una mesa.

Busqué la ventana y afuera encontré calma, un fuerte murmullo, personas despreocupadas cruzando la calle, el chirrido de los carros y sus escandalosas bocinas como parte de aquel amanecer. Frente a mí, un edificio levantado con un diseño realmente moderno e imponente, y otros parecidos tras ese construidos solo por cristales como espejos del cielo despejado.

Entonces vinieron a mi mente los rumores. Se dijo que, cierto día, el mundo despertaría y no habría más guerras, que todas las naciones estarían finalmente en armonía y todo el daño causado durante años quedaría en el pasado. Mucha gente, incluyéndome, pensó que era un invento, una completa tontería; solo unos pocos creyeron en dicha premonición, cuyo origen siempre fue desconocido.

No obstante, al no ver a ningún miembro de las fuerzas en combate desfilando cinco pisos abajo, los mismos que hicieron de la noche anterior una verdadera angustia, junto a todo lo observado desde la ventana, entendí, pues, que las guerras habían terminado.

Tan pronto mi cabeza empezó a darle vueltas al asunto, y a recordar el rostro pulverizado de la niña del sueño, escuché una voz dentro de mi cerebro que decía “dormir, comer, trabajar y reproducir; dormir, comer, trabajar y reproducir; dormir, comer, trabajar y reproducir…”  Hasta repetir esas cuatro palabras en voz alta, una y otra vez, en ese orden, al ritmo de la voz robotizada que sonaba más y más fuerte dentro de mí.

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Omar Ortiz Forero I El cantor en el incendio

Al mediar el mes de agosto del año en curso, me encontré con los poetas Erik González y Francisco Trejo, de Paserios Ediciones, en San Miguel Cañadas, pueblo trepado en lo más alto de la Sierra de Tepotzotlán. Durante la tarde llegaron al restaurante de mi padre; el cielo azul se iluminaba por los destellos del sol en declive: signo de la calidez que se deparaba, pues junto a González y Trejo, venía también el poeta Omar Ortiz Forero, bogotano de nacimiento, pero de corazón tulueño. Fue una sorpresa grata. Con anterioridad había leído la obra del maestro Ortiz Forero y su pluma me había parecido siempre de las más iluminadas de su generación. Iluminada por ese misticismo que sólo se adquiere si viene uno del campo, del pueblo, de la provincia. Ortiz Forero, luego de estrechar con firmeza mi mano, extendió, como carta de presentación (por lo demás, innecesaria), su más reciente poemario Pequeña historia de mi país (Letra a Letra, 2021). Algo de tristeza se vislumbraba en los ojos del poeta y no era para menos, Colombia estaba, como ahora, ardiendo. Los versos del libro que me obsequiaba también reflejaban esa desolación, pero como la poesía no puede fracasar, también prometían esperanza. Aquella tarde platicamos igual que si fuéramos viejos amigos, en parte azuzados por el mezcal que llevaban González y Trejo para mediar timideces, mismas que nunca, por fortuna, llegaron. Algo he de recrear en esta entrevista de aquel diálogo crepuscular. Omar Ortiz Forero, Premio Nacional de Poesía por la Universidad de Antioquia, se desempeña como profesor en la Universidad Central del Valle de Tuluá (UCEVA). Estudió abogacía (porque no le quedó de otra), pero ha sido reconocido por su labor en la gestoría cultural de su región. Prolijo es en premios y libros. Dirige la legendaria revista Luna nueva, que ya cuenta los treinta y tres años de vida. Su obra ha sido publicada en diversos países de Latinoamérica, así como en España y Francia.

  • ¿Maestro, qué significa su Pequeña historia…para un gran país como lo es Colombia?
  • La Historia, así con H mayúscula, está hecha de pequeños o grandes episodios, con h minúscula, que van determinando el rumbo de un individuo o de una colectividad, para sus logros o para sus fracasos, para su grandeza o su miseria. En el caso de Colombia, como de buena parte de nuestra América, estos episodios los generan unas élites que solo miran hacia sus beneficios particulares. Por ello, al propiciar dichos hechos, los mismos, siempre ocasionan un desmedro abusivo y arbitrario sobre los intereses del colectivo que dirigen y que ellos, desde su cinismo sinvergüenza, llaman “nuestro país” o “nuestra patria”. El “país” o la “patria”, de ellos, claro.
  • ¿Por qué está ardiendo Colombia, maestro?
  • Porque desde la aparición del narcotráfico, las organizaciones criminales que se lucran con estos dineros, han logrado hacerse con la dirección del Estado, por medio de cadenas de contratistas que reemplazaron a los partidos políticos y que instauraron un régimen de corrupción sin precedentes en la historia del país. Esta situación, más la llegada de la pandemia, ha profundizado de manera inclemente las desigualdades económicas y sociales de los colombianos y ha generado un clima de violencia sistemática, dirigida desde el Estado, contra las organizaciones políticas y sociales que trabajan por mejorar las condiciones de vida de por lo menos el 80% de la nación. Hay que tener en cuenta que en estos momentos la población desplazada en Colombia llega a por lo menos, siete millones de habitantes y las víctimas de violencias de todo tipo en los últimos 50 años de conflicto se calculan en más de un millón de homicidios, por lo menos 170 desapariciones forzadas y más de diez mil víctimas de torturas. Con este panorama, se puede hacer usted una idea de las condiciones de resentimiento y rabia, que nutren cotidianamente a la sociedad colombiana. 
  • ¿Cuál ha sido el papel de los escritores en los recientes disturbios sociales de su país?
  • En general, son voces solidarias con los que luchan por mejorar, desde sus trabajos comunitarios, las condiciones de vida de los colombianos. Voces de denuncia a los atropellos por parte del Estado contra la pobrecía. Por eso los sindican desde el gobierno como enemigos y los castigan negándoles la posibilidad de representar al país en diferentes eventos internacionales, ya que, desde el Ministerio de Relaciones, o Cancillería, se habla de que dicha representación debe de estar encomendada a “escritores neutrales”
  • ¿Qué significa ser poeta, hoy, en Colombia?
  • Dignificar la palabra por medio de una poética que sea en verdad verbo y carne del hombre y la mujer colombianos, víctimas de ultraje y la barbarie.
  • ¿Cuál es su visión de la literatura contemporánea latinoamericana?
  • Me gustan voces como la de la mexicana Valeria Luiselli, las argentinas Mariana Enríquez y Samanta Schweblin, del peruano Fernando Iweasaki, del chileno Pedro Lemebel, del brasileño Rubem Fonseca, de la colombo-uruguaya Fernanda Trías, de los colombianos Pedro Badràn, Felipe Agudelo, Daniel Ferreira, Daniel Ángel, Cristian Valencia, Paul Brito, Adelaida Fernández, para citar algunos, sin desmerecer los muchos que he leído con atención y gusto.
  • ¿Qué prevalece entre los escritores actuales de Latinoamérica: un diálogo o un silencio?
  • A pesar de que las redes sociales hacen posible que las noticias sobre Encuentros de Escritores y eventos literarios en general se publiciten y las palabras de muchos de quienes participan en los mentados eventos tengan una inmejorable tribuna, creo que un verdadero diálogo entre escritores del continente no existe desde que las editoriales, los manager y los representantes literarios, hablan por ellos o, lo que es peor, establecen lo que es literariamente correcto decir o callar.
  • ¿Qué significa para usted la rebeldía?
  • Básicamente lo que plantea Camus en El hombre rebelde (1951) que la misma debe ser un accionar constante frente a la defensa de la libertad y la justicia. En este sentido me declaro en conflicto permanente contra todo autoritarismo venga de donde viniere.
  • ¿Entonces es usted un rebelde?
  • Visto desde los enunciados anteriores, sí. Este es un mundo que cada vez recurre con mayor intensidad a la manipulación de nuestras conciencias, pretendiendo anular la imaginación, la fantasía y el pensamiento crítico, en búsqueda de un unanimismo aterrador que tiene su expresión final y totalitaria en el triunfo del algoritmo.
  • ¿De qué manera la violencia ha determinado la estética de la poesía latinoamericana contemporánea?
  • Desde los inicios de nuestra vida republicana, cuando las gestas libertadoras iniciaron el extrañamiento colonial de España, los conflictos propiciados por las élites han caracterizado nuestro devenir político. Desde el Río Bravo hasta el Río de la Plata, se han minimizado el valor y la importancia de nutridos sectores de nuestra población, indios, negros, mestizos, mulatos, en la conformación y puesta en marcha de nuestras pretendidas democracias, lo que ha contribuido a un permanente enfrentamiento entre el Estado y sus gobernados. Esta situación marca de alguna manera toda la historia de nuestra creación literaria, aún en momentos que pareciera discurrir hacia otras orillas más tranquilas.
  • ¿Cuál considera usted que es la importancia de la gestoría cultural sobre todo en las ciudades de provincia?
  • Partamos que es la provincia la verdadera alma de una nación, y así, desde esa perspectiva podemos decir que es desde allí que surgen las verdaderas necesidades de proteger y desarrollar una gestión que, desde la diversidad y la multiplicidad de miradas y propuestas culturales, afiance e impulse el compromiso de sus individuos con el sentir de una tradición y con el enriquecimiento de la misma para avanzar hacia una verdadera cultura colectiva y universal.
  • Platíquenos de esa aventura llamada Luna Nueva.
  • Luna Nueva, es una bella aventura que nació en 1987 y que se mantiene en su intención de difundir y enaltecer la obra de poetas y ensayistas de la órbita latinoamericana. Son ya 34 años de acoger en sus páginas a poetas de renombre, pero también a nuevas voces que tienen desde allí la oportunidad de publicar una nutrida muestra de su obra para el beneplácito de nuestros lectores.
  • ¿Podrá algún día cumplirse el sueño bolivariano?
  • No lo creo, y ese válido sueño para el momento en que fue visualizado, en los tiempos que corren puede convertirse en una atroz pesadilla.
  • ¿Qué densidad tienen en su vida Tuluá?
  • Tuluá, es una ciudad con todas las comodidades de una ciudad contemporánea, pero sin ninguno de sus defectos mayores, y lo más importante donde sus habitantes somos dueños de nuestro tiempo y de nuestras siestas. Lo que ya es una manera humana de vivir.
  • En su Declaración de principios habla de “perturbar almas y desorientar espíritus” ¿cuál es su clave para ejercer dichas potencias?
  • Tener siempre la convicción de que el poder envilece y actuar en consecuencia.
  • Durante nuestra conversación en Tepotzotlán, casi que empezamos a hacer una radiografía de los poetas colombianos y salió a relucir el nombre de Raúl Gómez Jattin, a quien usted parece conocer bien. No quiero dejar pasar la ocasión de que nos hable de ese vate al que el olvido quiere arrastrar a sus lares:
  • Me interesa la obra de Gómez Jattin que no gira en base a su insania mental. Me parece que su calidad poética está dada por los poemas que hablan del Valle del Sinú, que fue su tierra adoptiva, o por los poemas que exaltan la infancia, la amistad, o los que hacen un desolador retrato de sus padecimientos y angustias, que en últimas son los mismos de buena parte de sus conciudadanos. Y me gusta sobre manera que las nuevas generaciones lo lean y lo valoren por su verdadera trascendencia.
  • ¿Latinoamérica se olvida de sus poetas, maestro?
  • Latinoamérica se olvida de todo, mi querido Juan. Nuestra memoria de gallina, al decir de Cepeda Samudio, es una constante cultural del Continente. Pero curiosamente con la poesía hay un resurgir de la oralidad y la oralidad es memoria, así que esa es otra de nuestra grandes y actuales paradojas.
  • Por último, maestro, ¿cómo impedir que sigan traficando con nuestros cuerpos y envenenando nuestras emociones?
  • Yo no tengo la formula, pero cuando veo a la muchachada en la calle, vociferando y reclamando por los derechos de todos, cantando, bailando y poniéndole color e imaginación al frío asfalto, me digo, “no llores, todavía hay tiempo para la poesía.»
En San Miguel Cañadas. Los poetas Erik González y Francisco Trejo, detrás del maestro Omar Ortiz Forero.