Rody Polonyi | El informe Lúxor

En las cercanías de Lúxor, a 42 grados y bajo un sol de justicia, el Valle de los Reyes resplandece como un horno calcáreo inhabitable para cualquiera que no esté ya momificado. Oculta, a la sombra de la colina tebana Meretseger, se halla una bóveda que fue descubierta el 25 de enero de 1994 por un equipo suizo de la universidad de Basilea, que la bautizó como la tumba KV 40. En ella encontraron algunos de los hallazgos más sensacionales de los últimos tiempos, además de un centenar de cuerpos embalsamados, entre ellos, los de varios príncipes y princesas de la decimoctava dinastía.

Muy discreta y cerrada a cal y canto por una trampilla metálica ardiente como un brasero, la tumba KV 40 está al principio del ramal que conduce al risco donde se encuentra la de Tutmosis III. Millones de visitantes han desfilado ante el lugar sin imaginar el tesoro que se escondía dentro.

La directora del departamento de Egiptología de la Universidad de Basilea, Suzanne Schwarzer, afirmó: “…Estamos ante algo diferente, una acumulación de momias de la familia real en la que no habría faraones ni reinas, sino personajes principescos, además de otras revelaciones que darán un nuevo sentido a la época del Imperio Nuevo y a la influencia que ha tenido en el devenir de nuestra cultura”.

Schwarzer fue prudente y evitó ser más precisa durante la rueda de prensa; en la tumba se habían encontrado varios Oopart, siglas de «Out of Place Artifact» (Artefacto fuera de lugar), llamados así por ser imposibles de explicar dado el anacronismo que representan.

Se trataba de unas piezas de lo que parecía ser el engranaje de una máquina fabricada en cobre y bronce. El ingenio estaba perfectamente conservado gracias a una película de óxido que había impermeabilizado el metal.

Además de las partes metálicas había dos lentes de cristal de roca, similares a la lupa encontrada en Heluan, concretamente en la tumba del faraón Semempses. Obviamente, una proeza inexplicable; para pulir las rocas y poder obtener lupas se requiere óxido de cerio, un compuesto químico que no fue descubierto hasta 1803 por el científico alemán Jacos Berzelius.

En un principio se especuló con la posibilidad de que fuese una suerte de herramienta relacionada con la astronomía. Meses después, dos nuevos descubrimientos en una bóveda oculta descartaron este supuesto. Por un lado, el hallazgo de unas vasijas de arcilla con un tapón de asfalto del cual partía hacia el interior un delgado tubo de cobre del que sobresalía una varita de hierro de 1 centímetro, cubierta de plomo y ligeramente corroída por algún tipo de ácido. El equipo suizo pensó que era un objeto de culto, muy típico en estos casos, pero la propia Schwarzer, tras introducir un electrolito común en el interior del recipiente, logró hacer funcionar este objeto de culto, desvelando su verdadera naturaleza: era una batería que iluminaba una suerte de pera transparente que en su interior dejaba ver un filamento.

El segundo hallazgo de la bóveda oculta fueron unos tambores de papiros traslúcidos que se acoplaban en la maquinaria. Mostraban las típicas figuras elaboradas con dibujo lineal y colores planos, sin desarrollo volumétrico, ambiental, ni tridimensional. En su base aparecían unos jeroglíficos que, a modo de subtítulos, narraban la historia.

Una vez ensambladas todas las piezas, los investigadores quedaron conmocionados: se trataba de una máquina capaz de proyectar imágenes en movimiento. La llamaron El mecanismo de Lúxor.

En el mausoleo había dos cofres llenos de películas que sumaban más de treinta horas de metraje. Los papyrfilms narraban historias de faraones o grandes personajes y poseían un enorme valor histórico. Sirva como ejemplo la historia de Amenofis II en la que se le destacaba como atleta mientras se le veía disparar a un blanco metálico de un palmo de grosor y perforarlo.

Sin embargo, la joya de la corona de esta colección eran los papyrfilms que contaban historias de ficción. Hasta ese momento la única ficción producida por el antiguo Egipto trataba sobre asuntos polémicos como sexo o política; sin embargo, estos nuevos relatos exploraban otros géneros como el drama o la comedia.

Una buena muestra de ello era la película que narraba la vida de Mentuhotep II; parodia cómica que, al parecer, debió tener éxito entre el selecto publico de la época, ya que estos papyrfilms estaban especialmente deteriorados debido a su alto número de reproducciones. En ella se relataba la historia de este faraón que a lo largo de su vida llegó a cambiar tres veces de nombre. Dichos cambios provocaban desconcierto entre súbditos y cortesanos, fructificando en una florida variedad de equívocos polisémicos, confusiones verbales y bromas de contraste que suscitaron auténticas carcajadas en el equipo investigador suizo. Sirva de ejemplo una línea de diálogo en donde el peluquero de Mentuhotep II, tras equivocarse varias veces con el nombre, le pregunta cómo quiere que le corte el pelo, a lo que el faraón responde: «¡En silencio!».

Más tarde se descubriría que existían dos máquinas, sólo que la segunda no se encontraba en el Valle de los Reyes sino en la Galia transalpina. Este segundo mecanismo había sido embarcado en una de las naves de la expedición de Hatshepsut, en el año 1464 a.C. La barcaza había sido capturada por los corsarios que vendieron el mecanismo meses después en Massalia a un comerciante fenicio a cambio de cuatro cabras. El artefacto, cargado a lomos de una mula, recorrió la ruta comercial que se había iniciado en la Edad del Bronce, subiendo por la costa mediterránea hasta llegar al pie de los Alpes. Lo último que se supo de él fue que había sido adquirido por un druida celta, cerca de la zona que, muchos años después, Julio Cesar denominaría Vesontio, situada actualmente en el Franco Condado y llamada Besanzón.

Besanzón, lugar de nacimiento de dos hermanos que, curiosamente, también habrían de hacer un gran aporte al devenir de nuestra cultura, se trataba de la invención del cinematógrafo y ellos eran los hermanos Lumière.

Rody Polonyi, Palma de Mallorca, España, 1973. |