Karla Hernández Jiménez | metadata

Un ojo amoratado fue el que le abrió el camino hacia una nueva ola de violencia. Nerea se despertó en medio de una lluvia de puñetazos.

Toda su vida, Nerea había hecho honor a aquel nombre viejo: una sirena peligrosa a la que le gustaba sortear las aguas turbulentas de la Red.

Nadie hubiera sospechado jamás que aquella chica latina, flacucha y pelirroja fuera una genio en cuestiones tecnológicas. También resultaba complicado comprender la forma en que había logrado crear un servicio tan eficaz con el que las mujeres pudieran denunciar si estaban siendo tratadas como basura.

La ciudad siempre había tenido serios problemas en preservar la seguridad de sus habitantes, especialmente en zonas marginales. Pero últimamente habían tenido lugar una serie de actos violentos. Se estaba convirtiendo en una cuestión terriblemente cotidiana encontrar los cuerpos despedazados de mujeres en varios rincones de la ciudad.

El punto de quiebre ocurrió el día en que hallaron la mitad del torso de Kimberly Park en la cancha de la escuela. Verla en ese estado fue un choque a la sensibilidad de Nerea.

Justo en ese momento, decidió desarrollar el dispositivo. Usando materia orgánica y acero consiguió crear aquel chip reptante que se introducía incrustándose en el oído, escalando para conectarse al cerebro de su potencial dueña.

El invento también permitía paralizar al agresor e infligirle un nivel de daño considerable. Incluso se habían llegado a registrar casos en los que el agresor había terminado muerto a manos de su víctima. En unos meses, la ola de violencia comenzó a disminuir de forma radical.

Nerea insistía en permanecer en el anonimato, incluso el pequeño sitio web que ofrecía mandar el dispositivo a quien lo solicitara estaba cifrado para evitar el rastreo.

Cuando los Agentes la encontraron, ella ni siquiera parpadeo. A pesar de que no opuso resistencia, los agentes la arrastraron fuera de su casa y la golpearon durante todo el camino hasta aquel cuarto en el otro extremo de la ciudad, el Honorio Deu.

Es verdad que casi toda la ciudad estaba completamente hecha de acero, pero aquel metal transmitía una sensación especial. Era como si estuviera vivo. Era la Red.

Se decidió que el castigo de Nerea por alterar el orden fuera la fusión en frío con la Red.

Ella decidió esperar hasta que el acero de la Red se infiltrara en lo más profundo de sus células y la asimilara por completo.

—Aparentemente, se dio por vencida sin pelear.— exclamaron con satisfacción los hombres que habían mantenido a Nerea prisionera durante dieciséis horas.

Los agentes estaban convencidos de que aquella insignificante chiquilla había desaparecido para siempre de la faz de la Tierra. Ellos ni siquiera sospechaban que esa noche había nacido una nueva clase de poder, un nuevo código que se había fusionado sin proponérselo con el sistema binario de aquella maquinaria que se encargaría de vigilar que no volvieran a verse cuerpos femeninos destrozados en la ciudad.

Nombre del código: N.E.R.E.A.

Karla Hernández Jiménez (Veracruz, México). Egresada de Lingüística y Literatura Hispánica. Lectora por pasión y narradora por convicción, ha publicado relatos en páginas especializadas como Íkaro, Casa Rosa y Página Salmón, pero siempre con el deseo de dar a conocer más de su narrativa.