Montserrath Campos Sánchez | Bar Central

Marina entra al bar vestida de mallas verdes y suéter rojo. Demasiado flaca para provocar una erección, pero muy disponible para cualquier borracho. Pide una michelada en un vaso de plástico. No quiere perder tiempo por si consigue “paro” para seguir la fiesta, allá entre los arbustos.

Marina debió de ser cantante. Se contonea y abre la boca como una soprano. Con urgencia, desgarra su media y muestra una pierna lacerada, herida por algún adicto que no encontró la puerta. Su cabello reseco y gris, habla de las noches sin bañarse. Ella sabe que su olor también seduce.

En el bar suena una canción triste. El Príncipe ahora un esqueleto, nos dice: “Ya lo pasado, pasado”; pero no pasa. Marina todavía sufre al recordar su primera menstruación: Señorita para que alguien la penetre sin preguntar su nombre.

Marina va al baño a defecar la lujuria que conoció desde niña. Lleva una cubeta para que nadie sepa que siempre quiso ser una Virgen.

La veo bailar. Quisiera contarle de los sueños, de esos que dicen que hay vida en otro pueblo. Pero la ciudad duerme, alguien ha tomado los focos.

Marina por fin consigue un cliente. Le toma la mano y sin pudor la dirige a su vagina; debe ser directa para que el siguiente pez nade entre sus piernas. Baila porque la noche es un rompecabezas que armamos todos. Mientras más se apaga la luz, ella le gime a un oído borracho por diciembre.

No se siente inferior por la morena de vestido rojo, su enemiga. Aún sin mostrar los senos, sabe que alguien le tocará el pezón por unos cuantos pesos. “Hay que compartir”, piensa, y me mira para seducirme. Pero estoy demasiado borracho para entrar siquiera a su mirada.

La conozco de tiempo, sentados siempre de frente mirando evaporar la noche. Alguna vez, estuve embrujado por la mugre que destellaba en su frente, y quise lamerla, pero la falta de tabaco me secaba la boca. Ahora, mientras desesperada es una moneda de cambio, busco mi billetera para llamarla.

La veo irse. Tropezar con otras manos que burlonamente le tocan la entrepierna. Somos dos vagabundos buscando un hogar. Mañana la veré seguramente; desde lejos imaginaré su grito en la banqueta.

Mientras el bar nos reciba, seremos tiburones; mientras la luz se apague, seremos un marino sin un barco.

Enamorado de Marina me corto debajo del zíper, ansioso de que alguien me bese las entrañas.

En el pueblo todos somos prostitutos. He perdido el pudor. También quise ser un Santo; un párroco para masturbar niños temerosos.


Montserrath Campos Sánchez (Celaya, Gto. 1984). Estudió la licenciatura en Letras Españolas en la Universidad de Guanajuato, y actualmente estudia la Maestría en Literatura Hispanoamérica en la misma institución. Ha publicado los poemarios: Duermevela (Editorial La Rana, 2011) y Dos Infancias (Editorial La Rana, 2018) y, el libro de cuentos ¿Quién es Paola Vargas? (Ficticia, 2016). Su poesía ha sido antologizada en Poesía en rojo (Centro de Estudios de la Cultura Mixteca, 2015)en Diez poetas de Guanajuato 1982-1996 (Revista Punto de Partida, UNAM. Núm. 209) así como en Las Avenidas del Cielo (Universidad Autónoma de Aguascalientes en coedición con la Universidad de Guanajuato, 2018). En el 2019 recibió Mención Honorífica en los Premios León 2019, en la categoría de cuento corto.