Francisco Alejandro Méndez | Míster Winston

1

Natalia respondió con una afirmación y con plena seguridad a todas sus preguntas. Tras analizar su currículum, el gerente administrativo le sonrió atravesando sus negros ojos con un dejo de malicia. Le estrechó la mano y le brindó la cálida bienvenida. Con esa sonrisa equina de hombre de negocios le expresaba que a partir de ese momento formaba parte de la familia: una prestigiosa empresa de localizadores con innovaciones en todo el mercado centroamericano.

Ella era una muchacha soltera, pero con la intención de formar en un futuro no muy lejano un hogar con su novio, Joaquín, un universitario que repetía por segunda vez el primer semestre de zootecnia en la Universidad Nacional.

Por supuesto que en el cuestionario contestó que sí, cuando le preguntaron si estaba segura que en los próximos tres años no tendría hijos. Su madre le enseñó desde pequeña que las mentiras piadosas tienen vigencia. El padre, que la abandonó cuando su cuerpo se estremecía en el primer día de su adolescencia, la conminó siempre a mentir cuando se tratara del honor, prestigio y solvencia de la familia.  

Sin embargo, esa tarde, cuando tiñó de rojo el centro de las sábanas de su cama, supo por palabras de su madre, que Papi no regresaría más a la casa. Nunca le guardó rencor a pesar de que su madre insistía en que era un malparido, que se marchó con una muchacha que sin cumplir los 18 años llevaba en su vientre, lo que sería siete meses más tarde, un hermano solo de parte de Papi, como le explicaba entonces a las compañeras de clases.

A Natalia ese recuerdo la abordó cuando colocó una X en el inciso A, donde le preguntaban si tenía cargas familiares: 1, un hermanastro, aclaraba.

Cuando su padre abandonó a Yamilet, la madre de su medio hermano, esta vez en un barco bananero con destino a Miami, Natalia suplicó a su madre para que se quedaran con él, quien recién había cumplido 8 años. Yamilet lo llegó a ofrecer por no más de trescientos dólares. Había tomado la determinación de viajar, primero a Guatemala, donde le ofrecieron trabajar en un prostíbulo, luego a México con destino directo a Tijuana, donde estaría a un paso de San Diego, la puerta que recibe a todos aquellos que quieren subirse al tren del American Dream.

2

Le correspondió el turno nocturno en la oficina. Así le sucede a las nuevas, le explicó Olga. Ella fue la que le ofreció el rápido curso de inducción. Su escritorio era muy pequeño. Una computadora conectada a una línea telefónica, un audífono con micrófono, un pequeño cuaderno y su silla giratoria eran sus herramientas de trabajo.

Le asignaron la clave 21 y le sugirieron que contestara con total amabilidad: buenas noches, soy Natalia, para quién es su mensaje, con mucho gusto.

La primera llamada la recibió a las nueve de la noche: por favor para míster Jhon F. H. Winston, con el número de unidad 34321. ¿Cuál es su mensaje? Qué ojos tan hermosos los tuyos, te amo, de parte de Verónica.

Unos minutos más tarde entró el segundo para la misma persona: dichosa yo de ser tuya, te amo por sobre todas las cosas, Enma.

Natalia sonrió al transmitir sendos mensajes, pero consultó a Olga acerca de las restricciones de la compañía y las políticas para la transmisión de los telemensajes. Ella respondió que la empresa se caracterizaba por la total libertad, pero toda vez, y eso se lo remarcó con el ceño fruncido, que tuvieran un remitente: mensajes anónimos o de seudónimos no se enviaban.

Natalia tomó un poco de café. Bebió con prisa para acabar con el sueño. Ella tenía costumbre de dormir temprano, pero a partir de ese día saldría a la una de la madrugada de la oficina.

Por favor, un mensaje para la unidad 34321, qué ganas de estar con vos a todas horas, Nineth (por favor operadora 21, puede repetir dos veces el mismo mensaje), con mucho gusto, buenas noches.

Recibió dos recados más, pero no como los anteriores, eran emergencias médicas y para un supuesto periodista, que se dirigiera hacia el lugar donde había ocurrido un accidente.

Natalia estaba a punto de entregar el turno cuando recibió un último mensaje para míster Winston: nunca conocí a alguien con esos ojos y ese calor como el tuyo, Verónica.

Cogió un taxi para su casa. El piloto la veía a través del retrovisor con los ojos bien abiertos y casi asustados. Le recordó un caballo que montaba en El Chompipe, una finca donde la llevaba Joaquín a vacunar bestias o a castrar toros. El taxista sacudía la cabeza como si tuviera animales en las crines. Natalia pensó que quizá habría tomado alcohol. De cualquier manera llegó sin novedad a su casa.

Antes de dormir recordó los mensajes para la unidad 34321. Intentó imaginarse a míster Winston, pero el sueño la venció. Una sonrisa se le dibujó en su rostro, antes de quedarse profundamente dormida.

3

Cuando viajaba en bus hacia la oficina, Natalia observó con más atención los cafetales, las casas, los puentes, especialmente a los hombres que portaban un localizador. Se dijo a su fuero interno que más le valía a Joaquín terminar pronto su carrera porque ella quería comprar un terreno cerca de la finca El Chompipe.  

Le encantaba la vida del campo, los caballos, el bosque, bañarse en el río, ponerle leña a la chimenea. Le fascinaba hacer el amor sobre la copa de un árbol con Joaquín. Por todo lo anterior se había decidido a trabajar duro para ahorrar plata y, junto a su pareja, alcanzar esos sueños. Su hermano podría ir a vivir con ellos, a él le encantaba montar.  

Justo ahora que estaba llegando a la oficina recordó que dentro de su bolso había metido una foto de Fernandito, montando un caballo negro azabache. En esa ocasión ella llevó al chiquillo a la finca. Don Albin, el dueño, ante la insistencia del pequeño lo dejó montar a Tornado. Como fue un día histórico decidieron tomarle un foto. Fernandito salió con un aire triunfador. El caballo se veía imponente, con ojos de lascivia y un halo de bestialidad sexual. Natalia no se atrevía a ver la cara del animal.

Buenas noches, por favor un mensaje para la unidad 34321: qué tirada, me estremeciste como nunca nadie lo había  hecho, Enma. Para la 34321: espero que tu noche sea tan especial como tu día, tuya, Nineth. 

Natalia sintió un cosquilleo dentro de su vientre. Recibía otros recados sin trascendencia, pero los dirigidos a míster Winston eran fabulosos. Además provenientes de numerosos nombres de mujeres, no solamente de uno. Ese gringo ha de ser un bicho en la cama, se dijo, pero se sonrojó al pensar así, porque ella, cuando se refería al sexo, solamente lo hacía pensando en función de Joaquín. Otra llamada la interrumpió: qué polvo, ruego a todos los dioses del firmamento que te den mucha vida, que te alcance lo suficiente para hacerme feliz una y otra vez, Verónica.

Natalia realizaba su turno con otras dos compañeras, Susana e Ivonne. Ellas la recibieron con aquella camaradería y solidaridad, típica de salón de belleza. No se atrevió a hacerles comentarios sobre las llamadas que recibía para míster Winston. Uno de los decálogos de la empresa era la total privacidad de los mensajes. Se llevaba un control con códigos. Era estrictamente prohibido discutirlos con las demás.  

Susana sonreía excesivamente cuando recibía un mensaje. Su escritorio estaba ubicado al lado derecho del de Natalia. Alguna vez comentó que tenía un hijo, pero prefería no hablar del padre de la criaturita. Era una rubia guapísima con anchas caderas y ojos verdes. En uno de los tres paneles, que en conjunto ella denominaba con ironía el establo, colgaba una herradura de la buena suerte precisamente en el que colindaba con el de Natalia. Ese talismán fue un pretexto para conversar. Platicaron desde el tema de los hombres, las caricaturas, especialmente la del Cabazorro, hasta de los caballos de carne y hueso. Susana era admiradora de las carreras y las apuestas. Le confesó que alguna vez asistió con frecuencia. Allí se divirtió hasta el éxtasis. Además, en ocasiones hasta ganó bastante plata. Las dejó porque apareció, de entre los establos del hipódromo, el padre de su unigénito. Después evitó aparecerse por cualquier sitio que le recordara esos desagradables momentos. Cuando Natalia insistió en preguntar por qué guardaba la herradura, Susana respondió que la tomó de las pertenencias del padre de su hijo. Cuando él se atreviera a volver a su lado, la utilizaría como arma contra ese ser despreciable.  

Natalia le explicó que lo poco que sabía de caballos lo había aprendido de Joaquín. Su novio, le relató entre sorbos de café, era estudiante de zootecnia, pero también asistía a los jaripeos a montar potros salvajes. Ambas sonrieron, pero cuando timbró la línea telefónica en cada uno de sus escritorio dejaron de conversar. Natalia atendió: para… te amo, te amo, te amo, Verónica (por favor, repítalo dos veces).

A la una en punto se quitó los audífonos y anotó en su agenda las llamadas y códigos. Atrás de ella permanecía Guadalupe, a quien le entregó todo el equipo. Ella era la encargada del turno de la madrugada. Pensó hacerle algún comentario, pero recordó el decálogo. Guadalupe era una mujer que transitaba por los cincuenta años. Era soltera y nunca tuvo hijos. Observarla inspiraba indulgencia. Una mujer muy amable y recatada, sonrió Natalia para sí cuando tomó su chaqueta. Su relevo no iba más allá de buenas noches, feliz retorno a casa 21 o, cuando estaba de buenas, hasta mañana compañera.

Alargó la mano casi en medio de la carretera y detuvo a un taxista. Tras indicarle las señas para llegar a su barrio, recostó su cabeza en el asiento y se imaginó a Susana lanzando la herradura hacia una cabeza de caballo con el cuerpo de palo. La imagen le causó risa y pensó en decírselo al siguiente día a su compañera. A diferencia de otras ocasiones, el conductor del taxi era un hombre respetuoso, maduro, fue la palabra con la que lo describió Natalia. Recordó a su padre. No encontró la mirada de centauro del taxista de días pasados. El tipo escuchaba las noticias y su único comentario fue sobre lo mal que andaba el fútbol por esos días. Ni siquiera la vio por el retrovisor. Natalia echó una ojeada a lo negro del paisaje. Escuchó el canto de un gallo y a lo lejos un potro que relinchaba con placer hacia el infinito, y pensó en míster Winston.

4

Durante los primeros días de trabajo Natalia no se encontró con Joaquín. Únicamente se hablaron por teléfono. Sus cortas conversaciones giraron en torno a hacer el amor dónde y cuándo. Él vacunaba ganado en El Chompipe y ella se reponía de los desvelos. Se quedó dormida sobre el sofá con la imagen de un Joaquín moreno, alto, delgado, lampiño en su pecho, rudo en sus labores, pero más tierno que un potrillo cuando acariciaba su cabello después de que tuviera un prolongado orgasmo.  

Almorzó frijoles con arroz. En seguida Natalia observó un programa en la televisión en el que designaban a Harrison Ford como el hombre más sensual del planeta. Trató de imaginar a míster Winston: tal vez tenía los ojos de Di Caprio, la sonrisa de Mel Gibson, el pelo de Brad Pitt, tal vez bailaba como Ricky Martin. Ojalá un hombre con el carisma de Sean Connery o el sex appeal de Paul Newman. Tal vez tenía una parte de cada uno de ellos o quizá era mejor que todos juntos. Se duchó con agua fría. Cuando se vio desnuda frente al espejo, pensó si ella sería del agrado de míster Winston. Cómo era posible que varias mujeres le enviaran esos mensajes tan sugerentes. Algo especial había en él. Su cuerpo se estremeció con solo pensar en averiguar quién era míster Winston.

Buenas noches, un mensaje para la unidad 34321: por favor, nunca me vayas a sacar de tu vida, quiero verte siempre, siempre, siempre, Nineth. Disculpe, un mensaje para… Qué ser tan divino, Matilde. Para la 34321: todo el día la he pasado pensando en vos, te amo por sobre todas las cosas, Verónica.

Revisó sus apuntes y se percató que la tal Matilde era la primera vez que enviaba un mensaje para la 34321. Por favor, un mensaje para míster Winston: lo voy a hacer con vos tantas veces cuando me dé el alma y la vida, tuya siempre, Enma.

Cada vez que el teléfono timbraba y Natalia recibía un mensaje para la 34321, el sudor se apoderaba de ella. La voz de las mujeres era muy sensual. Ellas le pedían que transmitiera de inmediato los mensajes, por favor, porfis, porfa, se lo suplico. Por la mente de Natalia trotaba la interrogante: ¿sus compañeras recibían mensajes también para míster Winston o solamente ella? Tras un breve lapso de su mente en blanco, dirigía sus ojos hacia las demás compañeras. Cada una estaba concentrada en los mensajes. Ninguna presentaba en su rostro la típica expresión sensual que provocaba uno de esos breves relatos o de simple complicidad luciferina que alcanzaba la mente. Tal vez, sus colegas de turno eran excelentes actrices para no revelar en su rostro el rubor de una llamada con esas características. Quizá, así como el médico ya no se estremece ante la muerte de un paciente o el reportero no se inmuta ante la tragedia, a ellas, a sus dos compañeras, tampoco el calor de una llamada ya no les excitaba como a Natalia.  

A lo mejor, ellas nunca recibían mensajes para míster Winston.  

Un veloz escalofrío, parecido al que generan las sombras de los caballos de carreras cuando se deslizan entre el césped o el fango, recorrió sus piernas, su vientre y se detuvo entre sus pechos. Pensó que el fin de semana se lo dedicaría a Joaquín, tal vez así se olvidaba de una vez por todas del enigmático míster Winston.

Por favor un mensaje para la 34321: si querés hacerme un favor nunca te vayás a olvidar de mí, Nineth.

5

Qué curioso, se dijo a sí misma cuando se levantó el sábado un poco antes de medio día. Alguien había bautizado con el nombre de El Chompipe a la finca donde trabajaba Joaquín. El terreno abarcaba parte de un cerro que asemejaba el lomo de un chompipe agazapado o una chompipa empollando. Desde el alféizar ella podía observar la espalda del chompipe. También se divisaban tres montañas, denominadas las Tres Marías, una tras de otra, de este a oeste o viceversa. Más de alguno las trató de bautizar con el nombre de las Tres Tetas. Natalia bromeó con Joaquín, que si bien parecían Tres Tetas, muy pronto perderían la virginidad porque con la gran cantidad de cabezas de ganado que invadía las fincas aledañas y la tala despiadada, se podrían transformar en un cercano futuro en un trío de pezones áridos.  

El Chompipe y las Tres Marías enmarcaban la parte más alta del paisaje. Todo el aire que respiraban quienes vivían en la ciudad pasaba antes acariciando las montañas y El Chompipe. Más de alguna vez, cuando Joaquín convencía con argumentos de un verdadero piscicultor a don Albin para que sembrara truchas en lo más alto de la finca, simultáneamente se ponía en contacto mental con Natalia. Lanzaba bocanadas de aire. A los diez o quince minutos, ella lo recibía desde su casa en Barva.

Sin embargo, este sábado, ahora que la mente de Natalia se columpiaba entre el sueño y la vigilia, estaba decidida a investigar sobre míster Winston. Ella percibió olor a establo, a bosta. Creyó escuchar cascos de caballo, pero el cansancio la invitó a seguir durmiendo en su alcoba, aprovechando el descanso de fin de semana.

Joaquín la despertó con un beso en la frente justo a las seis de la tarde. Con una sonrisa le explicó que no se trataba del beso de un príncipe que bajaba de su corcel para despertar a la amada ni de una acción similar. Él era un caballero medieval posmoderno que la invitaba al cine y luego a un encuentro en la cama de algún buen motel. Natalia le contestó con una ancha sonrisa que prefería aceptar en principio la segunda propuesta. Se bañó muy rápido y en seguida comió un poco de ensalada. El auto de Joaquín giró en dirección a Tres Ríos. Durante el trayecto, Natalia le manifestó que percibía un extraño a olor a caballo. Pensó que podrían ser los pantalones de Joaquín. Él le agarró con fuerza la pierna con su mano derecha. Le confesó muy cerca del pabellón de su oreja que sentía el deseo de penetrarla. Tengo el mismísimo deseo, le susurró, que le profesa un semental amarrado del otro lado del cerco a la yegua en celo. Natalia se sonrojó, pero lo invitó a que le explicara por qué estaría amarrado el semental. Joaquín, mientras deslizaba su mano entre el regazo de su novia, le relató que cruzar una yegua con un semental pura sangre en una finca no es tarea fácil. Normalmente ese corcel le inspira atracción sexual a la hembra. ¿Y por qué?, se estremeció Natalia al instante de sentir húmedo su vientre. Debido a esa falta de química entre ambas bestias deben amarrar del otro lado del potrero a un rocín. Estos caballos son, por lo general, sin ascendencia brillante, están mal alimentados y físicamente podrían no ser atractivos, sonrió Joaquín, mientras continuaba palpando. Ese mismo animal es el que maravillosamente provoca que la yegua sienta el deseo por la carne. Cuando la yegua está, como tú ahora, es decir dispuesta al amor, los vaqueros la amarran al potrero y prácticamente ayudan al semental pura sangre a que la preñe. ¿Y qué pasa con el pobre rocín que está amarrado?, se sorprendió Natalia. Pues, bueno, conocés la frase aquella de “brincarse el cerco”, le preguntó Joaquín, justo cuando sus manos estaban libres: pues de esa acción surgió. Cuando el pura sangre termina y se va mitad frustrado, mitad complacido, aquel rompe la cuerda que lo mantiene prisionero. Brinca con desesperación. Monta a la yegua sin necesidad de ayuda y la penetra con más precisión que su antecesor. Ella lo ha estado esperando con todas las ganas. Justo en ese momento llegaron al motel. Natalia, ayudada por la diestra mano de Joaquín y por la historia, había terminado de mojar sus calzones.

Soy la mujer más afortunada del mundo, Lucky, fue el primer mensaje que recibió Natalia para míster Winston el lunes. El teléfono sonó varias veces. Tuvo que dejar esperando con música de autómatas a Verónica, mientras Nineth bramó por el auricular: soy tuya, tuya, tuya, gracias por ser como sos. Verónica dejó el suyo: si querés hacerme un gran favor, nunca te vayás a olvidar de este cuerpo que te desea.

6

Natalia reparó en que Lucky era otra nueva adquisición de míster Winston. La lista casi llegaba a las diez admiradoras o víctimas voluntarias del susodicho. Durante el regreso a su casa pensó en telefonear para enviarle un mensaje a míster Winston. De esa forma él le devolvería la llamada, pero a dónde, y cómo solicitaría el mensaje para la 34321. Pensó en que tal vez Guadalupe podría contestarle. De seguro ella reconocería su voz. Le pidió al taxista que se detuviera un momento en un teléfono público. Marcó. Estuvo a punto de dejar el mensaje, pero Guadalupe contestó. Colgó el teléfono. Lo intentó en otro teléfono público, pero tampoco se animó. Llegó a su casa. Llamó del teléfono del comedor. De nuevo no quiso hablarle a su relevo en el trabajo. Intentaría por la mañana. Cenó dos manzanas verdes con yogur y se lanzó a su cama casi sin desvestirse. Esa primera semana de trabajo había tocado su alma.

7

Tercer lunes en el escritorio de Natalia:

  • 21:30: qué ser más increíble, me hiciste vibrar, te quiero, Nineth.
  • 22:17: cuando querrás, donde querrás y con quienes querrás, allí estaré, Verónica.
  • 22.34: el mundo se ilumina con tu presencia, vamos, sigue adelante, te quiero, Enma.
  • 23:09: me has hecho ser inmensamente feliz, gracias, Matilde.
  • 23:55: qué poder, qué potencia la tuya, todo, todo me ha gustado, Lucky.
  • 23:58: de nuevo, alguien que se siente feliz de conocerte, Verónica.

8

Natalia dejó el siguiente mensaje para míster Winston: me gustaría tener una cita, llámeme por la tarde al 5601223. Dejó el número de su casa, pero utilizó su segundo nombre: Mirta. Recibió una llamada al tercer día. Usted es Mirta, le preguntó una voz fuerte del otro lado del auricular. Sí. Usted es… No, no. Quiero saber quién la recomendó para tener una cita con míster Winston. Natalia titubeó, pero recordó los nombres de Nineth y Verónica. ¿Cuándo está dispuesta a venir? Pues, mire, depende… Si contactó es porque le interesa. Sí, pero, de qué se trata. Escuche, si Nineth y Verónica le recomendaron que llamara, de seguro le explicarían que debe pagar una suma para estar unos minutos con míster Winston. Sí, ellas me lo explicaron, le respondió asustada a la voz masculina, que ahora le hablaba en un tono paternal. Sin embargo, nunca pensó que se tratara de cancelar una suma al tal Winston. De cualquier manera y casi automáticamente, le contestó con la misma determinación que había respondido las preguntas de la hoja de empleo en la empresa. Sí, estoy dispuesta. ¿Cuándo y en dónde? La voz del otro lado del auricular le dictó la dirección, le pidió que fuera muy prudente y le sugirió que era preferible que cambiara de nombre. Los seudónimos son mejores para él y, por supuesto, para usted también. Así que use un nombre que le guste. Ella le respondió, Natalia, con cierta ironía. Venga el próximo sábado después de las siete de la noche y colgó.

9

Durante el resto de la semana Natalia se debatió entre si asistir o no al encuentro con míster Winston. Ella nunca había compartido la idea de pagar por una relación sexual. Amaba a Joaquín, pero también sentía mucha curiosidad y deseo de conocer a míster Winston. Quizá esa misma relación le cambiaría la vida. Podría aprender algo nuevo. Muchos hombres se han jactado de que mientras más experiencias tengan en la vida mejores son en la cama, se dijo, por qué yo no voy a intentarlo también, seguiré queriendo más a Joaquín. Además, como debía pagar casi 100 dólares por la cita, sabía perfectamente que no podría tener más de un encuentro con él. Una vez bastaba para conocerlo y quitarse las dudas. En ese momento recibió un mensaje. Buenas noches, por favor para la unidad 34321: sos sensacional, no sé qué haría de no haber estado con vos, Verónica. Natalia trató de imaginar las características de esa muchacha. Cuando estuviera en casa de míster Winston, le podrían preguntar cómo eran las dos madrinas que la habían recomendado. Buenas noches, por favor a la 34321: realmente sos fabuloso, gracias, Nineth. Natalia fue por un café, pero antes de sorber el primer trago entró otra llamada: saldré del país durante unos días, cuando vuelva estaré contigo, Enma.

10

Sábado, día de la cita:

Natalia salió un poco antes de las cinco de la tarde de casa. Cuando besó a su madre y a Fernandito, explicándoles que tendría un curso de capacitación en el trabajo, no se atrevió a verlos a los ojos. Desde el dintel de la puerta principal de la casa gritó que si Joaquín preguntaba por ella le explicaran que hasta el día siguiente tendrían una cita.

Tomó un autobús que la trasladó hasta la capital. Luego otro que la condujo hacia el sur. Compró un preservativo en una farmacia. Siguiendo las indicaciones de la voz, tomó un taxi, que la dejó justo en la entrada de una pequeña finca, casi en los arrabales de Escazú. Cuando comenzó a caminar ya oscurecía. Tras quince minutos de tropezar con piedras por una vereda que la condujo hasta la entrada principal de una lujosa hacienda, se detuvo y tocó tres veces una campana de bronce que colgaba de un árbol de higuerón. A los pocos minutos, un joven alto de ojos celestes, porte atlético y vestido con un traje negro, inapropiado para la finca, pensó Natalia, le pidió que la acompañara. El tipo extendió la mano y ella sacó la plata. Le pidió que esperara afuera de la enorme casa de madera, que seguramente era la principal. Giró sobre sus talones y se perdió dentro de la lujosa construcción. A los pocos minutos apareció un diminuto muchacho con las características y vestimenta de jockey. Usaba un pequeño pantalón de seda, botas altas, una camisa de cuadros blancos y rojos, un casco y un fuete. Le preguntó si ella era Natalia y la conminó a que lo siguiera. Tras avanzar en silencio llegaron a un establo grande y lujoso, pensó Natalia, para ser un simple potrero. Recordó los de El Chompipe, construidos con caobilla y solamente para el resguardo de las bestias. En ese momento pensó en míster Winston. Quizá era su hora de montar, o tal vez le gustaba recibir a sus clientas entre la paja y los animales.

Cuando el hombre pequeño quitó la tranca, le pidió a Natalia que entrara de prisa. Cerró por dentro y encendió una bombilla. Póngase cómoda, en seguida viene míster Winston. Antes de ir hacia el segundo cuarto, le dio una boleta y le pidió que la llenara. Son puramente formalidades de la finca, le explicó con una sonrisa que le recordó la de su jefe el primer día de trabajo. También mintió en sus respuestas, pero el último inciso la dejó perpleja. Por favor, cada vez que decida regresar con nosotros, le pedimos que ponga un mensaje a la unidad 34321, eso estimula nuestro trabajo y por supuesto, nos reconforta.

El hombrecito llamó a Natalia desde el dintel de la puerta. Le indicó que podía desvestirse tras el pequeño biombo apostado al fondo. Cuando Natalia se despojaba de la última prenda, escuchó la obertura del Barbero de Sevilla de Rossini. La reconocía perfectamente porque era el tema de la serie de El Llanero Solitario. En la escuela, cuando escuchaba el himno de El Salvador, también se la recordaba. Estaba totalmente mojada. Un olor a sudor de semental la recibió en el cuarto iluminado cuando se aproximó hacia míster Winston, quien la recibió con un excitante relincho y golpeando su pata izquierda contra el piso de madera.

11

Lunes, Natalia solicitó incapacitación.

Buenas noches, un mensaje para la unidad 34321: gracias, gracias, gracias, Natalia.


Nacido el mismo día del cumpleaños de Jimmy Hendrix. Francisco Alejandro Méndez ganó su primer premio antes de cumplir un año: niño sano del año. 17 años después obtuvo el Campeonato Centroamericano Juvenil de Tenis de Mesa. Ese mismo año comenzó a escribir. Hasta hoy lleva una veintena de libros que escribe por madrugada. Su personaje más elaborado es Wenceslao Pérez Chanán, detective guatemalteco amante de la música de Héctor Lavoe. Méndez ha estudiado en sus tiempos libres y ha obtenido licenciatura, maestría, doctorado y especialización en periodismo y literatura. Sus perros han obtenido premios nacionales e internacionales, y con ellos comparte el placer de la lectura. Entre sus obras: Completamente inmaculada, Juego de muñecas, Saga de libélulas, Reinventario de ficciones: catálogo marginal de bestias, crímenes y peatones. Sus relatos han sido traducidos al kakchiquel, alemán, francés e inglés. En el 2017 le fue otorgado el Premio Nacional de Literatura “Miguel Ángel Asturias”.