Ignacio Ezcurra | En el Valle de A Shau

La noche se hace interminable durmiendo en un diminuto búnker construido por los norvietnamitas. Los morteros y los cañones de los cinco puestos establecidos en el valle bombardearon los senderos por donde podía circular el enemigo. Y dos veces la montaña tembló

Son los B-52 que atacan a dos o tres kilómetros de aquí. Bombas de 500 kilos. Imagínense cómo las sienten ellos.

A las seis de la mañana todo el mundo estaba en pie, calentado y maldiciendo las raciones de combate: latas verdes con galletitas, chocolates, dulces, pavo, sopas o carne. Parecen ricas, pero después de unos meses…

No quiero ir. Ese lugar está ‘buku’ (lleno) de ‘guks’ (norvietnamitas)”, suspiró el soldado Steve Arnold, de California. A las 7 estaban los 70 hombres al pie de la montaña en el camino construido por los norvietnamitas, con los fusiles M-16, ametralladoras M-60, lanzagranadas, bazukas y miedo. “Miedo, no tengo vergüenza de confesarlo”, dijo con pesado acento sureño Lui Gregore. Para evitar convertirse en blancos preferenciales los oficiales y suboficiales se arrancaron las charreteras, y los que llevaban radio disimularon la antena. “Siempre empezarán con nosotros”.

Mientras un pelotón iba por el fondo del valle, comenzamos a recorrer el camino en dirección a Laos, distante a unos cuatro kilómetros.

Tres horas después habíamos recorrido un “click” (mil metros) cuando comenzaron a silbar las balas y desde un búnker se escuchó el ladrido seco del AK-47, el fusil automático. Al tercer intento los alcanzaron con una bazuka. Eran dos norvietnamitas. Vestían buenos uniformes, pero como calzado llevaban dos ojotas de cubiertas de camión”. Pobres, con esos elementos no sé cómo pelean”, se compadeció un soldado norteamericano.

Cien metros después nos comenzó a buscar una ametralladora pesada desde la montaña que teníamos enfrente. La infantería de marina mandaría un pelotón a silenciarla. A la caballería no le importa gastar unos dólares más con tal de cuidar a sus hombres. “Alguna vez dejé caer un millón de dólares sobre un tirador emboscado”. Un llamado de radio y pocos minutos después estaban sobre la montaña dos helicópteros con sus “miniguns” zumbando a 4000 tiros por minuto.

La ametralladora les contestaba impasible. “Que venga la aviación”. Tardaron menos de 15 minutos en llegar tres aviones de chorro que troncharon media montaña con bombas de 250 libras y el alarido de sus ametralladoras.

De una cueva salieron corriendo cinco ‘guks’ y un soldado alcanzó a tres con su fusil. Se fueron los jets y el valle quedó por un momento en silencio. “Volvamos. Ha sido un buen día”.


Ignacio Ezcurra (1939- 1968), uno de los periodistas más dedicados y talentosos que vio la Argentina. Su pluma recorrió y retrató numerosos países como cronista para el Diario La Nación. Murió a los 28 años, como corresponsal en Vietnam.Su trabajo periodístico lo llevó a diversos escenarios, como el conflicto en Medio Oriente, en 1965; y a Estados Unidos (1967) dónde investigó los conflictos raciales, entrevistando a personajes como Martin Luther King y Robert Kennedy.Su vida fue breve, pero no su obra. Sus notas recuerdan a un hombre preocupado por despertarle emociones al lector, en las cuales sus vivencias son parte imprescindible para retratar a los personajes que entrevistaba.

*Nuestra memoria es una sección de El camaleón que busca recuperar textos de autores fallecidos o injustamente olvidados. La revista no lucra con los textos y siguen siendo propiedad de autores o sus herederos. El camaleón se declara no responsable de cualquier infracción de derechos de autor. Para colaborar envíe el texto, además de una foto del autor, su biografía y el lema: «La presente colaboración está libre de derechos y/o compromisos editoriales» al correo librosdelcamaleon@gmail.com

Colaboración de Guillermo H. Pegoraro (Córdoba-Argentina)