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Malena Echagüe | La última conversación

“Desvié mi mirada hacia los costados, arriba y abajo, en zigzag, pero no pude ver nada, ni siquiera el color negro, como si tuviera una venda en los ojos y las manos atadas con fuerza, sin poder liberarlas. O la otra opción, me horrorizó aún más, no podía mover mis manos porque ya no tenía brazos.”

No sé cómo ocurrió, estaba yendo al trabajo, crucé la calle y luego, mi memoria se fragmentó: recuerdo ver a un paramédico empujando mi camilla sangrante hacia la ambulancia y escuchar la voz acongojada de mi novia, preguntándole a los médicos cuál era mi estado y si me iba a recuperar; no escuché su respuesta.
Parece que estoy muerto. Me quedé dormido, sobre mis párpados sentí el peso de piedras empujándolos hacia abajo y cerré los ojos, en un intento por quitármelas. Dejé de sentir mi cuerpo y el calor de la manta que me envolvía. No fui testigo de la ascensión de mi alma, no escuché a los enfermeros gritar en busca de un médico, sólo oí sus lamentos, alejados, sus voces distorsionadas.
No voy a mentirles, no fui llamado por una voz celestial a través de un túnel, no había luz blanca, ni ángeles vinieron a mi encuentro para darme la bienvenida.
Sólo escuché una voz que dijo:
— Te portaste muy mal, lo sabes, ¿no?
Desvié mi mirada hacia los costados, arriba y abajo, en zigzag, pero no pude ver nada, ni siquiera el color negro, como si tuviera una venda en los ojos y las manos atadas con fuerza, sin poder liberarlas. O la otra opción, me horrorizó aún más, no podía mover mis manos porque ya no tenía brazos.
— ¿Dónde estoy? — pregunté con rapidez.
Él, Dios o quien sea que fuera, se rio.
— Estás muerto — respondió, su voz parecía provenir de todos lados, mientras que estaba en ningún lugar.
— ¿Por qué te escucho, si en vida, no fui creyente?
— ¿Qué importa? No soy como Papá Noel, aunque nadie creyera en mí, seguiría existiendo. — sentenció e intenté imaginar su rostro, pero fue inútil, entonces comprendí que no necesitaba uno.
— Me gustaría poder seguirte ¿Puedo?
Volvió a reír, esta vez, su risa tenía un tono amargo, como un bravucón que se ríe de su nueva víctima.
— Todos dicen lo mismo. Pasan una vida negándome ante sí y ante los demás, pero cuando mueren, quieren arrodillarse.
— Sos bastante cruel
— No, soy justo. — me interrumpió y continuó — Te ofrezco lo que mereces…
— ¿Cómo me castigarás, Dios?
— Nadie te recordará. Tu existencia vacía y superflua pasará al olvido, serás una lápida más.
Quise reírme. ¿Y dónde estaba el fuego, las llamas, el dolor lacerante, el Diablo? Había sido una jugarreta, una broma, y no por primera vez, quise reírme de los religiosos.
— Hay algunos, que comienzan a llorar o lanzan injurias hacia mí, vos aceptas tu destino… ¿te puedo contar un secreto?
— Sí, me gustaría muchísimo — dije, si hubiera tenido cabeza, se me habría caído de tanto asentir.
— A todos les ocurre lo mismo — confesó Dios, en susurro, como si temiera que fuera corriendo a contarle a los demás.
— Entonces, ¿cuál es el fin de todo esto, Señor?
No respondió, el sueño me atacó otra vez. No era capaz de mantener los ojos abiertos, se cerraban solos, como si tuvieran voluntad propia. Lo último que pensé fue que él tampoco sabía la respuesta.


Por Sala de redacción

El camaleón es una revista digital, independiente y anárquica, sin fines de lucro y abierta a todas las propuestas artísticas.

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