Paulo Neo | Elena

La cantina más antigua de Ciudad de México se llama La Peninsular. Ubicada en la esquina de Corregidora y Roldán, abrió sus puertas allá por 1872, cuando gran parte de la metrópoli todavía se encontraba cubierta de agua. Se trataba, entonces, de una ciudad lacustre atravesada por canales, acequias y puentes que facilitaban el comercio, los amores prohibidos y el transporte de mercaderías. Es decir: una suerte de Venecia surrealista y caótica, pero no exenta de cierta belleza. Podemos imaginar comerciantes, estibadores, poetas y policías, bancarios, ladronzuelos y hasta algún sacerdote, acodados a la barra de más de seis metros de largo o despachándose una buena dosis de tequila, en las pequeñas mesas del salón. Resta decir que la entrada a este lugar de copas y festejos estaba prohibida a las mujeres.        
            Pese a ello, Elena fue la primera en atreverse a cruzar la gran puerta de La Peninsular. Corría el año 1980 y la reacción de los parroquianos fue dividida: la mayoría se manifestó en contra, aduciendo que no era lugar indicado para ellas. Un porcentaje menor dijo estar de acuerdo, que su presencia alegraba el lugar. El resto, demasiado ebrios como para enterarse de algo.
            Lo cierto es que, a partir de ese día, Elena no dejó de pasar cada tarde. De a poco fue sumando alguna compañera, alguna amiga. Ante la queja insistente de algunos clientes, el dueño del local decidió implementar un novedoso sistema, que lo mismo tenía de nuevo, que de bárbaro: hizo construir una tapia de poco más de un metro de altura que dividió la cantina a la mitad. Una respuesta absurda a un pedido absurdo, que no tardó en ser llamado como El muro de Berlín, pues ciertamente remedaba al otro.      Algunos años después, la lucha de un movimiento obrero posibilitó la caída del absurdo muro. Cosa que ambos bandos festejaron por igual. Y sobre todo, Elena.          
            Con el paso del tiempo, el recuerdo de aquella valiente mujer, supo caer en los miasmas del olvido. Pero eso sí, la entrada a La Peninsular es, hasta el día de hoy, absolutamente libre.  Así que vengan estas líneas a suplir un poco tan ilustre desprestigio, tan gratuita desmemoria.  


Ilustración: Rene Gruau (1909-2004)