David Beltrán | Tabú


La primera vez que lo confesó acabábamos de cumplir siete meses de casados. Yo quedé ⎯apenas⎯ un poco menos que petrificado. No supe qué decir y me limité a sonreír con un deje burlón, esperando que fuera lo adecuado. Sin embargo, su expresión facial al instante me indicó que aquello no era un juego. Me resultó difícil de creer, pero de igual manera no supe ni quise encontrar la manera de juzgar.

Esa noche no hablamos de ello más; incluso el sexo que había precedido quedó severamente opacado. Cada uno, en su lado de la cama, miró hacia la pared y pude notar, mediante la tensión del ambiente, el esfuerzo mudo que ambos poníamos por no movernos, como si simplemente existir fuera algo vergonzoso dadas las circunstancias. Yo tardé en conciliar, pero algo hasta la fecha me dice que él ni siquiera consiguió dormir.

Pasaron los días sin que nadie dijera nada. Las primeras veinticuatro horas después de lo ocurrido estuvieron tan repletas de una insatisfacción densa, impronunciable, que hasta caminar costaba, como si uno estuviera intentando moverse dentro de una mezcla espesa, a punto de endurecer.

Eventualmente lo superamos. Pasaron meses enteros de plenitud marital antes de que aquello, tan escandaloso como prohibido, se volviera a aparecer; tal como un espíritu con menesteres inconclusos que retorna, aturdido, a completar su deber.

Esta segunda ocasión pude apreciar más recelo en su voz. Incluso puso una distancia física considerable que me hizo sentir como si yo fuera el verdadero peligro. Al inicio nuevamente reí, aunado ello a la mueca más incómoda que pude expresar. Pero otra vez su cara me dijo que no bromeaba, que deseaba en realidad aquello que estaba pidiendo. Hoy no podría decir por qué o cuáles fueron las conclusiones internas que me llevaron a lo que vino: terminé aceptando.

Primero lo dejé hacerlo él solo. Yo había dicho que no quería verlo, aunque al final la curiosidad me venció y terminé siendo espectador. A esa vez le siguieron varias otras de él llevándolo a cabo solo, sin mi ayuda; con apenas un semblante ⎯aún⎯ sorprendido viniendo de mí.

Poco a poco el acto cada vez me parecía más natural; terminamos incorporándolo a nuestras rutinas hasta que dar el siguiente paso se volvió la única salida razonable: en ese punto intervine. La primera ocasión todavía la duda mermaba mi acción, pero mentiría si dijera que la mera satisfacción de complacerlo no me resultó excitante. Entonces seguí; seguí varias veces hasta que ya no solo me sometía a participar en aquello, sino que incluso lo impulsaba. Llegó un punto donde lo fui haciendo tan mío que, si me hubieran preguntado, me habría costado trabajo recordar y reconocer que algún tiempo fue solamente suyo, pues me parecía inherentemente nuestro.

Al final lo dejamos, así como también años después dejamos nuestro matrimonio. Sin embargo, el recuerdo ruidoso de un pasado que ahora me asquea sigue latiendo fuerte; tanto que ya no sé si después de aquello seguí siquiera siendo yo.


David Beltrán nació el siete de julio de 1998 en Coahuila, México. Cuenta con estudios en derecho, psicología y actualmente cursa la licenciatura en pedagogía. Se ha desempeñado en la administración pública y en mayo de 2019 ganó el primer lugar en el «Séptimo Certamen de Cuento Zócalo» con el cuento ‘01100100 01101111 01110000 01100001 01101101 01101001 01101110 01100001’.