Fernanda Melchor | La casa del Estero


Felix, qui potuit rerum cognoscere causas

Virgilio

1

¿Qué es lo más cabrón que te ha pasado en la vida?, me preguntó Jorge.

Estábamos en la fiesta de cumpleaños de Aarón, en el balcón de su sala. Acababan de dar las cuatro de la mañana. Un norte ligero alborotaba las palmeras de la costera, visibles —al igual que los fierros de las gradas del carnaval, instaladas sobre el bulevar desde enero— por encima de los tejados de la colonia Flores Magón.

¿Lo más cabrón que me ha pasado?, repetí, para ganar tiempo.

Yo tenía 24 años. En aquel entonces, lo más cabrón que me había pasado en la vida había ocurrido un año antes: la pelea que tuve con mi padre justo antes de que me largara para siempre de su casa. Era el 2005 y nos habíamos quedado solos: Julio estudiaba en Ensenada y mamá… bueno, digamos que mamá estaba de vacaciones indefinidas en el norte del país, desde donde telefoneaba de vez en cuando para platicar de cosas que cada vez tenían menos sentido. Papá ya se había deshecho de las cosas de mamá: su ropa, sus papeles, sus perfumes. Un día metió todo en bolsas negras de basura y las sacó a la calle. No dejó de echar fiesta desde entonces, y yo tuve que ponerme a trabajar para comer y terminar la carrera.

¿Pero qué caso tenía contarle todo eso a un muchacho al que apenas conocía? Una cosa era que me dejara dar sorbos a su cerveza y que me mirara con ojos negros bellamente entornados, y otra, contarle cómo durante aquella última pelea yo había amenazado a mi padre con su propia arma —una .45 automática que él mismo había escondido en mi tapanco— porque su cotorreo de cristal y música electrónica llevaba días sin dejarme dormir.

No sé. La verdad es que no sé, respondí al final, presionada por aquella mirada a la vez penetrante y somnolienta. ¿Ya ti?

Intuí que su respuesta iba a ser mejor que la mía, pero algo pasó, algo interrumpió nuestro diálogo en el balcón, y Jorge no me contó la cosa más cabrona que le había pasado en la vida sino tres meses después, cuando tuvimos nuestra primera cita.

Él llevaba dos caguamas encima cuando yo llegué al bar, tarde y un poco mojada por la súbita lluvia de finales de mayo. Me senté en la mesa que eligió sobre la acera. Corría un viento tibio que me secó rápidamente. Lo dejé guiar la conversación porque, la verdad, a tres meses de la fiesta en casa de Aarón, yo ya no recordaba su nombre de pila; solo su apellido, su apodo de barrio —El Metálica— y su mirada.

Esa noche, después de dos litros más de cerveza, me contó por primera vez la historia de lo que le había pasado a él y a un grupo de amigos en la Casa del Diablo. Tardó algunas horas en hacerlo, en parte porque narró, minuto a minuto, sucesos que habían ocurrido hacía más de una década, y también porque abundaba en extensas digresiones destinadas a explicarme los detalles que yo ignoraba. El estilo narrativo de Jorge me intrigaba: sabía entretejer el relato directo de lo sucedido con fragmentos de diálogo, con ademanes aferrados a su cuerpo, con sus propios pensamientos, los presentes y los pasados. Un jarocho de pura cepa, pensaba yo, fascinada; entrenado para la conservación de las hazañas viriles desde una cultura que desdeña lo escrito, que desconoce el archivo y favorece el testimonio, el relato verbal y dramático, el gozoso acto del habla.

Tres horas después yo seguía muda y él llegaba a la desoladora conclusión de su historia. Para entonces, yo ya estaba enamorada de él. Tardé varios años en darme cuenta de que, en realidad, me había enamorado de sus relatos.

2

El horror, como Jorge lo llamaba, comenzó un día de junio de principios de los noventa, con la llamada de su amiga Betty.

Oye, Jorge, vamos al Estero…

Por el auricular, Jorge podía escuchar las risitas de Evelia, de Karla y de Jacqueline.

El Estero. Quieren Ir a esa pinche casa de nuevo, pensó Jorge y la modorra de las cuatro de la tarde lo abandonó por completo.

No puedo ir, no tengo dinero, les dijo, seco, para desanimarlas.

¡Ándale, Jorge! Nosotras ponemos la botella…

Jorge miró el rostro dormido de su abuela, su boca ligeramente abierta, las cobijas hasta la barbilla. El teléfono estaba en el cuarto de la anciana pero ella nunca escuchaba el timbre. Dormía hasta tarde porque se pasaba las noches en vela. Decía que la tía de Jorge, su hija fallecida años atrás, se le aparecía en las madrugadas al pie de la cama y le tocaba las piernas.

No tengo nada, ni para el autobús.

¡No importa, nosotras te invitamos!

Jorge tuvo ganas de regañarlas. Si bien era cierto que ni Betty ni Evelia jamás habían visitado la casa abandonada, Karla y Jacqueline sí, y tendrían que haber escarmentado. ¿O qué no recordaban lo sucedido el domingo anterior? ¿Qué no habían visto las caras de los cadetes? ¿No habían notado que en esa casa había algo?

Ándale, Jorge, no seas mamón. Te esperamos en Plaza Acuario, dijo Betty, y colgó el teléfono.

Jorge marcó el número de Tacho.

Bueno, respondió este.

Oye, carnal. Fíjate que esas pinches viejas…

Sí, ya me hablaron…

¿Tú qué dices? ¿Vamos?

Tacho permaneció en silencio. Jorge retorcía el cordón del teléfono, impaciente. Dejarle a Tacho la decisión de ir o no a la casa abandonada era como lanzar una moneda al aire.

Tacho también estuvo ahí el domingo pasado, él vio las caras de los cadetes, pensó Jorge. Deseaba con toda su alma que su amigo se negara a ir.

Pus vamos a ver qué pasa, dijo Tacho, después de un largo silencio.

Resignado, Jorge colgó el aparato y fue a darse una ducha. No tenía prisa; si las chicas realmente tenían ganas de ir bien podrían esperarlo. Por la ventana del baño observó que el cielo se cubría de nubes negras y se alegró. Se vistió y salió de la casa sin despertar a la abuela.

No había avanzado ni 10 metros sobre la avenida cuando el aguacero comenzó a caer. Gotas gruesas tupieron el pavimento pero Jorge no se molestó en cubrirse. Ahora ya no querrán ir, es la excusa perfecta. ¡Cómo amaba Jorge las tormentas instantáneas de finales de primavera!

Pero cuando llegó a casa de Tacho, la lluvia había cesado. Su amigo lo esperaba fumando bajo un árbol; estaba listo.

¿Vamos?, preguntó Tacho, él también inseguro.

El sol brillaba de nuevo en el cielo e iluminaba las fachadas de las casas. Los niños del barrio regresaron en tropel a las calles. Algunos llevaban barcos de papel en las manos; los hacían navegar sobre un pequeño arrollo que corría en la cuneta.

En menos de una hora, toda esta agua será aire caliente de nuevo, pensó Jorge, derrotado. El sol resplandecía con tanta fuerza que su ropa se secó durante la breve caminata a Plaza Acuario.

Iban a ir de nuevo a la Casa del Diablo y él sentía el corazón como oprimido por un puño invisible mientras se acercaban al sitio en donde las chicas ya los estaban esperando.

3

Las leyendas sobre la Casa del Diablo son muchas y nada originales. Combinan leyendas decimonónicas del puerto con argumentos de películas de terror de los años ochenta: entre sus muros en obra negra, supuestamente, tuvieron lugar asesinatos rituales y penan espíritus chocarreros. Se decía, por ejemplo, que la construcción estuvo destinada a ser un hotel con restaurante en la última planta, pero que este nunca pudo terminarse debido a que el velador mató a su familia a machetazos y luego se suicidó, colgándose de la ceiba que crecía junto a la casa; las almas de las víctimas de aquel terrible crimen —según la mítica porteña que relaciona las muertes violentas con la aparición de espíritus «intranquilos»— penaban en el sitio y espantaban a los morbosos que se atrevían a entrar al terreno. Otra leyenda insistía en que la casa era sede de una secta satánica que realizaba oscuros ceremoniales en sus sótanos, relato alimentado por la cercanía relativa de la Casa del Diablo con la llamada «casona» de la Condesa de Malibrán, un personaje a medias histórico a medias mítico considerado por los jarochos como una versión tropical de la sádica asesina de jovencitas Erzsébet Báthory. Asimismo, existía una tercera leyenda sobre la casa; supuestamente la vivienda tenía siete sótanos a los que se accedía por una escalera de caracol ubicada en el tercer piso. Si uno alcanzaba a descender hasta el último de estos sótanos, el más profundo, se toparía de frente con el mismísimo Satanás.

Lo cierto era que la casa y el amplio terreno que la rodeaba —ubicados a orillas del caudal conocido como El Estero, cuyas aguas salobres por la cercanía del mar provenían de la laguna de Mandinga, la más pequeña del sistema lacustre de Alvarado— se encontraban en una de las zonas de mayor plusvalía de Boca del Río y pertenecían a un empresario local que no estaba interesado en vender o en rentar el inmueble. Una verja de acero impedía el acceso a los curiosos, la mayor parte adolescentes del puerto que buscaban un sitio para beber, drogarse y estimular sus glándulas suprarrenales con un poco de sugestión. La costumbre indicaba que uno debía entrar a la casa a través de la verja de hierro, sobornar al vigilante en turno y después recorrer uno a uno sus tres pisos en obra negra. El paso del tiempo y el clima del trópico no habían sido benignos con el aspecto de la casa, que en los años noventa carecía ya totalmente de ventanas y cuyos pisos estaban siempre tapizados de una espesa capa de hojas podridas. La ceiba que crecía al lado de la casa había terminado parasitando la estructura, y sus ramas invadían buena parte de la segunda planta.

Jorge, por supuesto, conocía los rumores y de chico ansiaba poder ingresar a esa extraña casa cuya silueta alcanzaba a vislumbrar por entre la maleza que crecía a la orilla del río, cuando el autobús en el que solía viajar con su abuela rumbo a Antón Lizardo cruzaba el puente de El Estero. Y la oportunidad de visitar la casa le llegó cuando tenía 15 años y formaba parte de una tropa de scouts, a quienes un domingo logró contagiar de suficiente curiosidad y morbo como para convencerlos de realizar una expedición a la casa, con el fin de escudriñar sus misterios y comprobar de una vez por todas si estaba o no embrujada. Así que esa misma tarde se dirigieron a El Estero: lograron franquear la verja de fierro herrumbroso y entrar a la planta baja por una especie de portal. Recorrieron uno a uno los cuartos oscuros y malolientes que parecían haber sido construidos bajo un diseño laberíntico. Entre risas nerviosas llegaron al tercer piso, el único lugar que realmente tenía apariencia de restaurante, con separaciones que distinguían una barra, una cocina, un amplio comedor con terraza y cuartos de baño. Todo estaba cubierto de hojas secas, excrementos de murciélagos y cadáveres de lagartijas.

Lo más extraño que encontraron, en la habitación que se extendía detrás de la barra del supuesto restaurante, fue un portal con marco de piedra que conducía a una escalera que descendía, en espiral, hacia una oscuridad absoluta.

Ese día se marcharon sin bajar por la escalera porque no llevaban cuerdas y no quisieron arriesgarse a descender sin ellas. Pero el domingo siguiente estaban de vuelta —un scout es obediente, disciplinado y no deja nada a medias, dice su ley—, equipados con piolas, linternas, tiras de halógeno, provisiones de comida y agua para un par de días, y una estrategia contra el pánico que el mismo Jorge había insistido en preparar, en caso de que ocurriera algo fuera de lo común y el terror y el miedo amenazaran con paralizarlos en una emergencia.

Así que planearon cuidadosamente la aventura, e incluso decidieron de antemano el orden en el que descenderían: primero Puma, que a sus 19 años era considerado por toda la tropa como un verdadero adulto, motivo por el cual le tocaba portar el bastón de mando. Luego bajarían Jorge, Adán y Lili, en ese orden. A Roxana le tocó quedarse afuera, junto al portal, para vigilar el extremo de la cuerda que amarraron a una de las columnas de la habitación y con la que procedieron a atarse de las cinturas, como escaladores alpinos, antes de descender.

El interior de la escalera apestaba a humedad y animal podrido. Los peldaños se desmoronaban bajo sus pies. Pronto hizo falta más luz; Puma ordenó:

Enciendan sus linternas.

Pero ninguna de las cuatro funcionaba.

Pero si las probamos allá arriba, pensó Jorge, y todas tienen baterías nuevas. Pero no quiso decirlo en voz alta para no generar más inquietud de la que ya sentían.

Los chicos sacaron entonces las tiras de halógeno que llevaban en los bolsillos, y las quebraron para obtener una luz verde y fluorescente, que apenas iluminaba el camino. Así descendieron unos metros más. Hacía demasiado calor y el sudor traspasaba el tosco tejido de sus uniformes. Delante de Jorge, Puma tanteaba el terreno con el bastón de mando; por detrás, Adán respiraba contra su nuca y a Liliana le castañeaban los dientes. Jorge también sentía miedo pero la flaqueza era algo que debía aprender a dominar, a controlar a voluntad, si es que quería ver algún día realizado su más grande sueño: ingresar al Colegio Militar cuando cumpliera 18 años, incorporarse a la Brigada de Fusileros Paracaidistas del Ejército Mexicano y, cuando ya se hubiera convertido en un soldado de élite, desertar para unirse a la Legión Extranjera. A los 15 años ese era, básicamente, su plan para escapar de Veracruz, de su abuela.

Esperen, balbuceó Puma de pronto.

Jorge chocó contra su espalda.

¿Qué pasa? ¿Por qué te detienes?

Me acaban de quitar el bastón de las manos.

Jorge respiró profundo. Casi no había aire ahí dentro.

¿Cómo?

No sé, me lo arrancaron de las manos, alguien…

¿Qué pasa?, lloriqueó Lili.

A Puma se le quebró la voz y ya no quiso decir nada más.

Ya, esto es, esto es el pánico, pensó Jorge, el momento en que todo se lo lleva la chingada. Su pecho era un fuelle. Carraspeó hasta recobrar la voz y dio la orden de retroceder, ante la mudez estupefacta de Puma.

Subieron como los cangrejos. Nadie quería darle la espalda al foso, de donde provenía el estruendo que hacía el bastón al golpear brutalmente las paredes. Jorge respiraba con la boca abierta; trataba de encontrar un ritmo en su respiración, de controlar los latidos de su corazón. Quizá solo es un drogadicto, pensó, un loquito de esos que se meten a las casas abandonadas. Pero aquella idea no lo tranquilizó. Porque, ¿qué clase de loco viviría en aquel agujero, qué clase de ser querría esperar quién sabe cuánto tiempo allí, en la negrura hedionda, aguardando a que llegara alguien para…?

Tuvo que concentrarse en no pensar y en poner toda su atención en tantear con los pies los peldaños resbaladizos de las escaleras e impulsarse hacia la luz, hacia el aire, lejos de la oscuridad, lejos de aquel rumor ronco que ya no sabía si era su propia respiración o la de Adán o la de Puma o la de quién sabe quién.

Cuando lograron salir, se encontraron a Roxana llorando con la cabeza metida entre las rodillas. Durante varios minutos la chica no pudo hablar, solo les señalaba la cuerda con la que se habían amarrado a una columna cercana. La piola oficial de los scouts, garantizada para soportar una tonelada de peso, estaba rota, reventada a pocos centímetros del nudo.

Vi que se tensó, como si la jalaran desde abajo, les contó la chica. Pensé que se habían caído, que algo les había pasado, y comencé jalarla hasta que reventó…

La piel de sus palmas extendidas estaba quemada por la fibra.

Roxana había gritado sus nombres, una y otra vez, al pie de la escalera. Como nunca le respondieron, se había desmoronado en un llanto histérico, presa del miedo. Lo extraño era que, en la oscuridad de las escaleras, ellos nunca oyeron sus gritos.

Los diligentes scouts huyeron de la casa antes de que oscureciera. Puma lideraba el camino, y cuando atravesaron la verja, aún llevaba el cuchillo de caza de Adán bien sujeto en la mano.

4

Ese fue el primer antecedente del horror. Hubo un segundo: el asunto de los cadetes, ocurrido una semana antes de la llamada de Betty. Jorge no pudo evitar recordar este último incidente mientras esperaba con Tacho afuera de un tendajón en Boca del Río. Betty, Evelia, Karla y Jacqueline estaban adentro, comprando ron, soda y cigarrillos para la nueva excursion a la casa.

Aguardaban de pie sobre la calle que, metros más adelante, aún hoy se convierte en el puente que atraviesa el río Jamapa. Jorge contemplaba el horizonte. Ahí, del otro lado del puente, el camino se tornaba encrucijada: a la derecha se llegaba a Paso del Toro y a la antigua carretera a Córdoba; a la izquierda se encontraba el camino a la punta Antón Lizardo y la Escuela Naval Militar. Para llegar a la Casa del Diablo había que coger el camino hacia Antón Lizardo y salir de la carretera o apearse del autobús bajando el puente de El Estero. Había que avanzar entonces unos 500 metros por una brecha que discurría junto al cauce, entre un restaurante de mariscos y una lujosa mansión blanca, y de pronto ya estaba uno ante la verja herrumbrosa de la Casa del Diablo.

Jorge sentía asco. Ni siquiera tenía ganas de fumar, mucho menos de beber alcohol. No podía dejar de pensar que era un error regresar a esa casa, después de lo que les había pasado el domingo previo, cuando él, Tacho y Jacqueline visitaron el lugar por invitación de Karla. Aquella vez llegaron mucho más avanzada la tarde: casi a las siete de la noche, en pleno crepúsculo, y tuvieron que usar la lamparita de bolsillo de Tacho para guiarse a través de la brecha. Karla y sus amigos ya estaban adentro; podían escuchar sus gritos y risas cuando cruzaron la verja. Entraron a la casa y comenzaron el recorrido para llegar al último piso. Los amigos de Karla se correteaban en la oscuridad; eran todos cadetes de la academia naval de Antón Lizardo; iban rapados pero vestidos de civil pues era su día de permiso. Jorge trataba de distinguir la barra en la oscuridad, el umbral de la habitación en donde se encontraban las escaleras aquellas, cuando sintió que alguien lo sujetaba del cuello. Era uno de los cadetes; llevaba una máscara de gorila cubriéndole la cabeza y una pistola que quiso apoyar contra la sien de Jorge.

Los cadetes aullaron, tratando de asustarlos.

¡Quítame esa cosa de la cara!, le gritó Jorge. Le propinó al cadete un codazo que le desacomodó la máscara y lo derribó al suelo.

¡Estamos jugando, pendejo, no tiene balas!, lloriqueó el muchacho.

Jorge hubiera querido matar al tipo e incluso pensó en sacar la navaja que siempre llevaba consigo pues ya no era un boy scout de 15 años sino un malandro de 22, desertor de la prepa y del Ejército y veterano de mil peleas callejeras. No le importaba que los cadetes fueran nueve ni que estuvieran armados; eran unos maricas hijos de papi. Él y Tacho podían solos con todos juntos.

Pero antes de que pudiera hacerle alguna señal a su amigo, Jacqueline ya estaba en medio de Jorge y del cadete, rogando que no se golpearan. Los amigos de Karla descendieron al primer nivel y Jorge y su gente subieron a la azotea para mirar las luces de Boca del Río. Estuvieron un buen rato ahí arriba, charlando, calmándose, y cuando al fin bajaron para marcharse, se encontraron con que los cadetes de Karla aún no se habían ido. Estaban todos de pie junto al río, en silencio, como formados para pasar revista. Tacho los iluminó con su linterna: tenían las caras desencajadas del susto.

Karla salió de la oscuridad para reclamarle a Jorge:

¡Coño, Jorge, si tienes algún pinche problema con mis amigos díselo en sus caras, pero no estén con sus mamadas de aventarnos piedras desde ahí arriba!

El rostro agraciado de Karla se hallaba agitado, presa del llanto.

¿De qué hablas?, dijo Jorge. ¿Cuáles piedras?

¡No te hagas pendejo, nos aventaron piedras desde esa ventana! ¡Fueron ustedes!

De nada sirvió que Jacqueline le jurara por Dios a su prima Karla que ellos no habían sido; nadie quiso creerles. Y Jorge partió de la Casa del Diablo jurando que jamás en su vida regresaría.

5

Pero apenas había pasado una semana y ahí estaba. Y a él le parecía que la casa lo sabía, que el pueblo entero de Boca del Río y la gente que pasaba rumbo al puente en sus autos y les lanzaban miradas despectivas también lo sabían. Del otro lado de la calle, plantada en medio de la acera, una mujer indigente los señalaba. Aquello ya era demasiado.

¡Mírenlos, allá van!, gritaba la vieja, apuntándoles con su dedo mugriento.

Los cabellos le caían en hilachas grasientas, enmarcando un rostro percudido y abotargado. La mujer abrió mucho su boca llena de agujeros y lanzó una risotada.

¡Allá van! Se los va a llevar la chingada.

Vete a la verga, susurró Tacho, visiblemente angustiado.

Pero no dijo nada más.

Jorge lo miró con insistencia. Quería que Tacho lo viera a los ojos y aceptara que todo aquello era una pésima idea. Él había estado también la semana anterior, él sabía lo de los cadetes, había visto sus caras de espanto. Pero Tacho no dijo nada; hasta pareció ofendido cuando Jorge le sostuvo la mirada. El rostro flaco y ceñudo de Tacho era un reproche; parecía decirle en silencio: no digas nada o será peor, de esas cosas nunca se habla.

¡Allá van!, siguió aullando la limosnera. ¡Mírenlos, qué pendejos!

6

Las chicas no vieron a la pordiosera y, en una especie de acuerdo tácito, ni Jorge ni Tacho les contaron nada. Tampoco se opusieron a subir al autobús, ni a bajarse en la brecha cubierta de arena y conchas trituradas. Del lado derecho fluía el río achocolatado; del izquierdo, se alzaba la lujosa mansión blanca. De las múltiples terrazas de aquella casona asomaron las cabezas de siete perros dóberman que ladraron a su paso y les mostraban los colmillos. La verja oxidada estaba ya enfrente de ellos, abierta de par en par para su sorpresa.

El sol aún quemaba; eran pasadas las cinco de la tarde.

(Jorge nunca paró de beber mientras contaba su historia. Hablaba durante algunos minutos y se detenía solo el tiempo suficiente para vaciar la mitad de su vaso; hacía gestos para no eructar frente a mí y luego reanudaba su relato. Yo aún no sabía qué pensar. No creía —como no creo ahora— en fantasmas, aparecidos, «energías» o «malas vibras», a diferencia de la mayor parte de mis paisanos. Las únicas experiencia sobrenaturales que hasta entonces había tenido pertenecían todas a un periodo de mi vida en el que me había dedicado a consumir cartoncitos impregnados en LSD como si fueran chicles).

Al acercarse a la verja notaron que parte del terreno se encontraba invadido por una maraña apretada de maleza y arbustos. Y fue justo de aquella selva de zacate cerrado, y en el preciso momento en que se disponía a traspasar el umbral, que el rostro de un hombre joven, y luego su torso y su cuerpo entero, emergió de entre las matas y, sonriente, les ganó el paso y les cerró la reja en las caras.

No, aquí no pueden pasar, les dijo. Esto es propiedad privada.

Era un hombrecillo bajo, moreno claro, insignificante.

(Años después, cada vez que hacía que Jorge repitiera la historia de la Casa del Diablo le pedía que abundara en la descripción o la edad aproximada de aquel misterioso vigilante, pero Jorge siempre me decía: Tú puedes poner a 10 hombres formados en hilera y decir «me voy a acordar de todos», y te acuerdas de todos menos de él. Era un bato absolutamente común, sin ningún rasgo remarcable).

Oye, pero aquí estuvimos la semana pasada, rezongó Jacqueline. Danos chance de pasar a ver.

Pero la semana pasada no estaba yo, y ahora sí, respondió el tipo. Y yo digo que no van a pasar.

Las chicas le rogaron, suplicaron. Incluso trataron de engatusarlo con un billete de 50 pesos, pero el tipo nomás meneaba la cabeza.

No, al rato quién va a escuchar sus pinches gritos, decía, sin perder la sonrisa.

Las chicas no parecieron escuchar estas últimas palabras y siguieron rezongando con el hombre. Después de 20 minutos de ruegos infructuosos, Jorge, aún mareado, apartó a sus amigas y se encaró con el sujeto. Estaba harto y quería terminar con aquello.

Mira, ni tú ni yo, le dijo. Dejémoslo a la suerte.

Al tipo le brillaron los ojos.

¿Qué propones?

Vamos a echarnos un volado, dijo Jorge. Si cae águila, pasamos.

¿Y si cae sol?

Si cae sol, tú decides si pasamos o no, le respondió.

Lanzó la moneda al aire. Cayó sol.

El vigilante soltó una risita.

Pues tú dirás, le dijo Jorge.

El hombre abrió la reja y se apartó del camino.

Pues pásenle. Total, aquí yo no soy nadie…

Y así, riendo quedito, volvió a meterse entre el monte y desapareció. No volvieron a verlo, ni siquiera más tarde, a la hora de los gritos.

Jorge condujo al grupo a una terraza del último piso a la que consideraba segura, en parte porque colgaba fuera de la casa, junto a la ceiba parásita. No quiso beber más que soda; sentía que debía permanecer alerta, con la espalda apoyada contra el borde del barandal que daba al río y la mirada bien clavada en el portal de la terraza y, más allá, en la maldita barra esa detrás de la cual se extendía la habitación donde se encontraba la escalera. Las chicas, en cambio, se bebieron el litro de brandy que habían comprado, y para las nueve de la noche ya estaban ebrias y con ganas de jugar botella.

Jorge no lograba relajarse; sus amigas se lo reprocharon.

Jorge, quita esa cara, te toca a ti, lo animaron.

Hizo girar la botella. Le tocó mandar a Betty. Le ordenó que se subiera a la banca de piedra de la terraza y que bailara como stripper, aunque ni siquiera sentía deseos de verla mover las carnes. La chica cumplió el reto y bailó entre risas. Se dio la vuelta para fingir que se quitaría la playera, pero entonces lanzó un grito y bajó del banco de un salto.

¡Viene alguien! ¡Viene alguien!, dijo.

Jorge se levantó como un resorte. Miró hacia el interior de la casa: una sombra atravesó el portal que daba al balcón. Una sombra que no subía ni bajaba como la silueta de una persona al caminar, sino que pareció deslizarse hacia el otro extremo del piso. Una sombra lo bastante oscura como para destacar en la oscuridad, aún más densa que la negrura de la casa vacía.

Se dirige a la barra, pensó Jorge en aquel momento. A la escalera escondida.

Les ordenó a las chicas que se recostaran en el piso y a Tacho que aguardara junto al marco del portal, y así, plantado en medio de la terraza, con los puños apretados y el estómago hecho un nudo, Jorge se dispuso a esperar a que el intruso hiciera su aparición.

Pasaron 10 minutos de una tensión insoportable en que solo se escucharon los susurros angustiados de las chicas y el rumor de los grillos y de las salamandras, ningún ruido de pasos, ningún reclamo, nada. Evelia comenzó a gemir, y eso los sacó del trance en el que se hallaban sumidos. Jorge ordenó la retirada. Todos se pusieron de pie, menos Evelia.

Jorge, algo le pasa, dijo Betty.

Evelia, ovillada en el piso de la terraza, jadeaba y temblaba con el rostro metido entre las rodillas. Aunque más que llorar parecía estarse riendo quedito.

Evelia, déjate de mamadas y párate ya, ladró Jorge.

La chica no obedeció. Jorge la tomó de los hombros y la sacudió con rudeza.

¡Ey, párate ya!

Tiró del cuerpecillo de Evelia y le apartó los brazos. La chica alzó la cara y abrió los párpados.

¿Me estaban buscando?, preguntó, con una voz áspera, cavernosa. Un extraño brillo en sus ojos hizo que Jorge la soltara. Me estaban buscando, ¿verdad? ¡Pues aquí estoy!

Ya no es ella, pensó Jorge de inmediato. Esto no es Evelia. Es otra madre.

Se le erizaron los cabellos.

Déjate de pendejadas, Evelia, le gritó, sujetándola del brazo.

La voz le salió más temblorosa de lo que había querido.

Evelia se soltó con facilidad. Él trató de atraparla de nuevo para levantarla del suelo y conducirla hacia el interior de la casa y escapar de aquel maldito lugar, pero la chica no permitió que la tocara. Se puso a lanzar golpes, patadas y escupitajos contra sus amigos, y cuando Betty se inclinó hacia ella para calmarla, Evelia le propinó un taconazo en la cara, con tanta fuerza que la flacucha Betty salió despedida contra el barandal de la terraza. Tacho tuvo que unirse a los esfuerzos de Jorge para poder torcerle los brazos y las piernas a la muchacha y así llevársela cargando.

No, suéltenme, ya estoy bien, comenzó a gritar de pronto, mientras Jorge y Tacho la levantaban del suelo. Vamos a seguir jugando, vamos a quedarnos, lloriqueaba.

Pero aquella mirada que brillaba en sus ojos no engañaba a Jorge.

No, ni madres, le dijo. Tú no estás bien, Evelia. Tú no eres tú…

Entre los dos la cargaron a través de los cuartos de la casa. Sin más ayuda que la de sus pupilas dilatadas hallaron la salida. Las chicas gimoteaban, prendidas de la camisa de Jorge.

¿Pensaron que podían venir a buscarme y luego largarse?, rio Evelia, volviendo a la voz gutural. Pues aquí se van a quedar todos. Y a ella me la voy a llevar.

Llegaron a la verja y Evelia, que en ningún momento había dejado de retorcerse entre los brazos de Jorge y Tacho, como una culebra furiosa, se les escurrió de pronto y cayó al suelo. Con las puras manos comenzó a arrastrarse por la tierra, como paralizada de la cintura para abajo, de vuelta hacia el portal de la casa.

Si se mete, yo no voy a entrar a buscarla, pensó Jorge con espanto. Y si yo no la saco, nadie lo hará. Se arrojó sobre ella y la montó, a pocos metros de la entrada. Le dio la vuelta y abofeteó repetidamente con la mano abierta, como hubiera hecho con un varón para humillarlo. Evelia lanzó una carcajada.

¿Tú crees que me estás pegando a mí? ¿Tú crees que me estás lastimando?

¡Cállate!, gritó Jorge.

La cara de Evelia acabó roja de tanto golpe. La expresión burlona fue desapareciendo y el brillo extraño se apagó en sus ojos y se puso a llorar desesperada.

¡Jorge, no me pegues, soy yo!, gritó. Soy yo, ya regresé.

Jorge la abrazó muy fuerte. Pensó que el peligro había pasado.

7

(Años después Jorge me contó cómo habían hecho para regresar a Boca del Río, cómo terminaron aporreando las puertas de la iglesia de Santa Ana, con una Evelia que pasaba del llanto a la risa siniestra en ciclos de medio minuto. Aquella noche, la primera vez que escuché la historia, la primera vez que salimos, Jorge solo me contó que habían conseguido un aventón que por casualidad terminó justo en el atrio de esta parroquia de Boca del Río. No dijo nada del tiempo que permanecieron, él y Tacho y las chicas, inmóviles bajo una de las farolas de la brecha, incapaces de hallar en la oscuridad las luces de la carretera, temerosos de estar regresando a la casa maldita en vez de escapar de ella. Tampoco habló de los versos que empezó a recitar, partes de salmos que se había aprendido de memoria cuando de adolescente había acudido unos meses a una iglesia evangélica del barrio, y que solo ocasionaron que Evelia redoblara la fuerza de sus bramidos: Guárdame, oh, Dios, porque en ti he confiado; oh, alma mía, dijiste a Jehová, tú eres mi Señor. La chica vomitaba de furia mientras Jorge oraba. Se retorcía y contoneaba, lanzaba patadas y escupitajos. La decisión de presentar a Evelia ante el cura de Santa Ana había sido suya, pero Jorge no lo confesaría sino hasta muchos años después, bajo la presión de mis preguntas).

Regresaron al centro de Boca del Río a bordo de una Caribe que se detuvo frente al restaurante de mariscos de la brecha, para darles un aventón. Tuvieron que sentarse encima de Evelia para mantenerla quieta, pues se revolvía como un felino salvaje. El conductor de la Caribe, espantado por la escena, los dejó en el atrio de la iglesia de Santa Ana. Jorge corrió hacia la sacristía y aporreó la puerta. Una mujer gorda le abrió y le preguntó qué deseaba. Jorge le señaló a Evelia, que yacía sollozante sobre el regazo de sus primas, sentadas en la acera. La mujer desapareció y volvió con el cura de Santa Ana. El hombre iba vestido con bermudas, camisa de manga corta y chanclas, seguramente ya se encontraba descansando cuando aporrearon la puerta. Tacho y Jorge le explicaron lo que les había sucedido en el interior de la Casa del Diablo. El sacerdote se acercó a Evelia y la examinó. Le apartó los cabellos empapados en sudor de la cara. La chica gruñó y se sacudió bajo el contacto del sacerdote, pero no dijo nada.

No, muchachos, esta niña está drogada, se pasó de pastillas, concluyó el cura. Y además apesta mucho a alcohol. O se metió algún estupefaciente o tiene un brote de esquizofrenia. Mejor llévenla a la Cruz Roja.

Regresó a la sacristía y cerró la puerta.

(Eso, un caso de histeria, de sugestión, lo interrumpí, aquella primera vez, incapaz de contenerme. En aquel entonces había leído como 10 veces la novela de William P. Blatty, El exorcista, la que inspiró la famosa película, y recordaba bien los prejuicios de los médicos que atendieron a la niña Reagan, las dudas del padre Karras.

Jorge aceptó que él también llegó a pensarlo en aquel momento. Lo que nunca entendió fue lo rápido que el sacerdote se lavó las manos del asunto.

¿Sabes? Por primera vez entendí ese tipo de películas en donde hacen el efecto ese de que todo se te viene encima. Me sentía en un mundo diferente; la gente que pasaba se nos quedaba mirando, como si fuéramos un espectáculo. No sabíamos qué hacer, y eso que apenas había comenzado).

Mientras tanto, Evelia se había puesto a dar de gritos otra vez y se revolcaba en la arena de la calle si la soltaban.

No eran ni las 11 de la noche.

Un hombre que había mirado la escena con el sacerdote se les acercó. Era taxista.

Oigan, yo los estoy viendo desde hace rato, ¿qué le pasa a la muchacha?

Los chicos le contaron.

Yo conozco un curandero, y es bueno. Si quieren vamos, es aquí en El Morro, les propuso.

Como la unidad habitacional El Morro se encontraba a menos de 10 minutos de ahí, decidieron subirse al auto. Pasaron la colina de La Tampiquera y avanzaron por Vía Muerta hasta llegar a un terreno bardeado. En medio se levantaba una casita de madera construida con torpeza pero bien pintada. Bajaron a tocar, pero no había nadie.

Qué raro, dijo el taxista. Este bato siempre está aquí a esta hora…

El taxista detuvo a un colega y entabló plática con él. Los dos conductores lanzaban ocasionales miradas de reojo en dirección a Evelia, que no dejaba de retorcerse entre los brazos de sus amigos. El segundo taxista se bajó de su unidad y se acercó a ellos. Era un hombre barrigón, lleno de canas, con cara de poca paciencia.

Oye, chamaca, le espetó a Evelia. Ya párale a tu desmadre, ¿no? Se inclinó sobre ella y comenzó a abofetearla. ¿Te gustan los chochos, verdad? ¿Te gusta meterte tu thinner, ponerte hasta la madre? Apretó la barbilla de la chica hasta hacerla enseñar los dientes. Ya déjate de pendejadas y párate…

Evelia abrió los ojos y comenzó a reír.

¡Adivina quién está aquí conmigo!, le dijo al taxista. ¡La puta de María Esperanza!

El rostro cobrizo del taxista se tornó verde. Dio tres pasos hacia atrás, confundido.

¡Tú sabes de quién estoy hablando, tú sabes que está aquí conmigo! ¡YO ME LA ESTOY CHINGANDO!

Jorge estaba a dos metros de ahí, fumando. Vio cómo el hombre volvía corriendo hasta su taxi, cómo tomaba algo que colgaba del espejo retrovisor para enseguida hacerle señas a Jorge para que se acercara.

¿Por qué a mí?, pensó. Y en seguida se respondió: Porque tú sabías lo que vivía en esa casa y no dijiste nada. Si algo le pasa a esa chamaca será tu culpa.

Esa niña está muy mal, dijo el taxista. Llévala a un lugar porque se te va a ir. Le entregó a Jorge un rosario. Qué Dios los bendiga. Yo no los puedo seguir.

Fue el primer taxista el que le explicó a Jorge que María Esperanza era el nombre de la madre del segundo taxista, viejo conocido suyo. Hacía pocas semanas que la señora había muerto.

(Eso está muy cabrón, le dije a Jorge después de escucharlo.

Son de las cosas que aún hoy no me explico, me respondió).

El taxista les dijo entonces que conocía a otra curandera mucho más poderosa, pero que había que atravesar toda la ciudad para llegar a su casa, pues la mujer vivía detrás de la iglesia de la Guadalupana, allá por Revillagigedo, del otro lado de las vías del tren. Se ofreció a llevarlos sin cobrarles ni un peso, para que vieran su buena voluntad. Aceptaron, desesperados.

En el camino perdieron a Betty: cuando volvieron a pasar por la unidad habitacional de El Morro, ella le pidió al chofer que se detuviera. Cruzó el bulevar, se metió a una casa —Jorge supuso que ahí vivía, y se dio cuenta de que tampoco sabía dónde vivían Evelia ni sus dos primas— y salió con un libro en la mano.

Mi mamá no me dejó ir, les dijo.

Le dio el libro a Jorge. Era una Biblia.

Me dijo que te diera esto. No sé para qué te sirva, pero te lo doy.

Tardaron una hora en atravesar Veracruz y llegar hasta aquel barrio de casitas de un solo nivel y enormes baches en las calles. El taxi se detuvo frente a la modesta entrada de una vecindad. Una mujer regordeta parecía estar esperándolos en la acera, pues cuando el taxista se detuvo, la mujer les abrió la puerta de inmediato. Tenía un rostro lleno y afable. Llevaba el cabello muy corto, como un hombre, y teñido de rubio, y no aparentaba tener más de 30 años.

Bienvenidos, muchachos, fue lo primero que les dijo. Los estábamos esperando.

Condujo al grupo hacia el interior de la vecindad. El suelo del patio era de tierra; en el centro se levantaba una casucha de madera, muy rústica.

Esta es la casa de La Curandera, les explicó. Yo soy La Clarividente.

Hizo pasar al taxista con Evelia en brazos al interior de la choza. Al resto los formó en el umbral.

Tú pasas, le dijo a Jorge. Tú también, a Karla. Se volvió luego hacia Tacho y Jacqueline. Ustedes no pueden. Tú lo traes en la espalda, le dijo a Tacho, y la niña lo trae en la pierna. Se quedan afuera.

Jorge recordó que ambos tenían tatuajes: Tacho, la imagen de una gárgola sobre el hombro izquierdo, y Jacqueline, la de una serpiente enroscada en su tobillo.

(Pero ¿cómo lo supo?, volví a interrumpirlo. ¿Cómo iban vestidos? ¿Será que se los habrá visto?

Jorge no me hizo caso y siguió con el relato).

El interior de la choza de La Curandera estaba lleno de velas. Hileras de ellas resplandecían, llenando todas las superficies de la habitación. Sobre una de las paredes colgaban tres retratos: al centro, el de Cristo vestido de túnica blanca, sin corona de espinas, sonriente y relajado como si posara para una foto. Lo rodeaban las imágenes de una mujer muy hermosa, que Jorge pensó era la Virgen, y la de un catrín de mirada enigmática, de piel clara, patillas muy largas y bigotito.

La Curandera era una mujer madura, rotunda, de piel muy oscura y cabello gris suelto hasta las caderas. Tan pronto entró al lugar, ordenó que sentaran a Evelia en un sillón colocado en medio de la estancia y que fueran Jorge y el taxista quienes la sujetaran de los brazos. La mujer tomó un ramo de yerbas de una mesa y comenzó a azotar con ellos el cuerpo de Evelia, mientras invocaba una retahila de santos católicos.

Evelia, mientras tanto, hacía lo suyo: aullaba y bramaba y escupía con una voz atronadora.

La Curandera tomó un huevo y se lo pasó a Evelia por las sienes, pero el huevo se reventó tan pronto tocó la piel sudorosa de la chica. Un segundo huevo corrió la misma suerte. La Curandera tomó entonces un limón y unas tijeras; rayó una cruz sobre el limón y se lo untó a Evelia por el cuerpo. El fruto pronto se puso amarillo, con manchas marrones, como si se hubiera podrido.

Para entonces, Evelia se sacudía tan fuerte que Jorge tuvo que hacer un gran esfuerzo para impedir que el cuerpecillo de su amiga se levantara del asiento. Ya no reía ni lloraba; mostraba los dientes y las encías ennegrecidas e intentaba morder a Jorge y al taxista, a la propia curandera. Las venas y tendones de su cuello parecían cables a punto de reventar.

¡Me estaba buscando! ¡Ella me andaba buscando y aquí estoy!, repetía, enfurecida.

La Curandera bañó a Evelia con agua bendita. La chica chilló como si la estuvieran acuchillando.

¡Sal, espíritu impuro, en nombre del señor Jesucristo, en nombre de su bautizo, en nombre de su crucifixión, en nombre de su resurrección!, decía La Curandera. Eran las únicas palabras, en la retahíla de aullidos que se escuchaban, que Jorge comprendía, hasta que Evelia volvió a gritar en español:

¡Ella me llamó, ella me fue a buscar! ¡ESTA PERRA ES MÍA!

Las llamas de las veladoras, cientos de ellas, fundidas con su propia cera a las superficies de las mesas y las estanterías de las paredes, chisporroteaban salvajemente con cada sílaba que Evelia escupía. Cada vez que la chica gritaba, las mechas de las candelas tronaban y despedían chispas, como si las hubieran rociado con pólvora.

8

(Años después, cuando Jorge y yo ya vivíamos juntos, le pedí que me contara de nuevo la historia de la Casa del Diablo. Compramos cervezas y nos arrellanamos en los diminutos sofás que venían con la casa que rentábamos. Dos de las cuatro paredes de la sala tenían grandes ventanales; con las luces encendidas solo podíamos ver el reflejo de la habitación y de nuestros propios rostros y no la oscuridad de la noche, lo que resultaba algo inquietante.

¿Y nunca pensaste que todo podía ser un truco?, le pregunté. Las velas podían haber tenido alguna especie de sustancia que las hiciera estallar, o incluso pudieron haberles echado algo…

Y el limón a lo mejor yo me lo imaginé verde, ¿no? O pudieron haberlo cambiado sin que nos diéramos cuenta, lo sé…, aceptó Jorge. Pero pasaron más cosas… ¿Cómo supo Evelia lo de la madre del taxista? ¿Cómo entre todos apenas podíamos sostenerla, si la chamaca no pesaba más de 40 kilos?

La fuerza de los dementes, repliqué, puede…

¿Y la luz de los focos de afuera?, me interrumpió. ¿La luz que se iba y regresaba?

Alguien pudo haberla controlado desde afuera, sugerí.

Jorge sacudió la cabeza.

¿Sabes qué sentía durante el ritual? Se me figuraba que La Curandera aquella era como un ingeniero en sistemas, como el cuate al que llamas todo histérico porque tu máquina tronó y él te dice: «Ok, ¿ya se fijó que la computadora esté conectada?». O sea, empezó desde cero: la albahaca, los huevos y de ahí fue subiendo. Hasta sus rezos iban volviéndose cada vez más intensos; después de un rato hablaba en lenguas que yo no podía entender…

Glosolalia, dije, apelando a mi memoria y a los libros que me había puesto a leer para tratar de entender aquella historia.

Como sea… ¿Y la lluvia del principio? ¿Y la loca? ¿Y la cosa de las escaleras? ¿Y el tipejo de la reja? ¿Cómo explicas todo eso?

Me di cuenta de que mis dudas lo habían ofendido, por lo que guardé silencio.

Cuando estaba ahí adentro, agarrando a Evelia, una de las últimas cosas que me acuerdo es del fuego: La Curandera se puso a dar vueltas alrededor de nosotros, como bailando, y de pronto aventó algo al suelo y el taxista y Evelia y yo quedamos encerrados en un círculo de fuego, un círculo con llamas que me llegaban aquí, a la cadera. La Curandera saltó sobre las flamas, las atravesó como si nada, y se fue derechito hasta donde estaba Evelia, la agarró de los pelos y se puso a gritarle en la cara. Parecía que quería comérsela…

¿Y tú qué pensabas?

Yo estaba en shock, dijo. En el shock de la realidad. Eso es lo peor, cuando tus ideas empiezan a claudicar y esa madre, esa cosa que no entiendes, te empieza a invadir. Porque si tú claudicas, esa madre te invade, no queda un vacío. Esa madre viene y tú la aceptas como real.

No te entiendo, le confesé.

Era como una lucha en mi interior. Una lucha constante entre la razón y lo que estaba viendo.

Le pregunté por Evelia, sobre cómo lucía.

Si yo pudiera llevar toda esta madre a una película, me dijo, se acercaría mucho más a El exorcismo de Emily Rose que a El exorcista: los gritos, las caras, las voces, los ojos así como si se hubiera metido 10 tachas…

¿Y cómo se llamaba el demonio?, le pregunté.

Para realizar un exorcismo, es necesario conocer el nombre de la entidad que domina a la víctima. Es un dato clave, omnipresente en la literatura del tema, tanto en el Ritual Romano como en los grimorios medievales que iniciaban a sus lectores en los rituales de invocación del demonio. Sin nombre no hay contrato.

Ahora no, me dijo, con el rostro serio y sus bellos ojos despidiendo una furia helada, contenida. O tal vez solo era miedo. Te lo digo después, cuando no estemos chupando).

9

Después del espectáculo del fuego, Jorge aprovechó que La Curandera salía un momento del cuarto para escapar de ahí. Vomitó en el patio, pura bilis. Los focos de la vecindad se prendían y apagaban como si la instalación eléctrica sufriera altibajos de corriente. Tacho, Jacqueline y Karla seguían ahí. Betty había llegado con su madre. Era la una de la mañana.

La Clarividente ha estado llame y llame a otras guías de Catemaco y de San Andrés, para que ayuden desde allá, le explicó Tacho.

¿Por teléfono?, preguntó Jorge.

Tacho movió la cabeza. Él sí sabía lo que era una «guía». Su madre, doña Ana, participaba asiduamente en las ceremonias que los centros espiritistas de diversas denominaciones celebraban con frecuencia en varios puntos de la ciudad, e incluso se sabía que la mujer poseía algunos «poderes». En estos rituales se liberaba a los «pacientes» de las «malas vibras» que circulaban en la atmósfera siempre viciada del puerto, o de los «trabajos» que brujos sin escrúpulos aceptaban conjurar, pagados por los enemigos de las víctimas. Estas ceremonias eran —y son aún— tan populares entre los veracruzanos que incluso la Iglesia católica ha empezado a ofertar regularmente «misas de sanación y liberación» (advocadas por la corriente Renovación Carismática del Espíritu Santo) para no perder feligreses.

¿Ya le hablaron a los papás de Evelia?, preguntó Jorge.

Ya, ya vienen en camino, dijeron las chicas.

A pocos metros de ellos, La Curandera, La Clarividente y un pequeño grupo de mujeres recién llegadas discutían el «tratamiento».

¿Ya la «limpiaste»?

Ya, y nada, respondió La Curandera.

¿El círculo de fuego?

Tampoco.

¿Ya dijo su nombre?

Es muy fuerte, no se quiere ir. Ya amenazó que a las cuatro con dos de la mañana se la lleva.

Entonces no queda de otra: hay que mandarlo a llamar, dijo La Clarividente.

Yo lo hago, respondió La Curandera. Me debe favores.

10

Jorge ya no quiso entrar a la choza cuando La Curandera regresó. Lo miró todo desde afuera, desde el umbral: cómo las señoras desnudaron a Evelia y le pusieron una bata alba; cómo azotaron el cuerpo de La Curandera con manojos de yerba, para «purificarla». Y entre rezos y salmodias en quién sabe qué idioma, La Curandera comenzó a mecerse sobre sus pies, girando en círculos cada vez más inestables, hasta que eructó ruidosamente y luego cayó desmayada al suelo. Las mujeres se aprestaron a socorrerla, pero antes de que pudieran sujetarla de los brazos, La Curandera ya se había levantado y, arreglándose las ropas como si llevara puesta una chaqueta muy fina, comenzó a caminar por la habitación, dando grandes y seguras zancadas. La energía que ahora la animaba era claramente distinta, masculina.

Muy buenas noches tengan todos ustedes, saludó a los presentes, con voz engolada. Mi nombre es Yan Gardec y estoy aquí para ayudar a esta hermanita.

Se volvió hacia el sofá en donde Evelia se encontraba sentada, mirándolo.

Yo te conozco, le dijo, señalándola con el dedo índice.

La cosa que moraba dentro de Evelia ladró.

Tú y yo nos hemos batido muchas veces, prosiguió Gardec. Es hora de que dejes en paz a esta muchacha.

¡Ella me estaba buscando!, bramó la cosa que moraba en Evelia. ¡Hace mucho tiempo que ella me estaba llamando! ¡Y me la voy a llevar!

¡NO!, tronó Gardec. ¡Ella no te pertenece! ¡Ella es de Dios! ¡Márchate y no regreses!

¡No me iré con las manos vacías!

Yan Gardec se cruzó de brazos. Se retorció la punta de los bigotes invisibles con los dedos de sus manos.

Algo has de querer a cambio de esta niña. Pide, y se te concederá.

La cosa que estaba dentro de Evelia comenzó a morder el aire, entusiasmada.

¿Qué tal un cabro?, sugirió Gardec, en tono condescendiente. Un cabro macho todo negro, parido de cabra negra en la luna llena…

Fue entonces cuando Evelia, o lo que estaba dentro de ella, comenzó a dictar sus peticiones con aquella voz rota y rasposa, pero Jorge ya no quiso quedarse a escuchar. Salió de la vecindad, a la calle. Moría por un cigarrillo, por sentir el pecho lleno de otra cosa que no fuera pavor.

Un taxi se detuvo junto a la acera. De él bajó doña Ana, la madre de Tacho.

Jorge suspiró aliviado. Era bueno ver un rostro conocido.

Pero doña Ana no lo saludó; lo hizo retroceder hasta la pared con su mirada rabiosa.

Ya ven, por andar de pendejos, se lo toparon de frente.

11

(Otro día, en el año 2010, fuimos a buscar la dichosa vecindad donde había tenido lugar el exorcismo. Enfilamos rumbo a la iglesia de la Guadalupana, y tras mucho preguntar, dimos con la vecindad. Ni la choza ni La Curandera estaban ya. Tampoco La Clarividente. Los vecinos nos dieron indicaciones vagas —lo suficientemente vagas como para que no lográramos entenderlas— para llegar a la nueva dirección de lo que ellos llamaban El Templo. No pudimos dar con él, a pesar de que estuvimos dando vueltas durante un largo rato.

Yo había leído algunos libros sobre la presencia de sectas espiritistas y espiritualistas —también llamadas trinitarias marianas— en Veracruz. Era un tema que me interesaba por la cantidad de gente en esta ciudad que daba por cierta la capacidad de los espíritus de los muertos de volver al mundo a auxiliar a los vivos, o a hacerles daño, dependiendo de su carácter y temperamento, y no tanto porque yo creyera en esos asuntos.

Jorge, le dije, de camino a casa. Ese tal Yan Gardec, ¿no seria Allan Kardec?

Le conté que Allan Kardec era el seudónimo del escritor francés Hippolyte Léon Denizard Rivail, fundador, a mediados del siglo XIX, de la doctrina del Espiritismo. Que en el Archivo Histórico de Veracruz en donde había hecho mi servicio social tenían las dos primeras ediciones de las obras más importantes de Kardec: El libro de los espíritus y El libro de los médiums. De hecho, la biblioteca del Archivo Histórico estaba llena de obras de tema espiritista: novelas, libros «técnicos», publicaciones periódicas en francés y en español dedicados a la difusión de esta doctrina filosófica, que tan de moda había estado en México entre los círculos intelectuales de finales de siglo. Cómo habría pasado a convertirse Allan Kardec, más de un siglo después de su muerte, en un santón del panteón espiritista jarocho, era algo que yo no lograba explicarme, pero la sola idea de una reelaboración simbólica semejante me sumió en un rush de trepidante agitación mental.

Cuando llegamos a la casa, corrí por la computadora para mostrale a Jorge los retratos que pude encontrar en Google de Kardec. Le pregunté si alguno de ellos era el mismo que colgaba de la pared de la choza de La Curandera.

Jorge vio las imágenes un segundo.

Puede ser, respondió.

Volví a preguntarle el nombre del demonio.

De nuevo se las arregló para eludir una respuesta.

Yo había transcrito en mi cuaderno de notas los nombres de los demonios que aparecen en el Grand Grimoire, un supuesto libro de encantamientos que databa del siglo XVIII, conocido también como el Gran Grimorio, y que yo había hallado con facilidad en internet. Este texto, al igual que los supuestos opúsculos de San Cipriano, San Honorio, el propio rey Salomón y Merlín el Mago, presentan claves y fórmulas mágicas para invocar demonios, hablar con los muertos, ganar la lotería, hacer que alguien baile desnudo en contra de su voluntad y fabricar pegamento para porcelana, entre otras útiles recetas.

Le mostré a Jorge la página en donde había escrito los nombres demoniacos.

Ese, fue todo lo que me dijo, señalando un nombre que no quiso decir en voz alta: Satanachia, el gran general de los infiernos, mano derecha de Lucifer, jefe de Prusias, Aamón y Barbatos. Su principal poder, según el Gran Grimorio, es el de volver joven o viejo a quien se lo pida, pero también el de subyugar a niñas y mujeres para hacer lo que él quiera.

Días después, cuando ya me encontraba escribiendo este relato, le pedí a Jorge que fuéramos a casa de Tacho y de doña Ana, para hablar con ellos y tratar de localizar a los demás testigos del exorcismo de Evelia. Jorge se encargó de localizar a su viejo amigo, pero me decepcionó enterarme de que ni Tacho ni su madre querían hablar del asunto. Pero, en cambio, le contaron que Evelia había terminado casándose con un muchacho de la colonia Flores Magón llamado Rubén, al que en el barrio apodaban El Sapo y era famoso porque solo soñaba con las personas que iban a morir.

No me extraña que no quiera hablar, dijo Jorge. Está cabrón ver al diablo. Todos lo vimos esa noche).

12

Durante los meses que siguieron al horror de la casa del Estero, Jorge evitó a sus amigos. No fue algo deliberado; simplemente comenzó a frecuentar otros círculos, a pasar más tiempo en casa con la abuela.

Después supo, por Jacqueline, que los padres de Evelia llegaron después de que el exorcismo hubiera terminado, y que se negaron a creer lo que La Curandera les contó sobre su hija. Pensaron que se trataba de una estafa, pues la mujer les exigió un pago de 5 mil pesos para poder completar el ritual de liberación, que incluía el sacrificio de un chivo en el plazo de unas semanas. Según Jacqueline, Evelia estuvo bien un tiempo y luego, un día de repente y sin previo aviso, se encerró en su cuarto y se negó a salir. Atacaba a sus padres, se defecaba encima, se azotaba contra las paredes y se hacía daño con las cosas que rompía. Los padres la llevaron con médicos y psiquiatras, sin resultado alguno. Uno de ellos incluso les sugirió que internaran a la chica en una clínica de salud mental.

Tiempo más tarde, esta vez por boca de Betty, Jorge se enteró de que al final, desesperados por no poder curar a su hija, los padres de Evelia cedieron a la presión de familiares y amigos que insistían en que la llevaran a las misas de liberación de Puentejula, un poblado ubicado a pocos kilómetros del puerto de Veracruz. El Pueblito, de poco más de 3 mil habitantes, es famoso por los exorcismos que el sacerdote católico Casto Simón realiza en la parroquia de San Miguel Arcángel, durante la misa llamada «de liberación». Esta ceremonia tiene lugar todos los viernes a las tres de la tarde; se oficia en latín y arameo y su colofón incluye un ritual de expulsión demoniaca que dura varias horas.

Según Betty, Evelia era siempre la primera de todos los endemoniados de Puentejula en retorcerse y caer al suelo. Pronto fue obvio para el padre Casto y los oficiantes que la chica requería un exorcismo especial, al que finalmente accedieron los angustiados padres.

Dicen que amarraron a Evelia junto con un puerco al borde de una barranca, allá por Rinconada, y empezaron el exorcismo, le contó Betty, aquella última vez que se vieron. Que en algún momento el demonio se salió de ella, se metió al marrano y entre todos los que estaban ahí lo aventaron al vacío.

13

Aquella primera cita nos marchamos del bar cuando Jorge terminó su extraña historia. Caminamos hasta mi casa; yo, pegada a la pared, él junto a la acera. No había conocido nunca a un chico que insistiera tanto en que camináramos de aquella manera: lo hacía para protegerme, me explicó; para que la gente que nos viera no pensara que él me estaba «vendiendo». Yo estaba intrigada y bastante ebria. Jorge seguía con sus preguntas trascendentes:

¿Cuál es tu filosofía de vida?, me preguntó en algún momento, a espetaperros.

Si hubiera tenido la edad que tengo ahora (30 años al momento de escribir esto; justo la edad que él tenía cuando nos conocimos) me hubiera partido de la risa. Pero solo tenía 24 años, así que fui sincera cuando dije:

No tengo ni puta idea.

Quise entonces preguntarle algo que había estado pensando toda lo noche.

¿Neta realmente crees en el diablo?

No te puedo decir que no exista, me dijo. Comenzó a llover de nuevo. Sería muy egoísta decirte que no: vivimos en un universo vastísimo, manejado por energías incomprensibles, inconmensurables. Nosotros los humanos somos unas micromierdas en medio de este universo, no somos nada. Lo que sabemos no se compara con todo lo que nos falta por conocer, todo lo que no podemos controlar.

En aquel entonces yo no entendía que Jorge habitaba un mundo distinto del mío; estaba, supongo, más ocupada en enviarle las señales correctas para que me besara. Lo comprendí después, cuando ya era tarde, cuando las diferencias entre nosotros fueron demasiado grandes y dolorosas como para negarlas; cuando él se fue y yo me quedé sola, con el perro y el gato y la mitad de las cosas que habíamos comprado juntos.

Pero aquella noche de mayo yo ignoraba todo eso. Aquella noche de mayo nos llovió mientras Jorge me acompañaba a casa. Y antes de que yo abriera la puerta y entrara, nos abrazamos, sin besos, solo con las ganas, y nos dijimos buenas noches.

Fue así como conocí a mi primer marido. Fue así como me enamoré de las historias que contaba.


Fernanda Melchor. Narradora y periodista mexicana. Estudió Periodismo en la Universidad Veracruzana uv. Es coordinadora de comunicación universitaria del campus Veracruz-Boca del Río de esta misma casa de estudios. Cuentos y relatos suyos han sido publicados en La Palabra y el Hombre, Punto de LecturaExcélsiorReplicanteReverso, Generación, Revista de Literatura Mexicana Contemporánea Milenio Semanal. Autora de tres libros. Obra suya forma parte de ocho antologías nacionales. Ganó el Primer Certamen de Ensayo 2002, convocado por la Comisión Nacional de los Derechos Humanos de México cndh; obtuvo el primer lugar de la primera emisión del virtuality literario Caza de Letras 2007, convocado por la Universidad Nacional Autónoma de México unam, y el premio estatal de Periodismo de la Fundación Rubén Pabello Acosta 2009. En 2019, fue galardonada con el Premio Anna Seghers de Literatura, otorgado por la Fundación Anna Seghers; y el Premio Internacional de Literatura, otorgado por la Casa de las Culturas del Mundo, Berlín.