«Leer con ojos de escritor» | el arte de la taxidermia literaria

Todos los talleres de creación literaria, seminarios de creatividad o cursos relacionados con la escritura a los que he asistido a lo largo de los últimos quince años tienen un punto de partida común (además del buen deseo de formar escritores, claro está): la insistencia en que el buen escritor es primero un ávido lector.

Según este retazo de sabiduría popular, el deseo de escribir nace cuando un lector compulsivo, sediento de nuevas historias que alimenten su pasión, ya no se da abasto con el material disponible; un buen día se da cuenta que pepenar à la Jacques Cousteau por los pasillos de las librerías locales ya no tiene el mismo sabor. Dicha insatisfacción conducirá a nuestro dedicado lector a descubrir en la escritura, en la creación de sus propias historias, el remedio para todos sus males. De ahora en adelante aprenderá a “leer con ojos de escritor” para así construir narrativas igual de magníficas; historias que logren emular la experiencia transformadora que él experimento a lo largo de interminables sesiones de lectura. Es así como, se dice, nace un escritor.

Permítanme no estar de acuerdo. 

Mi reticencia a aceptar el mito del escritor que nace (y no, nunca, jamás se hace) no tiene nada que ver con un desprecio hacia la lectura como actividad formadora, al contrario. Creo fielmente que el contacto frecuente con los libros debe ser parte de la vida de cualquier profesional que se dedique a trabajar con las letras, desde los ganadores del premio Planeta hasta los redactores publicitarios. No importa lo que se lea: Tolstoi, Joyce, Delibes o el PR Week, el punto es ser lector y nutrir una relación personal con los libros.

Mas bien, mi incredulidad proviene de la inquietud que me produce la idea que “leer con ojos de escritor” es fundamental para convertirse en uno… y no porque la idea sea errónea, sino simplemente porque me parece un lugar (muy) común, demasiado ambiguo para que pueda considerársele como un consejo útil. ¿Qué significa, exactamente, “leer con ojos de escritor”? 

Después de mucho escucharla, supongo que dicha frase hace referencia a un estilo de lectura mas bien preciso, dónde se lee de manera similar a como se lo hace con un artículo académico: no basta con solo entender por encimita lo que el autor quiere comunicar, sino que también es necesario descifrar entre líneas para detectar tanto la estructura de la argumentación como las suposiciones que el investigador da por sentadas en sus afirmaciones. 

Así, para “leer con ojos de escritor” un texto literario, no basta con tan solo entender la historia o disfrutar con su lectura; también es necesario esforzarse por comprender “entre líneas” como está construida la obra, por detectar qué es lo que hace que sea una historia exitosa (si es que lo es): ¿los personajes complejos?, ¿la trama no lineal?, ¿los diálogos, realistas y bellos?, ¿una prosa cuidada?, ¿o quizás la suma de todos estos factores? Esa capacidad de descubrir casi intuitivamente lo que funciona en una historia, lo que la hace única, aquello que le genera appealante su público lector es, a mi parecer, el requerimiento misterioso que encierra la frase “leer con ojos de escritor”.

El problema es que dicho estilo de lectura no es natural. De la misma manera que nadie va por la vida pretendiendo entender las motivaciones de la cajera que no regresa el cambio correcto, nadie nace sabiendo diferenciar un gran diálogo de una conversación inconsecuente o una trama “lograda” de otra que no lo es tanto. Detectar y analizar con pelos y señales los elementos exitosos de una narración no es algo que todos estemos acostumbrados a hacer, ni siquiera el más ávido lector que comienza a explorar esa novela que le ha quitado el sueño por meses. La lectura a profundidad es algo que tiene que enseñarse.

Sin embargo, el que “leer con ojos de escritor” no sea una habilidad innata y natural no la hace inútil; al final del día la realidad se impone: un escritor capaz producir un gran diálogo en vez de una conversación inconsecuente y construir una trama “lograda” en lugar de juntar escenas sin mucho sentido entre ellas, tendrá mas probabilidades de éxito que sus contrapartes amateurs. Esto es una realidad. Entonces, ¿cómo le hacemos para aprender a “leer con ojos de escritor” cuando nadie nunca nos enseñó a hacerlo?

Damas y caballeros, la solución esta en el arte de la taxidermia literaria.

El diccionario de la RAE (y también la Wikipedia) definen la taxidermia como el arte de disecar animales para conservarlos en apariencia vivos. Como supongo que acá la mayoría amamos a todos los miembros del reino animalia, nuestro arte taxidérmico se enfocará en la disección de otro tipo de criatura viviente: la obra literaria. Siguiendo aquella corazonada que todo ávido lector tiene cada que se enfrasca en una historia alucinante, postularé que los cuentos, las novelas, los ensayos y los poemas son criaturas vivientes: un todo que, aunque no estrictamente orgánico, si que está compuesto por partes.

Una criatura literaria tiene la capacidad de acompañarnos, entretenernos y hacernos la vida mas llevadera, tal y como lo hacen nuestras amadas mascotas. También es capaz de asecharnos, cazarnos sigilosamente y sin tregua, como los grandes depredadores de la sabana africana. Y aunque estos ataques rara vez son mortales, cuando suceden se notan (si no me creen, que alguien recuerde a Mark David Chapman). Por si esto no acabase de convencerlos, ¿se han dado cuenta que, al igual que las criaturas mas diminutas y rastreras, las obras literarias tienen una presencia latente? Su influencia se encuentra por todas partes, aun cuando no nos damos cuenta (hola amor platónico). 

Pero, para entender porque las criaturas literarias se comportan de la manera en la que lo hacen, porqué funcionan o porqué no, es decir, para poder “leer con ojos de escritor”, necesitamos realizar un estudio exhaustivo de las mismas, disecando y analizando sus partes, analizando como funciona cada una de ellas,  cómo encaja en al gran esquema de las cosas. ¿Por qué nos conmueve tanto el suicidio de Anna Arkáydevna?, ¿por qué nos indigna la traición de Mr. Rochester?, ¿por qué el destino de Winston Smith nos parece tan trágico? Una cuidadosa disección puede acercarnos a entender estos y otros entresijos literarios.

Dado que nadie puede decir con certeza científica que es el gusto literario y que hace a los buenos libros, la taxidermia literaria no pretende ser una ciencia exacta (lo siento, esto no es cálculo infinitesimal), sino una metodología que permita cumplir con la premisa de partida mencionada al inicio de este largo y digresional texto: “leer con ojos de escritor”. ¿Un objetivo demasiado pretensioso? A ti te corresponde juzgar.

Una advertencia final: desde ya me excuso, querido lector, por todos los libros que seguramente te arruinaré, todos los finales que ya no podrás leer con inocencia, todas las interpretaciones, tan pero tan tuyas, a las que probablemente ya no podrás aferrarte con la misma certeza. Lo siento de veras. 

Si, a pesar de lo dicho hasta ahora sigues dispuesto a acompañarme en esta grandilocuente aventura científica llamada taxidermia literaria, mantente atento, que a partir de ahora los análisis no pararán.