Los pecados capitales

Instrucción

Escribir un texto haciendo alusión a un pecado capital.


Textos

Niñez

Llegó a la escuela, es mi primer día de clases. Entró al salón y veo para todos lados, trato de reconocer a algún amigo o amiga, de pronto volteo y miró a Aby, ella fue mi compañera el año pasado, pero dejé de hablarle, entonces, levantó la mano y la saludó de lejos. Me siento en el escritorio y pienso en el verdadero conflicto que me separó de tan buena amistad, recuerdo que siempre le hablaba a Aby de lo bien que me iba en el equipo de futbol, en mis materias y en mi casa, yo era todo un ejemplo a seguir. Durante las fiestas patrias la maestra me pidió que participara en un acto cívico, le dije que sí, durante la presentación dije mal un fragmento, Aby me corrigió pero no hice caso, yo estaba segura de que no había cometido un error, de pronto se acerca Aby y le grité ¡yo no me equivoqué, tú lo que querías era hacerme quedar mal! La maestra me hace una seña y llegó con ella, qué te pasó me dijo, tú ya te sabías bien el diálogo, pero yo no me he equivocado, contesté. Aby se acerca y me pregunta ¿qué te dijo la maestra? Nada, le respondí y me di la vuelta y me fui a mi casa, desde ese entonces Aby ya no me dirige la palabra. ¿Por qué nunca me ofreció una disculpa? Me preguntaba, si es de humanos equivocarse y de sabios pedir perdón…

Krizia Vásquez


Ese mero… 

Le escribo por el WhatsApp, ella me responde por el Instagram. Le envío un correo electrónico y ella me envía un twitter. Todo eso mientras conecto el WhatsApp web y entonces, ella me escribe por el Instagram que ambos manejamos. Entre tanto le escribo a su Instagram personal. En ese momento recibo un mensaje de texto. Ella se mueve de la webcam y recibo su llamada. ¿Aló?, ¿mi amor? ¿Por qué te alejas de mí?, me dice mientras cuelga sin mediar más palabra… 

Juan Pablo González


Dualidad

Paso el día tambaleándome entre lo bueno y lo malo. El día lo paso tratando de no alejar a aquel que se nombra en vano. Vaya a saber una si se aleja. Pues, una necesita del orgasmo y, hay que hablar con la verdad, los hombres no saben cómo dar uno, solo tener uno.  Bueno, supuestamente necesito de un esposo para ello. 

Sí, se me dice que debo callar, yo hablo. Tengo que callar mis virtudes para que los demás no se ofendan, que porque somos todos de la tierra, pero si soy buena en algo lo digo ¿por qué tengo que andar cuidando las sensibilidades de los otros? 

Puta, el que más me explota es el de contemplar el trabajo y medio esfuerzo que hacen los mediocres, joder, me gustan las cosas bien hechas.  

Yo, la verdad, admiro a la matriarca. Ella cuestionó por qué el hombre va primero y por qué se tiene que ser sumisa a él. Cabe decir que fue desterrada. Corrientes fanáticas se encargaron de asignarle connotaciones negaciones, de convertirla en tabú. Bueno, he aprendido a no perdonar a ese que me fue infiel, el cínico ni daba la cara decía “es solo una amiga, tú me gustas”. Las personas que te hacen daño no merecen perdón. 

“Esta corona del que ríe, esta corona de rosas, yo mismo me la he colocado sobre mi cabeza; yo mismo he canonizado mi risa”. – Así hablaba Zaratustra, F. Nietzsche

Raquel Pérez


Lalo

De seis hermanos, Lalo era el quinto. Era un joven de 25 años, emprendedor, lleno de sueños. Comenzó la universidad, pero en su recorrido laboral por varias empresas; entre ellas la licorera. De repente, se enteró de una posibilidad en donde su salario mejoraría notablemente y decidió aceptar dicha propuesta. En su camino apareció una chica de su total agrado y contrajeron matrimonio. Para ese entonces ya tenía su propio vehículo y pensaba en adquirir su casa propia. Todo se fue dando a pedir de boca. Con la compra de su primera casa, vinieron sus dos hijos. 

Unos años después había cambiado de auto unas cuatro veces. Aprendió a dominar la plataforma de un programa que le permitió viajar por muchos países alrededor del mundo. Lalo sentía que le faltaba más, se sentía inconforme. Pero se iba alejando poco a poco de su familia. Todos extrañaban compartir con él. Le ofrecieron un crédito que le permitió adquirir otra vivienda, más grande y céntrica. Ahora había que tener un vehículo tipo agrícola para estar acorde con el sector donde vivía.

Lalo seguía ausente de la convivencia familiar, sus padres y hermanos lo seguían extrañando, pero a él no parecía importarle. Hubo necesidades que sus hermanos tuvieron que enfrentar sin contar con su apoyo porque si él se enteraba, le daba lo mismo. Si, por  alguna razón, hablaba con alguno de sus hermanos, se dedicaba a restregarles su bonanza. Ahora era un buen momento para adquirir un negocio propio. Aparte de su trabajo y buen salario. Lalo logró tener una franquicia que parecía rentable. Se convirtió en administrador y jefe del personal que laboraba en su restaurante. Lo curioso es que ninguno de sus familiares conoció su negocio porque nunca fueron invitados a conocerlo.

Luego la franquicia no resultó ser tan rentable y decidió venderla, ahora Lalo sigue preguntándose en dónde seguir invirtiendo su capital. Él sigue sintiendo esa insatisfacción, como hondo vacío que no sabe cómo llenar y lo va devorando lentamente por dentro. Mientras se abre una brecha más grande entre su familia y él. Al punto que ya  no lo toman en cuenta para las reuniones familiares, las celebraciones, los triunfos y todo lo que implica estar involucrado en una relación familiar. Todo parece haber quedado en la historia. Pues, hay que reconocer que Lalo es de los seis hermanos, el que se encuentra en la mejor posición económica y sigue preocupado en perseguir su sueño de ser un empresario y por qué no, un inversionista; sin importar el costo de ello.

Maria Luisa Del Cid R.


Amiga desconfianza

𝑻𝒂𝒍 𝒗𝒆𝒛

𝑴𝒊 𝒃𝒐𝒄𝒂 𝒓𝒐𝒋𝒐 𝒄𝒍𝒂𝒗𝒆𝒍

𝑰𝒈𝒖…


     –¿Qué pasó Noja?
     –¡Vá, esperáme! ¡Encerrála en el baño!


Sus enormes ojos cálidos como celajes novembrinos sobresalían de entre las costras sanguinolentas.  Echada en el piso con sus orejas agachadas y con la calma aparente del mar después de una tormenta era casi imposible adivinar lo sucesos de unas horas antes.

     –¿Dónde la tenés?

     –En el baño de arriba. ¡Hija de

        sesentamilputas! ¡Mirá que hacés vos, o la

        hago mierda a patadas!

     –¡Vos también tenés la culpa! Desde la vez

        pasada te dije que no las dejaras solas… ¿Y

        la Euclavia?

     –En la sala… ¡Mierda, mierdaaa!

Al tomarla por los genitales y haberla arrastrado por la sala había dejado brochazos carmesí que parecerían un desafortunado mándala en el piso. El bultito del cadáver estaba metido en una bolsa negra que prefirió no abrir. Tomó la bolsa y se llevó a ambas…

     –¿Qué le pasó?

𝑻𝒂𝒍 𝒗𝒆𝒛

𝑴𝒊 𝒃𝒐…


     –¡Cálmate, querés!  ¡TE HABLO DESPUÉS!

        ¡Disculpe, doctor! Dígame…

     –La vamos a tener que operar.  Esa

        protuberancia en su espalda es un tumor

        bastante grande. ¿No se había dado cuenta?

     –Ella no vive conmigo…

     –Comprendo… ¿La operamos o no?

     –¡Sí!


𝑻𝒂𝒍 𝒗𝒆𝒛

𝑴𝒊 𝒃𝒐𝒄𝒂…


     –¡Aló, doctor…!

     –Sí. Había partido por la mitad a otra. Por es le        

        había dicho a mi primo que no las dejara.    

        solas…

     –Qué bueno que salió bien de la operación del

        tumor. 

     –¡¿Qué más?!

     –¡¿Seis fetos muertos…?! 

     –¡¿Desde hace semanas…?! 

     –¿Cuándo puedo ir por ella?

Rosmeri Ramírez


La simetría de los bordes

Lo más valioso que tengo lo heredé de Mildred, una anciana indisciplinada que gustaba, al final de sus días, leernos las cartas, el café y el cigarro. De ella aprendí muchas cosas, era una señora en los negocios, sus palabras eran cortantes, imperativas; convencían.  Mildred había personificado al diablo toda su vida, una ex estafadora profesional, la cual, cayó en manos de la justicia un domingo de resurrección, cuando intentó robar la corona de oro de la Virgen de los Remedios en la iglesia homónima y enviarla a un coleccionista de antigüedades sacras en Beirut.  

Seductora cuando hacía falta, agente de viajes cuando se sentía monótona, mula cuando había que hacer amistades. Pagaba con cheques sin fondos y tarjetas clonadas la vida que no podía pagar con el trabajo “aburrido, común y corriente”. Su condena de 25 años por múltiples delitos a los 50 y las desavenencias que la vejez causa en la manera de ver la vida, hizo de Mildred alguien, digamos, un tanto más mesurado. Era exactamente todo lo que yo nunca había sido, ni seré, me causaba una atracción especial esa mirada que consumía mi atención, esos ojos eran como dos posas cristalinas, sin fin, haciendo juego con su piel marchita y el cigarrillo rubio en sus labios. Sus historias hervían mi imaginación. Murió de enfisema pulmonar, ya muy anciana, según ella “de cualquier forma, tarde o temprano tiene que suceder”. Luego de su muerte y sin familia que se sintiera digna de vincularse con su pasado, en su testamento me heredó sus propiedades, a su única amiga.

Yo cuidé de Mildred sus últimos años, cuando veía fantasmas y gatos negros, cuando perdió la fuerza en sus esfínteres y tosía coágulos de sangre. Ella también cuidó de mí, me explicó que dios es una alegoría perfecta, un silogismo lógico, un acertijo sin respuesta, un adjetivo que no califica, una oración dubitativa, es un invento; puede ser que el más perfecto de todos. 

Pero en esta historia Mildred solo juega una pieza, indispensable por supuesto, de todo el engranaje logístico que con el Obispo habíamos elaborado. 

Desde chica siempre fui muy aburrida, fui siempre lo que se esperaba de cualquier niña bien portada. Amo la limpieza y me causa placer ordenar cosas, he sido siempre así. Recuerdo que en mi primer año de colegio la maestra me premiaba, por ser la única niña obediente y me dejaba utilizar la plastilina y las temperas a mis anchas, fue allí en donde me enamoré de los colores y de las formas. Recuerdo con asombro y asco ver como los demás niños se comían los crayones y la goma, se embarraban la ropa con pintura; eran para mi como salvajes. Yo adoré mantener siempre la simetría de los bordes. 

Copiaba dibujos de un libro de anatomía que había en la librera de casa, esa fue mi segunda escuela, y lo hacía cada vez con más exactitud, mi padre era médico y mi madre profesora de historia en la universidad. Ellos conocían al Padre Elía, un hombre peculiar, extranjero, con una presencia muy llamativa, magnético y siempre con la frase indicada para toda ocasión. Aprendí también que los sacerdotes son personas con cierta autoridad y que hablan en nombre de un Dios. Padre Elía visitaba mucho nuestra casa, se había convertido en una presencia habitual para mí. En su cumpleaños 40 decidí hacer un retrato a lápiz de su rostro, hasta el momento había sido mi mejor trabajo, todos decían que había logrado captar en un dibujo fielmente su personalidad. En la sala parroquial se veía el retrato que presumía siempre como: la obra maestra de una niñita prodigio. 

En mi adolescencia seguía dibujando como un pasatiempo placentero, pero no tenía idea a que me quería dedicar. Un año antes de mi graduación Padre Elía, quien se convirtió en mi padrino y guía espiritual, me hizo una propuesta irresistible. No podía creer que a mis 19 años estaría viviendo en otro continente y mucho menos estudiando arte en una universidad prestigiosa. Esos cinco años serán para mi como la primavera de mi vida, aprendí mucho, me enamore, desenamore, me desenamoraron y me volví a enamorar. No hablo solo de alguien, hablo también de la vida en general, de alguna comida, de algún vicio, de cosas, costumbres o lugares. 

El Padre Elía fue quien corrió con todos los gastos y mis padres me enviaban algún dinerillo extra para “lujos o caprichos”. Viví como desenfrenada. La única condición que se me planteo fue regresar al quinto año y así fue, además regresé graduada con honores, esa fue mi tercera escuela.  

Al regreso y ya con 24 años, me preocupaba emplearme y Elía, como siempre, tenía la solución para eso, con su recién asenso a la curia como Obispo de la diócesis más importante del país, venía mi hora de pagar. 

Una semana después de mi regreso me convocó a una reunión importante, yo sería la encargada de la restauración y mantenimiento de todas las obras artísticas antiguas que adornaban las iglesias del centro de la ciudad y de paso las de los edificios gubernamentales. Fue tiempo de mucha actividad. Al siguiente año pasé de ser una encargada regional a ser: Directora de restauración y conservación del patrimonio artístico de la nación. Elía no solo era el Obispo, no era una simple figura religiosa, estaba dentro de la estructura política del estado como uno de los principales asesores. Es correcto cuando dicen que el verdadero poder es el que no se ve. 

Elia tenia un plan más para mí, un plan que aun no me había revelado. Fue en ese momento que Mildred apareció en mi vida. Recuerdo que fue camaradería a primera vista, tenía un semblante muy amigable, una forma de ser extravagante y las maneras de una emperatriz. Trataba de “cariño” a Elía y él no podía despegar los ojos de su escote de mujer fatal. El plan ya había sido probado antes, pero no había ido bien, faltaba una pieza indispensable, el pincel y el ojo de un artista que estuviera familiarizado con el arte colonial. O sea: yo. 

Una de las piezas más impresionantes que adornaban la Catedral era la representación barroca de la Ascensión de Jesús, un cuadro del que conocía cada pulgada cuadrada, pero esta vez, se me pidió hacer una réplica exacta de él. Además de replicar la obra, tenía también que ser convincente al darle el toque antiguo de la pátina, había que ser perfeccionista con obsesión, imitarlo todo, absolutamente todo. El óleo a través del tiempo se cuartea, es decir, se resquebraja, y esas grietas son igual de únicas que el propio cuadro.  Elía me lo propuso, y lo primero que vino a mi mente fue: falsificación de obras de arte sacro. 

En efecto, el Obispo era el engranaje político, Mildred el engranaje comercial y yo la artista. Era todo un negocio millonario del que ganaríamos los tres por partes iguales. El contacto estaba deseoso de ampliar su colección privada, y yo pasé seis meses encerrada en una celda del claustro de la Catedral copiando el cuadro. El resultado fue impresionante, sin embargo, mi copia no sería la que se iba a vender, mi copia sería la que iba a quedar empotrada en la catedral. 

Después de recibir medio millón de billetes, me di cuenta que podía emular la sublimidad de un cuadro de 300 años del que no sentía ninguna filiación o algo en común. Me di cuenta que esa había sido mi cuarta escuela. Con ese primer cuadro, vinieron cinco más, Mildred había viajado a demasiados países, en primera clase, conocía el circulo de falsificadores de cada esquina del mundo, conocía a los tasadores de arte y a los coleccionistas más exquisitos. Yo la acompañé en algunos de sus viajes de negocios: Martini Emiratos, Dubái taconea, rascacielos Shangay, exposición MET, foto Elíseos, pasarela Cibeles.     

Mi obra maestra sería una escultura de un metro ochenta del mismísimo Jesucristo. Elía mandó a pedir dos troncos de cerezo supongo que de muy lejos, una inversión importante. El trabajo tenía que quedar impecable, la gente pasaba horas viendo contemplativamente el rostro de ese Jesús, estaban familiarizados con cada pliegue de su túnica, con todas las ondulaciones de su barba y cabello, era un ícono religioso, un tótem, un ídolo. También esculpí un Jesús Nazareno, una Virgen del Rosario y un Niño de pesebre. Nadie noto la falta de los originales, los míos sabían engañar muy bien pero ya no producían milagros. 

Recuerdo perfectamente el día en el que atraparon a Mildred, ella tenía afición a coger con curas, decía que no había cosa prohibida que le excitara tanto, como cumplir las fantasías sexuales de esos pobres hombres condenados al celibato, le excitaban los perros lastimeros.  Las piernas de Mildred eran como dos retablos barrocos, eran arte, incluso ella decía que su cueva era sagrada, que la lubricación de su vagina era como agua bendita, que sus vellos púbicos eran el sucedáneo de la barba de Dios en esta tierra, porque allí se oficiaba cada domingo la misa de media noche. Ya había robado joyería sacra: rosarios de plata, pañuelos bordados con hilo de oro; también copones y demás utensilios sagrados antiguos. Sin embargo, su obra maestra le costó 25 años de vida.

En su juicio, nunca nos delató, era una dama incluso cuando tenía puestas las esposas y un overol gris. La corona de la Virgen de los Remedios jamás fue encontrada, pero una cámara de vigilancia oculta descubrió a la Virgen hablando con Mildred, ambas lloraron por al menos una hora, se contaron sus problemas, sus carencias, sus anhelos frustrados y como era de esperarse Mildred la mal aconsejó, según sea de donde se analice es posible que al mismo tiempo la haya aconsejado bien. La Virgen le regaló su corona y le dijo que valía mucho y que procurara gastar el dinero en vivir al máximo la vida, que hiciera todo lo que ella nunca había podido hacer.

Fausto Rosales