Su sana distancia: sobre las ventajas de ser espectador

¿A quién no le ha pasado, en más de una ocasión, que el cine haya influido en sus sueños? Quizá ver películas pasada cierta hora, justo antes de ir a dormir, pueda influir en el aspecto narrativo del sueño. A pesar del contagio cinematográfico, estos sueños no se escinden de la estructura de la psique. Me detengo a pensar un poco en ello y no dar por hecho las diferentes impresiones que puede generar al espectador. Sé que no soy la única que comparte este placer psíquico-estético con el cine; además considero importante recordar al espectador una grandiosa e inmediata ventaja al alcance de la pantalla: la catarsis. El cine es capaz de recrear sentidos y sentimientos en el espectador. Aún cuando la película no trate de la vida de cada uno, habla de la historia personal de mucha gente bajo determinadas circunstancias. No son los hechos en sí. Son las impresiones, los afectos y sentimientos. Aún cuando el espectador haya vivido algo parecido, puede conectar con la película de formas diversas. Así como el calidoscopio se fragmenta: el espectador deposita, interviene, sustrae, analiza. El cine nos brinda la posibilidad de interactuar con otras realidades que deliberadamente no tendríamos acceso, pero también nos permite procesar nuestras propias vivencias con mayor claridad. La historia personal se deja de lado, para ser partícipe de otra vida, en la que uno se deja llevar por las soluciones de un guionista. Uno puede tener una  experiencia propia y no tener entendimiento de ella; sin embargo, al ser espectador, se puede mirar, especular, incluso, comprender mejor la vida cuando existe cierta distancia. El cine lo permite. Permite, a su vez, un reflejo íntimo. Es un espejo convexo en el que te miras a ti mismo a través de todos. Y todos nos miramos entre todos para mirarnos a nosotros mismos.