Maneras de no querer a los viejos

Reseña de The Letter, de Maia Lekow y Christopher King

A Sara

En El rey que quiso suprimir a los ancianos, Amadou Hampâté Bâ cuenta la historia de un monarca que, para hacer su voluntad sin rendir cuentas, dio la orden de asesinar a los mayores del reino. En todas las casas fue obedecido menos en una. Un joven llamado Taasi escondió a su padre en una cueva y lo alimentó cada día. De modo que cuando el rey anunciaba sus caprichos y sus amenazas de muerte, Taasi consultaba a su padre, quien le brindaba una solución para el pueblo. Así salvó a su gente de la locura del rey y logró que éste, aun cegado por el poder, reconociera la necesidad de promover el Consejo de Ancianos, aceptando que la sabiduría de los viejos era incontestable.

En algún momento fue así. Antes queríamos a los viejos. Tenían un lugar entre la vida emergente y nueva, eran los guardianes de la memoria. ¿Qué nos ha pasado?

De esto habla The Letter (1), una película maravillosa que cuenta la historia de una abuela y su nieto a través de un conflicto de tierras y rencores; un pulso entre aquello que nos conforma y es fugaz, con los valores eternos; un enfrentamiento donde el poder femenino y el amor tienen un papel crucial y, también, una llamada de atención sobre las consecuencias de los fenómenos religiosos contemporáneos. Sus directores, el matrimonio formado por Maia Lekow y Christopher King, consiguen acercarnos, mediante un trabajo procesual de seis años, al interior de estas gentes y armar un documental íntimo y revulsivo al mismo tiempo.

La trama arranca con Karisa, el nieto, viajando a Kakoleni desde Mombasa alertado por una publicación vista en el perfil de Facebook de uno de sus tíos. Allí se acusaba a su abuela, Margaret, de las desgracias familiares y de practicar brujería. Bajo el aviso, subyacía una amenaza de muerte.

Los parientes de Karisa hablan en inglés y, raras veces, en swahili; se manejan entre pautas de consumismo y religiosidad occidentalizadas. Residen en un grupo de casas distribuidas en torno a un predio heredado a través de décadas, donde la tierra luce generosa y sana, trabajada por manos sabias de acento local. Sin embargo ellos dicen que la muerte, la infertilidad, y la mala cosecha, tienen una única culpable. Han dejado de pensar y de sentir; atribuyen el mismo origen a cualquier adversidad.

Margaret Kamago avanza por el campo apoyándose, de tanto en tanto, en la azada. Tiene 94 años. Su cabello, cano y crespo, va cubierto con un pañuelo estampado. Su silueta firme se recorta contra el verde precioso del monte, su mirada gris, apesadumbrada pero fuerte, reposa en algún punto lejano. Ella cuidó de las cosechas y de los niños, todavía abre la tierra y cava sin dificultad, para dejar caer las semillas con gestos plácidos. Sus pies descalzos maniobran sobre el terreno pedregoso que junto a los árboles, el cielo y los pájaros, conforman su casa. Como tanta gente mayor a nuestro alrededor observa ladeando el rostro. No entiende el presente.

Karisa sigue los movimientos de su abuela con ternura. Atiende con estupefacción a sus tíos mientras descubre esta práctica horrenda que, motivada por la pobreza, la ruptura de modos de vida tradicionales, y la penetración de nuevas ideas religiosas, se ha arraigado en la zona como la mala yerba: los ancianos son acusados de brujería, se les asesina o expulsa para poseer sus tierras. Las muertes violentas suelen ser ejecutadas en grupo, carecen de persecución y atención policial, son un fenómeno cada vez más frecuente e impune. Aquellos que logran escapar o deciden marcharse ante la hostilidad de sus familias son acogidos en albergues para gente mayor, como el de Kaya Godoma, en Kilifi(2). En esos refugios morirán, ya nunca podrán regresar a sus casas. Les queda la nostalgia y el dolor, la incomprensión, la profunda sensación de injusticia. En 2018 se detectaron 108 casos solo en el condado costero de Kilifi.

Margaret no piensa marchar. Está dispuesta a todo con tal de quedarse. Se entrega con resabios a un ritual purificador para demostrar que no practica la brujería. Y aquí es donde el documental se vuelve más interesante, donde la empatía y la curiosidad concretas que nos despierta The Letter, se mezclan con el miedo contemporáneo frente a la explosión evangelista que acecha por todas partes.  

Dos vertientes distintas del cristianismo se dan cita en el patio familiar para la ceremonia. Los acusadores de un lado, con sus sacerdotes profiriendo amenazas a través de un altavoz; Margaret del otro, arropada por sus dos hijas, su nieto Karisa y otras personas de su confianza. La escena es inquietante. Los acusadores afirman que Margaret morirá en siete días si sigue practicando brujería. Ella los observa con dignidad y tristeza, sin miedo, como si una parte de su ser ya anduviera por otro sitio. De algún modo vuelve la vista a su nieto Karisa, hacia nosotros.

Decía Amadou Hampâté Bâ “En África, cuando un anciano muere, una biblioteca arde, toda una biblioteca desaparece, sin necesidad de que las llamas acaben con el papel”. La banda sonora de The Letter, compuesta por la propia Maia Lekow, nos mece dulcemente, pero la trama nos recuerda el peligro de esta orfandad que avanza de la mano de nuevos modos de vida.

No solo en distintos puntos de África. Hace unas semanas fue brutalmente asesinado en Guatemala el científico maya Domingo Choc Che (3). No era un anciano pero era un sabio. Detrás de su muerte violenta están las arengas de las comunidades cristianas que, con la permisividad del estado supuestamente laico, siguen difundiendo su pregón religioso y neocolonialista, contrario a las prácticas ancestrales que califican de brujería.

En el proyecto Trasnacionales de la fe (4), un grupo de periodistas lleva a cabo una investigación que evidencia el avance de la agenda neoliberal y evangelista sobre los territorios de Abya Yala. Demuestran como penetran por todos lados, como hacen crujir las costumbres allí donde van, como se ensamblan en cualquier rincón del mundo. Actúan como una plaga, gracias al dinero que sufraga su expansión andan ya por todas partes; Kenia, Guatemala, Cuba, Brasil… Eso enseña, también, The Letter; que las derivas evangélicas corren como el fuego y han venido a matar, porque cuando no se pone la vida en el centro, lo que se pone en el centro es la muerte.

  1. https://www.the-letter.org/
  2. https://www.nation.co.ke/kenya/counties/kilifi/witchcraft-tales-in-thirst-for-land-put-elders-lives-at-risk-157710
  3. https://www.prensacomunitaria.org/cual-fue-la-causa-del-crimen-contra-domingo-choc-che-aj-ilonel2/
  4. https://transnacionalesdelafe.com/