Lo que fue terror | Los monstruos están aquí

Icónico fotograma de la película Psicosis (1960)

Cuando los hermanos Lumiére realizaron la primera exposición pública de cine de la historia, en la fría París de finales del año 1895, una de las proyecciones inaugurales fue L’arrivée d’un train —La llegada de un tren—, un corto insonoro y monocromático con poco más de cincuenta segundos de duración que, como su nombre lo indica, mostraba el arribar de un tren de pasajeros a la estación de La Ciotat. Los curiosos asistentes —por cierto no fueron muchos, pues casi nadie consideraba posible la invención de un artefacto que reprodujese el movimiento tal como este tomaba lugar en el mundo material—, quedaron atónitos al ver acercarse hacia ellos una enfurecida y humeante locomotora que como por arte de magia salía del telón blanco dispuesto al fondo del salón, tal fue el sobresalto que gritaron despavoridos y trataron de ponerse a salvo apartándose del curso ineludible de la brutal máquina cuyo armazón metálico y abalanzado con seguridad los convertiría en destrozos humanos. Sintieron terror, terror a perder sus vidas, el terror real fundado en la ilusión luminosa que sus ojos captaban.

Años después, y de la mano del expresionismo alemán, es decir, realidades deformadas, sombras tenebrosas, escenarios lúgubres, y en general, una visión del mundo que podía decirse ser de alguien que sufre de esquizofrenia, llegaron a la pantalla las pioneras del cine de terror, destacan aquí El gabinete del doctor Caligari (1920) y Nosferatu (1922); estas dos películas tienen tres cosas en común, la primera, con seguridad le arrebataron el sueño a más de un espectador luego de haberlas visto en sus fechas de estreno; la segunda, son obras memorables que instauraron un hito en la historia del cine y que aún hoy se sostienen como referentes en el genero del terror; y la tercera, sus historias se desarrollan en torno a fenómenos sobrenaturales y al luctuoso accionar de seres monstruosos nacidos de las más grotescas pesadillas.

Luego, en las dos o tres décadas siguientes, se realizarían muchas películas de terror que tenían como eje central a los monstruos, pues esa era la herencia legada no solo por los precursores alemanes anteriormente mencionados, sino también por la literatura, la dramaturgia, y la cultura popular europea, ejemplo de ello son Frankenstein (1931) y El hombre lobo (1941).

Con el tiempo, el cine y sus géneros tomarían una forma y un estilo propio, así que los monstruos tradicionales históricamente asociados al horror serían relegados a las leyendas antiguas y a las trastiendas de utilería. En la segunda mitad del siglo XX, a pesar de que muchos guiones seguían narrándose desde la concepción de hechos sobrenaturales y desde la existencia de seres demoniacos y fantasmales, las películas volcarían sus temáticas a la modernidad y a la urbanidad, ese indefectible giro en el fondo y forma cinematográfico del genero de terror llegaría para enseñarnos que lo maligno, lo aberrante, lo aterrador y lo perverso, no necesariamente se oculta en la penumbra del bosque, o que solo se personifica en las noches de luna llena, o que proviene de quién sabe qué lugar entre los recovecos dantescos de Transilvania; nada de eso, porque lo maligno es el otro, es un joven tímido y afable, propietario y encargado de un motel a la vera del camino, tal como nos lo muestra Alfred Hitchcock en Psicosis (1960); lo aberrante es un inocente recién nacido, engendrado por Satanás en el vientre de una atractiva chica a petición de sus vecinos practicantes de las artes ocultas, quienes no tienen un aspecto inhumano y diabólico, sino, por el contrario, son gente común y corriente que hace mercado, lee el periódico y siempre saluda con los buenos días, como lo deja ver Roman Polanski en El bebé de Rosemary (1968); lo aterrador es una simple adolescente que habita en una casa cualquiera de un vecindario normal, y que está postrada en una cama poseída por una legión de demonios, tal como se nos enseña en la magistral película dirigida por William Friedkin, El exorcista (1973); y lo perverso es el yo, el yo y su psicología, el yo y sus actos, nuestras debilidades, miedos y deseos, como lo muestra el mítico Stanley Kubrick en El resplandor (1980).

Las buenas películas de terror nacidas en el ámbito del cine moderno, supieron usar nuestra moral, nuestro estilo de vida y nuestros arquetipos sociales, como el insumo artístico que les permitió cambiar escenas memorables por gritos desaforados, y suspenso pesado por exasperación incomprendida. Vimos que lo horroroso y lo siniestro están ahí, en nuestros vecindarios de callejones oscuros, en los edificios citadinos donde subyace la otredad sombría de lo desconocido, en nuestras historias sabidas y ciudades levantadas sobre los restos invisibles de ciudades destruidas e historias olvidadas, en nuestros congéneres. El terror se hizo a nosotros y nosotros nos hicimos al terror. El cine nos mostró un flanco de la fuerza fatalista, ignominiosa y profética ostentada por esa frase de Shakespeare que dice: «El infierno está vacío y todos los demonios están aquí».

M.D.