Nérvinson Machado | El Gilgamesh insurgente

Hace ya un par de años, durante una jornada de vino y letras, en el marco de la feria de libro de Guadalajara, llegué a un bar de la colonia Americana, donde un grupo nutrido con algunos de los mejores poetas y narradores chiapanecos, hacía un barullo tremendo que contagiaba a todo aquel que estuviera unos cuantos metros a la redonda. Para mi fortuna, me tocó sentarme en esa mesa de locura junto a un, hasta entonces, ajeno personaje del cual me habían dicho era editor y poeta. De hecho, alguien me mostró la versión artesanal del libro que estaban presentando en la feria:Texas i love you, de René Morales. El trabajo artístico de la edición era a lo sumo cuidadoso y propositivo. El editor, mi compañero de mesa, era Nérvinson Machado (Caracas, 1976). No fue difícil sentir la calidez de Nérvinson, poeta apasionado y de conversación amena y suelta. Su vida era un periplo de peregrinajes, a veces gozosos, a veces dolorosos. Marcada tiene el alma Nérvinson, como marcado tienen el rostro los hombres que han padecido una vida de constantes y tremendas batallas. Llevaba consigo un ejemplar de Dub-Sar. La angustia de Gilgamesh por la muerte de la escritura, que le publicó la legendaria editorial mexicana Aldus. Tanto la editorial, como el tema del poemario, llamaron mi atención y comencé a hojear allí mismo el libro. No suelo hacerlo en medio de bacanales, porque uno, obviamente, no se puede concentrar, pero algo de eleusinos, tenían esos versos de Machado, algo en su diálogo con la literatura antigua que los hacía atrayentes, como todo hermetismo, como todo esoterismo; intrigantes, iguales a la gitana que se acerca a leernos la mano a mitad del carnaval. Allen Ginsberg intuyó que sólo una obra que pudiera ser cantada en lo más álgido de una orgía (por ello el Aullido) y terminara inflamando a las bacantes mucho más que el vino y los placeres, era la única que podía meritoriamente recibir el nombre de poesía. Nérvinson es de esa clase de poetas, que irrumpe con su canto en la medianía del caos y le dota de un orden desordenado. Inscrito en su papel antiguo, ha fungido como juglar de varios reinos, o bien profeta de varios reyes, y no siempre su clarividente poesía ha sido recibida con beneplácito, y como juglar ha tenido que huir del feudo, y como profeta esperar los guijarrazos de la turba ciega. Será que nuestras naciones viven un arcaísmo, una tara, que les impide aprovechar las voces disidentes. Nérvinson, venezolano mundial, es poeta, narrador, ensayista y docente, además de ser el cerebro y espíritu de Anónima Editores, proyecto que está irrumpiendo con fuerza en el mundo de las editoriales independientes latinoamericanas. Entre sus libros se cuentan, además del ya citado, los poemarios El Libro de los Muertos o Caminos de Sueños Insomne (El Arte de Reir – Santiago, 1995), prologado por el chileno Armando Uribe Arce, y Umbilical (Universidad Autónoma de Nuevo León). Su obra se ha publicado en casi toda América Latina y parte de Europa. Comenzaré y terminaré esta conversación, paladeando unos versos que Nérvison pone en boca de su Gilgamesh particular y que enmarcan poéticamente a esta tremenda Canaimera: “¿Y si la noche latinoamericana fuera en realidad un continente donde queremos dormir y no despertar jamás?”:

  • Paul Bowles, en su Bajo el cielo protector, hace una cándida diferenciación entre lo que es ser un turista y un viajero, haciendo un incisivo hincapié entre la simpleza del primero ante la complejidad, casi contemplativa, del segundo. En ese sentido, ¿qué ha significado para ti recorrer América en los términos en que los has hecho?
  • Hay un poema de León Felipe, “Auschwitz”, que te hace pensar en esta paradoja que comentas, porque no sólo está presente cuando recorres un territorio distinto al que conoces, sino también en la literatura. En el poema que te menciono, Felipe dice que la realidad “es otra cosa” haciendo alusión a que no puedes estar de turista en el infierno. A él mismo le tocó ser testigo de una guerra civil bastante sangrienta, cuando Franco se levantó en armas. Y a pesar de las desgracias que tuvo que vivir, plantea que sus palabras quedan cortas ante los horrores que vivieron los otros y acusa a Dante, Blake y a Rimbaud de ser simples turistas cuando se trata de conocer el dolor. En mi caso, vengo de un país preñado de petróleo que te hace comprender que potencias como China o Rusia son tan peligrosas como Estados Unidos. En cada sitio las personas piensan que viven la peor situación y uno intuye que hay un mal compartido que nos hermanan. Luego está el hecho de la migración o, en la mayoría de los casos, el desplazamiento forzado. Hay más de cinco millones de venezolanos que han tenido que salir por una razón u otra. Luego te tocar ver la normalizado del racismo, un discurso muy común en sectores de derecha, pero que ahora también lo ves en ciertos grupos de izquierda, que condicionan a estos mismos migrantes o los acusan de hacerse los mártires o “de quejarte mucho” cuando denuncian los abusos. Y es algo que me ha tocado vivir. Hay una normalización de la denigración, del machismo o el humor negro cuando se trata de aporofobia. ¿Puedes como escritor escapar esa realidad cuando la estás viviendo?, es una pregunta que me persigue. No permanezco inmune a la alegría como tampoco a la angustia o tristeza de ningún sitio a donde he estado. Me acuerdo, cuando hace más de 15 años tuve que viajar a Guatemala. Salí para renovar la visa de turista que tenía en ese momento. En el viaje me tocó ser asaltado por la policía y sobreviví gracias a gente que conocí en el camino, como el caso de dos hermanos que tocaban en una banda punk llamada Desadaptados, me salvaron la vida. Luego me tocó vivir el abuso de autoridad de un funcionario del consulado venezolano que me hablaba de una revolución bolivariana mientras sus dedos estaban llenos de anillos de oro. Lo único que se me ocurrió en ese momento fue tocar la puerta de una organización social guatemalteca y decirles que quería colaborar y no andar sin hacer nada, “no soy un turista”, me acuerdo que les dije. Gracias a eso, conocí la realidad de un poblado llamado Pacux, en Baja Verapaz, que había sido víctima del conflicto armado. Ahí di un taller de poesía. Ese día me enteré de cosas terribles. Incluso, para llegar al poblado había que atravesar un cementerio y en muchas criptas estaban narradas las masacres con pictografías. Por otro lado, está la conciencia y el respeto por el medio que te rodea. Mis bolsillos están llenos de preguntas no de respuestas. Desde esa premisa escribo y me relaciono con mi entorno.
  • ¿Cómo te ha marcado el exilio?
  • La respuesta posiblemente tengas que ver con la identidad. Cada paso es también una forma de convencerte de que nacer en alguna región no determina quién eres. Si lo analizamos, somos muy parecido a un mosaico compuesto de fragmentos que consigues en el camino. A veces me pregunto cómo hubiese sido mi vida si no hubiese salido de Venezuela hace 22 años. Pero la pregunta es sólo un ejercicio dialéctico para comprender mi presente. Debo reconocer que cargo un equipaje muy pesado con recuerdo y vivencias de todos los sitios donde he estado. Monterrey está tan presente en mí como Chiapas, Chile o Caracas. Y de repente vuelven cada una de esas regiones como si fueran un rumor que quisieran advertirme qué camino debo tomar cuando escribo. En primera instancia, porque mis primeros acercamiento a la literatura tuvieron que ver con una vida agitada y llena de utopías. Esto último sigue siendo, en todo caso, parte de mi entorno. En Chile, por ejemplo, me tocó una vez trabajar lavando platos y baños en un restaurante chino. En las horas de descanso salía corriendo a la Biblioteca Nacional o a la de Santiago. Luego están los amigos que confiaron en mí y me alentaron a escribir. Los debates eran intensos y ricos. Todos ellos fueron exigentes y entrañables a la vez. Cuando por segunda ocasión hice un viaje cíclico: Venezuela – Chile – México, me alejé de todo y de todos por un buen tiempo. Tenía que asumir lo que había vivido y el dolor que había presenciado en todas partes. Estaba decepcionado y me sentía extranjero de cualquier sitio. Esto lo nombro, porque actualmente trabajo en varios libros a la vez y estoy enfocado a la migración y en exponer ese inmenso dolor que es la pérdida, pero también la alegría que alberga muchas personas cuando se atreven a caminar en busca de un mejor futuro.
  • Tu labor como tallerista, editor y creador te han permitido estar en constante contacto con diversas voces del continente, ¿qué visión tienes de la literatura que se está escribiendo actualmente en Latinoamérica?
  • Nuestra historia y diversidad hacen que tengamos una creación poética muy interesante, llena de incomodidad, sueños, risa o desencanto, que es imposible que no termine en una masa barroca; por el otro, también están los poetas convencidos de repetir fórmulas y estructuras que consideran inamovibles. Cuesta generalizar. Sin embargo, vivimos con muchas contradicciones y cambios acelerados, el acceso a nuevas formas de comunicación, la internet o el acortamiento virtual de la distancia están marcando mucho de lo que se escribe en la actualidad. Existen sacudidas poéticas que no deberían de extrañarnos debido a este contexto. Claro, es muy común que asociemos novedad y juventud. Pero no siempre ese binomio es así. Hoy en día puede ser tan refrescante leer Santiago punk de Carmen Berenguer, El primer libro de Soledad Fariña o Cuerpo de María Auxiliadora Álvarez.
  • Tu obra mantiene un diálogo joven con las literaturas antiguas, lo cual manifiesta tu particular visión tanto de los clásicos como de lo contemporáneo, ¿cómo trabajas este balance en tus lecturas y escrituras?
  • En los primeros versos de la Epopeya de Gilgamesh, dependiendo de la traducción, se habla de que el mítico héroe conoció la morada de los muertos, los fundamentos de la vida. Y mis lecturas están muy influidas por esta idea de acercarme a la muerte como concepto y recoger esta estela de conocimiento a través de la memoria construida por todos los que me han antecedido. La lectura siempre es un diálogo con el pasado y tenemos que interrogarla para entender nuestro presente. No existe, creo, un lector que no se convierta en una especie de gusano que se alimenta de la muerte. Ni siquiera el poeta más pop. Nosotros como lectores tenemos que darle una temporalidad a cada obra para construir nuestra temporalidad más allá de que el reloj te advierta el número en que estás. Es algo que indagó mucho Paul Ricoeur. Pero hay textos como Cosmicósmicas de Calvino, El Aleph de Borges o Los ovnis de oro de Ernesto Cardenal que te hacen cuestionar dónde está el tiempo. Al igual que un músico, construyo a partir de un metrónomo que gradúo según mi conveniencia; así cualquier escritor, sin importar su origen o época, puede ser una influencia para mí. Como lector, sobre todo, uno tiene que aprender a calzarse a prueba de tiempo y espacio.
  • Has de saber, mi estimado Nérvinson, que esta columna lleva el nombre de Canaimera en honor a la Canaima de tu paisano, el gran Rómulo Gallegos pues me parece una de las obras fundacionales de la estética latinoamericana. Como arqueólogos literarios que somos, quisiera saber si crees que exista un canon latinoamericano, más allá de las adoraciones nacionales, que de verdad esté ejerciendo algún influjo palpable en las actuales generaciones, o sólo escribimos a partir de la abolición y el olvido.
  • Siempre me ha parecido que hablar de un canon es un ejercicio proveniente de las academias. En esa idea se esconde una noción monopólica del conocimiento que restringe las miradas y ha servido para la conveniencia de unos cuantos, a veces. En México, por ejemplo, si preguntas por un canon, saltaría el nombre de Octavio Paz de inmediato y posiblemente quedaría afuera Elena Garro. Por fortuna para todos, en el último tiempo han estado rescatando su trabajo. En Venezuela te enseñan que la Ilíada es una gran obra, pero no te explican por qué. Sin embargo, no te hablan de Antonio Ramos Sucre o Eugenio Montejo y mucho menos de escritores vivos como Rafael Cadenas. El caso de Montejo es lamentable. Su obra es extraordinaria, pero criticó al chavismo y eso lo hace estar fuera del canon gubernamental. Por tanto, el poder promueve el silencio sobre su obra. Son muchos los ejemplos que puedo seguir citando. La idea de canon me incomoda por muchas razones y peor aún la idea de tener que leer sólo lo que me impongan, ya sea de una región o de otra. El conocimiento es universal y yo soy un ser universal entendiendo que lo único anormal para mí son las fronteras y las divisiones.
  • Entrados en materia, ¿cuál serían tus autores latinoamericanos de cabecera?
  • Tengo autores de cabecera según la temporada y estados de ánimo. Estoy lejos de saber cuál sería el canon. Por lo pronto me alegraría que salieran a relucir obras de mujeres silenciadas, que rescataran autores que los Estados nacionales han querido dejar en el olvido y un estudio crítico sobre el trabajo de autores como Juan Emar o María Carolina Geel. Y si tenemos suerte, espero que no terminemos en unos años con un canon lleno de nombres de personas que solo han estado adulando al poder y han sido beneficiados por esa razón. 
  • “¡Bochinche, bochinche! Esta gente no es capaz de hacer sino bochinche!” dicen que dijo el general Francisco de Miranda, cuando Bolivar y otros insurgentes le aprehendieron. En el ámbito literario, Nérvinson, ¿sigue Latinoamérica siendo un bochinche? ¿Son un modus vivendi, una particularidad continental, las traiciones y la envidia?
  • Tengo la idea de que vivimos una época de decepciones. Donde figuras como Maduro son tan repugnantes como Bolsonaro. Los gobiernos que se hacen llamar de izquierda actualmente han sido tan neoliberales como los de derecha. Eso está llevando a muchas personas a que se enfrasquen en una actitud conservadora y nacionalista. Y, por supuesto, hay quienes aprovechan para escalar y enriquecerse. El problema no está en ese bochinche (desorden alegre), sino en la poca comunicación o empatía que tenemos con el otro. Tenemos muchos problemas comunes y queremos creer que cada quien es el único afectado.
  • Anónima Editores se plantea como un proyecto que sirva de plataforma para las voces emergentes de nuestra literatura, después de este año tan difícil y de los retos intrínsecos de tener un editorial independiente, ¿hacia dónde va tu proyecto, que alcances pretendes con él?
  • Con los cambios que se están produciendo a raíz de la pandemia y el confinamiento a todos nos toca reinventarnos. Sin embargo, no tengo un discurso apologista hacia las plataformas digitales. Algunas editoriales están mudando todo de manera aceleradamente y aún no saben a ciertas si esto funcionará. Sabemos que muchas librerías están cerrando definitivamente y pareciera que la cultura es lo último que interesa en este tiempo. Pero tal vez esto puede ser una forma de buscar nuevos caminos, de discutir con seriedad la responsabilidad editorial y abrir un espacio de debate. Con la editorial empezamos publicando poesía, nuestro primer libro, Texas, I love you, de René Morales, vio la luz hace casi dos años. Ese título sirvió para arriesgáramos con un formato poco convencional para mantener un equilibrio entre el arte del diseño y el contenido. Luego hemos saltado al libro de bolsillo con el fin de mantener precios accesibles y cómodo de transportar.  Ahora entraremos en una nueva fase donde la plataforma digital cohabitará con la impresa y trataremos de tener una mejor comunicación con los lectores. Claro, todo esto implica una labor de resistencia y hacer de la paciencia un arte. Ahora ampliamos nuestro catálogo con narrativa, pero las presentaciones se han visto interrumpidas por todo lo que está pasando. Sin embargo, la actividad de venta en línea ha seguido y eso ha ayudado mucho. Pienso ahora que lo que sigue en términos editoriales es la publicación de crítica literaria y ensayo. Cada vez necesitamos mayores elementos para entender nuestro entorno y la editorial no debería estar ajeno a esto.
  • Sé del culto que tienes por los libros y su historia universal, ¿qué significado, que simbolismo, en toda la amplitud de la palabra, tiene para ti el libro?
  • Si tengo que tomar una imagen para describir la relación que existe entra la humanidad y el libro, diría que somos origamis de sus páginas. En el mismo momento que se inventó la escritura y su soporte, el libro, hace un poco más de cinco mil años, en la región de sumeria, aprendimos a vencer las limitaciones del tiempo y el espacio. Esta extensión de la memoria se convirtió también en el soporte de nuestros sueños. Un puente donde podíamos ver hacia atrás y seguir caminando a un mejor futuro. Hay, incluso, una imagen que no se me puede olvidar, en la antigua Mesopotamia las tablillas de barro, cuando ya no servían como libro, eran usadas para adoquinar caminos. Y aunque en algún momento los libros fueron un instrumento que usaban los gobernantes para someter al reservarse el conocimiento para ellos, el tiempo nos ha demostrado que el libro es el instrumento preciso para conseguir una sociedad libre y equitativa. Seguimos caminando por ese camino adoquinado y ahora tenemos que ver hacia dónde queremos direccionar nuestra vista.
  • Por último, mi querido Nérvinson, “¿y si la noche latinoamericana fuera en realidad un continente donde queremos dormir y no despertar jamás?”
  • Entonces sabría que mis manos son un anestésico, lo cual también es una preocupación. Usé la idea de “dormir” en el poema para buscar alguna esperanza a pesar de la decepción. De ahí que lo haya puesto en forma de duda. Cuando estaba niño nadaba en una laguna donde se habían ahogado muchas personas. El agua era tan oscura que no veías más debajo de tu cuello. Como buen joven irresponsable, iba con los amigos e intentaba atravesar todo el estanque, pero a mitad de la laguna regresaba a la orilla asustado. Pero cuando me faltaba poco para llegar, me dejaba hundir para agarrar fuerzas. Me acuerdo de que levantaba las manos para ver el sol y la distancia hasta la superficie. Luego me impulsaba en el barro. Así siento con ese verso.
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