Elena Salamanca | La mítica desmitificadora

Cuando uno se acerca a la obra de la escritora e historiadora Elena Salamanca (San Salvador, 1982), inmediatamente es perceptible su disciplina, su tenacidad, una fuerza estrambótica que no es sólo inercia sino tesón bien trabajado.  Toda vez que se conoce el rigor de su narrativa, la excelsitud de su poética, queda claro que Salamanca escribe desde la inteligencia, la valentía y la reflexión. Y que, si bien presume el rigor de la academia, también hace suyo, y fácilmente, el desparpajo imaginativo de la poesía. Su voz, que se mece entre pueriles candores y maduras contemplaciones, tiene un casi legendario origen en una infancia arrullada por los cantos de las abuelas, dentro de un espacio idílico: su universo jardín. Pero bien pronto deviene en acelerada percepción e irrumpe en una geografía donde muy temprano se deja de ser niño y la realidad se entreteje de míticos, y no pocas veces nocivos, imaginarios que urgen ser, revalorados unos, derrumbados los otros: Centroamérica.  Un crisol, un yunque vivo son las letras de Elena Salamanca. Un respiro, un asidero en territorios de violencia; una esperanza cuando todo parecía perdido en tierras de sangre donde el libro es un casi ídolo de ignorados ritos, pero cuyo culto fue, es, será inmortal entre unos tantos. Elena Salamanca ha publicado Landsmoder (Editorial Equizzero, San Salvador), Peces en la boca (Editorial Universitaria, San Salvador) y Último viernes (Dirección de Publicaciones e Impresos, El Salvador).  Muy joven, fue finalista del premio Alfaguara de novela en el año 2004. En 2009 obtuvo una beca para escribir una novela en el programa de Estancias artísticas para creadores de Iberoamérica y Haití del Fondo Nacional de la Cultura y las Artes de México y la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo. En el 2017, resultó ganadora del YES Arts Writers Grant. Su obra ha sido traducida al inglés, alemán, francés y sueco. En 2012 fundó la Fiesta Ecléctica de las Artes FEA que es un referente en El Salvador y Centroamérica.

  • Elena, se puede apreciar en tu obra que has vivido inmersa en un ambiente casi místico, donde has sido tocada por una mitología mestiza atestada de vírgenes, santos y un Dios extraño, ¿cómo ha sido vivir en esa vorágine, de qué ha dotado a tu literatura?
  • Creo que al ser cuidada por mis abuelitas desde que nací, ellas me transmitieron su universo y su imaginación, un universo de jardín, una imaginación sincrética en un mundo secular. Sobre el Dios extraño no lo sé, no me he detenido a pensar en ello. Pero definitivamente el primer universo que tuve fue ese que mis abuelitas me dieron. Luego tuve el académico, en mi infancia, mi madre me formó una biblioteca, y mientras yo crecía, me regalaba libros que ella, intuitivamente, elegía muy bien para mí, me regaló libros de poesía, novelas, teatro, pero también de Historia y de Historia de la Literatura, hasta que empecé a estudiar en la universidad. Y también, y esto es fundamental, a mi padre lo asesinan cuando yo tenía 9 años, y él me da el duelo, el dolor, la búsqueda, el miedo y a la vez el deseo de nombrar, de sentir, el interés de conocer la Historia, el país donde nací, y así llegué a la Historia, a la Academia. La Academia me ha dado otro modo de pensar y de ver el mundo, vivo entre esos dos mundos. Con la Academia he sabido nombrar mi imaginación, me da métodos, caminos, rutas para pensar. Pero mi pensamiento y mi obra literaria están influida aún por las categorías esenciales de mi universo jardín.
  • Ello me recuerda al Cristo Negro, del gran Salarrué, un autor al que admites como una de tus grandes influencias. Un autor que debería ser revalorado y al cual habría que darle su justa dimensión en la literatura latinoamericana. Así que, aprovecho tu filia, ¿quién es para ti Salarrué?
  • El Cristo negro es un libro poco conocido de Salarrué, es su primera novela, publicada en 1927. Pero no me siento necesariamente conectada a esa novela de Salarrué. Su espiritualidad es muy interesante, pone en cuestión el pecado, la tentación, etc. Yo crecí en un universo que usted ha llamado místico, pero donde no existía la idea del pecado o la tentación, sino la belleza, el amor, la contemplación y la creatividad. Se trata de formas bien diferentes de acercarse a lo espiritual y lo místico. Salarrué es mi escritor favorito desde muy joven, de hecho realicé una investigación sobre la resonancia que su libro Cuentos de barro (1933) tuvo sobre los cuentos de Juan Rulfo en El llano en llamas (1953). Este tema es muy controversial para los mexicanos y sus cánones literarios pues se supone que Juan Rulfo “no tenía influencias” o eran autores muy lejanos, nórdicos, como dijo en algunas entrevistas. Pero yo realicé una investigación en 2011-2012 y en 2014 salió mi cuaderno de investigación. Creo que Salarrué pertenece a una generación de grandes narradores, narradores fundacionales para las naciones jóvenes, que nacieron en 1899, como Jorge Luis Borges, Augusto Roa Bastos y Alejo Carpentier. Todos maravillosos, con obra monumental. Finalmente se conocieron en México en un congreso de escritores, invitados por Juan Rulfo, lo tengo documentado. El problema de Salarrué es que la primera obra suya que se publicó fuera de El Salvador fue, precisamente, Cuentos de barro, por recomendación de Gabriela Mistral. El libro fue publicado por la editorial Nascimento, en Chile, en 1943 y la presentación es de Mistral. Ese fue el primer libro de Salarrué que tuvo alcance editorial continental, lo distribuyeron además de en Chile, en México, etc. Ese era la edición que estaba en la Biblioteca de Juan Rulfo, y que el arquitecto Víctor Jiménez y Juan Francisco Rulfo me permitieron ver. Yo he revisado la correspondencia de Salarrué con Mistral, en el Museo de la Palabra y la Imagen, y él le dice en una carta que tiene otros libros, no solo Cuentos de barro. Era realmente muy prolífico. Llamo problema a esa publicación, porque él fue encasillado en el costumbrismo, pero él dio una entrevista en 1970 donde se desmarca como costumbrista. Fue una construcción del mercado editorial latinoamericanista de entonces, muy antes del Boom, que no le permitió ser leído más adelante, porque después del Boom, para los lectores fuera de El Salvador que solo conocieron un libro suyo, él estaba ya desfasado, o pertenecía a otra imaginación que no les interesaba más. Y eso es injusto, su obra es maravillosa y su prosa explora muchos caminos narrativos, históricos y sobre todo lingüísticos. Como se ve, Salarrué es una pasión intelectual para mí.
  • Dentro del fundamento mítico de tu obra, ¿es lo femenino un ánimo rector?
  • Supongo que lo femenino es mi universo literario, que deviene de aquel universo jardín. Pero hay que tener mucho cuidado con lo que nombramos femenino. Yo no trabajo estereotipos de feminidad patriarcal, yo los rompo. O por lo menos eso he intentado hacer con mi serie de poemas sobre Sor Juana Inés de la Cruz, con el mito de Santa Tecla y con mi cuento sobre el hambre de Santa Teresa, la levitante. Creo que es un fundamento mítico que yo no había notado, con conciencia, hasta que algunas académicas que han trabajado mi obra me lo han hecho saber.
  • Has tenido la oportunidad de recorrer algunos países de nuestro continente, ¿cómo has percibido el quehacer literario en cada uno de ellos? ¿Qué diferencias hay, y qué similitudes?
  • Realmente solo he tenido contacto con la literatura y el sistema del arte Mesoamericano, es decir, de México y Centroamérica. En Estados Unidos entré en contacto con la producción académica sobre México y Centroamérica, han sido planos diferentes. Un sistema del arte, como tal, en Mesoamérica, solo existe en México. En Centroamérica es muy difícil poder hablar de un sistema consolidado, por nuestra historia, de invasiones estadounidenses, guerras civiles, despojos y problemas ambientales y desigualdad, el sistema del arte, o la esfera cultural, básicamente se mantiene en una constante, en un movimiento perpetuo entre derrumbe y reconstrucción.
  • En 2004 fuiste finalista del permio Alfaguara de novela, lo que seguramente fue un parteaguas en tu vida como escritora, también has ganado importantes becas y estímulos. En ese sentido ¿qué injerencia tienen los premios y las becas en la vida de un escritor latinoamericano? ¿Son necesarios o resultan un lujo del estado?
  • Primero, tengo que aclarar que fue el Primer Concurso de Novela de Alfaguara en El Salvador, en 2004. Solo ocurrió ese año y fue un experimento interesante, porque permitió romper el mito de que El Salvador era un país de poetas y que no se producía mucha novela. Esto no quiere decir que todas nuestras novelas valieran la pena para ser publicadas o que fueran, incluso, novelas, pero yo era apenas mayor de edad y fue una experiencia que me abrió al mundo literario salvadoreño, que no era como esperaba. En lo negativo, había muchas grillas, cultos a la personalidad, etc., en lo positivo, también había mucha gente maravillosa que fui conociendo y ahora es parte de mi vida. He ganado solo una beca artística, la del FONCA y AECID, en México, en 2008, la de crítica a las artes de la Fundación Y.ES de El Salvador, y las demás becas han sido académicas: La Llilas Benson, en Austin, la del SICA, en Centroamérica, la de CONACYT y COLMEX en México. Así que desde mi experiencia yo solo puedo hablar de las becas académicas que han sido esenciales para mi Doctorado y mi investigación de tesis. No sé qué es ser escritora latinoamericana con beca permanente, mi única beca en literatura duró 4 meses y en 4 meses no construís una obra, la iniciás, entrás a un camino de lo que escribirás luego cuando tengás tiempo disponible, básicamente en el desvelo.
  • Hoy en día vives en México, donde estudias un doctorado, y esto te ha llevado a estudiar las relaciones de este país con Centroamérica. Háblanos, desde tu perspectiva, acerca de este diálogo cultural entre las dichas naciones.
  • Vivo en México, acá termino mi doctorado, escribo mi tesis sobre el exilio de centroamericanos entre 1930 y 1950. Hay una paradoja, casi condena, sobre investigar, escribir, hacer historia sobre Centroamérica. Para entenderla, para investigarla, debemos salir de Centroamérica. Los mejores archivos sobre Centroamérica están en Estados Unidos y en México. Yo he estudiado las relaciones intelectuales y diplomáticas, básicamente puedo concluir (sin hablar de mi tesis específicamente) que todo mexicano tiene algo de centroamericano hasta que se demuestre lo contrario. Es, por supuesto, una sentencia que escandaliza a los nacionalistas mexicanos, pero es cierto. Tenemos una vinculación ancestral indiscutible y en el siglo XX unas relaciones políticas e intelectuales tangibles, de ambos lados del río Suchiate.
  • ¿Qué es la Fiesta Ecléctica de las Artes y qué repercusión tiene en su ámbito de influencia?
  • La Fiesta Ecléctica de las Artes es FEA, un festival de arte que fundé en 2012 junto a mi amigo Nadie [Javier Ramírez], un escritor, artista visual y travesti de El Salvador. FEA estuvo activa hasta 2017, hicimos 5 ediciones, donde invitamos a artistas multidisciplinarios de voces muy peculiares, muy propias, y cuya propuesta no cabía muy bien en espacios tradicionales. Trabajamos con artistas de El Salvador, y algunos invitados de Centroamérica, como el poeta Wingston González, de Guatemala. Recuperamos mucha memoria, o historia oral, del arte y la cultura mediante una serie de ciclos de conversatorios, sobre historia y crítica, sobre temas que tampoco abordan los académicos ni los periodistas. Tuvimos una racha muy hermosa y me gusta pensar que hicimos dos cosas: rendimos homenaje a los legados de las generaciones anteriores a las nuestras que se habían perdido en la memoria, que no estaban registradas, y también pienso que dimos claves de futuro para las generaciones actuales y las que vienen. Tenemos todo documentado, hemos aparecido en algunos libros sobre arte, yo espero, como historiadora, que no nos olviden.
  • ¿Son necesarios los festivales culturales en América?
  • Yo creo que sí son necesarios, pero si son disidentes, si rompen el orden de lo conservador dentro del espectro cultura en América. ¿Para qué queremos más formalidad, más mármoles y más cortinas de seda y terciopelo falso? Si te van a dar una nueva clave para pensar, para pensarte, son necesarios, si van a darte un cajón para meterte, para encerrarte, para desconocerte, no lo son. Entonces es mejor que no los hagan.
  • ¿Ha sido para ti Centroamérica una cartografía del dolor?
  • Usted toma este concepto de “cartografía de dolor” de mi texto Atravesé el puente en que mataron a mi padre. Cartografías del dolor, que publiqué en Guatemala, en Plaza Pública, en 2018. Yo he escrito mucho ensayo sobre Centroamérica, sobre la historia y la violencia de la región. Entonces yo creo que necesitamos contar una historia que nos hable también del dolor y los duelos, que son las experiencias compartidas en Centroamérica, en México, en América Latina, en el mundo. El dolor, como la felicidad, como el amor, es lo que nos hace ser vivos en el mundo en nuestro tiempo. Y es terrible. Así que yo me aboqué a esa categoría para contar sobre la ruta de la reconstrucción de los duelos desde el de mi padre. Hay una académica italiana, Silvia Gianni, quien ha escrito sobre mi literatura y la cartografía del dolor, y le agradezco mucho sus palabras sobre mi obra ensayística y narrativa, lo que ella llama también “restitución del duelo” en la posguerra en Centroamérica.
  • ¿Qué significan para ti las palabras migración y exilio?
  • Más allá de qué significan para mí, son conceptos que estudio desde la Historia, desde mi tesis. Creo que lo que me interesa es desde dónde comencé a pensarlas, a darles significado. Con María Zambrano y Edward Said, inicialmente, yo empecé a pensar en clave de exilio, desde la experiencia, desde la creación. Con Luis Roniger, empecé a pensar el exilio como categoría política, como expulsión de comunidad política. Con Erika Pani, mi directora de tesis, comencé a pensar esa expulsión de la comunidad política en clave de ciudadanía. Y así me he ido nutriendo de muchos académicos, filósofas, historiadoras, para acercarme a estas categorías que, para mí, en este momento, son también experiencia biográfica. Aunque yo vivo legalmente en México, tengo el privilegio de residencia temporal por ser estudiante, sé que son también experiencias vitales. Esas, claro, las separo de mi trabajo académico. Pero están en mí, son parte de mí.
  • ¿Qué representa, qué conlleva, ser escritora en El Salvador?
  • Es una pregunta difícil porque yo básicamente he sido escritora en diáspora, con el cuerpo en México, pero con el corazón en El Salvador, en Centroamérica, si lo vemos orgánicamente. Sin embargo, todos mis libros han salido en El Salvador, uno en México. Varia de mi obra ha sido traducida al inglés, al italiano, al francés, al alemán, al sueco, creo que he sido afortunada. Pero escribir día a día en El Salvador es más difícil de lo que yo puedo construir desde la diáspora, así que creo que no puedo contestar con fidelidad esta pregunta, aunque quisiera.
  • Por último, Elena, y como en tu Santa Tecla, ¿sigues siendo un árbol que por frutos da manos cortadas, manos insurgentes?
  • La historia de mi poema Sobre el mito de Santa Tecla me parece increíble. Es un poema de 2008, recuerdo claramente haberlo escrito de un sentón, en un momento libre mientras preparaba el almuerzo para mi abuelita. Salió en 2011 en un libro en El Salvador y en los últimos años ha tomado fuerza. La fuerza vital de esa escritura, creo. Me alegra mucho que siga siendo leído y traducido, hace menos de un mes apareció su tercera traducción al inglés en Estados Unidos y parece que el poema tiene esa impronta de las manos que no dejan de brotar. Mucha gente, cuando quiere construir un mito sobre mí, o quizá una burla, no lo sé, me compara con esa Santa Tecla, la de mi poema. No lo sé. Pero me deseo muchas manos insurgentes por los años que me quedan por escribir.
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