Allá a lo lejos se encontraba Gorbachov

La frase no es mía; proviene de uno de los testimonios que, a modo de coro griego y pesadilla colectiva del inframundo, recogió durante años Svetlana Alexiévich para construir Voces de Chernóbil, Crónica del futuro, publicado originalmente en 1997. La frase la dijo Ludmila Dmítrievna Polénskaya, maestra rural, sabia y perdida, como tantas mujeres y hombres, ancianos y niños, cuyas voces espectrales asoman entre sus páginas.

El reactor estalló el 26 de abril de 1986. No hay cifras fiables del número de muertos y afectados. Tal vez no las haya nunca. Ludmila vivía en un distrito que dependía de una región que dependía de Minsk, y Minsk dependía de Moscú, a 800 kilómetros. Allá a lo lejos se encontraban Gorbachov y dos o tres hombres, sin currículum que les avalase pero al mando, decidiendo la suerte, la gestión de la mala suerte de millones de personas.

Svetlana Alexiévich parece peregrinar entre ellos con pluma y papel, quizás con una grabadora. Toca las puertas de sus desoladas casas, jura que no es una más, una escritora más que llega a exprimir la vida ajena para beneficio propio. Ella les convence, acepta sentarse a la mesa sin reservas, observa y escucha hasta que consigue hilar sus voces fracturadas.

El libro es una <<novela de voces>>, ejemplo de la literatura documental de Alexiévich. Decenas de monólogos que contienen toda la carga de una confesión psicológica individual y grupal, familiar e histórica. Los protagonistas pasan por allí, o están cuando se abren las páginas; hablan de sus cuerpos, de sus muertos, de sus tierras, de sus animales. Hablan de la soledad espeluznante a la que les arroja su mundo destrozado.

Solo así sabremos por qué una mujer cuyo marido partió a sofocar el incendio en la primera noche de la catástrofe, duda de si debe hablar del amor o de la muerte. O qué siente un psicólogo que lucha en contra y a favor de su memoria desgarrada para sobrevivir. O un padre que necesita dejar constancia del nombre de su hija, Katia, que murió con siete años por culpa de la radiación. Solo así sabremos qué siente la gente mayor, sobrevivientes de las guerras y el hambre, al ver la comida pudrirse, contaminada de un veneno invisible, y al ganado morir. O los niños que confían en un mundo subterráneo donde conviven la tierra enterrada bajo la tierra, los esqueletos de las bestias y los gusanos que ya no están. O los cazadores cuya última misión es matar perros y gatos domésticos que les miran a los ojos. Escucharemos a los románticos que buscan alguna verdad en los libros y en la filosofía, a otros que insisten en la heroicidad. Sobresueldos y vodka casero para aguantar las labores de los días posteriores. Desinformación y errores científicos para aguardar la muerte después; la muerte y la enfermedad insertada en las entrañas de las supervivientes. Podremos ver la iridiscencia emanar de los escombros amontonados, el agua teñirse de óxido, las manos blandiendo los escasos dosímetros sobrepasados por la radiación. Acabaremos aceptando algo que está ahí, algo que no puede verse o tocarse, algo inverosímilmente real.   

Pero lo que no sabremos es qué pasará con el sarcófago precario y agrietado que hoy contiene toda la carga que no se desparramó en el accidente. Doscientas toneladas de combustible nuclear mezcladas con plomo y hormigón armado. Doscientas toneladas de residuos que se mojan cuando llueve y se respiran a kilómetros según sopla el viento. El peligro está ahí, latiendo, calentándose, <<respirando muerte>> como un monstruo de fábula que podría sacar la cabeza del lago.

No tuve la sensación de estar frente a unas páginas que condujeran a la reparación ni a la nostalgia; Voces de Chernóbil es un libro que abre espacios al dolor. A un dolor inasumible y a veces mutante, como sus protagonistas. Dolor con rabia, con amor, con miedo, pero siempre dolor. Y es, sin duda, el testimonio de un mundo que se fue. Digo sin duda porque para ellos, para los habitantes de la tierra que enfermó, su mundo acabó un mal día y ha seguido acabándose cada día desde entonces. Se acabaron su tierra y sus frutos; sus casas viejas o recién construidas; su trascendencia y su sexualidad. Se acabó su salud, su genética, su certidumbre. El pasado dejó de tener sentido y el futuro también.

Gorbachov, en el fondo de su alma se habrá encogido de hombros y, parapetado por un corro de tecnócratas, habrá fijado las prioridades de la nación. Que no cunda el pánico. Que no se detenga la economía. Que no se sepa la verdad. Así lo relata Marat Filípovich Kojánov, ex ingeniero jefe del Instituto de Energía Nuclear de la Academia de Ciencias de Belarús. A un mes del desastre, comenzaron a medir la radiactividad residual en vísceras de animales domésticos y salvajes, también la leche. <<Después de las primeras pruebas, quedó bien claro que lo que nos llegaba no era carne, sino residuos radiactivos>>. Las granjas cumplían sus planes de producción y el Estado vendía la leche sin etiquetar, ocultando así la procedencia. Mentían los políticos, callaban los científicos, ejecutaban órdenes obtusas los militares. El hábito de la guerra impuso su terminología bélica y sus fusiles; la resaca de la guerra fría restauró al enemigo irreal, más asumible que el enemigo microscópico que todo lo envenenaba. 

Algunos campesinos siguieron ordeñando y cultivando sus huertos. Las tiroides de sus nietos daban resultados trescientas veces superiores a los niveles tolerables. <<Veías a una mujer joven sentada en un banco junto a su casa, dándole el pecho a su hijo. Comprobamos la leche del pecho: es radiactiva. ¡La Virgen de Chernóbil!>>. Y sin embargo, la orden suprema era callar, callar para no perder el trabajo y el carné del partido. Callar para mantener, en medio del caos, cierto control. Marat Filípovich Kojánov jura que no lo hacían por miedo, sino por convicción. Pero el miedo y la convicción son, muchas veces, lo mismo. Pocas cosas dan más miedo que ver nuestras certezas convertidas en chatarra intelectual.

En la Entrevista de la autora consigo misma, inserta en una edición posterior, reflexiona Svetlana Alexiévich: <<De pronto el pasado se ha visto impotente; no encontramos en él en qué apoyarnos; en el archivo omnisciente (al menos así nos lo parecía) de la humanidad no se han hallado las claves para abrir esta puerta>>. Cierto, no las había, pero ojalá fuera eso. Significaría que el poder aprende, que rectifica, y sabemos que no es así.

Más adelante: <<De pronto se encendió la cegadora eternidad. Callaron los filósofos y los escritores, expulsados de sus habituales canales de cultura y la tradición. Durante aquellos primeros días, con quien resultaba más interesante hablar no era con los científicos, los funcionarios o los militares de muchas estrellas, sino con los viejos campesinos. Gente que vivía sin Tolstói, sin Dostoyevski, sin internet, pero cuya conciencia, de algún modo, había dado cabida a un nuevo escenario del mundo. Y su conciencia no se destruyó>>.

A lo largo de las cuatrocientas páginas del libro, solo la gente del campo y una mujer, Slava Konstantínovna Firsakova, doctora en Ciencias Agrícolas, proponen erigir una filosofía de la supervivencia que les permita seguir. Optar por nuevos cultivos, reconducir la radiación, desactivar su pervivencia en el ganado a través del pienso, modificar los procesos de micro-producción de alimentos aportando un mínimo de tecnología…Pero eso requeriría unas políticas agroecológicas demasiado chiquitas que carecen de interés para los señores de traje que nos miran de lejos. Exactamente como lo dice Francia Márquez: <<El patriarcado ha destruido este planeta>>.

El último monólogo se titula Una solitaria voz humana. Valentina Timoféyevna Ananasévich, <<esposa de un liquidador>>, emplea un lenguaje sencillo, entrecortado. Llora al recordar su vida pasada, al marido que se fue. La franja roja de la orden de alistamiento que interrumpió, el 19 de octubre de 1986, su celebración de cumpleaños y su vida. Todavía está enamorada, le busca, le necesita. <<Yo he nacido para el amor. Para un amor feliz>>.

Cuando volvió de Chernóbil no quiso hablar. Intentaron la vida de antes, regresar a esa flotante intensidad. <<Conocía todo su cuerpo, palmo a palmo, y lo besaba todo. A veces hasta soñaba ser una parte de su cuerpo>>. Besándole descubrió la inflamación tiroidea que les condujo al hospital. Después ya solo pudo alimentarse de líquidos y soportar el dolor y el deterioro; pero él quería vivir. Se tocaron con deseo hasta el final, aún con la piel desgarrada por un cáncer que se instaló en su exterior.

El hombre murió un día a las siete de la mañana. La mujer detuvo todos los relojes de la casa y se acostó a dormir. Pasado un tiempo intentó ponerlos en marcha pero no pudo. Consultó a varios relojeros que tampoco pudieron echarlos a andar. Los relojes siguen parados hasta hoy. <<No es un problema mecánico>> dicen, aunque no saben qué es. Ojalá sea el amor, Valentina, alguna forma de amor.