Yuliana Ortiz Ruano | La noche negra como la grupa de un potro

En los libros de los Aranyakas, un apéndice de los Brahamanas hindúes, se puede leer que “en verdad, el alba es la cabeza del caballo sacrifical. El sol es su ojo…el viento su aliento…el cielo su lomo…la atmosfera su vientre, la tierra su bajovientre…los días y las noches sus patas…las estrellas sus huesos…las nubes su carne…las montañas sus hígados y sus pulmones…cuando bosteza, relampaguea; cuando se sacude truena, cuando orina, llueve…y la palabra es en realidad su relincho”.  Siguiendo con el espíritu hinduista, puedo pensar que Yuliana Ortiz Ruano (Esmeraldas, Ecuador 1992) será la reencarnación de alguno de los escribas que hace miles de años imaginó el poema. Lo pienso, porque estos versos rituales me vinieron a la mente cuando leí por primera vez la poesía de Ortiz Ruano, quien ha dicho de sí misma “Soy ese caballo de cuatro metros de altura extinto ya”. Una personalidad fuerte escoge símbolos fuertes que le representen. Que lo diga Odiseo, que lo diga García Lorca que miró la noche en la grupa de un potro azabache. Quienes nos hemos dejado fascinar por esos símbolos de grupa y crines, sabemos la fuerza hipnótica que ejercen los caballos en sus amantes. Por ello, en la presente Canaimera, resulta un privilegio dialogar con Yuliana, porque me he dejado hipnotizar, desde mis primeras lecturas, por su obra, por sus versos de galope azabache. Yuliana no escribe desde la vida privilegiada, sino desde el estupor del barrio, del pueblo, de la orilla. Suya es la visión del margen, del infortunado, del relegado cimarrón, de las mujeres violentadas por ser mujeres, por ser negras, en un continente que no se sacude sus taras coloniales y sigue negando una de sus tres raíces: la raíz africana, quizá la más dolorosa, porque fue arrebatada de otra tierra y obligada a crecer en lares ajenos, tiranizada. Una raíz fuerte, alegre, que nos ha dado música, que nos ha dado colores, que nos ha dado letras, nombres, mitos, héroes. La América negra, insurgente, sensible, artística, revolucionaria, femenina y masculina. La América negra y libertaria, ¡Libertaria! La joven poeta Yuliana Ortiz Rubio es editora y fundadora de la revista El Cráneo de Pangea,  ha publicado los libros Sovoz (Hanan Harawi y Todos tus crímenes quedarán impunes, coedición peruano ecuatoriana) y Canciones desde el fin del mundo (Amauta &Yaguar). Obtuvo, en 2017, la mención honorífica en el concurso Poesía en Paralelo. Su poesía ha sido publicada en diversas revistas y plataformas de su natal Ecuador y de Argentina, Colombia, Venezuela, México, España y Portugal.

  • Yuliana, es demasiado fuerte lo hípico en ti.  ¿qué son esos dioses caballos que tanto galopan en tu poética?
  • El caballo dentro de lo que escribo intenta dar nombre o significar lo que no puede ser dicho a través de la boca. Es un parentesco extraño entre el animal y mis silencios, entre la locura de la búsqueda de un lenguaje desbocado que sigo intentando conseguir.
  • Pienso en ese gusto tuyo por los caballos, un gusto por demás bucólico, y recuerdo que provienes de la provincia, de Esmeraldas, ¿cuánto te ha diferenciado esto de otros creadores, de otras escrituras que nacen del centro, de la capital o de ciudades con mayor preponderancia socioeconómica?
  • Es interesante que preguntes esto porque a veces se intenta designar dentro de la escritura una especie de igualdad inexistente. Si hablo específicamente de lo literario, ser de Esmeraldas también significa ser de una tradición que bebe mucho más de los y las autoras del Caribe que de los autores de la capital como tal. También es una literatura alimentada de la oralidad, de la palabra viva. Las preguntas que me surgen antes de escribir vienen de otros lugares, por ejemplo, de las cartografías oficiales de Ecuador en las que mis Islas no aparecen, pero sí aparecen Las Galápagos, o en lo fantasmal que puede resultar a veces vivir dentro de la categoría del acontecimiento o de la emergencia. También la urgencia de escribir me surge del vínculo por la memoria, es más una búsqueda que una certeza.
  • La cultura negra también está presente en tu obra de manera muy palpable, ¿de qué manera te determina, te define?
  • Es que no quiero escapar de mi corporalidad. La primera vez que escribí algo intenté hacerlo desde una voz “neutral”, porque había escuchado en un conversatorio de escritores que esa era la forma de escribir. Por suerte mi cuerpo se supo imponer y llevarme acaballada hasta sus propias urgencias. No estoy segura de que mi escritura sea lo suficientemente fuerte o lo suficientemente importante pero sí es producto de una urgencia que es más fuerte que mi propio yo. Es una forma en la que se hilvanan también mis propias vulnerabilidades, de mi debilidad que a veces puede ser un lugar común pero es el lugar que me surge… y no quiero mentirme, por eso lo dejo salir.
  • ¿Consideras que escribes una poesía feminista?
  • Cada vez tengo menos certeza de lo que escribo, no sé si es poético pero intento que sea real (?) Creo que los feminismos son formas de autonombrarse también, entonces yo no catalogaría a mi escritura como feminista. Creo que hay otras acciones en mí que agencian esa característica, no estoy segura de que mi escritura lo sea. Tampoco me molesta que digan que mi escritura es feminista, pienso que las lectoras o lectores (si es que existen jajaja) pueden tomar mis textos y darles la mirada que prefieran, yo no soy mucho de defender mi trabajo ni catalogarlo como tal… pienso que esa es una tarea que no me corresponde. 
  • La música, sobre todo la afroamericana, parece ser también una de tus obsesiones.
  • Lo es sin duda, todo lo que soy (si soy algo) se lo debo a la música con la que crecí, a la música que fui descubriendo en los viajes; la música de mis tías (ñañas), la música de mi padre, la música que me mostró mi medio-hermano mayor; la música de mis ex amantes, la música que me muestran mis hermanas menores, la salsa, el mambo, el boogaloo, el hip hop, el rap, la soka, el dancehall, la samba, la champeta, el new wave, la bachata, la música del chocó ecuatoriano y colombiano. Todo. Sin música no vivo.
  • Gracias a tu proyecto Cráneo de Pangea has tenido la oportunidad de publicar y dialogar con diversos creadores de nuestro continente. Además has vivido la oportunidad de participar en varios encuentros literarios en Chile, Perú y Ecuador.  Desde esta experiencia ¿cuál es tu visión de la literatura latinoamericana contemporánea? ¿Cómo se ha dado el diálogo con tus pares?
  • Creo que decir literatura latinoamericana es decir demasiado, hay distintas voces que beben de distintas tradiciones. Algo que puedo decir, especialmente sobre lo que me gusta y disfruto leer es que hay una ausencia de miedo que me deja absorta. Tal vez se pueda construir un encuentro desde ahí, desde ese no-miedo que posibilita el surgimiento de las voces tan disímiles entre sí (me niego a eliminar la diferencia).
  • Oye, ¿y cuál es el papel que están jugando las plataformas digitales en este proceso?
  • Yo pienso que las plataformas digitales son un arma de doble filo, si observamos con detenimiento siguen siendo los mismos países dominantes de siempre los dueños del algoritmo. Entonces sigue siendo visible lo que ya era visible e invisible lo invisible. Hay que aprender a mirar más allá del algoritmo dominante, hay tanta información en la red que a veces se pierden autores interesantísimos por falta de visibilidad. Como lectoras, necesitamos urgentemente ayudarnos de las plataformas para seguir leyendo, pero tomando en consideración que hay otras formas literarias aconteciendo fuera de lo que se ve rápidamente. Toca mapearlo, buscarlo. 
  • ¿Cómo funciona eso de ser clúster de Liberoamérica?
  • Funciona para subir contenido y hacerlo visible desde la autogestión, era una forma interesante de publicación pero sobre todo de visibilizar lo que se estaba haciendo. Sin embargo, yo dejé de publicar en la plataforma porque me cuesta mucho autoeditarme, prefiero siempre la voz o mirada de una persona externa a mí para que queden realmente bien organizados mis textos.
  • ¿Qué significa ser escritora en Ecuador?
  • No tengo la menor idea (jajaja), creo que la experiencia de la escritura es distinta para cada persona. En mi caso, no tengo idea cómo publicar en Ecuador ni cómo moverme dentro de los procesos editoriales en mi país, sin embargo, hay muchas autoras que sí. Recientemente se han publicado a muchas y todas buenísimas. En mi caso, cada vez me siento más perdida, escribo porque me urge, lo demás vendrá cuando tenga que venir o capaz nunca, es algo que a veces me preocupa pero la mayoría de las veces me tiene sin cuidado.
  • Desde tu privilegiada juventud, ¿cuáles son los sueños de la poeta Ortiz Ruano?
  • Me siento a veces demasiado vieja en realidad, tengo amigas y amigos de mi edad que están haciendo muchísimo. Tengo demasiados sueños pero no tengo idea si se puedan realizar. A corto plazo terminar de una maldita vez mi pregrado (me boté de una carrera anteriormente), esperar otra beca para hacer un máster y seguir escribiendo aunque no tenga idea qué hacer con lo que escribo. También quiero volver a vivir en la playa y tener una librería allí pero para eso se necesita dinero y no hay (jajaja).
  • Una pregunta suelta, ¿qué significan para ti la reencarnación y la carne?
  • No estoy segura, pero sí tengo certeza que somos también la historia de las personas que nos antecedieron entonces, somos más antiguos de lo que pensamos. O para no hablar por nadie, yo siento que soy muy antigua, que he vivido en el desierto. Que he hablado un idioma ilegible y que no tengo solo mi edad sino como mínimo unos 500 años. Y la carne es todo lo que late, lo que duele y lo que urge. Si escribo es porque me late el cuerpo, porque los músculos me lo exigen.
  • Por último, Yuliana, ¿porqué en aquel verso donde eres un caballo de cuatro metros, eres caballo y no yegua?
  • Porque a veces me siento más masculina que femenina, porque a veces lo femenino no me alcanza y porque no encuentro obsesiones símiles en las yeguas pero sí en los caballos, es decir, no tengo idea por qué.

*La imagen que acompaña este textos es obra del fotógrafo Ricardo Bohórquez.

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