Arte maldito: los Niños llorones de Bruno Amadio

El mundo del arte está envuelto entre los más grandes y fascinantes misterios que se pueden imaginar. Así como hay mensajes esotéricos y encriptados entre melodías, diálogos y trazos, también hay otra clase de contenidos que saltan a la vista y que son más fáciles de percibir con nuestros sentidos finitos.

Basta con asomar la mirada a una melodía, un párrafo o personaje para presentir ese escalofrío extraño sobre nuestros pellejos. Ese “algo” nos contempla frente a frente y nos sentimos desnudos y vulnerables. Sabemos que una profunda tristeza nos violenta y absorbe. Nos sentimos desolados, encantados y malditos ante aquel arte. Eso y más podemos sentir frente a las pinturas enigmáticas  de Bruno Amadio, sus Niños llorones.

¿Pero a qué se debe esa sensación desbordante de pena? Al analizar las intenciones del artista se puede deducir que buscaba plasmar el dolor y la crudeza de la guerra a través del sufrimiento de los niños (en específico la Segunda Guerra Mundial). En estos cuadros se expresa una figura infantil desganada y triste en medio de un llanto desconsolado.

Estas obras de gran valor humano y dramático son hermosas, y sin embargo, emiten un aura extraña, maldita, casi demoniaca. Esos Niños llorones parecen abstraerse de su llanto y pareciera mirar fijamente a los ojos de los espectadores. Hay que ser muy valientes para aguantarles la mirada por mucho tiempo.

Es por ese halo enigmático que estas pinturas, incluyendo a su autor, se han visto envuelto en teorías y leyendas diabólicas acerca de su origen, su fama, y su maldición que afecta a los poseedores que se han atrevido a colgar los cuadros y exhibirlos en hogares y museos. Esta maldición no se limita a un solo cuadro en específico. Hay 27 cuadros de Niños llorones y cada uno de ellos está envuelto en historias misteriosas de terror, dolor e incendios devastadores.

Sobre el enigmático artista se ha escrito e indagado bastante, aunque no hay muchos datos oficiales acerca de este pintor maldito. Brumo Amadio, italiano, fascista y combatiente en la Segunda Guerra Mundial, muchas vece firmaba sus pinturas con diferentes pseudónimos. La leyenda cuenta que él viví enfadado ya que se tenía así mismo como un artista con gran talento que casi nadie podía igualar. Debido a esto creía que no podía disfrutar de la fama y atención que él merecía, por lo que se vio influenciado a realizar un pacto con el demonio para poder gozar de la atención y reconocimiento que tanto buscaba.

Aunque parezca sorprendente, la tan esperada fama le llegó a Amadio de la noche a la mañana y sus pinturas cobraron un gran valor entre el público. Aunque sus obras fueron valoradas entre las personas y conocedores, fueron acompañadas por desgracias e infortunios para aquellos que las adquirieron y expusieron en sus hogares.

En muchos de los casos las llamas y otros sucesos paranormales azotaron de manera inexplicable a los desafortunados dueños de algún Niño llorón de Amadio. Con el paso del tiempo la leyenda comenzó a ganar popularidad e incluso se afirmó que la maldición de los niños llorones no se limitaba a los cuadros originales, ya que el aura maldita podía extenderse a las reproducciones y otras representaciones de las pinturas.

Fue así que los cuadros y su leyenda oscura llegan hasta nuestros días, gozando de la fama que el artista quería lograr. Muchos de estos cuadros son valorados y temidos por igual. Por todos lados abundan las reproducciones tanto en el ámbito virtual como el físico. Pese a las advertencias, son realmente pocos los que se atreven a colgar y exhibir una de esas pinturas en sus hogares.

Pararse frente a uno de estos Niños Llorones requiere de gran templanza. Contemplar esas escenas donde reinan el dolor, la miseria y el abandono ocasionado por la guerra en un ser tan frágil como lo es un niño. Estas escenas son acompañadas por un aura extraña de asecho. Esos ojos llorosos parecen mirarnos con una pesadez ajena a las lágrimas.

Esas muecas parecen retorcerse mientras nos analizan de pies a cabeza. Casi como si fueran los testigos infantiles de las desgracias e infortunios que están por caer en los incautos espectadores que contemplan una aparente pintura con temas antibélicos de un artista italiano. Hay una tierna y macabra belleza en estas obras.

¿Cuántos pueden devolver la mirada, o tan sólo evitar pestañear, ante esa multitud de ojos llorosos y macabros que nos miran y hechizan?