Meryvid Pérez: Veranos

Ya no sé de la infancia más que un miedo luminoso y una mano que me arrastra a mi otra orilla.

Alejandra Pizarnik

Tengo una caja de ratán trenzado que robé de los objetos que los anteriores inquilinos olvidaron. La vi en la cúspide de un cerro de artefactos religiosos que yacía sobre una coqueta de espejo opaco, en la que mi reflejo fue testigo del inevitable regreso de una práctica de mi infancia. ──Cuando robes algo guárdalo en tu calzón── me aconsejó Susana durante algún recreo escolar. 

Desde que esa táctica me fue revelada, guardé día a día, por lo menos tres chicles pertenecientes a la tienda de una anciana descuidada. Era una ocupación que realicé con maestría y empeño, pero cuando aparecieron caries en mis molares decidí no hacerlo más. Fue una decisión contundente. No hubiera imaginado, que veinte años después, aparecería nuevamente la sensación imperiosa de tener algo que no es mío y la oportunidad de poderlo tomar. Fingir ante el casero la ausencia de ansiedad y nervios de regresar a una manía mal vista, pactó en mi relación con el objeto robado una sensación de complicidad.    

Durante el último año me he vuelto recolectora de recipientes en los que guardo cosas verdaderamente irrelevantes, pero debido al valor que adjudiqué a la caja de ratán, decidí guardar en ella a los que considero mis mejores tesoros: decenas de fotografías rotas y manchadas por el mal cuidado que mis manos de niña les dieron en las mudanzas que viví. Los delgados cruces de la caja acogieron a las imágenes como ningún álbum lo hizo antes. Para acudir a los recuerdos de manera fácil, se me ocurrió diseccionar las fotos en diferentes apartados que marqué con fechas de períodos importantes. Estos, a su vez, tenían divisiones con tarjetas en las que exploré mi escritura creativa. Lo acomodé todo en un orden cronológico. Aquí una muestra de mi labor compiladora.

Allá donde pronto somos niños / y tenemos casa / y en donde las ciudades son fotografías. […] / Allá resides tú, donde reside la memoria.

Elena Garro

I

 (1998-2006)

Tardes amarillas

Durante el mes de abril las grosellas caían por sí solas. Cuando se juntaban al pie del árbol, corríamos descalzas a recogerlas. Utilizábamos de cesto la blusa que lleváramos puesta. Una hoja era lugar para la sal y la piedra grande del patio suficiente mesa. En ella cabíamos tú, yo, alguna vecina invitada y nuestras muñecas. En ella se nos iba la tarde comiendo lo que nos daba el árbol. Hoy tu nombre es el color de la fruta y el gesto amargo de escupir semillas.

Aquarium

Los zapatos de charol rojo pringados de lodo, convierten mis pies en dos grandes catarinas. Mientras las catarinas hacen fiesta en los charcos, la lluvia corre por las tejas, crepita sobre el suelo y se adueña de las calles rotas. No muy lejos, entre el barullo del agua, se escucha el sapo que canta en el monte. 

Recreo en el jardín 

──La lluvia trae peces. ─Declara alguien detrás de una reja de escuela. Entre los barrotes negros, tres dedos pequeños señalan a la calle y cuentan el número de peces que las nubes soltaron. Esta tarde el papel será un barco.  

San Francisco 

Extraño mis días con los pájaros del parque. Eran un grupo de zorzales que presentaba un recital por mes. En las tardes, sobre alguna rama del roble más viejo, cantábamos toda canción ya inventada. Teníamos como lema: “ardua lejanía al polen del ciprés”, lo declarábamos en cada ensayo y hacíamos gárgaras de vinagre dulce con dos hojas de laurel. Fueron los días más felices, hasta que un día derribaron al roble y jamás los volví a ver.

Animal de agua

Te pusiste cinta adhesiva en los dedos para simular escamas. Con engrudo y periódico me hiciste la estrella que decoramos con piedras turquesa y pintura dorada. No podía creer que fueses marino y pedí que lo comprobaras. Frente al mar, vi el momento en el que te salió una cola y te fuiste. Quise ser como tú para nadar con aletas. En cada cumpleaños deseé ser animal de agua y nadar al fondo para ir a buscarte.

Isidoro

Del día que Casiopea llegó recuerdo los estragos de un huracán y el frío. Jugaba en el patio a recoger las pequeñas ramas de los árboles que el huracán tiró en su paso. La radio repetía las medidas de seguridad que yo identificaba con colores. Cuando mi canasta estuvo casi llena, sentí el golpe frío del caparazón en mi piel. Apenas la vi le puse un nombre. Casiopea.  Lucía flaca y fatigada de transitar entre las corrientes de agua sucia del pueblo. No dudé en meterla a casa para mostrársela a mamá. Ella la puso en un traste con agua. Esa noche le pedí a mi nueva amiga que me mostrara el futuro. 

Herencias

De niña cambié muchas veces de casa, eso me hacía sentir igual que un crustáceo. Me gustaba pensar que cada una de ellas era una concha nueva a la que mi cuerpo debía adaptarse porque había crecido. Mientras mis padres vaciaban cajas y acomodaban muebles, me gustaba explorar los espacios en busca de objetos olvidados y rastros de la vida anterior. Mi mudanza favorita fue cuando llegamos a un lugar en donde, se decía, había muerto un niño que tocaba instrumentos de forma magistral. En una de mis tantas exploraciones cotidianas encontré una armónica que seguramente le perteneció a él. Aún recuerdo el latón brillando bajo el sol y la promesa que hice de aprenderla a tocar. Cuando supe lo suficiente, improvisé algunas melodías que ofrecí al eco que habitaba mi casa de nácar. 


Meryvid Pérez (Mérida, Yucatán 1998) es estudiante de la Licenciatura en Literatura Latinoamericana por Universidad Autónoma de Yucatán. Estudió creación literaria en el Centro Estatal de Bellas Artes. Ha publicado textos en las revistas Efecto Antabus, Penumbria y Bítacora de vuelos.