Nietzsche es un excéntrico alienígena, sobre la segunda temporada de Umbrella Academy.

Sobrecompensando un personaje que desperdiciaron la temporada pasada, aquél misántropo y millonario excéntrico cuyos rasgos eruditos y moral de superhombres huele demasiado a la ética nietzscheana así como la erudición, filología, pasión por la música y el look de un pensador del siglo XIX. El personaje ausente que fungió como omnipresente regresó a ser la vértebra de la “historia” para la segunda temporada.

 Antes de hablar de un filósofo alienígena habrá que recorrer lo que fue la temporada dos y colocar a los personajes en lo que se trató de una odisea de encontrar al padre, o bien, de cómo ser amado por un padre psicópata.

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Aún no hay una verdadera explicación el por qué de los paraguas; la obsesión de este millonario que quiere hacer su escuela x-men; ¿son mutantes, superhéroes, extraterrestres?; ¿cómo sucedió el embarazo de estas mujeres?; si se llevaban tan mal porqué, de repente, se amaron incondicionalmente —y—, la pregunta más importante de todas: ¿la relación de Allison y Luther es incesto?

Para la segunda temporada la lógica interna y algunas consistencias se vieron muy flojas, Vanya destruyó el mundo y, con un golpe de amnesia logró ser una ¿mutante? súper-poderosa, el papá psicópata resultó ser un alienígena a pesar de que en la primera temporada le hicieron una autopsia y, los viajes en el tiempo actúan sin consecuencia alguna hasta el último cliffhanger que se sintió vacío en trama pero conveniente para los bolsillos de la cadena.     

No creo que nada de esto realmente importe, la serie se enfocó desde un inicio en ser una suerte de diversión medio pueril y psicodélica sin mucha congruencia y, en la segunda temporada hay un hombre pescado que fuma adentro de su pecera. Parece cumplir.

Y sí, se ve un poco floja, a veces se pasa lento, Klaus sigue siendo el personaje cómico que engancha a la audiencia para soportar a los demás y cinco sigue siendo un pobre niño sobre-actuado con grandes momentos que prometían un increíble personaje que queda corto.

El guión fue predecible y apeló a ciertos clichés: hay un capítulo que hace un homenaje (¿o plagio?) a Snatch de Guy Ritchie con el mismo soundtrack, (golden brown, The Stranglers), los escenarios son estereotípicos, la comedia apunta a chistes de Luther echándose un pedo en el elevador, por último: el viaje en el tiempo se convierte en una mera excusa para que estos vástagos puedan emprender una odisea para conocer a su padre antes de ser aquel excéntrico demente que los adoptó, más bien los secuestro.

En un flashback muestran el funeral de Ben cuando todos eran pequeños. Aquella figura paterna les dice que como son superhombres deben adecuarse a una moral de éstos y los condena como cómplices de su muerte. Esto se contrasta con su peor momento en la primera temporada que es cuando se revela que mandó a Luther a vivir a la luna sin motivo alguno.

Esta ética de superioridad en lo que todo tiene un fin ulterior, en el que no existe lastima, empatía sino una autonomía del sujeto como responsabilidad impoluta, en la que se deja de creer en el perdón divino o que se quiere evitar necesitar el perdón divino, es aquella ética que Reginald Hargrevees les enseña a sus hijos y, encima de ello, son hijos superdotados así que el concepto del superhombre es tanto metafórico como literal para estos siete bastardos, claro que el experimento de este Nietzsche contemporáneo fracasó.

Aquí es donde cobra cierta paradoja la actitud de los personajes: en efecto son superhombres y cada uno de ellos está roto por dentro, sean inseguridades, adicciones, complejos de grandeza o, simple y llanamente, maniáticos. Estos “héroes” en lugar de tener un enemigo tienen complejos freudianos buscando el amor incondicional de una figura paterna que los desprecia y simplemente los utiliza porque tiene un delirio de que quiere —y puede— salvar a la humanidad; aunque parece odiarla.

La serie funciona como sátira, más como una parodia, al género de superhéroes como Avengers o La liga de la justicia. La idea es poner a siete “superhéroes” sin un universo cinematográfico y que sean unos inútiles; el papá quien fungiría como aquél creador del grupo resulta indiferente ante las necesidades humanas y sobretodo pedagógicas hasta que se explica que simplemente no le importa porque no es humano (también cabría la explicación con el miso Nietzsche). Ellos no pueden ser la liga de la justicia o los vengadores porque ni siquiera tienen un enemigo con el cual combatir, solo son unos hermanos medio idiotas que se meten en problemas, y al tener poderes, estos problemas escalan al Apocalipsis.

Si se hubiera enfocado sólo en satirizar el género, creo que sí tendría críticas por el sinsentido y las conveniencias del guión, Watchment es un buen ejemplo de cómo hacer una sátira al mismo género, convirtiendo a Superman en un extraterrestre indiferente (Dr. Manhattan), al capitán América en un sádico (The Comedian), a Batman en un detective neurótico e indigente (Rorschach). No se trata de ello, se trata de una caricaturización y parodia del género con soundtrack de los backstreet boys, personajes edípicos, trastornos que ocupan el rango completo, desde grandeza hasta depresión. Por último,  mi concepto favorito de esta serie: no son super-héroes, algunos (como Diego y Luther) tienen el complejo, pero son humanos normales que nacieron maldecidos por tener esas habilidades y al maniático Reginald rondando por el mundo buscándolos. Son torpes, sin un coeficiente intelectual envidiable, escasos de táctica, sin equipo, uniforme o disciplina, y, lo más importante, son un experimento fallido. Por el mismo propósito de querer hacer a sus superhombres lo que creó, fueron adultos disfuncionales.