Noe Vásquez Reyna: dos cuentos


Lluvia y ceniza 

En los diarios españoles también se reportó la noticia. Después de la necesaria ubicación de la tragedia, se decía que en la aldea El Rodeo encontraron carbonizados a cinco niños dentro de una casa. «La erupción del Volcán de Fuego, en Guatemala, ha arrasado zonas enteras, incluidas aldeas habitadas, que permanecen bajo las cenizas». Una de las fotos áreas que se tomaron de la zona imitaba montañas suizas en un trópico letargo. Una capa blanca grisácea cubría árboles, casas, tráileres estacionados. Un pueblo abandonado en invierno. 

Yo cumpliría cinco años cuando el volcán convirtió en estatuas porosas y plomizas a muchas personas, a niños pequeños como yo y a gente con arrugas como mi abuela. Ese año fue muy raro. Una de mis madres lloró mucho; la otra quizá también lo hizo, pero no lo sé bien porque estuvo meses durmiendo en otra parte. Entraba y salía de casa con su bolso y un libro en la mano. Cuando venía y saludaba, era como si hubiera viajado por semanas aunque nos había visto ayer. Más que a nosotros, parecía que extrañaba su propia vida. Con sus abrazos nos dejaba halos de cigarro y café. Una de las veces que volvió, mamá traía al cuello una tela púrpura, suave. Yo nunca la había visto en casa. Dijo que era un regalo. Tampoco había visto que un regalo turbara e hiciera casi llorar a alguien así. 

El 45 aniversario de mamá se apostilló en otro año de crisis. Continuaban consignas y recorridos en las calles; se cumplían 365 días de la quema de 41 niñas; una erupción hacía virar aviones en vuelo; se comprobó el genocidio por segunda vez; hubo viajes a otros países y una separación. Después me enteraría de que ese año fue de segundas veces. Desde que tengo memoria, nuestras madres nos llevaban a mi hermana y a mí a caminar en las calles del centro histórico, sobre todo porque el país cubría cabezas con costales y les quitaba el aire. Había olvido, tristeza, hambre, enfermedad, egoísmo y cosas sucias. Sin embargo, cuando ellas estaban juntas y reían todo eso no llegaba a los dedos de los pies descalzos de sus hijos. 

Ese año también apareció otra persona en la vida de mis mamás. Nos pedían que la saludáramos, y ella, en lugar de darnos beso, extendía la mano mostrando la palma para que chocáramos las nuestras con la suya. Me parecía tonto, pero sin duda era más aceptable que pegar la mejía a rostros de gente que no nos interesaba. 

Esta otra persona llegó a nuestro cumpleaños, la recuerdo. Nos tomó fotos con su teléfono cuando golpeábamos la piñata en el patio. También comió pastel y revisó la estantería de la sala. No me caía bien. Pensé que se robaría algún libro, pero no lo hizo. Tras ella hubo más silencios incómodos y molestos en casa. Conversaciones a medias cambiaban el tono de las voces de mis madres. Desde la cocina se escuchaban murmullos, que arrastraban emes, eses y erres. Mis tías postizas llegaban seguido y platicaban por horas con mami. Ella dormía en casa, no viajaba tan lejos y con el grifo abierto sobre los platos lavaba, supongo ahora, otro abandono.   

El alejamiento no impedía que fuéramos a la marcha del 30 de junio como familia. En esa ocasión, mi hermana caminaba con mami y yo, con mamá. Había calor y las calles se volvían fatigosas. En las últimas siete cuadras, mamá hizo el camino conmigo en brazos mientras hablaba todo el tiempo con esa otra persona. Quiso cargarme; yo me negué. Volvió a sacar su teléfono y nos tomó fotos a mamá y a mí. Mamá le pidió casi en ruego que se las enviara. Yo nunca las vi.

Esa otra persona era rara. Hablaba y se veía de manera extraña. Si la miraba bien, parecía un búho calvo que se escondía y pretendía quedar bien con sonrisas. Usaba palabras raras, frases enredadas, así que nunca entendí de qué hablaba con mamá. Se veían una a la otra también de manera rara. Era como si todo se congelara y yo ya no estuviera ahí. Eso me molestaba y miraba fijamente a esa persona para que leyera en mis ojos que la odiaba; bueno, lo que yo creía que era odio.  

Mis madres se iban distanciando como barquitos de papel mojados. Llegaron días en que mamá se marchaba después de leernos el cuento de la noche y regresaba durante el desayuno. Una mañana mi hermana fue proactiva. Les dijo que si tenían roto el corazón, lo pegaran. En el cajón había goma y tape, y propuso ayudarlas ella misma. Creo que mi hermana es muy práctica para las cosas complicadas. Yo solo estaba molesto porque eran más niñas que nosotros.

Sé que no me he llevado bien con mamá desde que soy pequeño. No creo que tenga que ver con los lazos biológicos. Mi hermana la imita en todo. De pequeña jugaba a trabajar fingiendo que escribía en computadora, así como mamá lo hacía durante largas horas. Yo intento no ser tan apasionado como ella, pero nunca lo logro.  

El llanto de mami mutaba gradualmente entre que se cerraba la puerta y se apagara el último bombillo. En la oscuridad tomaba la forma de lluvia silenciosa bajo techo. Todo quedaba empapado y un frío triste enmohecía las paredes. Creo que por esa humedad volví a mojar la cama. Algo de lo roto entre mis madres me recuerda la ceniza del volcán. Cómo se puede unir la ceniza. Es imposible con hilo negro, goma o tape. ¿Cómo habían enterrado aquellos cuerpos de ceniza? ¿Se desvanecían al tocarlos? ¿Así morían los vampiros? ¿Eran lodo de lluvia y ceniza?

Mis madres hacían lo necesario para que el fuego, el humo y los despojos alrededor de casa se quedaran detrás del portón de entrada. En sus trabajos eran creativas cuando intentaban que carniceros en trajes de hombre dejaran de violentar vidas. Luego se encargaban de nuestros berrinches, que las agotaban, y más de una vez, las respuestas de mi hermana o las mías les cortaban el aire, como si contuvieran en la garganta ausencias, frustración, rabia. A veces gritaban, como lo hace quien alguna vez perdió. 

¿Qué pasa cuando un niño descubre que el peor de sus miedos es posible? Mi miedo más terrible de niño era que mis mamás ya no fueran las mismas, que mintieran, que ya no rieran juntas y que la separación fuera radical y para siempre. Me di cuenta de que ese miedo era más horrible que ver por las noches al monstruo cubierto de escamas y lodo, con rostro de hombre desfigurado, que vivía bajo la cama. Cuando salía, se arrastraba por la habitación en cuatro patas. Luego saltaba a mis pies y se sentaba. Me veía con ojos blancos y extraños mientras sacaba su larguísima lengua para intentar tocarme. Mi hermana nunca lo vio. Con el tiempo entendí que si los corazones se lastiman más de una vez, nunca serán suficientes los remiendos para curar, sobre todo, el vacío. 

El 27 de septiembre de 2018 se acabó la distancia entre mis madres. Llegaron a casa juntas y ya ninguna huyó. Yo las noté raras, más cariñosas que siempre, pero en la mirada habían perdido algo que no estaba relacionado con su separación. Al año siguiente nosotros empezamos la escuela y después crecimos muy rápido. Imagino que los corazones de mis mamás tendrán rendijas de varios tamaños, y duras y anchas cicatrices.  

Muchas marchas después, mamá me contó la historia de aquella persona. Ella con cerveza, yo con whiskey, hablábamos por primera vez de su vida. La escuché y pensé en la edad de la inocencia, me sorprendió saber que este país tuviera. Sabía que tenía ternura, ¿pero inocencia? Sus hermosos rizos plateados caían libres y más largos sobre su lado izquierdo. Cada surco de su rostro era bello. Cuando acabó, le pregunté si la había vuelto a ver. Solo dijo: “A veces no niegas la mirada, solo la guardas”. 


Conversación 

Nuestros muertos llegan a ser parte de nosotros mismos. Se adhieren a la piel. Hay una simbiosis metafísica a la que quizá Cien años de soledad se refiere sobre la pertenencia y los cementerios. Cuando era apenas niña me apropié de tres muertos que en realidad no conocí; después vendrían más. Fantaseo con que se incrustaron en los ojos detrás de los ojos para acercarme a la finitud y la belleza. En estos países bañados por dos mares hablamos con los muertos. Iluso es pensar esa conversación hecha de palabras, ideas y miedo. 

La primera muerte que hice mía sucedió en marzo de 1983. Mi madre sobrevivió a su tercer parto  ̶ nací yo ̶  y a un duelo terrible. La mujer que la abrazó y le había enseñado ternura de segunda madre murió en un accidente de carretera cuando se dirigía de Quetzaltenango a la Ciudad de Guatemala para conocer al nuevo bebé. La ausencia para mi madre  fue vasta. A consecuencia de su pérdida ya no pudo amamantarme. 

Nueve años después vendría la segunda muerte. A principios de abril regresábamos a la escuela después de los días libres por Semana Santa. Las monjas nos informaron, después de la oración de la mañana, que una niña que cursaba tercero primaria conmigo había muerto en un accidente de tránsito. Los accidentes de tránsito no son tal cosa acá, sino negligencia, cobardía y corrupción. La recuerdo como una niña frágil: rizos castaño-rojizos, tez palorosa, ojos-ventanas-caramelos cristalinos, más café que leche. Su nombre iniciaba con M. ¿Mariana? ¿Milvia? He olvidado las demás letras. A mis nueve años sentí en la garganta un hormigueo que iba en tropelía desgañitando en una inexistente manzana de Adán. Era áspero, un no-ser-estar arenoso. 

Siete semanas santas después, el profesor guía llevó la noticia de que uno de nuestros compañeros del bachillerato se había ahogado cuando nadaba en un río. Él era nuevo en el colegio. Tenía dieciséis años, piel brillante-no-blanca acariciada por un sol de las cinco de la tarde, pestañas largas como uñas drag, ojos semitransparentes y profundos como la oscuridad. Mentón partido, barba afeitada, sonrisa infalible, aura dulce. Era hermoso. Tampoco recuerdo su nombre, pero su rostro sigue ahí en una de mis películas cursis favoritas.

La cuarta muerte tuvo nombre y apellido. Muy adulta entendí la importancia de la identidad y de llamar a cada quien por su nombre, preferiblemente si cada quien lo ha elegido. Mayo había ingresado en la universidad para estudiar literatura tres años después de que yo lo hiciera. Mayo Oliveros era un alma vieja no ficticia y tenía nombre de mes. La atracción fue natural e irremediable. Hablé con él una única vez. Hablamos de ángeles sin rostro, de jazz, de soledad, de todo. Era un pequeño fotógrafo de la melancolía. Cuarteaba el mundo con tristeza y lo tragaba a velocidades de sonido. Cuando se suicidó, lo lloré como nunca había llorado a un niño viejo. Después de su entierro, le vi con su gorra varias veces en la avenida La Reforma. Escuché su voz repetir mi nombre una vez. Escribí una obra de teatro para él. Lo perdoné por abandonar el mundo, me perdoné por envidiarlo un poco. 

Dicen que la muerte solo te ayuda a pasar al otro lado, al que tememos porque lleva implícito nuestro limitado pero amplificado escenario creado de sueños, delirios, destinos, deseos, desesperos y destrucción. El admirado profesor West profetizó que la pregunta primordial era qué significa ser humano, y que para ello es preciso tener consciencia de que se es finito. 

En la muerte número cinco enterré a mi novia un domingo. Los domingos quedaron desterrados de la semana por mucho tiempo. El cáncer tiene una voluntad cruel y verlo abrasar el cuerpo de quien amas es sentir una hiena alojada entre los pulmones que te carcome las entrañas mientras chilla-ríe. Las primeras veces, las conversaciones, los libros, lo justo, los ideales de no ser mediocre… todo lo abstracto fue dejando pistas con serpientes marinas, monólogos interiores, colores y plumas brillantes, eclecticidades sonoras y promesas de que la inmovilidad no es una opción. 

Morir es tan real y cercano que conversar con los muertos es un engranaje consecuente, pero lo hemos olvidado. Meses antes de quedar postrada, mi novia había contestado «Tranquila en mi cama» a la pregunta cómo te gustaría morir. También era bruja. Estas personas que yo no quería que partieran no tenían en cuenta mi opinión, porque no se trataba de mí. Imagino dimensiones en las que todas ellas son fragmentos que resuenan en el viento húmedo que anticipa a la lluvia.  

Entre mis muertos y los de otras personas también ocurren las muertes violentas y las crueles, las que suman miles y contando. Las que se difuminan en cifras grises y neutrales, las que no tienen una fotografía con sonrisa. En esto que nos han dicho que se llama vida se ha trastocado una pieza del tiempo que nos hace creer que hay futuros y que debemos prepararnos para ellos, a costa de no regresar sobre los pasos, a costa del olvido.

En una buganvilia, en el sonido de una palabra, en una calle mojada, en el ruido del vecino pueden aparecer señales. Señales de un diálogo interrumpido por falta de creatividad y silencio. A veces las señales llegan claras y burbujeantes como huevos en aceite caliente, también queman. 

Con los años las conexiones enmudecen. Un diciembre reciente, si no mal recuerdo el mes, me sumergí en la tarea de escuchar murmullos más sensibles porque la creatividad estaba perdida debajo de las piedras. Con dos amigas decidimos ir con una médium. Los nervios mutaban en ruidos de intestino. Cuando empezó el trance, el frío hizo que la voz se convirtiera en humo. Aunque no había llegado a preguntar por mis muertos y no los pensaba en mucho tiempo, en esa sesión uno tras otra y en unión tomaron la forma de niña de unos siete años, con el vestido blanco cliché. 

Se parecía a la niña que la gente decía que veía por las noches en el edificio en que trabajé durante siete años. Cada piso tenía su propia historia sobre ella. La veían parada en uno de los sanitarios del tercero, movía las sillas en el noveno, registraba los escritorios del cuarto, hacía pintas en las paredes del parqueo. Con su vestido blanco cliché, ella no dijo nada; éramos viejas conocidas. Confirmé que era ella porque la había soñado. En el sueño, yo subía al noveno, el elevador se detenía, se abría y ahí estaba de espaldas en el recibidor oscuro, sobre una silla. Cuando ella giró, desperté. 

Hilamos fino esa noche con su vestido blanco. Todo estaba conectado: cifras, polifonía, laberintos infinitos, abecedarios, rostros, máscaras y la nada. La tela de araña era un hecho. Las dimensiones se limitan a los ojos delante de los ojos. El tiempo no une dos puntos, es más denso. Cuando la música termina, también la fiesta. La niña se hizo bruma, ya había logrado decir otra cosa a alguien más. 

Al terminar, mis amigas me veían con caras de angustia. Yo tenía paz. Nuestros muertos llegan a ser parte de nosotros mismos. Se adhieren a la piel. Ellos hablan, pero sería iluso imaginar esa conversación hecha de gatos amarillos que van saltando del tejado al balcón. 


Noe Vásquez Reyna (Ciudad de Guatemala, 1983) Con formación en literatura y comunicación, ha publicado dos libros de relatos, una novela corta para niños y un poemario digital. Ensayos literarios, artículos, columnas de opinión y trabajos de ficción han sido publicados en antologías y revistas de Guatemala, El Salvador, Alemania y Noruega. Actualmente trabaja en gestión cultural y es columnista y subdirectora de la revista digital centroamericana Casi literal. Es cofundadora del colectivo de diversidad sexual Promiscuos ConCiencia, que organiza charlas colectivas sobre vínculos y relaciones humanas. Por convicciones políticas-existenciales, tiene tres perras y cuatro gatos, no come carne y se mueve en bicicleta.