Giovanni Rodríguez Muñoz | Cuando las letras son honduras

El pueblo de San Luis, enclavado en lo profundo de la sierra hondureña, se muestra al paseante al centro de una muralla de montañas revestidas por necias frondas que se antojaran inexpugnables. Como suele suceder en las tremendas espesuras de nuestra América canaimera, el santabarbareño San Luis es un lugar de belleza salvaje, aislado, del que no pareciera escaparse nadie de los que nutren su puntual cotidianeidad. Y sin embargo, Giovanni Rodríguez Muñoz (Santa Bárbara, Honduras, 1980), cuando dejó raptarse por la diosa literatura, logró trascender el ostracismo de esa provincia infranqueable y se hizo escritor. Un escritor de pluma valiente, que sin olvidarse de su origen, se ha enfrentado a los cánones de la literatura centroamericana con una propuesta fresca, ágil; una prosa que si bien se aleja de los parámetros tradicionales, no suelta los temas, los personajes, los dramas y comedias de su Honduras. Desde muy joven, Rodríguez Muñoz llamó la atención de la crítica. Con tan solo 26 años se hizo acreedor al prestigioso Premio Hispanoamericano Juegos Florales de Quetzaltenango. Si bien comenzó con la poesía, bien pronto lo vemos explorando también el ensayo y la narrativa. Su obra se ha desarrollado, principalmente, en Centroamérica, pero está llamada a ser reconocida en el resto del continente y demás latitudes. Rodríguez Muñoz, además del certamen ya mencionado, se ha hecho acreedor a los premios Centroamericano y del Caribe de Novela “Roberto Castillo” y Certamen Hispanoamericano de Cuento “Ciudad Ceiba”. Ha publicado, entre otros libros, el poemario Las horas bajas (Edicult), el libro de cuentos La caída del mundo (Mimalapalabra), el compendio de ensayos Café & Literatura (Mimalapalabra) y las novelas Los días y los muertos (Editorial Universitaria), Tercera Persona (Uruk Editores) y Ficción hereje para lectores castos (Mimalapalabra). En la página https://rodriguezhn.wordpress.com/ se puede consultar parte de su obra.

  • Estimado Giovanni, comenzaste tu carrera escribiendo poesía, pero de a poco se puede ver tu traslado a la narrativa. ¿Han quedado los versos atrás?
  • Quedaron atrás, sí, como ejercicio permanente de escritura, aunque tengo algunos poemas, muy distintos a los primeros, a los que vuelvo de vez en cuando para pulir algún verso, pero ya no con el temperamento melancólico de antes sino casi con un ánimo festivo, pues se trata de poemas escritos con ironía y sarcasmo, con mucho humor.
  • ¿Qué es para ti la rebeldía, la insurgencia?
  • La rebeldía, para mí, implica no comparecer, de ninguna manera, ante los convencionalismos, pues estos son producto del movimiento de las masas, y yo, aparte de considerarlos aburridos, desconfío de los movimientos masivos. He tratado siempre de regirme por mis propios principios y de no plegarme a los principios de otros, que suelo identificar como acomodaticios o carentes de originalidad, de imaginación. Por eso no suelo estar cómodo en la mayoría de los lugares o con la mayoría de las personas ni con sus ideas; en algún momento empiezo a percibir el olor a rancio y ahí es cuando me rebelo, y como consecuencia, caigo mal.
  • ¿Cómo has vivido el ser escritor en Honduras?
  • Uno tiene que acostumbrarse aquí a estar prácticamente solo en esto. Escribir, ya se sabe, es un ejercicio solitario, y esa soledad no tiene por qué incomodar a un escritor sino todo lo contrario, pero ya afuera, en lo que concierne a cierta vidita pública en la que un escritor se supone que está obligado a participar algunas veces, uno echa en falta aquí más posibilidades de discusión sobre lo que hace, un mayor o mejor contacto con lectores o posibles lectores, algo de fiesta en torno a la alegría que supone leer. Pero en Honduras lo que hay es mucho conformismo en la mayoría de los escritores y mucha ignorancia sobre lo que verdaderamente es la literatura, en términos generales, y eso deriva peligrosamente en la idea de que cualquiera puede ser escritor antes incluso que aprender a escribir. Y eso da como asquito. Por eso es preferible mantenerse alejado y sólo echar un ojo al corral para tirarse de vez en cuando una lágrima irónica o una carcajada.
  • En tu obra Los días y los muertos (Editorial Universitaria), exploras la novela negra ¿Crees, como dicen algunos, que este género es el que mejor explica nuestra época?
  • A mí ese tipo de juicios me parecen siempre algo injustos. Valorar una obra en función de su “utilidad” es concentrar toda la atención en un solo aspecto, y esto, tratándose de literatura, implica reducir considerablemente la baraja de posibilidades de impacto de esa obra. Hay novelas consideradas como novelas del género negro que no son simplemente vehículos para la transmisión de la idea de los ambientes oscuros, corruptos y violentos de nuestras sociedades y de nuestra época, novelas que podrían tener mayores virtudes que esa, pero que normalmente no son valoradas sino desde el punto de vista de lo que muestran sobre la actualidad, porque eso resulta ser lo más evidente y lo más “vendible” para el lector común. A mí este género me gusta mucho, pero no tanto porque ofrece esa posibilidad de retratar a nuestras sociedades actuales, sino porque se presenta como un género con infinitas posibilidades de mutación, tanto en los aspectos de fondo como en los formales; eso me parece muchísimo más interesante. Para mí no tiene sentido escribir “otra novela negra” sino escribir una novela negra que aporte algo nuevo al género, ya sea sirviéndose, en principio, de sus códigos tradicionales o desde la parodia. Una novela negra a secas es sólo “otra novela negra”, es sólo entretenimiento. Y yo el puro entretenimiento lo busco en el cine o en los deportes, pero no en la literatura, de la que siempre espero algo más.
  • ¿Has de revivir en alguna otra obra al entrañable López (como suele suceder con los detectives del género negro), el personaje principal de Los días y los muertos?
  • Sí. De hecho, terminé hace dos años otra novela en la que este personaje aparece nuevamente, ahora convertido en detective privado. Con ella intento algo parecido a lo que dije antes: servirme de los elementos convencionales del género: crimen, corrupción, detective, investigación, víctimas, culpables, etcétera, pero no tanto para lograr una historia que pueda sólo entretener a los lectores sino para hacerlo desde una concepción del género negro que actualice, en este contexto específico de Honduras, sus convenciones. Así, la existencia de un detective privado en Honduras de entrada se presenta como algo absurdo, pero fue precisamente la dificultad que entrañaba darle forma a ese disparate lo que me motivó a escribir esa novela de esa manera. Creo que ningún verdadero autor escribe ficciones asumiendo ese detestable papel de solemne gran demiurgo incuestionable. La noción de juego es indispensable incluso en las novelas “serias” y un buen autor de ficciones se deja seducir por ella, aunque lo que narre sea una historia de atrocidades.
  • ¿Qué han significado los premios en tu vida literaria?
  • No han sido muchos ni tampoco demasiado importantes, pero algo de alegría han traído, obviamente. El que obtuve por la novela Los días y los muertos tuvo la mayor resonancia y a partir de ahí mis libros se volvieron más “visibles” para una mayor cantidad de lectores. Eso, probablemente, ha resultado mejor que el premio mismo, pues ahora tengo la seguridad de que cada vez que publique un libro nuevo habrá ahí afuera una buena cantidad de lectores esperándolo.
  • La violencia cotidiana, que tanto fustiga a las sociedades latinoamericanas, parece tener un protagonismo importante en tu narrativa.
  • Sí. Supongo que es algo de lo que nadie puede abstraerse, viviendo en nuestros países. Como autor tampoco he podido dejar a un lado ese tema, que está presente, en mayor o menor medida, en mis tres novelas publicadas y también en algunos cuentos. Sin embargo, no es un tema “muleta” para lo que escribo, pues cuando lo hago estoy más pendiente de la forma que del fondo. Para mí, un tema constituye apenas un pretexto para echar a andar una trama.
  • Tu trabajo se ha desarrollado principalmente en Centroamérica, por ende ¿cuál es tu panorama de la literatura centroamericana?
  • Tenemos grandes referentes centroamericanos en la literatura mundial: aparte de clásicos como Darío, Asturias y Monterroso, aquí hubo otros escritores importantísimos como Enrique Gómez Carrillo, Juan Ramón Molina o Roberto Sosa, que son menos conocidos fuera de Centroamérica. Ahora son Sergio Ramírez, Horacio Castellanos Moya, Rodrigo Rey Rosa y Eduardo Halfon las figuras visibles, pero también están, por ejemplo, Jacinta Escudos, Erick Blandón o Miguel Huezo Mixco como parte de otra buena cantidad de autores con mucha calidad, pero escasa difusión. Las grandes editoriales seguramente no le apuestan a los autores centroamericanos porque piensan en los bajos índices de lectura que normalmente se reportan en estos países y eso hace casi imposible la internacionalización de algunos buenos autores que mueren aquí como tristes glorias locales. Pienso, por ejemplo, en Roberto Castillo, cuya obra no ha tenido la fortuna de ser conocida fuera de Centroamérica.
  • Para no soltar el hilo, ¿existe un diálogo, una interacción entre los escritores centroamericanos contemporáneos que trascienda verdaderamente a la vida cultural de sus respectivos países?
  • Hay tres instancias específicas que en los últimos años han puesto en contacto nuestra literatura centroamericana con la del resto de Latinoamérica y España: las ferias del libro de Guatemala y de Costa Rica y el festival Centroamérica Cuenta que organiza Sergio Ramírez en Nicaragua, pero no es suficiente; hace falta, sobre todo, establecer una red de comunicación permanente y efectiva entre los autores de estos países y un canal que permita la circulación de nuestros libros, que no suelen salir de nuestras respectivas aldeas.
  • Complementas tu labor de escritura con la docencia y el trabajo editorial, ¿de qué maneras vives estos oficios?
  • Por suerte, esas tres actividades se llevan muy bien entre sí porque tienen en común a los libros. Preparar mis clases en la universidad me exige estar en permanente estudio de la literatura, lo que, obviamente, nutre mi labor creativa cuando escribo ficciones. Suelo dedicar mis mañanas a eso: a leer y estudiar para preparar mis clases y a intentar escribir novelas y cuentos. Por las tardes, voy a mi trabajo a la universidad, aunque desde la llegada del virus, ese trabajo también lo hago en casa. La labor editorial es más intermitente; suelo editar los artículos que publicamos en una revista llamada Tercer Mundo (www.tercermundo.hn) y de vez en cuando algún libro para la editorial mimalapalabra. Últimamente también colaboro con la Editorial Universitaria de la UNAH en la edición de la obra de Roberto Castillo. Todo eso, junto al tiempo que paso con mi familia, constituyen mi vida actualmente. Y me gusta.
  • Esta es una pregunta muy personal. Me gusta mucho FroylánTurcios, compatriota tuyo, y quien escribiera la primera novela vampírica de nuestro continente, ¿qué piensas de él?
  • Fue un autor muy importante en Honduras y sus aportes no sólo fueron en el campo de la literatura sino también en el periodismo y hasta en la política. Fue, además, un gran promotor cultural. Es de ese tipo de escritores a los que se les puede llamar también “intelectuales”, en el sentido amplio de la palabra, algo que no siempre se encuentra en la actualidad. Junto a Juan Ramón Molina, fue de lo más sobresaliente en nuestra literatura nacional a finales del siglo XIX y principios del siglo XX.
  • Cuando se ha sido de provincia, Giovanni, ¿es posible dejar la provincia atrás?
  • Aunque no suelo ir mucho a mi pueblo (el viaje implica al menos una hora rebotando en una pésima carretera de tierra), siempre han estado conmigo los recuerdos de mi infancia ahí. Tengo cierta nostalgia de aquellos años ochenta y principios de los noventa en los que crecí ahí viviendo con la plenitud y la felicidad con la que deberían vivir y crecer todos los niños. Espero, en ese sentido, no dejar de ser nunca ese provinciano de San Luis, Santa Bárbara. Lo que sí creo haber dejado atrás es el “provincianismo”, que no es exclusivo de las zonas rurales sino del país entero, a pesar de lo que crean los capitalinos.
  • En Morir todavía (Letra Negra) te determinaba la muerte, ¿aún la cuentas entre tus obsesiones?
  • Quizá no tanto como antes, pero viviendo en Honduras, un país en el que mucha gente muere a diario por la delincuencia, la violencia, la pobreza, las deficiencias del sistema de salud pública, la imprudencia de los conductores en las calles y por otras causas absurdas, es inevitable que ese tema haga clic en mi cabeza de manera permanente.Así que en medio de tanta muerte toca escribir sobre la muerte.

* La imagen que acompaña este texto es autoría del fotógrafo Emilio Flores.

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