Fernando Vérkell: Prisiones


El aleteo fugaz del crepúsculo lo ha pillado por sorpresa, desbaratándole el insomnio. La luz claustrofóbica del atardecer gira sobre sí como una maraña de encierros concéntricos.

El hombre lleva en los hombros el recuerdo de la cárcel: un terremoto en las manos y trazos de humedad en la piel; pesadillas, imágenes de montañas y lagunas y besos de una mujer ya desaparecida. Es el precio del aislamiento involuntario.

Sonríe y sopesa la ironía: libre de cadenas y sentencias, debe permanecer en casa: la enfermedad se pasea por las avenidas, fuma el humo salado de la neumonía y juguetea con los perros callejeros. Nadie puede salir; una cuadrilla de soldados imberbes y asustados, con el fusil y los grilletes listos, patrulla y vigila calles desoladas.

Está harto del encierro; la vida confinada a unas cuantas hileras de luz y lluvia nocturna no es vida. En la cárcel, al menos, el aislamiento sabe a recuerdos y a esperanzas vagas. Ha decidido volver a la prisión profesional o morirse de una buena vez. Entonces cuenta los cigarrillos, acaricia el acero del revólver, se ata los cordones y sale de casa.

La calle recorre sus propios pasos y se magnifica. El hombre escucha un tumulto de botas y el grito amenazante de una sirena y, antes de llevarse la mano derecha a la cintura, como si estuviera en un duelo en el oeste, piensa: «El horizonte no parece preocuparse: las aves no entienden de pandemias ni de catástrofes globales».


Fernando Vérkell, Ciudad de Guatemala, 1989.

Ilustración de Giuseppe Cristiano.

Microrrelato publicado originalmente en la iniciativa Ficción desde el aislamiento, por la Editorial de la Universidad de Guadalajara, México.