Robert Louis Stevenson | Markheim


—Sí —dijo el comerciante—, tenemos gangas de varias clases. Como algunos clientes son ignorantes, yo percibo un dividendo gracias a mi conocimiento superior. Otros son picaros —y al decirlo levantó la vela, de modo que la luz iluminara de lleno a su visitante—, y en tal caso —continuó— obtengo beneficio de mi virtud.

Markheim acababa de entrar con la vista acostumbrada a la claridad de las calles y no se había acomodado aún a la semioscuridad de la tienda. Al oír aquellas palabras, y ante la cercana presencia de la llama, parpadeó penosamente y volvió la cabeza a un lado.

El comerciante dejó escapar una risita.

—Usted viene aquí el día de Navidad —continuó—, cuando sabe que estoy solo en mi tienda, con los postigos echados y dispuesto a no hacer ninguna transacción. Bueno, tendrá que pagar por esto; tendrá que pagar por mi pérdida de tiempo y, además, por algo raro que observo en su actitud con más intensidad que otras veces. Soy la esencia de la discreción y no hago preguntas capciosas; pero cuando un cliente no puede mirarme a los ojos, tiene que pagar por ello. —El comerciante rio de nuevo; y luego añadió, en su tono habitual de hombre de negocios, aunque con cierta ironía—: ¿Puede usted dar, como de costumbre, clara cuenta de cómo entró en posesión del objeto? ¿El gabinete de su tío, también? ¡Un notable coleccionista, su señor tío!

Y el bajito y pálido comerciante casi se puso de puntillas, mirando por encima de los cristales de sus lentes con montura de oro, al tiempo que movía la cabeza en un gesto de incredulidad. Markheim le devolvió la mirada con otra de infinita piedad mezclada con cierto horror.

—Esta vez —dijo— está usted equivocado. No he venido a vender, sino a comprar. No dispongo de ningún objeto raro, el gabinete de mi tío está vacío; pero, aunque estuviera lleno, en las presentes circunstancias no me aprovecharía de ello. Busco un regalo de Navidad para una dama —continuó, hablando con más desparpajo a medida que se adentraba en el discurso que había preparado—. Y, desde luego, le debo una disculpa por haberlo molestado por esa nimiedad. Pero ayer me olvidé de adquirir el regalo, y debo ofrecerlo hoy a la hora de la cena. Como sabe usted muy bien, el matrimonio con una dama rica es asunto que merece algún desvelo.

Siguió una pausa, durante la cual el comerciante pareció sopesar incrédulamente aquella afirmación. El tic-tac de numerosos relojes en la semioscuridad de la tienda, y el ocasional ruido de algún carruaje en las calles contiguas llenaron el intervalo de silencio.

—Bueno —dijo finalmente el comerciante—, lo que usted diga. Después de todo, es un antiguo cliente; y si tiene la oportunidad de casarse en condiciones favorables, lejos de mí la intención de ser un obstáculo. Aquí hay algo muy apropiado para una dama —continuó—. Este espejo de mano: siglo quince, garantizado; procede de una buena colección; aunque me reservo el nombre, en beneficio de mi cliente, el cual, como usted mismo, es sobrino y único heredero de un notable coleccionista.

Mientras hablaba, con su vocecilla seca e incisiva, el comerciante había dado unos pasos para tomar el objeto del lugar en que se encontraba; y, al mismo tiempo, una especie de estremecimiento había asaltado a Markheim, reflejado en un sobresalto de la mano y el pie y un asomar de tumultuosas pasiones a su rostro. Aquel momento de emoción fue muy fugaz y no dejó más rastro que un leve temblor de la mano que ahora recibía el espejo.

—¿Un espejo? —dijo con voz ronca. Luego, tras una breve pausa, repitió, más claramente—: ¿Un espejo? ¿En Navidad? Desde luego que no.

—¿Por qué no? —gritó el comerciante—. ¿Por qué no un espejo?

Markheim lo estaba mirando con una expresión indefinible.

—¿Me lo pregunta usted? —dijo—. ¡Mire! ¡Mírese en él! ¿Le gusta lo que ve? ¡No! ¡Ni a mí… ni a ningún hombre!

El hombrecillo había saltado hacia atrás cuando Markheim le había enfrentado tan súbitamente con el espejo; pero ahora, dándose cuenta de que no había nada que temer, dejó oír una risita burlona.

—Su futura esposa, sir, quedará muy favorecida —dijo.

—Le he pedido a usted un regalo de Navidad —dijo Markheim— y usted me da esto… este maldito recuerdo de mis años de pecados y locuras… esta conciencia de mano. ¿Lo ha hecho a propósito? ¿Se le había ocurrido antes la idea? Dígamelo. Será mejor para usted si lo hace. Vamos, hábleme de usted. Me atrevo a sospechar que, en secreto, es usted un hombre muy caritativo.

El comerciante miró a su compañero fijamente. Le pareció muy raro que Markheim no se riera; por el contrario, en su rostro, muy serio, había como un ávido centelleo de esperanza.

—¿De qué está hablando? —inquirió el comerciante.

—¿No es caritativo? —replicó el otro, en tono lúgubre—. No es caritativo; no es piadoso; no es escrupuloso; no ama a nadie; no es amado; una mano para coger el dinero, una caja fuerte para guardarlo. ¿Es eso todo? ¡Dios mío! ¿Es eso todo?

—Le diré una cosa —empezó el comerciante, con cierta acritud, y luego dejó oír de nuevo su burlona risita—. No es usted el único hombre del mundo que ha estado enamorado…

—¡Ah! —exclamó Markheim, con una extraña curiosidad—. ¿Ha estado usted enamorado? Hábleme de eso.

—¿Yo? —gritó el comerciante—. ¿Enamorado yo? Nunca he tenido tiempo para esa clase de estupideces. ¿Se lleva usted el espejo?

—¿Qué prisa hay? —inquirió Markheim—. Resulta muy agradable estar aquí, conversando con usted; y la vida es tan corta y tan insegura, que no me apresuro a alejarme de ningún placer, aunque sea tan modesto como éste. Por el contrario, debemos aferramos a lo que podemos obtener, del mismo modo que un hombre se aferra al borde de un precipicio. Cada segundo es un precipicio, si piensa bien en ello; un precipicio de un kilómetro de profundidad, lo bastante profundo, si caemos en él, como para borrar de nosotros todo vestigio de humanidad. Por lo tanto, es preferible conversar agradablemente. Vamos a hablarnos el uno del otro. ¿Por qué hemos de llevar esta máscara? Vamos a hablarnos confidencialmente. ¡Quién sabe! Tal vez podríamos convertirnos en amigos…

—Lo único que tengo que hablar con usted es esto —replicó el comerciante—: haga su compra, o salga de mi tienda.

—Es cierto, es cierto —dijo Markheim—. Soy un estúpido. Al negocio. Enséñeme alguna otra cosa.

El comerciante se volvió para volver a colocar el espejo en la estantería. Markheim irguió todo su cuerpo, con una mano en el bolsillo de su abrigo; al mismo tiempo llenó de aire sus pulmones. En su rostro se reflejaban diversas emociones entremezcladas: terror, horror y decisión, fascinación y una repugnancia física.

—Esto puede resultar apropiado, tal vez —observó el comerciante; y entonces, mientras empezaba a volverse, Markheim saltó desde atrás sobre su víctima. El largo y afilado estilete centelleó en el aire y cayó. El comerciante agitó los brazos, se golpeó la sien contra la estantería y luego cayó al suelo, boca abajo.

El coro de pequeñas voces continuó marcando el paso del tiempo con sus monótonos tic-tacs. Luego, un rumor de pasos en la acera, al otro lado de la puerta de la tienda, se impuso al coro de latidos y sobresaltó a Markheim, el cual miró a su alrededor con aire asustado. La vela continuaba ardiendo sobre el mostrador, con un leve oscilar de la llama que llenaba la estancia de alargadas sombras que parecían asentir, hinchándose y deshinchándose como si respirasen; al mismo tiempo, los rostros de los retratos y los objetos de porcelana se transformaban y ondeaban como imágenes en el agua. La puerta interior permanecía entreabierta y atisbaba a las sombras con una franja de luz semejante a un índice acusador.

Apartándose de las pavorosas sombras, los ojos de Markheim retornaron al cuerpo de su víctima, caído en el suelo, increíblemente pequeño y mucho más delgado que en vida. Había temido contemplarlo, y ahora encontraba injustificados aquellos temores. Sin embargo, mientras miraba aquel montón de ropas viejas caídas sobre un charco de sangre, empezó a escuchar elocuentes voces. Tenía que permanecer allí hasta que alguien lo descubriera… ¿Y luego? ¡Ay! Luego, aquella carne muerta proferiría un grito que resonaría en toda Inglaterra, y llenaría el mundo con los ecos de la persecución. ¡Ay! Muerto o no, aquél era aún el enemigo. «Si tuviera tiempo…», pensó Markheim; y el vocablo llenó su mente. Ahora que la hazaña estaba cumplida, el Tiempo, que se había cerrado para la víctima, se había convertido en trascendental para él.

La idea estaba aún en su mente cuando, primero uno y luego otro, con gran variedad de paso y voz —uno profundo como la campana de una torre catedralicia, otro desgranando en sus trémulas notas el preludio de un vals—, los relojes empezaron a dar la hora: las tres de la tarde.

El repentino estallido de tantas lenguas en aquella estancia poblada de sombras asustó a Markheim. Cogiendo la vela, empezó a moverse entre las sombras, sobresaltado hasta el tuétano por los reflejos casuales. En numerosos espejos, algunos de Venecia o Ámsterdam, vio su rostro repetido y repetido, como si fuera un ejército de espías; sus propios ojos lo encontraron y lo localizaron; y el sonido de sus propios pasos, a pesar de su levedad, turbaron el silencio que lo rodeaba. Y mientras llenaba sus bolsillos, su mente lo acusaba con implacable reiteración de los mil fallos de su plan. Debió escoger una hora más tranquila; debió prepararse una coartada; no debió utilizar una daga; debió mostrarse más precavido y limitarse a saltar sobre el comerciante y privarle del sentido, sin asesinarlo; debió mostrarse más osado y asesinar también a la criada; su mente iba y venía, cambiando lo que no podía cambiarse, planeando lo que ahora era inútil, estructurando el irrevocable pasado. Entre tanto, y detrás de toda esta actividad, ciegos terrores, como un escabullirse de ratas en un ático desierto, llenaban de alboroto las más remotas células de su cerebro; la mano del policía caería pesadamente sobre su hombro, y sus nervios brincarían como un pez enganchado en el anzuelo; o contemplaba, en galopante desfile, el banquillo de los acusados, la prisión, el patíbulo y el negro ataúd.

El terror a la gente de la calle se instaló ante su mente como un ejército sitiador. Era imposible, pensó, que algún rumor de la lucha no hubiera alcanzado sus oídos y despertado su curiosidad; y ahora, en todas las casas vecinas, adivinaba a sus moradores inmóviles y con el oído atento: personas solitarias, condenadas a pasar la Navidad alimentándose de recuerdos del pasado, y ahora bruscamente arrancadas de aquel tierno ejercicio; felices reuniones familiares, interrumpidas en plena comida de celebración, la madre todavía con el dedo levantado; docenas de oídos en tensión, docenas de ojos acechando, tejiendo la cuerda que rodearía su cuello. Markheim tenía la impresión de que no podía moverse con la suavidad indispensable; el reteñir de las altas copas de Bohemia resonaba tan ruidosamente como una campana; y alarmado por el tic-tac de los relojes, sintió la tentación de pararlos. Y luego, de nuevo, con una rápida transición de sus terrores, el silencio del lugar se le apareció como una fuente de peligro, como algo que debía llamar la atención de los transeúntes; y se movió con más osadía entre los objetos de la tienda, tratando de imitar los movimientos de un hombre ocupado en su propia casa.

Pero estaba tan acosado por diferentes alarmas que, mientras una parte de su mente permanecía alerta y sagaz, otra temblaba desaforadamente. Una alucinación, en especial, afectó de un modo intenso a su credulidad. El vecino acechando con rostro pálido al otro lado del escaparate, el transeúnte detenido en la acera por una horrible premonición… éstos, en el peor de los casos, podían sospechar, pero no podían saber; a través de las paredes de ladrillo y las cerradas ventanas sólo podían atravesar los sonidos. Pero aquí, dentro de la casa, ¿estaba solo? Sabía que lo estaba; había visto salir a la criada, toda cintas y sonrisas, lo cual significaba que era su tarde libre. Sí, estaba solo, desde luego; y, sin embargo, en la mole de la casa vacía encima de él podía oír unos suaves pasos: estaba consciente, inexplicablemente consciente, de alguna presencia. Su imaginación recorría todos los cuartos y rincones de la casa; y ahora era una cosa sin rostro, pero que tenía ojos para ver; y ahora era una sombra de sí mismo.

De cuando en cuando, con un gran esfuerzo, volvía la mirada hacia la puerta abierta. La casa era alta, la claraboya pequeña y sucia, y la niebla llenaba las calles, y la luz que se filtraba hasta la planta baja era muy débil y no permitía distinguir claramente el umbral de la tienda. No obstante, en aquella franja de dudosa claridad, ¿no se agitaba una sombra?

Súbitamente, en la calle, un caballero muy jovial empezó a golpear con un bastón la puerta de la tienda, acompañando los golpes con gritos y chanzas en los cuales el comerciante era llamado por su nombre. Markheim, convertido en hielo, miró al muerto. Pero ¡no! Yacía completamente inmóvil; estaba mucho más allá del alcance de aquellos golpes y gritos; estaba hundido bajo mares de silencio; y su nombre, que otrora le hubiese llamado la atención por encima del aullar de una tormenta, se había convertido en un sonido vacío. Y, de pronto, el jovial caballero desistió de seguir llamando y se marchó.

Aquello fue una especie de aviso para Markheim, advirtiéndole que debía darse prisa en lo que quedaba por hacer, para alejarse de tan acusadora vecindad, para sumergirse en un baño de multitudes londinenses y alcanzar, al otro lado del día, aquel puerto de seguridad y de aparente inocencia: su lecho. Un visitante había llamado; en cualquier momento podía presentarse otro y mostrarse más obstinado. Haber cometido un crimen y no obtener provecho de él sería un fracaso imperdonable. Lo que ahora preocupaba a Markheim era el dinero; y como un medio para llegar a él, las llaves.

Echó una ojeada por encima de su hombro a la puerta abierta, donde la sombra se agitaba aún; y sin ninguna repugnancia consciente de la mente, pero con un temblor localizado en el estómago, se acercó al cuerpo de su víctima. Lo que tenía de humano se había evaporado. Parecía un traje medio relleno de salvado, con los brazos extendidos, el tronco doblado, caído en el suelo. A pesar de todo, le inspiraba un instintivo sentimiento de repulsión. Y temió que el sentimiento se acrecentara al tacto. Cogió el cadáver por los hombros y lo volvió boca arriba. Era extrañamente ligero y flexible, y las extremidades, como si estuvieran rotas, cayeron en las más raras posiciones. El rostro estaba desprovisto de toda expresión; pero tenía una palidez de cera y aparecía manchado de sangre alrededor de una sien. Para Markheim, aquella era la única circunstancia desagradable. Le hizo recordar un día que había pasado en un pueblo de pescadores; un día gris, con un viento aullante, una multitud en la calle, el resplandor de las brasas, un resonar de tambores, la voz nasal de un cantor de baladas; y un muchacho yendo y viniendo, enterrado entre las cabezas de la multitud y fluctuando entre el interés y el temor, hasta que consiguió divisar una gran pantalla con varios cuadros, pésimamente dibujados, chillonamente coloreados: Brownrigg con su aprendiza; los Mannings con su huésped asesinado; Weare estrangulado por Thurtell; y otros crímenes famosos. La cosa fue tan clara como una ilusión; Markheim volvió a ser aquel muchacho, estaba mirando otra vez, y con la misma sensación de repugnancia física, aquellos cuadros; estaba ensordecido todavía por el resonar de los tambores. La música de aquel día volvió a su memoria; y por primera vez se sintió invadido por una sensación de náusea, una repentina debilidad de las articulaciones, la cual debía resistir y superar inmediatamente.

Juzgó más prudente enfrentarse con aquellas consideraciones que huir de ellas, mirando con más osadía el rostro muerto, obligando a su mente a comprender la naturaleza y la extensión de su crimen. Muy poco antes, aquel rostro se había conmovido con cada cambio de sentimiento, aquella pálida boca había hablado, aquel cuerpo había estado lleno de vigor y de energía; y ahora, y como consecuencia de su acto, aquel trozo de vida había sido parado, del mismo modo que el relojero, interponiendo un dedo, para los latidos de un reloj. Pero sus razonamientos resultaron vanos: no consiguió despertar ningún remordimiento en su conciencia; el mismo corazón que se había estremecido con las efigies pintadas del crimen, permanecía inconmovible en su realidad. A lo sumo experimentó un atisbo de piedad por alguien que había sido dotado inútilmente con todas aquellas facultades que pueden convertir el mundo en un jardín de delicias, alguien que nunca había vivido y que ahora estaba muerto. Pero ni un solo temblor de arrepentimiento.

Aclarada en su mente aquella cuestión, encontró las llaves y avanzó hacia la puerta abierta de la tienda; afuera había empezado a llover, y el sonido del aguacero sobre el tejado había eliminado el silencio. Semejantes a una goteante caverna, las habitaciones de la casa estaban acosadas por un incesante eco, el cual llenaba el oído y se mezclaba con el tic-tac de los relojes. Y, mientras Markheim se acercaba a la puerta, le pareció oír, en respuesta a sus propios pasos cautelosos, los pasos de otros pies en la escalera. La sombra continuaba palpitando en el umbral. Markheim obligó a sus músculos a un esfuerzo sobrehumano y tiró de la puerta.

La brumosa luz diurna brillaba débilmente sobre el suelo desnudo y la escalera; sobre la armadura apostada, alabarda en mano, en el rellano; y sobre los cuadros colgados contra los amarillos tableros del friso de madera. Tan intenso era el batir de la lluvia a través de toda la casa que, en los oídos de Markheim, empezó a descomponerse en numerosos sonidos distintos. Pasos y suspiros, el desfilar de regimientos en la distancia, el tintineo de monedas en el mostrador, y el crujido de puertas entreabiertas, parecieron mezclarse con el repicar de las gotas sobre la cúpula y el discurrir del agua por los canalones. La sensación de que no estaba solo se hizo más intensa, enloquecedora. Por todos lados se sentía acosado y rodeado por presencias. Las oyó moverse en las habitaciones superiores de la tienda; oyó al muerto poniéndose en pie; y empezó a subir la escalera con un gran esfuerzo, siguiendo obstinadamente a sus pies, que huían delante de él. Sólo con que fuera sordo, pensó, poseería tranquilamente su alma… Y luego, de nuevo, despierta su atención, se bendijo a sí mismo por aquel incansable sentido que velaba por él, poniendo un fiel centinela sobre su vida. Su cabeza giraba continuamente sobre su cuello; sus ojos, desorbitados, lo escrutaban todo. Los veinticuatro peldaños hasta el primer piso fueron veinticuatro agonías.

En aquel primer piso las puertas estaban entreabiertas, tres de ellas como tres emboscadas, sacudiendo sus nervios como los estampidos del cañón. Nunca podría volver a sentirse, pensó, suficientemente acorazado contra los observadores ojos de los hombres; deseaba encontrarse en su casa, rodeado de paredes, enterrado entre sábanas, invisible para todos menos para Dios. Y ante aquella idea se inquietó un poco, recordando historias de otros asesinos y el temor que se decía experimentaban a vengadores celestes. A él no podía sucederle eso. Él temía a las leyes de la naturaleza, las cuales, en su rígida inmutabilidad, podían conservar alguna acusadora evidencia de su crimen. Temía diez veces más, con un terror supersticioso, alguna escisión en la continuidad de la experiencia del hombre, alguna intencionada ilegalidad de la naturaleza. Estaba empeñado en un juego de habilidad, que dependía de las reglas, calculando las consecuencias a partir de las causas. ¿Y si la naturaleza, como el derrotado tirano que vuelca el tablero de ajedrez, rompiera el molde de su sucesión? Como había derrotado a Napoleón (según algunos escritores) cuando el invierno cambió la época de su aparición. Del mismo modo podía derrotar a Markheim; las sólidas paredes podían convertirse en transparentes y revelar lo que había detrás de ellas, como las de las abejas en una colmena de cristal; la casa podía derrumbarse y aprisionarle al lado del cadáver de su víctima; o podía declararse un incendio en la casa contigua, y los bomberos invadirían la vecindad. Ésas eran las cosas que Markheim temía; y, hasta cierto punto, esas cosas podían ser llamadas las manos de Dios extendidas contra el pecado. Pero, en lo que respecta a Dios, Markheim estaba tranquilo; su acto era excepcional, sin duda, pero también lo eran las excusas que tenía para haberlo cometido, excusas que Dios conocía; era allí, y no entre los hombres, donde Markheim esperaba encontrar justicia.

Cuando hubo entrado en el salón, y cerró la puerta detrás de él, se sintió más seguro. La estancia estaba completamente desmantelada, sin alfombras, y llena de cajas de embalaje y de muebles incongruentes; varios espejos enormes, en los cuales Markheim se contempló a sí mismo desde diversos ángulos, como un actor sobre un escenario; muchos cuadros, con marco o sin él, en el suelo, apoyados contra la pared; un escritorio de madera finamente labrada, y un gran lecho antiguo, adornado con colgaduras. Las ventanas se abrían a la calle; pero, afortunadamente, los postigos estaban echados, y esto le ocultaba de los vecinos. Markheim se acercó al escritorio y empezó a buscar entre las llaves. Una elección difícil, ya que las llaves eran muchas. Además, podía darse el caso de que en el escritorio no hubiese nada, y el tiempo apremiaba. Pero el ocuparse en algo definido lo tranquilizó. Con el rabillo del ojo veía la puerta… incluso la miraba directamente, de cuando en cuando, como un comandante en jefe que se complace en asegurarse de la buena disposición de sus defensas. Pero en realidad estaba tranquilo. La lluvia cayendo en la calle sonaba natural y agradable. De pronto, al otro lado, las notas de un piano atacaron los primeros compases de un himno, y las voces de numerosos niños rompieron a cantar. ¡Qué agradable era la melodía! ¡Cuán frescas las voces infantiles! Markheim tendió el oído, mientras probaba las llaves; y su mente se llenó de ideas y de imágenes: niños desfilando hacia la iglesia a los majestuosos acordes del órgano; niños en el campo, persiguiendo mariposas bajo un cielo salpicado de nubes fugitivas; y luego, otra cadencia del himno volvió a recordarle la iglesia, y la somnolencia de los días de verano, y la voz amable del párroco, y las tumbas del pequeño cementerio, y la lápida con los Diez Mandamientos en el presbiterio.

Mientras permanecía así sentado, a la vez ocupado y ausente, Markheim experimentó un repentino sobresalto que le hizo ponerse en pie de un salto. Un destello de hielo, un destello de fuego, un violento borbotón de sangre se abatieron sobre él, dejándolo traspuesto y tembloroso. Unos pasos se acercaron lenta e implacablemente, una mano se posó sobre el pomo de la puerta, la cerradura obedeció a una llave invisible, y la puerta se abrió.

El miedo mantenía inmovilizado a Markheim. No sabía lo que esperaba, si al muerto resucitado, o a los representantes de la justicia humana, o a algún testigo casual dispuesto a llevarlo al patíbulo. Pero cuando un rostro asomó por la abertura, lo miró, asintió y sonrió en amistoso reconocimiento, y la puerta volvió a cerrarse detrás de él, Markheim dio rienda suelta a su terror profiriendo un grito con voz enronquecida.

El visitante volvió a presentarse.

—¿Me llamabas? —preguntó, amablemente, entrando en la habitación y cerrando la puerta.

Markheim lo miró fijamente. Tal vez tenía una especie de velo delante de los ojos, ya que los contornos del recién llegado parecían cambiar y oscilar como los de las figurillas a la vacilante luz de la vela en la tienda; y a veces creía conocerlo; y a veces creía reconocerse a sí mismo en aquella figura; y siempre, con una sensación de indefinible horror, tenía la seguridad de que aquel ser no era de la tierra ni de Dios.

Y, sin embargo, aquel ser resultaba de lo más vulgar, de pie junto a la puerta, mirando a Markheim con una sonrisa en los labios.

—Estás buscando el dinero, supongo… —dijo, con la misma amabilidad.

Markheim no respondió.

—Debo advertirte —continuó el otro— que la sirvienta se ha separado de su novio más temprano que de costumbre y no tardará en llegar. Si te encuentran en esta casa, no necesito describirte las consecuencias.

—¿Me conoces? —gritó el asesino.

El visitante sonrió.

—Desde hace mucho tiempo has sido un favorito mío —dijo—. No he dejado de observarte, y a menudo he pensado en ayudarte.

—¿Quién eres? —gritó Markheim—. ¿El diablo?

—Lo que yo pueda ser —replicó el otro— no afecta al servicio que me propongo prestarte.

—¿Ayudarme tú? —exclamó Markheim—. ¡No, nunca! No me conoces todavía; gracias a Dios, no me conoces.

—Te conozco —replicó el visitante, con una especie de amable severidad—. Te conozco hasta el alma.

—¡Conocerme! —dijo Markheim—. ¿Quién puede conocerme? Mi vida ha sido un continuo engañarme a mí mismo. He vivido para contradecir mi naturaleza. Todos los hombres lo hacen; todos los hombres son mejores que este disfraz que crece a su alrededor y acaba ahogándolos. Los verás arrastrados por la vida, como alguien a quien unos bravucones han atacado, cubriéndole la cabeza con una capa. Si tuvieran el control de sí mismos… si pudieras ver sus rostros, serían muy distintos, los verías como héroes y como santos. Yo soy peor que la mayoría; mi verdadera personalidad está más oculta; mi disculpa la conocemos Dios y yo. Pero, si tuviera tiempo, podría revelarme a mí mismo.

—¿A mis ojos? —inquirió el visitante.

—A los tuyos de un modo especial —replicó el asesino—. Suponía que eras inteligente. Creía, puesto que existes, que sabías leer en los corazones. Y, sin embargo, te propones juzgarme por mis actos… Piensa en ello: ¡mis actos! Nací y he vivido en un país de gigantes; gigantes que me han arrastrado por las muñecas desde que salí del vientre de mi madre: los gigantes de la circunstancia. ¡Y tú quieres juzgarme por mis actos! ¿Acaso no puedes mirar hacia dentro? ¿No puedes comprender que el mal me resulta odioso? ¿No puedes ver dentro de mí la clara escritura de mi conciencia, nunca borrosa, a pesar de que con demasiada frecuencia haya hecho caso omiso de ella? ¿No puedes reconocer en mí a un ejemplar que seguramente debe ser tan común como la humanidad: el pecador renuente?

—Todo eso está muy bien expresado —fue la respuesta—, pero no me afecta. No me interesa lo más mínimo el impulso que pueda haberte arrastrado en una dirección equivocada. Pero el tiempo vuela; la criada se demora, contemplando los rostros de la multitud y los objetos expuestos en los escaparates de las tiendas, pero cada vez está más cerca. Y no olvides que es como si el propio patíbulo avanzara hacia ti a través de las calles navideñas… Quiero ayudarte. Y, ¿quién lo sabe todo? Te diré dónde encontrarás el dinero.

—¿A qué precio? —preguntó Markheim.

—Te ofrezco el servicio como regalo de Navidad —respondió el otro.

Markheim no pudo evitar el sonreír con una especie de amargo triunfo.

—No —dijo—, no aceptaré nada de tus manos. Si estuviera muriendo de sed, y tu mano acercara el cántaro a mis labios, encontraría el valor necesario para rechazarlo. Puedo ser crédulo, pero no haré nada que me ate irrevocablemente a ti.

—Puedes arrepentirte en tu lecho de muerte —observó el visitante—. No me opongo.

—¿Por qué no crees en la eficacia de ese arrepentimiento? —inquirió Markheim.

—Yo no diría eso —respondió el otro—. Pero yo miro esas cosas desde un ángulo distinto, y cuando la vida ha terminado cesa mi interés. El hombre ha vivido para servirme, para sembrar cizaña en el trigal… Cuando se acerca el fin, sólo puede añadir un acto de servicio: arrepentirse, morir sonriendo, y de este modo infundir confianza y esperanza a los más timoratos de mis seguidores supervivientes. No soy un amo tan severo. Ponme a prueba. Acepta mi ayuda. Complácete a ti mismo en la vida, como has hecho hasta ahora; complácete a ti mismo todavía más; y cuando la noche empiece a caer y las cortinas a correrse, te aseguro, para tu tranquilidad, que encontrarás fácilmente el modo de ponerte en paz con tu conciencia y con Dios. Yo llego ahora de uno de esos lechos de muerte, y la estancia estaba llena de deudos que experimentaban un sincero pesar y escuchaban las últimas palabras del hombre: y cuando miré aquel rostro, que había sido tallado como un pedernal contra la misericordia, lo encontré sonriendo con esperanza.

—¿Y supones, por tanto, que soy uno de esos seres? —preguntó Markheim—. ¿Crees que no tengo más aspiraciones que pecar, pecar y pecar, y, al final, colarme subrepticiamente en el cielo? ¿Es ésa tu experiencia del género humano? ¿O presumes tales bajezas porque me encuentras con las manos enrojecidas? ¿Acaso el delito de asesinato es tan impío como para secar las mismas fuentes del bien?

—Para mí, el asesinato no tiene ninguna categoría especial —replicó el otro—. Todos los pecados son asesinatos, puesto que toda vida es guerra. Yo contemplo a tu raza, como marineros muriéndose de hambre sobre una balsa, los unos alimentándose de las vidas de los otros. Yo sigo los pecados más allá del momento de su realización; descubro en todo que la última consecuencia es la muerte; y a mis ojos, la doncella que engaña a su madre a fin de poder asistir a un baile no es menos culpable que un asesino como tú. ¿He dicho que sigo los pecados? Sigo también las virtudes; no difieren entre ellos en el grosor de una uña: ambos son guadañas para el ángel de la Muerte. El mal, para el cual vivo yo, no consiste en la acción, sino en el carácter. El hombre malo es querido para mí; no el acto malo, cuyos frutos, si pudiéramos seguirlos lo bastante lejos a través de la catarata de los siglos, encontraríamos quizá más gloriosos que los de las más raras virtudes. Y si te he ofrecido mi ayuda para escapar, no es porque hayas asesinado a un comerciante, sino porque eres Markheim.

—Te abriré mi corazón —respondió Markheim—. Este crimen que acabo de cometer será el último de mi vida. En el camino que me ha conducido a él he aprendido muchas lecciones; el mismo crimen ha sido una lección, una trascendental lección. Hasta ahora había sido arrastrado a pesar mío a lo que no deseaba; era un esclavo atado a la pobreza. Existen virtudes robustas que pueden sobrevivir en medio de esas tentaciones; la mía no era de ésas: tenía sed de placeres. Pero hoy, y a consecuencia de mi acto, voy a obtener la riqueza y la decisión necesarias para ser yo mismo. Me convertiré en un actor libre sobre el escenario del mundo; empezaré a verme a mí mismo completamente cambiado, a considerar estas manos como los agentes del bien, con el corazón en paz. Algo llega hasta mí procedente del pasado; algo de lo que había soñado al oír el órgano de la iglesia, de lo que intuía al derramar lágrimas sobre las páginas de nobles libros, o al hablar, inocente chiquillo, con mi madre. He andado a la deriva unos cuantos años, pero ahora veo una vez más mi ciudad de destino.

—Piensas utilizar ese dinero en la Bolsa, ¿no? —dijo el visitante—. Y allí, si no me equivoco, has perdido ya algunos miles.

—Sí —asintió Markheim—. Pero esta vez tengo una cosa segura.

—Esta vez volverás a perder —afirmó el visitante.

—¡Pero conservaré la mitad! —exclamó Markheim.

—Y la perderás también —dijo el otro.

El sudor empezó a empapar la frente de Markheim.

—Entonces, ¿no puede haber salvación para mí? —gimió—. ¿Me hundiré de nuevo en la pobreza, continuaré hasta el fin renunciando a lo mejor? El bien y el mal conviven en mí, presionándome en sentido contrario. No me inclino decisivamente por el uno ni por el otro. Puedo concebir grandes hazañas, renunciamientos, martirios; y aunque he incurrido en un delito tan enorme como el asesinato, la piedad no es extraña a mis pensamientos. Compadezco a los pobres, ¿quién conoce mejor que yo sus aflicciones? Los compadezco y los ayudo; aprecio el amor, amo la risa honesta; no existe ninguna cosa buena, ninguna cosa verdadera sobre la tierra que yo no ame con todo mi corazón. ¿Acaso mis vicios han de dirigir mi vida, y mis virtudes han de quedar sin efecto, como un trasto pasivo de la mente? No, el bien es asimismo un manantial de actos.

Pero el visitante levantó su dedo índice.

—Durante los treinta y seis años que has estado en el mundo —dijo—, a través de muchos cambios de fortuna y variedades de humor, te he contemplado hundirte cada vez más. Hace quince años, la idea de convertirte en un ladrón te hubiera sobresaltado. Hace tres años hubieras palidecido ante la posibilidad de que te llamaran asesino. Si existe algún delito, si existe alguna crueldad que ahora te repugne, dentro de cinco años tu repugnancia habrá desaparecido. Cada vez más hundido: sólo la muerte podrá detenerte en tu caída.

—No puedo negarlo —admitió Markheim—. Hasta cierto punto puedo decir que he cumplido con el mal. Pero así ocurre con todos: los mismos santos, en el simple ejercicio de vivir, van haciéndose menos delicados y se adaptan al tono de lo que les rodea.

—Te formularé una simple pregunta —dijo el otro—, y de acuerdo con tu respuesta te leeré tu horóscopo moral. Has ido transigiendo paulatinamente con el mal; es posible que tuvieras derecho a hacerlo; y, en cualquier caso, lo mismo les sucede a todos los hombres. Pero, aceptado esto, ¿hay algún aspecto particular del mal que te resulte más difícil de acomodar a tu conducta?

—¿Algún aspecto particular? —repitió Markheim, meditando unos instantes—. ¡No! —añadió con desesperación—. ¡Ninguno!

—Entonces —dijo el visitante—, conténtate con lo que eres, ya que nunca cambiarás; y las palabras de tu papel sobre este escenario están irrevocablemente escritas.

Markheim permaneció silencioso largo rato, y en realidad fue el visitante el primero en volver a hablar.

—Siendo así —dijo—, ¿te digo dónde está el dinero?

—¿Y el perdón? —gritó Markheim.

—¿Acaso no lo has intentado? —replicó el otro—. Hace dos o tres años, ¿no te vi sobre el estrado en asambleas religiosas, y no era tu voz la que más se oía al entonar los himnos?

—Es cierto —dijo Markheim—. Y ahora veo claramente cuál es mi obligación. Te agradezco las lecciones que acabas de darme; mis ojos están abiertos, y al fin me contemplo a mí mismo tal como soy.

En aquel momento, el agudo tintineo de la campanilla de la puerta resonó a través de la casa; y el visitante, como si la llamada fuera una señal que había estado esperando, cambió inmediatamente de actitud.

—¡La sirvienta! —gritó—. Ha regresado, tal como te había advertido, y ahora se abre ante ti un camino más difícil. Tienes que decirle que el dueño de la casa está enfermo; ábrele la puerta y ofrécele un semblante serio: nada de sonrisas… No te pases de la raya, y te prometo el éxito. Una vez que esté dentro y la puerta cerrada, actúa con la misma rapidez y destreza que utilizaste con el comerciante y te librarás del último peligro que se yergue delante de ti. Cuando hayas eliminado ese peligro, tendrás toda la tarde, toda la noche, si es necesario, para apoderarte de los tesoros de la casa y pensar en tu seguridad. Ésta es una ayuda que llega a ti con la máscara del peligro. ¡Ánimo! —gritó—. ¡Ánimo, amigo! Tu vida pende de un hilo. ¡Ánimo, y actúa!

Markheim miró fijamente a su consejero.

—Si estoy condenado a actos de maldad —dijo—, hay todavía una puerta abierta a la libertad: puedo renunciar a la acción. Si mi vida es equívoca, puedo renunciar a ella. Aunque sea presa fácil para toda tentación, puedo, mediante un gesto decisivo, ponerme fuera del alcance de todas ellas. Mi amor al bien está condenado a la esterilidad; pero a pesar de ello conservo mi odio al mal; y ese odio sabrá inspirarme la energía y el valor que ahora necesito.

Las facciones del visitante se animaron y suavizaron con una expresión de triunfo reflejando un portentoso cambio y, mientras se animaban, se hicieron borrosas y se difuminaron. Pero Markheim no se detuvo a contemplar o comprender la transformación. Abrió la puerta y descendió la escalera muy lentamente, entregado a sus pensamientos. Su pasado se presentó delante de él; lo contempló tal como era, feo y asfixiante como un sueño, una escena de derrota. La vida, tal como ahora la veía, había dejado de interesarle; pero en su extremo más lejano intuía la presencia de un puerto tranquilo para su barca.

Al llegar al pasillo, Markheim se detuvo y miró hacia el interior de la tienda, donde la vela continuaba ardiendo junto al muerto. Estaba extrañamente silenciosa. La campanilla de la puerta, repitiendo su impaciente clamor, rompió aquel silencio.

Markheim se enfrentó con la sirvienta en el umbral; en su rostro se dibujaba algo parecido a una sonrisa.

—Será mejor que vaya en busca de la policía —dijo—. He asesinado a su amo.


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