The Truman Show (1998) | Lo que el cine nos enseña

¿Qué es la libertad? ¿Somos realmente libres, o sólo lo somos en la medida que creemos serlo? ¿Es autentica cada experiencia que vivimos, todo en nuestra cotidianidad, o es que habitamos una constante mentira de sueños, ilusiones, apariencias y esperanzas, la cual día a día nos repetimos? Fundamentalmente preguntas de este tipo son las que aborda la película The Truman Show (1998).

The Truman Show fue estrenada en el año 1998, sería entonces una propuesta bastante interesante y novedosa, eso, entre otras cosas, llevó a que el film se convirtiera en un éxito de taquilla, recibiera elogios de la critica internacional y obtuviera tres nominaciones a los premios de la academia, estas fueron en la categoría de Mejor Director (Peter Weir), Mejor Guion (Andrew Niccol) y Mejor Actor de Reparto (Ed Harris). El tiempo coloca cada cosa en su lugar, y hoy, la película, es uno de los trabajos más reconocidos y relevantes en la historia del cine posmoderno. Casi elevada a la condición de película de culto. Truman Burbank, interpretado por Jim Carrey, es un feliz agente de seguros que cree llevar una vida común y corriente, tiene una bella esposa, una madre que lo ama, un amigo de toda la vida y vive en un buen vecindario; lo que Truman no sabe, ni siquiera se imagina, es que las cámaras graban cada segundo de su vida, desde su nacimiento, pasando por su primer beso, o su tiempo en la escuela secundaria, hasta su matrimonio, y que todo lo que hace y vive es transmitido en vivo alrededor del mundo. Todo lo que ha vivido y todo en lo que cree es una total farsa. Truman (que se llama así porque a los directivos de la productora le pareció un nombre bastante comercial) fue adoptado y criado por una corporación para que fuese el protagonista de un ambicioso show televisivo de realidad simulada, con ese fin han construido un set gigantesco: la ciudad en la que Truman reside, y han contratado a cientos de actores y actrices: sus familiares, amigos, compañeros y vecinos. El reality, ideado por Christof, personaje que interpreta Ed Harris, tiene por nombre The Truman Show, y es el programa de televisión con mayor audiencia y éxito en el mundo. Truman es un constante prisionero de esa falsa realidad que siempre ha creído verídica.

De manera amplia, existen dos maneras de interpretar el significado que The Truman Show evoca. Por una parte, es una crítica audaz al voyerismo directo que la televisión moderna vende a través de los reality shows, al morbo de los televidentes que los consumen y a los extremos a los que las corporaciones y productoras televisivas están dispuestas a llegar con tal de generar entretenimiento que les permita ganar cuantiosas sumas de dinero. Y por otra, la película nos lleva a preguntarnos acerca de conceptos como la libertad, los miedos, los deseos, el propósito de la vida; pues Truman no sabe que toda su existencia ha sido un espurio show, que todo cuanto vive tiene lugar en un ambiente controlado, o simulado, y que sus acciones y voluntades son coaccionadas en tanto así se lo precise y en tanto más beneficioso sea para el desarrollo del programa.

Cuando por fin Truman decide escapar de los barrotes invisibles que sobre él siempre se han cernido, luchado, literalmente, contra el viento y la marea, llega a una de las paredes del estudio, la rompe con el bauprés del bergantín que navega, luego baja, camina un poco y termina subiendo a unas escaleras que dan a la puerta de salida del set (por cierto, esta es una toma bastante lograda en términos de fotografía y montaje). Entonces entre lágrimas se da cuenta, o más bien confirma, que toda su vida ha sido una falsedad. Truman decide abrir la puerta y, al hacerlo, es abordado por Christof, nombre que, dicho sea de paso, suena como a “Christ-off”, y su transliteración sería Cristo Apagado, pero creo que se refiere más a anticristo, o a un tipo de creador iconoclasta y contrario, o algo así, este dialogo es bastante interesante:

— Truman —le habla Christof desde la sala de comandos, Truman se gira y nos muestran al cielo, sugiriendo así que se trata de un encuentro con Dios, o con el creador (de hecho sí, es el creador), y continúa—: Puedes hablar. Te oigo.

Ahora nos muestran un primer plano de Truman, éste le responde:

— ¿Quién eres?

— Soy el creador… De un programa de televisión que le da esperanza y alegría a millones de personas.

— ¿Y quién soy yo? —pregunta Truman.

— Tú eres la estrella.

— ¿Nada fue real?

— Tú fuiste real. Por eso es tan bueno verte.

Truman se gira con claras intenciones de salir por la puerta. Christof vuelve y le habla:

— Escúchame, Truman. Ahí afuera no hay más verdad que la que hay en el mundo que cree para ti. Las mismas mentiras… los mismos engaños, pero en mi mundo, no tienes nada que temer.

Imagen de la escena final en la que Truman sube las escaleras que lo llevarán a la salida.

En últimas, The Truman Show, a parte de ser por mucho la mejor interpretación que el canadiense Jim Carrey haya hecho en su carrera, es una película que merecerá siempre ser vista y que desde la comedia, la ciencia ficción y el drama, nos muestra cómo el cine y el arte son una sempiterna sinécdoque a la vida, o a las vidas, que todos vivimos, y que así, terminan enseñándonos caminos por los cuáles transitar.

M.D.

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