Retorno al sureste (I)

[Sabores]

Regresar a casa siempre resulta complicado para mí. Siempre me pregunto a cuál de todos los sitios en que he habitado, podría llamar “hogar”. ¿Cuál es mi casa?, ¿la del recuerdo?, ¿la que ya no existe?, ¿la que construí en la ciudad?, ¿la que extraño cerca del malecón habanero? En esta introspección me topé con un artículo donde entrevistan a Raquel Torres, antropóloga y cocinera veracruzana. Ella sostiene que es posible saber de las raíces simplemente recordando aquello que se comía en la infancia; eso que resulta tan cotidiano que pocas veces se toma en cuenta.

Y yo, ¿qué comía en la infancia? El recorrido por la memoria me impulsó a la escritura. La comida de mi infancia estuvo cerrada a la del contexto por un largo tiempo. Crecí en un pueblito veracruzano pero con familia de tierras frías. Ellos [nosotros] migraron buscando otras formas de vida. Se apuntalaron en una casa cerrada a la gente, a la calle, al contexto. Ni mi madre ni mis tías acostumbraban a sacar una mecedora al umbral de la puerta o la banqueta para contemplar la tarde, para escapar del calor enloquecido de hasta 50° en verano. No aprendí a caminar descalza en la tierra, tampoco a andar en camiseta y calzones para sentirme fresca. Aún con esto sí aprendí a hablar fuerte (“a gritos” como dicen en la ciudad), a decir palabrotas como parte del vocabulario cotidiano, a comer lo que había cerca, lo que lograba entrar a casa, lo que probé en las casas de mis amigos, lo que se compraba en el mercado. Lo que se cocinaba en donde yo sentía era mi tierra.

De allá recuerdo las empanadas de queso y plátano, los bollitos deliciosos, los tamales de acuyo aromático que crecía desenfrenado en el patio de la casa. Las enmoladas de un mole que jamás picaba, los plátanos machos para el desayuno, el tesmole de pollo y sus cazuelitas de maíz. El queso fresco, las picaditas de salsa, las cabecitas de perro, las ciruelas con chile, el olor de los nanches, los frijoles con plátano, los puritos con queso, los pambazos blancos.

El hogar de la infancia tiene una herencia culinaria insospechada, fincada en las raíces afro del estado; pensarlas tan solo me dejan ver las formas en las que he aprendido a cocinar: sin recetas, sazonando con la experiencia, con el don de la “buena mano”; porque yo nací con ella: la comida nunca se me sala, siempre sabe bien, nunca es la misma receta, algo hay que va cambiando cada día, las cantidades son todas, un misterio. Y jamás la pruebo antes de servirla.

Entonces, mi casa está en la herencia gastronómica que tengo, la que se instaura acá, en la ciudad, la que se vuelve un éxito con los paladares defeños que prueban en casa mis inventos. La que me regresa a la infancia en cualquier descuido y me hace disfrutarla como si estuviera en un tiempo y en un lugar indeterminados. La que adoptado con el tiempo en los demás hogares que he tenido.

El estilo culinario de la ciudad en la que vivo no es mi favorito; me asomo de cuando en cuando a los sabores y algunos llegan a mi cocina con algunas modificaciones, con herencias de la infancia. Me doy cuenta de que ahora mi casa está con la puerta entreabierta, un poco como hace años las de mis tías y mi madre estaban cerradas porque se aferraron al recuerdo de su tierra, a sus costumbres, al acento de su hablar. ¿Qué queda cuando el hogar está en el pasado? Los recuerdos y la configuración de hogares nuevos, con más sabores, con más aromas, con raíces más anchas y profundas.

Pambazos preparados estilo Tierra Blanca, Ver. Foto y preparación: @yllak