Epitafio

Fotografía: Jonatan Rodas

¿Te acuerdas de aquella tarde que fuimos a pasear al cementerio? Yo iba tomado de tu mano, seguro que así nada en aquel aterrador lugar podría alcanzarme. Llevabas pantalones acampanados, un suéter celeste que se te ceñía al pecho y unas gafas oscuras desmesuradas detrás de las que se escondía tu mirada siempre furtiva. Al estilo de un dandi de época. Caminabas con soltura. Sonriendo. Como si estuvieras alardeando de tu vida frente a los muertos.

Yo te seguía convencido. Pero aún recuerdo el susto que me diste cuando después de desaparecer por la avenida principal, saltaste desde uno de los callejones de los mausoleos dando alaridos como de monstruo.

¡Casi muero del susto!

La agitación me duró toda la tarde y creo que por eso no dejé nunca de asociar los cementerios con tu presencia.

Hace un tiempo estuve en La Recoleta. ¿Te suena? Es el famoso cementerio de Buenos Aires, un punto turístico por la elegancia de sus tumbas. La verdad, sin chauvinismos, nada que no hayamos visto aquella tarde en que recorrimos el área privilegiada del Cementerio General de la ciudad. En uno como en otro, ángeles, vírgenes, cristos redentores en posturas que le daban a la muerte la impresión de ser un arte. Como si morir fuera un acto cuidadosamente ejecutado para colocar el cuerpo en la más sublime de sus formas: sin dolor, sin pretensiones, sin la gastada energía mundana que vuelve pesada su materialidad.

También como aquella tarde contigo, me entretuve fisgoneando el interior de los mausoleos, auscultando el rostro de los occisos que permanecían congelados en roídas fotografías en blanco y negro. “Aquí yace Dolores Domínguez Iturbide”. Los nombres de los muertos son ampulosos. De estos muertos. Porque aquella tarde también visitamos los largos callejones que formaban los nichos de los pobres. Allí donde los nombres se perdían entre el tumulto de flores y epitafios mal diseñados. Nada de muertos elegantes, ni tumbas gloriosas.

En medio de aquel hacinamiento de flores y muertos, tu expresión cambió. Ya no tenías aquel gesto contemplativo de quien ausculta con interés un objeto, sino la mirada de quien busca su lugar en el espacio. Fue así como entendí que aquella hilera de tumbas apiladas sería el lugar donde nos correspondería estar a su debido momento.

Y míranos ahora.

Mírate tú en este campo florido que más parece un jardín de princesas que un cementerio. Perdona que me ría. Es de nervios. Sé que estás a gusto acá. Pero en este lugar para mí si pareces definitivamente enterrado. Allá, donde intuimos nuestro destino, habría una pared que golpear con el recuerdo, un ambiente de ausencia que aún reclamara un abrazo no dado, una despedida.

¡Pero aquí! Aquí sentado en el pasto verde de este panteón aburguesado nadie acertaría a imaginar que uno está rindiéndose cuentas con la muerte.

¿Por qué me haces eso?

Ni siquiera pude ver tu rostro. Y está pulcra y estetizada placa no me deja reconocerte como eras. “Quien en vida fuera” dice la inscripción. Como si en realidad supiera quién en vida fuiste. Yo si supe quién fuiste en la vida, y ahora no logro reconocerte en la muerte.

Esa placa no dice nada, no me deja reconocerte ni evocar aquellos días en que caminábamos juntos a la salida de tu trabajo, o la última vez que conversamos largamente como padre e hijo en las orillas de aquel lago. No volví a ver tu rostro. Eso quizás sea bueno, porque la última imagen tuya que tengo grabada en mi memoria es justamente la del hombre que admiraba.

Dicen que la amargura te invadió el rostro los últimos días, que te volviste un viejo decrépito, prejuicioso y envidioso. Me cuesta pensarte así. O quizás, más aún. Me cuesta aceptarlo. Por eso me fui. Recuerdas. Porque decías que no necesitabas de nadie. Que tu destino fue abrirte camino en solitario por la vida. Que no necesitabas que te amaran, ni que te admiraran, ni que tu nombre tuviera un lugar especial en la historia. Pusilánime. Esa es la palabra. Pusilánime, fue como te vi cuando soltabas toda esa tirria.

Debí intuir que era miedo. Pero tú nunca quisiste aceptarlo. Siempre haciéndote el fuerte, el autosuficiente. Dejaste una estela de dudas a tu paso. Muchas de ellas son mías. Una de las más fuertes que tengo — y por eso he venido — es saber si mi rostro se parece cada vez más al tuyo.

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