Amanecer

¿Qué hora es, amor mío?
Puedo escuchar las campanas
que anuncian un nuevo día,
el llamado para todos los que andan
cabizbajos o mirando el cielo
sobre esa senda que nombramos vida.

Sin embargo, mis ojos no se abren,
en estas paredes aún es de noche
como las fauces del demonio
que acaricia mi cuerpo débil,
los despojos, los huesos,
la carne que se resiste a los gusanos
aunque no al dolor del alma.

Porque más que los parásitos
y los químicos en la sangre,
me lastiman los vacíos en el pecho,
esas palabras que ahora se asfixian
en mis labios marchitos
mientras intento atraparlas
con mis manos trémulas
para ponerlas dulcemente en tus oídos.

Desearía que fuesen un poema de amor
u otra propuesta de matrimonio,
pero en medio de la noche
soy solo la triste memoria de un hombre
que el viento arrastra como cadáver,
soy el vómito que el silencio de la muerte
escupió tras devorar mis entrañas.

Perdona si yo mismo presiono mis heridas,
si hago supurar estas llagas y tus ojos tristes,
si a la mitad del capítulo arranco la hoja
con la rabia y el dolor del espíritu;
al final, soy un humano, lo que queda de él,
aunque no quiera, aunque sostengas mi brazo,
aunque a los dos nos duela el tiempo.

¿Recuerdas esa tarde de abril?
Te di un regalo que puse en tu pecho
para recordar que navegaríamos juntos
incluso en las aguas más peligrosas;
y en medio de esta tormenta,
de la oscuridad que me impide
ver el sol que toca la ventana,
te regalo este beso y estas oraciones,
las estrellas que no se extinguen
cuando ha llegado su hora,
la alfombra verde que recoge
el suave rocío de tu rostro.

¿Qué hora es, amor mío?
Tus dedos se resbalan en mi piel,
          tu voz se pierde en las sombras,
            tu aroma se apaga con mi aliento
                        en este frío amanecer…