De Orwell a Philip K. DIck| microensayos sobre el transhumanismo

Orwell y Huxley.

Imaginar el futuro es uno de los ejercicios lúdicos que cada vez parece ser más predecible. El escritor que se sienta a elucubrar sobre mundos posibles necesita un criterio sagaz para que su obra no caiga en el ocaso. Los titanes de este ejercicio crítico fueron George Orwell con 1984 y Aldous Huxley con Un mundo feliz. Ambas obras juegan con el término (u)topía y (dis)topía, pues el prefijo u significa la negación del topos (lugar): el lugar perfecto es perfecto en cuanto no existe. Así que la distopía y la utopía se trazan como un paralelismo bastante difuso. 

Black Mirror.

Hoy en día la referencia más popular sobre el transhumanismo sería Black Mirror (Charlie Brooker), serie que decayó en cuanto pasó a manos de Netflix. 

El capítulo piloto de la antología hizo algo bastante interesante: aunque la serie prepondera sobre el futuro, el primer capítulo se narra desde el presente. Todos los problemas tecnológicos y problemáticas que la serie coloca como un imaginario o un hipotético, el piloto (además de ser el más fuerte) muestra que una figura pública no se puede esconder, con el simple hecho de que existan ya todas estas herramientas tecnológicas, además de una sociedad sedienta de morbosidad imposibilita que el Primer Ministro de Inglaterra eluda poder tener sexo zoofílico con un cerdo en televisión abierta. 

El resto de los capítulos y la película Bandersnacth carecen de intensidad en cuánto pintan el transhumanismo como algo futuro. 

Pinocho.

Una de las temáticas capitales del transhumanismo es la inteligencia artificial, un Pinocho contemporáneo, “el niño de verdad”, el autómata que es capaz de pensar por sí mismo, mentir es parte del lenguaje, un proceso lingüístico que no apela a la lógica de las máquinas pues al ser el código binario, sus respuestas pueden ser sí o no. 

¿Hasta dónde puede una máquina tener consciencia?, esta disyuntiva viene desde la prueba de Turing (1950) en la que se pregunta si las máquinas pueden pensar.

Paralelo a ello se debe pensar ¿qué tan independiente es la consciencia humana?, pues esta pregunta nos lleva al ámbito de la esencia, en algunos casos incluso a lo religioso.    

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Algoritmos y predicciones. ¿Hasta donde llega la consciencia humana y podría tener un reemplazo? Somos espectadores y consumidores. Todo tiene un registro y este registro cae en un algoritmo de predectibilidad: descubrimiento semanal, Spotify te lo recomienda, según tus gustos de Netflix te recomendamos esto, publicidad en línea sobre tus productos y relacionados, guarda la ruta en el GPS para no perderte nunca más. 

¿Qué se encuentra afuera de la pantalla?, sin consumo o sin interacción con la computadora y los celulares inteligentes hoy en día no somos humanos, carecemos de identidad. Si no tenemos publicidad asociada a pláticas cotidianas, recomendaciones musicales, televisivas, cinematográficas, lectoras, somos nadie, somos un lienzo en blanco sin una identidad. 

Aquí habrá que resaltar dos puntos: el primero, es muy enriquecedor escribir sobre el futuro en una sociedad hipnotizada por la tecnología, en ficción o ensayística. El segundo, si la pregunta era si las máquinas pueden tener consciencia, ahora es si el humano puede tener consciencia más allá del mundo virtual. Si estos algoritmos que nos rodean predicen nuestros actos, qué se puede decir sobre nuestra esencia. Si es tan única e individual, un acto divino (según la creencia de muchos) por qué se podría anticipar su pensamiento.

Regresando al concepto de I.A. 

La idea de la prueba de Turing era hacer preguntas para hacer notar si la máquina tenía consciencia y si la máquina se sabía como máquina. La pregunta sigue escandalizando, a pesar de que hemos pasado las pesadillas distópicas de La Matrix. Alexa y Siri nos responden, los celulares se llaman “inteligentes” y la tecnología está diseñada para que tengamos atajos a nuestro pensamiento. La máquina piensa por nosotros. Este es un resultado que no se veía tan esclarecedor en las ficciones que apuntan hacia la inteligencia artificial, se veían como dos protagonistas independientes y no cómo uno sólo.  

¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?      

Philip K. Dick es uno de los autores más controversiales cuando se trata del “género” transhumanismo. Gusta de combinar la novela negra con los avances tecnológicos y por ello el giro de Blade Runner es tan icónico.  ¿Hasta donde llega la consciencia humana si los replicantes pueden soñar?

(Haré un paréntesis para mencionar la genialidad que es El hombre en el castillo que trata de una ucronía en el que los alemanes ganaron la segunda guerra mundial). 

Ubik es el tranhumanismo de la publicidad. La ficción decora la inteligencia artificial en un laboratorio. Ubik, en un mundo hipercapitalista en el que se tiene que pagar por absolutamente todo. En nuestra realidad debemos pagar por agua embotellada. 

El mismo autor que alude que la mente criminal es predecible por lo que se puede saber del crimen antes de que suceda (Minority Report). 

Hagamos un “universo” de  Philip K. Dick, Los criminales no tienen libertad de decisión, los humanos somos consumidores (de productos según Ubik y de drogas según A scanner Darkly) y los autómatas pueden no saber que son máquinas. 

Un autor cuyo apogeo fue en los sesenta, hoy en día parece haber sido un profeta. Todas las preguntas que circundan el tranhumanismo, no fueron resueltas por él, pero parecen haber sido la espina vertebral de su trabajo como punto de partida para crear sus “ciencias ficciones” tan aclamadas.