Aída Chacón| Perfume de jazmín (Cuento)

He empezado a soñar con flores. Cada madrugada me despierto por el olor a jazmines que inunda mi sueño al punto de que no distingo si es real. Me levanto de la cama y busco en los rincones. Tengo miedo de encontrar realmente ramos de flores por toda la casa, en mi recámara, cerca de mí. Sueño que camino lentamente por un parque, que me detengo a contemplar la tarde, las aves y la gente que transita por ahí. Curiosamente no hay sonidos. Es como si estuviera en una película de cine mudo. No percibo un solo ruido a mi alrededor. Nada. Como si estuviera sorda porque no logro escuchar ni el aire que mueve las ramas de los árboles. No tengo miedo hasta que aparecen las flores. Ellas huelen tanto. Me doy cuenta de que llego a un sitio de aquel parque que se encuentra lleno de flores porque las huelo a lo lejos. Se van dibujando a medida que me acerco a ellas, pero su olor está ahí, inundándolo todo desde mucho antes. En ese momento me despierto de golpe y busco por todas partes cualquier indicio de sus pétalos, de su presencia en mi casa. No encuentro nada y regreso a la cama para no poder dormir el resto de la madrugada. Me pregunto si estoy atrapada en una espiral del tiempo que repite mis noches una y otra vez. Aunque mis días sí son distintos. Martes y viernes llego puntual a mi cita con la terapeuta. Ella me atiende desde hace casi un año. Llego a su consultorio y siento que estoy en el lugar más seguro del mundo. Por instantes olvido el olor de los jazmines, mis noches de insomnio, el miedo que me impide conciliar el sueño. Luego ella me pregunta cosas simples y me deja tareas similares: que salga de casa, que tome un café, que frecuente a mis amistades, que tenga un perfil en Tinder, que baile y escuche música. Lo hago cada día desde hace meses pero no logro salir del vacío que me provoca el miedo.

A veces cuando hago esas tareas, salgo como autómata a hacer compras, a reunirme con alguien a tomar un café. Escucho un poco de sus conversaciones, río de algún chiste y luego siento que estoy en un sitio ajeno, dejo de oír las voces, los ruidos, mi cuerpo se hace un cascarón que está ahí aunque yo me haya ido.

Ella me dice mis tareas son para reforzar el condicionamiento operante, el “eso” de mi conducta que me dará resultados positivos.  Yo, por otro lado, sigo saltando del sillón cuando escucho el sonido de las llaves aproximarse a mi puerta. Mi estómago se contrae, mis músculos se tensan, mi cuerpo entero se prepara para sobrevivir a lo inminente. Solamente encuentro tranquilidad cuando la puerta no se abre; cuando pienso en que ahora es otra chapa en ella, que no existen copias de mis llaves, que estoy en casa sola y a salvo. Cuando eso pasa agacho la cabeza y me siento en el sofá mientras pienso en lo que ha quedado de mí, en quién soy ahora. Algunas personas, quienes saben más de lo que pasó, de eso que me trajo a este punto, me dicen que todo estará bien, que conoceré a alguien más, que olvidaré poco a poco, pero sé que no será así. Me siento rota, otras veces sin fuerzas.

Él, después de cada pelea llena de insultos, de aventones, de gritos, volvía a casa con jazmines porque perfumaban el ambiente, porque era su manera de pedir perdón, de alegrarme el día después de dejarme en el suelo llorando o pidiendo que parara. Recibía las flores mientras pensaba en la forma de matarlo, de cortarle la garganta mientras dormía… fantaseaba con el día en que muriera, siempre soñaba despierta con un accidente de trabajo o un camión sin frenos que me trajera la justicia. Quienes vivimos con monstruos terminamos por convertirnos en uno de ellos.

La primera vez que me defendí le arrojé una botella en la cara. Era un vino finísimo que compró por mi cumpleaños. No pensé en asustarlo, sino en partirle la cabeza, en hacer brotar su sangre del cráneo y luego verlo desangrarse lentamente…pero no pasó. Apenas logré un rasguño en el pómulo y su mirada asombrada. Ahora no era una víctima, empezaría a gozar como él, a ver con placer el dolor que podría causarle, a enterrarle con saña mis uñas en la piel cuando intentaba someterme. Quería torturarle, matar o morir en el intento de encontrar justicia con mis propias manos. Las siguientes veces fueron más certeras hasta que se fue de casa.

Emergió de mí un ser oscuro que sigue latente, que espera para atacar sin piedad a la primera señal de alerta. Así que no, no creo que “todo pase” como algunos dicen. Tampoco creo que logre olvidar. Constantemente me pregunto si hay retorno después de aquello, si mi existencia será siempre una irremediable furia a punto de explotar a cada paso.

Ahora sueño con flores. Las mismas que me daba él y tengo miedo. No de que él aparezca un día en casa, sino de lo que puedo hacer yo ante la amenaza de su presencia, de lo que anhelo hacerle mientras lo busco por cada rincón del departamento.