La Despedida de Dos Amantes

Dios los observó sentado desde la luna.

Observó cómo el hombre le cosquillaba a la mujer, cómo su mano se convirtió en ternura. Observó cómo sus bocas se abrían con cada beso, sin cabida al respiro. La mujer, con sus dedos, apachurraba los cachetes morenos del hombre que le besaba a ojos cerrados la cara, las mejillas y los labios. ¡Todo!

Mientras, bajo una lámpara, al otro lado de la calle, había dos fulanos murmurando ante la misma escena de todos los días. Éstos vieron a la luna posarse sobre el techo más próximo y en su luz blanquecina una sombra.

Dios se colgó de la luna con una mano e hizo temblar la tierra con un leve movimiento, para separar a los amantes que continuaban enganchados.

«Hasta mañana» se dijeron ambos con tentativa palabra, con un atasco en el pecho. Sus miradas no se soltaron, sólo sus inquietas manos.

Entonces Dios acercó a ellos una nube oscura que cubrió toda la cuadra, con ella se escuchó un trueno, pero tampoco logró algo.

El hombre recibió una repentina llamada y finalmente se despidió de la mujer, no sin antes darle un último beso. El hombre cruzó en la esquina a paso ligero y la mujer siguió el camino recto.

Sin embargo, mientras ambos caminaban dando la espalda, Dios miró, desde la luna, la sombra de ambos amantes regresando al punto de encuentro.