Crónica de la muerte del cogito en el tianguis

Entre sueños pasmados, tuvo una visión narrada: en medio del tianguis, entre colores verdulescos multivariados y gritos desgañitantes por doquier, sintió el sol requemado, con su peso galáctico, mirando al día terrestre que desdibujaba el cuerpo del hombre en anchurosa muerte.

Sobre el asfalto ardiente, yacía con el estómago enormemente inflamado. Tenía la mirada enardecida por un horrible nuevo compromiso, contraído ya más allá de la vida con la iniquidad de una historia interminable, llena de vahídos maquinales y trabajos ancilares. Su muerte no era otra cosa que una puerta más que entre múltiples sistemas de puertas se abría hacia lo inacabable. Tal es el escenario que para el hombre muerto de disponía oníricamente, el hombre a quien la lengua se le había cansado de cualquier manera desde hacía ya tanto tiempo. ¿Pero quién este señor tirado sobre la floreada y negra avenida? ¿Qué criatura insondable parece habitar en sus entrañas de vidrio astillado, cual alien cubierto de excrementos pop multicolor, en exposición curada por Cuauhtémoc Al-Jalabi? ¡Nel! ¡Yo sé que soy la panza del muerto!

En medio de la avenida y entre el alboroto que la pelotera tumultuosa de su muerte había causado, el hombre veía al tiempo trabarse, hundirse en un abstracto despropósito, con un contenido indefinible que se escurría cual excrecencia esencial y resistía. Al hombre muerto todo se iba volviendo un amnésico torzal de verticalidades silenciosas por asunto de abulía o sempiterna omisión, vaya a saber qué cosa. Por ahora la imagen consistía en su muerte rebosante, pletórica en síncope de finitud y desenlace musealizado.

Viendo aquello desde fuera, uno podía pensar que la muerte exageraba, como si fuese su juego monumentalizar aquella nueva bravata, interpelar a los testigos con un críptico desplante. ¡Pinche muerte léperam hija de la cábula sideral! Quizá pensara que aún no había logrado mostrarse como debía, flaca y despatarradamente filosófica a lo loco; no fuera que causase confusión a los descuidados mirones de mirada amoratada que, perezosos y claramente cebados de sí mismos, terminarían por pensar que el hombre aquel tan sólo dormitaba el sueño trágico del héroe, condenado a seguir los fatídicos dictados de una voz incomprensible y divina. ¡Ah que pinche muerte tan exquisita! ¡Con un rechingau!

La muerte, serenándose búdicamente en florecita de loto sobre el cadáver, dormitaba ahora por encima del orbe de carne y retazo, flotando sobre sus extremidades boludas que se dirigían hacia los cuatro puntos del mapa del mundo conocido, cimbrando cada pequeña realidad a su paso con aromas de orín y siniestra queja, haciendo de la luz delicias y neblinas por allá, más lejos, osando aún poner nombre a las cosas, invocando así ese viejo poder imperial de darse capacidades deícticas, todo por encima de la luz múltiple de los múltiples instantes de la necedad de lo real, y por encima también de los infinitos ojos de las moscas, que ya vislumbraban el festín que anuncia la coloración tristona del blando interfecto sobre el pavimento.

Buen desayuno hubo hecho esa mañana el patidifuso hombrecillo muerto, con el traje bien llevado y la respiración cansina y difícil; nada sabía de la lenta hemorragia que devino en detenimiento por fin de su pobre corazón tartamudo y ahogado en una asfixia inoculada por todos los medios posibles. (Aprovechemos para decir que varios discutían la visión del sucedido de aquella defunción y la verdad de su acaecer. Estaba la versión del que dijo escuchar a uno que a su vez escuchó de otro al que un oso le contó que alguien había corrido tras perpetrar el artero asesinato, y ello sin que nadie reaccionara para darle alcance al criminal a pesar de su paso trastabillante; por su parte, una pareja de ancianos contó como al bajar del camión, soñó que vieron a una mujer que soñaba que asestaba una puñalada despechada en medio de la panza del occiso, que soñaba que era soñada abriéndose de cabo a rabo mientras la muerte, retirándose después a una prudente distancia, observaba la obra no sin un dejo de enquistada venganza encanijada y cumplida; y ya entre los relatos se dijo también que aquel hombre era el encarnado mal de los males del presente y que había recogido su jornal por fin. Así las versiones al paso de los días y las horas de la nota roja onírica).

—No lo veas…— dijo a su amigo un niño imperativo de labia famélica al reparar en el cuerpo tirado. Como llorando hacia dentro divisó una senda con risa idiota, senda clara y chispeante, absurda y lineal. ¡Vente cuate! ¡Vámonos a echar desmadre chido en mi terruño masónico! Tomó a su compañero por el hombro y hacia allá lo condujo con fingida decisión para iniciarlo. Entonces, el interpelado, sin atinar sobre el porqué (aunque más bien parecía querer convencerse acerca de su incapacidad para acceder a este “secreto motivo”), sintió una repentina vergüenza, como si fuera a ser descubierto en una treta larga y oculta para él mismo, latente apenas y que esperaba este “mal momento” para inyectarse en la realidad por fin; “¿se habrá notado?”, se preguntaba pleno de un placer solitario (en el que todo lo que le rodeaba no era más que el telón de fondo para sus breves pero recurrentes excesos) y entonces siguió caminando con perspectiva estrábica a propósito. De reojo miró al muertito y sintió, ciertamente, alguna calentura psicótica al notar el estómago enorme del cadáver y su bigote negrísimo todavía con los cilantros sobrantes de un ilustre taco de ambrosía que el interfecto habíase acomodado entre tripa, bofe y espíritu. Tomando del brazo a su compañero imperativo caminó con vana firmeza sintiéndose ungüento de los tiempos, arremolinándose en su soledad pétrea, horror de firmeza, orgullo de pedagogía carcelaria. Siguió el imberbe enceguecido el curso de un río artificial donde todo respira en fingimiento de simulación abrasiva de tiempo-espacio, donde nada cambia y las aguas siempre son idénticas  sí mismas. ¡Qué pinche Hegel ni que nada! Negación de mis goles y mis gónadas, nothing more chavo. Y así, tropezando con tanto fantasma chocarrero chismoso como pudo, vociferó vomitivo múltiples realidades y lógicas que lo eyectaban y le exigían entender, pero volvía a caer sin dejarse invadir por lo que emerge, sin querer entender ya desde ahora tan pronto y para siempre: “…se trata de aprender rápido y con amnesia progresiva, hoy lo he conseguido”, pensó para sí cual si orase compungidamente, no sin dolores de antiparto, inventándose una soledad victimizante hacedora de muda violencia.

Una mujer que le seguía el paso a  este par de jóvenes delirantes, se detuvo ante el cuerpo para empalagarse de varias imágenes de culpa y artistiada cínica; miró aquello con un aburrimiento bastante trabajado en diversos “espacios ilustrados” de la “ciudad letrada”. Ya bien cebada de aquello y alejándose a prudente distancia de la escena, disfrutando de un asquillo gozoso, observaba como la muerte crecía cual blue velvet blitzkrieg en dirección de las dos anchas avenidas que cruzan hacia la corta lejanía, la veía abrir sus patitas flacas y chupadas en parimiento agigantado, lanzando su oscura placenta con un horrible grito de madre universal, cual si diera a luz la partícula de Dios, revelando ya la pelona cabecita de su retoño horroroso que, con su libretita bajo el brazo, venía ya en plan poético a labrar con lápida y centella una tarde de domingo en el tianguis, ahí donde el gallo que viene del barrio canta con gráciles aleteos loas al egoísmo y la ambición robinsoniana. Mondo cane hijos de su vas y ching… ¡Uta, todavía estoy soñando! ¡Chale, es como cuando soñé que era el Hulk y no podía mover ni las chingadas nalgas aún siendo el mismísimo dueño de la destrucción destructiva primigenia! ¡Nomás tengo puros sueños feos de despotricante madre, bravata ñera del sempiterno y guarro destino, hijos de su lépera!

Las moscas revoloteaban ya, anunciando la fractalización de una dinámica señera (por ñera y no por historiográfica ni por estar bien viejita y arrugada, pos-pasita en viaje a la semilla); anunciando lo anunciado que se hace pasar por curso natural de las sociedades y de las cosas. La mujer, absorta, debrayaba: “Veo lo que quiero, miro en lo que es, lo que ha sido y lo que debe ser desde hoy, hacia el ayer y ya para siempre en la absoluta realidad de mis pensamientos dirigidos hacia sí mismos cual estela luminosa de luces boreales”. ¡Ah no memex con tu Heidegger de Tepixcuyo! Pero la mujer, tartamuda del cogito, en tramposa contemplación desde su palacio cristalino, se mordía los labios con saña hasta llagarlos en caminillos de sangre borboteante, lanzando sendas llamaradas de labio floreado y teporochismo epistémico.

Demasiada luz irradió esa día el astro rex, chorreando sobre las carpas anaranjadas y grasosas de los muchos puestos del mercado ambulante, orbitando a su vez en torno a doce soles negros con sus respectivas emanaciones espaciales, y tapizando con su luz estragada a las damas y ñores retorcidos y graznantes, con su brutal sordina y arremolinadas nalgas de costal museográfico. Hechas de inflexiones cadavéricas y mirada indiferente, hijas del goce flatulante vuelto estética conformista y plenamente idiotizadas, se paseaban todas las mujeres entre el olor a grasa del aquelarre dominical y las frailescas cabezas de cerdo que cantaban a coro en el ágora del tiyanquiztli. Todos bailaban en el aceite de sus recuerdos prestados, que hervía con fulgores de trueno y arcoíris, haciendo garnachas de sus vidas de artificio soñoliento, con su tono hinchado lleno de gangosidad clasista y reverberaciones coloniales en sus voces invertidas en dirección simulada.

Y todo seguía adelante, entre las mangas mugrosas, las bolsas de mandado, el cuerpo del hombre muerto y el olor a “pasuco” vuelto filosofía fenomenológica. De tal suerte que ya había corrido entre las avenidas del mercado el rumor de un sucedido de asquillo, tragedia y miedo disperso. En torno al cuerpo totémico del difunto, la gente se abandonaba ya a una frenética tarantela bailoteando entre quiebres voladores, codos volteados, huracarranas, desnucadoras y groseros estrabismos sartreanos, deslizándose unos sobre otros torpemente alrededor del occiso, desmenuzándolo con cinismo pollero o de plano jalándole los pelos de las axilas y, en el extremo del paroxismo, sacando al santito del pueblo, sobre los hombros de diez chamacos tripudos, para que le mentara la madre al muerto boquiabierto entre plañimiento de campeonato.

El enjambre de moscas, restos de verduras pisadas, teporochos, viejitas encabronadas, y el cuerpo hecho mostaza, paté, embarre y tuétano desgobernado, se mezclaban en un verdadero desmother pirotécnico y tecnocientífico, produciendo gritos de gusano prieto y células eruditas, junto con masivos orgasmos mitocondriales que ni Craig Venter en toda su pitorrera existencia hubiese imaginado. Ni tardos ni perezosos, los concurrentes al espectáculo de sí mismos hacían todos sus esfuerzos conocidos por ser a imagen y semejanza de la creación vuelta chiste de ángel caído, imagen antes que realidad, y en ello, se diría, expertisse habían conseguido. Tal era su economía política, su trabajo acumulado tras el ir y venir de varias generaciones pregonantes de insistencias enajenantes que se multiplicaban como pandemias presentes y futuras. En el arte de invertir, propio de su decadente desahogo y de su cómoda libertad, habían pujado por reconfigurar el mundo cual si fuesen el vehículo de un ídolo monológico y señero.

Una vez concluidas las frenéticas flexiones y los pasos mortales de los danzantes, se levantó el telón y el ambiente se vio invadido de fulgurosas fatuidades y cuchicheos rítmicos que se apilaban pesadamente sobre la muerte del hombre. Cual marionetas chocando entre sí, los desquiciados concurrentes empezaron a desmoronarse en una coreografía engrosada que imitaba al funcionamiento todo del behemot de este mundo. Y entonaban, todos en comunión, el canto del fin del mundo:  No truenes más, mi pobre cucharón, estás pegando justo entiéndelo… (¡pum! ¡pisotón en la manita del muertito!) Si quiebras poco más, mi pobre corazón, me harás mil pedazos quiérelo (¡zoc! ¡aplasdita de cabeza entre todos los camaradas!).

Entretanto, el cuerpo del hombre se dejaba masajear de lleno para luego deslizarse en el vaivén locomotor. Manoteaba fúrico después, engarrotado entre el calor grasoso y las señas vacilantes de los presentes; de tal manera que no llegaba a acomodarse de una vez por todas. Entre el asalto de imágenes que lo agobiaba mientras era transportado entre manoteos acalambrados y calientes, pensaba todavía el muerto, aunque distraídamente, que la muerte se bifurca primero y se multiplica en infinitas sendas abismales, que la muerte es muchas muertes a la vez y que no hay líneas sempiternas ni nadas deificadas, que no hay contemplaciones fáciles ni relajamientos egoístas, pero, ¿es eso lo que se veía en sus ojos extraviados en dirección de ninguna parte? Al hombre, fatigado, le pesaba que al final todo se estuviera reduciendo a un recorte y a un sentido único. Y entonces bailoteaba sin baile y sin vida desde una debilitada memoria que lo unía con el fluir de la historia.

Entre tanto, los danzantes insistían en el sainete ante las dudas del muerto. Sin saber ya cómo detenerse, llevaban la memoria colgada como invocación de su propia gloria, como una gran ficción que legitimara la edad de la barbarie y la explotación que proliferan. “El pasado debe legitimar el no presente”; con esta certeza convertían al pasado en una efigie a su imagen y semejanza. Haciendo pasar muerte por vida y viceversa, se habían ido colando en la nube de lo que se eterniza como idéntico a sí mismo aunque todo caiga en ruinas en derredor suyo. Así eran los robinsones y sus robinsonadas.  Embebidos en la ilusión de ver refulgir en el cielo el feliz presagio de que aunque todo perezca y se despedorre, aunque todo devenga ruinoso gargajo en el mar de la ferocidad encobijada en las fiestas de la civilización, ellos permanecerían, idénticos a sí mismos como idéntico a sí mismo es el presente en dirección del pasado y del futuro (¡jijos de su mismidad ontológica, hecha fósil de excremento opulento!). Presos de tal convicta convicción, agitaban al muerto haciendo saltar sus miembros aflojados por los aires, celebrando su único infinito, el único posible y verdadero, ahí donde pudieran perpetrarse por siempre. Danzaron la danza de las puestas de cabeza de sentido ante el muerto que aunque ya no podía seguir con el teatro a voluntad, era forzado a reinterpretar el drama centenario de coloniales positividades y de yermos dichos espetados tras una máscara monstruosa de dientona sonrisa. El cuerpo borboteaba milagros, sangraba azuladas llamaradas, lloraba historias, escurría nuevos vástagos y emanaba proto-lenguajes en medio del baile sin baile que no se interrumpía anduvieras con quien anduvieras, y fueras a donde fueras.

Danzaban los títeres sin danza en el espejo donde cual frágiles marismas y espumas olvidadas, se conmiseraban de su tragedia colosal, ¿por qué nadie veía su mortuoria grandeza? En torno de un fetiche moderno continuaba el zapateo de la religión de los modernos, eternizándose desde y hacia el nuevo olvido durante toda la tarde dominical, destartalando lo que del muerto quedaba y canibalizando su alma, y es que era de esta manera como transcurrían sus días apretados, llenos de tristeza idílica y parasitaria, de caprichos lapidarios y enormes, como los de los ágiles gerentes del mundo.

En su dinámica atomista, los parlanchines únicos encarnaban al Uno entre los abismos, en un movimiento espinoso logrado en el camino de la trivialidad que mueve los hilos de su mundo, donde el hambre de libertad egoísta gobernaba el camino de la adoración de sí mismos. Tan solos y necios en su infinito único, en su continuum vertiginoso, danzaban levantando el cuerpo ungido ya en las mieles del hambre insaciable, hambre artificial que alcanzaba a mirar en su dinámica el hombre muerto. Y el muertito, por última vez, sintiéndose poseído por el daimon de Enrique Rambal, se dijo quedito: “¿Cómo ha llegado así este día, abandonándome la cabeza y el calor tanto tiempo resguardado en mi cuerpo?, ¿qué manera es esta de abandonar el reino de la necesidad en que tan cómodamente me hube instalado, mirando por la ventana cuando cansado estuve de mí mismo, discursando en paz, sin pena demasiada y amo y señor que nada debe ni de nadie se duele, sujeto sólo a mi propia biografía y a la visión de mis uñas como sano límite de lo real, enmarañado a pierna suelta en las formas de libertad que el mundo me propinaba en asedio a través de blancos pasillos interminables —idénticos los unos a los otros en la perfecta armonía del mejor de los mundos posibles? ¿Cómo pues he llegado a esta incapacidad de echarme un pedo, mío más que mío, en el justo momento de la muerte? Pues, ¿no es acaso cierto, hijos míos, que lo mío es tuyo y mis mocos ya son de otros? ¡Dadme de beber que soy el hijo melifluo de mi entraña!”. Pero sus cuestionamientos no llegaron nunca a escucharse, ya sólo era carne aletargada por la larga danza de los brutales aseados, tan prestos a limpiar todo rastro de lo que ha sido y va siendo de ellos y los otros pues suyo habían hecho el relato caníbal de la luz de lo nuevo siempre nuevo. El muerto creía ver entonces, por interrupción de un azar ignoto en su linealidad acostumbrada, una historia que se derramaba en tantas y variadas versiones ocultas ante el ojo siniestro y total del hambre naturalizada. Y, entonces, en ese preciso instante, el cuerpo del hombre se desprendió de las manos del borlote ansioso que representaba su centenario drama ajeno. Supo así el muerto que, ya sin el horror de sus contemporáneos, el tiempo no era ya para él y que habría tiempo para todo, un tiempo también donde, quizá, la economía de la imbecilidad vanidosa no moviera ya los hilos del mundo. Entre saltos, azares, espirales… llegaría el detenimiento que pusiera alto a la marcha espantosa de la máquina del mundo en que iba montada su propia muerte y la de todos los hombres. ¡A huevo güero, así se muere un marxista, cómo chingados no!

Tendido sobre el asfalto, en un final sin final, el hombre, de reojo, alcanzó a mirar (en un rincón vago, esquina neblinosa), a un enano empequeñecido y afeado, de mueca torcida en el largo tiempo, picado por una tremenda joroba y pareciendo traer consigo una carta del futuro con aspecto de papiro bíblico. ¿Ah mamón, y este pinche Margarito quién es? El enanito, soportando pisotones a talón pelado, soplamocos certeros, lluvias de golpes flamígeros, dentelladas de aceros ardientes e insoportables luces de autómatas sádicos y adornados que dirigían contra él su halo de muerte,  mascullaba apenas con su voz machacada, cuasi teológica, hecho pellejo y huesito quebrado, anunciando que, cito, “…hay un futuro distinto, un futuro y un drama propios, un horizonte donde el futuro no será la perpetuación del horror y…”, ¡crash! ¡Inga tu madre! ¡Callose para siempre el enano teológico bajo tremendo pisotón tribilesco! ¡Wákala!, alcanzó a gemir el muerto. ¿Y luego? La piedad, el silencio por fin, una forma trascendental del descanso, un retorno a cierta forma de dignidad incluso para nuestro muerto soñado.

De tal manera y con estas visiones es como el hombre muerto cerró los ojos por fin, por lo que suele llamarse un instante eterno, buscando encontrar una voz propia en medio de aquel delirio cuya consistencia soñada aquí se detiene (muito obrigado Deux).

Etiquetado con: