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Cinefilia crónica

El cine animado | Encasillado e infravalorado

Gran parte de las personas que conocemos, me atrevería a decir que casi todas, asocia las películas, cortometrajes, series, miniseries y demás contenido animado, únicamente a temáticas infantiles. No podrían estar más equivocadas. Desconozco a qué se deba esto, supongo que a la influencia televisiva estadounidense, pensemos en los siempre vistos Cartoon Network o Nickelodeon; o en un conjunto de personajes icónicos en especifico, digamos, Mickey Mouse junto a Minnie, Donald, Daisy, Goofy y Pluto, o toda la familia de los Looney Tunes, o Tom y Jerry; quizá también a los sendos trabajos cinematográficos animados de grandes e históricas productoras como Disney o las mucho más recientes DreamWorks o Pixar. A lo mejor, como es mi caso con El Planeta del Tesoro (2002), la primera película que usted vio en su vida o la primera de la que tiene memoria es precisamente una película animada, podría ser Pinocho (1940), o Dumbo (1941), o La dama y el vagabundo (1955), o 101 dálmatas (1961), o Los Aristogatos (1970), o El zorro y el sabueso (1981), o El Rey León (1994), o Toy Story (1995), o Monsters, Inc. (2001), o tantas otras y tan conocidas de las que estoy seguro no hace falta que yo mencione para que usted recuerde.

Pero hay un buen número de películas animadas que en definitiva no son infantiles, y no porque su contenido sea abierta y explícitamente sexual, violento u ofensivo, sino porque en verdad es cine serio, cine puro y duro, desde romances y dramas descarnados, pasando por asfixiantes thrillers psicológicos, hasta el trepidante terror. Entonces hay que pensar, primeramente creo, en las animaciones japonesas producto de los magistrales trabajos de dibujantes, caricaturistas y animadores con estilos propios o nacidos en los influjos del anime y del manga, estamos hablando de artistas como Katsuhiro Ôtomo, el responsable de Akira (1988) y de uno de los tres cortos de la exquisita Memories (1995); también del ya fallecido maestro Satoshi Kon, quien fue el genio detrás de Perfect Blue (1997) —a mi parecer una de las mejores, sino es la mejor, película animada de todos los tiempos— y de la fantástica Paprika (2006); o de Mamoru Oshii con su muy conocida Ghost in the Shell (1995), película que incluso fue llevada no hace mucho a Hollywood con una versión live-action que protagoniza Scarlett Johansson; y no pasemos por alto a Makoto Shinkai, con su anime romántico y dramático de colores tornasoles e iridiscencia sorprendente, como El Jardín de las Palabras (2013) o la maravillosa Your Name (2016).

Aunque relativamente los casos no abunden y al parecer tampoco exista artista alguno cuya obra cinematográfica de animación abarque temas no-infantiles y sea digna de denominarse magistral, en el cine occidental también se encuentran buenos ejemplos de películas de este tipo cuyas temáticas, guiones y montajes, ostentan una calidad que nada tiene que envidiarle a reconocidas producciones con locaciones reales y tangibles y personajes interpretados por actores y actrices de carne y hueso. Por mencionar algunas, está la muy poco conocida El Planeta Salvaje (1973), película francesa de ciencia ficción que no puede ser más francesa porque no puede ser más filosófica; o Beowulf (2007), la epopeya computarizada dirigida por Robert Zemeckis, sí, el mismo que dirige las famosas Forrest Gump (1994) y Náufrago (2000); o la nominada al Óscar, de corte nihilista, y hecha en la compleja técnica de stop motion, Anomalisa (2015), escrita y dirigida por el admirable Charlie Kaufman; o la más reciente y también nominada por la Academia en la pasada edición de los premios Óscar, I Lost My Body (2019), dirigida por el cineasta Jérémy Clapin y aclamada por la crítica internacional.

Imagen de la película Anomalisa (2015), dirigida por Charlie Kaufman quien es conocido por ser el escritor del guion de Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (2004).

No se dejará de hacer cine animado que vaya dirigido específicamente a un público infante, de hecho, esto está muy bien y algunas resultan ser lo bastante entretenidas: Buscando a Nemo (2003) o Ratatouille (2007), pero que bueno sería que cada vez más personas tomaran conciencia de la dificultad de su realización —que sea para niños no significa que sea un juego de niños—, como también de las portentosas obras cinematográficas de distintos géneros que con el uso de estas técnicas se pueden hacer y de la plena valoración artística que, en general, esta categoría ostenta, tanto para pequeños como para grandes. El cine animado, más allá de ser animado, es cine y por eso, cuando está bien logrado, no puede ser menos que hermoso y digno de admirar y recordar.

M.D.

Por Mauricio Díaz

Mauricio Díaz Beltrán (Colombia, 1998) Economista de profesión. Estudiante de matemáticas. Empedernido lector y cinéfilo; escribe cuentos, micro-relatos, crítica de cine y poesía. Su columna en la revista El camaleón, titulada Cinefilia crónica, aparte de estar dedicada al análisis, novedades y curiosidades, recela la búsqueda de una nueva mirada hacia lo que el cine representa como arte, como espectáculo y como lenguaje.

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