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Desperté con los ramajes asomándose a la ventana, otra vez me trajeron la mañana, y por el frío que lamía mis pies descubiertos, me levanté con la mente vacía, sin ningún pensamiento invasor.

Desperté con los ramajes asomándose a la ventana, otra vez me trajeron la mañana, y por el frío que lamía mis pies descubiertos, me levanté con la mente vacía, sin ningún pensamiento invasor.

Pero al escuchar el portazo que anunció la salida de mi hermana, encontré el periódico y el café sobre el comedor; entonces recordé la preocupación que durmió conmigo la noche anterior.

Por Edgardo Romero

Estudiante de periodismo de la Universidad de El Salvador.

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