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Ajedrez: bélicas virtudes románticas

El mundo del ajedrez está rodeado de incontables anécdotas interesantes y apasionantes. El juego mismo, en el cual se vislumbra una temática bélica entre dos ejércitos, mismos que representan la dualidad del universo mismo: blanco y negro, bien y mal, bondad y maldad, macrocosmos y microcosmos, cuerpo y mente, masculino y femenino, arriba y abajo, vicio y virtud, vida y muerte, entre otros.

Así como los orígenes del juego denominado “juego-ciencia” se pierden en las arenas del tiempo, desde siempre se ha considerado que sus principios ofrecen un estímulo intelectual a quienes lo practican con devoción y constancia. En el ajedrez hay pasión, estrategia, táctica, simbolismo, toma de decisiones y riesgos. Al jugar, principalmente se desarrolla la visión del “tercer ojo” al percibir movimientos y sus posibles desenlaces.

El alucinante juego del ajedrez tuvo varias transformaciones antes de convertirse en el popular juego que conocemos actualmente. Por un lado se toma como oficial la leyenda de Los granos de trigo, la cual dicta que en el siglo V, en Persia, hubo un gobernante bastante ocioso, el cual ordenó a uno de sus sirvientes la creación de un juego fantástico que lo mantuviera enganchado constantemente, de manera que el fiel servidor terminó creando una versión del ajedrez con lo cual alegró a su rey. En pago a sus servicios, el gobernante ordenó al vasallo que mencionara la recompensa que considerara adecuada. El creador del juego pensó un momento y pidió lo siguiente: por la primera casilla 1 grano de trigo,  2 por la segunda, 4 por la tercera, 8 por la cuarta, 16 por la quinta, 32 por la sexta y así sucesivamente hasta llegar a las casilla 64, en donde la cuenta aumentó hasta dieciocho trillones cuatrocientos cuarenta y seis mil setecientos cuarenta y cuatro billones setenta y tres mil setecientos nueve millones quinientos cincuenta y un mil seiscientos quince (18.446.744.073.709.551.615) granos de trigo, algo que era imposible de pagar, aún cuando se contara con todas las posibilidades del mundo.

Sin embargo, históricamente se sabe que el ajedrez ha sido un juego que ha acompañado a la humanidad desde sus inicios. Aunque se les conoce con otros nombres y las reglas varíen un poco, se sabe que en Asía, África y en las civilizaciones antiguas y clásicas se jugaba algo parecido al ajedrez. Así es que en China, Egipto, India, Roma y los árabes tuvieron su propia versión del ajedrez. El juego que conocemos actualmente es el ajedrez occidental, en donde las piezas tienen una fuerte influencia católica sustituyendo las piezas rústicas como elefantes de guerra, y agregando además la pieza más fuerte del juego: la dama, la cual fue una aportación española en honor a la figura de Isabel la Católica.

Una voz de antaño expresó que las posibles jugadas y partidas en el ajedrez son casi infinitas, más que las estrellas en repartidas en los confines del universo, de tal forma,  es inabarcable el deseo de poder conocer todas las variantes durante el desarrollo de una buena partida: nunca habrá dos partidas iguales y eso es emocionante.

Aprender a jugar ajedrez es relativamente sencillo, sin embargo, dominar los movimientos en las aperturas y el medio juego es lo complicado. Como en todo deporte, arte y ciencia, el ajedrez necesita de la práctica constante y de todo el empeño del jugador. Algo que caracteriza a este noble juego es que podemos perfeccionar nuestro desempeño entre más juguemos y aprendamos de la frustración. En otras palabras, seremos mejores ajedrecistas entre más juguemos y perdamos ante los adversarios.

En el ajedrez, el valor de las diferentes piezas nos relaciona con las posibilidades con las que disponemos para obtener la victoria. Y aunque la mayoría de los novatos de dedican a mover las piezas de mayor valor, como las torres y la dama, sólo se dedican a masacrar únicamente las piezas enemigas sin percatarse del objetivo del juego: dar muerte al rey enemigo. Los jugadores más experimentados saben que las principales armas de sus ejércitos no son exclusivamente alfiles, damas o caballos, en realidad, son los peones la verdadera clave para lograr jugadas magnificadas. Ya lo decía aquella voz sabia: “los peones son el alma del juego”.

Aunque existen variaciones modernas del ajedrez, así como distintas presentaciones estéticas de las piezas y tableros, el juego ciencia nos ha traído una gran excitación a todos aquellos que nos sentimos atraídos por sus encantos, mismos que han introducido en un ensimismamiento con fuertes consecuencias, ya sea a principiantes o grandes maestros, como Capablanca, Fischer, Karpov, Kasparov o Carlsen.

Con el ajedrez podemos descubrir una parte de nosotros mismos que yace dormida en nuestro interior, la cual podemos despertar al sonido de los cuernos de guerra moviéndonos entre casillas y trebejos.  Sin duda, debemos atrevernos a jugar una buena partida de vez en cuando para desentrañar las virtudes románticas que el ajedrez tiene para ofrecernos.

No temamos a la derrota, que la victoria es para los que se atreven a enfrentar a la muerte una y otra vez.  

Por Alfredo Daniel Copado

Columnista, ensayista, doctorando y escritor de relatos fantásticos, bélicos, terror y ciencia ficción

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