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Ecos de un caballito del diablo Narrativa

Aída Chacón| Otra vez el sureste| Crónica

Después de aquello, todos estaban asombrados por no haber perdido la razón a causa de la inclemencia del sol de tantos años. Otros se preguntaban cómo era que el pueblo no se había deshabitado jamás y que, por el contrario, parecía hacerse más y más grande.

El calor insoportable de la ciudad me hace recordar al de mi pueblo. Tenía unos doce años cuando, a raíz de mis clases de Ciencias de la Tierra, se me ocurrió pensar en la temperatura ambiente del lugar. No era común tener termómetros ni aparatos de medición de ningún tipo. Cuando encontré arrumbado en la casa un termómetro ambiental estaba cubierto con una capa de polvo tan difícil de quitar que no se podía leer la escala de medición. Luego de pedirle a papá que me ayudara con esa reparación, nos dispusimos a medir la temperatura ambiente. Colocamos el termómetro en un sitio de la banqueta afuera de la casa para simular el escenario real de cuando yo caminaba de regreso después de la escuela. El termómetro llegó a 50°, esa era su medición máxima. Nos quedamos un rato pensando en que, tal vez, podría ser mayor pero que no lo sabríamos hasta conseguir un termómetro con más capacidad. Luego seguimos con el experimento y medimos la temperatura dentro de casa. Apenas se redujo un par de grados centígrados.

Después de nuestros hallazgos, mi papá charlaba con todo aquel que se le atravesara. Les contaba del tremendo calor, de lo criminal que resultaba. Unos llamaban al pueblo, “el infiernito”; otros más, los que se hacían los poetas, le decían “la novia del sol”, porque este jamás se iba y estaba ahí encima todo el tiempo. Mi madre le decía: “la antesala del infierno”. Ella siempre despreció vivir ahí. No sé cómo resistió sin abandonarnos. Extrañó la ciudad, su ruido y el gentío indiferente durante cada día que vivimos allá. Cuando se mudó de vuelta a la capital, se recluyó en su casa, no salía más allá de los límites de la colonia y, ocasionalmente, visitaba la zona en la que dejó parte de su juventud.

Los vecinos empezaron a inventar toda clase de experimentos que comprobaran su hipótesis: nuestro pueblo era el más caliente de todo el estado. Un vecino aprovechó el cofre de una camioneta estacionada afuera de donde se encontraban para sus experimentos y a las doce del día partió un huevo y lo esparció ahí. El huevo cambió de coloración, se cocinó en la lámina. Después de aquello, todos estaban asombrados por no haber perdido la razón a causa de la inclemencia del sol de tantos años. Otros se preguntaban cómo era que el pueblo no se había deshabitado jamás y que, por el contrario, parecía hacerse más y más grande. Lo que era evidente es que, alrededor de las dos de la tarde, cuando más calor se sentía, los negocios bajaban sus cortinas, la gente desaparecía de las calles y ese tiempo se ocupaba para comer. El mediodía nuestro era ese momento entre las dos y las cuatro en el que las calles se convertían en las de un pueblo fantasma.

Cuando se acercaban los peores días de calor y antes de las lluvias, nosotros y casi toda la gente del lugar, buscábamos un lugar en el río, a veces en la playa. Nos gustaba ir a remojarnos al agua del Joliet, el Julieta para los menos pretenciosos. Ese río enorme y que, a los ojos de mi infancia resultaba hermoso, se encontraba en los límites del pueblo. Del otro lado, pasando el puente de tubos, ya no era Veracruz, sino Oaxaca. Del lado oaxaqueño se encontraban las ruinas de una hacienda. La gente contaba un sinfín de historias sobre esa construcción. En lo que antes era el arco de entrada de la propiedad se lograba ver el nombre Joliet y el año 1904. Todo estaba abandonado. No habían pasado ni ochenta años de aquella fecha pero a mí me parecían un abandono de cientos de años. Las pocas paredes que se apreciaban de pie eran altísimas, todas sin techos. Numerosas puertas conectaban lo que antes, seguramente, habían sido habitaciones inmensas y llenas de lujos. Se decía que el dueño era un francés acaudalado que decidió venir a México buscando prosperidad. Su hija, una hermosa mujer de ojos azules y piel blanquísima, lo había acompañado y había bautizado la hacienda en su honor. Otras personas decían que había sido de gringos adinerados. Todos coincidían en que la Revolución les había hecho caer en la desgracia y poco a poco, la hacienda que se erigía en lo alto de una loma, los plantíos, las caballerizas y todos los que trabajaban en ella, fueron muriendo, migrando, simplemente desapareciendo hasta dejar el sitio totalmente abandonado y sin certezas sobre su historia.

En el río, nosotros los niños cazábamos guarasapos durante horas, chapoteábamos un rato, hacíamos concursos para saber quién podía soportar más tiempo bajo el agua. Cuando alguno no lograba escapar, se convertía en el blanco del tío que quería enseñarnos a nadar. Nos aventaban desde algún sitio alto y teníamos que salir a flote. Nuestra infancia en el río también se acompañó del constante temor de morir ahogados. Así podíamos durar hasta seis horas en el agua; hasta que teníamos las manos y pies de viejitos, nos acercábamos a la orilla a comer algo. Irremediablemente al comenzar a comer llegaban las historias de las tías sobre el amigo de su juventud que murió siendo apenas un crío. Chelín era el más pequeño de todos ellos. Falleció una tarde de domingo cuando fueron a ese mismo río; él comió y volvió a nadar; se ahogó sin que los demás se dieran cuenta. Cuando lo buscaron ya era demasiado tarde. Su cuerpo estaba hinchado y todos lloraron hasta enloquecer un poco. Tardaron en volver ahí y lo recordaron en cada ida al Julieta.

En la noche, ya que nos habíamos dado una ducha y nos acostábamos a dormir, creíamos que el agua nos mecía, pero ahora en la cama. Y yo podía sentir la corriente del río golpear suavemente todo mi cuerpo. Cerraba los ojos y, de nuevo, estaba flotando en el agua; escuchaba a lo lejos su ruido chocando en las piedras, corriendo en el cauce con sus desniveles. El arrullo me hacía sentir una tremenda paz hasta que me quedaba dormida. No la he sentido de nuevo hasta ahora.

Poco antes del verano llegaban las lluvias. En algunos casos, monzones. El calor se apaciguaba un poco, nos daba un respiro no muy largo. El agua de la lluvia era una bendición esperada. Algunas veces lograba escaparme de mamá y sus cuidados para mojarme en la calle. Me encantaba perderme entre las gotas hasta quedar empapada. La tibieza de las gotas evitaba cualquier resfriado. Jugaba a bailar y cantar en la lluvia, a sentir cómo la ropa se humedecía con rapidez hasta quedar escurriendo. Y de nuevo la paz… pero ahora llegaba en forma de olor a tierra mojada. Al instante en que cesaba la lluvia se empezaban a oír las chicharras. Esa era señal de que, al día siguiente, el calor regresaría pero esta vez más fuerte.  

Las trampas de la memoria son muy curiosas. Las nostalgias son seleccionadas cuidadosamente para que no me acuerde de la inseguridad que, de pronto, azotó el estado un día durante mi adolescencia. De repente, sin que nadie pudiera evitarlo, dejamos de salir en las madrugadas, olvidamos los cantos de la rama, comenzó a desaparecer la gente, los migrantes también y los que quedaban, estaban mutilados por el tren. Tampoco me acuerdo de los zetas que llegaron, de cómo reclutaban compañeros de mi prepa, ni de la estirpe de chupaductos que se apoderó de la zona. No pienso en el derecho de piso que hizo cerrar a más de un pequeño negocio en el centro de mi pueblo. Eso… nunca lo recuerdo. No pienso en que el pueblo de mi infancia me fue arrebatado y que ahora solo queda ese parece en la nota roja.

Desde el sofocante calor citadino de apenas 27°, me pongo a recordar furiosamente esos pasajes de la infancia mientras me animo diciendo que este calor no es tan insoportable, que he sentido el rigor de los 50°, que ni el río, ni la regadera ni la ropa ligera terminaban con el sopor de mi pueblo; que acá, en esta latitud, aunque no se pueda bailar bajo la lluvia, encontramos en la sombra una tregua del calor.

Por Aída

Bailar, cantar, leer, el cine, el museo, caminar, hacer ejercicio, patinar, escribir, mis gatos...

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