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El galardón pútrido (relato breve)

Por: Alfredo Daniel Copado

13 de julio del año en curso. Diario Exuberante y Oficial de la Ciudad de M.

Estimado y sufrido público que ha seguido nuestra cobertura del apabullante caso del militar retirado, esta mañana finalmente se nos ha permitido dar a conocer los sorprendentes hallazgos de los detectives M. y P., los cuales fueron comisionados para esclarecer la misteriosa muerte del coronel. Una vez obtenida la información de cierto testigo, el cual padece de una parálisis facial horrenda y que aparentemente estuvo al pendiente de las necesidades del coronel, las autoridades optaron por cerrar el caso sin dar más explicaciones al respecto. Con los hechos esclarecidos, el público encontrará alguna satisfacción al conocer las respuestas a las interrogantes de tan singular misterio. 

Según las fuentes, el coronel era un simple conejillo de indias que se refugiaba dentro de un centro de investigación sobre parapsicología que llevaba muchos años en el abandono. Cabe mencionar que nos referimos a este personaje con el rango de coronel a petición del misterioso informante. El coronel era un miserable anciano que estaba lisiado de una pierna, la cual perdió en una de esas rencillas bélicas que pululan por todas partes, y el cual se valía de una desgastada culata de fusil como prótesis. La triste verdad es que este militar era considerado uno de los peores criminales de guerra de tiempos pasados. Al no tener otra referencia y sin saber realmente de qué crímenes se le acusó, el coronel fue despojado de su honor y otras posesiones, dejándole únicamente las armas que portaba y el viejo uniforme de gala con el cual murió. Aquel vejete había pasado tantos años sumergido en ese centro abandonado que no es de sorprender que la locura se impusiera en su mente.

Según el testigo, el coronel tenía la cordura enajenada. Solía lanzar miradas vacías hacia los muros polvosos y pasaba largas horas deambulando por las habitaciones huecas. A veces se dedicaba a alinear ciertas tropas oníricas hasta que se agotaba y se arrojaba sobre un rincón a dormitar envuelto entre sus pesadillas. Su alimentación era deplorable y se basaba en insectos y alimañas que conseguía capturar de alguna forma. Su aspecto físico siempre fue demacrado y patético, tal y como fue encontrado aquella mañana turbia por el oficial que hacía su ronda matutina.

Por causas de fuerza mayor, nos vemos obligados a omitir en qué consistía la tétrica rutina del difunto para no herir la sensibilidad de algunos lectores. Solamente mencionaremos un hecho sincero, macabro, perturbador, pero sin duda bastante humano y comprensible. Resulta que había cierta actividad a la cual el coronel se dedicaba con ahínco. Ésta consistía en postrarse en medio de una gran sala vacía y de muros derruidos donde el militar había levantado un monumento con trozos de basura y madera podrida. Tal cosa parecía un verdadero santuario, el cual contenía un tesoro que el coronel admiraba por horas. A esa reliquia le dedicó suspiros, llantos, gritos y lamentos de toda índole. Cuando las autoridades informaron a la prensa de la naturaleza de dicho objeto, muchos levantamos la mirada al cielo y oramos por aquella alma desgraciada. El objeto que el coronel idolatraba eran los restos de una extremidad humana. Efectivamente, se trataba de su pierna amputada y cadavérica. Las autoridades no accedieron a que el miembro reposara junto a los otros restos del anciano. Debía permanecer tal y como fue encontrado en aquel santuario.

El pobre viejo estuvo sumergido en incontables alucinaciones y desventuras creadas por su mente enferma. Esto le ocasionó largos paseos en compañía de entes que le hablaban y a los cuales les respondía como si fuesen personas comunes y corrientes. Otras veces el coronel mantenía su cabeza recargada sobre las paredes del laboratorio mientras lanzaba largos y rimbombantes discursos. Sin duda eso hizo maquinar las teorías más exorbitantes sobre lo que le sucedía al viejo en aquellos momentos.

Finalmente, es necesario abordar el misterio de la muerte del militar. Pues bien, estos rasgos de locura fueron su perdición a final de cuentas. El coronel tenía la costumbre de sentarse sobre una banca de hierro a lanzar grandes trozos de carne, huesos y entrañas de pollo a un fiero grupo de pequeños entes tan deformes como él, posiblemente víctimas de los experimentos del laboratorio. El testigo niega rotundamente ser el proveedor de dichos restos. También se desconoce de dónde provenían los engendros. Lo que sí se sabe es que fueron estas alimañas las que le han dado muerte al viejo coronel en esa mañana de invierno. 

Todo es posible en este mundo extraño, pero al juzgar por la expresión de plenitud en el rostro del difunto, es como si el coronel creyera alimentar a una parvada de aves majestuosas y no a esas criaturas que finalmente saldaron cuentas con su benefactor. ¡Pobre sujeto experimental y maldito sea su galardón pútrido!              

FIN

Por Alfredo Daniel Copado

Columnista, ensayista, doctorando y escritor de relatos fantásticos, bélicos, terror y ciencia ficción

3 respuestas a “El galardón pútrido (relato breve)”

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