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Ecos de un caballito del diablo

Aída Chacón| Souvenirs para mamá (II)| Crónica

Los soldados nos informaron que el paso hacia el estado estaba prohibido por el momento. No dieron ninguna explicación y nos ordenaron regresar. El ejército había sitiado el estado.

Fotografía: Pedro Valtierra.

Aquel hotel de paso que nos cobijó durante nuestra estancia en Cancún lo encontrábamos hermoso. Fue nuestro refugio. El vínculo con la realidad que evadíamos durante el día, cuando íbamos a la zona hotelera a colarnos en los hoteles de lujo. En ellos había albercas, barra libre para los adultos, refrescos para nosotros, regaderas para después de estar en la arena de la playa privada.

Teníamos un número previamente ensayado. Si alguien nos increpaba sobre nuestra procedencia debíamos contestar con toda seguridad que estábamos en la habitación 208. Mirar con desdén a quienes hacían ese tipo de pregunta y continuar el camino hacia la alberca. Una vez superado el tropiezo habría que comunicarlo al jefe de la treta quien, en este caso, era un de mis tíos. Si no había tropiezos durante el día, podíamos estar en las albercas, el bar o la playa, pero a las 4 de la tarde debíamos marcharnos.

Así conocimos distintos hoteles. Cada uno más lujoso que el anterior, con mejores albercas, con paisajes maravillosos donde el mar siempre estaba de fondo. Una tía y yo aprendimos a preguntar la hora a los gringos que siempre estaban en las albercas. Así estaríamos a tiempo en el lobby para irnos juntos y nos mezclaríamos entre la gente de mundo que habitaba aquellos lugares.

Por las tardes volvíamos al hotel del centro. Nuestro hotel-refugio para turistas en desgracia. El encargado se apiadó de los niños y limpió la alberca. Después la usamos a diario hasta entrada la noche. Desde ahí se alcanzaban a ver algunas estrellas y a sentir, según yo, el olor a mar por todas partes.

Caminamos mucho en aquel viaje. A nuestro paso veíamos tiendas de lujo, restaurantes, bares enormes. Nosotros comíamos siempre dentro de las habitaciones del hotel-refugio. Durante el tiempo que estuvimos de viaje comimos tortas, sándwiches, cereal con leche nido, atún… nunca entramos a ningún restaurante lujoso ni mucho menos cerca de la playa. En varias ocasiones extrañé comer en casa.

La última aventura de aquel viaje fue Xcaret. Después iríamos a la casa de los tíos de Altamirano, Chiapas. Nadamos en los cenotes hasta que la lluvia lo permitió. Alrededor del mediodía comenzó a llover y nunca paró. Así que comimos unos sándwiches dentro de la camioneta. Volvimos al hotel a recoger nuestras maletas para después marcharnos rumbo a Altamirano. En el camino recuerdo varias canciones de los Tigres del Norte, algunos viejos éxitos de Universal Stereo, de Yuri y Alejandra Guzmán.

Salimos por la mañana, muy temprano porque pensábamos llegar a una hora razonable para ayudar a preparar la cena de año nuevo. En mis recuerdos, la casa de los tíos de Chiapas era enorme, con sus cafetales en la parte de atrás, acompañados de un paisaje de neblina matutina y el olor del pan recién horneado que una de mis tías preparaba todos los días durante la madrugada. Pensaba llegar a tomar un poco de café de olla, a correr por los pasillos de esa casa enorme y de techos altísimos, pero no lo logramos. Los caminos estaban bloqueados.

Por la carretera vimos tanquetas militares y camiones llenos de soldados que avanzaban en la misma dirección que nosotros. Llegué a contar 35 tanquetas todas rumbo a Chiapas. Luego de un rato nos detuvo un retén. Los soldados nos informaron que el paso hacia el estado estaba prohibido por el momento. No dieron ninguna explicación y nos ordenaron regresar. El ejército había sitiado el estado.

Mis tíos no se dieron por vencidos tan pronto. No querían recibir el año nuevo en la carretera, así que enfilamos hacia los caminos poco transitados, pero después de varios intentos fallidos, decidieron que era mejor volver a casa. En cada intento un retén del ejército nos impedía el paso sin dar razones. Soldados armados por todos lados nos indicaban que debíamos dar vuelta e irnos lejos de Chiapas. Tristes y asombrados por otro punto fallido del viaje, pensamos en visitar a mis abuelos paternos en Villahermosa.

Llegar a la casa de mis abuelos dependía de mí. Era la única en ese viaje que conocía el camino a su casa. La familia de mamá no era muy cercana a la de mi padre. Así que recordé el número de teléfono de la vecina de mi abuela y pedí la dirección. Llegamos a las 7 de la noche del 31 de diciembre del 93. Sin previo aviso, catorce personas llegaron a cenar y a compartir los buenos deseos para un año nuevo. Yo estaba feliz. Mi abuela me cuidaba y consentía como nadie. Mi abuelo estaba feliz de que llegamos gracias a mi ingenio. Las hermanas de papá me abrazaron mucho y comenzaron con la quema del viejo en la colonia. Nos quedamos ahí hasta el 3 de enero y esa noche nos fuimos rumbo a casa. Mis abuelos me dieron comida para el camino. Nos quedaban diez horas de carretera para ver a mis padres.

Llegamos a casa el 4 de enero del 94. Mis papás estaban muy tensos y asustados. No sabían nada de nosotros porque nunca pensamos en hacer una llamada. Calentaron la comida de fin de año y nos explicaron que, durante nuestro viaje, un huracán llegó a Cancún y el EZLN le declaró la guerra al ejército mexicano. Eso habían dicho por la televisión y las imágenes de San Cristóbal de las Casas sitiado por ambos ejércitos acompañaban los anuncios de los periodistas hablando sobre la Guerra en Chiapas que amenazaba al país entero. Todos nos quedamos en silencio. Mi abuela aprovechó el momento para recordarnos que el choque había sido una señal. Yo le mostré las toallas del hotel que me había quedado para regalárselas a mamá como souvenir del viaje. Todos coincidieron en que merecía un regaño, menos mamá. Ellas las recibió con cariño.

No volvimos a salir de viaje juntos. Aquella aventura, sin que lo sospecháramos, fue el último gran trayecto en familia. Ahora mis dos abuelas están muertas. A veces las recuerdo, algunas ocasiones charlo con ellas en mis sueños y juntas recordamos aquel viaje.

Por Aída

Bailar, cantar, leer, el cine, el museo, caminar, hacer ejercicio, patinar, escribir, mis gatos...

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