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Roja

(Gli enigmi sono tre, la morte è una!  Che la lama guizzi, sprizzi sangue.

¡Los enigmas son tres, la muerte sólo una! Que la hoja resbale y escupa sangre.)

Turandot

Nos citamos en el antiguo teatro de la ópera para ver aquella Turandot que nunca vimos por estar atados el uno al otro entre las sombras. Te exaltaban cada una de las figuraciones y las metáforas y yo miraba las escenas, grisallas y silentes, en la cinestesia de tus ojos. Tus ojos que se pintaron de rojo cuando cundió la sangre de los tres enigmas. Sólo basta escribir esto, pensé, y nuestra propia obra comenzaría su transición.

            Ya cerca del final, te pusiste tus lentes oscuros y me dijiste ¡vámonos! Te seguí por los palcos y las galerías y luego por una escalera oxidada que nos llevó al techo del teatro. Aún no anochecía. El sol se desangraba en las nubes del horizonte. Nos tomamos de la mano y me besaste. Te quité los lentes y vi que tus ojos ya no eran tus ojos: la sangre se había hecho agua azul y verde. Y se habían empequeñecido, lo cual cambiaba radicalmente tu faz. Te liberaste de mis manos y agachaste el rostro, apenada. Te acaricié una mejilla e intercambiamos palabras tiernas.

            Cuando el sol terminó de morir, pareció que tu alma se vivificaba y me jalaste para que te siguiera y saltamos del techo del teatro a otros techos, como gatos excitados por la noche. Y uno de esos techos, ya roído por los siglos, se venció al sentir nuestro peso y caímos envueltos en polvo sobre el viejo cuarto de una vecindad en ruinas. Salimos entre estertores de ese muladar y llegamos al patio principal de la vecindad. Rostros y figuras se asomaban de los otros departamentos. Resultó que era una vecindad de brujos negros. Uno de ellos salió hasta donde estábamos nosotros. Traía consigo un saco de piel curtida y me pidió que metiera en él una mano.

  • ¿Qué son?— Preguntó.
  • Caracoles.
  • Caracoles para el oráculo Diloggún.

Una anciana vino por ti y te apartó de mi lado. Dijo que te iban a preparar. El brujo del Diloggún me llevó consigo. En una esquina de ese patio, vi que tenían un prisma móvil colgado del aire. El brujo y otros negros le aventaban piedras y el prisma se compungía y cambiaba de color, toda vez que su piel era como de escamas que se volteaban para dejar ver una luz distinta si una piedra le tocaba.

            El brujo puso el saco del Diloggún en mi mano y me pidió que escuchara los caracoles. Caí dormido y supe que soñaba y vi tu rostro en el cuerpo de una cierva y tenías tres ojos. Cuando desperté, me hallaba junto a ti en uno de los cuartos de la vecindad. La vieja negra detrás de nosotros y tú y yo en una cama. Nos ordenaron desnudarnos y lo hicimos con el febril deseo de dos que tienen mucho sin mirarse pero se hacen diario el amor en sueños. Miré nuestros genitales. Tu pubis totalmente depilado, desprovisto de los vellos de oro que tanto me calentaban; mi verga erecta, como un prisma, amarrada con una cuerda blanca a mis testículos. Parecía que, sin movernos, la cabeza de mi prisma urgía entrar en la humedad de tu vulva calva.

            Con una nueva orden nos indicaron que teníamos que recostarnos de nuevo y abrazarnos. Obedecí y me aferré a ti, y busqué tu rostro para besarlo y me mirabas con tres ojos verdiazules que destellaban en tu frente. Y te susurré:

  • Quienquiera que fuiste, quienquiera que seas, quienquiera que vayas a ser, te amaré.

Te reíste y escapando de mis brazos, me dijiste: espera. Y te fuiste junto con la bruja al patio de la vecindad. Yo salí detrás de ti rogándote pero en un idioma desconocido, una lengua cimarrona, criolla, de oscuras declinaciones y terribles formas. La bruja se suspendió en el aire tomando la forma de una estrella y cubrió tu rostro con un capirote oscuro y tu rostro brilló hasta llevar una flama a la punta del embozo.

  • ¡Otra vez soy yo!

Rugiste. Y te retiraron el capirote y volando viniste a mí y me miraste con furia pero tus ojos ya no eran ni verdes ni azules. Otra vez tu mirada se hizo roja. Roja como la sangre del sol muerto. Tus pupilas ahogadas en dos charcos de sangre. Tus pupilas que brillando escarbaban en mis ojos buscándome el llanto. Tus ojos crecieron hasta ocupar gran parte de tu rostro. Sólo tu boca se comparaba con ellos. La abriste. Dos agujas de plata ocupaban el lugar de tus colmillos. La vieja negra y sus negros bailaban en torno nuestro haciendo sonar los caracoles y cantando en criollo canciones trinas de viejos mundos. Tomaste mi rostro con tus manos rubias que se mancharon de eritro cuando desgarraste mi cuello y comiste mi sangre. Mis tres ojos se cerraron para siempre a tu absoluta noche.

ilustraciones de Stephen Mackey

Por Juan de Dios Maya Avila

Juan de Dios Maya Avila (Tepotzotlán, 1980). Becario de la Fundación para las Letras Mexicanas, del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes y del Programa de Estímulos a la Creación y Desarrollo Artístico. Ganó el Concurso Internacional de Cuento, Mito y Leyenda Andrés Henestrosa 2012 y el Concurso Latinoamericano de Cuento Edmundo Valadés 2019. Ha publicado los libros
La venganza de los aztecas (mitos y profecías) (Seculta-Oaxaca, 2012) (traducido parcialmente por la Texas
A&M International), Soboma y Gonorra (Resistencia, 2018), El Jorobado de Tepotzotlán (Literatelia, 2020) y La Serpiente y el Manzano (Paserios ediciones, 2021), y editado y antologado los libros Érase un dios jorobado
(Ediciones Periféricas-Pacmyc, 2019) y Érase una bruja Malinalco (Ediciones Periféricas-Fonca, 2021). En el
año 2013 funda el Concurso Estatal Pensador Mexicano de Literatura escrita por Niños y Jóvenes (antes Concurso
Estatal de Cuento y Poesía para Niños y Jóvenes San Miguel Cañadas). Actualmente es titular de la columna de entrevistas Canaimera en la revista hispanoamericana El Camaleón.
Su obra ha sido traducida al inglés, esloveno y otomí.

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