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Silvio Astier, un existencialista adolescente. Análisis de “El juguete rabioso”, de Roberto Arlt.

“El juguete rabioso”, la primera novela de Roberto Arlt, es entre muchas otras cosas, una oda a la influencia de la literatura en la vida cotidiana. Su personaje principal, Silvio Astier, un joven bonaerense de sueños estrambóticos, nos conduce por la colección de momentos que componen su vida, plagada de incertidumbre y carencias, obligándonos así a pasar página tras página en un fútil intento por encontrar alguna coherencia a aquella colección de acciones absurdas. ¿Qué tiene esta pequeña novelita que la hace tan magnética? Procedamos con la disección.

Pobreza y crimen, el trasfondo

A pesar de su notable inteligencia y rebuscados gustos literarios, un hecho define la vida del joven Silvio Astier: la pobreza. El adolescente es el paradigma del personaje marginado, aquel que por alguna razón no encaja del todo en la sociedad que lo rodea. A Silvio su condición de marginal le pesa demasiado: gracias a la falta constante de dinero no sólo tiene que pedir “rentadas” las novelas por entregas de Ponson de Terrail que tanto le fascinan, sino que tampoco puede permitirse estudiar, pues su madre solo puede costear la educación de uno de sus hijos, y ese privilegio ha recaído sobre su hermana menor, Lila. Sin embargo, Silvio no recrimina nada a su familia; acepta estoicamente que él no podrá acudir a la escuela y, en su lugar, decide que encontrará otra manera de sacarse a si mismo adelante. Así, el crimen se presenta como la solución perfecta: si la falta de estudios es una limitante, el robo será aquello que le regrese a Silvio un poco del poder que ha perdido.

Aunque la pobreza y el crimen son temas literarios que suelen ir de la mano, lo notable de El juguete rabioso es la manera inusual en la que Arlt retrata dicha relación.  Silvio no es el típico ladronzuelo despechado, aquel que actúa para “vengar” las injusticias recibidas, al contrario. Influido por la lectura asidua de folletines de bandolerismo (sus “rentas”), el adolescente decide que una vida dedicada al crimen, como la que lleva su héroe literario predilecto, Rocambole, es la mas digna de todas. Convencido hasta la médula que la vida de ladrón es la única que le permitirá alcanzar la grandeza, instituye con sus amigos Enrique y Lucio El club de los Caballeros de la Media Noche, una sociedad de ladrones de poca monta. A través de poco más de veinte páginas, Arlt nos relata  los robos cometidos por los tres adolescentes desubicados, así como los aires de grandeza en los que se regodean después de cada “golpe”.

Todo son risas y sueños hasta que los tres adolescentes deben enfrentarse al primer problema: un robo a la biblioteca de la escuela que no resulta como lo planeado. A partir del desafortunado evento, Silvio deja de robar para dedicarse a languidecer y ver la vida pasar. Derroche inútil de tiempo y vida que termina cuando, increpado por su madre, el joven se ve obligado a buscar un empleo. Es en este punto cuando el lector comienza a sentir que la novela se aproxima a un punto importante, una de esas escenas a partir de las cuales ya no es posible volver atrás. Nos quedamos con la impresión que los robos y los subsecuentes infortunios no fueron más que un preludio amargo al quid de la historia, que finalmente veremos a Silvio progresar hacia un lugar más amable.

¡Vaya falsa sensación!

La bomba existencialista: conflicto por doquier

Después de mucho buscar, nuestro desafortunado protagonista logra conseguir un empleo como asistente en una librería. Es aquí, en el local de Don Gaetano, donde las verdaderas penas de Silvio comienzan. El viejo librero y su mujer son un par de tiranos desalmados: el trabajo es interminable, mal pagado y francamente ingrato. Además, la pareja, codiciosa como Judas, priva a sus empleados de las cosas mas esenciales, como un colchón decente para pasar las noches, una habitación limpia o comida suficiente para subsistir (pues los empleados viven en casa de sus patrones). Por si esto no fuese poco, el librero y su mujer pelean con tal frecuencia y violencia que los pobres empleados viven en la ansiedad y desesperación; en la casa de don Gaetano los “huéspedes” poco a poco comienzan a consumirse. Silvio no es la excepción: sueña con prenderle fuego a la casa de su patrón y en efecto realiza dicha maniobra… pero nada sucede. La mecha se apaga, la casa no se incendia y las cosas siguen igual. Silvio no puede más.

Ofuscado por sus fracasos profesionales, nuestro protagonista camina al puerto y se pega un balazo. Pero, como la suerte nunca ha estado de su lado, sobrevive al auto atentado. A la lenta recuperación en una maltrecha cama de hospital (a la que le acompañan los lamentos de su pobre madre, quien se culpa por “haberlo presionado”), le siguen nuevas aventuras desafortunadas entre las que encontramos el inicio de una carrera militar que luce prometedora… solo para acabar interrumpiendo por razones burocráticas y, finalmente, el hallazgo de un nuevo trabajo miserable como empacador de papel; trabajo que conduce a Silvio a hacerse de nuevas amistades con las cuales, desafortunadamente, las cosas tampoco tendrán un buen final.

A raíz de todo lo anterior no es osado afirmar que, en el fondo, la  vida de Silvio Astier no parece ser mas que una larga, larguísima, colección de infortunios. Al finalizar cada capítulo (los cuales, dicho sea de paso, se pueden leer de manera independiente sin que la novela pierda su sentido) la pregunta que acude a mi mente en tanto que lectora es “¿qué demonios?”. Me cuesta trabajo asimilar que un adolescente sea capaz de vivir en el desasosiego total sin perder la cabeza (con excepción de ese intento de suicidio fallido, claro está).

¿Cómo es posible que Silvio mantenga la cordura? Creo que esa es la interrogante que, cómo lector, te impulsa a seguir girando las páginas a pesar de que los capítulos no son nada cortos. Nuestro protagonista es, en efecto, una bomba existencialista con el temporizador a punto de acabar su cuenta regresiva.  Naturalmente, el lector está a la espera de una resolución catastrófica, esa escena clave en la que por fin todo volará en mil pedazos.

Ya podemos esperar sentados por dicha resolución, que Arlt nos tiene preparado otro giro de tuerca.

Resilencia y redención: la lección maestra que nos deja “El juguete rabioso”

En su trabajo como papelero, Silvio traba amistad con un sujeto aún más marginado que él, el Rengo, cargador en el mercado local. Después de frecuentarlo por algún tiempo, su nuevo amigo le propone un plan para acabar con los problemas de ambos de una vez por todas: robar la casa de Arsenio Vitri, un respetado ingeniero para el cual trabaja la amante del Rengo. La mujer, en complicidad con su amante, ha ideado un plan para limpiar la caja fuerte del ingeniero y, para agilizar el asunto, el Rengo requiere de la ayuda de Silvio. El joven protagonista, bandolero por naturaleza, no se lo piensa dos veces. Sin embargo, días antes de dar el “golpe”, empieza a imaginarse un escenario alternativo: ¿qué pasaría si él, Silvio Astier, bueno para nada y perfecto don nadie, delatase al Rengo?, ¿qué pasaría si hiciese “lo correcto”? Correcto no porque delatar a un amigo sea la mejor manera de proceder en la vida, sino porque a los ojos de Silvio, avisar del robo es una manera tanto de cobrar venganza como de, por fin, enderezar su vida.

En las ultimas páginas de la novela, Arlt nos ofrece un asiento privilegiado hacia la mente de Silvio, quién se deshace en dudas pero que, apesar de ello, acaba decidiéndose por la solución que nadie esperaba: delatar a su amigo. En la escena final por fin se nos revelan los motivos de Silvio para cometer aquel acto de “traición”:

hay momentos en la vida en los que tenemos la necesidad de ser canallas, de ensuciarnos hasta adentro, de hacer alguna infamia, yo que sé… destrozar para siempre la vida de un hombre…y después de hecho eso podremos volver a caminar tranquilos

Silvio Astier, en “El juguete rabioso”

La historia de vida de Silvio Astier se resume así en esta frase. La vida y sus circunstancias fueron “canallas” con nuestro protagonista; todo lo que le llegaron a dar, toda la “suerte” de la que llegó a gozar le fue arrebatada con la misma presteza con la que apareció. En la vida de Silvio Astier nunca nada ha sido para siempre… y delatar al Rengo se revela como la oportunidad definitiva para alcanzar la tan anhelada gloria que el joven ha buscado desde la página uno del primer capítulo. Delatar al Rengo se convierte, entonces, no en un acto de cobardía, sino en un rito de redención. Silvio reconoce que sus acciones le remorderán hasta el final de sus días, pero aquella es la única opción de salvación que le queda.

Es en esta escena final dónde el lector encuentra las respuestas que tanto había buscado. Así, aquello que nos obliga a acompañar a Silvio a lo largo de doscientas páginas, aquello que nos incita a seguirle la pista no es otra cosa que la incertidumbre y la sorpresa, el elemento existencialista en el cual Arlt nos empapa desde el primer capítulo. A mi pregunta, “¿cómo hace Silvio Astier para no perder la cordura?” sólo hay una respuesta posible: él no hace nada, simplemente deja que la vida le suceda y, cuando finalmente se encuentra ante la oportunidad de rectificar las cosas, la toma.

Arlt es perfectamente consciente de la carga emocional de su personaje, así cómo del conflicto psicológico que lo aqueja y, en vez de explicárnoslo con dos frases vacías al inicio del libro, opta por mostrárnoslo de modo progresivo y en toda su crudeza. Así, la historia del protagonista se convierte no en la historia de vida de un joven marginado, sino en la suma de todas las decisiones que conducen al clímax final, dónde Silvio Astier, alias “la bomba existencialista”, finalmente estalla.

Algunos críticos sostienen que El juguete rabioso es la novela más autobiográfica de Arlt. Me pregunto si, en el fondo, la historia de Silvio no es mas que una metáfora encubierta para todos aquellos escritores que, hundidos en el pantano del fracaso, empiezan a coquetear con la posibilidad de rendirse de una buena vez por todas. Si esto es así, creo que la moraleja que Arlt nos deja es bastante clara: las puertas no se cierran nunca, ni en los infortunios mas extremos.

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«Leer con ojos de escritor» | el arte de la taxidermia literaria

Todos los talleres de creación literaria, seminarios de creatividad o cursos relacionados con la escritura a los que he asistido a lo largo de los últimos quince años tienen un punto de partida común (además del buen deseo de formar escritores, claro está): la insistencia en que el buen escritor es primero un ávido lector.

Según este retazo de sabiduría popular, el deseo de escribir nace cuando un lector compulsivo, sediento de nuevas historias que alimenten su pasión, ya no se da abasto con el material disponible; un buen día se da cuenta que pepenar à la Jacques Cousteau por los pasillos de las librerías locales ya no tiene el mismo sabor. Dicha insatisfacción conducirá a nuestro dedicado lector a descubrir en la escritura, en la creación de sus propias historias, el remedio para todos sus males. De ahora en adelante aprenderá a “leer con ojos de escritor” para así construir narrativas igual de magníficas; historias que logren emular la experiencia transformadora que él experimento a lo largo de interminables sesiones de lectura. Es así como, se dice, nace un escritor.

Permítanme no estar de acuerdo. 

Mi reticencia a aceptar el mito del escritor que nace (y no, nunca, jamás se hace) no tiene nada que ver con un desprecio hacia la lectura como actividad formadora, al contrario. Creo fielmente que el contacto frecuente con los libros debe ser parte de la vida de cualquier profesional que se dedique a trabajar con las letras, desde los ganadores del premio Planeta hasta los redactores publicitarios. No importa lo que se lea: Tolstoi, Joyce, Delibes o el PR Week, el punto es ser lector y nutrir una relación personal con los libros.

Mas bien, mi incredulidad proviene de la inquietud que me produce la idea que “leer con ojos de escritor” es fundamental para convertirse en uno… y no porque la idea sea errónea, sino simplemente porque me parece un lugar (muy) común, demasiado ambiguo para que pueda considerársele como un consejo útil. ¿Qué significa, exactamente, “leer con ojos de escritor”? 

Después de mucho escucharla, supongo que dicha frase hace referencia a un estilo de lectura mas bien preciso, dónde se lee de manera similar a como se lo hace con un artículo académico: no basta con solo entender por encimita lo que el autor quiere comunicar, sino que también es necesario descifrar entre líneas para detectar tanto la estructura de la argumentación como las suposiciones que el investigador da por sentadas en sus afirmaciones. 

Así, para “leer con ojos de escritor” un texto literario, no basta con tan solo entender la historia o disfrutar con su lectura; también es necesario esforzarse por comprender “entre líneas” como está construida la obra, por detectar qué es lo que hace que sea una historia exitosa (si es que lo es): ¿los personajes complejos?, ¿la trama no lineal?, ¿los diálogos, realistas y bellos?, ¿una prosa cuidada?, ¿o quizás la suma de todos estos factores? Esa capacidad de descubrir casi intuitivamente lo que funciona en una historia, lo que la hace única, aquello que le genera appealante su público lector es, a mi parecer, el requerimiento misterioso que encierra la frase “leer con ojos de escritor”.

El problema es que dicho estilo de lectura no es natural. De la misma manera que nadie va por la vida pretendiendo entender las motivaciones de la cajera que no regresa el cambio correcto, nadie nace sabiendo diferenciar un gran diálogo de una conversación inconsecuente o una trama “lograda” de otra que no lo es tanto. Detectar y analizar con pelos y señales los elementos exitosos de una narración no es algo que todos estemos acostumbrados a hacer, ni siquiera el más ávido lector que comienza a explorar esa novela que le ha quitado el sueño por meses. La lectura a profundidad es algo que tiene que enseñarse.

Sin embargo, el que “leer con ojos de escritor” no sea una habilidad innata y natural no la hace inútil; al final del día la realidad se impone: un escritor capaz producir un gran diálogo en vez de una conversación inconsecuente y construir una trama “lograda” en lugar de juntar escenas sin mucho sentido entre ellas, tendrá mas probabilidades de éxito que sus contrapartes amateurs. Esto es una realidad. Entonces, ¿cómo le hacemos para aprender a “leer con ojos de escritor” cuando nadie nunca nos enseñó a hacerlo?

Damas y caballeros, la solución esta en el arte de la taxidermia literaria.

El diccionario de la RAE (y también la Wikipedia) definen la taxidermia como el arte de disecar animales para conservarlos en apariencia vivos. Como supongo que acá la mayoría amamos a todos los miembros del reino animalia, nuestro arte taxidérmico se enfocará en la disección de otro tipo de criatura viviente: la obra literaria. Siguiendo aquella corazonada que todo ávido lector tiene cada que se enfrasca en una historia alucinante, postularé que los cuentos, las novelas, los ensayos y los poemas son criaturas vivientes: un todo que, aunque no estrictamente orgánico, si que está compuesto por partes.

Una criatura literaria tiene la capacidad de acompañarnos, entretenernos y hacernos la vida mas llevadera, tal y como lo hacen nuestras amadas mascotas. También es capaz de asecharnos, cazarnos sigilosamente y sin tregua, como los grandes depredadores de la sabana africana. Y aunque estos ataques rara vez son mortales, cuando suceden se notan (si no me creen, que alguien recuerde a Mark David Chapman). Por si esto no acabase de convencerlos, ¿se han dado cuenta que, al igual que las criaturas mas diminutas y rastreras, las obras literarias tienen una presencia latente? Su influencia se encuentra por todas partes, aun cuando no nos damos cuenta (hola amor platónico). 

Pero, para entender porque las criaturas literarias se comportan de la manera en la que lo hacen, porqué funcionan o porqué no, es decir, para poder “leer con ojos de escritor”, necesitamos realizar un estudio exhaustivo de las mismas, disecando y analizando sus partes, analizando como funciona cada una de ellas,  cómo encaja en al gran esquema de las cosas. ¿Por qué nos conmueve tanto el suicidio de Anna Arkáydevna?, ¿por qué nos indigna la traición de Mr. Rochester?, ¿por qué el destino de Winston Smith nos parece tan trágico? Una cuidadosa disección puede acercarnos a entender estos y otros entresijos literarios.

Dado que nadie puede decir con certeza científica que es el gusto literario y que hace a los buenos libros, la taxidermia literaria no pretende ser una ciencia exacta (lo siento, esto no es cálculo infinitesimal), sino una metodología que permita cumplir con la premisa de partida mencionada al inicio de este largo y digresional texto: “leer con ojos de escritor”. ¿Un objetivo demasiado pretensioso? A ti te corresponde juzgar.

Una advertencia final: desde ya me excuso, querido lector, por todos los libros que seguramente te arruinaré, todos los finales que ya no podrás leer con inocencia, todas las interpretaciones, tan pero tan tuyas, a las que probablemente ya no podrás aferrarte con la misma certeza. Lo siento de veras. 

Si, a pesar de lo dicho hasta ahora sigues dispuesto a acompañarme en esta grandilocuente aventura científica llamada taxidermia literaria, mantente atento, que a partir de ahora los análisis no pararán.