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Peregrinaciones I Jonatan Rodas (relato breve)

A través del cristal del carro la caminata parece leve. Llevan buen ritmo. Hasta podría decirse que lo disfrutan. Como si se tratara de una peregrinación (uno no regresa a los lugares sagrados —dice Cristina Rivera Garza—, uno peregrina hacia allá). Pero a ellos no hay santo que los espere, ni un Moisés que los guie por el desierto para llegar a la tierra prometida. No la hay. Nadie les ha prometido nada. Y si lo hizo, no cumplió. Porque ahí van: avanzando sin saber que buscar, pero con la certeza de qué están huyendo (Nadie deja el hogar —escribe Warsan Shire— hasta que el hogar es una voz húmeda en tu oído que te dice vete, aléjate corriendo de mí, no sé en qué me he convertido).

En grupos de cinco los menos numerosos y con los mejor dotados para la larga caminata: jóvenes, animosos lo suficiente para levantar la mano y pedir un “raite” con gritos jubilosos, como si en lugar de pedir ayuda estuvieran saludando. En nutridos bloques la mayoría: gente adulta, muchos hombres, muchas mujeres. Niñas, niños que dormitan en los brazos de un adulto mecidos por el bamboleo de la caminata. Niñas y niños que caminan tomados de la mano de alguien, saltando por el caliente asfalto de la costa, como si estuvieran jugando al avioncito.

No les ladran los perros de las casas de al lado del camino. Son otros los que babean rabia. Una rabia delegada. Una rabia escrita y leída entre las líneas de sus manuales de funciones. Una rabia que les dice que no basta con detenerlos: hay que odiarlos. Ellos también los ven pasar. No esperan órdenes, la orden ya está dada. Déjenlos caminar, así se cansan. Y ya cansados, los cazan. Así ha sucedido: la peregrinación hacia-ningún-lugar-que-es-mejor-que-el-que-dejamos ha sido fragmentada. Rota. Quebrada. Con los pies ardientes y la entrepierna escaldada insiste en su andar hasta alcanzar el próximo pueblo. La cancha de básquetbol que está techada puede aminorar los estragos de una probable tormenta que se ha ido formando lentamente. Las niñas y los niños son los primeros que caen en el sueño profundo sobre el lecho de concreto que los acoge. Así son los pequeños, donde quiera se duermen si tienen sueño. El ruido de los carros que pasan por la carretera y el barullo del montón de gente se tornan su canción de cuna (el país que soñé que tu habitarás —canta Norma Elena Gadea a su hija— aun nos cuesta dolor, sudor y lágrimas. Pero existe mi bien con tantas ganas. En tus ojos los vi está mañana).

¿Qué hay después de acá?, preguntan. Más camino (Caminante no hay camino —escribió Antonio Machado—, se hace camino al andar). Pero para ellos, todo es un camino que no da tregua. El camino es el castigo impuesto por ser quienes son, en un mundo sin lugar para ellos. No saben a dónde van. Es solo que ya no caben en ningún lado. Nunca han cabido. La noche y el cansancio se les juntan en los ojos a los que aún restan de tumbarse en el suelo. El pueblo ha quedado silencioso. La luz de la sirena de una camioneta que observa a lo lejos también se ha apagado. Pronto llegará el alba y con ella la rutina del día a día. La señora de la tienda de abarrotes subirá la persiana. El camión de la basura hará su ronda. Los taxis a paso lento buscarán pasaje. La gente saldrá camino a sus mandados, a sus trabajos. La camioneta encenderá de nuevo su sirena hasta asegurarse que todo se desarrolla conservando el orden y la calma.

Todos verán partir a los que, parafraseando el título de un libro, siempre estarán en ninguna parte.

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Una teoría del centro (relato breve) I Jonatan Rodas

Los libros de autoayuda me provocan incomodidad. La última vez que tuve uno en mis manos con intención de leerlo fue en los años de mi juventud, cuando leía lo que me cayera en las manos menos por decisión que por falta de recursos (no es que ahora tenga como comprarme los libros que quiero, pero al menos tengo internet para descargar sus versiones en pdf).

No me gustan por una sencilla razón: porque reducen la vida a una serie de indicaciones fáciles.

Y, sin embargo, no pocas veces me he visto atrapado en argumentos sobre la vida que después juzgo fáciles. Como si el solo hecho de enunciarlos ya llevara consigo la carga de sentido suficiente para resolver el problema de mis interlocutores. Esto fue lo que sentí después de hablar con mi amiga Marcela, que estaba pasando por un mal momento. Más específicamente, a través de los escuetos mensajes del WhatsApp me contó que se sentía como si un tren le hubiera pasado encima y la sacó de su centro.

Yo tengo una teoría del centro. La tengo desde hace muchos años y aunque no puedo decir que me ha ayudado a vivir (cuando uno anda en la pura experiencia de la vida las teorías no siempre son lo más importante) si me ha ayudado a darle sentido a lo vivido. Dicho de otra manera, es una teoría que opera posteriormente: no para vivir sino para justificar lo vivido. Pero esta vez, cuando Marce me decía que había perdido su centro, mi teoría pegó brincos en mi memoria a través de un recuerdo. Así como aquellos niños que en una fiesta infantil saltan porque se saben la respuesta de los acertijos del payaso. El recuerdo que asaltó mi memoria, decía, sabía cómo no perder el centro. Involucraba a dos amigas en un 15 de septiembre, en la feria de independencia de Quetzaltenango.

Leocadio y yo estábamos terminando nuestro único litro de cerveza de la noche. Una noche sin mayor perspectiva ni futuro. Salíamos de la nada excepcional garnacheria de feria cuando Carmen y Ana aparecieron por una de las angostas avenidas que forman los puestos de feria. Venían ya trastabillando y sosteniéndose una con la otra. Para esas épocas ambas tenían una personalidad tan extrovertida que hubiera sido imprudente decir que venían borrachas. Pero venían.

Al vernos anunciaron con entusiasmo etílico su destino: los juegos mecánicos. Les ofrecimos volver a la garnacheria y tomarnos otro litro de cerveza. Pero la insistencia de sus planes daba a entender que se trataba de una tarea fraguada con una convicción tal que no daba para cambiarla. Aún más, insistían en que fuésemos cómplices de esos planes que, a juzgar por el estado en el que estaban, solo podían ser tachados como la más imprudente locura.

Leocadio nunca se caracterizó por la condescendencia. Y yo, me caracterizaba por la condescendencia en exceso. Así que minutos después, mansa y resignadamente, me encaminaba junto a ellas hacia el área donde estaban los juegos mecánicos. No recuerdo el nombre del juego elegido, pero sonaba a algo milenarista, galáctico o casi apocalíptico. Era un enorme artefacto de metal mal pintado que se antojaba una araña a la que le había caído un bote de pintura encima. Las patas, que remataban en los cubículos donde era sujetada la irreflexiva concurrencia en parejas, giraban alrededor de un cuerpo de metal maltrecho. ¡Pero también giraban sobre su propio eje! Y de arriba para abajo y viceversa. Valgan estas descripciones para decir que aquella cosa se movía como bestia. Como la bestia que era, diseñada para zangolotear la existencia.

Antes de poner un pie sobre la plataforma de metal que anticipaba la entrada a los cubículos, mi voluntad y mi entereza se pusieron de acuerdo. Aflojaron. Di un paso atrás dispuesto a perder con dignidad el costo del jueguito. Carmen me detuvo con razones que tampoco ahora recuerdo, pero seguramente habrán retado mi frágil masculinidad. Y, como tal, el reto tuvo efecto porque segundos después me vi soportando el tufo del aliento de uno de los operadores del juego mecánico que, sin chistar una sola palabra y con sonrisa socarrona, daba a entender que durante cinco minutos nuestras vidas estarían completamente en sus manos.

El aparato aún no se movía, pero Ana ya gritaba. Gritaba con una especie de vehemencia insana. Habrá notado mi angustia porque extendió el brazo tratando de alcanzarme y dijo: si te aferrás a un punto fijo te vas a marear.

Ahora que escribo esto me pregunto qué gran libro hubiera sido escrito si quien hubiera escuchado aquella frase mientras se aferraba a las inciertas correas del asiento hubiese sido Donna Haraway o Gilles Deleuze. Pero fui yo. Y lo único que he logrado hacer con aquel recuerdo es contarle esto a mi amiga Marce, que estaba perdiendo su centro.

Seguí mi relato.

La araña mecánica comenzaba a crujir y mi miedo aumentaba más. Ana seguía alzando hacía mí su mano moviendo los dedos con frenesí. Como si me estuviera lanzando polvos mágicos de la tranquilidad. Vi el momento en que un mechón de su pelo atravesó su rostro feliz. Olvidáte que el centro está ahí, dijo como sabiendo que en ese momento mi mirada se clavaba en algún punto de la tierra firme. Vi a Leocadio tomando su cerveza al pie del juego riéndose de mí, vi un puesto de algodones y uno de elotes, vi a una pareja enamorada. El centro va con vos, remató Ana justo a tiempo. Justo cuando Leocadio desaparecía de mi vista. Justo cuando los puestos de algodones y de elotes cambiaban su posición en el universo y cuando el color marrón del suelo era sustituido por el negro estrellado de las noches quetzaltecas.

Eso que dejé no es el centro. El centro va conmigo. El centro va con mi mirada. El centro es hacia donde veo. No hay un centro único, me repetí tantas veces como pude y tantas veces como nunca lo volví a hacer. No era una lección moral. No en ese momento, sino hasta que comencé a experimentar que la fórmula de mi amiga estaba dando resultado y las aceleradas imágenes de la realidad se me presentaban con una mezcla de terror y fascinación. (¿Será eso lo que sienten quienes hacen paracaidismo? ¿parapente? ¿o cualquier otra actividad que suponga el desafío a la gravedad? ¿y que hay de los que se suicidan tirándose de un puente? Tal vez este relato debiera titularse: “El hermoso paisaje que se contempla antes de estrellarse”).

Olvidé la lección de vida cuando puse pie en tierra y comencé a vomitar. Vomité al pie de la araña intergaláctica. Vomité detrás de la nueva garnacheria a la que entramos con Ana, Carmen y Leocadio para conmemorar aquella hazaña. Volvía vomitar en mi casa, hasta que el mundo comenzó a recobrar la estabilidad.

Que chida tu historia. Escribió Marce en el WhatsApp.

Quise sacar una lección de aquel recuerdo. Pensé en subrayar la idea de no aferrarse a un solo punto. Pero fui ahí cuando sentí que comenzaba a atravesar la delgada línea entre compartir la vida y dar recetas sobre como vivirla. Al final de cuentas, si había una lección en todo aquello aplicaba para mí, que me prometí nunca más subir un juego mecánico. Promesa que por supuesto no cumplí, solo por reafirmar lo que ya hace cientos de años dicen que dijo acerca de la tierra Galileo Galilei, frente al tribunal inquisidor: y sin embargo, se mueve.

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Diario del té I Jonatan Rodas I(relato breve)

El agua se ha puesto amarillenta. Un amarillo que le recuerda el color del cempasúchil. Esa casi venerada flor que inundaba los campos que contempló a través del cristal del auto aquella tarde de octubre mientras se dirigía junto a sus amigos a Cuernavaca. Quiso preguntar muchas cosas, pero era amante del silencio y también un poco autodidacta. Al llegar a su destino buscaría una biblioteca o, mejor aun, aduciendo necesidad de aire se apartaría del grupo para buscar un mercado, una venta de flores, un tendero o cualquier persona en la calle en la que anticipara encontrar respuestas sin pretensiones intelectuales, como las que seguramente sí encontraría entre sus amigos.

De la mano de aquel recuerdo levanta la tetera para ver el agua más de cerca. Ninguna observación precisa. Solo el deseo de contemplar la coloración que ha tomado el agua al contacto de la hierba que, cinco minutos atrás, introdujo en el cilindro que pende en medio de la caprichosa tetera de cristal. Le apasiona todo el conjunto. El agua. La realidad que se dibuja difusa a través del cristal. La bocanada de vapor que se desató cuando vertió el agua caliente, como si se tratara de su espíritu escapando del burbujeo hirviente (Pero no podía serlo. Porque el espíritu estaba ahí. Podía sentirlo). La hierba. La fina hierba que tomó en un par de tímidas pizcas entre sus dedos pulgar e índice y que luego soltó como si se tratara de un fragmento, un minúsculo fragmento de su vida. La tetera: transparente, casi levitante, trémulamente firme (¿No sería ella también una tetera?).

Y después de eso, la espera. Una espera que no se parece a otras esperas. Una espera sin prisas ni presiones. Espera nomás. Nada que esperar para que llegue. Nada que esperar para que se vaya. No cuenta el tiempo, cuando lo que cuenta es la quietud, la pulsación de la tierra en las plantas de los pies (¡en las plantas! Si pudiera elegir sería una planta, y luego té, y luego vapor, y luego ella).

El té ya está listo. Es todo lo que cuenta en aquel instante de plena entrega, de comunión propia.  

Levanta la tetera y aspira el vapor aromático que se suelta al chorrear el contenido dentro de la taza. Ha tenido la sensación de querer llorar de alegría. Ha sentido como el té le calienta adentro. Como todas las noches, al instaurarse el silencio en casa, en el ambiente.

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JOnatan Rodas I LAS PUERTAS I (relato breve)

De niño acompañaba a su madre a cada tarea que ella encontraba para ganarse la vida. Eso incluyó, alguna vez, la venta de vajillas y otros artículos de cocina de casa en casa. Su hermano prefería no acompañarlos (“prefería” es un bonito eufemismo para decir que se negaba).

Cada lunes llegaban a primeras horas de la mañana a una casa cercana a la avenida Elena, para unirse a la cuadrilla de vendedores ambulantes que inundaban el garaje de la casa. Ahí se dedicaban a contar y a envolver tazas, platos, vasos, azucareras. Elije las verdes y las cafés, son las que más se venden. Qué tal tu esposo ¿ya dejó de tomar? ¿y la niña? ¿ya se le quitó el silbidito del pecho? Llévate también este pichel, si te la compran al contado se los dejas.

Herminio le enseñó una técnica efectiva para dar en el blanco de una ruleta que pendía cerca del escritorio de la dueña del negocio. Un día acertó dos veces y ganó por eso diez centavos. Nunca supo que aquella ruleta en realidad no estaba ahí para probar la suerte de los vendedores. Su suerte, la verdadera suerte de aquellos estaba en las calles. Luego de acomodar los platos dentro de las cajas, las sellaban, las amarraban, se las calzaban. Bien acomodadas, cabían cuatro vajillas en los contornos de un cuerpo. Una a la espalda, dos en los hombros y otra en la cabeza. Pero tres eran suficientes. Más que suficientes para un mercado en el que vender dos a la semana ya podía considerarse motivo de buena fortuna.

Él volvía junto a su madre a los alrededores del barrio donde vivían. Su centro de operaciones. El epicentro de una estrategia destinada a la ruda tarea de la sobrevivencia. Ella cargaba las vajillas. A él le correspondía tocar las puertas. Decenas de puertas. Cientos de puertas. Puertas que nunca se abrían. Puertas ya abiertas pero que al traspasarlas se multiplicaban en otras mil puertas. Puertas destartaladas. Puertas nuevas y puertas blindadas.

Aquel oficio era de tocar puertas y asumir las consecuencias. Los perros ladraban. Las voces desde el fondo gritaban que no estaban interesadas. El silencio. Siempre el silencio que suele ser difícil de manejar porque nunca se entiende: ¿No hay nadie? ¿Están ahí pero no quieren que se sepa? ¿no saben cómo negarse? Siempre el silencio. Hasta qué, en una de tantas, abrían. La señora salía. Entablaba conversación. Admiraba las vajillas. ¿Cuál se ve más linda, la café o la verde? Y después de media hora preferían dejar la compra para otro día (preferían es un bonito eufemismo para decir que, desde el inicio, sabían que no iban a comprar nada porque lo único que querían era platicar con alguien afuera). Aquel oficio no duró mucho. Entre su escaza rentabilidad y los celos de su padre, no dio para tanto.

Una nueva oleada de recuerdos estaba por asomarse a su pensamiento cuando lo interrumpió una llamada de su madre. Una conversación rutinaria. Breve. Cómo va todo. Bien. Aquí, tocando puertas.

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La función de cine

Roberto acabó por darme un rudo empujón por burlarme de su apellido. Caminábamos bajo el picante sol de la mañana en dirección desconocida. Las maestras, bravuconas y ofuscadas por el calor, nos arriaban tratando de mantener la fila uniforme sobre la banqueta. La columna era grande y bulliciosa. Salir de esa manera de la escuela solamente podía significar que íbamos hacia algo que no tuviera que ver con clases. En el peor de los casos nos estarían llevando a la iglesia, cualquier otra cosa ya era ganancia.

Cruzamos por una calle polvorienta que colindaba con el aparatoso mercado de La Florida y nos detuvimos frente a la fachada de un edificio maltrecho. Las maestras comenzaron a pasar lista y a recolectar los cinco centavos que pidieron el día anterior. En las filas corría el rumor de que nos llevaban al cine. Roberto aún seguía viéndome con rencor y se cobraba el agravio apretándome con mayor ahínco en la sórdida batalla de empujones que el entusiasmo de la noticia había generado.

Va a ser la de ET – gritó uno especulando sobre la posible película -. El resto lo siguió coreando insistentemente y en ascenso: ¡ET, ET, ET!

Sentí el nerviosismo de toda primera vez en el estómago, al mismo tiempo que el rumor de que una niña de quinto de primaria, Rosa, dejaba que le tocaran el trasero durante la función por cinco centavos. Por eso, no supe diferenciar si la inquietud que invadió mi cuerpo se debía a la emoción de ir por primera vez a una sala de cine o de imaginar el contacto con el cuerpo de Rosa.

El interior de la sala hacia justicia con su exterior. Olía a humedad y abandono. Era una bóveda de paredes altas y destartaladas. No había butacas sino una superficie en declive que terminaba en un tablado donde aún, por misericordia de quién sabe qué deidad, permanecía en pie una gran pantalla blanca que resplandecía con sigilo en medio de aquel ambiente opaco. Los de cuarto grado quedamos en medio de la sala dónde, de haber existido butacas, habría sido un lugar privilegiado para la vista. Pero sentados en el piso, por más esfuerzo que hacíamos no lográbamos divisar en qué lugar habían quedado Rosa y sus supuestos seguidores.

La luz se fue apagando, mientras las maestras lanzaban los últimos alaridos para que nos calláramos. Yo sentí un estrujamiento en el corazón en medio de aquella oscuridad.

La sensación aumentó cuando un pequeño filo de luz salió disparado de una recámara a nuestras espaldas y fue a estallar en la pantalla blanca. Maravillosamente, en medio de un espacio atestado de estrellas y ráfagas de fuego, fueron apareciendo las letras azules que anunciaban los nombres de los actores: Christopher Reeve, Marlon Brando, Gene Hackman… ¡era Superman a quien conoceríamos ese día!   

Una fanfarria de trompetas anunciaba el inicio de una épica aventura que poco a poco se fue desplegando frente a aquel mar de cabezas piojosas y despeinadas. La conmoción fue mayor de lo que hubiera podido esperarse de quien se enfrenta por primera vez a una maravilla moderna. Muchos apenas y podíamos contener el aliento y conforme la trama se desarrollaba nos fuimos involucrando más y más en la travesía del héroe. Gritábamos eufóricos, señalábamos a los traidores, alentábamos a Superman a seguir adelante. Él levantaba carros, rescataba helicópteros en el aire, lanzaba rayos láser con sus ojos, sojuzgaba a los malos y luego se echaba a volar por los aires.

Todos quisimos ser como él en esos instantes.

A mí se me ocurrió que un día podría salvar al amor de mi vida, Yarita, de una nave extraterrestre.

Cuando cayó derrotado y débil por la kriptonita, sentí la agonía de todos los días. Afuera del cine eran tiempos difíciles para todos. Y los que allí estábamos crecíamos en un mundo de carencias, desigualdades y miedos. Quizás por eso un furor infantil invadió nuestras bocas cuando movido por una fuerza interior, Superman hizo girar el planeta en sentido contrario desafiando toda lógica de tiempo y espacio.

Una especie de redención nos atravesó el cuerpo cuando el mundo volvió a su estabilidad, gracias al sacrificio de nuestro héroe. Todo había parecido posible dentro de aquella sala. Yo había olvidado por completo los deseos de Rosa y ya con la luz de la sala encendida busqué a Yarita con la mirada. La película nos había cambiado la vida al menos por unos instantes.

Cuando salimos, el sol estalló en nuestros ojos. Las maestras volvieron a los gritos para ordenar las filas y Roberto recordó que me odiaba. Esta vez me veía como si estuviera lanzándome rayos láser.

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Saudade

El mismo día que te fuiste deshice tu cama. Al hacer volar las sábanas por el aire sentí como si hubieses estado aquí por años. Puse el café, como todas las mañanas. Menos agua. Tú ya no estabas.

Antes de que te levantarás solía buscar un videíto en el teléfono. Alguna música suave que me fuera introduciendo con quietud por la mañana. Algo que me quitara la modorra del reciente sueño, el temor de que el día se nublara o de que descubriera la cantidad de tareas que me esperaban. También imaginaba que así despertarías sin sobresaltos, sin el enfado de que los ruidos del día, mis ruidos, te hubieran quitado el sueño.

Cuando te fuiste despertaste muy temprano, aun sin la luz del alba. Jamás he comprendido por qué los viajes largos deben ser siempre al amparo de la madrugada. Por eso no me gustan esas horas. Porque algo en ellas se va, algo es abandonado y uno no tiene el ánimo de hacer ningún esfuerzo para detener la inminencia de las partidas. Solo queda la mirada perdida entre el sueño y la resignación. Hasta la voz resulta insuficiente. No sale como debiera según las circunstancias. Apenas atisba unos susurros que más tarde, cuando ya el sol calienta los techos de las casas, se convierte en el inservible reclamo del porqué-no-le-dije-esto-o-lo-otro.

Por eso, para no reclamarme nada, ese mismo día que te fuiste levanté las sábanas de tu cama, las eché en la lavadora, deshice las almohadas, intenté sacudir todo tu recuerdo para no llorar porque te habías ido. Sobre todo porque no me abandonaste, solo te fuiste según lo dictaba tu destino. Imposible echarte en cara nada más que someterme a tu ausencia en las mañanas, cuando me preparaba el café y veía como transitabas ridículamente de la cama al sofá restregándote los ojos.

Te he llorado esporádicamente durante el día, lo reconozco. Hasta que me llamaste esta tarde y preguntaste si todo estaba bien y yo dije, sí, todo de maravilla, como que no hubiera cambiado nada.

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oficio de poeta (II)

(Microrrelato)

Después vino el amor con la turbulencia, el deseo y el drama que solo se puede vivir en la adolescencia. Con el dolor del abandono antes si quiera de haber sido amado por la causante de todo. Su nombre era Piedad (extraño nombre para una adolescente). Lo supe cuando su madre se acercó a pedirle que ayudara a repartir el chocolate a los presentes, en las postrimerías del rezo de nueve días.

Mil padrenuestros y mil avemarías compusieron el coro de aquella trágica historia de amor que comenzó cuando la vi sentada siguiendo el ritmo de la maratón de palabras puerta-del-cielo-estrella-de-la-mañana-salud-de-los-enfermos-refugio-de-los-pecadores-consuelo-de-los-migrantes-consoladora-de-los-afligidos; sin que tuviera noticia de mi corazón afligido que solo rogaba que a mi fila llegara ella con su azafate, como si la mismísima virgen se hubiera dispuesto a manifestarse al más humilde de sus hijos pecadores.

Mi madre me machucó el pie. Tarde, demasiado tarde para evitar que respondiera el coro de la letanía como si toda la vida hubiera rezado

“Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera

que aunque no hubiera cielo, yo te amara,

y aunque no hubiera infierno, te temiera…”

… justo en el momento en que Piedad me preguntó si quería chocolate.

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Oficio de poeta (I)

(Microrrelato)

Decidí hacerme poeta el día que gané el concurso de lectura en la clase de segundo de primaria. El premio fue un libro de Pinocho y un lápiz con un borrador de figurita que no se grabó en mi memoria. Luego de eso vino la fama, las lecturas de poesía patriótica cada lunes de septiembre, las odas a los grandes hombres de la historia, recitales bajo el ardiente sol de la mañana hasta que la directora daba por concluido el acto cívico con un “todos vuelvan a sus clases” y nosotros, los poetas, bajábamos del escenario para incorporarnos a las pobladas filas de cabezas piojosas y sudadas, pensando que el próximo poema debía ser más largo. Esa era la vida del poeta: declamar las glorias de otros hombres que no éramos nosotros.

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Narrativa

Epitafio

Fotografía: Jonatan Rodas

¿Te acuerdas de aquella tarde que fuimos a pasear al cementerio? Yo iba tomado de tu mano, seguro que así nada en aquel aterrador lugar podría alcanzarme. Llevabas pantalones acampanados, un suéter celeste que se te ceñía al pecho y unas gafas oscuras desmesuradas detrás de las que se escondía tu mirada siempre furtiva. Al estilo de un dandi de época. Caminabas con soltura. Sonriendo. Como si estuvieras alardeando de tu vida frente a los muertos.

Yo te seguía convencido. Pero aún recuerdo el susto que me diste cuando después de desaparecer por la avenida principal, saltaste desde uno de los callejones de los mausoleos dando alaridos como de monstruo.

¡Casi muero del susto!

La agitación me duró toda la tarde y creo que por eso no dejé nunca de asociar los cementerios con tu presencia.

Hace un tiempo estuve en La Recoleta. ¿Te suena? Es el famoso cementerio de Buenos Aires, un punto turístico por la elegancia de sus tumbas. La verdad, sin chauvinismos, nada que no hayamos visto aquella tarde en que recorrimos el área privilegiada del Cementerio General de la ciudad. En uno como en otro, ángeles, vírgenes, cristos redentores en posturas que le daban a la muerte la impresión de ser un arte. Como si morir fuera un acto cuidadosamente ejecutado para colocar el cuerpo en la más sublime de sus formas: sin dolor, sin pretensiones, sin la gastada energía mundana que vuelve pesada su materialidad.

También como aquella tarde contigo, me entretuve fisgoneando el interior de los mausoleos, auscultando el rostro de los occisos que permanecían congelados en roídas fotografías en blanco y negro. “Aquí yace Dolores Domínguez Iturbide”. Los nombres de los muertos son ampulosos. De estos muertos. Porque aquella tarde también visitamos los largos callejones que formaban los nichos de los pobres. Allí donde los nombres se perdían entre el tumulto de flores y epitafios mal diseñados. Nada de muertos elegantes, ni tumbas gloriosas.

En medio de aquel hacinamiento de flores y muertos, tu expresión cambió. Ya no tenías aquel gesto contemplativo de quien ausculta con interés un objeto, sino la mirada de quien busca su lugar en el espacio. Fue así como entendí que aquella hilera de tumbas apiladas sería el lugar donde nos correspondería estar a su debido momento.

Y míranos ahora.

Mírate tú en este campo florido que más parece un jardín de princesas que un cementerio. Perdona que me ría. Es de nervios. Sé que estás a gusto acá. Pero en este lugar para mí si pareces definitivamente enterrado. Allá, donde intuimos nuestro destino, habría una pared que golpear con el recuerdo, un ambiente de ausencia que aún reclamara un abrazo no dado, una despedida.

¡Pero aquí! Aquí sentado en el pasto verde de este panteón aburguesado nadie acertaría a imaginar que uno está rindiéndose cuentas con la muerte.

¿Por qué me haces eso?

Ni siquiera pude ver tu rostro. Y está pulcra y estetizada placa no me deja reconocerte como eras. “Quien en vida fuera” dice la inscripción. Como si en realidad supiera quién en vida fuiste. Yo si supe quién fuiste en la vida, y ahora no logro reconocerte en la muerte.

Esa placa no dice nada, no me deja reconocerte ni evocar aquellos días en que caminábamos juntos a la salida de tu trabajo, o la última vez que conversamos largamente como padre e hijo en las orillas de aquel lago. No volví a ver tu rostro. Eso quizás sea bueno, porque la última imagen tuya que tengo grabada en mi memoria es justamente la del hombre que admiraba.

Dicen que la amargura te invadió el rostro los últimos días, que te volviste un viejo decrépito, prejuicioso y envidioso. Me cuesta pensarte así. O quizás, más aún. Me cuesta aceptarlo. Por eso me fui. Recuerdas. Porque decías que no necesitabas de nadie. Que tu destino fue abrirte camino en solitario por la vida. Que no necesitabas que te amaran, ni que te admiraran, ni que tu nombre tuviera un lugar especial en la historia. Pusilánime. Esa es la palabra. Pusilánime, fue como te vi cuando soltabas toda esa tirria.

Debí intuir que era miedo. Pero tú nunca quisiste aceptarlo. Siempre haciéndote el fuerte, el autosuficiente. Dejaste una estela de dudas a tu paso. Muchas de ellas son mías. Una de las más fuertes que tengo — y por eso he venido — es saber si mi rostro se parece cada vez más al tuyo.