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En el abismo

Arturo Santana | Anunciación a mitad del camino (Poesía)

La ciudad es un bosque
en silencio mortuorio,
el ruido monótono de cualquier tarde
bajo un cielo en cenizas.

Es la fría atmósfera
en el infierno de la vida,
donde marchan sin sentido
los esclavos, los demonios y los condenados.

(No vayas hacia la luz;
corre, piérdete en la selva oscura.)

Yo lo supe, desde antes
de abrir las puertas al dolor
que se asomó en la juventud.

Tú no lo sabes, no quieres saberlo;
él, ella, todos se van,
se consumen en la fuerza imparable
de legiones enteras.

(Quédate en esta colina, un poco más;
ya vendrá con sus alas de espinas.)

Así se ve la tortura,
se siente la desgracia en las venas.
¿No les pesa el corazón marchito?
La costumbre es fuerte y ciega;
la vida se ha vuelto el miedo de mis ojos.

¿Mas qué es la vida misma
si no se puede llorar con los sentidos?

(Ese es el secreto que nadie busca;
la verdad asesinada desde que el caos se volvió hombre.)

Recorre mi piel un aliento cálido,
una sombra desconocida.

El aire lleva consigo
luces de oro, polvo plateado.

(¿Sopla el viento en este lugar?)

Y en su marcha inagotable,
no perciben el cambio en la atmósfera;
la lluvia suave que crece a mis espaldas.

(¿Qué presencia se yergue aquí?)

Danza de plumas
inunda el valle,
la ciudad que parece bosque.
La selva oscura.

(¿Qué buscas en esta tierra perdida?)

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Arturo Santana | En la oscuridad (Narrativa)

Desde pequeño, disfrutaba ver las estrellas. Por alguna razón, lo hacían sentir tranquilo, como si fuesen ángeles de la guarda; sin mencionar los diferentes escenarios en su mente volátil, influida por la televisión y aquellas historias que encontraba en la biblioteca.

Pero ahí, en medio de la boca de Saturno, aquellos puntos blancos parecían un enjambre al acecho. Eran los ojos de las sombras que lo espiaban en la habitación.

Y como si retrocediera varios años, sintió miedo. Con la diferencia de que no había nadie que pudiera encender la luz. Lo brillante y visible allá arriba era titánico.

En lugar de calmar sus nervios, los ángeles (caídos) lo transformaban en una insignificante hormiga que esos dioses o cualquiera de sus súbditos, a lo mejor esos demonios que lo observaban, podían aplastar con un dedo.

Entonces comprobó que no estaba solo. Los gigantescos seres podían escuchar sus pensamientos.

Empezó a sentir la presión y el aire que dejaba de fluir en su casco. Segundos que resultaron una eternidad, la cual lo esperaba en el vacío.

Antes de dormir, miró la cara de los titanes y maldijo el momento en que llenó la solicitud.

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Arturo Santana | Prescripción contra el insomnio (Narrativa)

«Catorce, quince…».

Su brazo se movía con el mismo ímpetu de un adolescente. Aún tenía mucha energía y era preocupante. El doctor le dijo que la actividad física acabaría con las voces y el desvelo.

«¿El maldito mintió?».

Sugirió algunas vueltas al vecindario, lagartijas, abdominales o sentadillas. Lo importante era cansar su mente y su cuerpo. Obligarlos a reposar, asfixiarlos hasta que sus ojos quedaran en trance.

«Veintiuno, veintidós…».

A veces la curva en su rostro amenazaba con volverse una sonrisa; otras, tan solo corrían algunas lágrimas. Pensó que esa curva tímida era el preludio de un remate y que la humedad era sinónimo de asco.

La misma película de las últimas semanas con el mismo final. Las muecas le hacían hervir el pecho. La adrenalina recorría con más ímpetu.

«Maldito,

deja…

de…

reírte…

de…

¡mí!».

        .

        .

        .

        …

Se detuvo.

El sudor resbalaba por su frente. Tuvo la sensación de quedarse sin aire, pero no supo si era la fatiga. Aún se sentía vivo, a diferencia del tipo sobre el plástico. Era como si se hubiese quedado sin palabras. De hecho, ya no tenía rostro.

Se levantó, con cuidado de no pisar el charco del insomnio. Fue a la cocina. Dejó el cuchillo en el lavamanos y mojó sus dedos.

El líquido escarlata se perdía por el desagüe en una lenta despedida. Imaginó que eran el cansancio y las voces. Después de todo, quizá el médico tenía razón.

Quizá.

«Debería intentarlo de nuevo para estar seguro, ¿no?».

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Arturo Santana | Reflexiones de habitación (2 Poemas)

Honestidad

Desde que alguien murió en televisión
he tragado cobardía.

No soy un héroe, sino un hombre
que apenas halló sentido
a abrir los ojos y salir de la cama.

No quiero un abrazo frío
ni un beso que me arranque la piel.

El miedo a no despertar me consume;
el miedo a caminar dormido me devora;
y más aún el desvelarme con un arma en la mano,
y con el recuerdo de una bala en la cabeza.

Tengo miedo de ser
un simple saco de carne y hueso,
una carga o un guardia nocturno sin linterna.

Quizá el egoísmo también se disfraza
cuando el sol se esconde…

Frente a frente

Incluso en la penumbra,
el rostro de la muerte
brilla para que no dudes de ella.

La sangre te mira,
te busca sin descanso
aunque ya no puedas ver tu alma
ni el cielo azul teñido de rojo;

es su instinto, la naturaleza
que el hombre nunca entendió ni quiso;
ya es muy tarde para buscar significados
en cementerios ambulantes.

Nada más queda el golpe de la vida,
la lucha por escapar de un desierto que parece tan infinito
como la boca de los demonios,
más oscura de lo que uno imagina
en una habitación llena de susurros.

Levántate, no la veas a los ojos,
la duda y el miedo alguna vez entendieron de tristezas y alegrías,
¿puedes sentir el hambre y la ira frente a nosotros?

Solo un golpe en la boca de la esperanza:
que la supervivencia del más fuerte
siga llorando entre despojos humanos.

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Arturo Santana | Digestión (Poesía)

Anoche comí una lata de conservas que sabían a todo:
juegos infantiles,
un desayuno en la cama,
un incómodo silencio que va apagando
los gritos incesantes de un despojo que agoniza,
cúmulos de sal sobre el pavimento,
una mirada vacía que refleja mis lágrimas
y quién sabe
qué otra
memoria fragmentada.

Nadie me dijo que la vida tiene un sabor amargo
cuando está detrás de la puerta.

Acaso lo supiste mientras las nubes se volvían negras
y tu garganta se asfixiaba con la libertad
que alguna vez quisimos
descubrir detrás de las ventanas,
antes de que el hambre y la desesperación
nos consumieran las ganas de cerrar los ojos;

un día nos dimos cuenta de que solo
las pesadillas atraviesan las fronteras de concreto,
¿aún habrá sueños
bajo el charco de sangre que deja un cadáver?

Al alba también le desgarraron el cuello
y esos recuerdos que devoré como mendigo
se revuelven en mi estómago de acero,
son las memorias de todos los que buscaron una salida
más allá de casa,
de las balas,
de la peste que somos los humanos
y la que supuran los muertos.

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Arturo Santana | Polilla (Poesía)

Las voces van llegando desde el horizonte
y te dicen que los demonios te hablan entre dientes.

El callejón se cierne como la boca de un animal hambriento,
como el negro de una mirada
entre los destellos del horizonte,
con el clamor de un dulce huracán
que llegará a medianoche.

Y ves que avanzan, que la bulla del mundo no tiene sueño,
como esas gotas que bañan tus hombros caídos,
que te recuerdan lo frío de las palabras,
que se niegan a correr hacia
las montañas de los ayeres.

Se detiene la marcha bajo la sombra
de un alma llena de cafeína
y muchos estimulantes artificiales;
esas formas sin tiempo ni espacio,
sin luz, sin tinieblas, sin respuestas útiles.

(Los ojos rojos pasan volando…)

Aquello de lo que aún no huyes
te espera en la esquina de un motel abandonado,
uno donde las luces intermitentes de la entrada
son las de tu hogar marchito.

Caminas dejando atrás tus notas,
esperando que salga el sol;
pero ves la hora y te das cuenta
de que alguien olvidó darle cuerda a la vida.

Alguna vez un hombre de barba blanca
te habló acerca de estas noches
tan largas como un cáncer
que no te mata fácilmente.

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Arturo Santana | Peregrina (Poesía)

¿Qué haces esta noche perpetua?
¿A quién buscas que se esconde
en un rincón abandonado,
entre los escombros que se yerguen
cual monumentos de tu llegada?

Tal vez alguien miró al horizonte,
invocó la lluvia sobre el empedrado
de una calle tejida con diamantes de colores
y dejó encendida una vela
para que la vieras arder sobre un atalaya vacía.

¿Quién puede decirlo?
Ya no importa si quemé la madera rota
o si el reloj se quedó sin cuerda.
En todo caso aún avanzas sin premura,
después de tantos saludos y despedidas.

Y yo también intento moverme hacia alguna parte,
arrastrándome como una larva que no distingue
si el frío en su vientre es el almuerzo
o una senda que espera tus pasos firmes…

Te he visto en ese camino
que mis pies e intestinos siguen ya sin rumbo,
y en la nieve de tus ojos
encuentro cierto sentido a cada respiro exhausto:
puedo convertirme en una estela
o sembrar un árbol con los restos de un proyectil
que un cadáver viviente guarda en su inventario.

Y entonces, podría preguntar de nuevo
a quién deseas encontrar,
quién se escabulle en las altas horas de la noche
para escapar de tus brazos,
por qué peregrinas por una ciudad dormida
en un mundo de papel y acero.
¿Quién vale la pena
para la soledad y un beso en la mejilla?

A veces me recuerdas a quienes descansan
sobre la banqueta del mercado una mañana de domingo,
los mismos que dan vueltas
en una cárcel para llegar a una estación
que lleva tu nombre en un eco eterno e impronunciable.

Mientras sigues marchando hacia otro destino,
hay un faro escarlata que golpea mis sienes
y a los amantes olvidados del concreto;
es un recordatorio de alguien que en el fondo
te escribe y te llama para tomar el sitio de un fantasma.

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Arturo Santana | El sonido de la ciudad (Poesía)

Hay vacíos que no se llenan,
silencios que el sonido no rompe
y sonidos que el silencio no calla.

En este mundo ya nadie duerme,
el coro de sirenas invita al desvelo
con ese trémolo que compuso
el aguijón de la muerte.

Las calles susurran pesadillas,
hablan del pasado entre hilos que ríen,
que se confunden con gritos
y el hedor de una vida
que terminó una mañana en el noticiero

(fue culpa del hombre, dijo la naturaleza;
fue culpa del ser humano, dijo el hombre).

Cae el sol y siguen los rumores detrás de la ventana,
bajo la puerta por la que se arrastra la melancolía
y repta el miedo convertido en serpiente
(este no era el Edén y los árboles estaban llenos
de frutas plañideras que regaban el suelo con bilis).

No hay nada más que un silencio
que suena a hambre, miedo y muerte.

Con cada amanecer, la noche empieza sin estrellas,
sin luz que señale el camino hacia un nuevo día
o a un pueblo perdido en medio de la selva.

Las calles susurran más que ayer,
recuerdan que la salida está bloqueada,
que volverán a contar sus historias
que transcurren escondidas en lamentos,
frutos rojos y estatuas olvidadas.

Las calles susurran
con lenguaje de muerte.

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Arturo Santana | La trilogía del abismo (Poesía)

Mirando al abismo

La demencia no tiene fondo;
no hay perdón para un hombre
que es niño, anciano y joven.

Siempre es medianoche, pero a quién le importa.
El odio sabe a ira. Es ira.
¿Y quién soy yo?

Quizá el mismo de ayer, cuando éramos “nosotros”
(cómo crecían las flores en la arena);
entonces la fuerza tenía un nombre,
y yo pronunciaba el suyo para placer de los sentidos.

Su rostro era el espíritu de felicidad tardía.
Los días no tenían principio o fin.
Eran días y punto. Era amor el mío y punto.

El misterio sigue siendo un misterio,
incluso más que la muerte.

Los ojos de la ironía se parecen
a los ojos del escepticismo
(qué brillantes eran cuando
hablaban en lengua extranjera).

El reflejo del abismo anuncia un lejano “tú y yo”.
La disyunción era más extensa que las dunas,
más inmensa que la profundidad.

24 horas después…

No pude ver más que ficciones
de tiempos perdidos.

El peso de una imagen
tallada en el pasado y mi fragilidad
pudieron más que el esfuerzo,
el orgullo y eso que llaman voluntad.

Mientras caía,
me ahogué en un océano
en el que juré nunca navegar.

Desde las profundidades

Aquí abajo es diferente:
una noche larga y húmeda.

Cada sonido es un movimiento
de fantasmas en cacería.

Ya no me asustan.

Hace tiempo que soy
un cuerpo inerte en descenso
hacia la sima del infinito.

Supongo que no veré más
los celajes de cada atardecer
ni sentiré el suave perfume
en los alisios de altamar.

Estoy muy lejos
para escuchar las olas
o soñar con una botella
flotando a la deriva.

Aquel nombre se quedó
enterrado en la arena,
mirando hacia el mundo
de la superficie.

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Arturo Santana | Microrrelatos para el atardecer (narrativa)

Tarde de limpieza

Mientras limpiaba la habitación, encontré mi cuaderno de la universidad. En las últimas hojas, había versos ñoños, apuntes sin sentido y algunos dibujos que creé cuando divagaba en plena clase.

Reí. Lloré.

Arranqué la hoja donde estaban unos nombres e hice un avión. Subí a la terraza y lo arrojé hacia el horizonte.

Esa noche oí que causó un accidente.

Nadar antes de comer

Se sentía en la cima del mundo cuando salió del agua. Aquel verano estaba yendo de maravilla: vacaciones, campamento, chicas lindas y pura diversión. Nada podía arruinarlo.

Nada.

Ni siquiera los gritos de sus amigos o sus expresiones trémulas. Tampoco los diminutos seres que succionaban su piel adolescente.

Podía quitárselos sin dolor, ¿verdad? Claro, hasta que viera el segundo miembro que le crecía debajo de la calzoneta.

Aún es temprano

Tengo sueño, pero todavía no quiero dormir. A penas son las 9:00. Mis padres están entretenidos con la película. Sé que no querrán perdérsela. Y no pienso quedarme en mi habitación, solo, con la luz apagada.

Él está molesto. Hoy vino mi prima Heidy. Estuvo casi todo el día. Eso no le gusta. La vez anterior me dijo que ella no le agrada. De hecho, la odia. Dice que, al igual que yo, esa “mocosa” lo puede ver y escuchar. Sin embargo, no baja la mirada ni le tiemblan las piernas como a mí.

Es cierto. En la tarde, noté cómo clavó sus sentidos de seis años en el ropero. Sonrió. Y en esos pequeños círculos había algo inquietante. Eran piedras, sin vida. Impenetrables. Él mencionó que le incomodan. Me lo confesó con sus enormes ojos rojos mientras me agarraba de la mano con fuerza. Me dejó su marca. Le dije a mamá que me había caído en la escuela. Se lo creyó.

Cuando él se enoja, lastima. No me atrevo a enfrentarlo. Sus enormes dientes y sus garras me hacen llorar. Una vez dijo que podría sacarme las vísceras. O peor, a mis padres.

Quizá por eso me gusta cuando Heidy viene. Él no molesta. Casi se esconde. Diría que huye. ¿Le tendrá miedo? Puede ser. Y por eso no me gusta que mi prima se vaya. Entonces él regresa, me mira con rabia y me vuelvo a caer en el recreo…

— Ya es hora de dormir, Ben.

Desde acá, en la puerta entreabierta, puedo ver ese brillo en su rostro. Sonríe, como no pudo hacerlo horas atrás. Heidy, por favor, regresa. Aún es temprano para dormir.

Muerte sobre lienzo

Michael salió de la galería muy satisfecho. El rostro de la mujer, una mezcla entre admiración y asco, le pareció el mejor halago del mundo. Incluso más que sus palabras o que aceptara aquellos torsos desnudos y cercenados.

— Hasta puedo oler la sangre— dijo ella con una sonrisa forzada.

“Fue muy difícil que permanecieran quietos. ¿Quién diría que la sangre puede crear tonos espectaculares?”, pensó él, recordando que debía limpiar el sótano.

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Arturo santana | De fantasmas y epifanías (Poesía)

¿Quién ha de llamar, sombra mía,
en la neblina de una noche de otoño?
La tempestad de acero, un trueno de sangre
estalla en una colina invisible, allende.

Hay un eco, profundo como herida,
que va taladrando con caricias el sueño,
las sienes del olvido.
“Buenas noches”, susurran los drenajes.

¿Cuántos desvelos se asoman bajo la puerta?
La cama sigue ahí, hierática, sola,
cadáver asfixiado por una lenta agonía.

Los días, los viajes, los misterios,
dudas y ataraxia fingidas, son maquillaje, bálsamo,
asesino del sonido, de aromas pútridos
que se confunden con la hora pico.
“Hay luna llena”, anuncia el silencio.

¿Cuándo se secó la arena en sus pupilas?
La ventana clava su mirada en la oscuridad;
se asoma el velo de un tren en marcha,
vuela una hoja del árbol que crece en el patio.
Estación equivocada. Pensamientos equívocos.

Pasó el tiempo en una vuelta;
pero no hubo tiempo, no hubo vuelta.
No hubo viaje alguno por mar,
por tierra, por lugares remotos.

Solo hubo una larga noche del pasado.
Un llamado etéreo que no existió
sino en una tarde de lluvia.

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Amanecer

¿Qué hora es, amor mío?
Puedo escuchar las campanas
que anuncian un nuevo día,
el llamado para todos los que andan
cabizbajos o mirando el cielo
sobre esa senda que nombramos vida.

Sin embargo, mis ojos no se abren,
en estas paredes aún es de noche
como las fauces del demonio
que acaricia mi cuerpo débil,
los despojos, los huesos,
la carne que se resiste a los gusanos
aunque no al dolor del alma.

Porque más que los parásitos
y los químicos en la sangre,
me lastiman los vacíos en el pecho,
esas palabras que ahora se asfixian
en mis labios marchitos
mientras intento atraparlas
con mis manos trémulas
para ponerlas dulcemente en tus oídos.

Desearía que fuesen un poema de amor
u otra propuesta de matrimonio,
pero en medio de la noche
soy solo la triste memoria de un hombre
que el viento arrastra como cadáver,
soy el vómito que el silencio de la muerte
escupió tras devorar mis entrañas.

Perdona si yo mismo presiono mis heridas,
si hago supurar estas llagas y tus ojos tristes,
si a la mitad del capítulo arranco la hoja
con la rabia y el dolor del espíritu;
al final, soy un humano, lo que queda de él,
aunque no quiera, aunque sostengas mi brazo,
aunque a los dos nos duela el tiempo.

¿Recuerdas esa tarde de abril?
Te di un regalo que puse en tu pecho
para recordar que navegaríamos juntos
incluso en las aguas más peligrosas;
y en medio de esta tormenta,
de la oscuridad que me impide
ver el sol que toca la ventana,
te regalo este beso y estas oraciones,
las estrellas que no se extinguen
cuando ha llegado su hora,
la alfombra verde que recoge
el suave rocío de tu rostro.

¿Qué hora es, amor mío?
Tus dedos se resbalan en mi piel,
          tu voz se pierde en las sombras,
            tu aroma se apaga con mi aliento
                        en este frío amanecer…