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La ciudad interior: 20 poetas estadounidenses | Edición de Fernando Vérkell


<p class="has-drop-cap has-medium-font-size" value="<amp-fit-text layout="fixed-height" min-font-size="6" max-font-size="72" height="80"><em>America </em>no es un país, sino una enciclopedia de colonización y barbarie. Fue fundada sobre desiertos, bosques ya desaparecidos y cementerios originarios. Los colonos arrancaron de tajo la tradición ancestral y acabaron con los nativos y los bisontes, porque todo conquistador es por definición un asesino. Los <em>Founding Fathers</em> no eran altruistas patriotas: su necesidad de independencia y organización no brotó del corazón, sino del bolsillo, y con astucia crearon una identidad nacional glorificándola a fuerza de mitos instantáneos y hombres falsamente representativos.America no es un país, sino una enciclopedia de colonización y barbarie. Fue fundada sobre desiertos, bosques ya desaparecidos y cementerios originarios. Los colonos arrancaron de tajo la tradición ancestral y acabaron con los nativos y los bisontes, porque todo conquistador es por definición un asesino. Los Founding Fathers no eran altruistas patriotas: su necesidad de independencia y organización no brotó del corazón, sino del bolsillo, y con astucia crearon una identidad nacional glorificándola a fuerza de mitos instantáneos y hombres falsamente representativos.

Por fortuna también hay magia dentro del despilfarro: aunque los habitantes de las 13 colonias pronto se afincaron en una tierra que no era suya y la destruyeron, simultáneamente su humanidad brotó, y con ella el arte. La poesía estadounidense va desde el piadoso The Bay Psalm Book, datado en 1640, hasta el poeta desconocido que guarda sus versos en la nube. Miles de poetas y millones de versos entre ambas fronteras demuestran que la belleza brota igualmente desde la miseria de las máquinas y los imperios.

Como casi todas las poéticas modernas, la estadounidense oscila entre la excavación doliente del yo y el reconocimiento brumoso de la problemática social. Estos términos, aunque secuestrados por agendas y colectivos, han recorrido un sendero inmemorial y pertenecen a quien los limpia de nociones instantáneas.  En ocasiones, es cierto, el péndulo poético suele detenerse justo antes de cortar de tajo la delgada línea entre introspección y denuncia, pero el poeta verdadero es honesto y canta lo que ve y lo que quisiera ver; es un bardo de tres caras y cuatro dimensiones.

Esta selección no es un panfleto, no obstante, sino una muestra poética, una breve cartografía de un territorio inexplorado y tantas veces releído. No son poemas cronológicos ni están ordenados por temáticas. Simplemente son una muestra de mis predilecciones poéticas y de autores que he ido descubriendo en mis vagabundeos bibliográficos. Mi intención es que el lector busque la obra original de estos autores, la compre y los disfrute tanto como lo he hecho yo.

Al traducirlos, no he olvidado que vienen de una lengua noble: un lenguaje de espadas, mares y corsarios; por eso, para proveer al lector de una referencia en el idioma original, decidí que los títulos permanecieran en inglés.

Leer poetas estadounidenses es otra manera de honrar una lengua que arde hoy junto a sus bosques, sus tuits y sus catástrofes, pero que nutrió de verbos y adjetivos a poetas de la talla de Poe, Emerson, Longfellow, Dickinson, Frost, Eliot, Berryman, Merwin y tantos otros amigos antologados aquí.


Contenido
 
Anne Bradstreet | Contemplations [fragmento]
William Carlos Williams | Danse Russe
Bill Holm  | Advice
Vachel Lindsay | Rain
Thomas Wolfe | For, Brother, What are We?
Etheridge Knight | The Bones of My Father [fragmento]
Sharon Olds | The Guild
Stanley Kunitz | The Portrait
Edna St. Vincent Millay | Soneto XXX
Gwendolyn Brooks | La vida de mi hijo es simple
Langston Hughes | El Negro habla sobre los ríos
David Budbill |  What I Heard at the Discount Department Store
W. S. Merwin | Yesterday
Paréntesis: 3 epígrafes sobre poesía
Gerhart Haupmtann
Samuel Johnson
William Holdsworth
Charles Olson | These Days
Gary Snyder | Why Log Truck Drivers Rise Earlier Than Students of Zen
Charles Bukowski | The Secret
Jo Carson | I am Asking You to Come Back Home
Robert Frost | Fire and Ice
Katha Pollitt | Onions
Felix Pollak | The Dream
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El bosque de noche

Robert K. Ressler | El extraño caso del doctor Nomoto


A finales de noviembre de 1994, un equipo de la Nippon Television (NTV) se puso en contacto conmigo para solicitarme una entrevista acerca de un caso de asesinato que desde hacía un mes tenía en vilo a ciudadanos y fuerzas policiales en Japón. Deseaban que comentase el caso y aventurase el perfil del posible autor, o autores, del asesinato.

Acepté el cometido con agrado porque a lo largo de mi vida profesional he intentado siempre sondear en la psique del homicida. El interés se despertó en mí de niño y siguió fascinándome mientras cursaba estudios de criminología en la Universidad Estatal de Michigan, mientras trabajaba en la División de Investigación Criminal del Ejército de Estados Unidos y a lo largo de mi carrera profesional de veinte años en el FBI. Precisamente mientras ocupaba este último cargo entrevisté en la cárcel a más de un centenar de asesinos y llegué a ser uno de los primeros expertos del mundo en trazar perfiles psicológicos de criminales, lo que me permitió aplicar mis conocimientos a centenares de casos de asesinato no resueltos y en no pocas ocasiones ayudar a la policía local a identificar a un asesino y llevarlo ante la justicia. Como parte de mi intento de entender a los asesinos múltiples, a mediados de la década de 1970 acuñé el término «asesino en serie».

En Japón yo era una persona conocida por mis libros anteriores, en especial el autobiográfico El que lucha con monstruos, y por mis intervenciones en la televisión de aquel país. Llevaba ya varios años alejado del FBI y me ganaba la vida dando conferencias y ejerciendo de testigo experto en juicios penales y civiles, aunque de vez en cuando me requerían departamentos de policía, psicólogos criminales y agencias de noticias de todo el planeta para que colaborase en el esclarecimiento de casos que rehuían una explicación sencilla.

El siguiente relato de los hechos está basado en la información que se había hecho pública antes de que la Nippon TV despertara mi interés por el caso del médico arrepentido. No se había efectuado ninguna detención todavía.

El 3 de noviembre de 1994 el doctor Iwao Nomoto denuncia a la policía la desaparición de su esposa y de sus dos hijos. Nomoto es un médico eminente de treinta y un años, muy bien considerado en la ciudad de Tsukuba, a unos cincuenta kilómetros al norte de Tokio; su esposa, Eiko, trabaja en un centro de investigación médica; el matrimonio tiene dos hijos pequeños, un niño y una niña. El doctor Nomoto es el hijo menor de una familia acomodada y el segundo marido de Eiko, que había estado casada con el dueño de una tienda de pastas alimenticias. El matrimonio vive en una casa suntuosa en un barrio residencial privilegiado y los niños están matriculados en colegios caros. Sorprende que Nomoto, tan joven, sea jefe de medicina interna del Hospital de Howarei, cargo que entraña gran responsabilidad. En el centro todos le consideran «un hombre sereno y tranquilo», un trabajador infatigable que se gana el afecto de sus pacientes. Declara a la policía que no está especialmente preocupado, ya que su mujer va con frecuencia a visitar a sus padres, pero a unos amigos les confiesa que tal vez haya huido de casa con los niños.

Aquel mismo día, antes de la denuncia a la policía, aparece flotando en la bahía de Yokohama una bolsa de basura de plástico blanco. En su interior se encuentra el cadáver de una mujer adulta que lleva varios días muerta. El cuerpo está atado con tres cuerdas alrededor de abdomen, piernas y pecho, cada una de distinto color. La mujer está además envuelta en plásticos, y entre éstos hay unas halteras puestas para que el cuerpo se hundiera. Va vestida con ropas normales, tiene los pies limpios y descalzos. El cadáver ha subido a la superficie porque los gases emitidos por la carne en descomposición han contrarrestado la fuerza de las halteras y han llevado la bolsa a flote. El reconocimiento preliminar de la policía determina que la causa de la muerte ha sido el estrangulamiento. En ese momento no se establece la identidad de la mujer pero, cuando el doctor Nomoto notifica la desaparición de su familia, se relacionan los hechos.

El 7 de noviembre el doctor Nomoto llama al laboratorio donde trabajaba su esposa, se identifica, dice que ésta lleva una semana desaparecida y pregunta cuál fue el último día que acudió al trabajo. Ese mismo día aparece otra bolsa de plástico que contiene el cuerpo de una niña muerta que aparenta entre dos y cuatro años en el momento del fallecimiento. De nuevo el cadáver está envuelto en plásticos y atado con cuerdas de distintos colores alrededor de las mismas partes del cuerpo, con unas halteras para hundirlo. También esta vez se determina que la víctima ha muerto estrangulada.

El segundo cuerpo es identificado como Manami, la hija de dos años de Iwao y Eiko. La policía empieza a investigar al doctor Nomoto, pero nadie puede creer que un médico respetado, miembro de segunda generación de la elite, pueda estar relacionado con el asesinato de su esposa y su hija.

Cuatro días más tarde una tercera bolsa aparece flotando en las aguas de la bahía de Yokohama. Esta vez contiene el cuerpo de un niño de un año, Yusaku Nomoto, de nuevo envuelto en plásticos, atado con cuerdas de distintos colores y con unas halteras como lastre.

Los asesinatos horrorizan y desconciertan a la opinión pública porque parecen obra de una secta enloquecida. El índice de criminalidad en Japón es considerablemente más bajo que en otros países desarrollados y un crimen como el perpetrado contra esta familia es un hecho poco corriente y desconocido desde hace mucho tiempo. Se empieza a sospechar que los asesinatos pueden ser un acto de venganza por algún suceso del hampa, tal vez relacionado con el mundo de la droga, o que los Nomoto hayan sido ejecutados por error y que el blanco fuera otra familia.

La relativa excepcionalidad del crimen, además del tradicional respeto por la clase alta que existe en Japón, pueden ser las causas que justifiquen que la policía tratase con tanta delicadeza al doctor Nomoto durante este período y que no registrase su domicilio hasta el 18 de noviembre, seis días después del hallazgo del último cuerpo.

Unos días más tarde se presentó en mi casa la señora Yuko Yasunaga, acompañada de un equipo de la Nippon TV, con el ruego de que hiciese una evaluación del crimen y trazara el perfil del posible asesino (o asesinos) de la familia.

La señora Yasunaga sólo traía información del estado de los cuerpos de la familia Nomoto, de las cuerdas de colores y de cómo estaban atadas, amén de una cronología de los hechos que yo he utilizado para urdir la descripción que acaban de leer. Todo el material procedía de fuentes publicadas, artículos de periódicos u otras. Yo no contaba, pues, con informes policiales, autopsias detalladas, fotografías del lugar del crimen, inventarios del sitio en que se habían hallado los cadáveres ni de la casa de la familia Nomoto de donde procedían las víctimas, ninguna información esencial sin la cual no es recomendable intentar esbozar el perfil de un posible criminal.

Me dijeron que al doctor Nomoto lo había interrogado la policía, pero no estaba acusado de los asesinatos y las sospechas no se centraban en él. Según me dijo la señora Yasunaga, en todo el país se respiraba un sentimiento de perplejidad por los asesinatos y todos se preguntaban quién podía haberlos cometido y por qué.

Aunque receloso de la escasa información en que podía basar mis observaciones, me dispuse a analizar las pruebas.

Lo primero que me vino a la cabeza fue el lugar donde se habían recuperado los cadáveres y las condiciones en que fueron encontrados. Un investigador debe considerar estos detalles como si fueran, esencialmente, comunicados de la persona que ha cometido el asesinato. Sólo entonces puede empezar a entender lo que ha ocurrido y por qué.

—Sin profundizar en el tema —aventuré—, lo que veo es que el individuo tenía un enorme interés en sacar los cadáveres de la casa, separarlos del entorno familiar, del lugar del crimen. No quería que la policía los encontrase, de modo que los arrojó al agua e hizo que se hundieran. Los tres estaban en el mismo lugar. No le interesaba deshacerse de ellos en sitios distintos, sino hacerlo rápido.

El plan de desembarazarse de los cuerpos era importante porque decía algo sobre el estado mental del asesino. Que optara por deshacerse rápidamente de los cadáveres, de los tres al mismo tiempo, era muy significativo, y las demás pruebas revelaban también otras opciones.

—La manera de atarlos, con cuerdas de colores siguiendo el mismo orden en todos los cuerpos, me sugiere que es una persona muy metódica, un ser compulsivo. Una persona que tiene que hacer las cosas siempre del mismo modo. Este control sobre la manera de realizar un acto supone para él un bienestar psicológico. Luego, transporta las bolsas de plástico. Si hubiera atacado y abandonado los cuerpos en el mismo lugar, tal vez mutilados o malheridos, sería un indicio de que se trata de un tipo de personalidad desorganizada. Pero no es éste el caso. Demuestra que es muy organizado.

Los asesinos organizados son conscientes de sus actos. No son perturbados mentales, en el sentido en que el profano concibe la locura, sino que por lo general se les considera competentes mentalmente para conocer y comprender sus actos.

Los cuerpos estaban limpios y no tenían heridas ni magulladuras, excepto las marcas del estrangulamiento. Otro indicio del modus operandi del asesino. Probablemente los crímenes no se habían llevado a cabo simultáneamente, y las víctimas desconocían lo que había ocurrido con las demás, porque no se apreciaban señales de resistencia. Si hubiera dado muerte a una de ellas mientras las demás estaban presentes, se habría originado un forcejeo que habría producido destrozos, y sin embargo no había ni rastro de pelea. Esto me sugiere que ejercía algún control sobre las víctimas, que probablemente le conocían.

A los entrevistadores les intrigó la idea de que las víctimas conocieran a su asesino, de modo que seguí en esta dirección para profundizar en los motivos del crimen. No había ninguna razón que justificase el asesinato: la mujer no había sido violada, ni los niños mutilados. No habían robado ni desvalijado la casa. De todo esto se concluye que el móvil del crimen sólo lo conocía su autor; era un homicidio con una causa personal. No se trataba del crimen violento originado por un arrebato pasional, sino de un asesinato organizado muy metódicamente.

Señalé que el individuo en cuestión estaba muy asustado, ya que quería deshacerse de los cadáveres de inmediato, pero enterrarlos lleva tiempo. Debía cavar tres hoyos, si no quería sepultar los tres en el mismo, y tenían que ser profundos porque si quedaban a cuatro o cinco centímetros de la superficie un perro podía desenterrarlos. Aunque se tomó su tiempo para matarlos, atarlos y envolverlos, tenía prisa por deshacerse de ellos y no podía entretenerse enterrándolos bien.

Japón es un país muy poblado. Es imposible desviar el coche de la carretera y ponerse a cavar hoyos. Hay muchas posibilidades de que alguien te vea, especialmente en el área metropolitana de una ciudad importante. Sospeché que el asesino había actuado de noche; probablemente había cargado los cadáveres en un coche o una furgoneta a las dos o las tres de la madrugada y se había dirigido a un lugar que normalmente estaba desierto. Un buen emplazamiento era la orilla del mar, adonde podía llegar con su automóvil, arrojar los cuerpos y seguir su camino. Era una manera segura de eliminarlos con rapidez.

La señora Yasunaga se interesó por la circunstancia de que las ataduras estuvieran hechas con cuerdas de colores distintos (un color en la parte inferior, otro en la parte central y otro en la parte superior) y que la misma secuencia se repitiera en los tres cuerpos. La opinión pública estaba intrigada, pues lo consideraba la prueba de un comportamiento insólito.

—Que atase los cuerpos es un indicio —afirmé ante las cámaras—, pero según parece lo hizo cuando ya estaban muertos. La causa del fallecimiento fue el estrangulamiento. Entonces, ¿qué sentido tenía atarlos? ¿Todos de la misma manera? Se trata de un ritual, un ritual compulsivo, un ritual que nuevamente tiene un significado para el asesino. ¿Por qué metió los cuerpos dentro de una bolsa? No había ninguna necesidad. Podía haberlos arrojado al agua sin envolverlos. Esto me sugiere que podía haber una relación personal, que este individuo sentía afecto por sus víctimas y no quería imaginárselas en el agua, mojadas, mordisqueadas por los peces. Este intento de protegerlas, incluso una vez muertas, indica que el asesino conocía a sus víctimas.

Mi explicación tenía como objetivo una expresión que no llegó a salir de mi boca durante la entrevista, un término técnico: la «voluntad de deshacer». Para mí, las ataduras y las bolsas de plástico indicaban la presencia de cierto remordimiento por parte del asesino; incurrió en este ritual con el propósito de «deshacer» el crimen en un triste intento de restitución. William Heirens, el primer asesino que estudié, había vendado las heridas de las personas que había apuñalado una vez muertas. Otros asesinos han reaccionado de manera similar. Consideré que el autor de la muerte de la señora Nomoto y de sus hijos daba muestras de un remordimiento parecido.

Otro indicio era el hecho de que los cadáveres fueran hallados completamente vestidos. Si el asesino no quería que los identificaran, ¿no habría sido más lógico quitarles la ropa? De nuevo me pareció que esto nos daba una pista del estado mental del homicida.

—Quitarles la ropa y deshacerse de los cuerpos desnudos era degradante. Sería humillante cuando los encontrasen. Por esta razón les dejó la ropa. Esto indica cierta consideración (no tanta como para no matarlos), pero de nuevo esta consideración es […] el sentimiento psicológico de un afecto previo para con las víctimas.

Llegados a este punto, estábamos más cerca de identificar al asesino. Señalé que el motivo de los asesinatos probablemente estaba relacionado con la mujer y no con sus hijos.

—No es probable que esta persona quisiera matar a los niños. A lo mejor estaban jugando fuera, o haciendo cualquier otra cosa. No eran un estorbo para matar a su madre. El asesino podía haber matado a la mujer, llevársela y dejar a las criaturas solas para que las encontrasen y siguieran su vida, con su padre o con quien fuera. La preocupación por los niños es tal que el autor del crimen no quiere que vivan sin su madre, y le parece mejor enviarlos a todos al cielo o al otro mundo; que se vayan todos juntos antes que que los niños vivan sin su madre. Es un acto de consideración muy extraño, tal vez un insólito acto de amor; no del amor que nadie desearía, por supuesto, pero es innegable que al asesino le preocupa que estos niños tengan que crecer sin madre.

Repetí que estos razonamientos eran la base para concluir que las víctimas conocían muy bien al asesino.

—Las víctimas conocían al agresor. No hay señales de lucha, o muy pocas. Cuando un desconocido aterroriza a alguien, siempre se encuentran heridas: cortes en las manos, contusiones en la cara al tratar la víctima de esquivar al atacante. Lo más probable es que los niños y la mujer conocieran a su agresor, porque no estaban asustados. Esto le habría permitido acercarse sin darles miedo, probablemente aparecer por detrás con la cuerda, en cuyo caso la muerte habría sido instantánea. Tampoco en los niños hay indicios de miedo ni de resistencia, lo cual demuestra que el agresor era una persona conocida.

A continuación la señora Yasunaga me pidió que trazara el perfil del posible asesino. Mi primera hipótesis era que se trataba de un ciudadano japonés, porque la presencia de un extranjero en el vecindario de la casa de los Nomoto habría sido advertida por los vecinos, y también porque, como ya había señalado, las víctimas conocían al atacante. También intuía que era de sexo masculino, porque la mayoría de los crímenes de estas características los cometen hombres y porque la fuerza y el peso requeridos para llevar a cabo los crímenes y deshacerse de los cadáveres eran superiores a los de la mayoría de las mujeres. Además, creía que el hombre había matado a las tres personas en solitario. Resumí así las características que había conjeturado.

—Se trata de un individuo que tiene una razón o un motivo para matar a estas personas, pero sólo él lo conoce. No se trata de una agresión sexual, ni tampoco de un robo. Tampoco nos enfrentamos a un loco o a un psicópata que cumple una misión divina o que actúa como consecuencia de una alucinación, porque en este caso se observaría un mayor desorden y los cadáveres se habrían encontrado en el lugar del crimen. Todo indica que se trata de una persona inteligente, organizada, muy compulsiva, que cometió el crimen con premeditación y planificación, pero que al mismo tiempo sentía miedo y quería deshacerse de las víctimas con la mayor prontitud posible. En cuanto a la edad […] entre los veinticinco y los cuarenta […]. Una persona que había estado antes en la casa y que era reconocida por las víctimas, que no le tenían miedo.

Insistí en que el crimen había sido planificado, no espontáneo.

—Se habría planeado durante días o semanas, pero no mucho más. No estamos investigando algo que surgió de improviso, sino de un plan […]. La casa no estaba destrozada, lo cual indica que tenía el plan en mente, posiblemente el reflejo de un problema mental. No es completamente psicótico, pero es posible que se venga abajo por la presión sufrida. Yo buscaría tensiones anteriores al crimen: problemas económicos, problemas conyugales, problemas en el trabajo; todos ellos están relacionados con el estrés y pueden llevar a que el juicio de una persona se debilite extraordinariamente.

Llegados a este punto de la entrevista, la señora Yasunaga me informó de que la policía estaba interrogando al doctor Nomoto. Ésta fue mi respuesta:

—Si la policía sospecha del marido en este caso, creo que es una conclusión muy lógica. En casos similares de homicidios familiares, excepto si hay una razón de peso para no investigar al marido, por ejemplo que éste se encuentre en el momento del crimen a muchos kilómetros de distancia, el marido o el compañero que vive en la casa es el primer sujeto en el que hay que fijarse. Es esencial debido al evidente vínculo sentimental que existe entre marido y mujer, que a veces llega a ser tan pasional que el amor se convierte en odio. Teniendo en cuenta los indicios que he descrito hasta ahora (la aparente tranquilidad de las víctimas cuando les atacó el asesino), el marido es un sospechoso razonable.

Cuando la señora Yasunaga expresó su asombro por la posibilidad de que un miembro de la clase alta cometiese un crimen como aquél, le conté brevemente el caso del juez Robert Steele, de Cleveland, el argumento de mi libro Justice is served. Steele, un juez local muy respetado, había contratado los servicios de unos indeseables para que matasen a su esposa en el lecho conyugal, en su propia casa, y así él quedaría libre para casarse con otra mujer. A las fuerzas policiales nos costó más de ocho años condenar a Steele y sus cómplices por el asesinato. Para mí, el caso de Steele y otros similares que ocurren en Estados Unidos demostraban que incluso las personas que ocupaban cargos importantes y eran muy bien consideradas por la sociedad podían cometer crímenes atroces. Seguí con la entrevista para finalmente sacar una conclusión:

—El hecho de que una persona sea médico, abogado o juez, no tiene importancia. Las capas más altas de la sociedad también producen comportamientos homicidas, de modo que el marido es el primero que debe ser investigado. Si no es culpable, entonces tendremos que ir a buscar fuera de casa.

Mientras seguíamos comentando el caso, la noticia de que habían retenido al doctor para interrogarlo arrojó nueva luz sobre otras pruebas.

—No fue muy inteligente [meter los cadáveres dentro de bolsas], pero creo que hay que considerarlo desde el punto de vista de la motivación. Si de verdad esta persona había sentido afecto por su familia en algún momento, el hecho de meterlos en bolsas aun sabiendo que emitirían gases (un médico tenía que saberlo perfectamente), tal vez fuera una tentativa para que los encontraran al poco tiempo [cuando los cuerpos subiesen hasta la superficie por efecto de los gases] y pudieran así recibir adecuada sepultura.

En resumen, había llegado a la conclusión de que el médico era el principal sospechoso del caso, aunque advertí a la señora Yasunaga de que existía la posibilidad de que el asesino fuera otro miembro varón de la familia, tal vez un hermano, un tío o cualquier otro pariente o amigo de la familia.

Nos estrechamos la mano y el equipo prosiguió su camino. No dediqué más tiempo a repasar mentalmente la entrevista porque en el fondo no dejaba de ser una jornada laboral normal, con un tipo de razonamiento similar al de otros mil casos de mi vida profesional. Después de varias décadas de contemplar la mente criminal, puedo hacer mío el verso de José Martí: «Viví en el monstruo». Tal vez los crímenes de Nomoto fueran poco habituales en Japón, pero han ocurrido hechos similares en otras partes y, habiendo estudiado estos crímenes anteriores, no me costó reconocer elementos comunes en los asesinatos de Nomoto y señalar su trascendencia. Puesto que contaba con una información limitada, hice todo lo que estaba en mis manos con la esperanza de que la entrevista ayudase a la policía y a la opinión pública a comprender la dinámica psicológica que según mi opinión sustentaba aquel crimen terrible.

Al día siguiente, casi la totalidad de la entrevista fue emitida por la Nippon TV en su programa informativo NTV Wide, de gran audiencia. El comentarista calificaba la entrevista de convincente, puesto que hasta entonces nadie había presentado razones lógicas de tanto peso como para sospechar que el doctor Nomoto podía ser el autor de los crímenes ni nadie había explicado los extraños elementos rituales que suponían las cuerdas de colores.

El día siguiente a la emisión de la entrevista, el doctor Nomoto confesó a la policía que había matado a su esposa y a sus hijos.

Mi opinión de lo ocurrido es que la emisión de la entrevista permitió a la policía enfrentarse al doctor Nomoto con mayor agresividad que en los interrogatorios previos. La sociedad japonesa es reacia a la actitud de enfrentamiento durante una conversación; por esta razón, la policía se había dirigido a él con rodeos para no acusarlo directamente, como probablemente habrían hecho los investigadores norteamericanos en la misma situación. Los razonamientos lógicos de la entrevista también ayudaron, en mi opinión, a que Nomoto pudiera explicar sus actos y circunstancias, que él mismo consideraba inexplicables o que eran tan íntimos que no creía a nadie capaz de comprenderlos.

No me atribuyo el mérito de haber resuelto el caso. Los casos siempre los aclara la primera línea de infantería —la policía local— y no los elaboradores de perfiles que avanzan educadas conjeturas, pero tuve la satisfacción de pensar que mi información había sido útil.

Al conocerse los hechos, se confirmó que los crímenes se habían ejecutado de una manera muy similar a la que yo había sugerido. La confesión de Nomoto contenía algunas declaraciones importantes: «No quería que mis hijos tuvieran una vida difícil. Lo pasé muy mal matándolos. Usé cuerdas, halteras y bolsas de plástico que tenía en casa. Respecto a la zona donde arrojé los cadáveres, fue fácil porque la conocía bien de mis tiempos de colegial. Debía unos cientos de miles al banco después de la compra de la casa. Hundí los cuerpos en el mar por la sencilla razón de que así es más difícil determinar la hora de la muerte».

Estas declaraciones confirmaban muchas de mis suposiciones. Tal vez la más importante e inesperada de mis predicciones era el motivo por el que había matado a los niños: para que no tuvieran que crecer sin madre. Nomoto confirmó esencialmente un razonamiento retorcido pero lógico. En el fondo de su mente sabía que sería acusado de asesinato (había dejado demasiadas pistas que le identificaban), con lo cual los niños se verían obligados a crecer sin padres y con el conocimiento de que su padre había matado a su madre. Esta idea le parecía insoportable y mató a los niños para ahorrarles tan terrible circunstancia. Más tarde, según se publicó, dijo que «los niños tendrían un futuro desolador, sin madre y con un padre que era un asesino».

El posterior análisis del lugar del crimen proporcionó otros datos que condujeron a nuevas confirmaciones. Los pies limpios y descalzos de las víctimas indicaban que habían sido asesinadas en casa y luego trasladadas a otro lugar. La casa de la familia Nomoto estaba situada a poca distancia de una autopista que llevaba, a través de otras carreteras principales de fácil acceso, al lugar donde fueron arrojados los cuerpos al mar. Se calcula que el trayecto desde la casa hasta el puerto, con un tráfico escaso, duró aproximadamente una hora.

Ahora estamos en disposición de reconstruir el crimen.

Mañana del 29 de octubre. La noche anterior, Nomoto y su mujer han pasado varias horas discutiendo de dinero y otros asuntos. El fastuoso ritmo de vida que llevan, las inversiones inmobiliarias de Iwao, la afición por el juego que comparten marido y mujer les han llevado al borde del desastre económico. No va a ser fácil pagar el colegio de los niños y, si no lo hacen, todo el barrio se enterará de su pérdida de posición. Por otro lado, Eiko ha descubierto que su marido ha tenido muchas amantes y que a una de ellas le ha prometido matrimonio, razón por la que quiere divorciarse. La noche anterior al asesinato, ella insiste en que piensa exigirle una suma tan importante de dinero que va a quedar arruinado. El médico ha estado toda la noche cavilando sobre la situación. Durante varias semanas, a medida que se acercaba este momento crítico, había pensado en la manera de deshacerse de su mujer, pero no había sido capaz de hacerlo. Ahora no parece haber otra alternativa. Alrededor de las tres de la madrugada, se acerca a ella y la estrangula.

Ya no hay vuelta atrás, pero aún se esfuerza por determinar cómo seguirá adelante. Finalmente decide que los niños no deben sobrevivir y, dos horas después de matar a su esposa (es decir, no de inmediato, como ocurriría en un arrebato pasional), le da unas chocolatinas a su hijo de un año y luego le estrangula. Transcurrida una hora, hace lo propio con su hija y a continuación llama al hospital para anunciar que llegará tarde. Después acude al trabajo y tras pasar el día con normalidad, según sus colegas, regresa a casa. Nadie ha notado la ausencia de la mujer y los niños. Los cuerpos inmóviles empiezan a descomponerse. En su insólita acción de «voluntad de deshacer», ata ritualmente los cuerpos para que el rigor mortis no los deforme. Tal vez se distrae pensando que la mujer y los niños muertos aparentan estar dormidos. No aplica toda su inteligencia a la tarea de envolver y deshacerse de los cuerpos, ya que olvida que objetos tales como las halteras pueden ser una pista que conduzca hasta su casa y que las fibras adheridas a los cadáveres revelarán dónde han muerto las víctimas.

Esa noche se siente incapaz de hacer nada más, y al día siguiente se toma el día de fiesta para ir al área de Shinjuku de Tokio, donde contrata los servicios de una prostituta. Este hecho demuestra que había una base sexual subyacente en los asesinatos. Regresa a casa alrededor de las diez de la noche.

Unas horas más tarde, a la una de la madrugada del 31 de octubre, se ve incapaz de seguir soportando la presencia de los cadáveres en su domicilio. Mete en el coche las bolsas de vinilo que contienen los cadáveres y enfila por varias carreteras hacia el lugar que había frecuentado en sus días de escuela, en una época mucho más feliz, sin la carga de esposa e hijos, hipotecas y matrículas de colegio, un divorcio amenazador y la ruina económica. Con un último esfuerzo, arroja al agua las bolsas con los cuerpos y las halteras y regresa solo a casa, quién sabe si abrumado por los remordimientos pero momentáneamente engañado por la idea de que ha puesto fin a sus problemas.

Doctor’s murder of wife, children stuns Japan


Tomado del libro Dentro del monstruo, por Robert K. Ressler.


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Edgar Allan Poe: La máscara de la Muerte Roja | Traducción de Julio Cortázar


La «Muerte Roja» había devastado el país durante largo tiempo. Jamás una peste había sido tan fatal y tan espantosa. La sangre era su encarnación y su sello: el rojo y el horror de la sangre. Comenzaba con agudos dolores, un vértigo repentino, y luego los poros sangraban y sobrevenía la muerte. Las manchas escarlata en el cuerpo y la cara de la víctima eran el bando de la peste, que la aislaba de toda ayuda y de toda simpatía. Y la invasión, progreso y fin de la enfermedad se cumplían en media hora.

Pero el príncipe Próspero era feliz, intrépido y sagaz. Cuando sus dominios quedaron semidespoblados llamó a su lado a mil robustos y desaprensivos amigos de entre los caballeros y damas de su corte, y se retiró con ellos al seguro encierro de una de sus abadías fortificadas. Era ésta de amplia y magnífica construcción y había sido creada por el excéntrico aunque majestuoso gusto del príncipe. Una sólida y altísima muralla la circundaba. Las puertas de la muralla eran de hierro. Una vez adentro, los cortesanos trajeron fraguas y pesados martillos y soldaron los cerrojos. Habían resuelto no dejar ninguna vía de ingreso o de salida a los súbitos impulsos de la desesperación o del frenesí. La abadía estaba ampliamente aprovisionada. Con precauciones semejantes, los cortesanos podían desafiar el contagio. Que el mundo exterior se las arreglara por su cuenta; entretanto, era una locura afligirse o meditar. El príncipe había reunido todo lo necesario para los placeres. Había bufones, improvisadores, bailarines y músicos; había hermosura y vino. Todo eso y la seguridad estaban del lado de adentro. Afuera estaba la Muerte Roja.

Al cumplirse el quinto o sexto mes de su reclusión, y cuando la peste hacía los más terribles estragos, el príncipe Próspero ofreció a sus mil amigos un baile de máscaras de la más insólita magnificencia.

Aquella mascarada era un cuadro voluptuoso, pero permitidme que antes os describa los salones donde se celebraba. Eran siete —una serie imperial de estancias—. En la mayoría de los palacios, la sucesión de salones forma una larga galería en línea recta, pues las dobles puertas se abren hasta adosarse a las paredes, permitiendo que la vista alcance la totalidad de la galería. Pero aquí se trataba de algo muy distinto, como cabía esperar del amor del príncipe por lo extraño. Las estancias se hallaban dispuestas con tal irregularidad que la visión no podía abarcar más de una a la vez. Cada veinte o treinta yardas había un brusco recodo, y en cada uno nacía un nuevo efecto. A derecha e izquierda en mitad de la pared, una alta y estrecha ventana gótica daba a un corredor cerrado que seguía el contorno de la serie de salones. Las ventanas tenían vitrales cuya coloración variaba con el tono dominante de la decoración del aposento. Si, por ejemplo, la cámara de la extremidad oriental tenía tapicerías azules, vívidamente azules eran sus ventanas. La segunda estancia ostentaba tapicerías y ornamentos purpúreos, y aquí los vitrales eran púrpura. La tercera era enteramente verde, y lo mismo los cristales. La cuarta había sido decorada e iluminada con tono naranja; la quinta, con blanco; la sexta, con violeta. El séptimo aposento aparecía completamente cubierto de colgaduras de terciopelo negro, que abarcaban el techo y las paredes, cayendo en pesados pliegues sobre una alfombra del mismo material y tonalidad. Pero en esta cámara el color de las ventanas no correspondía a la decoración. Los cristales eran escarlata, tenían un profundo color de sangre.

A pesar de la profusión de ornamentos de oro que aparecían aquí y allá o colgaban de los techos, en aquellas siete estancias no había lámparas ni candelabros. Las cámaras no estaban iluminadas con bujías o arañas. Pero en los corredores paralelos a la galería, y opuestos a cada ventana, se alzaban pesados trípodes que sostenían un ígneo brasero, cuyos rayos proyectábanse a través de los cristales teñidos e iluminaban brillantemente cada estancia. Producían en esa forma multitud de resplandores tan vivos como fantásticos. Pero en la cámara del poniente, la cámara negra, el fuego que, a través de los cristales de color de sangre, se derramaba sobre las sombrías colgaduras, producía un efecto terriblemente siniestro, y daba una coloración tan extraña a los rostros de quienes penetraban en ella, que pocos eran lo bastante audaces para poner allí los pies.

En este aposento, contra la pared del poniente, se apoyaba un gigantesco reloj de ébano. Su péndulo se balanceaba con un resonar sordo, pesado, monótono; y cuando el minutero había completado su circuito y la hora iba a sonar, de las entrañas de bronce del mecanismo nacía un tañido claro y resonante, lleno de música; mas su tono y su énfasis eran tales que, a cada hora, los músicos de la orquesta se veían obligados a interrumpir momentáneamente su ejecución para escuchar el sonido, y las parejas danzantes cesaban por fuerza sus evoluciones; durante un momento, en aquella alegre sociedad reinaba el desconcierto; y, mientras aún resonaban los tañidos del reloj, era posible observar que los más atolondrados palidecían y los de más edad y reflexión se pasaban la mano por la frente, como si se entregaran a una confusa meditación o a un ensueño. Pero apenas los ecos cesaban del todo, livianas risas nacían en la asamblea; los músicos se miraban entre sí, como sonriendo de su insensata nerviosidad, mientras se prometían en voz baja que el siguiente tañido del reloj no provocaría en ellos una emoción semejante. Mas, al cabo de sesenta minutos (que abarcan tres mil seiscientos segundos del Tiempo que huye), el reloj daba otra vez la hora, y otra vez nacían el desconcierto, el temblor y la meditación.

Pese a ello, la fiesta era alegre y magnífica. El príncipe tenía gustos singulares. Sus ojos se mostraban especialmente sensibles a los colores y sus efectos. Desdeñaba los caprichos de la mera moda. Sus planes eran audaces y ardientes, sus concepciones brillaban con bárbaro esplendor. Algunos podrían haber creído que estaba loco. Sus cortesanos sentían que no era así. Era necesario oírlo, verlo y tocarlo para tener la seguridad de que no lo estaba.

El príncipe se había ocupado personalmente de gran parte de la decoración de las siete salas destinadas a la gran fiesta, y su gusto había guiado la elección de los disfraces. Grotescos eran éstos, a no dudarlo. Reinaba en ellos el brillo, el esplendor, lo picante y lo fantasmagórico —mucho de eso que más tarde habría de encontrarse en Hernani—. Veíanse figuras de arabesco, con siluetas y atuendos incongruentes; veíanse fantasías delirantes, como las que aman los maniacos. Abundaba allí lo hermoso, lo extraño, lo licencioso, y no faltaba lo terrible y lo repelente. En verdad, en aquellas siete cámaras se movía, de un lado a otro, una multitud de sueños. Y aquellos sueños se contorsionaban en todas partes, cambiando de color al pasar por los aposentos, y haciendo que la extraña música de la orquesta pareciera el eco de sus pasos.

Mas otra vez tañe el reloj que se alza en el aposento de terciopelo. Por un momento todo queda inmóvil; todo es silencio, salvo la voz del reloj. Los sueños están helados, rígidos en sus posturas. Pero los ecos del tañido se pierden —apenas han durado un instante—, y una risa ligera, a medias sofocada, flota tras ellos en su fuga. Otra vez crece la música, viven los sueños, contorsionándose de aquí para allá con más alegría que nunca coloreándose al pasar ante las ventanas, por las cuales irrumpen los rayos de los trípodes. Mas en la cámara que da al oeste ninguna máscara se aventura, pues la noche avanza y una luz más roja se filtra por los cristales de color de sangre; aterradora es la tiniebla de las colgaduras negras; y, para aquel cuyo pie se pose en la sombría alfombra, brota del reloj de ébano un ahogado resonar mucho más solemne que los que alcanzan a oír las máscaras entregadas a la lejana alegría de las otras estancias.

Congregábase densa multitud en estas últimas, donde afiebradamente latía el corazón de la vida. Continuaba la fiesta en su torbellino hasta el momento en que comenzaron a oírse los tañidos del reloj anunciando la medianoche. Calló entonces la música, como ya he dicho, y las evoluciones de los que bailaban se interrumpieron; y como antes, se produjo en todo una cesación angustiosa. Mas esta vez el reloj debía tañer doce campanadas, y quizá por eso ocurrió que los pensamientos invadieron en mayor número las meditaciones de aquellos que reflexionaban entre la multitud entregada a la fiesta. Y quizá también por eso ocurrió que, antes de que los últimos ecos del carillón se hubieran hundido en el silencio, muchos de los concurrentes tuvieron tiempo para advertir la presencia de una figura enmascarada que hasta entonces no había llamado la atención de nadie. Y, habiendo corrido en un susurro la noticia de aquella nueva presencia, alzose al final un rumor que expresaba desaprobación, sorpresa y, finalmente, espanto, horror y repugnancia.

En una asamblea de fantasmas como la que acabo de describir es de imaginar que una aparición ordinaria no hubiera provocado semejante conmoción. El desenfreno de aquella mascarada no tenía límites, pero la figura en cuestión lo ultrapasaba e iba, incluso, más allá de lo que el liberal criterio del príncipe toleraba. En el corazón de los más temerarios hay cuerdas que no pueden tocarse sin emoción. Aun el más relajado de los seres, para quien la vida y la muerte son igualmente un juego, sabe que hay cosas con las cuales no se puede jugar. Los concurrentes parecían sentir en lo más hondo que el traje y la apariencia del desconocido no revelaban ni ingenio ni decoro. Su figura, alta y flaca, estaba envuelta de la cabeza a los pies en una mortaja. La máscara que ocultaba el rostro se parecía de tal manera al semblante de un cadáver ya rígido, que el escrutinio más detallado se habría visto en dificultades para descubrir el engaño. Cierto; aquella frenética concurrencia podía tolerar, si no aprobar, semejante disfraz. Pero el enmascarado se había atrevido a asumir las apariencias de la Muerte Roja. Su mortaja estaba salpicada de sangre, y su amplia frente, así como el rostro, aparecían manchados por el horror escarlata.

Cuando los ojos del príncipe Próspero cayeron sobre la espectral imagen (que ahora, con un movimiento lento y solemne como para dar relieve a su papel, se paseaba entre los bailarines), convulsionose en el primer momento con un estremecimiento de terror o de disgusto; pero, al punto, su frente enrojeció de rabia.

—¿Quién se atreve —preguntó, con voz ronca, a los cortesanos que lo rodeaban—, quién se atreve a insultarnos con esta burla blasfematoria? ¡Apoderaos de él y desenmascaradlo, para que sepamos a quién vamos a ahorcar al alba en las almenas!

Al pronunciar estas palabras, el príncipe Próspero se hallaba en el aposento del este, el aposento azul. Sus acentos resonaron alta y claramente en las siete estancias, pues el príncipe era hombre osado y robusto, y la música acababa de cesar a una señal de su mano.

Con un grupo de pálidos cortesanos a su lado hallábase el príncipe en el aposento azul. Apenas hubo hablado, los presentes hicieron un movimiento en dirección al intruso, quien, en ese instante, se hallaba a su alcance y se acercaba al príncipe con paso sereno y deliberado. Mas la indecible aprensión que la insana apariencia del enmascarado había producido en los cortesanos impidió que nadie alzara la mano para detenerlo; y así, sin impedimentos, pasó éste a una yarda del príncipe, y, mientras la vasta concurrencia retrocedía en un solo impulso hasta pegarse a las paredes, siguió andando ininterrumpidamente, pero con el mismo solemne y mesurado paso que desde el principio lo había distinguido. Y de la cámara azul pasó a la púrpura, de la púrpura a la verde, de la verde a la anaranjada, desde ésta a la blanca y de allí a la violeta antes de que nadie se hubiera decidido a detenerlo. Mas entonces el príncipe Próspero, enloquecido por la rabia y la vergüenza de su momentánea cobardía, se lanzó a la carrera a través de los seis aposentos, sin que nadie lo siguiera por el mortal terror que a todos paralizaba. Puñal en mano, acercose impetuosamente hasta llegar a tres o cuatro pasos de la figura, que seguía alejándose, cuando ésta, al alcanzar el extremo del aposento de terciopelo, se volvió de golpe y enfrentó a su perseguidor. Oyose un agudo grito, mientras el puñal caía resplandeciente sobre la negra alfombra y el príncipe Próspero se desplomaba muerto.

Reuniendo el terrible coraje de la desesperación, numerosas máscaras se lanzaron al aposento negro; pero, al apoderarse del desconocido, cuya alta figura permanecía erecta e inmóvil a la sombra del reloj de ébano, retrocedieron con inexpresable horror al descubrir que el sudario y la máscara cadavérica que con tanta rudeza habían aferrado no contenían ninguna forma tangible.

Y entonces reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón en la noche. Y uno por uno cayeron los convidados en las salas de orgía manchadas de sangre, y cada uno murió en la desesperada actitud de su caída. Y la vida del reloj de ébano se apagó con la del último de aquellos alegres seres. Y las llamas de los trípodes expiraron. Y las tinieblas, y la corrupción, y la Muerte Roja lo dominaron todo.


Guille Cingolani ©

Guille Cingolani ©

Título original: Cuentos completos. Traducción: Julio Cortázar

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Truman Capote: Una luz en la ventana


Truman Streckfus Persons (Nueva Orleans, 30 de septiembre de 1924-Los Ángeles, 25 de agosto de 1984), más conocido como Truman Capote, fue un literato y periodista estadounidense, autor conocido principalmente por su novela Breakfast at Tiffany’s y su novela-documento In Cold Blood (1966). Este relato pertenece al libro Música para camaleones (1980).


Una vez me invitaron a una boda; la novia sugirió que hiciera el viaje desde Nueva York con una pareja de invitados, el señor y la señora Roberts, a quienes no conocía. Era un frío día de abril, y en el viaje a Connecticut, los Roberts, un matrimonio de cuarenta y pocos años, parecieron bastante agradables; no el tipo de gente con los que uno quisiera pasar un largo fin de semana, pero tampoco tremendos.

No obstante, en la recepción nupcial se consumió gran cantidad de licor, y debo decir que mis conductores ingirieron la tercera parte de ello. Fueron los últimos en dejar la fiesta —aproximadamente, a las once de la noche—, y yo me sentía muy reacio a acompañarlos; sabía que estaban borrachos, pero no me di cuenta de lo mucho que lo estaban. Habríamos recorrido unas veinte millas, con el coche dando muchos virajes mientras el señor y la señora Roberts se insultaban mutuamente en un lenguaje de lo más extraordinario (efectivamente, parecía una escena sacada de ¿Quién teme a Virginia Wolf?), cuando míster Roberts, de modo muy comprensible, torció equivocadamente y se perdió en un oscuro camino comarcal. Seguí pidiéndoles, y terminé rogándoles que pararan el coche y me dejaran bajar, pero estaban tan absortos en sus invectivas que me ignoraron. Por fin, el coche paró por voluntad propia (temporalmente), al darse una bofetada contra el costado de un árbol. Aproveché la oportunidad para bajarme de un salto por la puerta trasera y entrar corriendo en el bosque. En seguida partió el condenado vehículo, dejándome solo en la helada oscuridad. Estoy convencido de que mis anfitriones no descubrieron mi ausencia; Dios sabe que yo no les eché de menos a ellos.

Pero no era un placer quedarse ahí, perdido en una fría noche de viento. Empecé a andar, con la esperanza de llegar a una carretera. Caminé durante media hora sin avistar casa alguna. Entonces, nada más salir del camino, vi una casita de madera con un porche y una ventana alumbrada por una lámpara. De puntillas, entré en el porche y me asomé a la ventana; una mujer mayor, de suave cabellera blanca y cara redonda y agradable, estaba sentada ante una chimenea leyendo un libro. Había un gato acurrucado en su regazo, y otros dormitaban a sus pies.

Llamé a la puerta y, cuando la abrió, dije mientras me castañeteaban los dientes:

—Siento molestarla, pero he tenido una especie de accidente; me pregunto si podría utilizar su teléfono para llamar a un taxi.

—¡Oh, vaya! —exclamó ella, sonriendo—. Me temo que no tenga teléfono. Soy demasiado pobre. Pero pase, por favor. —Y al franquear yo la puerta y entrar en la acogedora habitación, añadió—: ¡Válgame Dios! Está usted helado, muchacho. ¿Quiere que haga café? ¿Una taza de té? Tengo un poco de whisky que dejó mi marido; murió hace seis años.

Dije que un poco de whisky me vendría muy bien.

Mientras ella iba a buscarlo, me calenté las manos en el fuego y eché un vistazo a la habitación. Era un sitio alegre, ocupado por seis o siete gatos de especies callejeras y de diversos colores. Miré el título del libro que la señora Kelly —pues así se llamaba, como me enteré más tarde— estaba leyendo: era Emma, de Jane Austen, una de mis escritoras favoritas.

Cuando la señora Kelly volvió con un vaso con hielo y una polvorienta media botella de bourbon, dijo:

—Siéntese, siéntese. No disfruto de compañía a menudo. Claro que estoy con mis gatos. En cualquier caso, ¿se quedará a dormir? Tengo un precioso cuartito de huéspedes que está esperando a uno desde hace muchísimo tiempo. Por la mañana podrá usted caminar hasta la carretera y conseguir que lo lleven al pueblo, y allí encontrará un garaje donde le arreglen el coche. Está a unas cinco millas.

Me pregunté, en voz alta, cómo es que podía vivir de manera tan aislada, sin medio de transporte y sin teléfono; me dijo que su buen amigo, el cartero, se ocupaba de todo lo que ella necesitaba comprar.

—Albert. ¡Es realmente tan encantador y tan fiel! Pero se jubila el año que viene. No sé lo que haré después. Aunque algo se presentará. Quizá un nuevo y amable cartero. Dígame, ¿qué clase de accidente ha tenido usted exactamente?

Cuando le expliqué la verdad del caso, me respondió, indignada:

—Hizo usted exactamente lo que debía. Yo no pondría el pie en un coche con un hombre que hubiera olido una copa de jerez. Así es como perdí a mi marido. Casados durante cuarenta años, cuarenta felices años, y lo perdí porque un conductor borracho lo atropello. Si no fuera por mis gatos…

Acarició a una gata de color anaranjado que ronroneaba en su regazo.

Hablamos ante el fuego hasta que se me cansaron los ojos. Hablamos de Jane Austen («Ah, Jane. Mi tragedia es que he leído sus libros tan a menudo que me los sé de memoria») y de otros autores admirados: Thoreau, Willa Cather, Dickens, Lewis Carroll, Agatha Christie, Raymond Chandler, Hawthorne, Chejov, Maupassant. Era una mujer de mente sana y variada; la inteligencia iluminaba sus ojos de color de avellana, igual que la lamparita brillaba encima de la mesa, a su lado. Hablamos de los crudos inviernos de Connecticut, de políticos, de lugares lejanos («Nunca he estado en el extranjero, pero si alguna vez tengo oportunidad, África sería el lugar a donde iría. A veces he soñado con ella, las verdes colinas, el calor, las hermosas jirafas, los elefantes andando por ahí»), de religión («Me educaron como católica, por supuesto, pero ahora, casi siento decirlo, tengo una mentalidad abierta. Demasiadas lecturas, quizá»), de horticultura («Cultivo y conservo todos mis verduras; por necesidad»). Finalmente:

—Disculpe mi cháchara. No puede figurarse el gran placer que me proporciona. Pero ya pasa de su hora de acostarse. Y noto que es la mía.

Me acompañó al piso de arriba y, tras estar cómodamente instalado en una cama de matrimonio bajo un dichoso peso de bonitas colchas confeccionadas con trozos de desecho, volvió y me dio las buenas noches, deseándome felices sueños. Me quedé despierto, pensando en todo aquello. Qué experiencia tan extraordinaria: ser una vieja que vive sola y apartada, que un desconocido llame a la puerta en plena noche y no sólo abrirla, sino darle una cálida bienvenida, nacerle entrar y ofrecerle albergue. Si nuestra situación hubiera estado invertida, dudo que yo hubiera tenido valor para hacerlo, por no hablar de la generosidad.

A la mañana siguiente me dio de desayunar en la cocina. Café, gachas de avena con azúcar y leche condensada, pero me encontraba hambriento y me supo a gloria. La cocina estaba más sucia que el resto de la casa; el fogón, un traqueteante frigorífico, todo parecía al borde de la extinción. Todo salvo un objeto amplio y en cierta forma moderno, un congelador encajado en un rincón de la habitación.

Ella estaba con su cháchara:

—Adoro los pájaros. Me siento muy culpable por no echarles migas durante el invierno. Pero no puedo tenerlos alrededor de la casa. Por los gatos. ¿Le gustan a usted los gatos?

—Sí, una vez tuve una gata siamesa llamada Toma. Vivió doce años y viajamos juntos a todas partes. Por todo el mundo. Y cuando murió, no tuve corazón para buscarme otro.

—Entonces, quizás entienda usted esto —dijo, llevándome hacia el congelador y abriéndolo. En el interior no había sino gatos: montones de gatos congelados, perfectamente conservados, docenas de gatos. Aquello me produjo una extraña impresión—. Todos mis viejos amigos. Que se han ido a descansar. Es que, sencillamente, no podía soportar el hecho de perderlos. Completamente. -Se rió y añadió—: Supongo que pensará que estoy un poco loca. Un poco loca. Sí, un poco loca, pensaba yo al andar bajo el cielo gris en dirección a la carretera que ella me había indicado. Pero radiante: una lámpara en una ventana.


Extraído de Música para camaleones (Anagrama). Puede comprar el libro aquí.

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Grace Paley | DOS HISTORIAS CORTAS Y TRISTES DE UNA VIDA LARGA Y FELIZ


1. PADRES DE SEGUNDA MANO

Había dos maridos, y a ninguno de los dos le gustaron los huevos.

A mí tampoco me gustan hechos así, les dije. Hacéoslos vosotros mismos. Los dos suspiraron al unísono. El uno tenía la cara lívida. El otro la tenía pálida.

¿Hay algo de beber?, preguntó Lívido.

Aquí no hay nunca bebida, dijo Pálido. No busques. Esta casa está siempre seca. Pálido empujó a un lado el plato de los huevos con una expresión de dolor y asco.

En serio, dijo Lívido, ¿hay algo de beber? ¿No habrá cerveza?, preguntó esperanzado.

No hay nada, dijo Pálido, que había estado buscando una camisa blanca por la despensa, los armarios y las neveras.

Maldita sea, qué razón tienes, le dije. Y me abroché el botón superior de mi guardapolvo azul. Luego me agaché debajo de la mesa de la cocina para coger una bolsa de papel marrón donde había un bordado que le pedía a Dios que Bendijera Esta Casa.

Quería terminarlo pronto para que protegiera a mis hijos, que también son hijos de Lívido. Aunque la verdad es que algunos meses atrás Lívido había enviado una carta a Pálido desde un lugar muy lejano —las llanuras británicas de África— en la que le hacía una hospitalaria invitación: Te aseguro, le decía, que son muy buenos chicos. Yo también los quiero, pero su madre es Faith y ahora Faith es tu esposa. Yo paso mucho tiempo lejos. Así que, amigo mío, si quieres considerar que son tuyos, me parece muy bien.

Hombre, gracias, le contestó Pálido por correo aéreo, abrumado ante tanta amabilidad. Luego les imploró a los niños que, cuando no estuviera siendo utilizada, se fueran a jugar a su habitación. Hizo grandes esfuerzos por mostrarse amable.

Y mientras hablábamos ahora del pasado y el presente, bordé la casita de campo que se refugia a la sombra de una nube y un arce noruego, justo debajo de las letras doradas.

¡Ja, ja, ja!, dijo Lívido, que se tiró el café en los pantalones del pijama, ¿a que no adivinas a quién me encontré, Faith?

¿A quién?, le pregunté.

Vi a Clifford, aquel novio que tuviste, en el Green Coq. Tiene buen aspecto. Hay que reconocer, añadió dirigiéndose a Pálido, que sabe cuidar a sus hombres.

Es cierto, dijo Pálido.

¿Cómo está Clifford?, pregunté fríamente. ¿A qué se dedica? Hace dos años que no le veo.

Ni te lo imaginas. Va a casarse. Con una chica preciosa. Ella también estaba. Unas tetas pequeñitas, un culito redondo, y una barriguita de bebé. Debe de tener veintidós años, pero parece que tenga diecisiete. Por la espalda le cuelga una larga trenza rubia. Preciosa. La nariz chata, el labio inferior grueso. Llevaba los ojos maquillados. Tenía los hombros bajos, como una bailarina… y el cuello delgado. Preciosa, sí, preciosa.

Parece que te fijaste mucho, dijo Pálido.

Mi retina funciona muy bien, dijo Lívido. Después continuó. Tienes que ir con cuidado, Faith. Te sorprendería ver la cantidad de pollitas que están rompiendo la cáscara. Las colegialas bronceadas han salido a la conquista. Confío que esta vez lo tuyo sea definitivo. Para mí, todo lo que queda atrás es como si hubiera ocurrido en otro mundo. Pero desde el punto de vista histórico tú sigues siendo un personaje importante de mi vida, dijo. Y por eso me siento justificado al hacerte esta advertencia. Me considero obligado a hacerlo. ¡Cuidado, corazoncito!, dijo al tiempo que se inclinaba para susurrar roncamente a mi oído, lo que me causó un terrible dolor de tripas.

¿De qué estás hablando?, preguntó muy inocentemente Pálido. En primer lugar, Faith ya ha encontrado a su hombre…, y, además, sigue siendo una mujer atractiva. Mírala.

Sí, francamente, dijo Lívido mirándome. Una mujer atractiva. A veces es magnífica.

Estuvimos callados durante unos segundos en honor de tan generoso comentario.

Luego Lívido dijo, Sí, magnífica, pero me consideraba obligado a advertirte, Faith.

Por fin empujó su plato de huevos a un lado y volvió al tema de Clifford. Es un misterio envuelto en un enigma… Me pregunto por qué quiere casarse.

No lo sé. El matrimonio ata a los hombres, le dije.

Sin embargo, dijo Pálido muy serio, ¿qué sería de mí sin el matrimonio? Se le iluminó la mirada y él mismo se contestó, Un perro feliz.

En aquel momento entraron los niños: Richard el cuatrero y Tonto el pistolero.

¡Papá!, gritaron los dos. Tocaron a Lívido, le hicieron cosquillas, le desabrocharon la chaqueta del pijama, silbaron de admiración al ver los cabellos grises que coloreaban su pecho, le pellizcaron la oreja y le acariciaron la barba a contrapelo.

Bien, bien, dijo Lívido para que se estuviesen quietos. ¿Qué tal estáis, chicos? ¿Os va todo bien? Estáis muy fuertes. ¿Cómo va el colegio?, preguntó. Lívido soñaba que acababan de llegar de Eton a pasar las vacaciones.

Yo no voy a colegio, dijo Tonto, yo voy al parque.

Me gustaría oírle leer, dijo Lívido.

Yo sé leer, papá, dijo Richard. Tengo un libro de cien páginas.

Bien, bien, tráelo, dijo Lívido.

Hice más café. Lavé las tazas y convencí a Pálido para que abriese un pringoso tarro de mermelada de ciruelas damascenas. A los pocos instantes Richard había leído todo lo que sabía leer y Lívido se me acercó mientras se hacía vigorosamente el nudo del cordón del pantalón. Faith, dijo en tono de reprimenda, este niño no sabe leer. Y tiene siete años.

Ocho, le dije.

Sí, dijo Pálido, que acababa de acordarse del armario de los detergentes y husmeaba por allí en busca de una botella de cerveza. Si fueran mis hijos de verdad, los enviaría a una de esas buenas escuelas parroquiales que hay por aquí. Ahí sí que enseñan a leer. A Saint Bartholomew, a Saint Bernard, a Saint Joseph, a cualquiera de ellas.

Lívido se puso cárdeno y tragó saliva. Tendrás que pasar sobre mi cadáver antes de hacerlo. Merde, dijo por deferencia a los niños. Es cierto que te dije que podías considerar que eran hijos tuyos, pero si un día me entero de que se han acercado aunque sólo sea a un metro de una iglesia, te partiré el alma, cabrón. Tenía catorce años cuando mi sentido común me permitió salir de esa cueva del engaño con la cabeza bien alta. Serás hijo de puta, me importa un rábano que ahora quede muy au courant o esté de moda eso de dejarse ver bajo las cúpulas los domingos… ¡Mierda! Hipocresía. Corrupción. Cavernícolas. Idiotas. Subnormales.

Al recordar su infancia y su hogar el pobre Lívido se retorcía en su silla. Pálido le escuchaba con la cabeza inclinada y las cejas arqueadas como cúpulas de dolor.

Mira, dijo lentamente, nosotros, los iconoclastas…, los librepensadores…, los masones rezagados…, los idealistas…, los soñadores…, no estamos, en realidad, muy lejos de nuestra vieja madre la Iglesia. Y ella siempre permanece cerca de nosotros.

Dondequiera que estemos, siempre podemos oír, aunque sea sólo débilmente, las campanadas que marcan las horas. Tanto en el campo como en las ciudades. Y siempre le recuerdan a nuestra civilizada mentalidad la pasión de María. Cada hora a la hora en punto nos sorprende el recuerdo de lo que alguien hizo hace siglos por nosotros. POR NOSOTROS.

Lívido murmuraba, dolorido, ¡Esos cabrones, oh, oh, oh, esos despreciables cabrones malditos de Dios! ¿Es que vamos a tener que repetir otra vez todo el siglo XIX? Pues de acuerdo, aulló al tiempo que pasaba la mirada por todos nosotros, estoy dispuesto. ¡Ya verá ese cardenal Newman!, dijo, y se volvió hacia mí en busca de aprobación.

Ya sabes, le dije, que este tema no me ha interesado nunca. Sólo te apasiona a ti.

Pálido habló entonces con suavidad, perdida la mirada en las profundidades de su alma. Pues yo, aunque perdí a Dios hace muchísimo tiempo, siempre he conservado la fe[1].

¿De qué demonios estás hablando, so necio?, rugió Lívido.

Nunca he perdido mi amor por la sabiduría de la Iglesia del Mundo. Cuando me acuesto por las noches, rezo sin darme cuenta. Y también lo hago al levantarme. Y no le rezo a Dios, sino al unificador recuerdo de la infancia. Las primeras palabras que yo escribí fueron: ¿Cuáles son los sacramentos? Faith, ¿podrás olvidar alguna vez a tu abuelo entonando el kaddish[2]? No, jamás podrás olvidarlo.

¿Qué dices? Me enfurecía que me obligasen a entrar en la discusión. ¿El kaddish? Y a mí qué me importa el kaddish. ¿Se ha muerto alguien? Ya sabes perfectamente bien cuáles son mis opiniones. Sólo creo en la diáspora. Para mí la diáspora es más que un hecho, es un bien. Desde un punto de vista técnico estoy en contra del Estado de Israel. Me decepciona que hayan decidido convertirse en un Estado precisamente durante mi vida. Creo en la diáspora. Al fin y al cabo, son el pueblo elegido. No te rías. Lo son, de verdad. Pero ahora que les han metido en un rincón del desierto han dejado de serlo. Ahora son como los demás, como los franchutes, los italianos, nacionalidades temporales. La única esperanza para los judíos consiste en que sigan siendo un vestigio en el sótano de la política mundial. No, no es eso exactamente, tienen que seguir siendo una astilla clavada en el dedo gordo del pie de las civilizaciones, una víctima que pese sobre su conciencia.

Mi estallido dejó aturdidos a Lívido y Pálido, pues casi nunca expreso mis opiniones sobre los asuntos serios. Me limito a vivir mi destino, que consiste en ser, hasta el día que me toque expirar, y sin dejar de reír ni por un momento, sierva del hombre.

Y continué. Tengo entendido que ya no tienen ni siquiera aspecto de judíos. Se han convertido en un montón de sucios campesinos que no tienen ni tiempo para leer.

Son nuestro pueblo, me acusó Pálido, dilatando las aletas de la nariz y apretando las mandíbulas. Y están siendo víctimas de durísimos ataques. No es momento para criticarlos.

Yo había vuelto a mi bordado. Solté un suspiro. Ahora mi aguja estaba clavada en unas nubes de color gris perla, nubes de última hora de la tarde. Lo único que trato de decir es que los judíos no deben preocuparse por la geografía, sino por la historia. No deberían ocupar un espacio, sino perpetuarse en el tiempo.

Me miraron con expresiones tan llenas de dolor, que decidí no olvidar los demás aspectos de la cuestión. Probablemente, dije, Cristo tuvo todos esos problemas porque sabía que conquistaría el mundo entero, pero se había olvidado de Jerusalén.

¿Y tú?, preguntó Pálido. ¿Te olvidaste tú de Jerusalén cuando te casaste con nosotros?

Nunca olvido nada, le dije. Por cierto, ¿a que no sabes una cosa? Inglaterra está en plena bancarrota. El país entero está empapelado con letras de cambio.

La mano de Lívido tembló mientras ofrecía fuego a Pálido. Tonterías, dijo. No es cierto. Tonterías. La isla de Gran Bretaña es el pequeño y contundente puño del brazo de la Commonwealth.

Lo que es verdad es verdad, le dije sonriente.

Bueno, parece que no se mueve nadie, dije. ¿Creéis que alguno de los dos será capaz de llegar a tiempo a su trabajo?

Pero, querida, si hace más de un año que no os veía ni a ti ni a los niños. Se está la mar de tranquilo aquí esta mañana, dijo Lívido.

¿Verdad?, dijo Pálido, el sorprendido anfitrión. Además, hoy es sábado.

¿Qué te parecen los niños?, le pregunté a Lívido, su progenitor.

Muy americanos, muy americanos, peleones e incontrolados. Pero tú estás muy bien, Faith. Un poco más redondita, pero muy femenina y muy bien.

Muy bien, dijo Pálido, satisfecho.

Pero ¿y los chicos, Faith? ¿No es hora de que empiecen a aprender algo? Me parece estúpido que se pasen el día poniendo en fila soldados de plástico, la verdad.

Son muy pequeños, dijo Pálido —el padre de segunda mano— tratando de justificarse.

Mejor será que os vayáis los dos a vuestros asuntos, sugerí mientras hacía un nudo en el hilo gris perla atardecer. Por favor, antes de iros dejad los platos en el fregadero. Y siento lo de los huevos.

Lívido bostezó, se estiró, miró el reloj y dio un suspiro. Aunque sea sábado, mi tiempo no me pertenece. Tengo una cita en el centro dentro de cuarenta y cinco minutos, dijo.

Yo también, dijo Pálido. Iremos en el mismo metro.

Voy a coger un taxi, dijo Lívido.

Te pago la mitad, dijo Pálido.

Se fueron al baño, donde compartieron las cosas de afeitar, el lavabo, la ducha y todo lo demás como un par de buenos amigos.

Hice las camas y cerré la cama plegable. Antes de la noche Lívido habría encontrado hotel. Lavé los platos y organicé la terrible jornada: dinosaurios por la mañana, parque por la tarde, mantequilla de cacahuete en medio, y al final de todo, y para compensar toda una semana de padecer platos de habichuelas, un noble asado de cordero con cebollitas, bolitas de masa de pan hervida y salsa de manzana rosa.

¡Faith, ya me voy!, gritó Lívido desde el vestíbulo. Hice a un lado mi lista de la compra y fui a buscar a los niños, que andaban de una habitación a otra buscando a Robín de los Bosques. Id a decirle adiós a vuestro padre, les susurré.

¿A cuál?, me preguntaron.

Al de verdad, les dije. Richard corrió hacia Lívido. Y se estrecharon la mano como dos hombres. Pálido le dio un abrazo a Tonto y recibió a cambio de esa muestra de cariño una docena de besos.

Adiós, Faith, dijo Lívido. Llámame si necesitas algo. Lo que sea, cariño. Y me dio un beso muy amable en la mejilla. Dominante, Pálido me dio, tras largos preparativos, un beso detrás de la oreja.

Adiós, les dije.

Tengo que admitir que al final salieron a la calle convertidos en un par de hombres limpios y pulcros, bastante atractivos, hombres brillantes de treinta y tantos años dispuestos a enfrentarse a las importantes ocupaciones que les aguardaban. Adiós, les dije, que tengáis un buen día. La oscura noche, la búsqueda del placer y del olvido, quedaba todavía muy lejos. Adiós, les dije, que os vaya bien. Adiós, dijeron ellos una vez más, y partieron orgullosos por caminos que no me conciernen.

2. COSAS DE NIÑOS

Condenado a quedarse en casa los sábados, Richard dibujaba esquemáticos hombres de palo tamaño cuartilla que extendían los brazos. Tonto andaba con un caballo de plástico en la mano y lo llamaba Tonto porque tenía los ojos pintados de azul, igual que los suyos. Yo revisaba el dobladillo del vestido del año pasado para estar al día, para estar chic y au courant, para que aquella primavera la gente se volviera al pasar y comentara:

—Miradla, está preciosa. ¿Quién debe de ser su modista?

Clifford estaba en la ducha frotándose el cuerpo y cantando una canción popular rusa. Elevó su voz hasta alcanzar el do de pecho y luego le oí flagelarse la espalda. Por fin, después de cuatro duchas calientes y tres frías, apareció humeante, fuerte y feliz en la sala. Tenía la cara redonda y sonrosada, y la cabeza notablemente desprovista de cabello. ¿Había algo que impidiera que la lluvia o el agua de la ducha corriera alocadamente por su rostro? Sí, sus gruesas cejas morenas. Debajo de las cejas estaban sus ojos redondos y negros, en los que había una permanente expresión de sorpresa. Clifford, gran amigo mío, era inofensivo. Jamás le habría hecho daño a una mosca, y era vegetariano.

Se alegró al vernos, como siempre. Llevaba envuelta en torno a su cuerpo húmedo una toalla de baño muy grande.

—¡He aquí al hombre! —gritó al tiempo que dejaba caer la toalla. Y se quedó un momento así, resplandeciente y satisfecho. Richard y Tonto se quedaron mirándole.

—¡Haz el favor de taparte, por Dios, Clifford! —le dije.

—No te preocupes, Faith —dijo para tranquilizarme—, el mundo está cambiando.

De hecho, a Clifford apenas le importaba el decoro. No sabía ni para qué servía. Luego se asomó desde detrás de la planta de plástico donde habían caído sus pantalones y sus calzoncillos. Salió con ellos puestos y nos dijo:

—A ver si os despertáis de una vez. ¿Qué hacéis ganduleando todos por ahí? —Se agachó a darle unos golpecitos a Richard en la tripa y le dijo—: Deberías ejercitar estos músculos, chico. Despierta.

—Quiero dibujar, Clifford —dijo Richard.

—Tienes tiempo para dibujar los demás días. Aprovecha que estoy aquí. Puedes dibujar mañana. Ven, Rich, pelea conmigo. Pelea. Venga…, a ver si me puedes. Y prepárate, Richy, que esta vez te voy a tumbar. ¡Allá voy!

—Allá voy yo —dijo Tonto, que tiró a un lado su caballo y descargó un golpe en los riñones de Clifford.

—¿Quién ha sido? —dijo Clifford—. ¿Quién ha sido el que me ha atacado por la espalda?

—Yo, yo —dijo Tonto dando brincos—. ¿Te ha dolido?

—Casi me matas, sí, señor, un buen golpe. Pero ahora voy por ti —dijo mientras giraba sobre sus talones—. Voy a hacerte cosquillas, prepárate.

Levantó a Tonto por encima de su cabeza y después le lanzó contra el blando sofá.

Richard se acercó de puntillas con el oso de peluche elevado por encima de la cabeza, y le atizó a Clifford tres golpes en la cabeza.

—¡Socorro, asesinos! —gritó Clifford—. Todos luchan contra mí. No puedo con ellos.

Richard le dio una patada en la barbilla.

—Ya está —dijo Clifford—. ¡Fuera de aquí! ¡Fuera, chicos! ¡Fuera, fuera!

Tonto le escupió en pleno ojo. Clifford se limpió la mejilla, fingió desmayarse y logró esquivar un nuevo golpe del oso que blandía Richard. Tonto se montó sobre su espalda y le cogió las orejas.

—¡Ay! —dijo Clifford.

Richard vio un tubo de pegamento en uno de los estantes de la librería, lo cogió y lanzó chorros de su viscoso contenido contra el peludo pecho de Clifford.

—Soy un salvaje —dijo Richard—. Soy un salvaje.

—Yo también —dijo Tonto—. Soy el niño más salvaje de todo el parque —añadió mientras tiraba con fuerza de las orejas de Clifford—. Arre. Soy el niño que monta el elefante.

—¡Es un camello perezoso! —chilló Richard—. ¡Venga, a trabajar, camello!

—Haz ver que soy un duende, Clifford —aulló Tonto—. Levántate.

—Soy una serpiente venenosa —chilló Richard, y se tiró al suelo y se enroscó en la pierna de Clifford—. Soy una serpiente venenosa —repitió mientras apoyaba el mentón en el empeine de Clifford—. Soy una terrible serpiente venenosa.

Luego levantó la cabeza como una víbora (¿y qué es, sino una víbora?) y, tras silbar, le dio al pobre Clifford un mordisco con sus incisivos recién estrenados en pleno talón izquierdo, el cual resulta ser su talón de Aquiles.

—¡Oh, no, no, no…! —gimió Clifford mientras se caía al suelo.

—¡Mamá, mamá, mamá! —gritó Richard casi llorando porque Clifford se había caído con todo su peso encima de él.

Tonto chillaba, derribado de su montura, entre un lío de patas de mesa y de silla.

Primero cogí a Tonto, y le abracé contra mi regazo.

—Mamá, me he hecho daño en la cabeza —sollozó—. Me gustaría estar dentro de ti.

Richard yacía tendido en el suelo como una serpiente aplastada; no lloraba, pero se había quedado sin respiración y estaba furioso.

¿Y Clifford? Había arrastrado su dolorida humanidad hasta un sillón y balbucía con su ensangrentada lengua, que se había mordido al caer:

—¡Esto es el colmo, Faith, el colmo!

Amoratados y llorosos, los niños decidieron hacer caso de mi sugerencia de que se fueran a la cama. Se olvidaron de decir que era demasiado temprano. Se olvidaron de exigir que les llevara sus osos. Se tendieron el uno al lado del otro, y se asieron mutuamente por el pulgar. Eran la imagen misma de ese amor que el mito, o la tradición, ha impuesto entre los hermanos.

Regresé a la sala, donde Clifford seguía sentado; un cono, semejante al sombrero de un astrólogo, apoyaba su ápice en el lugar donde la piel de su tendón había sido perforada. Justamente allí convergían las energías universales. El estacionario rol y el aire sin vida en el que giran los planetas tenían ahora el poder de curarle, de obrar, cada uno de acuerdo con su singular carácter, como una aspirina.

—Tenemos que hablar en serio —dijo—. No soporto a esos niños, la verdad. Quiero decir, Faith, que ya sabes que lo he intentado miles de veces. Pero no sé qué les has hecho. Has pervertido sus instintos, no sé. ¿Cómo puede ser que estuviéramos jugando la mar de divertidos, peleando y chillando, y que haya terminado todo tan mal? Siempre tiene que haber alguien que se haga daño. Me he hecho daño de verdad, Faith. Hubiéramos podido jugar tranquilamente y divertirnos sin hacernos daño, pero no hay modo.

—¿Quieres decir que si os habéis hecho daño es por culpa mía?

—Naturalmente que sí, Faith. Los has educado tan mal como has sabido.

—¿Sí? —le dije.

—Sí. Una educación horrible.

—¿Horrible? —le dije para darle una última oportunidad.

—¡Sí, Dios mío! ¡Peor que horrible! —dijo.

Por consiguiente, no estará de más incluir aquí una lista de explicaciones y quejas, de lo que ha sido mi vida hasta la fecha:

Es cierto que de lunes a viernes —a causa de mis éxitos en el trabajo— mi ego está que arde. Soy una estrella incandescente, y todos aquellos que quieran calentarse a mi vera son bienvenidos. Los hirientes insultos que, cual piedras de cortantes aristas, penetran en esa ardiente atmósfera se consumen igual que meteoritos antes de tocarme. Ilesa, difundo a mi manera mi brillo termodinámico.

Pero los sábados por la mañana me enfrento en casa a la ley sociológica de la llamada Intrusión de los Incontrovertibles. He tenido que educar a estos niños con una sola mano mientras con la otra le daba a las teclas de la máquina de escribir para ganarme la vida. Los he educado yo sola, sin la presencia de un padre con quien pudieran identificarse en el baño, como los demás niños que juegan con ellos en el parque. Reíos, si queréis. La inclemencia del Destino me forzó a firmar un contrato leonino con la vida bohemia, o lo que queda de ella. Y he cumplido todas las cláusulas a pesar de las tentadoras ofertas que en forma de pantalones de esquí, lecciones de piano o entradas para rodeos me han hecho insistentemente mis amables parientes. Durante todo ese tiempo he cuidado y alimentado a Richard y Tonto, les he enseñado a ir limpios y estar abiertos a las cosas que más interesan a los niños. De hecho, hemos progresado mucho y no necesitamos ir a escarbar en las cajas de ropa usada del Ejército de Salvación. He tenido la perversidad de hacerlo todo yo sola, menos el año en que su padre vivió en Chicago con Claudia Lowenstill y ella se horrorizó al enterarse de que sólo les mandaba una bicicleta el día en que cumplían cinco años. Consecuencia de ese descubrimiento fue que decidió pagarme un año entero el gas, la electricidad, el alquiler y el teléfono. Pero un buen día Claudia lo cogió in fraganti iluminado por la cegadora luz de la verdad: era un gran tipo, siempre dispuesto a mentir y a adular y a salirse por la tangente. Ahora él vive en la dorada costa de otro continente, donde está encantado por la supervivencia de civilizaciones clandestinas. Los dramas hogareños ya no le afectan.

De todos modos, di a Clifford otra oportunidad de retractarse y volver a ser amigo mío.

—¿Horrible? ¿Crees que les he dado una educación horrible? —le pregunté.

Esta vez no se molestó en contestar porque estaba muy ocupado recogiendo su ropa por los diversos rincones de la habitación.

Se me empezó a escapar el aire de los pulmones. El líquido de la pleura empezó a burbujear pugnando por colarse, y hubiera muerto allí mismo de pleuresía —nada más lejos de mi intención— de no ser porque mi mano agarró un cenicero de cristal y, sin esperar a que yo tomara una decisión firme, se lo arrojó.

Clifford estaba andando a gatas por el piso buscando los calcetines que habían caído bajo el sillón la noche del viernes. Estaba de espaldas a mí y su cabeza quedaba al final de la trayectoria del cenicero. Y hubiera fallecido como un estúpido idiota si no hubiera sido porque las lágrimas enturbiaron mi visión en el momento decisivo y al final sólo le arranqué un pedazo del lóbulo de la oreja, que, al fin y al cabo, no es más que un inútil vestigio de una fase superada de la evolución.

De todos modos, Clifford es una persona amable, un hombre con muy buena disposición. La visión de la sangre le dejó paralizado. Incorporó la mole de su cuerpo estremeciéndose, y se quedó de rodillas esperando que la Muerte, el Alguacil de la laguna Estigia, volviera a señalarle con el índice.

—No hay que decirle cosas así a una mujer —susurré—. ¡Maldito burro! No hay que decirle cosas así a una mujer. ¡Lávate, estúpido, o te vas a desangrar!

Le dejé solo para que se hiciera un torniquete o se cuidase como Dios le diera a entender.

Entré en el dormitorio de puntillas para ver a los niños. Seguían durmiendo. Los tapé, le di un beso a Tonto, mi pequeño, y dije:

—¡Ya eres un hombrecito, Richard!

Y también le besé. Después me senté en el suelo y noté con mi cara los pliegues de la manta de lana de Richard hasta que la respiración profunda y acompasada de mis hijos me calmó.

Al cabo de un par de horas, Richard y Tonto se despertaron y empezaron a pellizcarme y estornudar, primero con malhumor y luego muy contentos. Se quedaron admirados ante los milagros que había hecho yo con las tiritas para curarles las heridas. Richard tomó una sopa y Tonto jamón. No preguntaron por Clifford, porque éste tenía su llave y entraba y salía cuando quería.

Esa llave estaba ahora en la tierra de la maceta de mi planta del caucho enana. Me quedé en suspenso. De momento, no había nadie a quien me apeteciera dársela.

—¿Tenéis más hambre, chicos? —les pregunté.

—No, señor —dijo Tonto—. Estoy lleno hasta aquí —dijo mientras ponía la mano horizontal a la altura de los ojos.

—Ya sé lo que podéis hacer —les dije. Había tenido súbitamente una gran idea—. Podéis bajar a jugar a la calle.

—Sin empujar, señorita —me dijo Richard.

Me asomé a la ventana. Cuatro pisos más abajo estaba Lester Stukopf, armado hasta los dientes, esperando la llegada del enemigo. Y, como quien no quiere la cosa, le di a Richard esa información secreta.

—¿Está solo? —preguntó Richard.

—Sí —le dije.

—De acuerdo, de acuerdo —dijo Richard al tiempo que me dirigía una mirada triste—. Pero, recuérdalo, Faith, si bajo, es porque tengo ganas de bajar, y no porque tú me lo hayas dicho.

—Claro, claro —le dije.

—Yo me quedo —dijo Tonto.

—No seas bobo, Tonto, baja tú también. Hace un buen día. Coge esas pistolas nuevas que te envió papá. Anda, Tonto.

—No. Detesto a Richard y detesto a Lester. Y no me gustan nada esas pistolas. Son pistolas de niño pequeño. Se cree que soy un bebé. Podrías mandarle una foto, a ver si se entera.

—Pero Tonto…

—Se cree que me chupo el dedo. Se cree que me hago pipí en la cama. Por eso me envía esas pistolas.

—Pero qué va, cariño, si ya eres un chico muy mayor. Todo el mundo sabe que has crecido mucho.

—Es pequeño —dijo Richard—. Y todavía se chupa el dedo y se hace pipí en la cama.

—Richard —le dije—. Richard, si esto es todo lo que tienes que decir, prefiero que cierres tu maldita boca. No creas que ayudas mucho a Tonto recordándoselo continuamente.

—Adiós —dijo Richard negándose a discutir y consciente de su categoría de primogénito. A veces se porta bastante mal, pero nunca se muestra perezoso. Cuarenta y cinco segundos después, cuando ya estaba en el primer piso, subió corriendo las escaleras y me gritó desde la puerta—: ¡Mientras no se mee en mi cama, me da igual!

Tonto no le oyó. Estaba lavándose los dientes, que es una actividad a la que suele dedicarse varias veces al día con la esperanza de que así se le caigan antes. Creo que se le empiezan a aflojar.

Me serví un café en la sala. Me instalé lo más cómodamente posible en el sillón, llené la taza blanca en la que pone MAMÁ y tiré la ceniza del pitillo en un cenicero de cerámica que había hecho Richard. Luego me quedé mirando el rectángulo de luz de la ventana y me pregunté: ¿Por qué la mujer se arrodilla ante el hombre para adorarle?

Justo al poner el último signo de interrogación se acercó Tonto sin hacer ruido para decirme:

—Tengo que decirle una cosa a Richard, madre.

—No te asomes a esa ventana, Tonto. Por favor, ya sabes que me pone nerviosa.

—Tengo que decirle una cosa.

—No.

—Sí —dijo él—. Es importantísimo, Faith. Tengo que decírselo.

¿Cómo podía tolerarlo? Si se cayera, todo el mundo creería que era porque yo no le vigilaba porque estaba bebiendo cerveza en la cocina o poniéndome cremas en el tocador. Además, no quiero ni pensar lo triste que me quedaría. Mi abuela se pasó toda la vida llorando por una hija que se le murió de dolor de oído a los cinco años. El resto de sus hijos, que para entonces ya estaban retirados y vivían de pensiones federales o municipales, se acercaron a su lecho de muerte (mi abuela acababa de cumplir los noventa y un años) y todavía le oyeron decir:

—Anita, Anita, intenta respirar, mi pequeña.

Así que, con lágrimas en los ojos, le dije a Tonto:

—De acuerdo, yo te sostendré. Dile a Richard lo que tengas que decirle.

Tonto se lanzó al vacío y yo le agarré justo a tiempo por una rodilla.

—¡Richie! —chilló—. ¡Eh, Richie!

Richard levantó la mirada y buscó la voz.

—Eh, oye, Richie. Estoy jugando con tu fuerte y tus soldados nuevos.

Dicho esto, Tonto cerró la ventana de golpe, como si desconociera las propiedades del cristal, y corrió al baño para volver a lavarse los dientes triunfalmente.

Con la boca llena de pasta me dijo, como si hiciera gárgaras:

—Te juro que está loco —y luego, en tono más bajo, añadió—: Y se lo merece. Es un asqueroso.

—¡Tú también lo eres! —le grité enfurecida porque se había atrevido a levantar la voz contra su hermano mientras yo suspiraba recordando la hija que había perdido mi abuela—. ¡Asqueroso!

Luego fui a su cuarto y le dije:

—Escúchame bien. Quiero que salgas de casa. Vete a jugar a la calle. Necesito estar sola diez minutos. Anthony, si te quedas, podría asesinarte.

Me miró y me lanzó su aliento con olor a menta. Se quedó apoyado en un solo pie, levantó la vista hasta mis altos ojos y dijo:

—Bueno, mátame, Faith.

Me senté inmediatamente para que él creyera que yo era de su misma talla. Supuse que así dejaría de torearme.

—Por favor —le dije con toda mi dulzura—, ve a jugar con tu hermano. Tengo que pensar.

—No quiero. No tengo por qué ir adonde no me da la gana —dijo—. Quiero estar aquí, contigo.

—Por favor, Tonto, tengo que limpiar la casa. No podrás jugar ni hacer nada.

—No me importa —dijo—. Quiero estar contigo. Quiero estar a tu lado.

—Muy bien, Tonto. Muy bien. ¿Sabes qué? Vete a tu habitación un ratito, ¿eh?

—No —dijo mientras saltaba a mi regazo—. Quiero ser un bebé y estar todo el rato a tu lado.

—¡Oh, Tonto! —dije—. ¡Por favor, Tonto!

Traté de quitármelo de la falda, pero me pasó el brazo alrededor del cuello, se hizo un ovillo en mi regazo, se metió el pulgar en la boca y se dispuso a ser un bebé.

—¡Oh, Tonto! —exclamé. Ya desesperaba de poder quedarme sola ni un solo minuto—. ¿Por qué no puedes irte a jugar con Richard? Te divertirás mucho.

—No —me dijo—. No me importa que Richard se largue o que se largue Clifford. Que vayan a donde les dé la gana. Yo no me iré nunca. Me quedaré siempre contigo, a tu lado, Faith.

—¡Oh, Tonto! —le dije.

Tonto se sacó el dedo de la boca, abrió la mano del todo y la apoyó sobre mi pecho.

—Te quiero —me dijo.

—Y yo a ti —le dije—. Ya sé que me quieres, Anthony.

Y me puse a acunarle. Cerré los ojos y apoyé la cara en su cabeza morena. Pero el sol, siguiendo su curso, se asomó por entre las torres de los edificios de oficinas de la parte baja de la ciudad y, de repente, me iluminó con toda su fuerza. Y luego, a través de los gordos y cortos dedos de mi hijo, enterrado para siempre, como un rey tras las rejas en Alcatraz, mi corazón se iluminó a listas.

[Traducción de Enrique Hegewicz]


Grace Paley (Nueva York, 11 de diciembre de 1922 – Thetford, Vermont, 22 de agosto de 2007) fue una escritora profesora y activista política estadounidense. Paley fue conocida por su pacifismo y activismo político. Escribió sobre las complejidades de las vidas de hombres y mujeres abogando por lo que ella pensaba que era una mejora en la vida para cada género. En los años 1950 se unió a compañeros que protestaban por la proliferación nuclear y la militarización estadounidense. Trabajó en el American Friends Service Committee estableciendo grupos vecinales pacifistas a través de los cuales conoció a su segundo marido Robert Nichols. Fue distinguida con War Resisters League Peace Award, el Women’s Caucus for Art Lifetime Achievement Award (1980), el Premio Rea (1993) y el Premio PEN/Malamud (1994).

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Clarice Lispector | Lazos de familia


La mujer y la madre se acomodaron por fin en el taxi que las llevaría a la estación. La madre contaba y recontaba las dos maletas tratando de convencerse de que ambas estaban en el carro. La hija, con sus ojos oscuros, a los que un ligero estrabismo daba un continuo brillo de ironía y frialdad, la observaba.

—¿No me olvidé nada? —preguntaba por tercera vez la madre.

—No, no olvidaste nada —respondía divertida la hija, con paciencia.

Aún estaba bajo la impresión de la escena un tanto cómica entre su madre y su marido, a la hora de la despedida. Durante las dos semanas de la visita de la vieja, los dos apenas si se habían soportado; los buenos días y las buenas tardes sonaban a cada momento con una delicadez cautelosa que casi la hacía reír. Pero he aquí que a la hora de la despedida, antes de entrar al taxi, la madre se había transformado en suegra ejemplar y el marido se había convertido en un buen yerno. «Perdona alguna palabra mal dicha», había comentado la vieja señora, y Catarina, con cierta alegría, había visto a Antonio embarullado con las maletas, gagueando, procurando ser un buen yerno. «Si me río, pensarán que estoy loca», había pensado Catarina frunciendo el entrecejo. «Quien casa a un hijo pierde un hijo, quien casa a una hija gana un hijo», había agregado la madre, y Antonio aprovechó su gripa para toser. Catarina, de pie, observaba con malicia al marido, cuya seguridad se había desvanecido para dar campo a un hombre moreno y menudo, forzado a ser hijo de aquella mujercilla grisácea… Fue entonces cuando el deseo de reír se tornó más fuerte. Por suerte, nunca necesitaba reír realmente cuando sentía ganas de hacerlo: sus ojos adquirían una expresión astuta y contenida, se hacían más estrábicos, y la risa salía por los ojos. Le dolía un poco no ser capaz de reír. Pero nada podía hacer al respecto: desde pequeña había reído por los ojos, desde siempre había sido estrábica.

—Sigo diciendo que el niño está flaco —dijo la madre, luchando contra los bamboleos del carro. Y a pesar de que Antonio no estaba presente, ella usaba el mismo tono de desafío y acusación que empleaba delante de él. Tanto que una noche Antonio se había molestado: ¡no es mi culpa, Severina! Llamaba a la suegra Severina, pues antes del matrimonio planeaba portarse como un yerno moderno. Pero ya en la primera visita de la madre a la pareja, la palabra Severina se había tornado difícil en la boca del marido, y ahora, el hecho de llamarla por su nombre no había impedido que… Catarina los miraba y reía.

—El niño siempre fue flaco, mamá —le respondió.

El taxi avanzaba monótonamente.

—Flaco y nervioso —agregó la señora con decisión.

—Flaco y nervioso —asintió Catarina, paciente.

Era un niño nervioso, distraído. Durante la visita de la abuela se había vuelto aún más distante, había dormido mal, perturbado por los cariños excesivos y los besuqueos de la vieja. Antonio, quien nunca prestara mucha atención a la sensibilidad del niño, empezó a lanzar indirectas a la suegra, «a proteger al niño»…

—No me olvidé de nada… —recomenzaba la madre, cuando un frenón súbito las lanzó una contra la otra y desordenó las maletas—. ¡Ah! ¡Ah! —exclamó la madre, como si estuviera frente a un desastre irremediable, ¡ah!, balanceando sorprendida la cabeza, de repente envejecida y pobre. ¿Y Catarina?

Catarina miraba a la madre, y la madre miraba a la hija, ¿también a Catarina le sucedió un desastre? Sus ojos parpadearon sorprendidos, arreglaba deprisa las maletas, el bolso, procurando remediar lo más rápidamente posible la catástrofe. Porque, de hecho, había sucedido algo, sería inútil ocultarlo: Catarina había sido lanzada contra Severina, en una intimidad de cuerpos desde hacía mucho olvidada, venida del tiempo en que se tienen padre y madre. A pesar de que nunca se habían abrazado y besado realmente. Del padre, sí, Catarina siempre había sido más amiga. Cuando la madre les llenaba los platos obligándolos a comer en exceso, los dos se hacían un guiño de complicidad y la madre no lo notaba. Pero después del choque en el taxi y después de recomponerse, no tenían nada de qué hablar; ¿por qué no llegaban pronto a la estación?

—¿No me olvidé de nada? —preguntó la madre con voz resignada.

Catarina no quería mirarla más, ni responderle.

—¡Toma tus guantes! —le dijo, recogiéndolos del suelo.

—¡Ah!, ¡ah!, ¡mis guantes! —exclamaba perpleja la madre.

Sólo se espiaron realmente cuando las maletas fueron dispuestas en el tren, después de cambiados los besos: la cabeza de la madre apareció en la ventana.

Catarina vio entonces que su madre estaba envejecida y tenía los ojos brillantes.

El tren no partía y ambas esperaban sin tener que decirse. La madre sacó el espejo del bolso y se examinó con su sombrero nuevo, comprado en la misma sombrerería de la hija. Se miraba, componiendo un aire excesivamente severo donde no faltaba alguna admiración por sí misma. La hija observaba divertida. Nadie más puede amarte sino yo, pensó la mujer riendo por los ojos; y el peso de la responsabilidad llevó a su boca un gusto de sangre. Como si «madre e hija» fuera vida y repugnancia. No, no se podía decir que amaba a su madre. Su madre le dolía, era eso. La vieja había guardado el espejo en el bolso, y la miraba sonriendo. El rostro gastado y aún enérgico parecía esforzarse por dar a los otros alguna impresión de la cual el sombrero haría parte. La campanilla de la estación tocó de súbito, hubo un movimiento general de ansiedad, varias personas corrieron pensando que el tren ya partía: ¡mamá!, dijo la mujer. ¡Catarina!, dijo la vieja. Ambas se miraban asombradas, la maleta en la cabeza de un maletero interrumpió su visión y un joven que corría asió en su marcha el brazo de Catarina, removiendo el cuello de su vestido. Cuando pudieron verse de nuevo, Catarina estaba a punto de preguntarle si no se había olvidado de nada.

—¿No me olvidé de nada? —preguntó la madre.

También Catarina sentía que se habían olvidado de algo, y ambas se miraban atónitas; porque si realmente habían olvidado, ahora era demasiado tarde. Una mujer arrastraba a un niño, el niño lloraba, otra vez sonó la campanilla de la estación… Mamá, dijo la mujer. Qué cosa habían olvidado decirse la una a la otra, y ahora era demasiado tarde. Le parecía que un día deberían haber dicho así: soy tu madre, Catarina. Y ella debería haber respondido: y yo soy tu hija.

—¡No vayas a coger un frío! —gritó Catarina.

—Vamos, muchacha, acaso soy una niña —dijo la madre sin dejar no obstante de preocuparse de su propia apariencia. La mano sarmentosa, un poco trémula, arreglaba con delicadeza el ala del sombrero y Catarina sintió de súbito el deseo de preguntarle si había sido feliz con su padre:

—¡Recuerdos a la tía! —gritó.

—¡Sí, sí!

—Mamá —dijo Catarina, porque un largo pitazo se había oído y en medio del humo las ruedas ya se movían.

—¡Catarina! —dijo la vieja con la boca abierta y los ojos asombrados, y al primer remezón la hija le vio llevarse las manos al sombrero: se la había hundido hasta la nariz, dejando aparecer apenas la nueva dentadura. El tren ya se movía y Catarina agitaba los brazos. El rostro de la madre desapareció un instante y reapareció ya sin el sombrero, el moño del cabello deshecho, cayendo en mechas blancas sobre los hombros como las de una doncella; el rostro estaba inclinado sin sonreír, tal vez incluso sin divisar ya a la hija distante.

En medio del humo Catarina comenzó a caminar de regreso, fruncido el entrecejo, y en los ojos la malicia de los estrábicos. Sin la compañía de la madre, había recuperado el modo firme de caminar: sola era más fácil. Algunos hombres la miraban, ella era suave, un poco pesada de cuerpo. Caminaba serena, moderna en los trajes, los cabellos cortos pintados de un castaño rojizo. Y de tal modo se habían dispuesto las cosas que el amor doloroso le pareció la felicidad; todo estaba tan vivo y tierno alrededor, la calle sucia, los viejos tranvías, cáscaras de naranja, la fuerza fluía y refluía en su corazón con pesada riqueza. Estaba muy bonita en ese momento, tan elegante; integrada a su época y a la ciudad donde había nacido como si la hubiera escogido. En los ojos estrábicos cualquier persona adivinaría el gusto que esa mujer tenía por las cosas del mundo. Espiaba a las personas con insistencia, procurando fijar en aquellas figuras mutables su placer aún húmedo de lágrimas por la madre. Se desvió de los carros, logró acercarse al autobús burlando la fila, espiando con ironía; nada impediría que esa pequeña mujer que caminaba moviendo las caderas subiera otro escalón misterioso en sus días.

El ascensor zumbaba en el calor de la playa. Abrió la puerta del apartamento mientras se liberaba de la gorra con la otra mano; parecía dispuesta a usufructuar de la anchura del mundo entero, camino abierto por su madre que le ardía en el pecho. Antonio apenas si levantó los ojos del libro. La tarde de sábado siempre había sido «suya», y, después de la partida de Severina, la recuperaba con placer, junto al pequeño gabinete.

—¿«Ella» se fue?

—Sí —respondió Catarina empujando la puerta del cuarto de su hijo. Ah, sí, allí estaba el niño, pensó con alivio súbito. Su hijo. Flaco y nervioso. Desde que se había puesto de pie caminaba con firmeza; pero casi a los cuatro años hablaba como si desconociera los verbos: constataba las cosas con frialdad, sin ligarlas entre ellas. Allí estaba, moviendo el mantel mojado, exacto y distante. La mujer sentía un calor bueno y le gustaría detener al niño para siempre en este momento; le zafó el mantel de las manos con gesto de censura: ¡este chico! Pero el niño miraba indiferente el aire, comunicándose consigo mismo. Estaba siempre distraído. Nadie había logrado aún llamarle realmente la atención. La madre sacudía el mantel en el aire e impedía con su forma la visión del cuarto: mamá, dijo el niño. Catarina se dio vuelta con rapidez. Era la primera vez que él decía «mamá» en ese tono y sin pedir nada. Había sido más que una constatación: ¡mamá! La mujer siguió sacudiendo el mantel con violencia y se preguntó a quién podría contar lo que había sucedido, pero no encontró a nadie que entendiera lo que ella no pudiese explicar. Alisó el mantel con vigor antes de colgarlo a secarse. Tal vez pudiese contar, si cambiara la forma. Contaría que el hijo había dicho: mamá, ¿quién es Dios? No, tal vez: mamá, el niño quiere a Dios. Tal vez. Sólo en símbolos la verdad cabría, sólo en símbolos podrían recibirla. Con los ojos sonriendo de su mentira necesaria, y sobre todo de su propia simpleza, huyendo de Severina, de súbito la mujer rió de hecho al niño, no sólo con los ojos: el cuerpo todo rió quebrado, quebrado y envuelto, y una aspereza apareciendo como una ronquera. Fea, dijo entonces el chico, examinándola.

—Vamos a pasear —respondió ruborizándose, y tomándolo de la mano.

Pasó por la sala, sin parar avisó al marido: ¡vamos a salir!, y abrió la puerta del apartamento.

Antonio apenas si tuvo tiempo de levantar los ojos del libro; y, con sorpresa, espió la sala ya vacía. ¡Catarina!, llamó, pero ya se oía el ruido del ascensor descendiendo. ¿A dónde fueron?, se preguntó inquieto, tosiendo y sonándose la nariz. Porque el sábado era suyo, pero quería que su mujer y su hijo estuvieran en casa mientras él disfrutaba de su sábado. ¡Catarina!, llamó molesto aunque supiera que ella no podía ya oírlo. Se levantó, fue hasta la ventana y un segundo después divisó a su mujer y a su hijo en la acera.

Los dos se habían detenido, la mujer decidiendo acaso el camino a tomar. Y de pronto poniéndose en marcha.

¿Por qué andaba ella con tanta firmeza, asegurando la mano del niño? Por la ventana vio a su mujer prendiendo con fuerza la mano del niño y caminando deprisa, mirando fijamente hacia adelante; e, incluso sin ver, el hombre adivinaba su boca endurecida. El niño, no se sabía por qué oscura comprensión, también miraba fijamente al frente, sorprendido e ingenuo. Vistas desde arriba, las dos figuras perdían la perspectiva familiar, parecían pegadas al suelo y más oscuras a la luz del mar. Los cabellos del niño volaban…

El marido se repitió la pregunta que, incluso bajo su inocencia de frase cotidiana, lo inquietó: ¿a dónde van? Veía preocupado que su mujer guiaba al niño y temía que en este momento en que ambos estaban fuera de su alcance ella transmitiera a su hijo… ¿pero qué? «Catarina —pensó—, ¡Catarina, este niño todavía es inocente!». En qué momento ocurrió que la madre, apretando a un niño, le daba esa prisión de amor que se abatiría para siempre sobre el futuro hombre. Más tarde su hijo, ya hombre, solo, estaría de pie frente a esta misma ventana, golpeando el vidrio con los dedos; preso. Obligado a responder a un muerto. Quién sabría jamás en qué momento la madre transfería al hijo la herencia. Y con qué sombrío placer. Ahora madre e hijo comprendiéndose dentro del misterio compartido. Además nadie sabría de qué negras raíces se alimenta la libertad de un hombre, «Catarina —pensó con cólera—, ¡el niño es inocente!». Sin embargo habían desaparecido por la playa. El misterio compartido.

«¿Pero, y yo, y yo?», preguntó asustado. Los dos se habían marchado solos. Y él se había quedado. «Con su sábado». Y su gripa. En el apartamento ordenado, donde «todo fluía bien». ¿Quién sabe si su mujer estaba huyendo con el hijo de la sala de luz bien regulada, de los muebles bien escogidos, de las cortinas y de los cuadros? Había sido eso lo que él le había dado. Apartamento de un ingeniero. Y sabía que si la mujer se aprovechaba la situación de un marido joven y lleno de futuro, la despreciaba también, con aquellos ojos mañosos, huyendo con su hijo nervioso y flaco. El hombre se inquietó. Porque no podría seguir dándole sino: más éxito. Y porque sabía que ella le ayudaría a conseguirlo y odiaría lo que consiguieran. Así era aquella calmada mujer de treinta y dos años que nunca hablaba desatinos, como si hubiera vivido siempre. Las relaciones entre ambos eran tan tranquilas. A veces él trataba de humillarla, entraba al cuarto mientras ella se cambiaba de ropa porque sabía que detestaba ser vista desnuda. ¿Por qué le hacía falta humillarla? No obstante, él sabía muy bien que ella sólo sería de un hombre mientras fuera orgullosa. Pero se había habituado a volverla femenina de este modo: la humillaba con ternura, y luego ella sonreía, ¿sin rencor? Tal vez de todo eso hubieran nacido sus relaciones pacíficas, y aquellas conversaciones en voz tranquila que hacían la atmósfera de hogar para el niño. ¿O éste se irritaba a veces? En ocasiones el chico se irritaba, golpeaba el suelo con los pies, gritaba bajo pesadillas. De dónde había nacido esa criaturilla vibrante, sino de lo que su mujer y él habían recortado de la vida diaria. Vivían tan tranquilos que, si se acercaba un momento de alegría, se miraban rápidamente, casi irónicos, y los ojos de ambos decían: no vamos a gastarlo, no vamos ridículamente a usarlo. Como si hubieran vivido desde siempre.

Pero él la había contemplado desde la ventana, la había visto andar deprisa, llevando de la mano al hijo, y se había dicho: ella está tomando el momento de alegría, sola. Se había sentido frustrado porque desde hacía mucho no podría vivir sino con ella. Y ella lograba tomar sus momentos, sola. Por ejemplo, ¿qué había hecho su mujer entre el tren y el apartamento? No que sospechara de ella, pero se inquietaba.

La última luz de la tarde estaba pesada y se abatía con gravedad sobre los objetos. Las arenas estallaban secas. El día entero había estado bajo esa amenaza de irradiación. Que en ese momento, aunque sin reventar, se ensordecía cada vez más y zumbaba en el ascensor ininterrumpido del edificio. Cuando Catarina volviera, cenarían apartando las mariposas. El niño gritaría en su primer sueño, Catarina interrumpiría un momento la cena… ¡¿y el ascensor no se detendría ni siquiera por un instante?! No, el ascensor no se detendría ni un instante.

—Después de la cena iremos al cine —resolvió el hombre. Porque después del cine sería al fin de noche, y este día se quebraría con las olas en las rocas del Arpoador.


Publicado originalmente en Lazos de familia (1960).

Traducción de Elkin Obregón.


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Mariana Enriquez | Pablito clavó un clavito

La primera vez que se le apareció fue en la salida de las nueve y media de la noche, la que se hacía en ómnibus. Fue durante una pausa del relato, mientras recorrían el tramo que iba desde el restaurante que había sido de Emilia Basil, descuartizadora, hasta el edificio donde vivía Yiya Murano, envenenadora. De todos los tours por Buenos Aires que ofrecía la empresa para la que trabajaba, el de crímenes y criminales era el más exitoso. Se hacía cuatro veces por semana: dos en ómnibus y dos a pie, dos en inglés y dos en español. Pablo supo que, cuando la empresa lo designó como guía del tour de crímenes, le estaba dando un ascenso, aunque el sueldo fuera el mismo (sabía que, tarde o temprano, si lo hacía bien, la cifra también iba a ascender). El cambio lo había alegrado mucho: antes hacía el tour «Arquitectura Art Nouveau de Avenida de Mayo», que era muy interesante, pero aburría después de un tiempo.

Había estudiado los diez crímenes del tour en detalle para poder contarlos bien, con gracia y suspenso, y jamás había tenido miedo ni se había impresionado. Por eso, antes que terror, sintió sorpresa al verlo. Era él, sin duda, inconfundible. Los ojos grandes y húmedos, que parecían llenos de ternura pero en realidad eran un pozo oscuro de idiocia. El chaleco oscuro y la estatura baja, los hombros esmirriados y en las manos esa soga fina —el piolín, como lo llamaban entonces— con que le había demostrado a la policía, sin expresar emoción alguna, cómo había atado y asfixiado a sus víctimas. Y las orejas enormes, puntiagudas y simpáticas, de Cayetano Santos Godino, el Petiso Orejudo, el criminal más célebre del tour, quizá el más famoso de la crónica policial argentina. Un asesino de niños y de animales pequeños. Un asesino que no sabía leer ni sumar, que no distinguía los días de la semana y que guardaba una caja llena de pájaros muertos debajo de su cama.

Pero era imposible que estuviera ahí, donde Pablo lo estaba viendo. El Petiso Orejudo había muerto en 1944, en el ex presidio de Ushuaia, en Tierra del Fuego, el fin del mundo. ¿Qué podía hacer ahora mismo, en la primavera de 2014, como pasajero fantasma de un ómnibus que recorría los escenarios de sus asesinatos? Porque sin duda era él, imposible confundirlo, el aparecido era idéntico a las numerosas fotos de época que se conservaban. Además, había suficiente iluminación como para verlo bien: el ómnibus llevaba las luces encendidas. Estaba parado casi al final del pasillo, haciendo la demostración con su piolín, mirándolo a él, al guía, a Pablo, con cierta indiferencia, pero con claridad.

Hacía rato que Pablo había contado su historia. Lo venía haciendo desde hacía dos semanas y le gustaba mucho. El Petiso Orejudo había acechado una Buenos Aires tan lejana y tan distinta que resultaba difícil sugestionarse con su figura. Y sin embargo algo debía haberlo impresionado vivamente, porque el Petiso se había presentado, aunque nadie más lo veía —los pasajeros conversaban animados y le pasaban la mirada por encima, sin reparar en él—. Pablo sacudió la cabeza, cerró los ojos con fuerza y, al abrirlos, la figura del asesino con su piolín había desaparecido. ¿Me estaré volviendo loco?, pensó, y apeló a la psicología barata para llegar a la conclusión de que el Petiso se le aparecía porque él acababa de tener un hijo y eran los niños las únicas víctimas de Godino. Los niños pequeños. Pablo contaba en el tour de dónde, creían los forenses de la época, le venía esa saña: el primer hijo de los Godino, el hermano mayor del Petiso, había muerto a los diez meses de edad en Calabria, Italia, antes de que la familia emigrara hacia la Argentina. El recuerdo de ese bebé muerto lo obsesionaba: en muchos de los crímenes —y de los intentos, mucho más numerososrepetía la ceremonia del entierro. A los peritos que lo interrogaron después de ser atrapado les dijo: «Nadie vuelve de la muerte. Mi hermanito nunca volvió. Simplemente se pudre bajo la tierra.»

Pablo contaba el primer simulacro de entierro en una de las paradas del tour: la intersección de la calle Loria con San Carlos, donde el Petiso había atacado a Ana Neri, dieciocho meses de edad, vecina suya en el conventillo de la calle Liniers, que ya no existía, pero el solar donde una vez había estado era una parada del recorrido, con una breve contextualización donde se les explicaba a los turistas las condiciones de vida de aquellos inmigrantes recién llegados que escapaban de la pobreza europea: hacinados en inquilinatos húmedos, sucios, ruidosos, promiscuos, sin ventilación. El ambiente ideal para los crímenes del Petiso, porque la incomodidad y el desorden acababan por mandar a los niños a la calle: vivir en aquellas habitaciones era tan insoportable que la gente se la pasaba en la vereda, especialmente los hijos, que correteaban por ahí.

Ana Neri. El Petiso la llevó al baldío, la golpeó con una piedra y, una vez que la niña estuvo inconsciente, trató de enterrarla. Un policía lo encontró en medio de la tarea y él rápidamente mintió una coartada: dijo que estaba intentando ayudar a la bebé, que había sido atacada por otra persona. El policía le creyó, quizá porque el Petiso Orejudo también era un niño: tenía, entonces, nueve años.

Ana tardó seis meses en recuperarse del ataque.

No fue el único ataque con simulacro de entierro: en septiembre de 1908, poco después de dejar la escuela —y de que comenzaran sus aparentes ataques de epilepsia; nunca se terminó de comprobar a qué se debían las convulsiones que sufría el Petiso—, se llevó al niño Severino González hasta un terreno baldío frente al colegio Sagrado Corazón. En el terreno había un pequeño corral para caballos. El Petiso sumergió al niño en la pileta donde tomaban agua los animales e intentó cubrirlo con una tapa de madera. Un simulacro más sofisticado: la recreación del ataúd. Otra vez un policía que pasaba impidió el crimen y otra vez el Petiso mintió diciendo que, en realidad, estaba ayudando al niño. Pero ese mes el Petiso estaba incontinente. El día 15 de septiembre atacó a un bebé de veinte meses, Julio Botte. Lo encontró en la puerta de su casa, Colombres 632. Le quemó el párpado de uno de los ojos con un cigarrillo que llevaba en la mano. Dos meses después, los padres del Petiso no soportaron más su presencia ni sus acciones y ellos mismos lo entregaron a la policía. En diciembre acabó en la colonia penal para menores de Marcos Paz. Allí aprendió a escribir un poco, pero se destacó sobre todo por echar gatos y botines a las ollas humeantes de la cocina cuando los cocineros se descuidaban. El Petiso cumplió tres años preso en el reformatorio de Marcos Paz. Salió con más ganas de matar que nunca y pronto lograría el primer, deseado, asesinato.

Pablo siempre terminaba el capítulo del Petiso con el interrogatorio que le hizo la policía tras su detención. A los turistas parecía impresionarlos mucho. Lo leía, para que el efecto realista fuera mayor. La noche en que el Petiso se apareció en el ómnibus sintió cierta incomodidad antes de repetir sus palabras, pero decidió decirlas igual. El Petiso sólo lo miraba y jugaba con la soga: no lo amenazaba.

—¿No siente usted remordimientos de conciencia por los hechos que ha cometido?.

—No entiendo lo que ustedes me preguntan.

—¿No sabe usted lo que es el remordimiento?

—No, señores.

—¿Siente usted tristeza o pena por la muerte de los niñitos Giordano, Laurora y Vainikoff?.

—No, señores.

—¿Piensa usted que tiene derecho a matar niños?

—No soy el único, otros también lo hacen.

—¿Por qué mataba usted a los niños?

—Porque me gustaba.

Esta última respuesta provocaba la desaprobación colectiva de los pasajeros, que en general parecían contentos cuando se cambiaba de criminal y se pasaba a la más comprensible Yiya Murano, quien envenenó a sus mejores amigas porque le debían dinero. Una asesina por ambición. Fácil de entender. El Petiso, en cambio, incomodaba a todos.

Esa noche, cuando llegó a su casa, Pablo no le contó a su mujer que había visto el espectro del Petiso. Tampoco a sus compañeros, pero eso era normal: no quería tener problemas en el trabajo. En cambio, le molestaba no poder hablarle de la aparición a su esposa. Dos años atrás se lo hubiera contado. Dos años atrás, cuando todavía podían confesarse cualquier cosa sin miedo, sin recelo. Era una de las tantas cosas que habían cambiado desde el nacimiento del bebé.

Se llamaba Joaquín; tenía seis meses, pero Pablo seguía diciéndole «el bebé». Lo quería —al menos, eso creía—, pero el bebé no le prestaba demasiada atención, aún estaba aferrado a su madre, y ella no ayudaba, no ayudaba para nada. Se había convertido en otra persona. Temerosa, desconfiada, obsesiva. A veces, Pablo se preguntaba si no estaría sufriendo una depresión posparto. Otras solamente se malhumoraba y recordaba con nostalgia y algo —mucho— de enojo los años previos al bebé.

Ahora era todo distinto. Ella ya no lo escuchaba, por ejemplo. Fingía hacerlo, sonreía y hacía que sí con la cabeza, pero estaba pensando en comprar zapallo y zanahoria para el bebé, o en si la irritación que el bebé tenía en la piel sobre las caderas podía haber sido causada por el pañal descartable o se trataba de alguna enfermedad eruptiva. Ni lo escuchaba ni quería tener sexo porque estaba dolorida después de la episiotomía, que no terminaba de cicatrizar, y, para colmo, el bebé dormía con ellos en la cama matrimonial: había un cuarto esperándolo, pero ella no se animaba a dejarlo dormir solo, le tenía miedo al «síndrome de muerte súbita». Pablo había tenido que escuchar hablar de esa muerte blanca durante horas, mientras trataba en vano de calmarle la ansiedad, a ella, que nunca había tenido miedo, que alguna vez lo había acompañado a escalar montañas y había dormido en refugios mientras nevaba afuera. Ella, que había comido hongos con él, todo un fin de semana alucinando, esa misma mujer, ahora, lloraba por una muerte que no había llegado y posiblemente no llegara nunca.

Pablo no recordaba por qué tener un hijo le había parecido una buena idea. Ella no hablaba de otra cosa. Se habían terminado las charlas sobre los vecinos, las películas, los escándalos familiares, los trabajos, la política, la comida, los viajes. Ahora sólo hablaba del bebé y hacía como que escuchaba cuando se trataban otros temas. Lo único que parecía registrar, como si la despertara de un sopor, era el nombre del Petiso Orejudo. Como si su mente se iluminara con la visión de los ojos del idiota asesino; como si conociera esos dedos delgados que sostenían la cuerda. Decía que Pablo estaba obsesionado con el Petiso. Él no creía que fuera así. Sucedía que los otros asesinos del tour macabro por Buenos Aires eran aburridos. La ciudad no tenía grandes asesinos, si se exceptuaban los dictadores, no incluidos en el tour por corrección política. Algunos de los asesinos de los que Pablo hablaba habían cometido crímenes atroces, pero bastante comunes según cualquier catálogo de violencia patológica. El Petiso era distinto. Era raro. No tenía más motivos que su deseo y parecía una especie de metáfora, el lado oscuro de la orgullosa Argentina del Centenario, un presagio del mal por venir, un anuncio de que había mucho más que palacios y estancias en el país, una cachetada al provincianismo de las élites argentinas que creían que sólo cosas buenas podían llegar de la fastuosa y anhelada Europa. Lo más hermoso era que el Petiso no tenía la más mínima conciencia de esto: a él sólo le gustaba atacar niños y encender hogueras. Porque también era pirómano; le gustaba ver las llamas y observar el trabajo de los bomberos, «sobre todo, cuando se caían al fuego», como le había dicho a uno de los interrogadores.

Era con fuego la historia que había hecho enojar a su esposa: ella acabó levantándose de la mesa, gritándole que nunca más le hablara del Petiso, nunca más, por ningún motivo. Se lo había gritado mientras abrazaba al bebé, como si tuviera miedo de que el Petiso se materializara y lo atacara. Después, se había encerrado en la habitación y lo había dejado comiendo solo. Él la mandó a la mierda mentalmente. La historia era impresionante, en efecto; no para armar tanto escándalo, creía él, pero sí muy brutal. Ocurrió el 7 de marzo de 1912. Una niña de cinco años, Reina Bonita Vainikoff, hija de inmigrantes judíos letones, estaba mirando la vidriera de una zapatería, cerca de su casa en la avenida Entre Ríos. La niña llevaba un vestido blanco. El Petiso se le acercó mientras ella estaba absorbida por la visión de los zapatos. Llevaba un fósforo encendido en la mano. Tocó con la llama el vestido, que ardió. El abuelo de la nena la vio envuelta en llamas, desde la vereda de enfrente. Cruzó la calle corriendo, desesperado. No logró siquiera acercarse a la niña: trastornado, no se había fijado en el tráfico. Lo atropelló un auto y murió. Un hecho extrañísimo dada la escasa velocidad de los vehículos en aquellos años.

Reina Bonita también murió, pero después de dieciséis días de dolorosa agonía.

El asesinato de la pobre Reina Bonita no era el crimen favorito de Pablo. A él le gustaba —ésa era la palabra, qué remedio— el de Jesualdo Giordano, de tres años. Sin duda, era el que más horror les causaba a los turistas y a lo mejor por eso le gustaba: porque le resultaba placentero contarlo y esperar la reacción, siempre espantada, de su auditorio. Fue el crimen por el que atraparon al Petiso, además, porque cometió un error fatal.

El Petiso, como era ya su costumbre, llevó a Jesualdo hasta un baldío. Lo ahorcó con trece vueltas de cuerda. El chico se resistió con fuerza; lloraba y gritaba. El Petiso declaró a la policía que intentó hacerlo callar porque no quería ser interrumpido como en otras oportunidades: «Al chico ese lo agarré con los dientes aquí, cerca de la boca, y lo sacudí como hacen los perros con los gatos.» Esa imagen incomodaba a los turistas, que se revolvían en los asientos y decían «Por Dios» en voz baja. Sin embargo, nunca le habían pedido que detuviera el relato. Una vez que ahorcó a Jesualdo, el Petiso lo tapó con una chapa y salió a la calle. Pero algo lo atormentaba, rumiaba una idea que ardía. Así que al rato volvió a la escena del crimen. Llevaba un clavo. Lo clavó en la cabeza del niño, que ya estaba muerto.

Al día siguiente, cometió su error fatal. Quién sabe por qué, asistió al velorio del niño al que había matado. Dijo, más tarde, que quería ver si todavía tenía el clavo en la cabeza. Confesó este deseo cuando lo llevaron a presenciar la autopsia, después de la denuncia del padre del niño muerto. Cuando el Petiso vio el cadáver, hizo algo muy extraño: se tapó la nariz y escupió, como si le diera asco, aunque el cuerpo todavía no había entrado en estado de descomposición. Los forenses, por algún motivo que la crónica policial de la época no explica, lo hicieron desnudar. El Petiso tenía una erección de dieciocho centímetros. Acababa de cumplir dieciséis años.

Ese relato no podía contárselo a su mujer. Una vez, había intentado hablarle de las reacciones de los turistas ante el último crimen del Petiso, pero antes siquiera de empezar el relato se dio cuenta de que ella no lo estaba escuchando. Le reclamó que tenían que mudarse a una casa más grande cuando el bebé creciera. No lo quería criar en un departamento. Quería patio, piscina, sala de juegos y un barrio tranquilo donde el chico pudiera jugar en la calle. Ella sabía perfectamente que esto último apenas existía en una ciudad con el tamaño y la intensidad de Buenos Aires, y mudarse a un suburbio rico y apacible estaba muy lejos de sus posibilidades. Cuando terminó de enumerar sus deseos para el futuro, le pidió que cambiara de trabajo. Eso no, dijo él. Soy licenciado en Turismo, me va bien, no voy a renunciar; me divierto, son pocas horas y estoy aprendiendo. El salario es una miseria. No, no es una miseria, se enojó Pablo. Creía estar ganando bien, lo suficiente para mantener decentemente a su familia. ¿Quién era esa mujer desconocida? Alguna vez ella le había jurado que, con él, era capaz de vivir en un hotel, en la calle, bajo un árbol. Todo era culpa del bebé. La había cambiado por completo. ¿Y por qué? Si era un chico sin gracia, aburrido, dormilón, que, cuando estaba despierto, lloraba casi sin parar. Por qué no trabajás vos si querés más plata, le dijo Pablo a su mujer. Y ella pareció erizarse, gritó como si se hubiera vuelto loca. Gritó que tenía que cuidar al bebé, qué pretendía él, ¿abandonarlo con una niñera o con la loca de su madre? Mi madre no está loca, pensó Pablo, y, para no volver a pelear a los gritos, salió a la vereda a fumar. Ésa era otra cosa: desde que había nacido el bebé, ella no lo dejaba fumar en su departamento.

Al día siguiente de la discusión, el Petiso volvió al ómnibus. Esta vez estaba más cerca de él, casi al lado del conductor, que claramente no lo veía. Pablo no se sentía diferente, sólo algo inquieto; temía que alguno de los turistas también fuera capaz de ver al Petiso espectral y causara histeria en el ómnibus.

Cuando apareció, con la soga en las manos, estaban en una de las últimas paradas del recorrido, la casa de la calle Pavón. Allí había aparecido una de las víctimas más grandes (de edad) del Petiso, uno de sus ataques más extraños. Arturo Laurora, trece años, estrangulado con su camisa; el cuerpo fue encontrado dentro de una casa abandonada. No llevaba pantalones y tenía las nalgas lastimadas, pero no había sido violado. Mientras Pablo contaba el caso, el Petiso espectral, parado a su lado, aparecía y desaparecía, temblaba, se desdibujaba, como si estuviera hecho de humo o niebla.

Por primera vez en muchas noches, alguien quiso hacer una pregunta. Pablo le sonrió al curioso con toda la falsedad que era capaz de conjurar. El turista —que, por su acento, era caribeño— quería saber si el Petiso había puesto un clavo en la cabeza de sus víctimas en alguna otra oportunidad. No, le contestó Pablo. Que se sepa, fue esa vez sola. Es muy extraño, dijo el hombre. Y aventuró que si la carrera criminal del Petiso hubiera sido más larga, a lo mejor el clavo se habría convertido en su marca, en su firma. A lo mejor, contestó Pablo con amabilidad mientras veía cómo el Petiso espectral se terminaba de desvanecer. Pero nunca vamos a saberlo, ¿no es cierto? El caribeño se rascó el mentón.

Pablo volvió a su casa pensando en el clavo y en un trabalenguas que su madre le había enseñado cuando era chico: «Pablito clavó un clavito. / ¿Qué clavito clavó Pablito? / Un clavito chiquitito.» Abrió la puerta del departamento y se encontró con la escena habitual de los últimos meses: el televisor encendido, un plato con dibujos de Ben 10 y restos de zapallo, una mamadera medio vacía y la luz de su habitación encendida. Se asomó a la puerta. Su mujer y su hijo dormían en la cama, juntos. Sintió que no los conocía.

Pablo caminó hasta la habitación que él mismo había decorado para su hijo antes de que naciera. Estaba tan vacía que le dio frío. La cuna inmóvil estaba oscura. Parecía el cuarto de un chico muerto, conservado intacto por una familia de duelo. Pablo se preguntó qué pasaría si el chico se moría, como parecía temer su mujer. Sabía la respuesta.

Se apoyó en la pared vacía, donde varios meses atrás, siempre antes del nacimiento, antes de que su mujer se transformara en otra persona, había planeado ubicar un colgante, un universo que giraría sobre la cuna del bebé para entretenerlo por la noche. La luna, el sol, Júpiter, Marte y Saturno, los planetas y los satélites y las estrellas brillando en la oscuridad. Pero nunca lo había colgado porque su mujer no quería que el bebé durmiera ahí y no había forma de convencerla. Tocó la pared y se encontró con el clavo, que seguía esperando. Lo arrancó de un tirón seco y se lo metió en el bolsillo. Pensó que resultaría un gran golpe de efecto para su relato. Lo sacaría de su bolsillo justo cuando contara el crimen del niño Jesualdo Giordano, en el momento preciso, cuando el Petiso volvía y lo clavaba en la cabeza del chico ya muerto. A lo mejor algún turista ingenuo hasta creía que se trataba del mismo clavo, perfectamente conservado cien años después del crimen. Sonrió pensando en su pequeño triunfo y decidió acostarse en el sofá del living, lejos de su mujer y su hijo, con el clavo entre los dedos.


Mariana Enriquez (Buenos Aires, 1973) es periodista, subeditora del suplemento Radar del diario Página/12 y docente. Ha escrito novelas, relatos de viajes, perfiles –como La hermana menor, acerca de la escritora Silvina Ocampo: «Enriquez ha sabido recrear una época especialmente interesante de la vida cultural de Buenos Aires» (J. A. Masoliver Ródenas, La Vanguardia); «Un libro revelador» (J. E. Ayala-Dip, El País)– y colecciones de cuentos: en Anagrama han aparecido dos de ellas, Los peligros de fumar en la cama: «Relatos espléndidos. (…) Una gran escritora» (Nadal Suau, El Mundo); «Unos cuentos impresionantes» (Llucia Ramis); y Las cosas que perdimos en el fuego, publicada en veinte países y galardonada en 2017 con el Premi Ciutat de Barcelona en la categoría «Literatura en lengua castellana»: «Goza de un merecido reconocimiento. La escritura posee cualidades como la condensación y una sugerente frialdad. Una prosa con peso específico» (Carlos Pardo, El País); «Se apoya con inteligencia en los maestros para crear un mundo narrativo muy propio» (Edmundo Paz Soldán); «Excepcional» (Marta Sanz). Su obra ha recibido un aplauso unánime: «Toma un rasgo que reconocemos en Cortázar y lo exacerba: lo podrido y maléfico de la vida cotidiana, la rajadura por la que se filtra un fondo de irracionalidad donde chapotean cuerpos entregados a sus excreciones y palpitaciones» (Beatriz Sarlo); «Un prodigioso cruce entre la reescritura de ciertas tradiciones y esa lucidez atroz que llamamos mirada propia. Compartirla con los lectores es motivo de fiesta» (Andrés Neuman).

NOTA: Este relato se publica únicamente con fines de difusión y promoción. El relato forma parte del libro Las cosas que perdimos en el fuego, el cual está disponible en librerías en toda Hispanoamérica; encarecidamente recomendamos su adquisición y lectura. El camaleón no lucra ni obtiene beneficios publicitarios por esta publicación y los derechos pertenecen a la autora y los editores del libro físico.

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Kjell Askildsen | Desde ahora te acompañaré a casa

-Tampoco te esmeras mucho con los deberes, sales corriendo en cuanto acabas de comer. Por cierto, ¿qué haces en el bosque?

-Pasear, ya te lo he dicho.

-¿Mirando los árboles y escuchando los pájaros?

-¿Y qué tiene eso de malo?

-¿Estás seguro de que eso es lo único que haces?

-¿Qué iba a hacer si no?

-Eso lo sabrás tú mejor que nadie. Y además, no deberías estar siempre solo. Vas a volverte loco.

-¡Entonces deja que me vuelva loco!

-¡No emplees ese tono con tu madre!

-¡Entonces deja que me vuelva loco!

-¡Ten mucho cuidado!

Ella se acercó. Él permaneció quieto. La madre le dio una bofetada en la cara. Él ni se movió.

-Si vuelves a pegarme, blasfemaré -dijo él

-¡No lo harás! -dijo ella y le dio otra bofetada.

-Hostia -dijo él-. Me cago en la hostia.

Lo dijo del modo más tranquilo posible. Luego notó que le salía el llanto, un llanto de rabia, se dio la vuelta y salió disparado. Siguió corriendo cuando se encontró en la calle. No porque tuviera prisa, sino porque la rabia también tenía que ver con sus piernas. Me cago en la hostia, pensó mientras corría. Cuando por fin dejó atrás las casas y tuvo delante el bosque y el páramo, aflojó el paso. Miró el reloj de pulsera que le habían regalado por su decimosexto cumpleaños, iba bien de tiempo. Se merece que me vuelva loco, pensó. Algún día se lo diré. Le diré: Te mereces que me vuelva loco, porque no entiendes nada. No haces más que agobiarme todo el tiempo sin entender nada.

Siguió el sendero bosque adentro. La luz solar caía oblicua entre los troncos. Al ver eso se dijo a sí mismo que, pensándolo bien, el bosque es casi más bonito cuando el sol no brilla. Cuando llueve aún es más bonito. Notó por dentro un cosquilleo de felicidad, porque nunca había pensado en eso. El sol tiene la capacidad de engañar, pensó, y sacó un cuaderno del bolsillo. Entre las páginas había un trozo de lápiz, se detuvo y escribió: «El sol tiene la capacidad de engañar». Así me acordaré, pensó, luego volvió a guardarse el cuaderno en el bolsillo y se sintió feliz. Realmente feliz. Llegó a su destino, se sentó en una piedra y pensó: Si ella no viene hoy, no será porque haya mentido a mi madre. Ni porque haya decidido hacer lo que nunca hasta ahora me he atrevido. Si no viene, será que la han mandado a hacer algo y no puede venir. Volvió a sacar el cuaderno. Lo abrió y leyó en voz alta las cosas que había estado pensando en el transcurso del día. «Como chasquidos voluptuosos sus oraciones subieron hacia un Dios imaginario». «Un cenador en el jardín solo para el placer». «La chica tiene piernas que suben más allá del borde de la falda». Cerró el cuaderno y sonrió para sus adentros. Algún día, pensó, algún día…

Entonces llegó ella corriendo. Unas veces era rubia y otras morena, según caían sobre ella las sombras y la luz solar. Llevaba una blusa amarilla y unos pantalones marrones.

-Me alegro de que hayas venido -dijo él, y ella se sentó a su lado.

-Claro que he venido -contestó ella-. Siempre vengo. ¿Me has echado de menos hoy?

-Sí.

-He venido corriendo casi todo el camino.

Él le puso una mano en el hombro. Ella volvió la cara hacia él, y sus ojos grises le sonrieron antes de cerrarse. Me lo pone muy fácil, pensó él, mientras la besaba.

-Vayamos al sitio donde estuvimos ayer -dijo.

-¿Qué vamos a hacer allí? -preguntó ella sonriendo.

-Ya veremos.

-Dímelo, ¿qué vamos a hacer?

-Lo mismo que ayer.

-Vale.

Siguieron el camino que se adentraba en el bosque. Iban cogidos de la mano, y cuando dejaron el sendero y empezaron a andar por el brezo, ella dijo que en clase de alemán había estado pensando que no solo son los años los que deciden la edad que tienes. Es verdad, dijo él. Y luego pensé que te diría que sería una tontería por tu parte pensar que eres más joven que yo, porque en realidad eres mucho mayor. No me he dado cuenta de eso, dijo él. Solo quería decírtelo, dijo ella. Vale, dijo él, pensando que si ella tenía alguna razón para decirlo, era la de facilitarle las cosas. Eso significa que no va a ser nada difícil, pensó, que los dos queremos lo mismo. Le apretó ligeramente la mano, y ella lo miró, sonriéndole con la boca y con los ojos.

Llegaron al lugar donde habían estado tumbados uno al lado del otro el día anterior. Ahora se sentaron uno enfrente del otro, y él dijo, sin mirarla, ayer al llegar a casa compuse otro poema. Léemelo, le pidió ella. No sé si es bueno, contestó él. Léemelo de todos modos. Está bien, dijo, si me acuerdo. Era incapaz de mirarla.

Es verano, susurró ella,
verano,
y se tumbó en el brezo
dejando que el verano viviera.
Besé sus ojos hasta que se volvieron negros.
Y ella pronunciaba extrañas palabras
sobre momentos de corta duración
sobre lirios que se marchitan
sobre el caballo que se quema las alas
al acercarse demasiado al sol.
Luego ella borró las palabras
con besos caldeados por el sol.
El verano vive.

Ella se tumbó boca arriba, y él se dio cuenta de que lo estaba mirando. Qué poema tan raro, dijo ella, y la manera en la que lo dijo lo hizo sentirse feliz. ¿Te ha gustado?, preguntó él. Ven aquí y te contestaré, respondió ella. Él se tumbó de lado con la mano en el hombro de ella y el antebrazo sobre su pecho. Te admiro, dijo ella. Lo miraba mientras lo decía, y él no entendía cómo ella podía decir algo tan grande mirándolo a los ojos. Él llevó la mano hasta el pecho de ella, y ella dijo pero no por eso te dejo arrugarme la blusa. No, dijo él, y empezó a desabrochársela.

-¿Nunca te hartas de mirar? -preguntó ella.

-Nunca hasta ahora he desabrochado esta blusa.

-Es nueva.

-Tiene más botones que ninguna.

Le abrió la blusa. La cogió por los hombros y la levantó para poder pasarle la mano por detrás. Le desabrochó el sujetador y le dijo quiero quitarte la blusa del todo. Ella se limitó a sonreír. Él le quitó la blusa y el sujetador, y los pechos se desparramaron un poco, pero no mucho. Tenía la sensación de que ya había vencido todas las dificultades. Ahora podía mirarla de nuevo a los ojos. ¿Ya estás feliz?, preguntó ella. Sí, respondió él, estoy pensando que ninguna otra cosa puede hacerme tan feliz. Pero hay algo más, y tengo que probarlo.

-Quiero desnudarte por completo -dijo, mirándola a los ojos.

-No debes hacerlo -dijo ella.

-¿Por qué no?

-Porque no y ya está.

-No te haré nada.

-Eso no puedes asegurarlo de antemano.

-Tengo que desnudarte -dijo él-. Si no lo hago ahora, lo haré más tarde, y entonces no será más fácil. Si no me lo permites, me harás mucho daño; he cedido todos los días durante una semana entera, y cada vez me hace más daño.

-Bésame -dijo ella, y él empezó a bajarle la cremallera del pantalón marrón mientras la besaba. Tengo que hacerlo, pensaba, es lo único correcto. Seguía besándola mientras le bajaba los pantalones. Ella se retorcía debajo de él, y él dejó de besarla y la miró a los ojos.

-No te haré daño -dijo-. Si quieres, te prometo que solo miraré.

Le bajó los pantalones hasta las caderas, ella no hizo nada por impedírselo.

-Dime que me quieres -dijo ella.

-Te quiero.

Ella sonrió.

-¿Te parece bonito?

-Sí. Es más bonito que todo lo que he visto en pinturas y estatuas.

-Lo que pasa es que me daba vergüenza -dijo ella-. Era por eso.

-Sí -asintió él.

-Ya no me da vergüenza.

-A mí tampoco.

-Puedes tocarme si quieres.

Él dejó que su mano se deslizara por su vientre y bajara luego por entre sus piernas.

-Bésame -dijo ella, y mientras él la besaba, ella le desabrochó y le mostró el camino. Era extraño, cálido y agradable. Ten cuidado, dijo ella, y él permaneció completamente quieto. Pensó estoy haciendo el amor con ella. Este es el mejor día de mi vida, y a partir de ahora todos los días serán los mejores, porque ahora sé qué es lo mejor.

-Ten cuidado -dijo ella.

-Sí -dijo él-. Tendré cuidado. No te haré nada.

-¿Te gusta? -preguntó ella.

-Sí.

-¿Incluso cuando permaneces quieto?

-Sí -contestó él, un poco asombrado-. Esto es lo que deseaba.

-Yo también.

-Creo que ya nunca voy a desear nada que no conozca.

-¿Vas a echarme de menos?

-Sí -contestó él-. A ti y a esto.

-¿Te parezco muy brusca si te digo que tengo frío? -preguntó ella sonriéndole.

-No -contestó él, y salió con mucho cuidado de ella. Se tumbó boca arriba en el brezo y miró las copas de los árboles. Ya no estaban del todo verdes, y pensó, pronto será otoño y luego invierno.

-¿Qué vamos a hacer cuando llegue el invierno?

-No lo pienses. Aún falta mucho.

-Sí -asintió él, pero no podía dejar de pensar en ello. La miró, ella ya se había puesto toda la ropa menos la blusa.

-¿Quieres que te la abroche? -preguntó él.

Ella asintió con la cabeza. Él contó los botones. Once. Se levantaron y fueron hacia el sendero. Ella dijo ya no tendremos que tener vergüenza nunca más. Así es, dijo él. Tomaron el sendero cogidos de la mano. ¿En qué estás pensando?, preguntó ella. En nada en especial, contestó él. Sí, estás pensando en algo, insistió ella. Dímelo. Estoy pensando que debo haberte parecido muy raro por estarme completamente quieto, dijo él. Seguramente es así para todo el mundo la primera vez, dijo ella. Él la miró, ella no parecía avergonzada. Además te lo pedí yo, dijo ella, por eso lo hiciste. No, pensó él. No fue por eso. No sé por qué lo hice, pero no fue por eso.

-No creo que sea así para todo el mundo -dijo él.

-No pienses en eso -dijo ella.

-Tengo que pensar en eso -dijo él.

-También es culpa mía; te lo pedí porque tenía miedo.

-No es tan sencillo -dijo él-, porque yo prefería que fuera así.

-Fue solo porque tú también tenías miedo.

-No tenía miedo.

-Tal vez tenías miedo sin saberlo. A veces pasa.

-Sí -contestó él.

Habían salido ya del bosque, y a ninguno de los dos se les había ocurrido que debían irse a casa cada uno por su lado, como solían hacer.

-Te acompaño hasta tu casa -dijo él.

-¿Crees que debes?

-Sí -contestó él-. Desde ahora te acompañaré a casa.


Kjell Askildsen (30 de septiembre de 1929MandalNoruega) es uno de los grandes maestros actuales del relato breve. Su primer libro, Heretter følger jeg deg helt hjem (Desde ahora te acompañaré a casa), publicado en 1953 fue aclamado por la crítica, y al tiempo prohibido por «inmoral» en la biblioteca pública de su ciudad natal, debido a su alto contenido sexual.

Este relato se publica con fines únicamente de difusión. El camaleón no lucra con la publicación de este texto y pertenece a los editores y al autor.

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Giovanni Papini | La ciudad abandonada

Tien-Tsin, 13 diciembre

Relato originalmente publicado en Gog (1931).

La ciudad más maravillosa que he visto en toda el Asia es sin duda alguna aquella que descubrí, una noche de octubre, al oriente de Khamil, en pleno desierto.

La caravana de camellos reunida con gran trabajo en Turfan, era demasiado lenta para un hombre habituado, en América y Europa, a la rapidez de los trenes de lujo. Además, los conductores mongoles de camellos se me habían hecho odiosos en las tres etapas, durante las cuales había tenido que dominarme para no fustigar a los más desaprensivos. Al llegar a Khamil, con la excusa de hacer nuevas provisiones, parecía que ya no se querían mover de allí. Desesperado al verme detenido en aquella puerca ciudad donde no tenía nada que hacer ni que ver, pregunté al jefe de los sirvientes, Ghitaj, si era posible marchar adelante a caballo, para esperar a la caravana en pleno desierto.

A la mañana siguiente dejamos la repugnante Khamil montados en dos caballos peludos y pequeños, pero rapidísimos, y corrimos hacia el Este.

El aire era frío, pero sereno. La pista se alargaba casi recta entre la hierba corta y dura de la inmensa estepa. Cabalgamos muchas horas en silencio, sin encontrar alma viviente. Al recuesto de una duna arenosa hicimos alto para comer el carnero asado que llevábamos. Ghitaj consiguió hacer un poco de fuego con las malezas y me ofreció la bebida famosa de los mongoles: el té con manteca fundida. Los caballos pacían bajo el sol blanco. Reanudamos la carrera hasta el crepúsculo. Ghitaj decía que junto al camino debíamos encontrar un campamento de pastores de caballos. Pero no se descubría ninguna humareda en parte alguna del horizonte. En el crepúsculo, todavía límpido, se distinguía aún la pista. Una luna casi llena se elevó, a Levante, sobre la línea de la llanura.

Los caballos ya daban señales de cansancio. No podía hacerse nada más que seguir. Volver a Khamil significaba deshacer todo el camino que habíamos hecho, es decir, cabalgar durante toda la noche. Ghitaj continuaba espiando en la polvareda blancuzca de la inmensidad una señal del campamento, que según él, debía hallarse cercano. La luna se había elevado y los caballos relinchaban; se levantó el viento gélido de la noche, no contenido por los montes ni por las plantas. De cuando en cuando, Ghitaj se detenía para escuchar y para beber algún sorbo de vodka. Ninguna tienda, ningún rumor, ninguna voz. Miré el reloj: eran las diez. Hacía dieciséis horas que cabalgábamos. Los caballos marchaban al paso y temíamos que, de un momento a otro, se tendiesen en el suelo, agotados.

De pronto se levantó ante nosotros, a una media milla, una larga sombra alta, maciza, rectilínea. Ghitaj no supo decirme de qué se trataba. En algunos puntos la sombra se elevaba recta, como una torre. Conforme nos acercábamos, más seguro me parecía que se trataba de las murallas de una ciudad. Ghitaj, más taciturno que de costumbre, no respondía a mis preguntas.

No me equivocaba. En la blancura velada de la luna otoñal, se alzaba ante nosotros la cinta inmensa de una alta muralla, con sus redondas atalayas. ¡Una ciudad!

Me sentí feliz. Aquellas murallas significaban un cobijo, un albergue, una cama, la salvación. Pero Ghitaj permanecía siempre callado y no me pareció muy satisfecho de hallarse allí. Le pregunté el nombre de la ciudad, pero no quiso decírmelo.

—Es mejor no entrar —me dijo de pronto.

No comprendí. Había llegado ante una puerta altísima, de vieja madera, constelada de grandes clavos de hierro. Se hallaba cerrada. Golpeé con la culata del fusil. Nadie contestó. Ghitaj se había apeado del caballo y permanecía de pie, meditabundo.

Viendo que nadie abría, pensé en dar la vuelta a la muralla para encontrar otra puerta. A una media milla, entre dos torres, se abría una vasta bóveda vacía, especie de boca de un agujero. Entré allí dentro, pero después de haber dado unos veinte pasos el caballo se paró. En el fondo del arco aparecía una puerta cerrada. Mis golpes quedaron sin contestación. No se oía ningún rumor más allá de los batientes gigantescos.

Salí de nuevo para continuar la vuelta al recinto. Las murallas se alzaban siempre altas, vetustas, desiguales, hoscas, como una escollera que no tuviese fin. A poca distancia de la puerta grande se abría una poterna poco aparente, pero visible, porque sobre ella aparecían esculturas de mármol ennegrecido: me parecieron, a la luz contusa de la luna, dos serpientes antropocéfalas que se besasen. Estaba cerrada como la otra, pero haciendo fuerza parecía que cediese. Ordené a Ghitaj que me ayudase. A fuerza de golpes de hombro los dos batientes de madera podrida se desencajaron y resquebrajaron.

Pero Ghitaj no quiso entrar conmigo. No le había visto nunca tan abatido. Se tendió en el suelo, con la cabeza apoyada en la muralla, y sacó una especie de rosario.

—Ghitaj espera aquí —dijo—. Ghitaj no entra. Usted no debería entrar.

No le escuchaba. Mi caballo estaba cansado, pero parecía que la proximidad de aquellas construcciones le había dado nuevo vigor. Entré en un laberinto de calles estrechas, desiertas, silenciosas. Ninguna luz en las puertas, en las ventanas: ninguna voz, ningún signo de vida. Todas las salidas estaban cerradas. Las casas eran bajas y, a lo que me pareció, pobres y de deplorable aspecto.

Llegué a una plaza vasta, inundada por la luz de la luna. Alrededor me pareció percibir una corona de figuras, demasiado grandes para ser hombres. Al acercarme vi que eran estatuas de piedra, de animales. Reconocí el león, el camello, el caballo, un dragón.

Las casas eran más altas y más majestuosas, pero cerradas y mudas como las otras que había visto antes. Probé de llamar a las puertas, de gritar. Ninguna puerta se abría, nadie respondía. Ni el rumor de un paso humano, ni el ladrido de un perro, ni el relinchar de un caballo, rompían aquella taciturna alucinación… Recorrí otras calles, desemboqué en otras plazas: la ciudad era, o me lo pareció, grandísima. En un torreón que se alzaba en medio de un inmenso claustro me pareció columbrar un resplandor de luces. Me detuve para contemplar. Un batir de alas me hizo comprender que se trataba de una bandada de aves nocturnas. Ningún otro ser viviente parecía habitar la ciudad. En una calle vi algo que blanqueaba en un pórtico. Me apeé del caballo y a la luz de mi lámpara eléctrica reconocí los esqueletos de tres perros, todavía unidos al muro por tres cadenas oxidadas.

No se oía en la ciudad desierta más que el eco de las cansadas pisadas de mi caballo. Todas las calles estaban embaldosadas, pero, según me pareció, crecía muy poca hierba entre piedra y piedra. La ciudad parecía abandonada desde hacía pocas semanas, o, todo lo más, desde pocos meses. Las construcciones se hallaban intactas; las ventanas de postigos barnizados de rojo, cuidadosamente cerradas; las puertas, apuntaladas y atrancadas. No se podía pensar en un incendio, en un terremoto, en una matanza. Todo aparecía intacto, pulido, ordenado, como si todos los habitantes se hubiesen marchado juntos, por una decisión unánime, con calma, a la misma hora. Deserción en masa, no destrucción ni fuga. Encontré de pronto en el suelo un jubón de mujer y un saquito con algunas monedas de cobre. Si me detenía de pronto para escuchar, no oía más que el roer de las carcomas o el escarbar de los topos.

Cabalgaba por las rayas geométricas que formaba la luna entre las sombras desiguales de las construcciones. Llegué a un palacio, enorme, de ladrillo, que tenía el aspecto de una fortaleza y había sido, tal vez, un alcázar o una prisión. En el portal mayor, dos colosos de bronce, dos guerreros cubiertos de armaduras mohosas, dominaban como centinelas de los siglos muertos, mirándose fieramente desde el fondo de sus cuencas vacías.

Y entonces comencé a sentir el horror de aquella ciudad espectral, abandonada por los hombres, desierta en medio del desierto. Bajo la luna, en aquel dédalo de callejones y de plazas habitadas únicamente por el viento, me sentí espantosamente solo, infinitamente extranjero, irrevocablemente lejano de mi gente, casi fuera del tiempo y de la vida. Me sentía sacudido por un escalofrío, tal vez de cansancio y de hambre, tal vez de espanto. El caballo caminaba ahora muy lentamente, con el belfo hacia el suelo, y de cuando en cuando se detenía y temblaba.

Conseguí, por fortuna, encontrar la poterna por donde había entrado. Ghitaj, envuelto en la pelliza, dormitaba. A la madrugada divisamos una humareda lejana: era el campamento que creíamos poder encontrar la pasada noche. Mi caravana llegó dos días después.

Nadie, en toda la Mongolia, ha querido decirme el nombre de la ciudad deshabitada. Pero con frecuencia, en Tokio, en San Francisco, en Berlín, vuelvo a verla como un sueño terrorífico, del cual, tal vez no se desearía despertar. Y me siento punzado por la nostalgia, por un gran deseo de volverla a ver.


Giovanni Papini, (Florencia, 1881 – 1956) Escritor y poeta italiano. Fue uno de los animadores más activos de la renovación cultural y literaria que se produjo en su país a principios del siglo XX, destacando por su desenvoltura a la hora de abordar argumentos de crítica literaria y de filosofía, de religión y de política.


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