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Ecos de un caballito del diablo

Aída Chacón| Días de guardar| Crónica

Fotografía: @yllak

Durante la infancia esperaba con ansias la llegada de la Semana Santa. Esas dos largas semanas para no ir a la escuela y en las que los adultos también tenían descanso para llevarnos a pasear a algún sitio. Nuestro destino favorito era el río o la playa. A pesar de que salíamos durante los días de guardar, mi abuela tenía la creencia de que el viernes santo nunca debía usarse para el placer, ningún tipo de placer. Los adultos de aquella época pensaban que no era más que una superstición, así que en aquellas vacaciones salimos de casa, desde muy temprano en viernes, con destino a la playa.

Alrededor de las diez de la mañana nos instalamos en la playa de Mocambo. El día estaba nublado, pero la playa estaba casi vacía. No pudimos resistir la tentación de tener tanto espacio para nosotros, así que aún con las nubes que presagiaban una tormenta, nos pusimos la ropa para nadar y corrimos al agua. Durante un rato no pareció una mala elección; ya estábamos ahí, el viento empezó a soplar más fuerte y pensamos que, a pesar del frío, en cualquier momento las nubes darían paso al sol radiante que esperábamos encontrar.

El viento no dio paso al sol, no arrastró consigo a las nubes para llevarlas a otro paisaje; el día se oscureció más y empezamos a temblar de frío estando en el agua. Escapar del agua significó atravesar una playa feroz, con el mar picado y el viento lanzando la arena sobre nosotros. Cada grano parecía un alfiler que se enterraba en la piel; apenas unos pasos equivalían a soportar los embates de un ejército invisible que lanzaba toda su artillería sobre cada centímetro de piel. La arena se pegaba en la garganta, nos hacía llorar y finalmente nos lanzó de la playa. Pegajosos, llenos de arena y tristes pensamos en volver a casa.

Cuando el espíritu viajero se había muerto por completo, el entusiasmo de unos cuantos empezó a esparcirse entre todos e idearon un nuevo destino: el río. Estando en el puerto, enfilamos rumbo al río cercano al rancho de mis tíos en Soledad de Doblado. Ahí llegaríamos a un lugar tranquilo y también tendríamos cerca a los parientes para visitarlos. Parecía la idea perfecta para salvar el día y el viaje.

Llegamos al río cuyo nombre olvidé con los años. Nos instalamos en la orilla de la manera tradicional: las mamás con el lunch y vigilándonos mientras cazábamos guarasapos1; los jóvenes nadando en la parte más profunda, riendo a carcajadas y buscando la manera de echarse clavados en el agua; mi abuela remojando sus pies y contemplando a toda la familia feliz con un paisaje soleado y campirano como escenario.

Todo iba bien hasta que llegaron más personas. Llegaron en una camioneta roja. Eran pocos, apenas un par de niños, tres mujeres y un par de señores. Quedaron casi frente a nosotros en la otra orilla del río. Aunque no nos molestaron jamás, habríamos preferido toda la corriente solo para nosotros. Mi abuela, como siempre, dijo que se sintió extraña con la llegada de más personas al río; “como que me llegó un presentimiento”, dijo más tarde mientras comíamos.

Después, cuando todos estábamos absortos en nuestra alegría, llegó otra camioneta. Nos dimos cuenta hasta que los tripulantes bajaron de ella todos al mismo tiempo; la camioneta negra, sin placas y vidrios polarizados puso en alerta a los adultos. Uno de los hombres que se encontraba en la orilla no los vio llegar. Lo amenazaron con armas y el griterío de las mujeres me hizo distraerme de los guarasapos. Levanté la vista y miré de golpe todo el escenario: hombres armados golpeando al tipo de shorts mojados, mujeres gritando y abrazando a los niños; luego el mismo hombre de shorts flotando boca abajo en el agua. Todo pasó tan rápido que no me di cuenta cuando mamá me había sacado del río. Todos corrimos a escondernos, y mis papás repetían con insistencia que nadie volteara a verlos, que no los miráramos.

Desde el escondite escuchamos las llantas de la camioneta arrancar sobre la terracería y alejarse. Nos asomamos y vimos mujeres llorando. Yo volví a ver al hombre flotando en el agua y pregunté si estaba muerto. Nadie contestó. Rápidamente nos subimos a la camioneta en la que íbamos nosotros y nos dimos prisa para llegar al rancho del tío Manuel, el más lejano de Soledad y más escondido entre los sembradíos. Mi papá dirigió el camino. Los demás permanecimos callados, llenos de miedo.

Llegamos al rancho y los tíos nos ofrecieron de comer. Estábamos hambrientos y nos sentamos a la mesa sin demora. En el fogón se veía la olla de frijoles, el comal con las tortillas recién hechas. Al centro de la mesa estaba el molcajete con una salsa que tenía un olor delicioso. El embeleso de la comida fue disipando el miedo. Empezamos a deleitarnos con el plato de frijoles con chorizo que habían hecho para nosotros. Mientras comíamos empezamos a reír, a charlar sobre el viaje, sobre lo que vimos. La abuela no desaprovechó la oportunidad para decirnos que jamás debimos salir de casa los viernes santos porque son días de guardar y no podemos jugar con eso. Ya nadie debatió con ella. Con aquella comida, sentados a la mesa de los tíos, todos nos sentimos de nuevo en casa. Ahora mi padre siempre me dice que no debemos salir de casa ese día. Nunca más, desde entonces, hemos vacacionado en viernes santo.

1Guarisapos.

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Aída Chacón| Souvenirs para mamá (II)| Crónica

Fotografía: Pedro Valtierra.

Aquel hotel de paso que nos cobijó durante nuestra estancia en Cancún lo encontrábamos hermoso. Fue nuestro refugio. El vínculo con la realidad que evadíamos durante el día, cuando íbamos a la zona hotelera a colarnos en los hoteles de lujo. En ellos había albercas, barra libre para los adultos, refrescos para nosotros, regaderas para después de estar en la arena de la playa privada.

Teníamos un número previamente ensayado. Si alguien nos increpaba sobre nuestra procedencia debíamos contestar con toda seguridad que estábamos en la habitación 208. Mirar con desdén a quienes hacían ese tipo de pregunta y continuar el camino hacia la alberca. Una vez superado el tropiezo habría que comunicarlo al jefe de la treta quien, en este caso, era un de mis tíos. Si no había tropiezos durante el día, podíamos estar en las albercas, el bar o la playa, pero a las 4 de la tarde debíamos marcharnos.

Así conocimos distintos hoteles. Cada uno más lujoso que el anterior, con mejores albercas, con paisajes maravillosos donde el mar siempre estaba de fondo. Una tía y yo aprendimos a preguntar la hora a los gringos que siempre estaban en las albercas. Así estaríamos a tiempo en el lobby para irnos juntos y nos mezclaríamos entre la gente de mundo que habitaba aquellos lugares.

Por las tardes volvíamos al hotel del centro. Nuestro hotel-refugio para turistas en desgracia. El encargado se apiadó de los niños y limpió la alberca. Después la usamos a diario hasta entrada la noche. Desde ahí se alcanzaban a ver algunas estrellas y a sentir, según yo, el olor a mar por todas partes.

Caminamos mucho en aquel viaje. A nuestro paso veíamos tiendas de lujo, restaurantes, bares enormes. Nosotros comíamos siempre dentro de las habitaciones del hotel-refugio. Durante el tiempo que estuvimos de viaje comimos tortas, sándwiches, cereal con leche nido, atún… nunca entramos a ningún restaurante lujoso ni mucho menos cerca de la playa. En varias ocasiones extrañé comer en casa.

La última aventura de aquel viaje fue Xcaret. Después iríamos a la casa de los tíos de Altamirano, Chiapas. Nadamos en los cenotes hasta que la lluvia lo permitió. Alrededor del mediodía comenzó a llover y nunca paró. Así que comimos unos sándwiches dentro de la camioneta. Volvimos al hotel a recoger nuestras maletas para después marcharnos rumbo a Altamirano. En el camino recuerdo varias canciones de los Tigres del Norte, algunos viejos éxitos de Universal Stereo, de Yuri y Alejandra Guzmán.

Salimos por la mañana, muy temprano porque pensábamos llegar a una hora razonable para ayudar a preparar la cena de año nuevo. En mis recuerdos, la casa de los tíos de Chiapas era enorme, con sus cafetales en la parte de atrás, acompañados de un paisaje de neblina matutina y el olor del pan recién horneado que una de mis tías preparaba todos los días durante la madrugada. Pensaba llegar a tomar un poco de café de olla, a correr por los pasillos de esa casa enorme y de techos altísimos, pero no lo logramos. Los caminos estaban bloqueados.

Por la carretera vimos tanquetas militares y camiones llenos de soldados que avanzaban en la misma dirección que nosotros. Llegué a contar 35 tanquetas todas rumbo a Chiapas. Luego de un rato nos detuvo un retén. Los soldados nos informaron que el paso hacia el estado estaba prohibido por el momento. No dieron ninguna explicación y nos ordenaron regresar. El ejército había sitiado el estado.

Mis tíos no se dieron por vencidos tan pronto. No querían recibir el año nuevo en la carretera, así que enfilamos hacia los caminos poco transitados, pero después de varios intentos fallidos, decidieron que era mejor volver a casa. En cada intento un retén del ejército nos impedía el paso sin dar razones. Soldados armados por todos lados nos indicaban que debíamos dar vuelta e irnos lejos de Chiapas. Tristes y asombrados por otro punto fallido del viaje, pensamos en visitar a mis abuelos paternos en Villahermosa.

Llegar a la casa de mis abuelos dependía de mí. Era la única en ese viaje que conocía el camino a su casa. La familia de mamá no era muy cercana a la de mi padre. Así que recordé el número de teléfono de la vecina de mi abuela y pedí la dirección. Llegamos a las 7 de la noche del 31 de diciembre del 93. Sin previo aviso, catorce personas llegaron a cenar y a compartir los buenos deseos para un año nuevo. Yo estaba feliz. Mi abuela me cuidaba y consentía como nadie. Mi abuelo estaba feliz de que llegamos gracias a mi ingenio. Las hermanas de papá me abrazaron mucho y comenzaron con la quema del viejo en la colonia. Nos quedamos ahí hasta el 3 de enero y esa noche nos fuimos rumbo a casa. Mis abuelos me dieron comida para el camino. Nos quedaban diez horas de carretera para ver a mis padres.

Llegamos a casa el 4 de enero del 94. Mis papás estaban muy tensos y asustados. No sabían nada de nosotros porque nunca pensamos en hacer una llamada. Calentaron la comida de fin de año y nos explicaron que, durante nuestro viaje, un huracán llegó a Cancún y el EZLN le declaró la guerra al ejército mexicano. Eso habían dicho por la televisión y las imágenes de San Cristóbal de las Casas sitiado por ambos ejércitos acompañaban los anuncios de los periodistas hablando sobre la Guerra en Chiapas que amenazaba al país entero. Todos nos quedamos en silencio. Mi abuela aprovechó el momento para recordarnos que el choque había sido una señal. Yo le mostré las toallas del hotel que me había quedado para regalárselas a mamá como souvenir del viaje. Todos coincidieron en que merecía un regaño, menos mamá. Ellas las recibió con cariño.

No volvimos a salir de viaje juntos. Aquella aventura, sin que lo sospecháramos, fue el último gran trayecto en familia. Ahora mis dos abuelas están muertas. A veces las recuerdo, algunas ocasiones charlo con ellas en mis sueños y juntas recordamos aquel viaje.

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Aída Chacón| Souvenirs para mamá| Crónica

Me gusta viajar. Desde niña me embelesaba con el paisaje de la carretera entre el puerto de Veracruz y mi pueblo. Nos gustaba viajar en familia. En aquellos años, aún tenía eso que llamamos familia extendida. Tenía varios primos, tías y tíos; tenía a mis abuelos. Ahora la familia se ha reconfigurado, estrechado y transformado de maneras insospechadas. Pero hace años viajábamos juntos. Mis papás se quedaban en casa; yo agarraba toda mi voluntad y me pegaba a las faldas de mi abuela o de mi tía Rosa y me marchaba con ellas a donde fuera. Por eso mi espíritu aventurero no se apaciguó. Según yo, exploraría desde el río cercano hasta los confines de la Tierra.

Aún con mi insistencia por andar cerca de mis familiares habité un universo interior reservado y lleno de ocurrencias. El pensamiento que nunca dejó de acompañarme era el del regreso, cuando volviera a ver a mi madre. Así que constantemente pensaba en los regalos que podría darle; en cada obsequio buscaba atrapar el simbolismo del viaje, de las aventuras vividas o imaginadas durante el trayecto lejos de la casa materna. Así que mamá recibía con una sonrisa los regalos que le llevaba: guarasapos, conchitas de río, piedras de colores y formas sorprendentes, hallazgos de la exploración que podrían ser de utilidad, tierra de río con propiedades curativas o estéticas… etc.

En una ocasión, emprendimos un viaje en las vacaciones decembrinas. Se trataba de un ambicioso trayecto que nos llevaría a las playas del Caribe mexicano. Llevábamos maletas, algo de comida y unas bocinas espectaculares para amenizar el largo trayecto. Preparamos la camioneta. Se trataba de una ramcharger 94 con camper. Era la última adquisición de mis tíos. Les había ido bien en el negocio y la crisis del siguiente año parecía lejana. En octubre del 93 compraron la camioneta que era adelantada a su tiempo; en diciembre, la estrenamos en un viaje de 1,200 kilómetros.

Por indicaciones de mis tíos y para acelerar la llegada a nuestro destino, haríamos paradas de urgencia para el baño y para cambiar de conductor. Así fue hasta que pasamos Villahermosa. Ya había entrado la madrugada y el segundo conductor a bordo iba cubriendo su turno. Todo parecía tranquilo y sin novedad. La carretera federal estaba oscura, el silencio apenas era interrumpido por la estación de radio que sintonizaron en la cabina y que levemente se alcanzaba a escuchar hasta la batea. El conductor en turno era el novio de una tía que siempre tenía varios galanes al mismo tiempo, este se coló al viaje porque el otro vivía en la ciudad. La mayoría de nosotros dormía o estaba por hacerlo. El ruido del motor y el movimiento de la camioneta terminaron por arrullarnos hasta que nos fuimos quedando callados. Justo en el momento en que nada pasaba, cuando la calma lo invadía todo, de pronto y sin estar preparados para el impacto, nos estrellamos contra un camión de pasajeros que se encontraba detenido en el carril. El impacto fue tal que chocamos entre nosotros, las maletas rebotaron con el techo del camper y una de las bocinas se incrustó en la pierna de la novia de un tío. El rechinido de las llantas patinando en el pavimento se escuchó por un largo rato o por lo menos esa fue mi sensación.

Una vez que se detuvo la camioneta, el otro conductor que estaba en su turno de descanso, alcanzó a incorporarse casi de inmediato y salió del camper para dirigirse a la cabina. Cambió lugar con el que manejaba, arrancó la camioneta y nos fugamos a toda velocidad del lugar del accidente. Mi abuela comenzó a indagar cómo estábamos los demás; yo le pregunté aún con sueño si estaba muerta o viva. Al amanecer llegamos a Escárcega llenos de miedo, en shock y con la congoja atorada en la garganta.

Con la incipiente luz del día nos detuvimos en un restaurante a la orilla de la carretera. La intención era pasar a los baños y continuar, mi abuela pidió un momento para sentarse, beber un café y rezar un poco. Todos nos sentamos con ella. Yo la tomé del brazo y pensé en mamá por primera vez desde que inició el viaje. Luego miramos la flamante camioneta 1994, que se encontraba en el estacionamiento con el cofre convertido en un acordeón extraño que cubría medio parabrisas. Nos reímos todos por la ironía.  

En esa charla intercambiamos opiniones sobre lo ocurrido. La abuela decía que era mejor volver, tomar el accidente como una señal que nos indicaba el camino de regreso. Otros decían que había que seguir con el plan, que el accidente era una metáfora sobre la perseverancia en la vida. Todo se definió con la votación de los viajantes. Después de un rato, vimos a un camión de pasajeros estacionarse cerca. Los pasajeros descendieron y también entraron al restaurante. Inevitablemente se percataron de la camioneta chocada y supieron que éramos nosotros. El chofer del camión nos miró con ganas de abalanzarse a nuestra mesa. Mis tíos dieron la orden de correr a la camioneta y largarnos. La gente del camión se quedó ahí, también con el trance del shock, agradeciendo que no había heridos entre ellos.

Después de veinticuatro horas de trayecto, algunas escalas en Uxmal y Chichen Itzá y de un día de campo que nos infestó de pulgas de pasto, finalmente llegamos a Cancún. Nuestra ingenua ambición era hospedarnos en un hotel con alberca y vista al mar. Los conductores al mando recorrieron la zona hotelera buscando un hospedaje que se adecuara al bolsillo y a nuestras peticiones. Después de un rato llegamos al centro de Cancún a un hotel que se anunciaba con alberca y por el cual nos cobraron 50 pesos la noche por habitación. Rentamos tres habitaciones, las atiborramos como pudimos. Sabíamos que nos encontrábamos muy lejos del mar, pero la alberca parecía una bendición después de tantas horas de viaje.

Nos pusimos nuestros trajes de baño y bajamos a tropel a la alberca del patio trasero. Resultó ser un estanque verde al que no le había dado mantenimiento desde hacía mucho tiempo. Eran las 6 de la tarde, y las opiniones se dividían entre sumergirse en el agua verde o exigir una alberca limpia a la administración del hotel. Ganó la opción de sumergirnos siempre y cuando no hiciéramos bucitos con el agua verdosa.

Estuvimos en la alberca hasta que dieron las 10 de la noche. Al día siguiente iríamos a las playas más bonitas de Cancún.

CONTINUARÁ…

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Aída Chacón| Otra vez el sureste| Crónica

El calor insoportable de la ciudad me hace recordar al de mi pueblo. Tenía unos doce años cuando, a raíz de mis clases de Ciencias de la Tierra, se me ocurrió pensar en la temperatura ambiente del lugar. No era común tener termómetros ni aparatos de medición de ningún tipo. Cuando encontré arrumbado en la casa un termómetro ambiental estaba cubierto con una capa de polvo tan difícil de quitar que no se podía leer la escala de medición. Luego de pedirle a papá que me ayudara con esa reparación, nos dispusimos a medir la temperatura ambiente. Colocamos el termómetro en un sitio de la banqueta afuera de la casa para simular el escenario real de cuando yo caminaba de regreso después de la escuela. El termómetro llegó a 50°, esa era su medición máxima. Nos quedamos un rato pensando en que, tal vez, podría ser mayor pero que no lo sabríamos hasta conseguir un termómetro con más capacidad. Luego seguimos con el experimento y medimos la temperatura dentro de casa. Apenas se redujo un par de grados centígrados.

Después de nuestros hallazgos, mi papá charlaba con todo aquel que se le atravesara. Les contaba del tremendo calor, de lo criminal que resultaba. Unos llamaban al pueblo, “el infiernito”; otros más, los que se hacían los poetas, le decían “la novia del sol”, porque este jamás se iba y estaba ahí encima todo el tiempo. Mi madre le decía: “la antesala del infierno”. Ella siempre despreció vivir ahí. No sé cómo resistió sin abandonarnos. Extrañó la ciudad, su ruido y el gentío indiferente durante cada día que vivimos allá. Cuando se mudó de vuelta a la capital, se recluyó en su casa, no salía más allá de los límites de la colonia y, ocasionalmente, visitaba la zona en la que dejó parte de su juventud.

Los vecinos empezaron a inventar toda clase de experimentos que comprobaran su hipótesis: nuestro pueblo era el más caliente de todo el estado. Un vecino aprovechó el cofre de una camioneta estacionada afuera de donde se encontraban para sus experimentos y a las doce del día partió un huevo y lo esparció ahí. El huevo cambió de coloración, se cocinó en la lámina. Después de aquello, todos estaban asombrados por no haber perdido la razón a causa de la inclemencia del sol de tantos años. Otros se preguntaban cómo era que el pueblo no se había deshabitado jamás y que, por el contrario, parecía hacerse más y más grande. Lo que era evidente es que, alrededor de las dos de la tarde, cuando más calor se sentía, los negocios bajaban sus cortinas, la gente desaparecía de las calles y ese tiempo se ocupaba para comer. El mediodía nuestro era ese momento entre las dos y las cuatro en el que las calles se convertían en las de un pueblo fantasma.

Cuando se acercaban los peores días de calor y antes de las lluvias, nosotros y casi toda la gente del lugar, buscábamos un lugar en el río, a veces en la playa. Nos gustaba ir a remojarnos al agua del Joliet, el Julieta para los menos pretenciosos. Ese río enorme y que, a los ojos de mi infancia resultaba hermoso, se encontraba en los límites del pueblo. Del otro lado, pasando el puente de tubos, ya no era Veracruz, sino Oaxaca. Del lado oaxaqueño se encontraban las ruinas de una hacienda. La gente contaba un sinfín de historias sobre esa construcción. En lo que antes era el arco de entrada de la propiedad se lograba ver el nombre Joliet y el año 1904. Todo estaba abandonado. No habían pasado ni ochenta años de aquella fecha pero a mí me parecían un abandono de cientos de años. Las pocas paredes que se apreciaban de pie eran altísimas, todas sin techos. Numerosas puertas conectaban lo que antes, seguramente, habían sido habitaciones inmensas y llenas de lujos. Se decía que el dueño era un francés acaudalado que decidió venir a México buscando prosperidad. Su hija, una hermosa mujer de ojos azules y piel blanquísima, lo había acompañado y había bautizado la hacienda en su honor. Otras personas decían que había sido de gringos adinerados. Todos coincidían en que la Revolución les había hecho caer en la desgracia y poco a poco, la hacienda que se erigía en lo alto de una loma, los plantíos, las caballerizas y todos los que trabajaban en ella, fueron muriendo, migrando, simplemente desapareciendo hasta dejar el sitio totalmente abandonado y sin certezas sobre su historia.

En el río, nosotros los niños cazábamos guarasapos durante horas, chapoteábamos un rato, hacíamos concursos para saber quién podía soportar más tiempo bajo el agua. Cuando alguno no lograba escapar, se convertía en el blanco del tío que quería enseñarnos a nadar. Nos aventaban desde algún sitio alto y teníamos que salir a flote. Nuestra infancia en el río también se acompañó del constante temor de morir ahogados. Así podíamos durar hasta seis horas en el agua; hasta que teníamos las manos y pies de viejitos, nos acercábamos a la orilla a comer algo. Irremediablemente al comenzar a comer llegaban las historias de las tías sobre el amigo de su juventud que murió siendo apenas un crío. Chelín era el más pequeño de todos ellos. Falleció una tarde de domingo cuando fueron a ese mismo río; él comió y volvió a nadar; se ahogó sin que los demás se dieran cuenta. Cuando lo buscaron ya era demasiado tarde. Su cuerpo estaba hinchado y todos lloraron hasta enloquecer un poco. Tardaron en volver ahí y lo recordaron en cada ida al Julieta.

En la noche, ya que nos habíamos dado una ducha y nos acostábamos a dormir, creíamos que el agua nos mecía, pero ahora en la cama. Y yo podía sentir la corriente del río golpear suavemente todo mi cuerpo. Cerraba los ojos y, de nuevo, estaba flotando en el agua; escuchaba a lo lejos su ruido chocando en las piedras, corriendo en el cauce con sus desniveles. El arrullo me hacía sentir una tremenda paz hasta que me quedaba dormida. No la he sentido de nuevo hasta ahora.

Poco antes del verano llegaban las lluvias. En algunos casos, monzones. El calor se apaciguaba un poco, nos daba un respiro no muy largo. El agua de la lluvia era una bendición esperada. Algunas veces lograba escaparme de mamá y sus cuidados para mojarme en la calle. Me encantaba perderme entre las gotas hasta quedar empapada. La tibieza de las gotas evitaba cualquier resfriado. Jugaba a bailar y cantar en la lluvia, a sentir cómo la ropa se humedecía con rapidez hasta quedar escurriendo. Y de nuevo la paz… pero ahora llegaba en forma de olor a tierra mojada. Al instante en que cesaba la lluvia se empezaban a oír las chicharras. Esa era señal de que, al día siguiente, el calor regresaría pero esta vez más fuerte.  

Las trampas de la memoria son muy curiosas. Las nostalgias son seleccionadas cuidadosamente para que no me acuerde de la inseguridad que, de pronto, azotó el estado un día durante mi adolescencia. De repente, sin que nadie pudiera evitarlo, dejamos de salir en las madrugadas, olvidamos los cantos de la rama, comenzó a desaparecer la gente, los migrantes también y los que quedaban, estaban mutilados por el tren. Tampoco me acuerdo de los zetas que llegaron, de cómo reclutaban compañeros de mi prepa, ni de la estirpe de chupaductos que se apoderó de la zona. No pienso en el derecho de piso que hizo cerrar a más de un pequeño negocio en el centro de mi pueblo. Eso… nunca lo recuerdo. No pienso en que el pueblo de mi infancia me fue arrebatado y que ahora solo queda ese parece en la nota roja.

Desde el sofocante calor citadino de apenas 27°, me pongo a recordar furiosamente esos pasajes de la infancia mientras me animo diciendo que este calor no es tan insoportable, que he sentido el rigor de los 50°, que ni el río, ni la regadera ni la ropa ligera terminaban con el sopor de mi pueblo; que acá, en esta latitud, aunque no se pueda bailar bajo la lluvia, encontramos en la sombra una tregua del calor.

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Aída Chacón| Lejos y apretado| Crónica

Vivir en la ciudad es caótico y apretado. Los espacios son distintos al igual que las distancias. En la infancia viví en lugares amplios, con plantas, cielos abiertos, pájaros cruzando el cielo y chicharras cantando hasta la muerte. Me mudé muchas veces. Perdí la cuenta de ellas y también de las cosas que perdía en cada cambio de casa. Aún con eso siempre tuve espacio. Espacio para mí, para meter los gatos que recogía de la calle, unos cuantos perros y hasta una paloma que se cayó de un árbol y quedó lastimada.

Viví hasta mi juventud en un pueblo. No tan grande ni tan pequeño, no tan olvidado ni lejano. En sus calles principales se veían tiendas y aparadores como una pequeña ciudad. El centro era una zona de apenas unas cinco cuadras a la redonda dónde se concertaba la mayor actividad económica. El mercado, dos tiendas de autoservicio, algunos bancos, el palacio municipal, el parque donde se hacían los bailes y algunos comercios. Era el lugar más ajetreado de día y más solitario por las noches. Vivimos algunos años en ese centro casi deshabitado.

Teníamos un patio que se llenaba de hierba muy seguido. Grandes plantas de acuyo crecían sin que nadie les pusiera freno. Cuando tuve cierta edad y aprendí a usar el machete, mi actividad favorita era chapear el monte. El poder que el machete me confería me regalaba cierta confianza y me permitía sentir que hacía una ardua labor que no cualquiera podría realizar. Después de sudar a mares, veía las plantas cortadas y satisfecha las juntaba en el centro del patio para prenderles fuego.

Algunas de nuestras casas tenían tanto espacio que jamás logramos llenarlas. Nunca tuvimos demasiadas cosas, incluso podría decirse que ni siquiera las que alguien pensaría como necesarias, así que, mucho menos lográbamos llenar esos tremendos espacios. Recuerdo en mi infancia casas de techos altos, de habitaciones inmensas. Yo podía perderme en esos sitios y encontrar un escondite privado.

Recuerdo una casa en la que teníamos terraza en dos de las recámaras. Una de ellas tenía vista a la calle y la otra, al patio trasero. Nuestra terraza que daba a la calle bien podría ser otra habitación, así que, cuando queríamos acampar, solo sacábamos colchonetas y dormíamos ahí, con el fresco y las estrellas.

No usaba mucho el transporte porque todo era muy cercano, pero cuando lo hacía, nunca estaba lleno. Solo durante el carnaval o los desfiles se veían las calles llenas de gente. Había espacio para charlar a gritos de una acera a otra. También para estacionarse cerca de las tiendas principales. No faltaba lugar en las bancas del parque a menos que fuera domingo. Ese día todos estábamos ahí dando vueltas una y otra vez en una espiral interminable donde perseguíamos no sé qué. Tal vez, matar el tiempo.

El espacio era tal que cuando papá se fue y nos mudamos a una habitación en la casa de una tía, cabíamos las cuatro en ella. En provincia había espacio, lugar para todas las cosas, para las plantas y los animales. Para la ropa secándose al sol, para los bañistas en el río, para abanicarse en las tardes de intenso calor. En la ciudad, en cambio, nunca lo hay. No se puede leer un libro en el transporte sin que la puerta del metro o la gente que entra y sale propine un buen empujón. En ocasiones, cuando las puertas están cerradas y no hay gente abordando o bajando del vagón, tampoco hay espacio para abrir el libro y retirarlo de la cara para lograr leer.

Hay tanta gente que no cabe en ningún lado. Ni en los andenes del metro, ni en los trenes; tampoco en las avenidas ni en los camiones. Mucho menos en los parques o en el supermercado. No importa la hora o el sitio siempre está lleno de personas. En los departamentos tampoco hay sitio para estar en paz. Se escucha al vecino de arriba caminar de un lado a otro. Se escuchan las zapatillas de las vecinas andar en las escaleras del edificio. Se oye la fiesta de la calle contigua. No hay espacio para el silencio, tampoco para las estrellas o los cielos abiertos. No hay escondites. Siempre estamos expuestos. No hay sitio para demasiado, aunque ahora quizá tenga algunas cosas más que en mi infancia, no son muchas.

Una paradoja de la ciudad es que, aunque todo está muy lejos y apretado, la gente no se habla y no se mira. La gente atiborra el transporte y pocos saludan o se desean buen camino. Si alguien cae desmayado, pocos se detienen a llamar a una ambulancia. La gente está acostumbrada a ver a tantos que ya ninguno importa. Somos muchos, muchísimos, pero no sabemos nuestros nombres, no sonreímos camino al trabajo. Quizá sea el hastío que provocan las grandes distancias, el malestar de los camiones apretados, la interminable y agotadora rutina de los trayectos.

Para algunos, quizá la solución es el regreso; tomar de nuevo las valijas y marchar por donde vine… pero a veces, la trampa está en que los lugares espaciosos habitados en la infancia solo existen en la mente. Ya no hay a dónde volver, ni cómo. Así que la verdad es que ese espacio grande, luminoso, sin saturaciones también se ha diluido en el tiempo. Escapó. Quedará como una historia que alguien tal vez contará a sus nietos y que empezaría más o menos así: “Dicen que en provincia había mucho espacio. Mi abuela contaba que en su infancia tenía un patio inmenso, cubierto de las más bellas flores y un poco de monte…”

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Aída Chacón| Crónica del olvido| Crónica

Tenía apenas dieciséis años cuando Carlos murió. Él tenía diecisiete. Ambos cursábamos la preparatoria en lugares distintos. Mis recuerdos de aquellos años ahora me resultan confusos. Me cuesta cada vez más reconstruir los detalles que antes tenía tan nítidos. Ahora, cuando pienso en él, en nuestra infancia, parece que miro un enorme mural carcomido por los rayos del sol y la lluvia. Sé que el amor está ahí, aunque de manera muy distinta a como era antes. También lo extraño y siento curiosidad por saber cómo habría sido su vida adulta.

Cuando me avisaron de su fallecimiento no logré contener el llanto. Grité más allá de lo que mi garganta hubiera querido. Me dolió el corazón por un largo tiempo. Me volví más sombría, más callada. Pensaba en las formas en las que tal vez se hubiera evitado esa tragedia, pero con apenas dieciséis no tenía muy claro cómo era la leucemia. Rezamos durante nueve días en casa y encendimos veladoras cada día. Sus cenizas quedaron en un mausoleo católico en la ciudad, nosotros regresamos al pueblo a continuar el duelo.

Luego, sin darme cuenta del momento exacto, volvimos a la normalidad. De nuevo nos reunimos con toda la familia en las Navidades. Se reactivaron los antiguos pleitos y se hicieron más feroces las avaricias de antaño. La familia se fue desmoronando poco a poco, se hicieron bandos, se pelearon herencias, se rompieron los códigos entre hermanos y los sobrinos no pudimos sino tomar partido. No volví a ver a casi nadie durante una década. No volví a hablar con ellos. Mi hija no conoce de cerca a ninguno de ellos, quizá ahora si los viera en algún sitio no sabría muy bien de quiénes se trata.

La inminente ruptura familiar se precipitó cuando la abuela fue enfermando y su prolongada agonía se volvió insoportable. A veces, cuando pienso en ella, inevitablemente me pregunto cómo habría sido la vida si nosotros, los sobrinos, hubiéramos podido crecer juntos. Ahora pienso que todos nos hemos olvidado. Nos fuimos ahorrando las felicitaciones en los cumpleaños, las visitas de por sí esporádicas. Nuestras charlas fueron muriendo lentamente; pasaron de lo íntimo a lo insulso sin que ninguna de las partes quisiera evitarlo. Un día, sin más, dejamos de escucharnos. Los más pequeños creo que ni siquiera deben saber mi nombre, mucho menos que tengo una hija. Nos volvimos a reunir cuando el funeral de la abuela nos orilló a hacerlo. Entonces, los saludos fraternales, el abrazo y el consuelo protocolario estuvieron ahí para impedirnos otra charla que no fuera la necesaria. Nos despedimos al día siguiente del sepelio y volvimos al cómodo hábito de no nombrarnos.

Ahora que pasaron veinte años, regreso a recordar a Carlos. Él fue el único que no abandonó por voluntad el vínculo que nos unía. Lo pienso con insistencia para recordar su risa, el tono de su voz, nuestras pláticas… pero solamente tengo algunos trazos inconclusos. Breves dioramas de algunos momentos juntos. Todo eso congelado en el tiempo, sin movimiento. Apenas como instantáneas que reconstruyen una época juntos. Ya no me acuerdo de su voz ni de cómo sonaba su risa. Me gustaría no olvidarlo por completo; lo raro del olvido es que no se nota, simplemente un día sucede.

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Aída Chacón|El retorno de la primavera y la persistencia del apocalipsis| (Opinión)

Comenzar una reflexión con la palabra apocalipsis hace casi inevitable pensar en los pasajes bíblicos con escenarios catastróficos, que ponen fin a los tiempos de la humanidad. Ante esa idea resulta necesario anteponer el significado etimológico de la palabra en cuestión, que se deriva del griego apokálypsis (ἀποκάλυψις) que significa “revelar”.

El retorno de la primavera que va de la mano con una pandemia que lleva más de un año desarrollándose en el mundo, nos ha revelado el estado actual del mundo, de sus estructuras, del sistema de producción imperante, de las dinámicas sociales en lo micro y en lo macrosocial.

Una de las revelaciones más duras han sido que no volveremos a la “normalidad” cotidiana, que nuestra forma de relacionarnos con los demás ha sido abruptamente modificada y que, aun cuando pase el peligro del contagio, quedarán secuelas psicoemocionales que nos impedirán volver al punto en el que nos encontrábamos antes de la crisis sanitaria. Debo señalar que ese estado previo tampoco era el ideal, pero sí el acostumbrado, lo “malo por conocido”, que genera, con ayuda de la nostálgica memoria, una falsa sensación de seguridad ante el escenario incierto.

Aunque las superestructuras han aprovechado la nostalgia del pasado no tan lejano y la falta de aceptación ante la evidencia de que nuestra vida ha cambiado, para evitar que miremos el punto que resulta implacable: la devastación de la naturaleza tiene costos cada vez más altos, evidentes e inmediatos. Y la vida que hemos conocido, bajo los sistemas económicos y políticos que se han impuesto, ha cambiado apenas en lo superficial, y requiere cambiarse radicalmente, de fondo, en lo macro y en lo microsocial, para que podamos evitar estos ciclos de devastación que afectan en mayor medida a los más desfavorecidos, quienes, por cierto, cada día son más en lo largo y ancho del planeta y que profundizan la desigualdad.

A propósito de este tema, el trabajo de la historiadora María Isabel Porras titulado La gripe española 1918-1919, hace varios señalamientos comparativos entre la pandemia de hace 100 años y la actual, así como de su desarrollo y cómo las decisiones sanitarias obedecen más a cuestiones políticas y económicas. Es decir, la devastación actual, el costo en número de vidas, no tendría por qué ser tan alto porque, a diferencia del pasado, ahora tenemos mayor desarrollo tecnológico, médico y comunicativo. Sin embargo, los intereses se han vuelto más intrincados, menos sociales y más comerciales. Así lo señala también María Isabel Porras en entrevista con Raúl Limón, para El País: “Los políticos no quieren considerar la historia porque les obligaría a tomar medidas a las no le ven ele efecto inmediato, en el periodo que ocupan sus cargos”[1].

Y socialmente, nos obligaría también a la organización, a replantearnos distintas formas de vida donde la desigualdad no tuviera que ser la constante, lo cual implicaría también un compromiso mayor con lo colectivo y quizá menor con lo individual. La transformación necesaria para garantizar la supervivencia humana requiere un cambio de paradigma sobre cómo “funciona” el mundo. Mientras tanto, el conteo de muertos seguirá en todo el mundo, así como la pelea por la inoculación y su correspondiente mercado económico. Todo esto se acompañará del Pantone de la primavera que se avecina…


[1] Raúl Limón, “La humanidad suspende la historia de las pandemias”, EL PAÍS, 2021, febrero, 10 consultado en: https://elpais.com/ciencia/2021-02-10/la-humanidad-suspende-en-historia-de-las-pandemias.html?utm_source=Facebook&ssm=FB_MX_CM&fbclid=IwAR1qB1qLRSoigT5tySfJXCUbrIpCCKK8BJJDIQNIycPYd88arfjvCVUa0rY#Echobox=1613021366

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Ecos de un caballito del diablo

AÍDA CHACÓN| RETORNO AL SURESTE [II] (CRÓNICA)

El calor de mi pueblo siempre ha sido legendario. Ha sido también inspiración para innumerables chistes, anécdotas y sorpresas. No era tampoco una obsesión saber a cuántos grados centígrados estaba el termómetro en cada mañana, pero cuando sentíamos un calor inusual, lo consultábamos. Alguna vez la temperatura alcanzó 50° a la sombra. Así el calor de mi tierra en cada verano.

Justo al medio día no se veía un alma en las calles. La razón era sencilla: no existía sombra donde guarecerse del tormento de asolearse. Cabe mencionar que, la medida de todas las cosas, la distancia, el tiempo y los espacios son nociones que cambian mucho cuando se vive en un lugar con un clima tropical.

Por ejemplo, el tiempo. El llamado mediodía es conocido por el común de las personas en la ciudad como las 12 del día, o las 12 pm. Pero allá, en lo que muchos amigos y conocidos llaman cariñosamente “el infiernito”, es un lapso que inicia a las 2 de la tarde. El medio día era para nosotros la mitad de un día cotidiano que se media con el trabajo. Mientras los citadinos miran el reloj esperando que den las 6 de la tarde para salir de sus oficinas, allá las 2 pm era el espacio para comer, un intermedio del día porque el regreso a casa no era sino hasta las 8:30 y a veces hasta las 9 de la noche.

A las 2 de la tarde la gente ya no salía. La pausa era generalizada, por lo menos en el centro del poblado. Los comercios cerraban sus cortinas, la gente se replegaba a las comidas familiares, los empleados tenían dos horas para ir a casa a comer y volver para continuar la faena. Con los años, esta pausa empezó a hacerse menos notoria. Los comercios dejaron de cerrar sus puertas, pero los clientes nunca fueron un tumulto entre las 2 y las 4 de la tarde. La calma, de todas formas, era más grande que el ajetreo comercial. Llegué al Distrito Federal con esta noción del mediodía que me valió varias imprecisiones.

Este calor, acompañado por un sol insoportable, hacía que las distancias se sintieran en la piel, en los pies y escurriendo por todo el cuerpo. Recuerdo aquellos años el camino a la escuela. Caminaba a la hora de la salida de la secundaria que, durante muchos años, fue una secundaria agropecuaria y que siempre estuvo rodeada de árboles de mango.

Mis caminos estaban acompañados de mis amigos, los cercanos y los odiados. Muchos caminábamos los mismos rumbos y en el trayecto unos se iban quedando en sus casas. Yo era quien iba más allá de todos los demás. El camino lo marcaba una vía férrea a Veracruz, uno de los pasos de La Bestia. Caminábamos todos dando saltos entre una traviesa y otra, a veces tropezando con el balastro que era abundante en unas zonas y casi nulo en otras. Caminar por los rieles no era cosa sencilla. Los más osados hacían malabares tratando de equilibrarse en los resbalosos y calientes rieles.

En las vías sucedieron muchas cosas. Las más terribles y algunas que marcaron mi vida en muchos sentidos. Caminando en lo alto de la vía podía sentirme poderosa, ruda. Convencida de ser temible. Fumé ahí mi primer cigarrillo. Estoy segura de que dije la primera grosería en voz alta y casi a gritos. La sonoridad irreverente me dejó con una sensación de satisfacción inigualable. También sufrí el primer asalto, pero también fue la primera vez que me defendí con todas mis fuerzas por el temor de llegar a casa sin la medalla que llevaba conmigo.

Caminar sobre la vía también regalaba cierta libertad, muchísima rebeldía porque ningún padre de familia aplaudía que fuese el camino de regreso a casa. Decían que era peligroso, pero nosotros, los rudos y desafiantes, caminábamos a diario por ahí. En ese tránsito había una palapa desvencijada; debajo de ella colocaron un tronco seco y viejo que servía de banca y que se encontraba clavado en los postes. Ahí una señora vendía elotes hervidos. En realidad eran esquites en bolsa y nosotros pedíamos “un elote”, lo comíamos ahí y tomábamos fuerzas para continuar. Esa parada estaba quizás a la mitad del camino entre la secundaria y mi casa.

Después de aquel descanso, el otro sitio obligado era la casa del loro. No había palapa, ni bancas, ni venta de nada. Era solamente una casa que tenía una jaula enorme con un ave que se sabía muchas groserías. En general distinguía entre niños y niñas por el insulto que dirigía. Los niños eran pendejos y las niñas, putas. La cómica forma de insultar que tenía el loro nos atraía mucho, algunos niños le lanzaban cosas para hacerlo enojar y que se le salieran otras palabras como “pinche huevón” y “culero”. Cada día parecía que el loro esperaba la hora de nuestro paso para jugar, cuando nos alejábamos se asomaba por entre los barrotes de su jaula y a lo lejos se seguía escuchando su vocecita chillona con algún insulto.

Mucho más lejos y más cerca de mi destino estaba la casa del pambazo. Un lugar donde vendían los pambazos preparados más ricos de todo el pueblo. La casa tenía un pórtico que debíamos atravesar para llegar a donde la señora nos daba el pambazo. De un lado y otro del pasillo del pórtico había una bandada de gansos que nos correteaban. Entrar y salir de ahí era un reto. Ganaba quien salía con su pambazo y sin ser mordido por los gansos. Algunos se comían el pambazo junto a la señora y bajo la sombra, así la salida era más sencilla. Después de los gansos mi casa estaba a unos minutos. No tardaba demasiado en llegar. Guardaba para mí el relato del trayecto. El secreto de mi rebeldía me hacía la vida más llevadera.

Es curioso recordar aquellas tardes de un camino de apenas 3 kilómetros. En mi memoria son fragmentos de una infancia lejana, de un pasado que, a ratos, me parece ajeno. De entonces ya no hay nadie, algunos compañeros de trayecto han muerto; los amigos crecieron y yo me mudé y no volví más. Lo bueno de la memoria es que puedo hacer también una banda sonora de mi relato; es hermoso recordarme en lo alto de las vías mientras tarareo la música que cantaba con mis amigas y que oía todo el tiempo en mis casets piratas, aunque la música de mi infancia será otra crónica aparte.

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Ecos de un caballito del diablo Narrativa

Aída Chacón| Crónica de un endiablamiento| (Cuento)

“Hay que recordar que el diablo
tiene sus milagros, también”.
Juan Calvino

Felipe Ruelas despertó con un dolor intenso en los talones y se marchó a trabajar. Durante el día la dolencia aumentó, ya para la noche había llegado hasta sus pantorrillas y cada vez era más insoportable. Durante la madrugada se le enrojeció la piel y aunque era lampiño, llegó a sentir algunos vellos alrededor de su mentón.

De nuevo se levantó para dirigirse a su oficina. Antes de llegar hizo una pequeña escala en la farmacia y compró analgésicos y un poco de antiinflamatorios por si la cosa se ponía peor. Tomó algunos sorbos de café, dejó pasar unos minutos y se tomó las pastillas con un trago de agua. Durante el día todo pasó normal, las molestias se esfumaron y dejaron que Felipe se sintiera mejor por algunos días más.

Semana y media transcurrió desde la primera vez en que el señor Ruelas sintió el dolor en los talones, cuando de nuevo recurrió a una dosis de medicamentos posteriores a un sorbo de café, pero en esta ocasión tan sólo suprimió el dolor por algunas horas. Felipe triplicó la dosis y sintió alivio por tres semanas más. Debido a la ausencia de dolores, Felipe no se percató del resto de sus síntomas: enrojecimiento de la piel y deformaciones importantes en tobillos y talones.

Seis semanas después de su primer síntoma, Felipe Ruelas notó que sus zapatos empezaban a apretar. Para no perder tiempo valioso en su trabajo, decidió simplemente comprar un par nuevo de algunas tallas más para sentirse cómodo al caminar.

Felipe Ruelas trabajaba plácidamente en una oficina de correos; su labor principal era revisar la correspondencia internacional para que estuviera libre de objetos prohibidos por la oficina postal. Durante sus veintisiete años de servicio había visto casi de todo: muñecas transexuales de plástico, fotos escandalosas, fetiches para vudú, remedios para todo tipo de enfermedades comunes, muestras para inseminación artificial que se mandaban los amantes, en fin, todo tipo de cosas. Por esta misma razón, Felipe creía que nada podía sorprenderlo ya.

El dolor volvió a presentarse y ni los curiosos envíos podían distraerlo de sus males. La mañana del 30 de agosto de aquel año fatídico, se hizo examinar por uno de los médicos más conocidos de la colonia.

El diagnóstico del facultativo fue contundente: “Está usted endiablándose, no podemos hacer nada, es un proceso irreversible, seguro comió algo que le llevó la infección al estómago y ahí surgió todo” le dijo el doctor antes de mandarlo a casa; el apacible Felipe Ruelas cayó en crisis, su cara palideció, ¿dónde le darían empleo si su endiablamiento se hacía notar?

Con el paso de los días se percató de que podría tener solución, si se enrojecía lo suficiente espantaría a las personas a su alrededor, entonces eligió un barrio con algunas cantinas escondidas en las callejuelas solitarias, aguardaría hasta que los primeros borrachos salieran y los asustaría para ganarse la plata. Entonces, Felipe Ruelas se sintió feliz, emocionado con su cambio de vida y se dispuso a investigar los detalles necesarios para ser un buen diablo.

El color rojo no sería problema, a estas fechas ya estaba rojo casi por completo, incluso sus partes pudendas se notaban ya en tono escarlata. Los pies estaban totalmente deformados y las pezuñas negras resaltaban con un poco de coquetería. Sacó sus ahorros del clóset y se fue a comprar un traje, un smoking negro para estar presentable, aprovechó que la empleada de la tienda salió despavorida cuando lo vio tan diablo y tan rojo, así que también eligió un bombín y un bastón elegante para acompañar. Ya convertido en un diablo galán, se puso a trabajar.

Felipe Ruelas ha prosperado desde aquel día. “Un endiablamiento lleno de venturas”, se decía siempre que miraba su reflejo en el espejo. Desde entonces trabaja de noche, camina con la frente en alto y muy seguro de sí; se ha vuelto popular entre las féminas y no le faltan lujos ni invitaciones frecuentes para hacer negocios multimillonarios. Se hizo un diablo feliz.

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Ecos de un caballito del diablo

Aída Chacón| Perfume de jazmín (Cuento)

He empezado a soñar con flores. Cada madrugada me despierto por el olor a jazmines que inunda mi sueño al punto de que no distingo si es real. Me levanto de la cama y busco en los rincones. Tengo miedo de encontrar realmente ramos de flores por toda la casa, en mi recámara, cerca de mí. Sueño que camino lentamente por un parque, que me detengo a contemplar la tarde, las aves y la gente que transita por ahí. Curiosamente no hay sonidos. Es como si estuviera en una película de cine mudo. No percibo un solo ruido a mi alrededor. Nada. Como si estuviera sorda porque no logro escuchar ni el aire que mueve las ramas de los árboles. No tengo miedo hasta que aparecen las flores. Ellas huelen tanto. Me doy cuenta de que llego a un sitio de aquel parque que se encuentra lleno de flores porque las huelo a lo lejos. Se van dibujando a medida que me acerco a ellas, pero su olor está ahí, inundándolo todo desde mucho antes. En ese momento me despierto de golpe y busco por todas partes cualquier indicio de sus pétalos, de su presencia en mi casa. No encuentro nada y regreso a la cama para no poder dormir el resto de la madrugada. Me pregunto si estoy atrapada en una espiral del tiempo que repite mis noches una y otra vez. Aunque mis días sí son distintos. Martes y viernes llego puntual a mi cita con la terapeuta. Ella me atiende desde hace casi un año. Llego a su consultorio y siento que estoy en el lugar más seguro del mundo. Por instantes olvido el olor de los jazmines, mis noches de insomnio, el miedo que me impide conciliar el sueño. Luego ella me pregunta cosas simples y me deja tareas similares: que salga de casa, que tome un café, que frecuente a mis amistades, que tenga un perfil en Tinder, que baile y escuche música. Lo hago cada día desde hace meses pero no logro salir del vacío que me provoca el miedo.

A veces cuando hago esas tareas, salgo como autómata a hacer compras, a reunirme con alguien a tomar un café. Escucho un poco de sus conversaciones, río de algún chiste y luego siento que estoy en un sitio ajeno, dejo de oír las voces, los ruidos, mi cuerpo se hace un cascarón que está ahí aunque yo me haya ido.

Ella me dice mis tareas son para reforzar el condicionamiento operante, el “eso” de mi conducta que me dará resultados positivos.  Yo, por otro lado, sigo saltando del sillón cuando escucho el sonido de las llaves aproximarse a mi puerta. Mi estómago se contrae, mis músculos se tensan, mi cuerpo entero se prepara para sobrevivir a lo inminente. Solamente encuentro tranquilidad cuando la puerta no se abre; cuando pienso en que ahora es otra chapa en ella, que no existen copias de mis llaves, que estoy en casa sola y a salvo. Cuando eso pasa agacho la cabeza y me siento en el sofá mientras pienso en lo que ha quedado de mí, en quién soy ahora. Algunas personas, quienes saben más de lo que pasó, de eso que me trajo a este punto, me dicen que todo estará bien, que conoceré a alguien más, que olvidaré poco a poco, pero sé que no será así. Me siento rota, otras veces sin fuerzas.

Él, después de cada pelea llena de insultos, de aventones, de gritos, volvía a casa con jazmines porque perfumaban el ambiente, porque era su manera de pedir perdón, de alegrarme el día después de dejarme en el suelo llorando o pidiendo que parara. Recibía las flores mientras pensaba en la forma de matarlo, de cortarle la garganta mientras dormía… fantaseaba con el día en que muriera, siempre soñaba despierta con un accidente de trabajo o un camión sin frenos que me trajera la justicia. Quienes vivimos con monstruos terminamos por convertirnos en uno de ellos.

La primera vez que me defendí le arrojé una botella en la cara. Era un vino finísimo que compró por mi cumpleaños. No pensé en asustarlo, sino en partirle la cabeza, en hacer brotar su sangre del cráneo y luego verlo desangrarse lentamente…pero no pasó. Apenas logré un rasguño en el pómulo y su mirada asombrada. Ahora no era una víctima, empezaría a gozar como él, a ver con placer el dolor que podría causarle, a enterrarle con saña mis uñas en la piel cuando intentaba someterme. Quería torturarle, matar o morir en el intento de encontrar justicia con mis propias manos. Las siguientes veces fueron más certeras hasta que se fue de casa.

Emergió de mí un ser oscuro que sigue latente, que espera para atacar sin piedad a la primera señal de alerta. Así que no, no creo que “todo pase” como algunos dicen. Tampoco creo que logre olvidar. Constantemente me pregunto si hay retorno después de aquello, si mi existencia será siempre una irremediable furia a punto de explotar a cada paso.

Ahora sueño con flores. Las mismas que me daba él y tengo miedo. No de que él aparezca un día en casa, sino de lo que puedo hacer yo ante la amenaza de su presencia, de lo que anhelo hacerle mientras lo busco por cada rincón del departamento.

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Ecos de un caballito del diablo

Aída Chacón| Hacia la abolición de las navidades (Ensayo breve)

Aída Chacón. Ensayo brevísimo.

Charlando sobre las costumbres familiares que resultan claramente un pesar, unas amigas y yo concluimos que la Navidad debería abolirse. Las razones son variadas, según Coral Herrera hay una carga emocional fortísima en la educación que recibimos las mujeres, toda ella aún en estos tiempos, dirigida hacia el control de nuestros cuerpos y emociones, de la esclavización de las ideas a través del cuerpo.

En los últimos años, detenerme a pensar sobre las implicaciones de las reuniones familiares que se organizan para la Navidad se ha vuelto un ejercicio cotidiano. ¿Por qué si no soy creyente me enfrasco en la elaboración de un banquete?, ¿qué es aquello que me empuja a continuar complaciendo los festejos? La respuesta es, creo ahora, la culpa. De nuevo me queda claro el control emocional que menciona Coral Herrera. La encrucijada aparente está en celebrar o dividir a la familia, pero en México, ¿qué es la familia? Quizá estas disertaciones tienen su origen en las horas que demanda la preparación de la cena navideña y que me fueron impuestas desde la infancia.

Desde siempre la familia se reunía para las fiestas decembrinas. Se cocinaban varios platillos muy elaborados, había postre, ensalada, puré de papas, pastel y bebidas de sabores. La preparación comenzaba con la realización de la lista de compras, luego seguía la peregrinación al supermercado y demás lugares para surtirla. Como cada año, el día de nochebuena se acaba en hacer las filas para pagar las cuentas en el súper y en las abarroteras. Luego de aquello, el camino a casa con las bolsas repletas de ingredientes tampoco era cosa fácil. Caminar por las calles del centro del pueblo hacia la casa, esquivando a la gente enfrascada en el frenesí de las compras navideñas, todavía nos tomaba un tiempo más. Ya en la cocina iniciaba la preparación: lavar las frutas, las latas, empezar a picar las verduras, poner a cocer la carne, preparar los aderezos…

Además de aquella faena había que limpiar la casa, arreglarla para la ocasión: barrer, trapear, adornar, sacar los manteles, los platos más bonitos, hacer espacio para más gente que de costumbre en el comedor, todo esto sin descuidar la sazón ni por un instante. Terminábamos hasta casi la media noche, cuando era urgente y muy necesario correr a darse un regaderazo rápido, sacar el ajuar de fiesta y “darse una manita de gato” para esconder el cansancio de la esclavitud festiva.

Ya en la mesa, a punto de empezar a servir la cena y con todos los comensales reunidos peleándose, lanzando indirectas, algunos ebrios ya, siempre me preguntaba por qué nos sometíamos a tanto trabajo y cansancio si el espejismo del amor y la unidad era tan efímero.

Ahora que los años me permiten analizar aquellos momentos me doy cuenta de que lo único que mantiene vivas esas traumáticas tradiciones, es el autosometimiento que algunas mujeres hemos repetido una y otra vez para continuar con ellas. Quizá la liberad y el goce sean posibles cuando se acaben las navidades que conocemos desde la infancia, con las que crecimos; esas que romantizan el cansancio y el abuso para el disfrute de unos cuantos. El disfrute de las fiestas decembrinas llegará cuando lo importante sea el descanso o romper con la rutina del ajetreo cotidiano y el cansancio extremo; cuando nos neguemos a cocinar durante horas y a adornar la casa para reunirnos con la familia… cuando olvidemos los performances sobre cenas sofisticadas y de gala, cuando dejemos de venerar la ilusión de la familia.

Fotografía: Claudio Sotolongo, Cuba. Exhibida en la Galería virtual La Nave.

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Aída Chacón| Retorno al sureste [I] (Crónica)

[Sabores]

Regresar a casa siempre resulta complicado para mí. Siempre me pregunto a cuál de todos los sitios en que he habitado, podría llamar “hogar”. ¿Cuál es mi casa?, ¿la del recuerdo?, ¿la que ya no existe?, ¿la que construí en la ciudad?, ¿la que extraño cerca del malecón habanero? En esta introspección me topé con un artículo donde entrevistan a Raquel Torres, antropóloga y cocinera veracruzana. Ella sostiene que es posible saber de las raíces simplemente recordando aquello que se comía en la infancia; eso que resulta tan cotidiano que pocas veces se toma en cuenta.

Y yo, ¿qué comía en la infancia? El recorrido por la memoria me impulsó a la escritura. La comida de mi infancia estuvo cerrada a la del contexto por un largo tiempo. Crecí en un pueblito veracruzano pero con familia de tierras frías. Ellos [nosotros] migraron buscando otras formas de vida. Se apuntalaron en una casa cerrada a la gente, a la calle, al contexto. Ni mi madre ni mis tías acostumbraban a sacar una mecedora al umbral de la puerta o la banqueta para contemplar la tarde, para escapar del calor enloquecido de hasta 50° en verano. No aprendí a caminar descalza en la tierra, tampoco a andar en camiseta y calzones para sentirme fresca. Aún con esto sí aprendí a hablar fuerte (“a gritos” como dicen en la ciudad), a decir palabrotas como parte del vocabulario cotidiano, a comer lo que había cerca, lo que lograba entrar a casa, lo que probé en las casas de mis amigos, lo que se compraba en el mercado. Lo que se cocinaba en donde yo sentía era mi tierra.

De allá recuerdo las empanadas de queso y plátano, los bollitos deliciosos, los tamales de acuyo aromático que crecía desenfrenado en el patio de la casa. Las enmoladas de un mole que jamás picaba, los plátanos machos para el desayuno, el tesmole de pollo y sus cazuelitas de maíz. El queso fresco, las picaditas de salsa, las cabecitas de perro, las ciruelas con chile, el olor de los nanches, los frijoles con plátano, los puritos con queso, los pambazos blancos.

El hogar de la infancia tiene una herencia culinaria insospechada, fincada en las raíces afro del estado; pensarlas tan solo me dejan ver las formas en las que he aprendido a cocinar: sin recetas, sazonando con la experiencia, con el don de la “buena mano”; porque yo nací con ella: la comida nunca se me sala, siempre sabe bien, nunca es la misma receta, algo hay que va cambiando cada día, las cantidades son todas, un misterio. Y jamás la pruebo antes de servirla.

Entonces, mi casa está en la herencia gastronómica que tengo, la que se instaura acá, en la ciudad, la que se vuelve un éxito con los paladares defeños que prueban en casa mis inventos. La que me regresa a la infancia en cualquier descuido y me hace disfrutarla como si estuviera en un tiempo y en un lugar indeterminados. La que adoptado con el tiempo en los demás hogares que he tenido.

El estilo culinario de la ciudad en la que vivo no es mi favorito; me asomo de cuando en cuando a los sabores y algunos llegan a mi cocina con algunas modificaciones, con herencias de la infancia. Me doy cuenta de que ahora mi casa está con la puerta entreabierta, un poco como hace años las de mis tías y mi madre estaban cerradas porque se aferraron al recuerdo de su tierra, a sus costumbres, al acento de su hablar. ¿Qué queda cuando el hogar está en el pasado? Los recuerdos y la configuración de hogares nuevos, con más sabores, con más aromas, con raíces más anchas y profundas.

Pambazos preparados estilo Tierra Blanca, Ver. Foto y preparación: @yllak