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La casa de Lanudo

Diario del té I Jonatan Rodas I(relato breve)

El agua se ha puesto amarillenta. Un amarillo que le recuerda el color del cempasúchil. Esa casi venerada flor que inundaba los campos que contempló a través del cristal del auto aquella tarde de octubre mientras se dirigía junto a sus amigos a Cuernavaca. Quiso preguntar muchas cosas, pero era amante del silencio y también un poco autodidacta. Al llegar a su destino buscaría una biblioteca o, mejor aun, aduciendo necesidad de aire se apartaría del grupo para buscar un mercado, una venta de flores, un tendero o cualquier persona en la calle en la que anticipara encontrar respuestas sin pretensiones intelectuales, como las que seguramente sí encontraría entre sus amigos.

De la mano de aquel recuerdo levanta la tetera para ver el agua más de cerca. Ninguna observación precisa. Solo el deseo de contemplar la coloración que ha tomado el agua al contacto de la hierba que, cinco minutos atrás, introdujo en el cilindro que pende en medio de la caprichosa tetera de cristal. Le apasiona todo el conjunto. El agua. La realidad que se dibuja difusa a través del cristal. La bocanada de vapor que se desató cuando vertió el agua caliente, como si se tratara de su espíritu escapando del burbujeo hirviente (Pero no podía serlo. Porque el espíritu estaba ahí. Podía sentirlo). La hierba. La fina hierba que tomó en un par de tímidas pizcas entre sus dedos pulgar e índice y que luego soltó como si se tratara de un fragmento, un minúsculo fragmento de su vida. La tetera: transparente, casi levitante, trémulamente firme (¿No sería ella también una tetera?).

Y después de eso, la espera. Una espera que no se parece a otras esperas. Una espera sin prisas ni presiones. Espera nomás. Nada que esperar para que llegue. Nada que esperar para que se vaya. No cuenta el tiempo, cuando lo que cuenta es la quietud, la pulsación de la tierra en las plantas de los pies (¡en las plantas! Si pudiera elegir sería una planta, y luego té, y luego vapor, y luego ella).

El té ya está listo. Es todo lo que cuenta en aquel instante de plena entrega, de comunión propia.  

Levanta la tetera y aspira el vapor aromático que se suelta al chorrear el contenido dentro de la taza. Ha tenido la sensación de querer llorar de alegría. Ha sentido como el té le calienta adentro. Como todas las noches, al instaurarse el silencio en casa, en el ambiente.

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JOnatan Rodas I LAS PUERTAS I (relato breve)

De niño acompañaba a su madre a cada tarea que ella encontraba para ganarse la vida. Eso incluyó, alguna vez, la venta de vajillas y otros artículos de cocina de casa en casa. Su hermano prefería no acompañarlos (“prefería” es un bonito eufemismo para decir que se negaba).

Cada lunes llegaban a primeras horas de la mañana a una casa cercana a la avenida Elena, para unirse a la cuadrilla de vendedores ambulantes que inundaban el garaje de la casa. Ahí se dedicaban a contar y a envolver tazas, platos, vasos, azucareras. Elije las verdes y las cafés, son las que más se venden. Qué tal tu esposo ¿ya dejó de tomar? ¿y la niña? ¿ya se le quitó el silbidito del pecho? Llévate también este pichel, si te la compran al contado se los dejas.

Herminio le enseñó una técnica efectiva para dar en el blanco de una ruleta que pendía cerca del escritorio de la dueña del negocio. Un día acertó dos veces y ganó por eso diez centavos. Nunca supo que aquella ruleta en realidad no estaba ahí para probar la suerte de los vendedores. Su suerte, la verdadera suerte de aquellos estaba en las calles. Luego de acomodar los platos dentro de las cajas, las sellaban, las amarraban, se las calzaban. Bien acomodadas, cabían cuatro vajillas en los contornos de un cuerpo. Una a la espalda, dos en los hombros y otra en la cabeza. Pero tres eran suficientes. Más que suficientes para un mercado en el que vender dos a la semana ya podía considerarse motivo de buena fortuna.

Él volvía junto a su madre a los alrededores del barrio donde vivían. Su centro de operaciones. El epicentro de una estrategia destinada a la ruda tarea de la sobrevivencia. Ella cargaba las vajillas. A él le correspondía tocar las puertas. Decenas de puertas. Cientos de puertas. Puertas que nunca se abrían. Puertas ya abiertas pero que al traspasarlas se multiplicaban en otras mil puertas. Puertas destartaladas. Puertas nuevas y puertas blindadas.

Aquel oficio era de tocar puertas y asumir las consecuencias. Los perros ladraban. Las voces desde el fondo gritaban que no estaban interesadas. El silencio. Siempre el silencio que suele ser difícil de manejar porque nunca se entiende: ¿No hay nadie? ¿Están ahí pero no quieren que se sepa? ¿no saben cómo negarse? Siempre el silencio. Hasta qué, en una de tantas, abrían. La señora salía. Entablaba conversación. Admiraba las vajillas. ¿Cuál se ve más linda, la café o la verde? Y después de media hora preferían dejar la compra para otro día (preferían es un bonito eufemismo para decir que, desde el inicio, sabían que no iban a comprar nada porque lo único que querían era platicar con alguien afuera). Aquel oficio no duró mucho. Entre su escaza rentabilidad y los celos de su padre, no dio para tanto.

Una nueva oleada de recuerdos estaba por asomarse a su pensamiento cuando lo interrumpió una llamada de su madre. Una conversación rutinaria. Breve. Cómo va todo. Bien. Aquí, tocando puertas.

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La función de cine

Roberto acabó por darme un rudo empujón por burlarme de su apellido. Caminábamos bajo el picante sol de la mañana en dirección desconocida. Las maestras, bravuconas y ofuscadas por el calor, nos arriaban tratando de mantener la fila uniforme sobre la banqueta. La columna era grande y bulliciosa. Salir de esa manera de la escuela solamente podía significar que íbamos hacia algo que no tuviera que ver con clases. En el peor de los casos nos estarían llevando a la iglesia, cualquier otra cosa ya era ganancia.

Cruzamos por una calle polvorienta que colindaba con el aparatoso mercado de La Florida y nos detuvimos frente a la fachada de un edificio maltrecho. Las maestras comenzaron a pasar lista y a recolectar los cinco centavos que pidieron el día anterior. En las filas corría el rumor de que nos llevaban al cine. Roberto aún seguía viéndome con rencor y se cobraba el agravio apretándome con mayor ahínco en la sórdida batalla de empujones que el entusiasmo de la noticia había generado.

Va a ser la de ET – gritó uno especulando sobre la posible película -. El resto lo siguió coreando insistentemente y en ascenso: ¡ET, ET, ET!

Sentí el nerviosismo de toda primera vez en el estómago, al mismo tiempo que el rumor de que una niña de quinto de primaria, Rosa, dejaba que le tocaran el trasero durante la función por cinco centavos. Por eso, no supe diferenciar si la inquietud que invadió mi cuerpo se debía a la emoción de ir por primera vez a una sala de cine o de imaginar el contacto con el cuerpo de Rosa.

El interior de la sala hacia justicia con su exterior. Olía a humedad y abandono. Era una bóveda de paredes altas y destartaladas. No había butacas sino una superficie en declive que terminaba en un tablado donde aún, por misericordia de quién sabe qué deidad, permanecía en pie una gran pantalla blanca que resplandecía con sigilo en medio de aquel ambiente opaco. Los de cuarto grado quedamos en medio de la sala dónde, de haber existido butacas, habría sido un lugar privilegiado para la vista. Pero sentados en el piso, por más esfuerzo que hacíamos no lográbamos divisar en qué lugar habían quedado Rosa y sus supuestos seguidores.

La luz se fue apagando, mientras las maestras lanzaban los últimos alaridos para que nos calláramos. Yo sentí un estrujamiento en el corazón en medio de aquella oscuridad.

La sensación aumentó cuando un pequeño filo de luz salió disparado de una recámara a nuestras espaldas y fue a estallar en la pantalla blanca. Maravillosamente, en medio de un espacio atestado de estrellas y ráfagas de fuego, fueron apareciendo las letras azules que anunciaban los nombres de los actores: Christopher Reeve, Marlon Brando, Gene Hackman… ¡era Superman a quien conoceríamos ese día!   

Una fanfarria de trompetas anunciaba el inicio de una épica aventura que poco a poco se fue desplegando frente a aquel mar de cabezas piojosas y despeinadas. La conmoción fue mayor de lo que hubiera podido esperarse de quien se enfrenta por primera vez a una maravilla moderna. Muchos apenas y podíamos contener el aliento y conforme la trama se desarrollaba nos fuimos involucrando más y más en la travesía del héroe. Gritábamos eufóricos, señalábamos a los traidores, alentábamos a Superman a seguir adelante. Él levantaba carros, rescataba helicópteros en el aire, lanzaba rayos láser con sus ojos, sojuzgaba a los malos y luego se echaba a volar por los aires.

Todos quisimos ser como él en esos instantes.

A mí se me ocurrió que un día podría salvar al amor de mi vida, Yarita, de una nave extraterrestre.

Cuando cayó derrotado y débil por la kriptonita, sentí la agonía de todos los días. Afuera del cine eran tiempos difíciles para todos. Y los que allí estábamos crecíamos en un mundo de carencias, desigualdades y miedos. Quizás por eso un furor infantil invadió nuestras bocas cuando movido por una fuerza interior, Superman hizo girar el planeta en sentido contrario desafiando toda lógica de tiempo y espacio.

Una especie de redención nos atravesó el cuerpo cuando el mundo volvió a su estabilidad, gracias al sacrificio de nuestro héroe. Todo había parecido posible dentro de aquella sala. Yo había olvidado por completo los deseos de Rosa y ya con la luz de la sala encendida busqué a Yarita con la mirada. La película nos había cambiado la vida al menos por unos instantes.

Cuando salimos, el sol estalló en nuestros ojos. Las maestras volvieron a los gritos para ordenar las filas y Roberto recordó que me odiaba. Esta vez me veía como si estuviera lanzándome rayos láser.

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Saudade

El mismo día que te fuiste deshice tu cama. Al hacer volar las sábanas por el aire sentí como si hubieses estado aquí por años. Puse el café, como todas las mañanas. Menos agua. Tú ya no estabas.

Antes de que te levantarás solía buscar un videíto en el teléfono. Alguna música suave que me fuera introduciendo con quietud por la mañana. Algo que me quitara la modorra del reciente sueño, el temor de que el día se nublara o de que descubriera la cantidad de tareas que me esperaban. También imaginaba que así despertarías sin sobresaltos, sin el enfado de que los ruidos del día, mis ruidos, te hubieran quitado el sueño.

Cuando te fuiste despertaste muy temprano, aun sin la luz del alba. Jamás he comprendido por qué los viajes largos deben ser siempre al amparo de la madrugada. Por eso no me gustan esas horas. Porque algo en ellas se va, algo es abandonado y uno no tiene el ánimo de hacer ningún esfuerzo para detener la inminencia de las partidas. Solo queda la mirada perdida entre el sueño y la resignación. Hasta la voz resulta insuficiente. No sale como debiera según las circunstancias. Apenas atisba unos susurros que más tarde, cuando ya el sol calienta los techos de las casas, se convierte en el inservible reclamo del porqué-no-le-dije-esto-o-lo-otro.

Por eso, para no reclamarme nada, ese mismo día que te fuiste levanté las sábanas de tu cama, las eché en la lavadora, deshice las almohadas, intenté sacudir todo tu recuerdo para no llorar porque te habías ido. Sobre todo porque no me abandonaste, solo te fuiste según lo dictaba tu destino. Imposible echarte en cara nada más que someterme a tu ausencia en las mañanas, cuando me preparaba el café y veía como transitabas ridículamente de la cama al sofá restregándote los ojos.

Te he llorado esporádicamente durante el día, lo reconozco. Hasta que me llamaste esta tarde y preguntaste si todo estaba bien y yo dije, sí, todo de maravilla, como que no hubiera cambiado nada.

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oficio de poeta (II)

(Microrrelato)

Después vino el amor con la turbulencia, el deseo y el drama que solo se puede vivir en la adolescencia. Con el dolor del abandono antes si quiera de haber sido amado por la causante de todo. Su nombre era Piedad (extraño nombre para una adolescente). Lo supe cuando su madre se acercó a pedirle que ayudara a repartir el chocolate a los presentes, en las postrimerías del rezo de nueve días.

Mil padrenuestros y mil avemarías compusieron el coro de aquella trágica historia de amor que comenzó cuando la vi sentada siguiendo el ritmo de la maratón de palabras puerta-del-cielo-estrella-de-la-mañana-salud-de-los-enfermos-refugio-de-los-pecadores-consuelo-de-los-migrantes-consoladora-de-los-afligidos; sin que tuviera noticia de mi corazón afligido que solo rogaba que a mi fila llegara ella con su azafate, como si la mismísima virgen se hubiera dispuesto a manifestarse al más humilde de sus hijos pecadores.

Mi madre me machucó el pie. Tarde, demasiado tarde para evitar que respondiera el coro de la letanía como si toda la vida hubiera rezado

“Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera

que aunque no hubiera cielo, yo te amara,

y aunque no hubiera infierno, te temiera…”

… justo en el momento en que Piedad me preguntó si quería chocolate.

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Oficio de poeta (I)

(Microrrelato)

Decidí hacerme poeta el día que gané el concurso de lectura en la clase de segundo de primaria. El premio fue un libro de Pinocho y un lápiz con un borrador de figurita que no se grabó en mi memoria. Luego de eso vino la fama, las lecturas de poesía patriótica cada lunes de septiembre, las odas a los grandes hombres de la historia, recitales bajo el ardiente sol de la mañana hasta que la directora daba por concluido el acto cívico con un “todos vuelvan a sus clases” y nosotros, los poetas, bajábamos del escenario para incorporarnos a las pobladas filas de cabezas piojosas y sudadas, pensando que el próximo poema debía ser más largo. Esa era la vida del poeta: declamar las glorias de otros hombres que no éramos nosotros.