Categorías
Ecos de un caballito del diablo

AÍDA CHACÓN| RETORNO AL SURESTE [II] (CRÓNICA)

El calor de mi pueblo siempre ha sido legendario. Ha sido también inspiración para innumerables chistes, anécdotas y sorpresas. No era tampoco una obsesión saber a cuántos grados centígrados estaba el termómetro en cada mañana, pero cuando sentíamos un calor inusual, lo consultábamos. Alguna vez la temperatura alcanzó 50° a la sombra. Así el calor de mi tierra en cada verano.

Justo al medio día no se veía un alma en las calles. La razón era sencilla: no existía sombra donde guarecerse del tormento de asolearse. Cabe mencionar que, la medida de todas las cosas, la distancia, el tiempo y los espacios son nociones que cambian mucho cuando se vive en un lugar con un clima tropical.

Por ejemplo, el tiempo. El llamado mediodía es conocido por el común de las personas en la ciudad como las 12 del día, o las 12 pm. Pero allá, en lo que muchos amigos y conocidos llaman cariñosamente “el infiernito”, es un lapso que inicia a las 2 de la tarde. El medio día era para nosotros la mitad de un día cotidiano que se media con el trabajo. Mientras los citadinos miran el reloj esperando que den las 6 de la tarde para salir de sus oficinas, allá las 2 pm era el espacio para comer, un intermedio del día porque el regreso a casa no era sino hasta las 8:30 y a veces hasta las 9 de la noche.

A las 2 de la tarde la gente ya no salía. La pausa era generalizada, por lo menos en el centro del poblado. Los comercios cerraban sus cortinas, la gente se replegaba a las comidas familiares, los empleados tenían dos horas para ir a casa a comer y volver para continuar la faena. Con los años, esta pausa empezó a hacerse menos notoria. Los comercios dejaron de cerrar sus puertas, pero los clientes nunca fueron un tumulto entre las 2 y las 4 de la tarde. La calma, de todas formas, era más grande que el ajetreo comercial. Llegué al Distrito Federal con esta noción del mediodía que me valió varias imprecisiones.

Este calor, acompañado por un sol insoportable, hacía que las distancias se sintieran en la piel, en los pies y escurriendo por todo el cuerpo. Recuerdo aquellos años el camino a la escuela. Caminaba a la hora de la salida de la secundaria que, durante muchos años, fue una secundaria agropecuaria y que siempre estuvo rodeada de árboles de mango.

Mis caminos estaban acompañados de mis amigos, los cercanos y los odiados. Muchos caminábamos los mismos rumbos y en el trayecto unos se iban quedando en sus casas. Yo era quien iba más allá de todos los demás. El camino lo marcaba una vía férrea a Veracruz, uno de los pasos de La Bestia. Caminábamos todos dando saltos entre una traviesa y otra, a veces tropezando con el balastro que era abundante en unas zonas y casi nulo en otras. Caminar por los rieles no era cosa sencilla. Los más osados hacían malabares tratando de equilibrarse en los resbalosos y calientes rieles.

En las vías sucedieron muchas cosas. Las más terribles y algunas que marcaron mi vida en muchos sentidos. Caminando en lo alto de la vía podía sentirme poderosa, ruda. Convencida de ser temible. Fumé ahí mi primer cigarrillo. Estoy segura de que dije la primera grosería en voz alta y casi a gritos. La sonoridad irreverente me dejó con una sensación de satisfacción inigualable. También sufrí el primer asalto, pero también fue la primera vez que me defendí con todas mis fuerzas por el temor de llegar a casa sin la medalla que llevaba conmigo.

Caminar sobre la vía también regalaba cierta libertad, muchísima rebeldía porque ningún padre de familia aplaudía que fuese el camino de regreso a casa. Decían que era peligroso, pero nosotros, los rudos y desafiantes, caminábamos a diario por ahí. En ese tránsito había una palapa desvencijada; debajo de ella colocaron un tronco seco y viejo que servía de banca y que se encontraba clavado en los postes. Ahí una señora vendía elotes hervidos. En realidad eran esquites en bolsa y nosotros pedíamos “un elote”, lo comíamos ahí y tomábamos fuerzas para continuar. Esa parada estaba quizás a la mitad del camino entre la secundaria y mi casa.

Después de aquel descanso, el otro sitio obligado era la casa del loro. No había palapa, ni bancas, ni venta de nada. Era solamente una casa que tenía una jaula enorme con un ave que se sabía muchas groserías. En general distinguía entre niños y niñas por el insulto que dirigía. Los niños eran pendejos y las niñas, putas. La cómica forma de insultar que tenía el loro nos atraía mucho, algunos niños le lanzaban cosas para hacerlo enojar y que se le salieran otras palabras como “pinche huevón” y “culero”. Cada día parecía que el loro esperaba la hora de nuestro paso para jugar, cuando nos alejábamos se asomaba por entre los barrotes de su jaula y a lo lejos se seguía escuchando su vocecita chillona con algún insulto.

Mucho más lejos y más cerca de mi destino estaba la casa del pambazo. Un lugar donde vendían los pambazos preparados más ricos de todo el pueblo. La casa tenía un pórtico que debíamos atravesar para llegar a donde la señora nos daba el pambazo. De un lado y otro del pasillo del pórtico había una bandada de gansos que nos correteaban. Entrar y salir de ahí era un reto. Ganaba quien salía con su pambazo y sin ser mordido por los gansos. Algunos se comían el pambazo junto a la señora y bajo la sombra, así la salida era más sencilla. Después de los gansos mi casa estaba a unos minutos. No tardaba demasiado en llegar. Guardaba para mí el relato del trayecto. El secreto de mi rebeldía me hacía la vida más llevadera.

Es curioso recordar aquellas tardes de un camino de apenas 3 kilómetros. En mi memoria son fragmentos de una infancia lejana, de un pasado que, a ratos, me parece ajeno. De entonces ya no hay nadie, algunos compañeros de trayecto han muerto; los amigos crecieron y yo me mudé y no volví más. Lo bueno de la memoria es que puedo hacer también una banda sonora de mi relato; es hermoso recordarme en lo alto de las vías mientras tarareo la música que cantaba con mis amigas y que oía todo el tiempo en mis casets piratas, aunque la música de mi infancia será otra crónica aparte.

Categorías
Hombre contra el mar Narrativa

Familia

Desperté con los ramajes asomándose a la ventana, otra vez me trajeron la mañana, y por el frío que lamía mis pies descubiertos, me levanté con la mente vacía, sin ningún pensamiento invasor.

Pero al escuchar el portazo que anunció la salida de mi hermana, encontré el periódico y el café sobre el comedor; entonces recordé la preocupación que durmió conmigo la noche anterior.

Categorías
Proyecto Azúcar

José A. García | El peor de los azotes (Cuento)

He vivido, sin grandes problemas ni sobresaltos, la mayor parte de mi vida adulta en soledad. Es cierto que habito en una casa grande, enorme dirán otros, que podría albergar a una familia numerosa, si así me lo propusiera. Pero, salvo contadas visitas ocasionales para subsanar naturales apetencias, esa soledad, de la cual no me arrepiento, continuó siendo mi predilección. Somos seres gregarios, lo sé, pero a veces debemos ser nosotros mismos, cosa que se logra en soledad.

            Y fui yo mismo por mucho tiempo. Pero, como sucede siempre que la paz y algo que podría llamarse felicidad, nos rodea, las condiciones cambiaron de modo un tanto inesperado. Siendo feliz como lo era, y encontrándome en paz conmigo mismo como lo estaba, difícil resulta argumentar que ese cambio haya sido, en modo alguno, para mejor. Más bien, y como no podía ser de otro modo, fue lo contario.

            Un leve crujir en las maderas del suelo, en el piso inferir de la casa mientras me encontraba ocupado en mis quehaceres, fue la primera señal. Golpes sordos, apagados, como cosas que caían sobre las viejas y gastadas alfombras de las habitaciones, le siguieron a los pocos días. Restos de comida donde antes no había nada y olores rancios y nauseabundos que cambiaban el aire siempre húmedo de la casa, se sumaron más tarde. Detalles que dejaron de ser aislados convirtiéndose en algo habitual e  interrumpiendo mi existencia.

El miedo que me producía en encontrar con estos cambios me llevó a dejar de vagar libremente por la casa; dudaba de cuanto veía y escuchaba. Permanecía durante horas en un mismo rincón asegurándome que todo permanecía en silencio y en la más perfecta quietud, antes de ir de un extremo al otro. Limitaba mis paseos por la casa previendo cualquier situación problemática que prefería evitar.

            Imposible negar que mi vida estaba cambiando. Los ruidos, los roces sobre el yeso de las paredes, pasos pequeños, cortos pero rápidos en las habitaciones que esperaba encontrar vacías, lograban hacer que mis nervios se estuvieran siempre a flor de piel. De aquella tranquilidad a la que me encontraba habituado apenas quedaba el recuerdo; continuar viviendo en semejante situación se volvía intolerable. Me sentía cada día más rodeado, más cercado por los ruidos, por las presencias que se intuían pero nunca se dejaban ver. Sabía que allí estaban, se hacían notar, durante el día y, para peor, también durante la noche.

            Tuve que hacerme a la idea de que había perdido mi hogar. Algo que había sabido desde el primer día, desde el primer crujir de las maderas; pero me negaba a aceptarlo, como cualquiera se negaría a aceptar una derrota sin haber presentado antes batalla. Sabía que cualquier cosa que intentara sería por demás inútil; la casa estaba infectada, desde los sótanos hasta la buhardilla en la que tanto me gustaba contemplar el atardecer. La casa había dejado de pertenecerme, debía irme, alejarme y buscar otro lugar donde pasar mis últimos años.

Cualquier confirmaría que en estos casos lo mejor es poner la mayor distancia posible entre alguien tan pequeño y solitario como yo y esa plaga tan terrible que ocupaba mi antiguo hogar. Aunque me dolía desde lo más profundo de mi ser, nada podía hacerse frente a una invasión semejante de humanos.

Imagen tomada de: https://www.freepik.es

Categorías
Ecos de un caballito del diablo Narrativa

Aída Chacón| Crónica de un endiablamiento| (Cuento)

“Hay que recordar que el diablo
tiene sus milagros, también”.
Juan Calvino

Felipe Ruelas despertó con un dolor intenso en los talones y se marchó a trabajar. Durante el día la dolencia aumentó, ya para la noche había llegado hasta sus pantorrillas y cada vez era más insoportable. Durante la madrugada se le enrojeció la piel y aunque era lampiño, llegó a sentir algunos vellos alrededor de su mentón.

De nuevo se levantó para dirigirse a su oficina. Antes de llegar hizo una pequeña escala en la farmacia y compró analgésicos y un poco de antiinflamatorios por si la cosa se ponía peor. Tomó algunos sorbos de café, dejó pasar unos minutos y se tomó las pastillas con un trago de agua. Durante el día todo pasó normal, las molestias se esfumaron y dejaron que Felipe se sintiera mejor por algunos días más.

Semana y media transcurrió desde la primera vez en que el señor Ruelas sintió el dolor en los talones, cuando de nuevo recurrió a una dosis de medicamentos posteriores a un sorbo de café, pero en esta ocasión tan sólo suprimió el dolor por algunas horas. Felipe triplicó la dosis y sintió alivio por tres semanas más. Debido a la ausencia de dolores, Felipe no se percató del resto de sus síntomas: enrojecimiento de la piel y deformaciones importantes en tobillos y talones.

Seis semanas después de su primer síntoma, Felipe Ruelas notó que sus zapatos empezaban a apretar. Para no perder tiempo valioso en su trabajo, decidió simplemente comprar un par nuevo de algunas tallas más para sentirse cómodo al caminar.

Felipe Ruelas trabajaba plácidamente en una oficina de correos; su labor principal era revisar la correspondencia internacional para que estuviera libre de objetos prohibidos por la oficina postal. Durante sus veintisiete años de servicio había visto casi de todo: muñecas transexuales de plástico, fotos escandalosas, fetiches para vudú, remedios para todo tipo de enfermedades comunes, muestras para inseminación artificial que se mandaban los amantes, en fin, todo tipo de cosas. Por esta misma razón, Felipe creía que nada podía sorprenderlo ya.

El dolor volvió a presentarse y ni los curiosos envíos podían distraerlo de sus males. La mañana del 30 de agosto de aquel año fatídico, se hizo examinar por uno de los médicos más conocidos de la colonia.

El diagnóstico del facultativo fue contundente: “Está usted endiablándose, no podemos hacer nada, es un proceso irreversible, seguro comió algo que le llevó la infección al estómago y ahí surgió todo” le dijo el doctor antes de mandarlo a casa; el apacible Felipe Ruelas cayó en crisis, su cara palideció, ¿dónde le darían empleo si su endiablamiento se hacía notar?

Con el paso de los días se percató de que podría tener solución, si se enrojecía lo suficiente espantaría a las personas a su alrededor, entonces eligió un barrio con algunas cantinas escondidas en las callejuelas solitarias, aguardaría hasta que los primeros borrachos salieran y los asustaría para ganarse la plata. Entonces, Felipe Ruelas se sintió feliz, emocionado con su cambio de vida y se dispuso a investigar los detalles necesarios para ser un buen diablo.

El color rojo no sería problema, a estas fechas ya estaba rojo casi por completo, incluso sus partes pudendas se notaban ya en tono escarlata. Los pies estaban totalmente deformados y las pezuñas negras resaltaban con un poco de coquetería. Sacó sus ahorros del clóset y se fue a comprar un traje, un smoking negro para estar presentable, aprovechó que la empleada de la tienda salió despavorida cuando lo vio tan diablo y tan rojo, así que también eligió un bombín y un bastón elegante para acompañar. Ya convertido en un diablo galán, se puso a trabajar.

Felipe Ruelas ha prosperado desde aquel día. “Un endiablamiento lleno de venturas”, se decía siempre que miraba su reflejo en el espejo. Desde entonces trabaja de noche, camina con la frente en alto y muy seguro de sí; se ha vuelto popular entre las féminas y no le faltan lujos ni invitaciones frecuentes para hacer negocios multimillonarios. Se hizo un diablo feliz.

Categorías
Verbologías del equilibrista

Crónica de la muerte del cogito en el tianguis

Entre sueños pasmados, tuvo una visión narrada: en medio del tianguis, entre colores verdulescos multivariados y gritos desgañitantes por doquier, sintió el sol requemado, con su peso galáctico, mirando al día terrestre que desdibujaba el cuerpo del hombre en anchurosa muerte.

Sobre el asfalto ardiente, yacía con el estómago enormemente inflamado. Tenía la mirada enardecida por un horrible nuevo compromiso, contraído ya más allá de la vida con la iniquidad de una historia interminable, llena de vahídos maquinales y trabajos ancilares. Su muerte no era otra cosa que una puerta más que entre múltiples sistemas de puertas se abría hacia lo inacabable. Tal es el escenario que para el hombre muerto de disponía oníricamente, el hombre a quien la lengua se le había cansado de cualquier manera desde hacía ya tanto tiempo. ¿Pero quién este señor tirado sobre la floreada y negra avenida? ¿Qué criatura insondable parece habitar en sus entrañas de vidrio astillado, cual alien cubierto de excrementos pop multicolor, en exposición curada por Cuauhtémoc Al-Jalabi? ¡Nel! ¡Yo sé que soy la panza del muerto!

En medio de la avenida y entre el alboroto que la pelotera tumultuosa de su muerte había causado, el hombre veía al tiempo trabarse, hundirse en un abstracto despropósito, con un contenido indefinible que se escurría cual excrecencia esencial y resistía. Al hombre muerto todo se iba volviendo un amnésico torzal de verticalidades silenciosas por asunto de abulía o sempiterna omisión, vaya a saber qué cosa. Por ahora la imagen consistía en su muerte rebosante, pletórica en síncope de finitud y desenlace musealizado.

Viendo aquello desde fuera, uno podía pensar que la muerte exageraba, como si fuese su juego monumentalizar aquella nueva bravata, interpelar a los testigos con un críptico desplante. ¡Pinche muerte léperam hija de la cábula sideral! Quizá pensara que aún no había logrado mostrarse como debía, flaca y despatarradamente filosófica a lo loco; no fuera que causase confusión a los descuidados mirones de mirada amoratada que, perezosos y claramente cebados de sí mismos, terminarían por pensar que el hombre aquel tan sólo dormitaba el sueño trágico del héroe, condenado a seguir los fatídicos dictados de una voz incomprensible y divina. ¡Ah que pinche muerte tan exquisita! ¡Con un rechingau!

La muerte, serenándose búdicamente en florecita de loto sobre el cadáver, dormitaba ahora por encima del orbe de carne y retazo, flotando sobre sus extremidades boludas que se dirigían hacia los cuatro puntos del mapa del mundo conocido, cimbrando cada pequeña realidad a su paso con aromas de orín y siniestra queja, haciendo de la luz delicias y neblinas por allá, más lejos, osando aún poner nombre a las cosas, invocando así ese viejo poder imperial de darse capacidades deícticas, todo por encima de la luz múltiple de los múltiples instantes de la necedad de lo real, y por encima también de los infinitos ojos de las moscas, que ya vislumbraban el festín que anuncia la coloración tristona del blando interfecto sobre el pavimento.

Buen desayuno hubo hecho esa mañana el patidifuso hombrecillo muerto, con el traje bien llevado y la respiración cansina y difícil; nada sabía de la lenta hemorragia que devino en detenimiento por fin de su pobre corazón tartamudo y ahogado en una asfixia inoculada por todos los medios posibles. (Aprovechemos para decir que varios discutían la visión del sucedido de aquella defunción y la verdad de su acaecer. Estaba la versión del que dijo escuchar a uno que a su vez escuchó de otro al que un oso le contó que alguien había corrido tras perpetrar el artero asesinato, y ello sin que nadie reaccionara para darle alcance al criminal a pesar de su paso trastabillante; por su parte, una pareja de ancianos contó como al bajar del camión, soñó que vieron a una mujer que soñaba que asestaba una puñalada despechada en medio de la panza del occiso, que soñaba que era soñada abriéndose de cabo a rabo mientras la muerte, retirándose después a una prudente distancia, observaba la obra no sin un dejo de enquistada venganza encanijada y cumplida; y ya entre los relatos se dijo también que aquel hombre era el encarnado mal de los males del presente y que había recogido su jornal por fin. Así las versiones al paso de los días y las horas de la nota roja onírica).

—No lo veas…— dijo a su amigo un niño imperativo de labia famélica al reparar en el cuerpo tirado. Como llorando hacia dentro divisó una senda con risa idiota, senda clara y chispeante, absurda y lineal. ¡Vente cuate! ¡Vámonos a echar desmadre chido en mi terruño masónico! Tomó a su compañero por el hombro y hacia allá lo condujo con fingida decisión para iniciarlo. Entonces, el interpelado, sin atinar sobre el porqué (aunque más bien parecía querer convencerse acerca de su incapacidad para acceder a este “secreto motivo”), sintió una repentina vergüenza, como si fuera a ser descubierto en una treta larga y oculta para él mismo, latente apenas y que esperaba este “mal momento” para inyectarse en la realidad por fin; “¿se habrá notado?”, se preguntaba pleno de un placer solitario (en el que todo lo que le rodeaba no era más que el telón de fondo para sus breves pero recurrentes excesos) y entonces siguió caminando con perspectiva estrábica a propósito. De reojo miró al muertito y sintió, ciertamente, alguna calentura psicótica al notar el estómago enorme del cadáver y su bigote negrísimo todavía con los cilantros sobrantes de un ilustre taco de ambrosía que el interfecto habíase acomodado entre tripa, bofe y espíritu. Tomando del brazo a su compañero imperativo caminó con vana firmeza sintiéndose ungüento de los tiempos, arremolinándose en su soledad pétrea, horror de firmeza, orgullo de pedagogía carcelaria. Siguió el imberbe enceguecido el curso de un río artificial donde todo respira en fingimiento de simulación abrasiva de tiempo-espacio, donde nada cambia y las aguas siempre son idénticas  sí mismas. ¡Qué pinche Hegel ni que nada! Negación de mis goles y mis gónadas, nothing more chavo. Y así, tropezando con tanto fantasma chocarrero chismoso como pudo, vociferó vomitivo múltiples realidades y lógicas que lo eyectaban y le exigían entender, pero volvía a caer sin dejarse invadir por lo que emerge, sin querer entender ya desde ahora tan pronto y para siempre: “…se trata de aprender rápido y con amnesia progresiva, hoy lo he conseguido”, pensó para sí cual si orase compungidamente, no sin dolores de antiparto, inventándose una soledad victimizante hacedora de muda violencia.

Una mujer que le seguía el paso a  este par de jóvenes delirantes, se detuvo ante el cuerpo para empalagarse de varias imágenes de culpa y artistiada cínica; miró aquello con un aburrimiento bastante trabajado en diversos “espacios ilustrados” de la “ciudad letrada”. Ya bien cebada de aquello y alejándose a prudente distancia de la escena, disfrutando de un asquillo gozoso, observaba como la muerte crecía cual blue velvet blitzkrieg en dirección de las dos anchas avenidas que cruzan hacia la corta lejanía, la veía abrir sus patitas flacas y chupadas en parimiento agigantado, lanzando su oscura placenta con un horrible grito de madre universal, cual si diera a luz la partícula de Dios, revelando ya la pelona cabecita de su retoño horroroso que, con su libretita bajo el brazo, venía ya en plan poético a labrar con lápida y centella una tarde de domingo en el tianguis, ahí donde el gallo que viene del barrio canta con gráciles aleteos loas al egoísmo y la ambición robinsoniana. Mondo cane hijos de su vas y ching… ¡Uta, todavía estoy soñando! ¡Chale, es como cuando soñé que era el Hulk y no podía mover ni las chingadas nalgas aún siendo el mismísimo dueño de la destrucción destructiva primigenia! ¡Nomás tengo puros sueños feos de despotricante madre, bravata ñera del sempiterno y guarro destino, hijos de su lépera!

Las moscas revoloteaban ya, anunciando la fractalización de una dinámica señera (por ñera y no por historiográfica ni por estar bien viejita y arrugada, pos-pasita en viaje a la semilla); anunciando lo anunciado que se hace pasar por curso natural de las sociedades y de las cosas. La mujer, absorta, debrayaba: “Veo lo que quiero, miro en lo que es, lo que ha sido y lo que debe ser desde hoy, hacia el ayer y ya para siempre en la absoluta realidad de mis pensamientos dirigidos hacia sí mismos cual estela luminosa de luces boreales”. ¡Ah no memex con tu Heidegger de Tepixcuyo! Pero la mujer, tartamuda del cogito, en tramposa contemplación desde su palacio cristalino, se mordía los labios con saña hasta llagarlos en caminillos de sangre borboteante, lanzando sendas llamaradas de labio floreado y teporochismo epistémico.

Demasiada luz irradió esa día el astro rex, chorreando sobre las carpas anaranjadas y grasosas de los muchos puestos del mercado ambulante, orbitando a su vez en torno a doce soles negros con sus respectivas emanaciones espaciales, y tapizando con su luz estragada a las damas y ñores retorcidos y graznantes, con su brutal sordina y arremolinadas nalgas de costal museográfico. Hechas de inflexiones cadavéricas y mirada indiferente, hijas del goce flatulante vuelto estética conformista y plenamente idiotizadas, se paseaban todas las mujeres entre el olor a grasa del aquelarre dominical y las frailescas cabezas de cerdo que cantaban a coro en el ágora del tiyanquiztli. Todos bailaban en el aceite de sus recuerdos prestados, que hervía con fulgores de trueno y arcoíris, haciendo garnachas de sus vidas de artificio soñoliento, con su tono hinchado lleno de gangosidad clasista y reverberaciones coloniales en sus voces invertidas en dirección simulada.

Y todo seguía adelante, entre las mangas mugrosas, las bolsas de mandado, el cuerpo del hombre muerto y el olor a “pasuco” vuelto filosofía fenomenológica. De tal suerte que ya había corrido entre las avenidas del mercado el rumor de un sucedido de asquillo, tragedia y miedo disperso. En torno al cuerpo totémico del difunto, la gente se abandonaba ya a una frenética tarantela bailoteando entre quiebres voladores, codos volteados, huracarranas, desnucadoras y groseros estrabismos sartreanos, deslizándose unos sobre otros torpemente alrededor del occiso, desmenuzándolo con cinismo pollero o de plano jalándole los pelos de las axilas y, en el extremo del paroxismo, sacando al santito del pueblo, sobre los hombros de diez chamacos tripudos, para que le mentara la madre al muerto boquiabierto entre plañimiento de campeonato.

El enjambre de moscas, restos de verduras pisadas, teporochos, viejitas encabronadas, y el cuerpo hecho mostaza, paté, embarre y tuétano desgobernado, se mezclaban en un verdadero desmother pirotécnico y tecnocientífico, produciendo gritos de gusano prieto y células eruditas, junto con masivos orgasmos mitocondriales que ni Craig Venter en toda su pitorrera existencia hubiese imaginado. Ni tardos ni perezosos, los concurrentes al espectáculo de sí mismos hacían todos sus esfuerzos conocidos por ser a imagen y semejanza de la creación vuelta chiste de ángel caído, imagen antes que realidad, y en ello, se diría, expertisse habían conseguido. Tal era su economía política, su trabajo acumulado tras el ir y venir de varias generaciones pregonantes de insistencias enajenantes que se multiplicaban como pandemias presentes y futuras. En el arte de invertir, propio de su decadente desahogo y de su cómoda libertad, habían pujado por reconfigurar el mundo cual si fuesen el vehículo de un ídolo monológico y señero.

Una vez concluidas las frenéticas flexiones y los pasos mortales de los danzantes, se levantó el telón y el ambiente se vio invadido de fulgurosas fatuidades y cuchicheos rítmicos que se apilaban pesadamente sobre la muerte del hombre. Cual marionetas chocando entre sí, los desquiciados concurrentes empezaron a desmoronarse en una coreografía engrosada que imitaba al funcionamiento todo del behemot de este mundo. Y entonaban, todos en comunión, el canto del fin del mundo:  No truenes más, mi pobre cucharón, estás pegando justo entiéndelo… (¡pum! ¡pisotón en la manita del muertito!) Si quiebras poco más, mi pobre corazón, me harás mil pedazos quiérelo (¡zoc! ¡aplasdita de cabeza entre todos los camaradas!).

Entretanto, el cuerpo del hombre se dejaba masajear de lleno para luego deslizarse en el vaivén locomotor. Manoteaba fúrico después, engarrotado entre el calor grasoso y las señas vacilantes de los presentes; de tal manera que no llegaba a acomodarse de una vez por todas. Entre el asalto de imágenes que lo agobiaba mientras era transportado entre manoteos acalambrados y calientes, pensaba todavía el muerto, aunque distraídamente, que la muerte se bifurca primero y se multiplica en infinitas sendas abismales, que la muerte es muchas muertes a la vez y que no hay líneas sempiternas ni nadas deificadas, que no hay contemplaciones fáciles ni relajamientos egoístas, pero, ¿es eso lo que se veía en sus ojos extraviados en dirección de ninguna parte? Al hombre, fatigado, le pesaba que al final todo se estuviera reduciendo a un recorte y a un sentido único. Y entonces bailoteaba sin baile y sin vida desde una debilitada memoria que lo unía con el fluir de la historia.

Entre tanto, los danzantes insistían en el sainete ante las dudas del muerto. Sin saber ya cómo detenerse, llevaban la memoria colgada como invocación de su propia gloria, como una gran ficción que legitimara la edad de la barbarie y la explotación que proliferan. “El pasado debe legitimar el no presente”; con esta certeza convertían al pasado en una efigie a su imagen y semejanza. Haciendo pasar muerte por vida y viceversa, se habían ido colando en la nube de lo que se eterniza como idéntico a sí mismo aunque todo caiga en ruinas en derredor suyo. Así eran los robinsones y sus robinsonadas.  Embebidos en la ilusión de ver refulgir en el cielo el feliz presagio de que aunque todo perezca y se despedorre, aunque todo devenga ruinoso gargajo en el mar de la ferocidad encobijada en las fiestas de la civilización, ellos permanecerían, idénticos a sí mismos como idéntico a sí mismo es el presente en dirección del pasado y del futuro (¡jijos de su mismidad ontológica, hecha fósil de excremento opulento!). Presos de tal convicta convicción, agitaban al muerto haciendo saltar sus miembros aflojados por los aires, celebrando su único infinito, el único posible y verdadero, ahí donde pudieran perpetrarse por siempre. Danzaron la danza de las puestas de cabeza de sentido ante el muerto que aunque ya no podía seguir con el teatro a voluntad, era forzado a reinterpretar el drama centenario de coloniales positividades y de yermos dichos espetados tras una máscara monstruosa de dientona sonrisa. El cuerpo borboteaba milagros, sangraba azuladas llamaradas, lloraba historias, escurría nuevos vástagos y emanaba proto-lenguajes en medio del baile sin baile que no se interrumpía anduvieras con quien anduvieras, y fueras a donde fueras.

Danzaban los títeres sin danza en el espejo donde cual frágiles marismas y espumas olvidadas, se conmiseraban de su tragedia colosal, ¿por qué nadie veía su mortuoria grandeza? En torno de un fetiche moderno continuaba el zapateo de la religión de los modernos, eternizándose desde y hacia el nuevo olvido durante toda la tarde dominical, destartalando lo que del muerto quedaba y canibalizando su alma, y es que era de esta manera como transcurrían sus días apretados, llenos de tristeza idílica y parasitaria, de caprichos lapidarios y enormes, como los de los ágiles gerentes del mundo.

En su dinámica atomista, los parlanchines únicos encarnaban al Uno entre los abismos, en un movimiento espinoso logrado en el camino de la trivialidad que mueve los hilos de su mundo, donde el hambre de libertad egoísta gobernaba el camino de la adoración de sí mismos. Tan solos y necios en su infinito único, en su continuum vertiginoso, danzaban levantando el cuerpo ungido ya en las mieles del hambre insaciable, hambre artificial que alcanzaba a mirar en su dinámica el hombre muerto. Y el muertito, por última vez, sintiéndose poseído por el daimon de Enrique Rambal, se dijo quedito: “¿Cómo ha llegado así este día, abandonándome la cabeza y el calor tanto tiempo resguardado en mi cuerpo?, ¿qué manera es esta de abandonar el reino de la necesidad en que tan cómodamente me hube instalado, mirando por la ventana cuando cansado estuve de mí mismo, discursando en paz, sin pena demasiada y amo y señor que nada debe ni de nadie se duele, sujeto sólo a mi propia biografía y a la visión de mis uñas como sano límite de lo real, enmarañado a pierna suelta en las formas de libertad que el mundo me propinaba en asedio a través de blancos pasillos interminables —idénticos los unos a los otros en la perfecta armonía del mejor de los mundos posibles? ¿Cómo pues he llegado a esta incapacidad de echarme un pedo, mío más que mío, en el justo momento de la muerte? Pues, ¿no es acaso cierto, hijos míos, que lo mío es tuyo y mis mocos ya son de otros? ¡Dadme de beber que soy el hijo melifluo de mi entraña!”. Pero sus cuestionamientos no llegaron nunca a escucharse, ya sólo era carne aletargada por la larga danza de los brutales aseados, tan prestos a limpiar todo rastro de lo que ha sido y va siendo de ellos y los otros pues suyo habían hecho el relato caníbal de la luz de lo nuevo siempre nuevo. El muerto creía ver entonces, por interrupción de un azar ignoto en su linealidad acostumbrada, una historia que se derramaba en tantas y variadas versiones ocultas ante el ojo siniestro y total del hambre naturalizada. Y, entonces, en ese preciso instante, el cuerpo del hombre se desprendió de las manos del borlote ansioso que representaba su centenario drama ajeno. Supo así el muerto que, ya sin el horror de sus contemporáneos, el tiempo no era ya para él y que habría tiempo para todo, un tiempo también donde, quizá, la economía de la imbecilidad vanidosa no moviera ya los hilos del mundo. Entre saltos, azares, espirales… llegaría el detenimiento que pusiera alto a la marcha espantosa de la máquina del mundo en que iba montada su propia muerte y la de todos los hombres. ¡A huevo güero, así se muere un marxista, cómo chingados no!

Tendido sobre el asfalto, en un final sin final, el hombre, de reojo, alcanzó a mirar (en un rincón vago, esquina neblinosa), a un enano empequeñecido y afeado, de mueca torcida en el largo tiempo, picado por una tremenda joroba y pareciendo traer consigo una carta del futuro con aspecto de papiro bíblico. ¿Ah mamón, y este pinche Margarito quién es? El enanito, soportando pisotones a talón pelado, soplamocos certeros, lluvias de golpes flamígeros, dentelladas de aceros ardientes e insoportables luces de autómatas sádicos y adornados que dirigían contra él su halo de muerte,  mascullaba apenas con su voz machacada, cuasi teológica, hecho pellejo y huesito quebrado, anunciando que, cito, “…hay un futuro distinto, un futuro y un drama propios, un horizonte donde el futuro no será la perpetuación del horror y…”, ¡crash! ¡Inga tu madre! ¡Callose para siempre el enano teológico bajo tremendo pisotón tribilesco! ¡Wákala!, alcanzó a gemir el muerto. ¿Y luego? La piedad, el silencio por fin, una forma trascendental del descanso, un retorno a cierta forma de dignidad incluso para nuestro muerto soñado.

De tal manera y con estas visiones es como el hombre muerto cerró los ojos por fin, por lo que suele llamarse un instante eterno, buscando encontrar una voz propia en medio de aquel delirio cuya consistencia soñada aquí se detiene (muito obrigado Deux).

Categorías
Ecos de un caballito del diablo

Aída Chacón| Perfume de jazmín (Cuento)

He empezado a soñar con flores. Cada madrugada me despierto por el olor a jazmines que inunda mi sueño al punto de que no distingo si es real. Me levanto de la cama y busco en los rincones. Tengo miedo de encontrar realmente ramos de flores por toda la casa, en mi recámara, cerca de mí. Sueño que camino lentamente por un parque, que me detengo a contemplar la tarde, las aves y la gente que transita por ahí. Curiosamente no hay sonidos. Es como si estuviera en una película de cine mudo. No percibo un solo ruido a mi alrededor. Nada. Como si estuviera sorda porque no logro escuchar ni el aire que mueve las ramas de los árboles. No tengo miedo hasta que aparecen las flores. Ellas huelen tanto. Me doy cuenta de que llego a un sitio de aquel parque que se encuentra lleno de flores porque las huelo a lo lejos. Se van dibujando a medida que me acerco a ellas, pero su olor está ahí, inundándolo todo desde mucho antes. En ese momento me despierto de golpe y busco por todas partes cualquier indicio de sus pétalos, de su presencia en mi casa. No encuentro nada y regreso a la cama para no poder dormir el resto de la madrugada. Me pregunto si estoy atrapada en una espiral del tiempo que repite mis noches una y otra vez. Aunque mis días sí son distintos. Martes y viernes llego puntual a mi cita con la terapeuta. Ella me atiende desde hace casi un año. Llego a su consultorio y siento que estoy en el lugar más seguro del mundo. Por instantes olvido el olor de los jazmines, mis noches de insomnio, el miedo que me impide conciliar el sueño. Luego ella me pregunta cosas simples y me deja tareas similares: que salga de casa, que tome un café, que frecuente a mis amistades, que tenga un perfil en Tinder, que baile y escuche música. Lo hago cada día desde hace meses pero no logro salir del vacío que me provoca el miedo.

A veces cuando hago esas tareas, salgo como autómata a hacer compras, a reunirme con alguien a tomar un café. Escucho un poco de sus conversaciones, río de algún chiste y luego siento que estoy en un sitio ajeno, dejo de oír las voces, los ruidos, mi cuerpo se hace un cascarón que está ahí aunque yo me haya ido.

Ella me dice mis tareas son para reforzar el condicionamiento operante, el “eso” de mi conducta que me dará resultados positivos.  Yo, por otro lado, sigo saltando del sillón cuando escucho el sonido de las llaves aproximarse a mi puerta. Mi estómago se contrae, mis músculos se tensan, mi cuerpo entero se prepara para sobrevivir a lo inminente. Solamente encuentro tranquilidad cuando la puerta no se abre; cuando pienso en que ahora es otra chapa en ella, que no existen copias de mis llaves, que estoy en casa sola y a salvo. Cuando eso pasa agacho la cabeza y me siento en el sofá mientras pienso en lo que ha quedado de mí, en quién soy ahora. Algunas personas, quienes saben más de lo que pasó, de eso que me trajo a este punto, me dicen que todo estará bien, que conoceré a alguien más, que olvidaré poco a poco, pero sé que no será así. Me siento rota, otras veces sin fuerzas.

Él, después de cada pelea llena de insultos, de aventones, de gritos, volvía a casa con jazmines porque perfumaban el ambiente, porque era su manera de pedir perdón, de alegrarme el día después de dejarme en el suelo llorando o pidiendo que parara. Recibía las flores mientras pensaba en la forma de matarlo, de cortarle la garganta mientras dormía… fantaseaba con el día en que muriera, siempre soñaba despierta con un accidente de trabajo o un camión sin frenos que me trajera la justicia. Quienes vivimos con monstruos terminamos por convertirnos en uno de ellos.

La primera vez que me defendí le arrojé una botella en la cara. Era un vino finísimo que compró por mi cumpleaños. No pensé en asustarlo, sino en partirle la cabeza, en hacer brotar su sangre del cráneo y luego verlo desangrarse lentamente…pero no pasó. Apenas logré un rasguño en el pómulo y su mirada asombrada. Ahora no era una víctima, empezaría a gozar como él, a ver con placer el dolor que podría causarle, a enterrarle con saña mis uñas en la piel cuando intentaba someterme. Quería torturarle, matar o morir en el intento de encontrar justicia con mis propias manos. Las siguientes veces fueron más certeras hasta que se fue de casa.

Emergió de mí un ser oscuro que sigue latente, que espera para atacar sin piedad a la primera señal de alerta. Así que no, no creo que “todo pase” como algunos dicen. Tampoco creo que logre olvidar. Constantemente me pregunto si hay retorno después de aquello, si mi existencia será siempre una irremediable furia a punto de explotar a cada paso.

Ahora sueño con flores. Las mismas que me daba él y tengo miedo. No de que él aparezca un día en casa, sino de lo que puedo hacer yo ante la amenaza de su presencia, de lo que anhelo hacerle mientras lo busco por cada rincón del departamento.

Categorías
Proyecto Azúcar

José A. García | El peso de la tradición (Cuento)

—Somos seres de tradición —saludó el prelado.

            —Lo seremos por siempre —respondió el hombre sin dejar de trabajar la tierra.

            Lo había descubierto acercándose desde la distancia, a pesar de lo cual no dejó de remover la vieja pala, mellada y oxidada, que encontrara en el cobertizo del pueblo. No le preocupaba nada más.

            —¿Cómo va tu día? —preguntó el prelado.

            —Igual que los anteriores.

            —¿Cuánto has avanzado hoy?

            —Te acercas a mis tierras todos los días, casi siempre al momento del crepúsculo, y haces la misma pregunta —dijo el hombre mirando al prelado por sobre su hombro, sin girarse por completo. No era resentimiento lo que cargaba sus palabras, sino otra cosa más difícil de definir—. Intercambiamos algunas frases y luego regresas a tus libros, tus historias y tu retórica, como si nada. No me interesa que eso se transforme en nuestra tradición particular, no hagamos de una fórmula convencional para saludarse una realidad. —Clavó la pala en la tierra y se volvió—. Además, ambos sabemos que en verdad poco te importa lo que haga o deje de hacer. Lo que te preocupa es otra cosa.

            En silencio, el prelado miró los surcos de la tierra y la humedad que se evaporaba poco a poco bajo el inclemente sol de tan inusual otoño.

            —Me preocupa que algo te suceda. —Admitió.

            —Antes de que cumpla. Dilo, ambos lo sabemos.

            —Eso también es cierto. —Reconoció el prelado—. Tampoco hace falta que lo señales ni que lo hagas ver como algo tan atroz. Piensa, en cambio, que es…

            —Necesario. —Interrumpió el hombre mirando hacia los lados.

            —Cierto —respondió el prelado sin notar el tono en que se pronunciara aquella palabra.

            Ninguno dijo nada durante varios minutos. El hombre tomó nuevamente la pala, hizo un pequeño pero profundo pozo antes de arrojar una diminuta, casi invisible, semilla y volver a taparlo.

            Cuando la tierra formó un montículo sobre la semilla la mojó con un poco de agua de una cantimplora casi vacía.

            —Eso de nada servirá —dijo el prelado—, faltará más agua.

            —Ya lloverá —respondió el hombre.

            —Me gustaría comprender por qué lo haces.

            —¿Cuáles fueron tus palabras cuando me buscaste la primera vez? Y me refiero a aquella vez en la que ya todos en el pueblo sabíamos la verdad… ¿Las recuerdas?

            —Sabes muy bien que sí —respondió el prelado.

            —Aquí también lo estoy haciendo lo necesario.

            —No te entiendo.

            —Ni espero que lo hagas.

            —Podrías hacer el intento de que te comprendiera —dijo el prelado—. De ese modo quizá podría ayudarte. No tienes por qué cargar con todo ese peso sobre tus hombros.

            —Cada tarde respondo de igual manera. ¿Por qué hoy sería diferente? —dijo el hombre girándose una vez más.

            —¿Por qué esta tarde debería ser igual a las anteriores? ¿Por qué hacer de nuestros encuentros una tradición tan rígida? —preguntó el prelado sintiendo que acababa de anotarse un punto a su favor.

            Tal vez vencido por la constante insistencia, cansado por el esfuerzo de días, aburrido por la soledad de aquellas tierras tan alejadas del pueblo, o por cualquier otra razón carente de importancia, el hombre volvió a dejar la pala a un lado y se sentó en la tierra. El prelado, cuidando la pulcritud de sus ropas ya raídas y remendadas incontables veces, continuó de pie a pesar del dolor en sus piernas tras tanto caminar.

            —¿Recuerdas que te encargaste de descubrir que era el último hombre fértil del pueblo…? ¿Cuándo fue eso?

            —Hace dieciséis años, cinco meses y dos semanas —respondió el prelado.

            —¿Tanto? —Se sorprendió el hombre—. Hubiera creído que eran unos años menos… Pero no importa, más a mi favor. ¿Qué he estado haciendo desde entonces?

            —Lo sabes tan bien como yo —respondió el prelado bajando la mirada.

            —He servido a cada hembra disponible del pueblo y, por lo que he podido averiguar, también lo he hecho con alguna que no lo era a pesar de haber aclarado que no intervendría en otros lugares. Incluso en ciertos casos tuve que hacerlo en más de una ocasión. Y nunca por mi propio gusto. Ni siquiera una vez…

            —No lo diría de ese modo, no somos animales —respondió el prelado.

            —Dilo como quieras. No somos animales pero lo parecemos —dijo el hombre escupiendo en la tierra antes de agregar—. Se sentía de ese modo.

            —Debíamos asegurar la siguiente generación, eras el único capaz de entre todos los hombres que regresaron de… —no completó la frase, tampoco hacía falta.

            El sol se ocultaba con rapidez tras el horizonte en el norte lejano. Lo miraron en silencio, antes de que el hombre pudiera volver a hablar.

            —Cuando nací —dijo el hombre sin desprenderse de la pala—, mi padre plantó un paulownias, un árbol, para mí. Es una tradición ancestral de algún pueblo que ya no existe. Estoy seguro que debe de haberlo leído en algún lado, porque siempre hemos vivido aquí y esos árboles no se encontraban en la comarca antes de mi nacimiento. Ni siquiera hay una palabra en nuestro idioma para nombrarlos.

            —¿Es el árbol junto a la casa? —preguntó el prelado.

            El hombre asintió.

            —Según esa misma tradición, debía talarlo y construir algo útil para el hogar con su madera el día que me casara… Nunca me casé, claramente… En fin.

            —Todavía hay tiempo para eso, eres joven —dijo el prelado.

            —Al cuerno con ello. No puedo hacerlo, no después de todo… de todo… eso —respondió atragantándose con las palabras.

            —Comprendo —dijo el prelado.

            —¿Ah, sí? Pues qué bueno —respondió con sarcasmo.

            —Intentaba ser…

            —Eso sí que no es necesario.

            —Entonces —dijo el prelado para evitar que el diálogo muriera—, cada uno de aquellos árboles, y las semillas que te he visto plantar, son…

            —Desconozco cuántos han nacido gracias a mis… necesarios esfuerzos… —dijo el hombre mirándose las manos—. Para ellos son estos árboles. Para que crezcan como ellos, para que… —se atragantó intentando disimular un sollozo y el temblor en sus palabras—. No. Ya ni siquiera sé para qué lo hago.

            La noche había caído mientras hablaban; las nubes ocultaban la luna lo suficiente para que ninguno de los dos se entera de que tanto uno como el otro lloraba por igual.

—Somos seres de tradición —saludó el prelado a media voz comenzado a alejarse.

            —Lo seremos por siempre —respondió el hombre por lo bajo.

Imagen tomada de: https://www.freepik.es

José A. García (1983, Buenos Aires, Argentina), escritor, guionista de historietas, blogger, profesor de historia. Participa en diferentes publicaciones independientes de Argentina, Costa Rica, Cuba, Ecuador, España, México, Venezuela, con cuentos, artículos e historietas realizadas con diferentes dibujantes. Publicó el libro de cuentos Fábulas del cuaderno verde (2014) con Textosintrusos. Cree fervientemente que el conocimiento se demuestra haciendo y no acumulando diplomas, premios y menciones como si fueran condecoraciones o títulos de nobleza. Página web personal.

Categorías
Ecos de un caballito del diablo

Aída Chacón| Hacia la abolición de las navidades (Ensayo breve)

Aída Chacón. Ensayo brevísimo.

Charlando sobre las costumbres familiares que resultan claramente un pesar, unas amigas y yo concluimos que la Navidad debería abolirse. Las razones son variadas, según Coral Herrera hay una carga emocional fortísima en la educación que recibimos las mujeres, toda ella aún en estos tiempos, dirigida hacia el control de nuestros cuerpos y emociones, de la esclavización de las ideas a través del cuerpo.

En los últimos años, detenerme a pensar sobre las implicaciones de las reuniones familiares que se organizan para la Navidad se ha vuelto un ejercicio cotidiano. ¿Por qué si no soy creyente me enfrasco en la elaboración de un banquete?, ¿qué es aquello que me empuja a continuar complaciendo los festejos? La respuesta es, creo ahora, la culpa. De nuevo me queda claro el control emocional que menciona Coral Herrera. La encrucijada aparente está en celebrar o dividir a la familia, pero en México, ¿qué es la familia? Quizá estas disertaciones tienen su origen en las horas que demanda la preparación de la cena navideña y que me fueron impuestas desde la infancia.

Desde siempre la familia se reunía para las fiestas decembrinas. Se cocinaban varios platillos muy elaborados, había postre, ensalada, puré de papas, pastel y bebidas de sabores. La preparación comenzaba con la realización de la lista de compras, luego seguía la peregrinación al supermercado y demás lugares para surtirla. Como cada año, el día de nochebuena se acaba en hacer las filas para pagar las cuentas en el súper y en las abarroteras. Luego de aquello, el camino a casa con las bolsas repletas de ingredientes tampoco era cosa fácil. Caminar por las calles del centro del pueblo hacia la casa, esquivando a la gente enfrascada en el frenesí de las compras navideñas, todavía nos tomaba un tiempo más. Ya en la cocina iniciaba la preparación: lavar las frutas, las latas, empezar a picar las verduras, poner a cocer la carne, preparar los aderezos…

Además de aquella faena había que limpiar la casa, arreglarla para la ocasión: barrer, trapear, adornar, sacar los manteles, los platos más bonitos, hacer espacio para más gente que de costumbre en el comedor, todo esto sin descuidar la sazón ni por un instante. Terminábamos hasta casi la media noche, cuando era urgente y muy necesario correr a darse un regaderazo rápido, sacar el ajuar de fiesta y “darse una manita de gato” para esconder el cansancio de la esclavitud festiva.

Ya en la mesa, a punto de empezar a servir la cena y con todos los comensales reunidos peleándose, lanzando indirectas, algunos ebrios ya, siempre me preguntaba por qué nos sometíamos a tanto trabajo y cansancio si el espejismo del amor y la unidad era tan efímero.

Ahora que los años me permiten analizar aquellos momentos me doy cuenta de que lo único que mantiene vivas esas traumáticas tradiciones, es el autosometimiento que algunas mujeres hemos repetido una y otra vez para continuar con ellas. Quizá la liberad y el goce sean posibles cuando se acaben las navidades que conocemos desde la infancia, con las que crecimos; esas que romantizan el cansancio y el abuso para el disfrute de unos cuantos. El disfrute de las fiestas decembrinas llegará cuando lo importante sea el descanso o romper con la rutina del ajetreo cotidiano y el cansancio extremo; cuando nos neguemos a cocinar durante horas y a adornar la casa para reunirnos con la familia… cuando olvidemos los performances sobre cenas sofisticadas y de gala, cuando dejemos de venerar la ilusión de la familia.

Fotografía: Claudio Sotolongo, Cuba. Exhibida en la Galería virtual La Nave.

Categorías
La casa de Lanudo

oficio de poeta (II)

(Microrrelato)

Después vino el amor con la turbulencia, el deseo y el drama que solo se puede vivir en la adolescencia. Con el dolor del abandono antes si quiera de haber sido amado por la causante de todo. Su nombre era Piedad (extraño nombre para una adolescente). Lo supe cuando su madre se acercó a pedirle que ayudara a repartir el chocolate a los presentes, en las postrimerías del rezo de nueve días.

Mil padrenuestros y mil avemarías compusieron el coro de aquella trágica historia de amor que comenzó cuando la vi sentada siguiendo el ritmo de la maratón de palabras puerta-del-cielo-estrella-de-la-mañana-salud-de-los-enfermos-refugio-de-los-pecadores-consuelo-de-los-migrantes-consoladora-de-los-afligidos; sin que tuviera noticia de mi corazón afligido que solo rogaba que a mi fila llegara ella con su azafate, como si la mismísima virgen se hubiera dispuesto a manifestarse al más humilde de sus hijos pecadores.

Mi madre me machucó el pie. Tarde, demasiado tarde para evitar que respondiera el coro de la letanía como si toda la vida hubiera rezado

“Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera

que aunque no hubiera cielo, yo te amara,

y aunque no hubiera infierno, te temiera…”

… justo en el momento en que Piedad me preguntó si quería chocolate.

Categorías
Verbologías del equilibrista

Tres notas sobre la religión del progreso

I

La barbarie se trasviste continuamente bajo la forma de los documentos del progreso, precisamente aquellos que corresponden a las formas culturales altamente tecnificadas que, en el plano simbólico, la construcción de la imagen occidental se ha encargado de proveer. Este viejo planteamiento benjaminiano, traspasa el umbral que el anti-momento de la política acéfala y zombificada de nuestros días, supone como mecanismo eficiente para generar el detenimiento necesario y ubicuo que la esquizofrenia ontológica del capital, precisa para maquinizar lo existente y eternizar la lógica de la fábrica.

Nuestras sociedades moderno/coloniales, civilizadas y progresistas, fundadas en el mito de la razón (instrumental) —referido a un entero marco normativo autoproclamado como el único válido, con desprecio de otras formas de saber que no son reconocidas como tales—, se han construido sobre el descrédito al pasado cuando él es, en el presente, semilla potencial de las pedagogías del conflicto posibles. Este pasado se ha juzgado, cuando menos, como reaccionario, puesto que siempre se tenía que mirar hacia el futuro, hacia lo nuevo siempre nuevo; hacia el futuro tecnológico, científico y novedoso, ante el cual el presente no es más que una transición pasajera, una vía de paso hacia un futuro que se anuncia como camino en pos de la perfectibilidad monológica e infinita.

Este ya viejo parecer, fue compartido tanto por aquellos que usufructuaban anchurosos la riqueza y la cultura, como por quienes la producían con su fuerza de trabajo. Los unos y los otros en la cadena vertical de la explotación compartían la convicción acerca de la necesidad de fundar una moderna fe en el progreso. Esta fue la historia de los movimientos socialistas de obreros en la Europa decimonónica que se contraponían a la burguesía capitalista. Ambos creían con firmeza en la cara idea del Progreso, lo siempre nuevo instalado en un futuro prometedor y cargado de cierta determinación positiva ineludible. Para unos, se trataba del progreso hacia una infinitud capitalista de liberalidad económica —contrapesada hasta cierto punto por la liberalidad estatalista, que compartía la fe en el progreso, pero no en los modos, tiempos y ritmos de las aplicaciones modernizantes necesarias para alcanzarlo—, regulada “naturalmente”, a través de la fuerza espirituosa de la “mano invisible del mercado”, es decir, la teocracia moderna del valor que se valoriza; para los otros, los explotados, estaba en el horizonte inminente (inevitable) el mismo progreso, pero en dirección de un futuro socialista e imperecedero bajo la égida del proletariado. El desenlace de esta historia guiada por la ideología del Progreso ha sido el de la mayor opresión para los trabajadores del sistema-mundo todo, es decir, para todos aquellos que sobreviven vendiendo su mercancía fuerza de trabajo en todo el orbe.

En esa lucha abanderada por el progreso desde ambos lados, el ‘virtual triunfo’ fue para la burguesía internacional, triunfo que está simbolizado en el llamado “fin de la historia”. Es por esto, como dijera Boaventura de Sousa, que los oprimidos no creen ya en el futuro como progreso, porque en su nombre han visto precarizarse sus condiciones de vida, salud, ingreso, etc. Quizá sea tiempo de voltear entonces, de nuevo, hacia el pasado, un pasado que sea capaz de trasmitir no la quietud y el cinismo triunfalista de nuestros días, sino una indignación resarcidora de nuestro ser político —perdido en la marea vertiginosa de la política apolítica del neoliberalismo—, constructor de sentido e identidad histórica. Un pasado que contiene, escribía Bolivar Echeverría,  “la miseria ancestral y la resistencia a ella, de las que provienen y a las que están conectadas la miseria y las luchas actuales de los explotados”. Una visión de pasado entonces, que vea en la memoria el cemento que integre lo desintegrado en el espacio-tiempo de la historia que, por cierto, no ha dejado de ser nuestra historia. La historia de los muertos pasados que en el camino del dolor y el sufrimiento, de la explotación y la dominación van desbordando poco a poco la escritura de los vencedores, el falseado monumento de la historia oficial que se quiere hacer pasar por verdad y que respira artificialmente.

Esos muertos pasados que nos hablan con lo que parece una entrecortada voz de rayo, yacen en sus tumbas apiladas unas sobre las otras, sometidas, como dijera Walter Benjamin, al huracán del Progreso, que con su terrible fuerza va borrando exitosamente los nombres cargados de memoria que recordaban a las nuevas generaciones quienes eran sus antepasados; recuerdos en cuyas enaguas las nuevas generaciones se reproducen con sus muertos a través de identidades de larga duración que hacen y son constitutivas de la cultura. Mientras estas nuevas generaciones puedan aún mirar aquellos nombres, quizás la marcha de la moderna destrucción cultural encuentre cierta resistencia, pero la destrucción es larga y en el cinismo posmoderno la vida se agota.

En medio de ese cinismo del presente —donde la propia autodestrucción es disfrutada como si fuera un espectáculo hollywoodense—, las hordas de tumbas esperan a ser llenadas por el olvido de las generaciones presentes y venideras, a menos que pensemos en una o varias maneras de detener el continuum de esa destrucción del mundo de la vida, su memoria e identidades, ocultas bajo la máscara del progreso de la modernidad/colonialidad. Y aún si el olvido alcanzara de una vez por todas a aquellos que han quedado en el camino pasado, no habría tregua posible para los que quedamos, puesto que si en ese olvido se consiguiese una cierta paz, no sería más que una paz indolente que comprometería aún más nuestro devenir en un presente que no es tal, pues no hay olvido que la modernidad capitalista —y la destrucción de la cultura que ha sido constitutiva de ella— perdone ahora y ayer. Como dijo Benjamin, “tampoco los muertos estarán a salvo del enemigo si éste vence. Y este enemigo no ha cesado de vencer”. El historiador, decía Benjamin, que está compenetrado con esto último, tiene consigo el don de “encender en el pasado la chispa de la esperanza”.

II

Nuestras sociedades se construyen sobre la repetición de sí mismas dice Boaventura de Sousa. La teoría del “fin de la historia”, tan de moda hace unas dos décadas, ¿qué historia cuenta? En principio la suya es la celebración del presente, pero de un presente vacío, presente que no es presente, un presente ausente que se repite. Lo que dice esa teoría, que celebra el presente ausente, es lo siguiente: el triunfo del capitalismo es definitivo: es la opción que caracteriza al mejor de los mundos posibles, al único. Se trata del there is no alternative de Margaret Tatcher y la dilapidación de lo que quedaba del “Wellfare State” o “Estado benefactor” euro-norteamericano del siglo XX, que significa también la dilapidación de derechos sociales legítimamente conquistados por las clases trabajadoras occidentales. Con el ‘Estado de bienestar’ se va algo de lo poco que habían logrado arrancar las clases trabajadoras a la burguesía internacional. Si bien el Estado de bienestar no representó la conquista de las demandas históricas de los grupos históricamente oprimidos, ni terminó con las relaciones coloniales en el sistema mundial, sino que, por el contrario, se benefició de ellas, sí fue resultado de las presiones (no un regalo) de grandes contingentes sociales que lograron por fin el reconocimiento de derechos sociales que ahora se estipulaban como básicos.

Al mismo tiempo, la teoría del fin de la historia se refiere también —y no precisamente en segundo lugar, como me parece que lo afirmaría cierto ensimismamiento eurocéntrico—, al mundo no-occidental, y en el caso de América Latina, a la continuación y agudización, vista con cinismo, de su situación de colonizada y pauperizada en la división internacional del trabajo y la clasificación social mundial avanzada desde hace más de quinientos años a través de la idea de ‘raza’ y el sexismo como eficaces mecanismos de dominación. La teoría del fin de la historia es la continuación del sufrimiento y la destrucción de la dignidad porque defiende, entre otros, el valor de la libertad individual como valor supremo, jugada en el mercado, por encima de todo, por encima de la justicia, la igualdad y la fraternidad ilustradas; porque la libertad individual, que se ha de jugar y proteger en el mercado capitalista, se consigue y ha de conseguir a costa de éstas y porque, al fin y al cabo, no todos son ciudadanos ilustrados, ‘blancos’, quizá europeos: precondiciones o definiciones de lo racional y lo moderno. Para dicha teoría, el “fin” quiere decir, fin de aquello que a la ‘lógica del cálculo de utilidad’ se oponía, ya sea como proyecto alternativo a la modernidad/colonialidad capitalista, inscrito en un distinto marco normativo, “antisistémico” o “no-capitalista” por decir, o como avanzada, no necesariamente opuesta, de un agente que disputaba con la lógica del cálculo de utilidad el poder sobre la producción social, sin intención de modificar la desigualdad estructural ni la explotación sistémica mundial, la apropiación ni la dominación colonialistas, es decir, sin intención de modificar el patrón de poder vigente: el “despotismo burocrático” soviético, como dijera Aníbal Quijano. En un sentido, la teoría del fin de la historia, como dice Boaventura de Sousa, encuentra su grado de verdad en que “ella es la máxima consciencia posible de una burguesía internacional que ve finalmente el tiempo transformado en la repetición automática e infinita de su dominio”. Esto es lo que quiere decir, como dijimos arriba, la celebración del presente que se repite, ahí donde el capitalismo se ve como la única alternativa posible.

III

Lo pasado ha sido visto y definido como arcaico, antimoderno y atado a formas conservadoras, envejecidas. Esta dualidad entre moderno y premoderno se ha mantenido, por ejemplo, en la idea de las sociedades duales de tan larga data (y todavía de cierta presencia recurrente no ya quizá en los debates académicos y como motivo de ponencias y seminarios, sino como parte de una episteme naturalizada que ha interiorizado los mitos que fundan su ser colonial). Aquellas donde se supone que conviven formas y tiempos-espacios totalmente contrarios: campo-ciudad, progresista-retrograda, civilización-barbarie, ciencia-saberes mágico religiosos, etc., y en términos de las cuales se cifra la desgracia presente y los subdesarrollos condenantes que frenan todo intento de emancipación social, por mínimo que sea, en América Latina. En esa concepción dualista, colonial, el campo por ejemplo, representa el atraso con respecto a la ciudad y la frustración de los adalides de la modernización colonialista y el desarrollo, sin reconocerse que este mismo campo “atrasado”, en el caso digamos de América Latina, es producto del mismo proceso de modernización, del mismo desarrollo que define la historia de la región; un campo que en su momento, pensando en la época de la minería colonial, representó el centro del desarrollo económico, pero que fue abandonado tras ser rapiñado y explotado, para trasladar la explotación/apropiación productiva hacia otras zonas. En ese proceso, lo que antes fue centro de desarrollo deviene zona ruinosa, atrasada, arcaica y “antimoderna”.

Todo desarrollo moderno conlleva un subdesarrollo; no se trata de lógicas opuestas. Más bien lo que vemos son procesos coetáneos e indisociables dentro del proceso de modernización/colonial capitalista. Evidentemente, la dicotomía campo-ciudad no reconoce este proceso de rapiña, esta lógica moderno/colonial productora de ausencias, por demás oculta bajo el celebratorio discurso del progreso, cargado de positividad. Así, el Progreso realmente existente, no es más que un discurso artificiosamente positivo y dicotómico, que oculta una lógica explotadora colonial/moderna y que está en la base de la racionalidad instrumental moderna, definida por una violenta lógica d medios y fines donde, históricamente, los medios siempre han tendido a rebasar dichos fines.

Categorías
La casa de Lanudo

Oficio de poeta (I)

(Microrrelato)

Decidí hacerme poeta el día que gané el concurso de lectura en la clase de segundo de primaria. El premio fue un libro de Pinocho y un lápiz con un borrador de figurita que no se grabó en mi memoria. Luego de eso vino la fama, las lecturas de poesía patriótica cada lunes de septiembre, las odas a los grandes hombres de la historia, recitales bajo el ardiente sol de la mañana hasta que la directora daba por concluido el acto cívico con un “todos vuelvan a sus clases” y nosotros, los poetas, bajábamos del escenario para incorporarnos a las pobladas filas de cabezas piojosas y sudadas, pensando que el próximo poema debía ser más largo. Esa era la vida del poeta: declamar las glorias de otros hombres que no éramos nosotros.

Categorías
Proyecto Azúcar

José A. García | La tan ansiada hospitalidad (Cuento)

Si se detuviera a pensar en el tiempo que llevaba recorriendo aquel camino le sería imposible decir cuándo había comenzado. Tampoco podría decir hacia dónde se dirigía. El calor que azotaba la rala vegetación golpeaba de lleno contra su cuerpo; el polvo que se levantaba a cada paso lo envolvía como una nube metiéndose en la nariz y en la boca, secándosela, recordándole la sed que no dejaba de perseguirlo.

Apenas podía sentir la lengua debajo de la capa de tierra que se adhería a la poca humedad que perduraba en ella. Sus ropas eran grises por ese mismo polvo, tan fino y volátil como las cenizas; sentía como penetraba en cada poro de su piel, en los bolsillos de su desgastada ropa, entre su cabello descuidado y crecido, así como en la barba de varios días.

El cansancio volvía torpe sus movimientos y lentas sus reacciones.

Necesitaba agua para aplacar tan atroz sed, necesitaba un descanso para recuperar las sensaciones de su cuerpo, necesitaba comida para continuar.

Como una cicatriz que señala la existencia de una antigua herida, el camino continuaba hasta donde era posible ver. Incluso parecía extenderse del otro lado del horizonte. Pero el cansancio era tanto que apenas sí pudo dar un paso más antes de caer desvanecido en medio del camino sin atender al lugar en el que se encontraba.

Sin forma de saber cuánto tiempo había quedado inconciente, sin poder recordar qué hacía allí, por qué resultaba tan importante continuar adelante o por qué, de manera imprevista en medio de tanta desolación, una sombra cubría su cuerpo.

Giró, a duras penas, la cabeza y se encontró con un ciprés que marcaba el inicio de un camino lateral. El recuerdo de las viejas tradiciones revivió su cansado cuerpo, sus exhaustas energías y la voluntad de ingresar en aquella finca.

Incorporar le resultó en extremo difícil. Sentía los brazos y las piernas pesados, como si cada uno de los músculos que los componían hubiera perdido movilidad, elasticidad y la capacidad de sostenerlo. Las rodillas crujían cada vez que daba un paso; los tobillos apenas resistían su peso.

Unos metros después del primer ciprés, se encontró un segundo árbol idéntico al anterior. Aquel descubrimiento le devolvió parte del ímpetu que sintiera antes de desvanecerse; sentía que recuperaba la motivación necesaria para continuar. Pero fue al descubrir el tercer ciprés que sus energías se revivieron por completo, junto con la visión, aún a lo lejos, del techo de la finca a la que conducía aquel camino. Pensó en correr la distancia que aún lo separaba de aquel lugar; pero incluso con las nuevas fuerzas que sentía, piernas y brazos continuaban igual de pesados y cansados que al despertar.

Descubrir un cuarto árbol, en perfecta línea con los anteriores, un quinto luego de ese y más adelante un sexto, hasta completar el camino hacia la casa lo hizo dudar de  cuanto sucedía. Las tradiciones tenían su límite, el resto quedaba a la voluntad de cada uno el creer o no, pero era necesario conservar una cierta cuota de veracidad. Con cada paso que daba, el camino se tornaba menos abandonado, incluso crecía algo de césped, aunque descuidado, junto a los árboles, algo que no había encontrado antes en su caminar.

Continuó avanzando lentamente sin recuperar el completo funcionamiento de sus piernas, por lo que cada paso se transformaba en un dolor imposible de describir con palabras. Ni con gestos, ni exclamaciones, ni siquiera con los gemidos que solo aquellos que sufren las peores aflicciones pueden proferir. En silencio continuó sufriendo como lo había hecho siempre, como desde pequeño se le enseñara que debía ser.

Finalmente alcanzó la puerta y llamó con tres leves golpes que quebraron el silencio.

Tanto demoró la atención de su llamado que comenzaba a creer que no habría nadie allí cuando la puerta se abrió sin hacer ruido.

—Solicito derechos de hospitalidad —dijo bajando la cabeza y sin mirar a quien abriera—, mis piernas no me responden de la manera adecuada para postrarme frente al señor de tan bella finca —completó.

La nueva respuesta se demoró en llegar casi tanto como la anterior. Sabía que no podía levantar la mirada hasta que la puerta fuera abierta de par en par, y solamente entonces podría ingresar y solicitar comida, un sitio donde sentarse, y quizás algo más. La sucesión de cipreses similares lo habían confundido.

Le permitieron ingresar, sentarse y comer hasta saciarse con la comida ofrecida; pero, luego del polvo del camino y la pérdida de sensibilidad en su boca y lengua, sabía tan desabrido como la nada misma.

Luego de la comida, luego de beber el agua suficiente para quitarse el regusto del polvo del camino, sintiendo algo similar a la comodidad, recordó la duda que lo atenazara al llegar allí.

—No tengo palabras suficientes para agradecer la hospitalidad de tan bien dispuesto anfitrión. Si me permite, en cambio, tal vez pueda usted, responder una duda que se despertó en mí al ingresar a su finca —dijo contemplando el camino por la puerta que había quedado abierta.

Miró a los ojos al inesperado anfitrión, recorrió cada detalle de su rostro durante el tiempo en que se encontró allí dentro y, aún así, sería incapaz de decir nada sobre él. Por más que los mirara, aquellos rasgos no quedaban en su memoria; tan pronto como apartaba la mirada los olvidaba y debía volver a mirar lo que creía ya conocer. La luz allí dentro resultaba más extraña, ominosa, irreal, que bajo el inexorable sol exterior.

Entendió el silencio como una invitación a continuar, ya que de no haber querido hablar, una sola palabra hubiera sido más que suficiente para detenerlo.

—En mi pueblo teníamos una vieja tradición sobre la hospitalidad. En ella se dice que el viajero que encuentra un ciprés en la entrada de cualquier finca, sabe que hallará allí un plato de comida disponible. Si hay dos cipreses el viajero recibirá ese plato de comida en la misma mesa que su anfitrión, en señal de respeto mutuo. Si, en cambio, encuentra tres cipreses, además de la comida el viajero podrá solicitar un lugar donde pasar la noche.

Nuevamente el silencio le invitó a continuar hablando, con la seguridad de quien no incurre con sus palabras en falta alguna.

—En tres acaba la numeración. La hospitalidad no avanza más allá de esas pequeñas ayudas. En su camino he visto mucho más que tres cipreses. Eso me lleva pensar que esta finca bien podría ser otra cosa, ya que el único otro lugar en donde deliberadamente se encuentran esos árboles es en los… —se detuvo al darse cuenta la insolencia que estaba a punto de cometer frente a quien respondiera de manera tan conspicua su pedido de ayuda.

—En un camposanto —completó el anfitrión. Su voz resonó con una fuerza inaudita en aquel lugar, como si el sonido de sus palabras reverberara al chocar con cada objeto del interior de aquella estancia, incluso a pesar de que la puerta continuaba abierta de par en par.

—No pretendía decir eso —comenzó a excusarse ante su anfitrión e improvisando una reverencia en señal de disculpas.

—Uno al que las almas de quienes ansían continuar con sus vidas, siempre acaban por llegar… —agregó el anfitrión sin atender a últimas las palabras del recién llegado y cerrando, con el sordo ruido del chocar de madera contra madera, como el cierre definitivo de un ataúd, la puerta.

Imagen tomada de: https://www.freepik.es

José A. García (1983, Buenos Aires, Argentina), escritor, guionista de historietas, blogger, profesor de historia. Participa en diferentes publicaciones independientes de Argentina, Costa Rica, Cuba, Ecuador, España, México, Venezuela, con cuentos, artículos e historietas realizadas con diferentes dibujantes. Publicó el libro de cuentos Fábulas del cuaderno verde (2014) con Textosintrusos. Cree fervientemente que el conocimiento se demuestra haciendo y no acumulando diplomas, premios y menciones como si fueran condecoraciones o títulos de nobleza. Página web personal.

Categorías
Hombre contra el mar Narrativa

El Jardín de Eva

Yace ahí, fría, como las antiguas mañanas decembrinas, vestida con un traje blanco y sus manos entrelazadas en su estómago el recuerdo de mí Evita. No me queda más que besar sus mejillas pomposas y ruborizadas que no perdieron ese colorcito de mujer tímida y enamorada aun postrada en aquella cama de sábanas blancas.

– Evita, han venido a verte – le susurré al oído mientras le ponía en su cabeza una corona de rosas frescas, que al besarle sus labios pálidos se convirtió en hermosos dientes de león que volaron como los pájaros, dejándole sus cabellos teñidos de blanco como la nieve inexistente – Despierta, querida, despierta – le dije.

Recuerdo a Evita en su jardín, continuo al patio de nuestra casa, con su cabello corto, castaño y ondulado; vestida con trajes de diferentes colores y hechuras, floreciendo como sus rosas una vez terminado el invierno. Mantenía en una de sus orejas una azucena y corría como niña pequeña por toda la amplitud verde y boscosa, haciéndome muecas que consideraba patéticas y a veces seduciéndome como adolescente curiosa. Su aroma era fresco y mañanero, su sudor cálido como las aguas de un lago.

Y ahí estaba yo, mirándola desde lejos mientras comía frutas, o con un periódico en la mano hasta que cierto día cayó.

– Evita, háblame – le dije.

Y el hilo de sangre que salió de su nariz se deslizó generoso hasta su barbilla, mientras una nube oscura cubrió el color de sus ojos, la misma que regresó con un potente trueno cuando Eva estaba postrada en una cama de pétalos, siempre hermosa; rodeada de lo que a ella le gustaba: de toda clase de flores.

Amigos y familiares le observaban, pero ninguno, ¡ninguno! la observó como yo, ni siquiera su madre a quien tanto odié por despreciar la sensualidad que mi Eva emanaba hasta por la mirada.

– Augusto – dijo la mujer a mi lado – Lo lamento más por ti que por mí. Lo peor que le pudo pasar a Eva es que le crecieran las caderas, fue eso y su bondad lo que hizo que muchos hombres me dejaran sentada en el sofá como una viuda ridícula. La verdad es que nunca pude ser como ella y me arrepiento haberlo intentado cierto día. Imagínate, tanta belleza y no la salvó de nada, mientras yo, por muy fea y amargada que esté, sigo viviendo y haciéndome más fuerte. Que Diosito te bendiga y te dé la resignación que necesitas, Augustito.

– Y a usted que Dios le dé el perdón, doña Eva.

Yace ahí mi Eva, mi E- VI-TA, mujer que da vida.

Sé que se pasea amorosa por este jardín en las madrugadas, siempre encuentro café hecho por la mañana y escucho la radio encendida en la sala. Como ya habrá visto, la casa sigue siendo azul a pesar que la pintura de las paredes se está cayendo, he dejado que crezca el césped y probablemente eso le causa cierto desgano, además de las manzanas podridas y los mangos que han caído de los árboles debido a las últimas tormentas.

La cruz que tiene plasmado su nombre continúa aquí. El pasado noviembre la adorné con gallardetes y frutas, la barnicé y la perfumé un poco, dejé caer la colilla de mi cigarro para que sintiera mi olor; recuerdo que un pequeño ramaje está creciendo a sus pies.

– Evita, ¿qué será de mi mañana?, ¿existe la posibilidad de acompañarte en este viaje a lo desconocido? Sigo siendo miedoso, pero he tenido días difíciles. ¿Por qué siempre que te veo a través de la ventana te quedas allá, lejos como un lucero, y entras a la casa mientas duermo? Háblame a través de mis sueños, cuéntame que se siente dejar el infierno, ¿has visto a Dios?, ¿has visto a los ángeles?, ¿has cantado con ellos? Como lo hiciste cuando estuve enfermo y postrado en cama sin tener si quiera la fuerza para acariciarte el cuerpo con la yema de mis dedos. Bésame, Eva, sólo una vez más, como lo hiciste en aquella eterna madrugada de febrero, déjame sentirte en mi pecho para enredar mis manos en tus cabellos, para decirte cuánto te quiero.

Categorías
Ecos de un caballito del diablo Literarias Narrativa

Aída Chacón| Retorno al sureste [I] (Crónica)

[Sabores]

Regresar a casa siempre resulta complicado para mí. Siempre me pregunto a cuál de todos los sitios en que he habitado, podría llamar “hogar”. ¿Cuál es mi casa?, ¿la del recuerdo?, ¿la que ya no existe?, ¿la que construí en la ciudad?, ¿la que extraño cerca del malecón habanero? En esta introspección me topé con un artículo donde entrevistan a Raquel Torres, antropóloga y cocinera veracruzana. Ella sostiene que es posible saber de las raíces simplemente recordando aquello que se comía en la infancia; eso que resulta tan cotidiano que pocas veces se toma en cuenta.

Y yo, ¿qué comía en la infancia? El recorrido por la memoria me impulsó a la escritura. La comida de mi infancia estuvo cerrada a la del contexto por un largo tiempo. Crecí en un pueblito veracruzano pero con familia de tierras frías. Ellos [nosotros] migraron buscando otras formas de vida. Se apuntalaron en una casa cerrada a la gente, a la calle, al contexto. Ni mi madre ni mis tías acostumbraban a sacar una mecedora al umbral de la puerta o la banqueta para contemplar la tarde, para escapar del calor enloquecido de hasta 50° en verano. No aprendí a caminar descalza en la tierra, tampoco a andar en camiseta y calzones para sentirme fresca. Aún con esto sí aprendí a hablar fuerte (“a gritos” como dicen en la ciudad), a decir palabrotas como parte del vocabulario cotidiano, a comer lo que había cerca, lo que lograba entrar a casa, lo que probé en las casas de mis amigos, lo que se compraba en el mercado. Lo que se cocinaba en donde yo sentía era mi tierra.

De allá recuerdo las empanadas de queso y plátano, los bollitos deliciosos, los tamales de acuyo aromático que crecía desenfrenado en el patio de la casa. Las enmoladas de un mole que jamás picaba, los plátanos machos para el desayuno, el tesmole de pollo y sus cazuelitas de maíz. El queso fresco, las picaditas de salsa, las cabecitas de perro, las ciruelas con chile, el olor de los nanches, los frijoles con plátano, los puritos con queso, los pambazos blancos.

El hogar de la infancia tiene una herencia culinaria insospechada, fincada en las raíces afro del estado; pensarlas tan solo me dejan ver las formas en las que he aprendido a cocinar: sin recetas, sazonando con la experiencia, con el don de la “buena mano”; porque yo nací con ella: la comida nunca se me sala, siempre sabe bien, nunca es la misma receta, algo hay que va cambiando cada día, las cantidades son todas, un misterio. Y jamás la pruebo antes de servirla.

Entonces, mi casa está en la herencia gastronómica que tengo, la que se instaura acá, en la ciudad, la que se vuelve un éxito con los paladares defeños que prueban en casa mis inventos. La que me regresa a la infancia en cualquier descuido y me hace disfrutarla como si estuviera en un tiempo y en un lugar indeterminados. La que adoptado con el tiempo en los demás hogares que he tenido.

El estilo culinario de la ciudad en la que vivo no es mi favorito; me asomo de cuando en cuando a los sabores y algunos llegan a mi cocina con algunas modificaciones, con herencias de la infancia. Me doy cuenta de que ahora mi casa está con la puerta entreabierta, un poco como hace años las de mis tías y mi madre estaban cerradas porque se aferraron al recuerdo de su tierra, a sus costumbres, al acento de su hablar. ¿Qué queda cuando el hogar está en el pasado? Los recuerdos y la configuración de hogares nuevos, con más sabores, con más aromas, con raíces más anchas y profundas.

Pambazos preparados estilo Tierra Blanca, Ver. Foto y preparación: @yllak