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Narrativa Retazos del...

Ritual

A veces solo queda sanar… 

Mi abuelo te rezaba a vos. Se hincaba frente a las piedras del lago y rezaba. Hablaba que había que agradecerte, hablaba que había que pedirle a los dioses para que te mantuviera sana y para que sus nietas y sus nietos pudiéramos verte. Se hincaba y te decía que nos disculparas por menospreciarte, por contaminarte y malgastarte. Sus lágrimas se perdían entre tus aguas… “Hijos, no la dejen morir, por favor”, decía el abuelo. Te ofrendaba frutas: unas naranjas, unas mandarinas y algunos limones cada vez que iba a verte… Así te mantendrás siempre fresca, decía… 

¿Qué hicimos para merecerte? ¿Qué te dimos a cambio? ¿Alguien se habrá sacrificado por vos? ¿Alguien habrá dado su vida para que hoy te tengamos con nosotras y nosotros?, vociferaba el abuelo mientras su llanto nos desgarraba. El abuelo siempre nos decía que los ilusos pensaban que nunca te acabarías, que eras infinita y que, junto a la eternidad, nos verías desaparecer. Sin embargo, nosotros nos creímos especiales. Nosotros… Hasta que llegó el día en el que dejaste de venir. Llegó el día en el que al abrir la llave de paso ya no caíste. Hasta que llegó el día en el que la ducha cesó.  Por suerte el abuelo ya no vio cuando te fuiste, cuando decidiste ausentarte…

Hoy recordamos al abuelo y su rezo. Hoy tratamos de recordar aquellas palabras que decía para disculparse con vos, para contentarte y hacer que, al final, aparecieras. El último poco de agua que queda en casa es la que está en aquel vaso frente al altar para nuestros muertos… y hoy pareciera que el agua también es uno de ellos… 

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Narrativa Retazos del...

Rocamadour o texto experimental para el olvido…

Me siento junto a ella a contemplar el mundo. Parece que la vida tiene el mismo sentido que el de una hoja que cae de algún árbol. Contemplamos el sonido del automóvil mientras se enciende, la sonrisa de una mariposa que pasa frente a nosotros y nos ilumina. Sí. La vida se contempla en los detalles, como el auto que se mueve junto al nuestro y nos deja la vista de la montaña al descubierto, o una lágrima, o una sonrisa forzada… y ella sigue sin despertar mientras el dejo seductor del viento nos acompaña….

Nos acompaña luego de 88 capítulos de Rayuela para llegar a Rocamadour, para llegar a la maga, Lucía y la carta que escribe para su hijo. Escribe para recordarnos que la rabia del mundo puede que se aglutine en los olvidos.

¿Y qué si nosotros somos Rocamadour? ¿Y qué si somos nosotros ese niño muerto que la maga recuerda y abraza con las palabras? ¿Y qué si es el tiempo el único ser que se divierte junto a nosotros para recordarnos que la catástrofe y el amor se construyen sobre la misma viga?

Algunos se alegrarán con su muerte. Bien puede que alguno de esos seres que nombramos como dioses se haya congraciado con él para llevarlo, para llevarlo lejos, lejos del centavo que encontramos en la grieta del asfalto, de la mujer que sonríe, de un hombre que deambula en medio del silencio, del roce de los dedos que se entrelazan, de las luces que encandilan, de las miradas cargadas de complicidad en el tiempo. Para mostrarnos así que el olvido y el recuerdo son parte del juego de la vida.

Rocamadour alza la cabeza. Todo es un juego, una invitación y entonces, alguien dice: Buenas noches, bienvenidos todos, bienvenidos Rocamadoures…

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Narrativa Retazos del...

El sofá

Papá falleció en ese sofá. Mi madre se ha lanzado a pintar todos los días. Parece que el duelo también se puede vivir así. Al fondo puede escucharse el silencio. La casa pareciera tener nuevos aires y el sofá de papá sigue ahí como si fuese una isla que alguien decidió deshabitar. De vez en cuando alguien, aquí dentro, se dispone a vivir. El orden pareciera una buena forma de evidenciarlo. El contemplar aquel árbol con gusanos y recordar. Sí. Recordar. Me parece que fue justo a las tres de la tarde. No lo sé. El tiempo dejó de tener importancia. ¿Qué hacés cuando la vida no es más que un sofá deshabitado?

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Ecos de un caballito del diablo Narrativa

Aída Chacón| Otra vez el sureste| Crónica

El calor insoportable de la ciudad me hace recordar al de mi pueblo. Tenía unos doce años cuando, a raíz de mis clases de Ciencias de la Tierra, se me ocurrió pensar en la temperatura ambiente del lugar. No era común tener termómetros ni aparatos de medición de ningún tipo. Cuando encontré arrumbado en la casa un termómetro ambiental estaba cubierto con una capa de polvo tan difícil de quitar que no se podía leer la escala de medición. Luego de pedirle a papá que me ayudara con esa reparación, nos dispusimos a medir la temperatura ambiente. Colocamos el termómetro en un sitio de la banqueta afuera de la casa para simular el escenario real de cuando yo caminaba de regreso después de la escuela. El termómetro llegó a 50°, esa era su medición máxima. Nos quedamos un rato pensando en que, tal vez, podría ser mayor pero que no lo sabríamos hasta conseguir un termómetro con más capacidad. Luego seguimos con el experimento y medimos la temperatura dentro de casa. Apenas se redujo un par de grados centígrados.

Después de nuestros hallazgos, mi papá charlaba con todo aquel que se le atravesara. Les contaba del tremendo calor, de lo criminal que resultaba. Unos llamaban al pueblo, “el infiernito”; otros más, los que se hacían los poetas, le decían “la novia del sol”, porque este jamás se iba y estaba ahí encima todo el tiempo. Mi madre le decía: “la antesala del infierno”. Ella siempre despreció vivir ahí. No sé cómo resistió sin abandonarnos. Extrañó la ciudad, su ruido y el gentío indiferente durante cada día que vivimos allá. Cuando se mudó de vuelta a la capital, se recluyó en su casa, no salía más allá de los límites de la colonia y, ocasionalmente, visitaba la zona en la que dejó parte de su juventud.

Los vecinos empezaron a inventar toda clase de experimentos que comprobaran su hipótesis: nuestro pueblo era el más caliente de todo el estado. Un vecino aprovechó el cofre de una camioneta estacionada afuera de donde se encontraban para sus experimentos y a las doce del día partió un huevo y lo esparció ahí. El huevo cambió de coloración, se cocinó en la lámina. Después de aquello, todos estaban asombrados por no haber perdido la razón a causa de la inclemencia del sol de tantos años. Otros se preguntaban cómo era que el pueblo no se había deshabitado jamás y que, por el contrario, parecía hacerse más y más grande. Lo que era evidente es que, alrededor de las dos de la tarde, cuando más calor se sentía, los negocios bajaban sus cortinas, la gente desaparecía de las calles y ese tiempo se ocupaba para comer. El mediodía nuestro era ese momento entre las dos y las cuatro en el que las calles se convertían en las de un pueblo fantasma.

Cuando se acercaban los peores días de calor y antes de las lluvias, nosotros y casi toda la gente del lugar, buscábamos un lugar en el río, a veces en la playa. Nos gustaba ir a remojarnos al agua del Joliet, el Julieta para los menos pretenciosos. Ese río enorme y que, a los ojos de mi infancia resultaba hermoso, se encontraba en los límites del pueblo. Del otro lado, pasando el puente de tubos, ya no era Veracruz, sino Oaxaca. Del lado oaxaqueño se encontraban las ruinas de una hacienda. La gente contaba un sinfín de historias sobre esa construcción. En lo que antes era el arco de entrada de la propiedad se lograba ver el nombre Joliet y el año 1904. Todo estaba abandonado. No habían pasado ni ochenta años de aquella fecha pero a mí me parecían un abandono de cientos de años. Las pocas paredes que se apreciaban de pie eran altísimas, todas sin techos. Numerosas puertas conectaban lo que antes, seguramente, habían sido habitaciones inmensas y llenas de lujos. Se decía que el dueño era un francés acaudalado que decidió venir a México buscando prosperidad. Su hija, una hermosa mujer de ojos azules y piel blanquísima, lo había acompañado y había bautizado la hacienda en su honor. Otras personas decían que había sido de gringos adinerados. Todos coincidían en que la Revolución les había hecho caer en la desgracia y poco a poco, la hacienda que se erigía en lo alto de una loma, los plantíos, las caballerizas y todos los que trabajaban en ella, fueron muriendo, migrando, simplemente desapareciendo hasta dejar el sitio totalmente abandonado y sin certezas sobre su historia.

En el río, nosotros los niños cazábamos guarasapos durante horas, chapoteábamos un rato, hacíamos concursos para saber quién podía soportar más tiempo bajo el agua. Cuando alguno no lograba escapar, se convertía en el blanco del tío que quería enseñarnos a nadar. Nos aventaban desde algún sitio alto y teníamos que salir a flote. Nuestra infancia en el río también se acompañó del constante temor de morir ahogados. Así podíamos durar hasta seis horas en el agua; hasta que teníamos las manos y pies de viejitos, nos acercábamos a la orilla a comer algo. Irremediablemente al comenzar a comer llegaban las historias de las tías sobre el amigo de su juventud que murió siendo apenas un crío. Chelín era el más pequeño de todos ellos. Falleció una tarde de domingo cuando fueron a ese mismo río; él comió y volvió a nadar; se ahogó sin que los demás se dieran cuenta. Cuando lo buscaron ya era demasiado tarde. Su cuerpo estaba hinchado y todos lloraron hasta enloquecer un poco. Tardaron en volver ahí y lo recordaron en cada ida al Julieta.

En la noche, ya que nos habíamos dado una ducha y nos acostábamos a dormir, creíamos que el agua nos mecía, pero ahora en la cama. Y yo podía sentir la corriente del río golpear suavemente todo mi cuerpo. Cerraba los ojos y, de nuevo, estaba flotando en el agua; escuchaba a lo lejos su ruido chocando en las piedras, corriendo en el cauce con sus desniveles. El arrullo me hacía sentir una tremenda paz hasta que me quedaba dormida. No la he sentido de nuevo hasta ahora.

Poco antes del verano llegaban las lluvias. En algunos casos, monzones. El calor se apaciguaba un poco, nos daba un respiro no muy largo. El agua de la lluvia era una bendición esperada. Algunas veces lograba escaparme de mamá y sus cuidados para mojarme en la calle. Me encantaba perderme entre las gotas hasta quedar empapada. La tibieza de las gotas evitaba cualquier resfriado. Jugaba a bailar y cantar en la lluvia, a sentir cómo la ropa se humedecía con rapidez hasta quedar escurriendo. Y de nuevo la paz… pero ahora llegaba en forma de olor a tierra mojada. Al instante en que cesaba la lluvia se empezaban a oír las chicharras. Esa era señal de que, al día siguiente, el calor regresaría pero esta vez más fuerte.  

Las trampas de la memoria son muy curiosas. Las nostalgias son seleccionadas cuidadosamente para que no me acuerde de la inseguridad que, de pronto, azotó el estado un día durante mi adolescencia. De repente, sin que nadie pudiera evitarlo, dejamos de salir en las madrugadas, olvidamos los cantos de la rama, comenzó a desaparecer la gente, los migrantes también y los que quedaban, estaban mutilados por el tren. Tampoco me acuerdo de los zetas que llegaron, de cómo reclutaban compañeros de mi prepa, ni de la estirpe de chupaductos que se apoderó de la zona. No pienso en el derecho de piso que hizo cerrar a más de un pequeño negocio en el centro de mi pueblo. Eso… nunca lo recuerdo. No pienso en que el pueblo de mi infancia me fue arrebatado y que ahora solo queda ese parece en la nota roja.

Desde el sofocante calor citadino de apenas 27°, me pongo a recordar furiosamente esos pasajes de la infancia mientras me animo diciendo que este calor no es tan insoportable, que he sentido el rigor de los 50°, que ni el río, ni la regadera ni la ropa ligera terminaban con el sopor de mi pueblo; que acá, en esta latitud, aunque no se pueda bailar bajo la lluvia, encontramos en la sombra una tregua del calor.

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Ecos de un caballito del diablo Narrativa

Aída Chacón| Lejos y apretado| Crónica

Vivir en la ciudad es caótico y apretado. Los espacios son distintos al igual que las distancias. En la infancia viví en lugares amplios, con plantas, cielos abiertos, pájaros cruzando el cielo y chicharras cantando hasta la muerte. Me mudé muchas veces. Perdí la cuenta de ellas y también de las cosas que perdía en cada cambio de casa. Aún con eso siempre tuve espacio. Espacio para mí, para meter los gatos que recogía de la calle, unos cuantos perros y hasta una paloma que se cayó de un árbol y quedó lastimada.

Viví hasta mi juventud en un pueblo. No tan grande ni tan pequeño, no tan olvidado ni lejano. En sus calles principales se veían tiendas y aparadores como una pequeña ciudad. El centro era una zona de apenas unas cinco cuadras a la redonda dónde se concertaba la mayor actividad económica. El mercado, dos tiendas de autoservicio, algunos bancos, el palacio municipal, el parque donde se hacían los bailes y algunos comercios. Era el lugar más ajetreado de día y más solitario por las noches. Vivimos algunos años en ese centro casi deshabitado.

Teníamos un patio que se llenaba de hierba muy seguido. Grandes plantas de acuyo crecían sin que nadie les pusiera freno. Cuando tuve cierta edad y aprendí a usar el machete, mi actividad favorita era chapear el monte. El poder que el machete me confería me regalaba cierta confianza y me permitía sentir que hacía una ardua labor que no cualquiera podría realizar. Después de sudar a mares, veía las plantas cortadas y satisfecha las juntaba en el centro del patio para prenderles fuego.

Algunas de nuestras casas tenían tanto espacio que jamás logramos llenarlas. Nunca tuvimos demasiadas cosas, incluso podría decirse que ni siquiera las que alguien pensaría como necesarias, así que, mucho menos lográbamos llenar esos tremendos espacios. Recuerdo en mi infancia casas de techos altos, de habitaciones inmensas. Yo podía perderme en esos sitios y encontrar un escondite privado.

Recuerdo una casa en la que teníamos terraza en dos de las recámaras. Una de ellas tenía vista a la calle y la otra, al patio trasero. Nuestra terraza que daba a la calle bien podría ser otra habitación, así que, cuando queríamos acampar, solo sacábamos colchonetas y dormíamos ahí, con el fresco y las estrellas.

No usaba mucho el transporte porque todo era muy cercano, pero cuando lo hacía, nunca estaba lleno. Solo durante el carnaval o los desfiles se veían las calles llenas de gente. Había espacio para charlar a gritos de una acera a otra. También para estacionarse cerca de las tiendas principales. No faltaba lugar en las bancas del parque a menos que fuera domingo. Ese día todos estábamos ahí dando vueltas una y otra vez en una espiral interminable donde perseguíamos no sé qué. Tal vez, matar el tiempo.

El espacio era tal que cuando papá se fue y nos mudamos a una habitación en la casa de una tía, cabíamos las cuatro en ella. En provincia había espacio, lugar para todas las cosas, para las plantas y los animales. Para la ropa secándose al sol, para los bañistas en el río, para abanicarse en las tardes de intenso calor. En la ciudad, en cambio, nunca lo hay. No se puede leer un libro en el transporte sin que la puerta del metro o la gente que entra y sale propine un buen empujón. En ocasiones, cuando las puertas están cerradas y no hay gente abordando o bajando del vagón, tampoco hay espacio para abrir el libro y retirarlo de la cara para lograr leer.

Hay tanta gente que no cabe en ningún lado. Ni en los andenes del metro, ni en los trenes; tampoco en las avenidas ni en los camiones. Mucho menos en los parques o en el supermercado. No importa la hora o el sitio siempre está lleno de personas. En los departamentos tampoco hay sitio para estar en paz. Se escucha al vecino de arriba caminar de un lado a otro. Se escuchan las zapatillas de las vecinas andar en las escaleras del edificio. Se oye la fiesta de la calle contigua. No hay espacio para el silencio, tampoco para las estrellas o los cielos abiertos. No hay escondites. Siempre estamos expuestos. No hay sitio para demasiado, aunque ahora quizá tenga algunas cosas más que en mi infancia, no son muchas.

Una paradoja de la ciudad es que, aunque todo está muy lejos y apretado, la gente no se habla y no se mira. La gente atiborra el transporte y pocos saludan o se desean buen camino. Si alguien cae desmayado, pocos se detienen a llamar a una ambulancia. La gente está acostumbrada a ver a tantos que ya ninguno importa. Somos muchos, muchísimos, pero no sabemos nuestros nombres, no sonreímos camino al trabajo. Quizá sea el hastío que provocan las grandes distancias, el malestar de los camiones apretados, la interminable y agotadora rutina de los trayectos.

Para algunos, quizá la solución es el regreso; tomar de nuevo las valijas y marchar por donde vine… pero a veces, la trampa está en que los lugares espaciosos habitados en la infancia solo existen en la mente. Ya no hay a dónde volver, ni cómo. Así que la verdad es que ese espacio grande, luminoso, sin saturaciones también se ha diluido en el tiempo. Escapó. Quedará como una historia que alguien tal vez contará a sus nietos y que empezaría más o menos así: “Dicen que en provincia había mucho espacio. Mi abuela contaba que en su infancia tenía un patio inmenso, cubierto de las más bellas flores y un poco de monte…”

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Narrativa Retazos del...

…sentimientos encontrados…

Carta para S.

Naciste cuando papá moría. No sé si lo recordás. Puede que el entendimiento de la memoria y los recuerdos sigan siendo un lugar desconocido para el ser humano. Hoy, por lo que te conozco, sé que seguro lo recuerdas y que incluso, juegas con él a escondidas. Sé que lo recuerdas recostado en el sofá con una máquina conectada a su nariz. Puede que de ese recuerdo venga la inquietud que tienes por la medicina. No lo sé. Y a decir verdad, me chupa un huevo que seas lo que seas, me chupa un huevo todo…, menos que pierdas la sonrisa que tienes hoy, menos que algún día pierdas la dignidad. El mundo que conocerás no tengo la puta idea de cómo será, solo quiero saber que serás mejor ser humano que el tipo que escribe esto…

Lindo cumple S.

Atentamente…

Un camaleón

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Ecos de un caballito del diablo Narrativa

Aída Chacón| Crónica del olvido| Crónica

Tenía apenas dieciséis años cuando Carlos murió. Él tenía diecisiete. Ambos cursábamos la preparatoria en lugares distintos. Mis recuerdos de aquellos años ahora me resultan confusos. Me cuesta cada vez más reconstruir los detalles que antes tenía tan nítidos. Ahora, cuando pienso en él, en nuestra infancia, parece que miro un enorme mural carcomido por los rayos del sol y la lluvia. Sé que el amor está ahí, aunque de manera muy distinta a como era antes. También lo extraño y siento curiosidad por saber cómo habría sido su vida adulta.

Cuando me avisaron de su fallecimiento no logré contener el llanto. Grité más allá de lo que mi garganta hubiera querido. Me dolió el corazón por un largo tiempo. Me volví más sombría, más callada. Pensaba en las formas en las que tal vez se hubiera evitado esa tragedia, pero con apenas dieciséis no tenía muy claro cómo era la leucemia. Rezamos durante nueve días en casa y encendimos veladoras cada día. Sus cenizas quedaron en un mausoleo católico en la ciudad, nosotros regresamos al pueblo a continuar el duelo.

Luego, sin darme cuenta del momento exacto, volvimos a la normalidad. De nuevo nos reunimos con toda la familia en las Navidades. Se reactivaron los antiguos pleitos y se hicieron más feroces las avaricias de antaño. La familia se fue desmoronando poco a poco, se hicieron bandos, se pelearon herencias, se rompieron los códigos entre hermanos y los sobrinos no pudimos sino tomar partido. No volví a ver a casi nadie durante una década. No volví a hablar con ellos. Mi hija no conoce de cerca a ninguno de ellos, quizá ahora si los viera en algún sitio no sabría muy bien de quiénes se trata.

La inminente ruptura familiar se precipitó cuando la abuela fue enfermando y su prolongada agonía se volvió insoportable. A veces, cuando pienso en ella, inevitablemente me pregunto cómo habría sido la vida si nosotros, los sobrinos, hubiéramos podido crecer juntos. Ahora pienso que todos nos hemos olvidado. Nos fuimos ahorrando las felicitaciones en los cumpleaños, las visitas de por sí esporádicas. Nuestras charlas fueron muriendo lentamente; pasaron de lo íntimo a lo insulso sin que ninguna de las partes quisiera evitarlo. Un día, sin más, dejamos de escucharnos. Los más pequeños creo que ni siquiera deben saber mi nombre, mucho menos que tengo una hija. Nos volvimos a reunir cuando el funeral de la abuela nos orilló a hacerlo. Entonces, los saludos fraternales, el abrazo y el consuelo protocolario estuvieron ahí para impedirnos otra charla que no fuera la necesaria. Nos despedimos al día siguiente del sepelio y volvimos al cómodo hábito de no nombrarnos.

Ahora que pasaron veinte años, regreso a recordar a Carlos. Él fue el único que no abandonó por voluntad el vínculo que nos unía. Lo pienso con insistencia para recordar su risa, el tono de su voz, nuestras pláticas… pero solamente tengo algunos trazos inconclusos. Breves dioramas de algunos momentos juntos. Todo eso congelado en el tiempo, sin movimiento. Apenas como instantáneas que reconstruyen una época juntos. Ya no me acuerdo de su voz ni de cómo sonaba su risa. Me gustaría no olvidarlo por completo; lo raro del olvido es que no se nota, simplemente un día sucede.

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Narrativa Proyecto Azúcar

José A. García | El último verano será eterno (Cuento)

La reunión tenía lugar en el paraninfo de la universidad; o como le decimos ahora, que utilizamos cada vez menos lenguaje, el salón de usos múltiples. Las gradas estaban repletas debido al éxito que en los últimos cinco o seis años tenían las ciencias postsociales y las disertaciones teóricas y metodológicas orientadas en dichas temáticas.

            Afuera, en el campus, en la ciudad, en toda la región, llovía de la misma manera en que venía haciéndolo cada noche en las últimas semanas; la lluvia era, prácticamente, la única excusa por la qué me encontraba allí. Lo poco que había podido leer acerca de los postulados postsocialeas se acercaban demasiado a las ideas más absurdas de la new age mezclados con un poco de nexialismo, una pésima lectura de Nietzsche en su vertiente más kafkiana, y algunas cosas más que, de por sí, fui incapaz de identificar. Claro que tampoco me importaba tanto hacerlo. Como dije, la lluvia era lo que me había llevado allí.

            La disertación de esa tarde llevaba el llamativo y amarillista título de “El último verano será eterno”y, como claramente no podía ser de otro modo, versaba sobre el cambio climático. El nombre del orador, así como su nula habilidad para armar cuadros con el powerpoint o cualquier otro programa similar, quedaron en un segundo, o tercer, plano, a medida que la charla avanzaba. En medio del sopor en el que me sumía con el único fin de intentar recuperar el calor corporal perdido, escuché una frase que atravesó la barrera de mi destinteres.

            —¿Acaso saben ustedes cuántas noches llevamos sin Luna? —preguntó al silencioso auditorio.

            Esas ocho palabras dispararon mis recuerdos. Pensé en las noches de la última semana sin poder encontrar una respuesta. Avancé en retrospectiva hacia la semana anterior, y luego a la anterior a esa. Pero la Luna, efectivamente, no se encontraba aun cuando tenía presente mis caminatas nocturnas, mis noches atravesando la ciudad de un rincón a otro, y no siempre en solitario ni bajo la lluvia.

            Tanto ejercicio mental resultaba doloroso; tanto mirar hacia atrás y hacia adentro de uno mismo dudando de muchas cosas que damos por seguras, por válidas y definitivas por un tiempo no era nada fácil. Recordé una de las frases de Kierkegaard, pero nadie recuerda algo semejante en medio de una molestia; nadie va al dentista para pensar en la filosofía de los cínicos; nadie se expone a una radiografía pensando en Sócrates.

            No encontraba a la Luna en mis recuerdos recientes.

            Intenté recordar con algo de exactitud algún nocturno momento del año anterior. Por supuesto no tuve la menor suerte, la memoria no funciona de esa forma. La reminiscencia puede ser voluntaria pero el recuerdo es completamente involuntario; podemos intentar forzarlo de otro modo, pero nunca resultará tal. Tuve, pues, que buscar en otro lugar, en otros momentos, en otro tiempo.

            En la infancia, en la adolescencia, en las escapadas nocturnas procurando diversión, y algunas otras pocas cuestiones, la Luna siempre se encontraba presente. Luego nada, el cielo vacío y el sol brillando eternamente sobre nuestras cabezas. Salvo, claro, en las noches sin Luna.

            La conferencia continuaba, pero no podía permanecer allí. Debía salir, despejar mi mente de aquel esfuerzo, pensar en alguna otra cosa, dejar de preocuparme por las gráficas que mostraban el aumento interanual del promedio de temperaturas continentales y los índices de tropicalización del clima templado. Necesitaba estar en otro lugar, aunque más no fuera bajo la lluvia.

            Pero ya no llovía, lo noté inmediatamente al salir del SUM. La humedad se mantenía por encima de lo humanamente tolerable y los insectos se multiplicarían sin cesar en los próximos días.

            Con temor ancestral, de quien teme darse cuenta que la realidad misma pende de un hilo demasiado delgado, de una película lo suficientemente tenue como para que cualquier mínimo cambio, una mirada prolongada, una brisa inesperada o un aliento de más, pudiera resquebrajar, levanté la mirada.

            Las nubes apenas habían comenzado a deshacerse arrastradas por el viento y algunas estrellas se adivinaban en el firmamento. De la Luna aún no había noticias, pero la noche recién comenzaba. Quedaba una leve, mínima, esperanza.

Imagen tomada de: https://www.freepik.es
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Arte y cultura Glosolalia articulada Narrativa

Apuntes sobre goran petrović.

Preámbulo del realismo mágico.

El realismo mágico, digamos, del canon, aquél “sur”americano de múltiples árboles familiares y difícil de seguir —el cual— al mismo tiempo puede tener obras de cuentismo o novelettes bastante dóciles de seguir (Doce cuentos peregrinos antología de Gabriel García Márquez, Aura de Carlos Fuentes, Aleph del titánico Jorge Luis Borges, La autopista del sur incluido en la antología Todos los fuegos el fuego de  Julio Cortazar —y— Pedro Páramo de Juan Rulfo).

La sutilidad de este realismo mágico yacía en un trasfondo en el que no se escribe la palabra magia, no se describe como una primera instancia, si acaso se puede decir que el realismo mágico comienza siendo anodino y cotidiano para que el lector se identifique en una historia contemporánea que después es sublimada al mundo de la magia. 

No obstante, hay otro realismo mágico al que deberé acotarlo al europeo. Autores como  Alesaandro Baricco, Kauzo Ishiguro (que a pesar de ser Japonés pertenece a la generación Granta del dream team británico), Salman Rushdie, Milan Kundera, Italo Calvino (cuando no es un disparate postmoderno de la Oulipo) y me salgo de la calificación europea —a pesar de tener un tono europeo— para mencionar Kafka en la orilla de Haruki Murakami. 

Este realismo mágico empieza más aventurero y menos anodino, con atmósfera del absurdo. Uno de los ejemplos más diáfanos es en Los versos satánicos de Salman Rushdie que comienza con los dos protagonistas cayendo de un avión. Novela que colocó una fetua a Rushdie hasta el día de hoy.

Cada realismo mágico, cada novela enseña la mitología (o mito fundacional) o cosmovisión de cada nacionalidad, cada autor apela a un elemento nacionalista a pesar de estar en un mundo mágico, el Comala de Rulfo sería el ejemplo más diáfano. 

Goran Petrović no es de este mundo. 

Así como cada autor muestra su cosmovisión, Goran Petrović tiene un esquema balcánico que parece ser más disperso o más fractálico que otros mitos fundacionales ya que se trata de un Historia más reciente cuyas nomenclaturas y límites ficticios geográficos han sido modificados más veces que otros territorios. Los elementos de magia de cada novela dentro del género apelan a ritos y costumbres “mágicas” propias de la cultura, en el caso del balcánico parece tener una connotación onírica demasiado pesada. Comparándola con Borges en El libro de los sueños en el que ensaya a través de la hermenéutica sobre el libro de Nabucodonosor, Petrović hace que el sueño sea “real”. El cerco de la iglesia de la santa salvación, una iglesia que comienza a flotar y es atada al suelo para poder seguir dando liturgia en ésta, se debe nivelar con el peso del agua, aunque el agua onírica es más pesada que el agua “real”. Sin hacer ensayística ni apelar a un subgénero filosófico, el sueño y el mundo de los sueños lo asocia a una noción tanto trasnochada (ya que también juega con las profecías) como innovadora.  

El autor serbio juega con lo irreal, sin pelos en la lengua, sin necesidad de cubrir su elucubración mágica. Parece que le da la vuelta al género (mágico realismo). Este autor coquetea con un formato experimental, Diferencias es una relato que apela a la meta-narrativa de los personajes e incluso el objeto del formato; Atlas escrito por el cielo  posiblemente sea el libro más fresco en su originalidad ya que la historia se divide en la narrativa principal y los cuadros que describen en ékfrasis. Esta beta experimental le funciona como aparato narrativo, no es necesariamente un “experimental” que yace en lo intencionalmente incomprensible o complejo, como el acoso del interlocutor en Si una noche de invierno un viajero de Italo Calvino que no deja de colocarse como una tercera voz dictándote cómo lees la novela.

Petrović es refrescante, un humorista con la seriedad suficiente para sumergir al lector en sus disparates irreales (tal vez surreales). En una entrevista con Alejandro García Abreu, comentando su libro Bajo el techo que se desmorona hace una alusión a la vida como un filme en el que los personajes se pueden asumir como protagonistas, extras, directores. Su idea de la literatura es que está viva y que a través de la escritura o lectura nos forjamos como humanidad, de allí otro lente para entender la fractalidad de su comsovisión.

<< Por otro lado, era una prueba de que la literatura es un ente vivo y los personajes tienen su propia vida; pueden crecer y algo puede ocurrir, aun en contra de la voluntad del escritor>> Goran Petrović. Entrevista con Alejandro García Abreu.

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Arte y cultura La Maga y el Quetzal Narrativa Poesía

La literatura como contenido digital y la evolución del acto lector: entrevista a Miguel Antonio Guevara

Miguel Antonio Guevara, sociólogo y escritor venezolano, ha abordado el tema de la difusión literaria en medios digitales y propone una visión sobre las comunidades de sentido que, hoy en día, son el soporte de las creaciones artísticas que circulan en Internet.

Verónica Vidal: Entre 2017 y 2018 llevaste la columna Cuaderno Hipertextual, donde mencionaste con detalle las ventajas y desventajas de la metamorfosis de la información impresa hacia un material global, al que podemos acceder por muchas vías, y que generan la conectividad masiva de conceptos, libros y textos. En general, ¿Qué percepciones añadirías o restarías a tus apuntes, como fruto de tu nuevo abordaje del tema?

Miguel Antonio Guevara: En primer lugar, creo que hay que superar la oposición tecno optimista y tecno pesimista. Me refiero a opiniones como: «tal cosa es buena para la cultura» o «tal cosa degrada la literatura y la escritura»; es decir, hay muchos más matices en este nuevo tiempo de la información, entre ellos el hecho de que hay que aceptar, sin complejos, que la literatura hecha en Internet y para Internet ha llegado para quedarse y no vale más una publicación que otra, sea impresa o digital.

En segundo lugar, me parece que el libro digital o electrónico no debe ser el punto de partida de la discusión sino más bien los contenidos, lo que se escribe y cómo circula (y cómo se lee y escribe para que circule).

En tercer lugar, considero que el campo cultural es más diverso de lo que se pensaba; es decir, esos espacios en donde circulan los contenidos, dispositivos o sujetos que los producen y consumen, son más ricos. Ahora ha tomado protagonismo una nueva subjetividad que lleva las riendas de estos nuevos procesos y es lo que he venido a llamar Comunidades de Sentido.

Y en cuarto lugar, una preocupación más práctica que reflexiva tiene que ver con los nuevos roles editoriales necesarios en este escenario que demanda especializar aún más el campo en cuestión.

Por ejemplo, ahora el editor tradicional debe convertirse en una suerte de curador transmedia, al tiempo en que debe ser un conocedor de los intríngulis digitales. Si vas a tener una editorial no puedes contratar a destajo a un comunity manager para llevar tus redes; necesitas a un especialista, de modo que tu administrador de redes debe ser alguien pulido en esos aspectos de promoción y divulgación de tus contenidos con un perfil de editor, debe ser más bien un lector y hasta un escritor, que es la persona más adecuada en estos entornos para producir contenidos, compartirlos y participar de la riqueza de la subjetividad digital (que es lo más importante). Esta subjetividad incluye chistes, memes, ciertos meta relatos de lo literario y de la vida online que implica convivir en esos espacios y mantenerlos al día con las necesidades de estos nuevos lectores, es decir, de esa comunidad de sentido. Es por eso que te comentaba, líneas atrás, que ya el centro de la discusión sobre la literatura online no son los libros sino más bien los contenidos y las comunidades que los ponen en circulación y que tienen como centro al lector.

Por eso me gusta decir que la literatura, en este contexto, ha puesto de nuevo a la subjetividad más importante de lo que hemos llamado libro, lectura o escritura, y no es nada más que esa figura por la que estamos teniendo esta discusión, el lector, la lectora y el acto de leer en sí mismo.

Esta última consideración es la más importante, porque atraviesa todo lo que te he comentado. Nos lleva incluso a modificar la escritura. Siempre bromeo con esto y digo “oye, nadie leyó a Barthes, o a Kristeva”, es decir, aquello de la muerte del autor, la intertextualidad, del código que cobra vida propia y que tiene cada vez una interpretación única por su circulación, esos hallazgos están ahora más presentes que nunca. Creo que esos escritores fragmentarios, como el mismo Barthes o Benjamin, Cortázar e incluso los autores de la nouveau roman, o los aforistas como Cioran, hubiesen disfrutado mucho ser blogueros o influencers, porque precisamente lo fragmentario, hipertextual, transmedia, etc., es decir, lo que circula, es lo que está determinando ahora cómo se lee, cómo se escribe y por ende cómo se publica.

Y lo más interesante, el factor que construye comunidades de sentido, que hace tejido social, no es más que la lectura y la difusión de lo leído, la necesidad de consumir relatos, modificarlos y ponerlos en circulación tengan el formato que tengan. Creo que tal vez ahora una editorial tiene más que ver con el diseño de videojuegos o la producción de series que con el mundo editorial como lo teníamos pensado antes. Sobre todo porque tienes que producir mundos para ser habitados, experiencias inmersivas o como dice Alan Pauls, necesitamos objetos (y yo le agrego subjetividades) que nos acompañen.

EL CENTRO DE LA DISCUSIÓN SOBRE LA LITERATURA ONLINE NO SON LOS LIBROS SINO MÁS BIEN LOS CONTENIDOS Y LAS COMUNIDADES QUE LOS PONEN EN CIRCULACIÓN Y QUE TIENEN COMO CENTRO AL LECTOR.

V.V: En tus últimas publicaciones ya habíamos leído tu opinión sobre el papel de las comunidades de sentido en la producción, aceptación y circulación de los discursos literarios y no literarios. Explícanos más de esta figura generadora de información.

M.A.G: Con Comunidades de Sentido me refiero a que lo literario como campo cultural ya no depende solo de particulares privados o instituciones, sino más bien hay como un revival de aquello que Michel Maffesoli llamó el tiempo de las tribus; es decir, hay nuevas comunidades de sentido que se agrupan en torno a sus particulares deseos y necesidades de expresión, en este caso en los entornos digitales, creando todo un ecosistema literario digital.

Lo veo como una gran ventaja porque tienen un rol muy importante frente a la tradición legitimadora de qué es o no literatura. Ahora basta que un grupo de interesados en algún tema se reúna en torno a sus voluntades creativas y funden un proyecto en forma de revista web, un blog, un perfil en una red social que difunde literatura o publiquen una antología. Son cientos de iniciativas editoriales que vemos día a día. Ya no necesitas que una vaca sagrada X o la editorial Y avalen tu obra para que esta sea “válida” y circule como válida, necesitas, en todo caso, la validación de una comunidad de sentido.

He visto de todo, desde autores que tienen cientos de lectores en Wattpad hasta esos “booms” editoriales en Amazon. En el caso venezolano, con todo y sus complejidades, hay un despertar editorial enorme sostenido por un ecosistema literario digital y autónomo muy variado. Yo mismo, como autor, comencé en redes sociales y publicando en blogs, luego vino, digamos, esa interacción con lo institucional literario, que sería la relación del escritor con sus pares o lo que el autor denomina sus pares.

Eso ha devenido en un asunto más amplio, más democrático tal vez. Es decir, que un autor no necesita el aval de nadie sino de sus lectores para convertirse precisamente en eso, un autor o autora.

hay nuevas comunidades de sentido que se agrupan en torno a sus particulares deseos y necesidades de expresión, en este caso en los entornos digitales, creando todo un ecosistema literario digital.

El asunto de los premios, concursos, mecanismos de legitimación y mecenazgo tan antiguos como la literatura misma, sigue conviviendo entre nosotros, aunque no son la vía única para la legitimación o la profesionalización literaria. Ahora basta con la voluntad del creador y su capacidad de tejer su propio networking, como te decía, entre su comunidad de sentido, o incluso fundarla.

Claro, no se trata de nada nuevo sino de un escenario que vuelve a poner al lector como prioridad. Me parece que las iniciativas editoriales, de promoción y divulgación de la escritura, entre otras, eran como librocéntricas, por decirlo de algún modo, donde toda iniciativa se basaba en bibliotecas físicas o digitales, en publicaciones por publicaciones, cuando realmente lo que importa es concentrarnos en construir la comunidad de sentido, su concepto, su existencia como tejido social. Porque tú puedes publicar mucho, tener cientos de bibliotecas, pero, ¿quién lee esos libros?, una vez me conseguí un ejemplar de El signo y el garabato de Octavio Paz en una biblioteca pública que según la ficha tenía 20 años sin ser consultado. Yo me pregunté, ¿qué podemos esperarnos los autores contemporáneos?, es por ello que creo que al momento de construir cualquier tipo de proyecto editorial, o de mediación de lectura y escritura, la construcción orgánica de una comunidad de sentido es fundamental para así poner al lector como centro porque, como decía Orlando Araujo, es la única instancia válida cuando de literatura se trata.

Miguel Antonio Guevara (1986). Escritor venezolano. Ha publicado una amplia obra poética y ensayística. Sociólogo, maestrando en filosofía. Con reconocimientos en narrativa, ensayo, poesía y periodismo en Colombia, Venezuela y Suiza. Su nouvelle  Mahmud Darwish anda en metro (El Taller Blanco Ediciones, 2019) recibió el VI Premio Nacional Universitario de Literatura «Alfredo Armas Alfonzo». El sello venezolano Ediciones Madriguera preparó un volumen compilatorio de su poesía publicada durante los últimos diez años titulado Mudable, Antología transitoria 2009-2019. Este año publicó su novela Los pájaros prisioneros solo comen alpiste (LP5 Editora, 2020). Puedes leer su columna «Cuaderno Hipertextual» a través del siguiente enlace: https://cuadernohipertextual.wordpress.com/2020/08/19/columna-cuaderno-hipertextual/

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Hombre contra el mar Narrativa

Familia

Desperté con los ramajes asomándose a la ventana, otra vez me trajeron la mañana, y por el frío que lamía mis pies descubiertos, me levanté con la mente vacía, sin ningún pensamiento invasor.

Pero al escuchar el portazo que anunció la salida de mi hermana, encontré el periódico y el café sobre el comedor; entonces recordé la preocupación que durmió conmigo la noche anterior.

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Ecos de un caballito del diablo Narrativa

Aída Chacón| Crónica de un endiablamiento| (Cuento)

“Hay que recordar que el diablo
tiene sus milagros, también”.
Juan Calvino

Felipe Ruelas despertó con un dolor intenso en los talones y se marchó a trabajar. Durante el día la dolencia aumentó, ya para la noche había llegado hasta sus pantorrillas y cada vez era más insoportable. Durante la madrugada se le enrojeció la piel y aunque era lampiño, llegó a sentir algunos vellos alrededor de su mentón.

De nuevo se levantó para dirigirse a su oficina. Antes de llegar hizo una pequeña escala en la farmacia y compró analgésicos y un poco de antiinflamatorios por si la cosa se ponía peor. Tomó algunos sorbos de café, dejó pasar unos minutos y se tomó las pastillas con un trago de agua. Durante el día todo pasó normal, las molestias se esfumaron y dejaron que Felipe se sintiera mejor por algunos días más.

Semana y media transcurrió desde la primera vez en que el señor Ruelas sintió el dolor en los talones, cuando de nuevo recurrió a una dosis de medicamentos posteriores a un sorbo de café, pero en esta ocasión tan sólo suprimió el dolor por algunas horas. Felipe triplicó la dosis y sintió alivio por tres semanas más. Debido a la ausencia de dolores, Felipe no se percató del resto de sus síntomas: enrojecimiento de la piel y deformaciones importantes en tobillos y talones.

Seis semanas después de su primer síntoma, Felipe Ruelas notó que sus zapatos empezaban a apretar. Para no perder tiempo valioso en su trabajo, decidió simplemente comprar un par nuevo de algunas tallas más para sentirse cómodo al caminar.

Felipe Ruelas trabajaba plácidamente en una oficina de correos; su labor principal era revisar la correspondencia internacional para que estuviera libre de objetos prohibidos por la oficina postal. Durante sus veintisiete años de servicio había visto casi de todo: muñecas transexuales de plástico, fotos escandalosas, fetiches para vudú, remedios para todo tipo de enfermedades comunes, muestras para inseminación artificial que se mandaban los amantes, en fin, todo tipo de cosas. Por esta misma razón, Felipe creía que nada podía sorprenderlo ya.

El dolor volvió a presentarse y ni los curiosos envíos podían distraerlo de sus males. La mañana del 30 de agosto de aquel año fatídico, se hizo examinar por uno de los médicos más conocidos de la colonia.

El diagnóstico del facultativo fue contundente: “Está usted endiablándose, no podemos hacer nada, es un proceso irreversible, seguro comió algo que le llevó la infección al estómago y ahí surgió todo” le dijo el doctor antes de mandarlo a casa; el apacible Felipe Ruelas cayó en crisis, su cara palideció, ¿dónde le darían empleo si su endiablamiento se hacía notar?

Con el paso de los días se percató de que podría tener solución, si se enrojecía lo suficiente espantaría a las personas a su alrededor, entonces eligió un barrio con algunas cantinas escondidas en las callejuelas solitarias, aguardaría hasta que los primeros borrachos salieran y los asustaría para ganarse la plata. Entonces, Felipe Ruelas se sintió feliz, emocionado con su cambio de vida y se dispuso a investigar los detalles necesarios para ser un buen diablo.

El color rojo no sería problema, a estas fechas ya estaba rojo casi por completo, incluso sus partes pudendas se notaban ya en tono escarlata. Los pies estaban totalmente deformados y las pezuñas negras resaltaban con un poco de coquetería. Sacó sus ahorros del clóset y se fue a comprar un traje, un smoking negro para estar presentable, aprovechó que la empleada de la tienda salió despavorida cuando lo vio tan diablo y tan rojo, así que también eligió un bombín y un bastón elegante para acompañar. Ya convertido en un diablo galán, se puso a trabajar.

Felipe Ruelas ha prosperado desde aquel día. “Un endiablamiento lleno de venturas”, se decía siempre que miraba su reflejo en el espejo. Desde entonces trabaja de noche, camina con la frente en alto y muy seguro de sí; se ha vuelto popular entre las féminas y no le faltan lujos ni invitaciones frecuentes para hacer negocios multimillonarios. Se hizo un diablo feliz.

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Narrativa

¿QUIÉN, REALMENTE, PUDO AMAR A SU PADRE?

Bernabé Berrocal nos presenta su tercer obra, “La mujer que vendría lunes”, la cual posee influencias de sus obras anteriores: “Hombre hormiga” ―como una exposición cruda del dolor en el mismo momento en que se esgrime como comedia― y “Archosaurio”, del cual conserva el impulso crítico de relatar lo asqueroso de los valores sociales de antaño que juramos querer y respetar.  

“La mujer que vendría lunes” narra la vida desde la condición frágil de la marginalidad geográfica, nos habla de la precarización del trabajo, de la desigualdad de condiciones, de la prostitución como último recurso pero sobre todo del machismo recalcitrante que impera en todas las relaciones sociales de América y en particular, de Centroamérica.

Fuimos educados por tipos emocionalmente mutilados, emocionalmente tontos, víctimas y victimarios de la masculinidad más tóxica, a quienes se les exige una inmutabilidad de corcho y entereza ante las adversidades y el dolor, a quienes sólo se les permitió expresar afecto mediado por el alcohol en los pequeños remansos que significaron las cantinas y las baladas rancheras. ¿Quién, realmente, pudo amar a su padre?

Ante este escenario tan repetido ¿Quién no ha sentido el alivio de las muertes de ciertos hombres que, cual perros viejos, no sólo no pueden aprender trucos nuevos sino que además se enorgullecen de esto?

La última entrega de Berrocal se compone de tres cuentos en los que la instancia narrativa se mantiene constante, nos da la impresión de que hay una necesidad imperante de mirar y no voltear la cara a todo lo absurdo y detestable, una voz que decide no sólo observar y contar si no que sutilmente nos insiste en reflexionar el modo en que desarrollamos nuestras dinámicas. La instancia narrativa de “La mujer que vendría lunes”, sin  reparo, sin evadir lo explícito nos dice que nuestras burbujas de respeto no son más que eso, que esta es la realidad, que nada ha mejorado estadísticamente hablando, que sigue siendo grotesco, que nuestra visión centrada en la “ciudad”  está equivocada, la vida sigue siendo brutal y nos falta lastimosamente demasiado.

Berrocal, con su discurso ladino, nos dice que no es inverosímil que alguien se preocupe más por un gato que por su padre pues es la personificación de lo que está enfermo, que un hombre acusado de acoso sexual puede salir impune huyendo a la costa y que es más probable que este termine creyendo en sirenas antes de enfrentar la culpa, que la familia tradicional es terriblemente disfuncional y repleta de padres ausentes, que una mujer al caminar sola en una calle es violentada hasta por una aparentemente inocente banda de niños y ella, acostumbrada, procura hacer de tripas corazón, personajes que en su constante miseria procuran reír, sabemos bien con cual risa.

Estos cuentos son en su forma exquisitos pero en su fondo nada placenteros y es quizás por eso que no nos dejan inmutables, nos narra lo que colectivamente fuimos, somos y penosamente seremos algún tiempo más, con el respaldo y consuelo de que es sólo narrativa, pero con una férrea certeza de que todo esto pudo haber pasado. La mujer que vendría lunes aún no ha llegado y es culpa de todos nosotros.

Acerca del libro:

Bernabé Berrocal. “La mujer que vendría lunes”. Relatos costarricenses. Uruk Editores, San José, Costa Rica. 140 páginas.

Foto cortesía de Daniel Mordzinski.

Acerca del autor:

Bernabé Berrocal (Alajuela, Costa Rica. 1978). Es el autor de “Hombre hormiga”, “Archosaurio” y “La mujer que vendría lunes”. Ha participado como invitado en la Feria Internacional del libro de Guatemala y en la Feria Internacional del libro de Guadalajara. Una muestra de su obra fue seleccionada para integrar la antología centroamericana de microrrelato Tierra Breve. Artículos de su autoría han aparecido en diferentes medios escritos.

Reseña escrita por: Luis Castillo Gutiérrez.

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Arte y cultura La Maga y el Quetzal Narrativa Poesía

M. S. Alonso: La trayectoria del terror y el claro de la poesía

Beatriz Rodríguez Guzmán, escritora venezolana conocida bajo el seudónimo M. S. Alonso, nos ha concedido un repaso por los sentimientos que ha experimentado como lectora, sus preferencias y la filosofía personal que configuran el paisaje de su literatura.

Verónica Vidal: ¿Cómo te iniciaste en el género del terror y cuáles fueron tus primeros referentes literarios?

M.S. Alonso: En el género del terror, pude iniciar a partir de la lectura del libro «Jean Eyre» (1), aunque las personas no lo crean. Esto sucedió porque en esta novela hay un referente gótico. Una figura que, para la protagonista resulta un fantasma inicialmente, y luego se entera de que es la primera esposa del señor Rochester: una mujer con problemas mentales. Jane se deja sugestionar por los gritos que se escuchan, los aúllos en las sombras y los incidentes que este personaje ocasiona. Entonces, creo que mi primer referente fue ese, aunque sea sólo un esbozo. El encuentro con «Jean Eyre» fue en el año 2014. Soy ávida lectora desde el año 2011 y digamos que me aficioné a la lectura como un escape a tanto estrés y a las situaciones de la vida cotidiana. En esa época leía todo tipo de novelas: erótica, romántica, juvenil inclusive (risas), pero no había leído horror como tal.

En el año 2015 leo «Cumbres borrascosas» (2), que es un tanto gótica también y seguidamente, en el 2016, doy con una novela que había querido leer en el 2014: «Un saco de huesos», de Stephen King. Algo un tanto extraño dentro del universo de King. Esa novela me atrajo profundamente y consiguió guiarme hasta otro libro que me atrapó: «Fantasmas», del autor Joe Hill (el segundo hijo de Stephen King). Él une horror y fantasía en sus relatos. Me atrapó inmensamente su forma de narrar dentro del género gore. Luego leí «NOS4A2» (3), y leí «El traje del muerto» (4), «Cuernos» (5) y «Fuego» (6). Ellos dos son mis referentes de terror contemporáneo. A partir de esto, recordé que ellos tienen sus raíces en la novela gótica, por lo tanto comencé a leer «Frankenstein» (7), «Drácula» (8), «La dama pálida» (9), «Castillo de Otranto» (10), «Carmilla» (11) y otros tantos libros que comenzaron a atraer mi atención y hacerme mirar hacia lo oscuro. Aunque ya las personas no sienten temor por el terror clásico. La audiencia ahora es más visceral y directa. Empecé a leer a Edgar Allan Poe, por supuesto. Mary Shelley, Horacio Quiroga, Bram Stoker y John William Polidori, Sheridan Le Fanu, D. H. Lawrent con «El caballito de madera», aunque él es más conocido por la novela «El amante de Lady Chatterley». Julio Cortázar y sus relatos oscuros también me han atraído profundamente.

Con respecto al terror en la poesía, considero que el primer libro que realicé me gusta, creo que todos empezamos por algo y «Cadáveres ocultos» fue mi punto de partida y siempre estará allí para recordarme que yo escribí eso, aunque hoy para mí resulte un tanto extraño.

V.V: En tu obra se nota la evolución del discurso, partiste desde el terror imaginativo y guiado por la nocturnidad y has llegado a un terreno del redescubrimiento del yo, y del otro, de cómo se fusionan a través del lenguaje poético. ¿Cómo ha sido esta transición y qué te ha marcado de este proceso?

M.S.A: Realmente, en el año en que comienzo a leer horror también me abro a leer poesía. Leía a Edgar Allan Poe y a la vez a Emily Dickinson, también a H.P. Lovecraft, aunque muchos quizás no lo conozcan como poeta. Clark Ashton Smith fue un seguidor de Lovecraft, además fue poeta. Ambos tienen esta saeta gótica, el espanto. Sin embargo, ahora me he abocado a leer otros poetas y la poesía me ha enseñado a conocerme a mí misma. Considero que por eso se observa la evolución en el discurso desde «Cadáveres ocultos» hasta «De barro y de silencio». Ya no es una poesía que evoca imágenes de horror, de miedo, sino que muestra lo que he sentido en algún momento. Busco la manera de mostrarlo: sea la metáfora, sea lo directo; trabajo con lo que tengo alrededor, bien sea en mi casa, los objetos cercanos o algún símil que me evoque una sensación. La poesía ha sido catarsis y depuración. Saco lo que he acumulado, incluso desde la infancia. Estoy en ese camino del redescubrimiento que me ha ensañado la poesía.

Pienso que antes no me conocía, no sabía cuáles eran mis fortalezas o quizás las conocía pero desde el ego, el ego profesional. Porque durante años viví basada en mi carrera hasta que la ejercí. La poesía me ha enseñado la humildad y el panorama personal que no te lo da un libro de autoayuda, ningún coach que te hable bonito (a quienes respeto, claro está). La poesía te lleva a esos lugares que quizás la narrativa no alcanza tan directamente: hablarte de ti mismo, conocerte no sólo a través de ella sino a través de los cambios, el análisis del entorno. No entiendo cómo hay personas que se alejan de su entorno, el entorno influye en la poesía. La humanidad con el prójimo también me la ha enseñado la poesía. Hay una poeta que admiro mucho, Alejandra Pizarnik, porque fue ella la que me llevó por la senda de la mirada interior. Digamos que, entiendo perfectamente las metáforas que utilizaba y al leer sus diarios, que no son más que una extensión de su poesía, empecé a comparar con situaciones que viví durante mi adolescencia tardía y me sentí plena y escuchada en otra voz. Hay otra poeta, Hanni Ossott, en este caso fue Jorge Morales Corona quien me la presentó y creo que esto es un aspecto importante en la promoción literaria de todas las generaciones, cuando hablas de un autor, hablas de sus posturas sin máscara: sus textos. Donde está el poeta desnudo allí estamos nosotros también. Fue eso, darme cuenta de que hay un refugio para respirar, más allá de sólo evocar imágenes grotescas o sugestivas. Antes no comprendía por qué algunas actitudes del ser humano y la poesía me las aclara, me las muestra. Cuando empecé a leer otros poetas, más allá de Samuel Taylor Coleridge o de William Wordsworth, me hice más consciente de mi entorno. No hay mejor terapia que sentarte a leer un poema con confianza y dejar que el poeta te hable.

Con la poesía de Miyó Vestrini, se completa la lista de mujeres que rondan con claridad en mi vida. Me gusta pensar que se mueven con el tiempo. José Antonio Ramos Sucre también es otro referente. Otras personas vivieron lo que tú vives, a nivel mental y espiritual y puedes comprender ahora lo que sucede. Me doy cuenta de quién es Beatriz realmente, me doy cuenta de que hay formas de sanar el dolor que nos ha afectado por tanto tiempo. Hay situaciones que realmente nos marcan; el poeta te enseña a ver la vida fuera del ego. Quizás no sea la mejor poeta, pero es mi camino, mi aprendizaje y mi curación. Trabajar con la poesía y su música incidental, es para mí una catarsis, una explosión silenciosa pero necesaria.

V.V: ¿Consideras que existen influencias externas (políticas y socioculturales) que han forjado algún aspecto de tu obra?

M.S.A: Al inicio de mi escritura, me enfoqué un poco más en imágenes que evocaban horror, como lobos por ejemplo o ángeles caídos; pájaros, el ángel se la muerte, entre otros. En ese entonces, y aún hoy, son símbolos que me inspiran. Sin embargo, la realidad que impera a nuestro alrededor, aunque no lo queramos nos mina la mente, el cuerpo y el alma; socava nuestros cimientos, creencias y valores, y por ende juegan un papel fundamental en nuestras emociones.

La poesía te lleva a esos lugares que quizás la narrativa no alcanza tan directamente: hablarte de ti mismo, conocerte no sólo a través de ella sino a través de los cambios, el análisis del entorno.

Es en mi último libro donde comienzo a rozar un poco esa influencia de lo observado y lo que he sentido como respuesta a la injusticia en mi entorno. Pienso que el ser humano se divide en bueno y malo, porque él mismo así lo quiere. Tenemos libre albedrío, pero hacemos uso de él desde el ego. Dañamos a otras personas. Hay un poema en «De barro y silencio», que titulé «Seres corruptos», se puede decir es un calco de lo que pienso del hombre, al igual que otros de mis poemas, también incluidos en el libro. «La humanidad del vacío» o «Las cuatro esquinas», inspirados y escritos desde una emoción de impotencia y empatía para con personas que, aunque juzgadas por la mayoría, a veces no tienen culpa de estar en el lugar que se encuentran. Creo fielmente que, el poeta tiene una deuda moral con la sociedad y la salda exponiendo sus palabras al mundo, gritando a letras vivas, lo que ve, siente y también padece.

…creo que esto es un aspecto importante en la promoción literaria de todas las generaciones, cuando hablas de un autor, hablas de sus posturas sin máscara: sus textos. Donde está el poeta desnudo allí estamos nosotros también.

Mi religión es católica, pero he transitado por la doctrina Budista, más por mi vegetarianismo que por otro motivo. Practico el Ahimsa: respeto por todo ser sintiente. Una forma de rebelión ante tanto daño presente en el mundo. A nivel político, no me parcializo por ninguna corriente. Mi religión es la poesía y mi partido político es la literatura.

Referencias literarias:

(1) Charlotte Brontë, publicada por primera vez en 1847.

(2) Única novela de Emily Brontë, publicada en 1874.

(3) Joe Hill, 2013.

(4) Primera novela de Joe Hill, 2007.

(5) Joe Hill, 2010.

(6) Joe Hill, 2016.

(7) Mary Shelley, 1823.

(8) Bram Stoker, 1897.

(9) Relato corto de Alexandre Dumas, escrito en 1849.

(10) Horace Walpole, 1764.

(11) Sheridan Le Fanu, 1872.

M. S. Alonso

Beatriz Adriana Rodríguez Guzmán, escritora conocida con el seudónimo M.S. Alonso, nació en la ciudad de Valencia, Estado Carabobo, Venezuela. De profesión Ingeniero Industrial, egresada del Instituto Universitario Politécnico Santiago Mariño, es ávida lectora y bibliófila desde el año 2011. Un año después de iniciar su aventura en el mundo de la lectura, por hobbie, escribe su primer relato. Cuatro años más tarde inicia sus andanzas en la escritura de pequeñas reflexiones y poesía. En libre ejercicio, la autora se pasea entre la venta de libros físicos nuevos y de segunda mano, y la escritura de poemas y relatos. Ha realizado algunos relatos breves y micro relatos en los subgéneros horror, policiaco, ciencia ficción y fantasía que, a partir del año 2018 comenzó a compartir en «M. C. Mimeógrafo Revista Literaria» (México), junto a algunas selecciones poéticas de sus libros publicados y otros poemas inéditos. Publicó tres libros con el sello Editorial Independiente Palíndromus (Maracaibo, Venezuela): Cadáveres ocultos (mayo 2018), Pido el silencio (septiembre 2018) y Dualidad poética (diciembre 2018). De barro y de silencio (2020), es su cuarta obra, la primera que publica por cuenta propia. Recientemente, participó en cuatro antologías digitales de poemas y micro cuentos, realizadas por «La Red de Escritores y Escénicas Potosí» (Bolivia), con motivo de los tiempos de cuarentena producto de la pandemia por Covid-19.

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En el abismo Narrativa

Arturo Santana | El sonido de la ciudad (Poesía)

Hay vacíos que no se llenan,
silencios que el sonido no rompe
y sonidos que el silencio no calla.

En este mundo ya nadie duerme,
el coro de sirenas invita al desvelo
con ese trémolo que compuso
el aguijón de la muerte.

Las calles susurran pesadillas,
hablan del pasado entre hilos que ríen,
que se confunden con gritos
y el hedor de una vida
que terminó una mañana en el noticiero

(fue culpa del hombre, dijo la naturaleza;
fue culpa del ser humano, dijo el hombre).

Cae el sol y siguen los rumores detrás de la ventana,
bajo la puerta por la que se arrastra la melancolía
y repta el miedo convertido en serpiente
(este no era el Edén y los árboles estaban llenos
de frutas plañideras que regaban el suelo con bilis).

No hay nada más que un silencio
que suena a hambre, miedo y muerte.

Con cada amanecer, la noche empieza sin estrellas,
sin luz que señale el camino hacia un nuevo día
o a un pueblo perdido en medio de la selva.

Las calles susurran más que ayer,
recuerdan que la salida está bloqueada,
que volverán a contar sus historias
que transcurren escondidas en lamentos,
frutos rojos y estatuas olvidadas.

Las calles susurran
con lenguaje de muerte.