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En el abismo Narrativa

Arturo Santana | El sonido de la ciudad (Poesía)

Hay vacíos que no se llenan,
silencios que el sonido no rompe
y sonidos que el silencio no calla.

En este mundo ya nadie duerme,
el coro de sirenas invita al desvelo
con ese trémolo que compuso
el aguijón de la muerte.

Las calles susurran pesadillas,
hablan del pasado entre hilos que ríen,
que se confunden con gritos
y el hedor de una vida
que terminó una mañana en el noticiero

(fue culpa del hombre, dijo la naturaleza;
fue culpa del ser humano, dijo el hombre).

Cae el sol y siguen los rumores detrás de la ventana,
bajo la puerta por la que se arrastra la melancolía
y repta el miedo convertido en serpiente
(este no era el Edén y los árboles estaban llenos
de frutas plañideras que regaban el suelo con bilis).

No hay nada más que un silencio
que suena a hambre, miedo y muerte.

Con cada amanecer, la noche empieza sin estrellas,
sin luz que señale el camino hacia un nuevo día
o a un pueblo perdido en medio de la selva.

Las calles susurran más que ayer,
recuerdan que la salida está bloqueada,
que volverán a contar sus historias
que transcurren escondidas en lamentos,
frutos rojos y estatuas olvidadas.

Las calles susurran
con lenguaje de muerte.

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Glosolalia articulada Narrativa

Kurt Vonnegut o como satirizar la vida, el universo y todo lo demás.

“Lo que falta es un criterio: ¿Borges va después de Arlt, Poe, Stevenson o las Las mil y una noches? ¿Pertenecen Shakespeare y Dante a la misma estantería? Es difícil saber cuánto peso vierte el título de un libro sobre el siguiente. Quizá los libros prefieran el azar al <<tenue aburrimiento del orden>>, como anotó Walter Benjamin mientras desempacaba su biblioteca. Del orden accidental, en todo caso, surgen los mejores hallazgos”. 

Valeria  Luiselli, Papeles Falsos.

He tenido esta cita en mi cabeza en varios momentos de crear aquella taxonomía en el librero. Una maldita neurosis para algunos, peor aún, cuando se puede descuartizar a algún autor. Por ejemplo, Ishiguro ha sido autor particularmente conflictivo para mí: El gigante enterrado junto a Tolkien, El artista del mundo flotante junto Kawabata o Yoshimoto, Cuando fuimos huérfanos junto con las novelas negras de Chandler, Los inconsolables junto al realismo mágico de Baricco o Petrovic. Por otra parte está la tendencia de englobar al autor como parte de un Uno, tal vez colocarlo con la generación Granta junto a McEwan, Amis y Rushdie. No lo sé, irá cambiando. 

Al generar taxonomías bibliotecarias uno va colocando títulos, o me gusta pensar que todos empezamos así, y luego viene el concepto de autor, algo más complicado: hay quienes son su propio género, o que son pertenecientes a una generación bastante delimitada que facilita su acomodo.

En este juego encontré particularmente difícil acomodar a Kurt Vonnegut, ya habiendo leído unas antologías de cuentos y un par de sus novelas “principales” me di cuenta que su estilo de escritura no es particularmente fácil de acomodar. 

Eduardo Lago en su ensayo Walt Whitman ya no vive aquí habla sobre “Los hijos de Nabokov” término acuñado por Foster Wallace. También conocidos como la escuela de la dificultad por el juego postmoderno en el que yacen estos autores. Wallace, Pynchon, DeLillo. Menciona a otros pero sólo he leído a estos tres. 

El estilo semejante de ellos se parece demasiado a Kurt Vonnegut, el salto de tiempo, el juego satírico y el constante coqueteo hacia la ciencia ficción como una metáfora. Claro que Vonnegut puede ir junto con éstos, no veo porqué alguien que habla sobre la segunda guerra mundial desde el bombardeo de Dresde, mezclando las historias de un dentista, zapatero y rapto alienígena (Slaughterhouse five, 1969) no puede ir junto a un DeliLlo que habla del sueño americano desde el punto de vista un maestro de historia aficionado con Hitler (Ruido de fondo, 1985) o metáforas del Futbol Americano como estrategia bélica (Fin de campo, 1972); o junto a un Foster Wallace cuyo sentido postmoderno, más allá de la sátira, yace en su sentido de escritura cuyas notas al pie de página son más largas que la novela; o un Pynchon que parece haberle ganado a David Lynch con aquellas novelas negras irresolutas.

Claro que puede ir con estos autores y entre más se leen sus cuentos y novelas se van acercando a la sátira de los autores norteamericanos más o menos coetáneos con éste. Incluso Eduardo Lago alarga la lista de la Escuela de la dificultad menciona a Kurt Vonnegut, no como espina vertebral pero sí parece ser un anexo bastante sensato a aquellos autores y en la misma lista de prolongación se encuentra Philip K. Dick y claro que quiero tener en el mismo estante el universo de Tralfamadore con Blade Runner o Ubik. Parecería bastante simple y por ahí tuve acomodado a Vonnegut sin cuestionarlo. 

No obstante, no hace mucho empecé con una odisea de la ficción absurda, sin saberlo lo había comenzado con un libro humorístico llamado Maldito karma de David Safier y seguí con Jesús me quiere del mismo. Después seguí con varias maravillas de este género en el que no pude parar de reír, la trilogía en cinco partes del Autoestopista intergaláctico de Douglas Adams (a quien aludo con el título la vida, el universo y todo lo demás), el Mundodisco de Pratchett quien me llevo a Neil Gaiman (por Good Omens, escrita a cuatro manos). Uno de los tonos más humorísticos que encontré en dos autores (Pratchett y Jasper Fforde) fue el uso de las notas al pie de texto como meta-narrativa siendo muy parecido al sentido de humor de Foster-Wallace complejizando así mi clara, distinta y diáfana taxonomía, y, por supuesto, el lugar en el librero de Kurt Vonnegut.

Viendo a distancia a Vonnegut, recordando los tópicos de su trayectoria (sin haberla leído completa) he encontrado que su sátira funciona como filosofía en ficción cosa que me destantéa al hablar de esta neurótica taxonomía. Es cierto que en mucha literatura se encuentra filosofía e incluso algunas piezas literarias, con el transcurso del tiempo, se puede sedimentar como un ensayo (Dsotoievsky, Camus, Sartre, Kafka, Joyce, por mencionar algunos) —o—, algunas obras intersubjetivas se cantan, desde un inicio, como ensayo filosófico. 

Pero Vonnegut no parece tener la intención de ser un académico. Los conceptos con los que juega y su uso y abuso de la ciencia ficción le permiten escribir en el argot de una filosofía metafísica u ontológica, paradójicamente, caricaturizándose a sí y a las temáticas que cruza. 

En esta caricaturización Vonnegut destapa el nihilismo, existencialismo y vitalismo sin desvincularse de la metafísica u ontología (término complejo e inútil más allá de la filosofía académica, pero llamémoslo ser). 

1. Ontología según el disparatado mundo de Kurt Vonnegut. 

Cuando habla del ser (ontología) no lo afronta directamente, no usa palabras como quididad, ontoteología, dasein etc. pero no se puede escribir una sátira sin una noción de lo que es el ser pues lo que hace ésta es, precisamente, caricaturizarlo (lamento la redundancia). A Kurt Vonnegut le interesa mucho lo que es la búsqueda del significado de la vida, por lo tanto, de nuestra posición como humanos en la vida y en la tierra. Aunque parece que la premisa de su búsqueda es que es pueril pretender encontrar respuestas. 

2. La metafísica de los espaguetis en el cielo.  

a) Los Trafalmadorians son una raza alienígena que aparece en varias novelas del autor. Esta raza pude ver las estrellas atemporalmente: en donde estarán, en donde estaban y en donde están. Por lo que ellos ven un espagueti en el cielo. Este es uno de los conceptos en los que comienza a trazar una noción de metafísica, pues él, a diferencia de varios escritores de ciencia ficción, usa un agot y un tono muy particular para hablar del universo.    

b) infundibulum crono-sinclástico es una suerte de vórtice espacio-temporal de Sirens of Titan en el que el millonario Rumfoord queda atrapado y se convierte en omnipresente al estar en todos los lados y en ninguno/ todos los tiempos y ninguno

c) Killgore Trout, en Breakfast of Champions  cree que  los espejos son fugas entre dos universos, fugas metafísicas.

Todo esto lo detallo de modo superficial, solo es una suerte de glosario de aquellos conceptos que creó Vonnegut en su universo o una suerte de legendarium. Cuando llegamos a las temáticas en donde se pone en juego este glosario es cuando el existencialismo y el nihilismo brotan con tal frescura y absurdo que leerlo no es solo cómico, es también alentador. 

Su religión ficticia, bokonismo, les cuenta a sus seguidores que aquellas predicaciones son mentiras y a pesar de que lo saben se quedan con ésta siendo así bastante cínicos, al mismo tiempo bastante humanistas. A diferencia de las sociedades que se crean en este religar,en el bokonismo juega con una suerte de holismo el cual cree que todas las personas que se conocen es completamente arbitrario y azaroso, al igual que el significado de la vida que es un vacío y sinsentido, por el que querer a estas personas azarosas y arbitrarias es un aposteriori de la religión en el sentido estricto de religar. 

Teniendo este sentido de vacío y nihilismo como premisa también alude a la cercanía del existencialismo con el teatro del absurdo, llamado así por personajes sinsentido cuyas decisiones y tramas no se dan por algún oráculo o creencia en divinidades, un teatro moderno en época de las vanguardias cuyo eslogan de la época podría ser todo vale, desde los escritos nitzscehanos o existencialistas o las influencias Zen y Budistas en occidente, si todo carece de sentido todo está permitido. Aquí habrá que aclarar una concepción a veces mal interpretada sobre el dios ha muerto de Nietzsche y Dostoievsky, no se trata de un pesimismo, sino, una forma de aceptar la falta del mundo después de la muerte para hacer valer la vida en éste. 

Este absurdo es, como lo mencioné más arriba, una búsqueda sabiendo que no hay respuesta o que la respuesta es inefable y a pesar de ello, Vonnegut se aventura a especulara. Través de la ficción y de un sentido de humor negro que es calificado como sátira.    

*

Las sirenas de Titan (1959) se publica en una tardía época de oro de la ciencia ficción, cuyos autores que resaltaban eran Asimov, Bradbury y Clarke. Autores que se reconocen por escribir o ficcionar ciertas teorías del universo, no es muy distinto leer a Stephen Hawking, Henry Poincaré o incluso a Carl Sagan en ciertas frases de estas ficciones. Vonnegut, inintencionalmente cae en este círculo de pensadores o escritores, no se convierte en un escritor de esta “escuela” pero su obra se acomoda a pesar de que la intención de ésta no parece querer desmantelar el sentido del universo, sino el sentido de la vida (muy al sentido de los Monty Python) y, aunque parece ser lo mismo, regreso a lo ontológico: a Vonnegut le interesa la esencia de la vida, a diferencia de los otros autores quienes gustan de jugar con las reglas que rigen el universo para escribir sobre viajes en el tiempo y odiseas en el espacio para encontrar vida más allá de la humana en el vasto cosmos. Y cuando juegan con escenarios distópicos, utópicos o ucrónicos, la premisa trata de que la tierra como la conocemos es otra, Vonnegut habla de que esta tierra es ésta en tanto a su posibilidad de ser, esto es, en el juego del absurdo (como palabra vulgar o como concepto existencial) una sátira.

*

Kurt Vonnegut, dentro de su propio estilo, es un autor bastante polifacético (sin necesariamente ser versátil) que no creo poder acomodar en un estante fijo. La primera cita de Luiselli sale de un contexto en el que ella se está mudando. Sin ser necesario cambiar de residencia, la mudanza puede ser de campo de estudio en el que la biblioteca personal va mutando según los títulos y temáticas que abundan, y Vonnegut dentro de su simpleza y comedia logró ser un autor de culto, no sólo por sus libros, sus pinturas y dibujos lo han hecho una figura de cultura popular. En parte, se trata, a pesar de estar en la lista prolongada de Eduardo Lago sobre los autores “complejos” Vonnegut juega con la sencillez. Sus temas pueden llegar a ser complejos, sobretodo la forma de sus historias que no siguen una estructura tradicional, aunque más allá de esta disparatada forma de contar historias, Kurt Vonnegut se desnuda para que el lector pueda conocer lo que es para él su noción de la vida, el universo y todo lo demás.   

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Hombre contra el mar Narrativa

El Jardín de Eva

Yace ahí, fría, como las antiguas mañanas decembrinas, vestida con un traje blanco y sus manos entrelazadas en su estómago el recuerdo de mí Evita. No me queda más que besar sus mejillas pomposas y ruborizadas que no perdieron ese colorcito de mujer tímida y enamorada aun postrada en aquella cama de sábanas blancas.

– Evita, han venido a verte – le susurré al oído mientras le ponía en su cabeza una corona de rosas frescas, que al besarle sus labios pálidos se convirtió en hermosos dientes de león que volaron como los pájaros, dejándole sus cabellos teñidos de blanco como la nieve inexistente – Despierta, querida, despierta – le dije.

Recuerdo a Evita en su jardín, continuo al patio de nuestra casa, con su cabello corto, castaño y ondulado; vestida con trajes de diferentes colores y hechuras, floreciendo como sus rosas una vez terminado el invierno. Mantenía en una de sus orejas una azucena y corría como niña pequeña por toda la amplitud verde y boscosa, haciéndome muecas que consideraba patéticas y a veces seduciéndome como adolescente curiosa. Su aroma era fresco y mañanero, su sudor cálido como las aguas de un lago.

Y ahí estaba yo, mirándola desde lejos mientras comía frutas, o con un periódico en la mano hasta que cierto día cayó.

– Evita, háblame – le dije.

Y el hilo de sangre que salió de su nariz se deslizó generoso hasta su barbilla, mientras una nube oscura cubrió el color de sus ojos, la misma que regresó con un potente trueno cuando Eva estaba postrada en una cama de pétalos, siempre hermosa; rodeada de lo que a ella le gustaba: de toda clase de flores.

Amigos y familiares le observaban, pero ninguno, ¡ninguno! la observó como yo, ni siquiera su madre a quien tanto odié por despreciar la sensualidad que mi Eva emanaba hasta por la mirada.

– Augusto – dijo la mujer a mi lado – Lo lamento más por ti que por mí. Lo peor que le pudo pasar a Eva es que le crecieran las caderas, fue eso y su bondad lo que hizo que muchos hombres me dejaran sentada en el sofá como una viuda ridícula. La verdad es que nunca pude ser como ella y me arrepiento haberlo intentado cierto día. Imagínate, tanta belleza y no la salvó de nada, mientras yo, por muy fea y amargada que esté, sigo viviendo y haciéndome más fuerte. Que Diosito te bendiga y te dé la resignación que necesitas, Augustito.

– Y a usted que Dios le dé el perdón, doña Eva.

Yace ahí mi Eva, mi E- VI-TA, mujer que da vida.

Sé que se pasea amorosa por este jardín en las madrugadas, siempre encuentro café hecho por la mañana y escucho la radio encendida en la sala. Como ya habrá visto, la casa sigue siendo azul a pesar que la pintura de las paredes se está cayendo, he dejado que crezca el césped y probablemente eso le causa cierto desgano, además de las manzanas podridas y los mangos que han caído de los árboles debido a las últimas tormentas.

La cruz que tiene plasmado su nombre continúa aquí. El pasado noviembre la adorné con gallardetes y frutas, la barnicé y la perfumé un poco, dejé caer la colilla de mi cigarro para que sintiera mi olor; recuerdo que un pequeño ramaje está creciendo a sus pies.

– Evita, ¿qué será de mi mañana?, ¿existe la posibilidad de acompañarte en este viaje a lo desconocido? Sigo siendo miedoso, pero he tenido días difíciles. ¿Por qué siempre que te veo a través de la ventana te quedas allá, lejos como un lucero, y entras a la casa mientas duermo? Háblame a través de mis sueños, cuéntame que se siente dejar el infierno, ¿has visto a Dios?, ¿has visto a los ángeles?, ¿has cantado con ellos? Como lo hiciste cuando estuve enfermo y postrado en cama sin tener si quiera la fuerza para acariciarte el cuerpo con la yema de mis dedos. Bésame, Eva, sólo una vez más, como lo hiciste en aquella eterna madrugada de febrero, déjame sentirte en mi pecho para enredar mis manos en tus cabellos, para decirte cuánto te quiero.

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Narrativa

Epitafio

Fotografía: Jonatan Rodas

¿Te acuerdas de aquella tarde que fuimos a pasear al cementerio? Yo iba tomado de tu mano, seguro que así nada en aquel aterrador lugar podría alcanzarme. Llevabas pantalones acampanados, un suéter celeste que se te ceñía al pecho y unas gafas oscuras desmesuradas detrás de las que se escondía tu mirada siempre furtiva. Al estilo de un dandi de época. Caminabas con soltura. Sonriendo. Como si estuvieras alardeando de tu vida frente a los muertos.

Yo te seguía convencido. Pero aún recuerdo el susto que me diste cuando después de desaparecer por la avenida principal, saltaste desde uno de los callejones de los mausoleos dando alaridos como de monstruo.

¡Casi muero del susto!

La agitación me duró toda la tarde y creo que por eso no dejé nunca de asociar los cementerios con tu presencia.

Hace un tiempo estuve en La Recoleta. ¿Te suena? Es el famoso cementerio de Buenos Aires, un punto turístico por la elegancia de sus tumbas. La verdad, sin chauvinismos, nada que no hayamos visto aquella tarde en que recorrimos el área privilegiada del Cementerio General de la ciudad. En uno como en otro, ángeles, vírgenes, cristos redentores en posturas que le daban a la muerte la impresión de ser un arte. Como si morir fuera un acto cuidadosamente ejecutado para colocar el cuerpo en la más sublime de sus formas: sin dolor, sin pretensiones, sin la gastada energía mundana que vuelve pesada su materialidad.

También como aquella tarde contigo, me entretuve fisgoneando el interior de los mausoleos, auscultando el rostro de los occisos que permanecían congelados en roídas fotografías en blanco y negro. “Aquí yace Dolores Domínguez Iturbide”. Los nombres de los muertos son ampulosos. De estos muertos. Porque aquella tarde también visitamos los largos callejones que formaban los nichos de los pobres. Allí donde los nombres se perdían entre el tumulto de flores y epitafios mal diseñados. Nada de muertos elegantes, ni tumbas gloriosas.

En medio de aquel hacinamiento de flores y muertos, tu expresión cambió. Ya no tenías aquel gesto contemplativo de quien ausculta con interés un objeto, sino la mirada de quien busca su lugar en el espacio. Fue así como entendí que aquella hilera de tumbas apiladas sería el lugar donde nos correspondería estar a su debido momento.

Y míranos ahora.

Mírate tú en este campo florido que más parece un jardín de princesas que un cementerio. Perdona que me ría. Es de nervios. Sé que estás a gusto acá. Pero en este lugar para mí si pareces definitivamente enterrado. Allá, donde intuimos nuestro destino, habría una pared que golpear con el recuerdo, un ambiente de ausencia que aún reclamara un abrazo no dado, una despedida.

¡Pero aquí! Aquí sentado en el pasto verde de este panteón aburguesado nadie acertaría a imaginar que uno está rindiéndose cuentas con la muerte.

¿Por qué me haces eso?

Ni siquiera pude ver tu rostro. Y está pulcra y estetizada placa no me deja reconocerte como eras. “Quien en vida fuera” dice la inscripción. Como si en realidad supiera quién en vida fuiste. Yo si supe quién fuiste en la vida, y ahora no logro reconocerte en la muerte.

Esa placa no dice nada, no me deja reconocerte ni evocar aquellos días en que caminábamos juntos a la salida de tu trabajo, o la última vez que conversamos largamente como padre e hijo en las orillas de aquel lago. No volví a ver tu rostro. Eso quizás sea bueno, porque la última imagen tuya que tengo grabada en mi memoria es justamente la del hombre que admiraba.

Dicen que la amargura te invadió el rostro los últimos días, que te volviste un viejo decrépito, prejuicioso y envidioso. Me cuesta pensarte así. O quizás, más aún. Me cuesta aceptarlo. Por eso me fui. Recuerdas. Porque decías que no necesitabas de nadie. Que tu destino fue abrirte camino en solitario por la vida. Que no necesitabas que te amaran, ni que te admiraran, ni que tu nombre tuviera un lugar especial en la historia. Pusilánime. Esa es la palabra. Pusilánime, fue como te vi cuando soltabas toda esa tirria.

Debí intuir que era miedo. Pero tú nunca quisiste aceptarlo. Siempre haciéndote el fuerte, el autosuficiente. Dejaste una estela de dudas a tu paso. Muchas de ellas son mías. Una de las más fuertes que tengo — y por eso he venido — es saber si mi rostro se parece cada vez más al tuyo.

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Ecos de un caballito del diablo Literarias Narrativa

Aída Chacón| Retorno al sureste [I] (Crónica)

[Sabores]

Regresar a casa siempre resulta complicado para mí. Siempre me pregunto a cuál de todos los sitios en que he habitado, podría llamar “hogar”. ¿Cuál es mi casa?, ¿la del recuerdo?, ¿la que ya no existe?, ¿la que construí en la ciudad?, ¿la que extraño cerca del malecón habanero? En esta introspección me topé con un artículo donde entrevistan a Raquel Torres, antropóloga y cocinera veracruzana. Ella sostiene que es posible saber de las raíces simplemente recordando aquello que se comía en la infancia; eso que resulta tan cotidiano que pocas veces se toma en cuenta.

Y yo, ¿qué comía en la infancia? El recorrido por la memoria me impulsó a la escritura. La comida de mi infancia estuvo cerrada a la del contexto por un largo tiempo. Crecí en un pueblito veracruzano pero con familia de tierras frías. Ellos [nosotros] migraron buscando otras formas de vida. Se apuntalaron en una casa cerrada a la gente, a la calle, al contexto. Ni mi madre ni mis tías acostumbraban a sacar una mecedora al umbral de la puerta o la banqueta para contemplar la tarde, para escapar del calor enloquecido de hasta 50° en verano. No aprendí a caminar descalza en la tierra, tampoco a andar en camiseta y calzones para sentirme fresca. Aún con esto sí aprendí a hablar fuerte (“a gritos” como dicen en la ciudad), a decir palabrotas como parte del vocabulario cotidiano, a comer lo que había cerca, lo que lograba entrar a casa, lo que probé en las casas de mis amigos, lo que se compraba en el mercado. Lo que se cocinaba en donde yo sentía era mi tierra.

De allá recuerdo las empanadas de queso y plátano, los bollitos deliciosos, los tamales de acuyo aromático que crecía desenfrenado en el patio de la casa. Las enmoladas de un mole que jamás picaba, los plátanos machos para el desayuno, el tesmole de pollo y sus cazuelitas de maíz. El queso fresco, las picaditas de salsa, las cabecitas de perro, las ciruelas con chile, el olor de los nanches, los frijoles con plátano, los puritos con queso, los pambazos blancos.

El hogar de la infancia tiene una herencia culinaria insospechada, fincada en las raíces afro del estado; pensarlas tan solo me dejan ver las formas en las que he aprendido a cocinar: sin recetas, sazonando con la experiencia, con el don de la “buena mano”; porque yo nací con ella: la comida nunca se me sala, siempre sabe bien, nunca es la misma receta, algo hay que va cambiando cada día, las cantidades son todas, un misterio. Y jamás la pruebo antes de servirla.

Entonces, mi casa está en la herencia gastronómica que tengo, la que se instaura acá, en la ciudad, la que se vuelve un éxito con los paladares defeños que prueban en casa mis inventos. La que me regresa a la infancia en cualquier descuido y me hace disfrutarla como si estuviera en un tiempo y en un lugar indeterminados. La que adoptado con el tiempo en los demás hogares que he tenido.

El estilo culinario de la ciudad en la que vivo no es mi favorito; me asomo de cuando en cuando a los sabores y algunos llegan a mi cocina con algunas modificaciones, con herencias de la infancia. Me doy cuenta de que ahora mi casa está con la puerta entreabierta, un poco como hace años las de mis tías y mi madre estaban cerradas porque se aferraron al recuerdo de su tierra, a sus costumbres, al acento de su hablar. ¿Qué queda cuando el hogar está en el pasado? Los recuerdos y la configuración de hogares nuevos, con más sabores, con más aromas, con raíces más anchas y profundas.

Pambazos preparados estilo Tierra Blanca, Ver. Foto y preparación: @yllak

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Narrativa

El racismo que no cesa

El ABC de la Europa Racista, de Daniela Ortiz.

Se acerca el 12 de octubre; una efeméride con la que durante años se ha intentado despolitizar, desbravar, minimizar el impacto del genocidio y saqueo de los territorios de Abya Yala. Una de las estrategias histórico-políticas de sustento y agravamiento de la penetración neocolonial.

En la capital del Estado Español, el ejército y los reyes saldrán a la calle, las banderas ondearán sobre las espaldas de los votantes de todo signo, ricos y pobres; un presupuesto de más de medio millón de euros será destinado al acto donde desfilará con fuerza la bota oscura y los cazabombarderos de la Armada harán filigranas con humo amarillo y rojo para dar cuenta de la potencia militar. El presidente de turno, aunque sea del Partido Socialista Obrero, apoyará y aplaudirá con su burocrática sonrisa; ningún gesto delatará su oposición al sistema racista español que participa del sistema racista europeo y mundial. Este año la fiesta será a puerta cerrada a causa del virus, pero será.

En otros puntos del Reino, a distintas horas del día, grupos de militantes antirracistas también saldrán a la calle; embellecerán las avenidas con sus cuerpos guerreros, migrantes, con sus saberes que convierten el 12 de octubre en el Día de la Resistencia Anticolonial. En Barcelona, un año más, los cimientos del monumento a Cristóbal Colón temblarán bajo la necesidad inexorable de su derribo que no será violencia sino reparación. La reparación que las pensadoras antirracistas y anticoloniales nos han permitido legitimar. Entre ellas está Daniela Ortiz.

Hoy voy a dar una vuelta corta antes de regresar al libro suyo que me propongo reseñar, El ABC de la Europa Racista.

Quienes hemos vivido en países comunistas sabemos que el antirracismo no florece allí; sabemos que en su lugar hay un sucedáneo, un decorado de representación y silencio que no resuelve ni enfrenta el racismo y sus desigualdades. Lo mismo ocurre en los entornos de izquierda contemporáneos, sean asamblea de barrio, alcaldía de provincias o gobierno de una nación. Los privilegios de raza, clase y género se imponen con su metódica violencia, real y simbólica. Vienen de lejos, sabemos que dominan las lógicas políticas de la derecha, pero hemos de reconocer que subsisten en la izquierda, unas veces vigorosos, otras veces soterrados; ellos no creen en las ideologías.

En la U.R.S.S, asistimos a la rusificación de los territorios anexados y a la negación de episodios de racismo, como el asesinato en 1963 de un estudiante ghanés y las subsiguientes protestas en la Plaza Roja. En la Bulgaria comunista, al intento de borrado de los apellidos y orígenes turcos. En la Yugoslavia de preguerra había una fuerte presión racista contra los gitanos. En España, aunque gobierne una coalición de izquierdas que algunos consideran radical, siguen las deportaciones y asesinatos en la frontera, las persecuciones policiales en las calles a los vendedores ambulantes, y las personas migrantes siguen excluidas del todo apoyo gubernamental (atención sanitaria, ingreso mínimo vital, protección al menor). En Cuba no celebramos el 12 de octubre, pero el discurso oficial negacionista convive con todas las formas de racismo existentes.

Así es como la potencia del pensamiento antirracista y decolonial se pervierte y da paso al buenismo de la unión de razas, la amistad de los pueblos y demás eslóganes vacíos. El currículum racista de los países comunistas está ahí, simplemente porque el racismo no puede abolirse con consignas.

En el año 2014, en Barcelona, escuché a Daniela Ortiz por primera vez. Ocurrió en el marco de unas jornadas que abordaban las posibilidades del arte como resistencia frente a las deportaciones y los encierros (1). El entorno era crítico y de izquierdas, también independentista. En su exposición, Daniela Ortiz fue más allá, abordó el asunto de las alianzas blancas que subyacen tras las cortinas. Expuso el modo en que las políticas racistas de izquierdas se alinean con las contrarias en todo aquello profundamente inhumano, y como lo justifican con ese afán burocrático, idiosincrático, localista; como se ponen por encima y pisan la vida y los derechos de unas personas en función de su país de origen o su color de piel. De tal modo demostró que no eran políticas contrarias sino parientes, hermanas de la misma sangre, herederas del mismo orgullo colonial.

Desde entonces he tenido la oportunidad de asistir a talleres, charlas y exposiciones de su trabajo en esta ciudad, Barcelona, donde ambas vivíamos hasta hace un tiempo. Digo vivíamos porque ella se ha tenido que ir. La ola de odio que su trabajo despierta devino, a raíz de su intervención en un programa televisivo, en una violenta campaña de acoso (2). Ortiz recibió amenazas físicas severas; su nombre corrió entre ataques y fabulaciones en un intento fallido, aunque peligroso, de desacreditación. En parte desde la extrema derecha, en parte desde la derecha a secas, pero desde la izquierda también. Amenazas contra una artista que retuerce los libros de historia hegemónicos hasta sacarles la verdad. Odio y derribo contra el espejo que pone delante de los individuos, colectivos y dirigentes de toda tendencia política con una pregunta fundamental: ¿Por qué, para ustedes, el antirracismo no es una prioridad?

Uno de los rasgos distintivos del discurso anticolonial y antirracista de Daniela Ortiz es la precisión (3). Precisión y fundamento histórico; certeza quirúrgica en sus palabras. Por eso propongo la lectura de su libro El ABC de la Europa Racista, porque resume, entre mayúsculas e ilustraciones a modo collage, esa capacidad epistemológica y nomencladora que caracteriza su trabajo; esa que la convierte en referente necesaria.

No es un libro inocente ni lo pretende, pero es un libro que deberían leer las niñas y niños junto a sus madres, padres y mayores. Un libro de texto para el currículum de todas las escuelas donde se educa con anquilosada terminología el mal contemporáneo y se banaliza, con esa capacidad naturalizadora que tiene el racismo entre quien no lo sufre.

Ortiz resignifica palabras blanqueadas de siempre. Alumbra los espacios irracionales de este mundo nuestro, empequeñecido para aquellos con derecho a viajar a comprar suvenires y tomar el sol; agigantado para los que no tienen derecho a desplazarse en su lucha por sobrevivir al empobrecimiento y las guerras. <<Los mismos AVIONES que usan los turistas euroblancos para ir de vacaciones son usados para la deportación de personas migrantes y solicitantes de ASILO. El MEDITERRÁNEO, el MAR donde la clase MEDIA europea disfruta sus vacaciones, es el mismo MAR donde más de 50.000 personas MIGRANTES han MUERTO o desaparecido>>.

Recupera términos que hemos querido esconder bajo la alfombra pero que han vuelto a escala planetaria, como APARTHEID. Habla de empresas que se lucran en esta guerra desigual contra las personas migrantes: <<Indra, Thales, G4S, Proytecsa o el Grupo Mora Salazar>>. Grita que <<FRONTEX es la agencia de control migratorio de Unión Europea. FRONTEX destruye la libertad y rompe FAMILIAS. Debemos luchar contra FRONTEX con toda la FURIA>>.

Su idea se puede ampliar hasta los confines más lejanos de nuestro vocabulario, por eso debería ser una lectura obligatoria en estos tiempos de incerteza; porque si a cada palabra ponemos las gafas antirracistas y anticoloniales, comprenderíamos hasta qué punto hemos de reaprender para extirpar el racismo y sus secuelas de todas partes, también de nosotros. <<Es tiempo de REPUDIAR los REGLAMENTOS RACISTAS! RESISTIREMOS con un anti-RACISMO RADICAL!>>.

En 2019, un museo de Barcelona expuso una retrospectiva suya bajo el título Esta tierra jamás será fértil por haber parido colonos (4). En ella se mostraba, con altísima coherencia, como la ramificación de sus investigaciones artísticas se sintetizan en la misma idea política: El único camino posible implica subvertir la lógica colonial; denunciar y reparar la herida histórica y cotidiana que el sistema capitalista y patriarcal infunde sobre los migrantes en tránsito, sobre los menores migrantes, sobre las madres desplazadas, sobre los trabajadores ilegalizados o ilegalmente encarcelados. Sostener políticamente que no se pueden cambiar las leyes que sustentan esta barbarie, solo es un calculado ejercicio de cinismo neocolonial.

Decía Achille Mbembe en una entrevista concedida durante la presentación de su Crítica de la Razón Negra (2016) (5), que <<cuando el poder brutaliza el cuerpo, la resistencia asume una forma visceral>>. Alarmarse por el próximo derribo de los monumentos que enaltecen el orden colonial es una irrespetuosa muestra de ignorancia. Proteger su legado es una ofensa a las revoluciones que vienen desde los pueblos del Sur Global. La estatua de Cristóbal Colón en Barcelona caerá, caerán todas las que tengan que caer a lo largo y ancho del mundo; y esté donde esté Daniela Ortiz, sus manos estarán empujando entre las otras manos.   

  1. https://accesoprimero.wordpress.com/2015/01/07/daniela-ortiz-y-xose-quiroga-colonialismo-y-deportaciones-forzosas-acciones-desde-el-arte/
  2. https://www.lavanguardia.com/cultura/20200802/482579201722/daniela-ortiz-macba-centro-nacional-de-arte-la-virreina.html
  3. https://daniela-ortiz.com/
  4. https://ajuntament.barcelona.cat/lavirreina/es/exposicions/tierra-jamas-fertil-colonos-daniela-ortiz/366
  5. https://www.eldiario.es/interferencias/achille-mbembe-brutaliza-resistencia-visceral_132_3941963.html

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Narrativa

Carlos Obispo| Entre fusiles, guiones de telenovela y cobardía: reseña y opinión sobre la novela «Si te pudiera mentir» de Berne Ayalá

El hablar sobre la novela Si te pudiera mentir del autor Berne Ayalá, será una manera de enfocarnos en que los sucesos históricos son una telenovela. Esta es una producción literaria que parte en el sentido de narrar cómo se vivió el aspecto de la ofensiva guerrillera y del conflicto armado en diferentes localidades de la capital de El Salvador. Mediante aspectos como la ironía, la cobardía, el fanatismo y la sátira, expondrá sucesos como el asesinato de los jesuitas y las relaciones entre miembros del gobierno con los coroneles de la cofradía de la Tandona.

El primer capítulo titulado El presidente y la cofradía de los coroneles, nos presentará la contextualización del ambiente, un ambiente caracterizado por las diferentes disputas armadas entre los guerrilleros y los miembros de la fuerza armada. Asimismo, se nos presentará los primeros personajes en escena, en este caso al presidente, el cual lo pinta el autor como un hombre que por la presión de apenas cinco meses de gestión ha perdido el cabello y comienza a presentar arrugas; igualmente, se hace mención al siguiente personaje, el cual es el ministro Walterio Garduña quien posee una amistad apadrinada por la influencia política con el presidente.

Digo apadrinada ya que se hace mención que dado a los problemas que sostuvo Roberto D’abuisson por el asesinato de Oscar Arnulfo Romero, Walterio Garduña le propone a ese entonces no presidente ponerse de candidato para la presidencia. En otros aspectos, se nos narra que el día en que empieza la trama, es la celebración del cumpleaños del mandatario, celebración que se llevaría a cabo en una isla del lago de Coatepeque, donde tocaría el grupo de Aniceto Molina. Ya teniendo a los dos primeros personajes de esta producción, se nos presenta a Manuela, una actriz mexicana que está en una relación con el presidente y que en posteriores situaciones será de mucha importancia.

Dicha celebración se interrumpe cuando un escuadrón de la fuerza armada llega al punto de la celebración para informar que las fuerzas guerrilleras han entrado a la capital. Pasado estos sucesos, se presenta al personaje que tendrá mucha relevancia, si no es que toda, me refiero a Silverio Maravilla; este personaje se nos introduce como un guionista de telenovelas fracasado que, por ciertos motivos llegó a ser asesor personal del presidente de la república. Así mismo, se presenta su esposa (con quien tiene una relación problemática), Esther Wright Maravilla, una mujer que mantiene una ideología de inmunidad por su estatus social, sin embargo, será un personaje que tenga una dicha importancia a posteriori.

Dado las consecuencias de la intromisión repentina de los escuadrones para avisar sobre la ofensiva guerrillera, el presidente llama a Silverio para reunirse con él y poder aclarar la situación que se vive en la capital, dichas conversaciones llegan a un resultado, ir a la base del Estado Mayor para tener una mejor valoración de los hechos gracias a la información que puedan tener los altos mandos. Diversas situaciones se plantean en este capítulo, desde el desacuerdo del ministro y Silverio de permitir a Manuela alojarse con ellos en la base, las primeras muestras de la relación entre el presidente e Ignacio Ellacuría, hasta la primera contextualización de la cofradía de la Tandona.

Entre suceso y suceso, se nos presenta a los integrantes de aquel grupo conocido como la Tandona. Un grupo de coroneles que no solo ascendieron en sus grados militares, ya que, como menciona Berne Ayalá, estos también crecieron en los aspectos económicos; ahora bien, dentro de este grupo de coroneles se encuentra René Emilio Ponce, Gilberto Rubio Rubio, Juan Orlando Zepeda, Inocente Orlando Montano, Joaquín Arnoldo Cerna, entro otros. La primera plasmación que se obtiene en la relación entre la Tandona y el presidente es de desapruebo e indiferencia por parte de los coroneles al presidente y sus acompañantes.

En el desarrollo del primer capítulo se verá la interacción entre ambos grupos mencionados con anterioridad. Gracias a los diferentes movimientos de la guerrilla, se puede observar en la novela cómo Silverio Maravilla va incrementando su importancia, pues a pesar de ser guionista, mantiene un conocimiento amplio y un avanzado análisis de las situaciones, aspectos que pondrán a los coroneles al tanto de sus acciones. Entre sátiras del comportamiento de Silverio con el presidente por parte de su esposa, interacciones entre la cofradía de los coroneles y demás personajes, llegamos a un punto importante de la trama, la supuesta participación de Ignacio Ellacuría con la guerrilla.

Es interesante la manera en que se muestra este hecho, cómo Berne Ayalá nos pone en el papel de un docente de la UCA cuya hija fue, en primeras instancias, violada por guerrilleros y cuya prueba la tenga el personal de la fuerza armada. Estos elementos o cabos vacíos, hacen que el lector pueda crear su hipótesis sobre las diferentes acciones que pueden llegar a cometer ambos bandos, por un lado, plasmar una hipótesis de la crueldad de la guerrilla en actos como violaciones o, por otro, llegar a visualizar lo cínico que puede llegar a ser la fuerza armada para construir y obrar un plan de desprestigio y, a la vez, un plan para la obtención de información del bando enemigo. 

Continuando con la historia, después que el docente vea las pruebas sobre el acto ilícito contra su hija, comienza a destapar información que vinculaba a Ignacio Ellacuría como colaborador de la guerrilla para comenzar, junto a otros jesuitas, un movimiento de insurrección. Entre todo ese proceso de interrogación, obtención de datos, y diversos hechos como la idea del bombardeo de la capital, avances de la guerrilla, los coroneles van asumiendo más importancia a la hipótesis de insurrección, llegando a tomar una de las decisiones más difíciles entre el fanatismo y sátira religiosa por parte capellán Matías Delgado.

El segundo capítulo tiene un título apropiado para la secuencia de sucesos que aparecerán. Bajo la tormenta, nombre del capítulo y una metáfora bien utilizada, pues, en estos momentos de la historia, se empieza a agravar un poco más la relación entre el presidente, sus acompañantes y los coroneles; no obstante, se apreciará una nueva ambientación dentro de lo que es la trama, si es cierto que los personajes principales son el presidente, el ministro Walterio y Silverio, la carga narrativa caerá sobre otros personajes. En primer lugar, encontraremos a la esposa del coronel Zacapa, mujer que influirá mucho, pues gracias a sus ideales religiosos y morales, llega a ser la informante de los jesuitas.

Las acciones de Marta Julia comienzan a excavar un desarrollo de acciones que permitirán ver nuevas analogías. En otras palabras, al plasmar uno de los objetivos que tiene, el cual es mandar una carta a Ignacio Ellacuría, esto provocará observar el quiebre de la obediencia militar gracias al capitán Barra Méndez quien es el que ayuda al cometido de la esposa del coronel Manfredo Zacapa. Lo que suceda con el capitán Barra Méndez nos pondrá en una posición donde veamos una analogía muy certera, «actúo en contra de la institución a la cual pertenezco, pero, a sabiendas que puedo recibir un disparo fulminante».

Entre diferentes posturas de la participación de los jesuitas al lado de los guerrilleros, mismos miembros de la fuerza armada que ya son sabedores de las acciones que se tomarán, mencionan la posibilidad que todo se vuelva una «tormenta»; por otra parte, Berne Ayalá nos pondrá bajo una visión muy característica, la visión de un teniente que por órdenes debe de acabar con la vida de aquellos que fueron sus mentores en una edad temprana. Mediante el personaje del teniente Espinoza Guerra, Berne Ayalá nos pondrá en la situación de un choque de ideas, de nostalgia, de lo moral.

 Por fin se llega a la noche del 15 de noviembre y madrugada del 16. El momento del accionar del plan de los coroneles de la Tandona, acabar con el inminente peligro, en este caso, los jesuitas. La plasmación sobre el asesinato, es decir, los datos estratégicos, la ambientación y esa tensión de los jesuitas, es de los puntos más fuertes de la novela de Berne Ayalá; desde el custodio de las mujeres que se encontraban en una de las habitaciones de la institución, la secuencia de los jesuitas saliendo de sus escondites para posteriormente acostarse boca abajo y las reacciones opuestas que tuvieron al saber que en ese momento iban a morir, la ejecución de estos junto a las mujeres y la falsa acusación hacia los guerrilleros, hace que esta sea una escena muy lograda por parte del autor.

El capítulo tres, Suite exótica de las Américas, empieza en la casa de los Maravilla, con Esther y su amante Antonio Miranda quienes han estado refugiados en ese techo desde el 11 de noviembre. Estos escuchan por medio de la radio las actualizaciones sobre las diferentes disputas armadas y observan que afuera se vive un caos de gente abandonando el país por los inminentes resultados que se verán a futuro. Los sucesos que abarca este capítulo giran en una idea principal: la posible suspensión definitiva de la colaboración de Estados Unidos con la fuerza armada de El Salvador, por el resultado de la investigación sobre la «verdad» del asesinato de los jesuitas.

En este punto, es de mencionar que Silverio Maravilla ha llevado escribiendo una bitácora completa de los sucesos desde su llegada a las bases del Estado. En estos momentos de la trama es factible saber que los que se hable del asesinato y la acusación falsa hacia los guerrilleros será apoyada, pues, por el presidente, Silverio y el ministro; por tanto, los resultados de las charlas que se obtienen con los nuevos personajes introducidos quienes son Douglas Wayne y el embajador, apoyaran la postura de los coroneles para evitar la pérdida de ese gran apoyo económico y la posible muerte a mano de estos.

No obstante, otros de los sucesos importantes dentro de la producción literaria gira en torno a Douglas Wayne. Pues, anteriormente se había plasmado que, siendo sabedor de los posibles riesgos de mantenerse en las instalaciones de la DNI, se traslada al Hotel Sheralton, Su migración de local no trajo algo positivo, pues un suceso importante dentro de este capítulo es la toma del hotel a manos de miembros de la guerrilla, siendo este uno de los impulsadores del accionar de la fuerza armada para la eliminación de los «los terroristas», poco a poco ese plano de falsedad sobre la retirada de los guerrilleros se iba desmoronando.

Las acciones que tomó la guerrilla fueron inteligentes y muy acertadas al momento de ejecutarse. Llegó así uno de los momentos más cruciales que involucran a Silverio, la toma de la colonia Escalón por parte de los «terroristas». Saber que su esposa se encontraba en la vivienda, sin ninguna protección según él, provocó que esa tranquilidad y frialdad momentánea en aspectos militares cambiara a una preocupación exagerada por su mujer. Tales actos vividos en ese tiempo por Douglas Wayne y demás personajes fue el detonante para la posición más arriesgada de Silverio Maravilla, la negociación con el enemigo.

El cuarto capítulo, Las pisadas del caballo de Troya, nos presentará diferentes rasgos de la relación entre la clase alta y el pueblo. El capítulo nos plantea como Esther quien mantenía su posición de inmunidad por ser burguesa es atrapada por la realidad de la guerra, al ser su hogar invadido por miembros de la guerrilla. Así es como se nos presenta al comandante Lino, un comandante que se observa conocedor de la ideología comunista y quien es responsable de provocar un cambio en el personaje de Esther, pues esa idea que sostenía de los guerrilleros, se borró al interactuar con el comandante guerrillero, ya no solo eran hombres sucios que disparaban, eran hombres que sabían el porqué de su lucha.

Este capítulo sirve para aclarar ciertos aspectos que han quedado sueltos a lo largo de la trama y explicar la postura de los guerrilleros. Berne Ayalá hace una realización mediante un dialogo entre el comandante Lino y Esther, donde el comandante guerrillero explica cuál es el motivo de la guerrilla contra los altos mandos:

«[…] la revolución debe ser vengadora, no puede ser otra su ambición, porque los hombres insistimos en quebrar las cadenas de los absolutismos, como el de sus lujos y derroches que contrastan con la miseria del pueblo […]» (p.327).

Como resultado de los diferentes sucesos que involucraban a la colonia Escalón y a Esther Maravilla, Silverio asume la responsabilidad de ser intermediario en las negociaciones con los guerrilleros. Así, Silverio Maravilla se contactaría con el comandante Lino para saber las exigencias del bando guerrillero, que fueron las de tener el medio de comunicación para exponer la hazaña lograda y la caída gradual de la fuerza armada; posterior a esto, se podrá observar la interacción entre el comandante Lino y Silverio, intercambiando posturas ideológicas que van explicando hechos mencionados con anterioridad en la novela.

Anteriormente, en el capítulo uno de esta producción literaria se hace mención a un supuesto acto ilícito de la guerrilla con la hija de un docente de la UCA. En la interacción entre Silverio Maravilla y el comandante Lino, este último empieza a conversar sobre los errores que cometió la fuerza armada con la situación de los jesuitas, desde hacer mención que la guerrilla comete actos de violación o asesinatos masivos, hasta el error más grave en ese punto de la trama, el asesinato de intelectuales y de personas inocentes, de la acusación de las que eran víctimas. El capítulo finaliza con el logro de la guerrilla, exponer su victoria y la derrota en ese momento de la fuerza armada y con el pobre Silverio sabedor de la infidelidad de su amada mujer.

La seducción de la mantis religiosa título otorgado al quinto capítulo de la novela. La trama continua unos cuantos días después de la toma de la colonia Escalón, con los tres personajes principales repitiendo la idea sobre la culpabilidad no solo recaerá en los coroneles de la Tandona, también afectará a cada uno de ellos; recordemos que en pasados capítulos se mostraba la postura del presidente como jefe de la fuerza armada, sin embargo, al no actuar para el bloqueo del asesinato de los jesuitas lo convierte en cómplice de esto. Asimismo, el trío de personajes debía actuar por la razón que una nueva comisión estaba a cargo de la investigación de los hechos del 16 de noviembre.

Diferentes situaciones se nos mostrarán a lo largo de este capítulo. En primer lugar, se nos hace mención sobre la disolución del matrimonio entre Silverio y Esther, por la infidelidad de la última, en segundo lugar, un hecho que era muy deducible, el «suicidio» de la esposa del coronel Manfredo Zacapa, un hecho que deja abierta la situación para llegar a la hipótesis de la participación de la Tandona en susodicho resultado. Asimismo, la falsa relación de Manuela y el presidente, plan articulado por la mente maestra de toda la novela a mi parecer, Silverio Maravilla, un personaje que hasta el momento ha sido el único desarrollado de una manera muy sofisticada.

No obstante, a pesar de los sucesos que he comentado con anterioridad, aparecerá uno de los últimos personajes, y, que será participante de uno de los hechos más deducibles de la novela, me refiero al Doctor Guerrero. El doctor guerrero se presenta como la elección del presidente en dirigir una investigación más rigurosa para descubrir los artífices y el contexto de todos los hechos desde el 11 de noviembre; de igual formar, Silverio Maravilla es elegido como colaborador del Doctor Guerrero, entre conversación y conversación, el doctor se va percatando que Silverio Maravilla posee más información sobre los diferentes hechos que se cometieron durante el periodo de la planificación y ejecución de los jesuitas.

Esther retoma un papel muy importante dentro de estos momentos. El Doctor Guerrero al observar que los coroneles de la Tandona no colaborarían con él y que la información de diferentes informes presenta vacíos, se motiva aún más a descubrir la verdad de ese 16 de noviembre; así es como entra la exesposa de Silverio Maravilla, entregando distintos documentos de valiosa información que tenía guardados desde hace un tiempo por petición de su esposo. El doctor al tener valiosa información se lo comunica al Roberto D’abuisson quien era uno de los colegas más íntimos, al momento de dirigirse hacia el lugar donde se encuentra D’abuisson es acorralado por hombres que lo matan y posterior roban los documentos que Esther había entregado.

Esto provoca una posición que ya se ha desarrollado a lo largo de toda la novela, la guerrilla como responsable de este acto. Es de saber que estas suposiciones son, más que todo, escapes de los problemas que pueden resultar al señalar a los coroneles de la Tandona. Al final, el papel del gobierno es un papel cobarde e inseguro. Por último, se nos presenta lo que es el “bonus track” de la novela, una susodicha interacción entre el autor y un Silverio Maravilla golpeado por los años, comentando sobre los diferentes actos que se cometieron, las posturas de las personas de ese ambiente, y dando un giro narrativo donde Silverio pone a disposición del escritor todos los documentos guardados sobre esos días y meses, haciendo que la novela que hemos leído sea el resultado de esa investigación exhausta.

Para ir finalizando, hacer comentarios de esta producción de Berne Ayalá es algo curioso. Si bien la mayoría de personajes que hacen presencia dentro de la novela no poseen un desarrollo favorable, el desarrollo de Silverio Maravilla opaca en cierta medida ese aspecto, la utilización de la sátira por parte de personajes como el presidente, el capellán Matías Delgado o Antonio Miranda permiten la aparición de un humor que logra apaciguar en cierto nivel la tensión que plasma el autor en los diferentes sucesos, sucesos marcados por el fanatismo ideológico y el cinismo de los diferentes coroneles de la Tandona.

La expresión de los bandos participes de las trifulcas armadas, es decir, tanto el bando guerrillero como la fuerza armada, nos permite saber la posición de Berne Ayalá en esta producción. Asimismo, la historia narrada no es más que la antesala, el desarrollo y las consecuencias de lo que hoy conocemos como el asesinato de los jesuitas, y la posterior situación judicial en contra de los partícipes, pero, con un lenguaje sencillo, escenas pintadas con diferentes propósitos mencionados al inicio de esta reseña y, bueno, escenas como si de una telenovela se tratase, logra el cometido de narrarnos esos momentos de una nueva manera.

Por último, no hay que dejar de lado los datos sobre el proceso del asesinato, de los artífices e inclusive de aquellos extranjeros que rondaban en El Salvador por ese lapsus de tiempo. Estos elementos bien logrados, permiten al lector crear una simulación dentro de sus pensamientos sobre las posibles causas, consecuencias o artimañas que llevaron al fatídico 16 de noviembre de 1989, y, al mismo tiempo, muestran la preparación del autor en la investigación de vastos artículos y documentos de esas épocas.

Bibliografía

Ayalá, B. (2016). Si te Pudiera Mentir. Expedición Americana.

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Cuentos clásicos de terror Narrativa Nuestra memoria

Robert Louis Stevenson | Markheim


—Sí —dijo el comerciante—, tenemos gangas de varias clases. Como algunos clientes son ignorantes, yo percibo un dividendo gracias a mi conocimiento superior. Otros son picaros —y al decirlo levantó la vela, de modo que la luz iluminara de lleno a su visitante—, y en tal caso —continuó— obtengo beneficio de mi virtud.

Markheim acababa de entrar con la vista acostumbrada a la claridad de las calles y no se había acomodado aún a la semioscuridad de la tienda. Al oír aquellas palabras, y ante la cercana presencia de la llama, parpadeó penosamente y volvió la cabeza a un lado.

El comerciante dejó escapar una risita.

—Usted viene aquí el día de Navidad —continuó—, cuando sabe que estoy solo en mi tienda, con los postigos echados y dispuesto a no hacer ninguna transacción. Bueno, tendrá que pagar por esto; tendrá que pagar por mi pérdida de tiempo y, además, por algo raro que observo en su actitud con más intensidad que otras veces. Soy la esencia de la discreción y no hago preguntas capciosas; pero cuando un cliente no puede mirarme a los ojos, tiene que pagar por ello. —El comerciante rio de nuevo; y luego añadió, en su tono habitual de hombre de negocios, aunque con cierta ironía—: ¿Puede usted dar, como de costumbre, clara cuenta de cómo entró en posesión del objeto? ¿El gabinete de su tío, también? ¡Un notable coleccionista, su señor tío!

Y el bajito y pálido comerciante casi se puso de puntillas, mirando por encima de los cristales de sus lentes con montura de oro, al tiempo que movía la cabeza en un gesto de incredulidad. Markheim le devolvió la mirada con otra de infinita piedad mezclada con cierto horror.

—Esta vez —dijo— está usted equivocado. No he venido a vender, sino a comprar. No dispongo de ningún objeto raro, el gabinete de mi tío está vacío; pero, aunque estuviera lleno, en las presentes circunstancias no me aprovecharía de ello. Busco un regalo de Navidad para una dama —continuó, hablando con más desparpajo a medida que se adentraba en el discurso que había preparado—. Y, desde luego, le debo una disculpa por haberlo molestado por esa nimiedad. Pero ayer me olvidé de adquirir el regalo, y debo ofrecerlo hoy a la hora de la cena. Como sabe usted muy bien, el matrimonio con una dama rica es asunto que merece algún desvelo.

Siguió una pausa, durante la cual el comerciante pareció sopesar incrédulamente aquella afirmación. El tic-tac de numerosos relojes en la semioscuridad de la tienda, y el ocasional ruido de algún carruaje en las calles contiguas llenaron el intervalo de silencio.

—Bueno —dijo finalmente el comerciante—, lo que usted diga. Después de todo, es un antiguo cliente; y si tiene la oportunidad de casarse en condiciones favorables, lejos de mí la intención de ser un obstáculo. Aquí hay algo muy apropiado para una dama —continuó—. Este espejo de mano: siglo quince, garantizado; procede de una buena colección; aunque me reservo el nombre, en beneficio de mi cliente, el cual, como usted mismo, es sobrino y único heredero de un notable coleccionista.

Mientras hablaba, con su vocecilla seca e incisiva, el comerciante había dado unos pasos para tomar el objeto del lugar en que se encontraba; y, al mismo tiempo, una especie de estremecimiento había asaltado a Markheim, reflejado en un sobresalto de la mano y el pie y un asomar de tumultuosas pasiones a su rostro. Aquel momento de emoción fue muy fugaz y no dejó más rastro que un leve temblor de la mano que ahora recibía el espejo.

—¿Un espejo? —dijo con voz ronca. Luego, tras una breve pausa, repitió, más claramente—: ¿Un espejo? ¿En Navidad? Desde luego que no.

—¿Por qué no? —gritó el comerciante—. ¿Por qué no un espejo?

Markheim lo estaba mirando con una expresión indefinible.

—¿Me lo pregunta usted? —dijo—. ¡Mire! ¡Mírese en él! ¿Le gusta lo que ve? ¡No! ¡Ni a mí… ni a ningún hombre!

El hombrecillo había saltado hacia atrás cuando Markheim le había enfrentado tan súbitamente con el espejo; pero ahora, dándose cuenta de que no había nada que temer, dejó oír una risita burlona.

—Su futura esposa, sir, quedará muy favorecida —dijo.

—Le he pedido a usted un regalo de Navidad —dijo Markheim— y usted me da esto… este maldito recuerdo de mis años de pecados y locuras… esta conciencia de mano. ¿Lo ha hecho a propósito? ¿Se le había ocurrido antes la idea? Dígamelo. Será mejor para usted si lo hace. Vamos, hábleme de usted. Me atrevo a sospechar que, en secreto, es usted un hombre muy caritativo.

El comerciante miró a su compañero fijamente. Le pareció muy raro que Markheim no se riera; por el contrario, en su rostro, muy serio, había como un ávido centelleo de esperanza.

—¿De qué está hablando? —inquirió el comerciante.

—¿No es caritativo? —replicó el otro, en tono lúgubre—. No es caritativo; no es piadoso; no es escrupuloso; no ama a nadie; no es amado; una mano para coger el dinero, una caja fuerte para guardarlo. ¿Es eso todo? ¡Dios mío! ¿Es eso todo?

—Le diré una cosa —empezó el comerciante, con cierta acritud, y luego dejó oír de nuevo su burlona risita—. No es usted el único hombre del mundo que ha estado enamorado…

—¡Ah! —exclamó Markheim, con una extraña curiosidad—. ¿Ha estado usted enamorado? Hábleme de eso.

—¿Yo? —gritó el comerciante—. ¿Enamorado yo? Nunca he tenido tiempo para esa clase de estupideces. ¿Se lleva usted el espejo?

—¿Qué prisa hay? —inquirió Markheim—. Resulta muy agradable estar aquí, conversando con usted; y la vida es tan corta y tan insegura, que no me apresuro a alejarme de ningún placer, aunque sea tan modesto como éste. Por el contrario, debemos aferramos a lo que podemos obtener, del mismo modo que un hombre se aferra al borde de un precipicio. Cada segundo es un precipicio, si piensa bien en ello; un precipicio de un kilómetro de profundidad, lo bastante profundo, si caemos en él, como para borrar de nosotros todo vestigio de humanidad. Por lo tanto, es preferible conversar agradablemente. Vamos a hablarnos el uno del otro. ¿Por qué hemos de llevar esta máscara? Vamos a hablarnos confidencialmente. ¡Quién sabe! Tal vez podríamos convertirnos en amigos…

—Lo único que tengo que hablar con usted es esto —replicó el comerciante—: haga su compra, o salga de mi tienda.

—Es cierto, es cierto —dijo Markheim—. Soy un estúpido. Al negocio. Enséñeme alguna otra cosa.

El comerciante se volvió para volver a colocar el espejo en la estantería. Markheim irguió todo su cuerpo, con una mano en el bolsillo de su abrigo; al mismo tiempo llenó de aire sus pulmones. En su rostro se reflejaban diversas emociones entremezcladas: terror, horror y decisión, fascinación y una repugnancia física.

—Esto puede resultar apropiado, tal vez —observó el comerciante; y entonces, mientras empezaba a volverse, Markheim saltó desde atrás sobre su víctima. El largo y afilado estilete centelleó en el aire y cayó. El comerciante agitó los brazos, se golpeó la sien contra la estantería y luego cayó al suelo, boca abajo.

El coro de pequeñas voces continuó marcando el paso del tiempo con sus monótonos tic-tacs. Luego, un rumor de pasos en la acera, al otro lado de la puerta de la tienda, se impuso al coro de latidos y sobresaltó a Markheim, el cual miró a su alrededor con aire asustado. La vela continuaba ardiendo sobre el mostrador, con un leve oscilar de la llama que llenaba la estancia de alargadas sombras que parecían asentir, hinchándose y deshinchándose como si respirasen; al mismo tiempo, los rostros de los retratos y los objetos de porcelana se transformaban y ondeaban como imágenes en el agua. La puerta interior permanecía entreabierta y atisbaba a las sombras con una franja de luz semejante a un índice acusador.

Apartándose de las pavorosas sombras, los ojos de Markheim retornaron al cuerpo de su víctima, caído en el suelo, increíblemente pequeño y mucho más delgado que en vida. Había temido contemplarlo, y ahora encontraba injustificados aquellos temores. Sin embargo, mientras miraba aquel montón de ropas viejas caídas sobre un charco de sangre, empezó a escuchar elocuentes voces. Tenía que permanecer allí hasta que alguien lo descubriera… ¿Y luego? ¡Ay! Luego, aquella carne muerta proferiría un grito que resonaría en toda Inglaterra, y llenaría el mundo con los ecos de la persecución. ¡Ay! Muerto o no, aquél era aún el enemigo. «Si tuviera tiempo…», pensó Markheim; y el vocablo llenó su mente. Ahora que la hazaña estaba cumplida, el Tiempo, que se había cerrado para la víctima, se había convertido en trascendental para él.

La idea estaba aún en su mente cuando, primero uno y luego otro, con gran variedad de paso y voz —uno profundo como la campana de una torre catedralicia, otro desgranando en sus trémulas notas el preludio de un vals—, los relojes empezaron a dar la hora: las tres de la tarde.

El repentino estallido de tantas lenguas en aquella estancia poblada de sombras asustó a Markheim. Cogiendo la vela, empezó a moverse entre las sombras, sobresaltado hasta el tuétano por los reflejos casuales. En numerosos espejos, algunos de Venecia o Ámsterdam, vio su rostro repetido y repetido, como si fuera un ejército de espías; sus propios ojos lo encontraron y lo localizaron; y el sonido de sus propios pasos, a pesar de su levedad, turbaron el silencio que lo rodeaba. Y mientras llenaba sus bolsillos, su mente lo acusaba con implacable reiteración de los mil fallos de su plan. Debió escoger una hora más tranquila; debió prepararse una coartada; no debió utilizar una daga; debió mostrarse más precavido y limitarse a saltar sobre el comerciante y privarle del sentido, sin asesinarlo; debió mostrarse más osado y asesinar también a la criada; su mente iba y venía, cambiando lo que no podía cambiarse, planeando lo que ahora era inútil, estructurando el irrevocable pasado. Entre tanto, y detrás de toda esta actividad, ciegos terrores, como un escabullirse de ratas en un ático desierto, llenaban de alboroto las más remotas células de su cerebro; la mano del policía caería pesadamente sobre su hombro, y sus nervios brincarían como un pez enganchado en el anzuelo; o contemplaba, en galopante desfile, el banquillo de los acusados, la prisión, el patíbulo y el negro ataúd.

El terror a la gente de la calle se instaló ante su mente como un ejército sitiador. Era imposible, pensó, que algún rumor de la lucha no hubiera alcanzado sus oídos y despertado su curiosidad; y ahora, en todas las casas vecinas, adivinaba a sus moradores inmóviles y con el oído atento: personas solitarias, condenadas a pasar la Navidad alimentándose de recuerdos del pasado, y ahora bruscamente arrancadas de aquel tierno ejercicio; felices reuniones familiares, interrumpidas en plena comida de celebración, la madre todavía con el dedo levantado; docenas de oídos en tensión, docenas de ojos acechando, tejiendo la cuerda que rodearía su cuello. Markheim tenía la impresión de que no podía moverse con la suavidad indispensable; el reteñir de las altas copas de Bohemia resonaba tan ruidosamente como una campana; y alarmado por el tic-tac de los relojes, sintió la tentación de pararlos. Y luego, de nuevo, con una rápida transición de sus terrores, el silencio del lugar se le apareció como una fuente de peligro, como algo que debía llamar la atención de los transeúntes; y se movió con más osadía entre los objetos de la tienda, tratando de imitar los movimientos de un hombre ocupado en su propia casa.

Pero estaba tan acosado por diferentes alarmas que, mientras una parte de su mente permanecía alerta y sagaz, otra temblaba desaforadamente. Una alucinación, en especial, afectó de un modo intenso a su credulidad. El vecino acechando con rostro pálido al otro lado del escaparate, el transeúnte detenido en la acera por una horrible premonición… éstos, en el peor de los casos, podían sospechar, pero no podían saber; a través de las paredes de ladrillo y las cerradas ventanas sólo podían atravesar los sonidos. Pero aquí, dentro de la casa, ¿estaba solo? Sabía que lo estaba; había visto salir a la criada, toda cintas y sonrisas, lo cual significaba que era su tarde libre. Sí, estaba solo, desde luego; y, sin embargo, en la mole de la casa vacía encima de él podía oír unos suaves pasos: estaba consciente, inexplicablemente consciente, de alguna presencia. Su imaginación recorría todos los cuartos y rincones de la casa; y ahora era una cosa sin rostro, pero que tenía ojos para ver; y ahora era una sombra de sí mismo.

De cuando en cuando, con un gran esfuerzo, volvía la mirada hacia la puerta abierta. La casa era alta, la claraboya pequeña y sucia, y la niebla llenaba las calles, y la luz que se filtraba hasta la planta baja era muy débil y no permitía distinguir claramente el umbral de la tienda. No obstante, en aquella franja de dudosa claridad, ¿no se agitaba una sombra?

Súbitamente, en la calle, un caballero muy jovial empezó a golpear con un bastón la puerta de la tienda, acompañando los golpes con gritos y chanzas en los cuales el comerciante era llamado por su nombre. Markheim, convertido en hielo, miró al muerto. Pero ¡no! Yacía completamente inmóvil; estaba mucho más allá del alcance de aquellos golpes y gritos; estaba hundido bajo mares de silencio; y su nombre, que otrora le hubiese llamado la atención por encima del aullar de una tormenta, se había convertido en un sonido vacío. Y, de pronto, el jovial caballero desistió de seguir llamando y se marchó.

Aquello fue una especie de aviso para Markheim, advirtiéndole que debía darse prisa en lo que quedaba por hacer, para alejarse de tan acusadora vecindad, para sumergirse en un baño de multitudes londinenses y alcanzar, al otro lado del día, aquel puerto de seguridad y de aparente inocencia: su lecho. Un visitante había llamado; en cualquier momento podía presentarse otro y mostrarse más obstinado. Haber cometido un crimen y no obtener provecho de él sería un fracaso imperdonable. Lo que ahora preocupaba a Markheim era el dinero; y como un medio para llegar a él, las llaves.

Echó una ojeada por encima de su hombro a la puerta abierta, donde la sombra se agitaba aún; y sin ninguna repugnancia consciente de la mente, pero con un temblor localizado en el estómago, se acercó al cuerpo de su víctima. Lo que tenía de humano se había evaporado. Parecía un traje medio relleno de salvado, con los brazos extendidos, el tronco doblado, caído en el suelo. A pesar de todo, le inspiraba un instintivo sentimiento de repulsión. Y temió que el sentimiento se acrecentara al tacto. Cogió el cadáver por los hombros y lo volvió boca arriba. Era extrañamente ligero y flexible, y las extremidades, como si estuvieran rotas, cayeron en las más raras posiciones. El rostro estaba desprovisto de toda expresión; pero tenía una palidez de cera y aparecía manchado de sangre alrededor de una sien. Para Markheim, aquella era la única circunstancia desagradable. Le hizo recordar un día que había pasado en un pueblo de pescadores; un día gris, con un viento aullante, una multitud en la calle, el resplandor de las brasas, un resonar de tambores, la voz nasal de un cantor de baladas; y un muchacho yendo y viniendo, enterrado entre las cabezas de la multitud y fluctuando entre el interés y el temor, hasta que consiguió divisar una gran pantalla con varios cuadros, pésimamente dibujados, chillonamente coloreados: Brownrigg con su aprendiza; los Mannings con su huésped asesinado; Weare estrangulado por Thurtell; y otros crímenes famosos. La cosa fue tan clara como una ilusión; Markheim volvió a ser aquel muchacho, estaba mirando otra vez, y con la misma sensación de repugnancia física, aquellos cuadros; estaba ensordecido todavía por el resonar de los tambores. La música de aquel día volvió a su memoria; y por primera vez se sintió invadido por una sensación de náusea, una repentina debilidad de las articulaciones, la cual debía resistir y superar inmediatamente.

Juzgó más prudente enfrentarse con aquellas consideraciones que huir de ellas, mirando con más osadía el rostro muerto, obligando a su mente a comprender la naturaleza y la extensión de su crimen. Muy poco antes, aquel rostro se había conmovido con cada cambio de sentimiento, aquella pálida boca había hablado, aquel cuerpo había estado lleno de vigor y de energía; y ahora, y como consecuencia de su acto, aquel trozo de vida había sido parado, del mismo modo que el relojero, interponiendo un dedo, para los latidos de un reloj. Pero sus razonamientos resultaron vanos: no consiguió despertar ningún remordimiento en su conciencia; el mismo corazón que se había estremecido con las efigies pintadas del crimen, permanecía inconmovible en su realidad. A lo sumo experimentó un atisbo de piedad por alguien que había sido dotado inútilmente con todas aquellas facultades que pueden convertir el mundo en un jardín de delicias, alguien que nunca había vivido y que ahora estaba muerto. Pero ni un solo temblor de arrepentimiento.

Aclarada en su mente aquella cuestión, encontró las llaves y avanzó hacia la puerta abierta de la tienda; afuera había empezado a llover, y el sonido del aguacero sobre el tejado había eliminado el silencio. Semejantes a una goteante caverna, las habitaciones de la casa estaban acosadas por un incesante eco, el cual llenaba el oído y se mezclaba con el tic-tac de los relojes. Y, mientras Markheim se acercaba a la puerta, le pareció oír, en respuesta a sus propios pasos cautelosos, los pasos de otros pies en la escalera. La sombra continuaba palpitando en el umbral. Markheim obligó a sus músculos a un esfuerzo sobrehumano y tiró de la puerta.

La brumosa luz diurna brillaba débilmente sobre el suelo desnudo y la escalera; sobre la armadura apostada, alabarda en mano, en el rellano; y sobre los cuadros colgados contra los amarillos tableros del friso de madera. Tan intenso era el batir de la lluvia a través de toda la casa que, en los oídos de Markheim, empezó a descomponerse en numerosos sonidos distintos. Pasos y suspiros, el desfilar de regimientos en la distancia, el tintineo de monedas en el mostrador, y el crujido de puertas entreabiertas, parecieron mezclarse con el repicar de las gotas sobre la cúpula y el discurrir del agua por los canalones. La sensación de que no estaba solo se hizo más intensa, enloquecedora. Por todos lados se sentía acosado y rodeado por presencias. Las oyó moverse en las habitaciones superiores de la tienda; oyó al muerto poniéndose en pie; y empezó a subir la escalera con un gran esfuerzo, siguiendo obstinadamente a sus pies, que huían delante de él. Sólo con que fuera sordo, pensó, poseería tranquilamente su alma… Y luego, de nuevo, despierta su atención, se bendijo a sí mismo por aquel incansable sentido que velaba por él, poniendo un fiel centinela sobre su vida. Su cabeza giraba continuamente sobre su cuello; sus ojos, desorbitados, lo escrutaban todo. Los veinticuatro peldaños hasta el primer piso fueron veinticuatro agonías.

En aquel primer piso las puertas estaban entreabiertas, tres de ellas como tres emboscadas, sacudiendo sus nervios como los estampidos del cañón. Nunca podría volver a sentirse, pensó, suficientemente acorazado contra los observadores ojos de los hombres; deseaba encontrarse en su casa, rodeado de paredes, enterrado entre sábanas, invisible para todos menos para Dios. Y ante aquella idea se inquietó un poco, recordando historias de otros asesinos y el temor que se decía experimentaban a vengadores celestes. A él no podía sucederle eso. Él temía a las leyes de la naturaleza, las cuales, en su rígida inmutabilidad, podían conservar alguna acusadora evidencia de su crimen. Temía diez veces más, con un terror supersticioso, alguna escisión en la continuidad de la experiencia del hombre, alguna intencionada ilegalidad de la naturaleza. Estaba empeñado en un juego de habilidad, que dependía de las reglas, calculando las consecuencias a partir de las causas. ¿Y si la naturaleza, como el derrotado tirano que vuelca el tablero de ajedrez, rompiera el molde de su sucesión? Como había derrotado a Napoleón (según algunos escritores) cuando el invierno cambió la época de su aparición. Del mismo modo podía derrotar a Markheim; las sólidas paredes podían convertirse en transparentes y revelar lo que había detrás de ellas, como las de las abejas en una colmena de cristal; la casa podía derrumbarse y aprisionarle al lado del cadáver de su víctima; o podía declararse un incendio en la casa contigua, y los bomberos invadirían la vecindad. Ésas eran las cosas que Markheim temía; y, hasta cierto punto, esas cosas podían ser llamadas las manos de Dios extendidas contra el pecado. Pero, en lo que respecta a Dios, Markheim estaba tranquilo; su acto era excepcional, sin duda, pero también lo eran las excusas que tenía para haberlo cometido, excusas que Dios conocía; era allí, y no entre los hombres, donde Markheim esperaba encontrar justicia.

Cuando hubo entrado en el salón, y cerró la puerta detrás de él, se sintió más seguro. La estancia estaba completamente desmantelada, sin alfombras, y llena de cajas de embalaje y de muebles incongruentes; varios espejos enormes, en los cuales Markheim se contempló a sí mismo desde diversos ángulos, como un actor sobre un escenario; muchos cuadros, con marco o sin él, en el suelo, apoyados contra la pared; un escritorio de madera finamente labrada, y un gran lecho antiguo, adornado con colgaduras. Las ventanas se abrían a la calle; pero, afortunadamente, los postigos estaban echados, y esto le ocultaba de los vecinos. Markheim se acercó al escritorio y empezó a buscar entre las llaves. Una elección difícil, ya que las llaves eran muchas. Además, podía darse el caso de que en el escritorio no hubiese nada, y el tiempo apremiaba. Pero el ocuparse en algo definido lo tranquilizó. Con el rabillo del ojo veía la puerta… incluso la miraba directamente, de cuando en cuando, como un comandante en jefe que se complace en asegurarse de la buena disposición de sus defensas. Pero en realidad estaba tranquilo. La lluvia cayendo en la calle sonaba natural y agradable. De pronto, al otro lado, las notas de un piano atacaron los primeros compases de un himno, y las voces de numerosos niños rompieron a cantar. ¡Qué agradable era la melodía! ¡Cuán frescas las voces infantiles! Markheim tendió el oído, mientras probaba las llaves; y su mente se llenó de ideas y de imágenes: niños desfilando hacia la iglesia a los majestuosos acordes del órgano; niños en el campo, persiguiendo mariposas bajo un cielo salpicado de nubes fugitivas; y luego, otra cadencia del himno volvió a recordarle la iglesia, y la somnolencia de los días de verano, y la voz amable del párroco, y las tumbas del pequeño cementerio, y la lápida con los Diez Mandamientos en el presbiterio.

Mientras permanecía así sentado, a la vez ocupado y ausente, Markheim experimentó un repentino sobresalto que le hizo ponerse en pie de un salto. Un destello de hielo, un destello de fuego, un violento borbotón de sangre se abatieron sobre él, dejándolo traspuesto y tembloroso. Unos pasos se acercaron lenta e implacablemente, una mano se posó sobre el pomo de la puerta, la cerradura obedeció a una llave invisible, y la puerta se abrió.

El miedo mantenía inmovilizado a Markheim. No sabía lo que esperaba, si al muerto resucitado, o a los representantes de la justicia humana, o a algún testigo casual dispuesto a llevarlo al patíbulo. Pero cuando un rostro asomó por la abertura, lo miró, asintió y sonrió en amistoso reconocimiento, y la puerta volvió a cerrarse detrás de él, Markheim dio rienda suelta a su terror profiriendo un grito con voz enronquecida.

El visitante volvió a presentarse.

—¿Me llamabas? —preguntó, amablemente, entrando en la habitación y cerrando la puerta.

Markheim lo miró fijamente. Tal vez tenía una especie de velo delante de los ojos, ya que los contornos del recién llegado parecían cambiar y oscilar como los de las figurillas a la vacilante luz de la vela en la tienda; y a veces creía conocerlo; y a veces creía reconocerse a sí mismo en aquella figura; y siempre, con una sensación de indefinible horror, tenía la seguridad de que aquel ser no era de la tierra ni de Dios.

Y, sin embargo, aquel ser resultaba de lo más vulgar, de pie junto a la puerta, mirando a Markheim con una sonrisa en los labios.

—Estás buscando el dinero, supongo… —dijo, con la misma amabilidad.

Markheim no respondió.

—Debo advertirte —continuó el otro— que la sirvienta se ha separado de su novio más temprano que de costumbre y no tardará en llegar. Si te encuentran en esta casa, no necesito describirte las consecuencias.

—¿Me conoces? —gritó el asesino.

El visitante sonrió.

—Desde hace mucho tiempo has sido un favorito mío —dijo—. No he dejado de observarte, y a menudo he pensado en ayudarte.

—¿Quién eres? —gritó Markheim—. ¿El diablo?

—Lo que yo pueda ser —replicó el otro— no afecta al servicio que me propongo prestarte.

—¿Ayudarme tú? —exclamó Markheim—. ¡No, nunca! No me conoces todavía; gracias a Dios, no me conoces.

—Te conozco —replicó el visitante, con una especie de amable severidad—. Te conozco hasta el alma.

—¡Conocerme! —dijo Markheim—. ¿Quién puede conocerme? Mi vida ha sido un continuo engañarme a mí mismo. He vivido para contradecir mi naturaleza. Todos los hombres lo hacen; todos los hombres son mejores que este disfraz que crece a su alrededor y acaba ahogándolos. Los verás arrastrados por la vida, como alguien a quien unos bravucones han atacado, cubriéndole la cabeza con una capa. Si tuvieran el control de sí mismos… si pudieras ver sus rostros, serían muy distintos, los verías como héroes y como santos. Yo soy peor que la mayoría; mi verdadera personalidad está más oculta; mi disculpa la conocemos Dios y yo. Pero, si tuviera tiempo, podría revelarme a mí mismo.

—¿A mis ojos? —inquirió el visitante.

—A los tuyos de un modo especial —replicó el asesino—. Suponía que eras inteligente. Creía, puesto que existes, que sabías leer en los corazones. Y, sin embargo, te propones juzgarme por mis actos… Piensa en ello: ¡mis actos! Nací y he vivido en un país de gigantes; gigantes que me han arrastrado por las muñecas desde que salí del vientre de mi madre: los gigantes de la circunstancia. ¡Y tú quieres juzgarme por mis actos! ¿Acaso no puedes mirar hacia dentro? ¿No puedes comprender que el mal me resulta odioso? ¿No puedes ver dentro de mí la clara escritura de mi conciencia, nunca borrosa, a pesar de que con demasiada frecuencia haya hecho caso omiso de ella? ¿No puedes reconocer en mí a un ejemplar que seguramente debe ser tan común como la humanidad: el pecador renuente?

—Todo eso está muy bien expresado —fue la respuesta—, pero no me afecta. No me interesa lo más mínimo el impulso que pueda haberte arrastrado en una dirección equivocada. Pero el tiempo vuela; la criada se demora, contemplando los rostros de la multitud y los objetos expuestos en los escaparates de las tiendas, pero cada vez está más cerca. Y no olvides que es como si el propio patíbulo avanzara hacia ti a través de las calles navideñas… Quiero ayudarte. Y, ¿quién lo sabe todo? Te diré dónde encontrarás el dinero.

—¿A qué precio? —preguntó Markheim.

—Te ofrezco el servicio como regalo de Navidad —respondió el otro.

Markheim no pudo evitar el sonreír con una especie de amargo triunfo.

—No —dijo—, no aceptaré nada de tus manos. Si estuviera muriendo de sed, y tu mano acercara el cántaro a mis labios, encontraría el valor necesario para rechazarlo. Puedo ser crédulo, pero no haré nada que me ate irrevocablemente a ti.

—Puedes arrepentirte en tu lecho de muerte —observó el visitante—. No me opongo.

—¿Por qué no crees en la eficacia de ese arrepentimiento? —inquirió Markheim.

—Yo no diría eso —respondió el otro—. Pero yo miro esas cosas desde un ángulo distinto, y cuando la vida ha terminado cesa mi interés. El hombre ha vivido para servirme, para sembrar cizaña en el trigal… Cuando se acerca el fin, sólo puede añadir un acto de servicio: arrepentirse, morir sonriendo, y de este modo infundir confianza y esperanza a los más timoratos de mis seguidores supervivientes. No soy un amo tan severo. Ponme a prueba. Acepta mi ayuda. Complácete a ti mismo en la vida, como has hecho hasta ahora; complácete a ti mismo todavía más; y cuando la noche empiece a caer y las cortinas a correrse, te aseguro, para tu tranquilidad, que encontrarás fácilmente el modo de ponerte en paz con tu conciencia y con Dios. Yo llego ahora de uno de esos lechos de muerte, y la estancia estaba llena de deudos que experimentaban un sincero pesar y escuchaban las últimas palabras del hombre: y cuando miré aquel rostro, que había sido tallado como un pedernal contra la misericordia, lo encontré sonriendo con esperanza.

—¿Y supones, por tanto, que soy uno de esos seres? —preguntó Markheim—. ¿Crees que no tengo más aspiraciones que pecar, pecar y pecar, y, al final, colarme subrepticiamente en el cielo? ¿Es ésa tu experiencia del género humano? ¿O presumes tales bajezas porque me encuentras con las manos enrojecidas? ¿Acaso el delito de asesinato es tan impío como para secar las mismas fuentes del bien?

—Para mí, el asesinato no tiene ninguna categoría especial —replicó el otro—. Todos los pecados son asesinatos, puesto que toda vida es guerra. Yo contemplo a tu raza, como marineros muriéndose de hambre sobre una balsa, los unos alimentándose de las vidas de los otros. Yo sigo los pecados más allá del momento de su realización; descubro en todo que la última consecuencia es la muerte; y a mis ojos, la doncella que engaña a su madre a fin de poder asistir a un baile no es menos culpable que un asesino como tú. ¿He dicho que sigo los pecados? Sigo también las virtudes; no difieren entre ellos en el grosor de una uña: ambos son guadañas para el ángel de la Muerte. El mal, para el cual vivo yo, no consiste en la acción, sino en el carácter. El hombre malo es querido para mí; no el acto malo, cuyos frutos, si pudiéramos seguirlos lo bastante lejos a través de la catarata de los siglos, encontraríamos quizá más gloriosos que los de las más raras virtudes. Y si te he ofrecido mi ayuda para escapar, no es porque hayas asesinado a un comerciante, sino porque eres Markheim.

—Te abriré mi corazón —respondió Markheim—. Este crimen que acabo de cometer será el último de mi vida. En el camino que me ha conducido a él he aprendido muchas lecciones; el mismo crimen ha sido una lección, una trascendental lección. Hasta ahora había sido arrastrado a pesar mío a lo que no deseaba; era un esclavo atado a la pobreza. Existen virtudes robustas que pueden sobrevivir en medio de esas tentaciones; la mía no era de ésas: tenía sed de placeres. Pero hoy, y a consecuencia de mi acto, voy a obtener la riqueza y la decisión necesarias para ser yo mismo. Me convertiré en un actor libre sobre el escenario del mundo; empezaré a verme a mí mismo completamente cambiado, a considerar estas manos como los agentes del bien, con el corazón en paz. Algo llega hasta mí procedente del pasado; algo de lo que había soñado al oír el órgano de la iglesia, de lo que intuía al derramar lágrimas sobre las páginas de nobles libros, o al hablar, inocente chiquillo, con mi madre. He andado a la deriva unos cuantos años, pero ahora veo una vez más mi ciudad de destino.

—Piensas utilizar ese dinero en la Bolsa, ¿no? —dijo el visitante—. Y allí, si no me equivoco, has perdido ya algunos miles.

—Sí —asintió Markheim—. Pero esta vez tengo una cosa segura.

—Esta vez volverás a perder —afirmó el visitante.

—¡Pero conservaré la mitad! —exclamó Markheim.

—Y la perderás también —dijo el otro.

El sudor empezó a empapar la frente de Markheim.

—Entonces, ¿no puede haber salvación para mí? —gimió—. ¿Me hundiré de nuevo en la pobreza, continuaré hasta el fin renunciando a lo mejor? El bien y el mal conviven en mí, presionándome en sentido contrario. No me inclino decisivamente por el uno ni por el otro. Puedo concebir grandes hazañas, renunciamientos, martirios; y aunque he incurrido en un delito tan enorme como el asesinato, la piedad no es extraña a mis pensamientos. Compadezco a los pobres, ¿quién conoce mejor que yo sus aflicciones? Los compadezco y los ayudo; aprecio el amor, amo la risa honesta; no existe ninguna cosa buena, ninguna cosa verdadera sobre la tierra que yo no ame con todo mi corazón. ¿Acaso mis vicios han de dirigir mi vida, y mis virtudes han de quedar sin efecto, como un trasto pasivo de la mente? No, el bien es asimismo un manantial de actos.

Pero el visitante levantó su dedo índice.

—Durante los treinta y seis años que has estado en el mundo —dijo—, a través de muchos cambios de fortuna y variedades de humor, te he contemplado hundirte cada vez más. Hace quince años, la idea de convertirte en un ladrón te hubiera sobresaltado. Hace tres años hubieras palidecido ante la posibilidad de que te llamaran asesino. Si existe algún delito, si existe alguna crueldad que ahora te repugne, dentro de cinco años tu repugnancia habrá desaparecido. Cada vez más hundido: sólo la muerte podrá detenerte en tu caída.

—No puedo negarlo —admitió Markheim—. Hasta cierto punto puedo decir que he cumplido con el mal. Pero así ocurre con todos: los mismos santos, en el simple ejercicio de vivir, van haciéndose menos delicados y se adaptan al tono de lo que les rodea.

—Te formularé una simple pregunta —dijo el otro—, y de acuerdo con tu respuesta te leeré tu horóscopo moral. Has ido transigiendo paulatinamente con el mal; es posible que tuvieras derecho a hacerlo; y, en cualquier caso, lo mismo les sucede a todos los hombres. Pero, aceptado esto, ¿hay algún aspecto particular del mal que te resulte más difícil de acomodar a tu conducta?

—¿Algún aspecto particular? —repitió Markheim, meditando unos instantes—. ¡No! —añadió con desesperación—. ¡Ninguno!

—Entonces —dijo el visitante—, conténtate con lo que eres, ya que nunca cambiarás; y las palabras de tu papel sobre este escenario están irrevocablemente escritas.

Markheim permaneció silencioso largo rato, y en realidad fue el visitante el primero en volver a hablar.

—Siendo así —dijo—, ¿te digo dónde está el dinero?

—¿Y el perdón? —gritó Markheim.

—¿Acaso no lo has intentado? —replicó el otro—. Hace dos o tres años, ¿no te vi sobre el estrado en asambleas religiosas, y no era tu voz la que más se oía al entonar los himnos?

—Es cierto —dijo Markheim—. Y ahora veo claramente cuál es mi obligación. Te agradezco las lecciones que acabas de darme; mis ojos están abiertos, y al fin me contemplo a mí mismo tal como soy.

En aquel momento, el agudo tintineo de la campanilla de la puerta resonó a través de la casa; y el visitante, como si la llamada fuera una señal que había estado esperando, cambió inmediatamente de actitud.

—¡La sirvienta! —gritó—. Ha regresado, tal como te había advertido, y ahora se abre ante ti un camino más difícil. Tienes que decirle que el dueño de la casa está enfermo; ábrele la puerta y ofrécele un semblante serio: nada de sonrisas… No te pases de la raya, y te prometo el éxito. Una vez que esté dentro y la puerta cerrada, actúa con la misma rapidez y destreza que utilizaste con el comerciante y te librarás del último peligro que se yergue delante de ti. Cuando hayas eliminado ese peligro, tendrás toda la tarde, toda la noche, si es necesario, para apoderarte de los tesoros de la casa y pensar en tu seguridad. Ésta es una ayuda que llega a ti con la máscara del peligro. ¡Ánimo! —gritó—. ¡Ánimo, amigo! Tu vida pende de un hilo. ¡Ánimo, y actúa!

Markheim miró fijamente a su consejero.

—Si estoy condenado a actos de maldad —dijo—, hay todavía una puerta abierta a la libertad: puedo renunciar a la acción. Si mi vida es equívoca, puedo renunciar a ella. Aunque sea presa fácil para toda tentación, puedo, mediante un gesto decisivo, ponerme fuera del alcance de todas ellas. Mi amor al bien está condenado a la esterilidad; pero a pesar de ello conservo mi odio al mal; y ese odio sabrá inspirarme la energía y el valor que ahora necesito.

Las facciones del visitante se animaron y suavizaron con una expresión de triunfo reflejando un portentoso cambio y, mientras se animaban, se hicieron borrosas y se difuminaron. Pero Markheim no se detuvo a contemplar o comprender la transformación. Abrió la puerta y descendió la escalera muy lentamente, entregado a sus pensamientos. Su pasado se presentó delante de él; lo contempló tal como era, feo y asfixiante como un sueño, una escena de derrota. La vida, tal como ahora la veía, había dejado de interesarle; pero en su extremo más lejano intuía la presencia de un puerto tranquilo para su barca.

Al llegar al pasillo, Markheim se detuvo y miró hacia el interior de la tienda, donde la vela continuaba ardiendo junto al muerto. Estaba extrañamente silenciosa. La campanilla de la puerta, repitiendo su impaciente clamor, rompió aquel silencio.

Markheim se enfrentó con la sirvienta en el umbral; en su rostro se dibujaba algo parecido a una sonrisa.

—Será mejor que vaya en busca de la policía —dijo—. He asesinado a su amo.


https://es.wikipedia.org/wiki/Robert_Louis_Stevenson

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Truman Capote: Una luz en la ventana


Truman Streckfus Persons (Nueva Orleans, 30 de septiembre de 1924-Los Ángeles, 25 de agosto de 1984), más conocido como Truman Capote, fue un literato y periodista estadounidense, autor conocido principalmente por su novela Breakfast at Tiffany’s y su novela-documento In Cold Blood (1966). Este relato pertenece al libro Música para camaleones (1980).


Una vez me invitaron a una boda; la novia sugirió que hiciera el viaje desde Nueva York con una pareja de invitados, el señor y la señora Roberts, a quienes no conocía. Era un frío día de abril, y en el viaje a Connecticut, los Roberts, un matrimonio de cuarenta y pocos años, parecieron bastante agradables; no el tipo de gente con los que uno quisiera pasar un largo fin de semana, pero tampoco tremendos.

No obstante, en la recepción nupcial se consumió gran cantidad de licor, y debo decir que mis conductores ingirieron la tercera parte de ello. Fueron los últimos en dejar la fiesta —aproximadamente, a las once de la noche—, y yo me sentía muy reacio a acompañarlos; sabía que estaban borrachos, pero no me di cuenta de lo mucho que lo estaban. Habríamos recorrido unas veinte millas, con el coche dando muchos virajes mientras el señor y la señora Roberts se insultaban mutuamente en un lenguaje de lo más extraordinario (efectivamente, parecía una escena sacada de ¿Quién teme a Virginia Wolf?), cuando míster Roberts, de modo muy comprensible, torció equivocadamente y se perdió en un oscuro camino comarcal. Seguí pidiéndoles, y terminé rogándoles que pararan el coche y me dejaran bajar, pero estaban tan absortos en sus invectivas que me ignoraron. Por fin, el coche paró por voluntad propia (temporalmente), al darse una bofetada contra el costado de un árbol. Aproveché la oportunidad para bajarme de un salto por la puerta trasera y entrar corriendo en el bosque. En seguida partió el condenado vehículo, dejándome solo en la helada oscuridad. Estoy convencido de que mis anfitriones no descubrieron mi ausencia; Dios sabe que yo no les eché de menos a ellos.

Pero no era un placer quedarse ahí, perdido en una fría noche de viento. Empecé a andar, con la esperanza de llegar a una carretera. Caminé durante media hora sin avistar casa alguna. Entonces, nada más salir del camino, vi una casita de madera con un porche y una ventana alumbrada por una lámpara. De puntillas, entré en el porche y me asomé a la ventana; una mujer mayor, de suave cabellera blanca y cara redonda y agradable, estaba sentada ante una chimenea leyendo un libro. Había un gato acurrucado en su regazo, y otros dormitaban a sus pies.

Llamé a la puerta y, cuando la abrió, dije mientras me castañeteaban los dientes:

—Siento molestarla, pero he tenido una especie de accidente; me pregunto si podría utilizar su teléfono para llamar a un taxi.

—¡Oh, vaya! —exclamó ella, sonriendo—. Me temo que no tenga teléfono. Soy demasiado pobre. Pero pase, por favor. —Y al franquear yo la puerta y entrar en la acogedora habitación, añadió—: ¡Válgame Dios! Está usted helado, muchacho. ¿Quiere que haga café? ¿Una taza de té? Tengo un poco de whisky que dejó mi marido; murió hace seis años.

Dije que un poco de whisky me vendría muy bien.

Mientras ella iba a buscarlo, me calenté las manos en el fuego y eché un vistazo a la habitación. Era un sitio alegre, ocupado por seis o siete gatos de especies callejeras y de diversos colores. Miré el título del libro que la señora Kelly —pues así se llamaba, como me enteré más tarde— estaba leyendo: era Emma, de Jane Austen, una de mis escritoras favoritas.

Cuando la señora Kelly volvió con un vaso con hielo y una polvorienta media botella de bourbon, dijo:

—Siéntese, siéntese. No disfruto de compañía a menudo. Claro que estoy con mis gatos. En cualquier caso, ¿se quedará a dormir? Tengo un precioso cuartito de huéspedes que está esperando a uno desde hace muchísimo tiempo. Por la mañana podrá usted caminar hasta la carretera y conseguir que lo lleven al pueblo, y allí encontrará un garaje donde le arreglen el coche. Está a unas cinco millas.

Me pregunté, en voz alta, cómo es que podía vivir de manera tan aislada, sin medio de transporte y sin teléfono; me dijo que su buen amigo, el cartero, se ocupaba de todo lo que ella necesitaba comprar.

—Albert. ¡Es realmente tan encantador y tan fiel! Pero se jubila el año que viene. No sé lo que haré después. Aunque algo se presentará. Quizá un nuevo y amable cartero. Dígame, ¿qué clase de accidente ha tenido usted exactamente?

Cuando le expliqué la verdad del caso, me respondió, indignada:

—Hizo usted exactamente lo que debía. Yo no pondría el pie en un coche con un hombre que hubiera olido una copa de jerez. Así es como perdí a mi marido. Casados durante cuarenta años, cuarenta felices años, y lo perdí porque un conductor borracho lo atropello. Si no fuera por mis gatos…

Acarició a una gata de color anaranjado que ronroneaba en su regazo.

Hablamos ante el fuego hasta que se me cansaron los ojos. Hablamos de Jane Austen («Ah, Jane. Mi tragedia es que he leído sus libros tan a menudo que me los sé de memoria») y de otros autores admirados: Thoreau, Willa Cather, Dickens, Lewis Carroll, Agatha Christie, Raymond Chandler, Hawthorne, Chejov, Maupassant. Era una mujer de mente sana y variada; la inteligencia iluminaba sus ojos de color de avellana, igual que la lamparita brillaba encima de la mesa, a su lado. Hablamos de los crudos inviernos de Connecticut, de políticos, de lugares lejanos («Nunca he estado en el extranjero, pero si alguna vez tengo oportunidad, África sería el lugar a donde iría. A veces he soñado con ella, las verdes colinas, el calor, las hermosas jirafas, los elefantes andando por ahí»), de religión («Me educaron como católica, por supuesto, pero ahora, casi siento decirlo, tengo una mentalidad abierta. Demasiadas lecturas, quizá»), de horticultura («Cultivo y conservo todos mis verduras; por necesidad»). Finalmente:

—Disculpe mi cháchara. No puede figurarse el gran placer que me proporciona. Pero ya pasa de su hora de acostarse. Y noto que es la mía.

Me acompañó al piso de arriba y, tras estar cómodamente instalado en una cama de matrimonio bajo un dichoso peso de bonitas colchas confeccionadas con trozos de desecho, volvió y me dio las buenas noches, deseándome felices sueños. Me quedé despierto, pensando en todo aquello. Qué experiencia tan extraordinaria: ser una vieja que vive sola y apartada, que un desconocido llame a la puerta en plena noche y no sólo abrirla, sino darle una cálida bienvenida, nacerle entrar y ofrecerle albergue. Si nuestra situación hubiera estado invertida, dudo que yo hubiera tenido valor para hacerlo, por no hablar de la generosidad.

A la mañana siguiente me dio de desayunar en la cocina. Café, gachas de avena con azúcar y leche condensada, pero me encontraba hambriento y me supo a gloria. La cocina estaba más sucia que el resto de la casa; el fogón, un traqueteante frigorífico, todo parecía al borde de la extinción. Todo salvo un objeto amplio y en cierta forma moderno, un congelador encajado en un rincón de la habitación.

Ella estaba con su cháchara:

—Adoro los pájaros. Me siento muy culpable por no echarles migas durante el invierno. Pero no puedo tenerlos alrededor de la casa. Por los gatos. ¿Le gustan a usted los gatos?

—Sí, una vez tuve una gata siamesa llamada Toma. Vivió doce años y viajamos juntos a todas partes. Por todo el mundo. Y cuando murió, no tuve corazón para buscarme otro.

—Entonces, quizás entienda usted esto —dijo, llevándome hacia el congelador y abriéndolo. En el interior no había sino gatos: montones de gatos congelados, perfectamente conservados, docenas de gatos. Aquello me produjo una extraña impresión—. Todos mis viejos amigos. Que se han ido a descansar. Es que, sencillamente, no podía soportar el hecho de perderlos. Completamente. -Se rió y añadió—: Supongo que pensará que estoy un poco loca. Un poco loca. Sí, un poco loca, pensaba yo al andar bajo el cielo gris en dirección a la carretera que ella me había indicado. Pero radiante: una lámpara en una ventana.


Extraído de Música para camaleones (Anagrama). Puede comprar el libro aquí.

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Giorgio Van Straten | Walter Benjamin: Una pesada maleta negra (Cataluña, 1940)

La vida de Walter Benjamin acaba el 26 de septiembre de 1940 en un pueblecito situado en la frontera entre Francia y España, Portbou. Y es él quien lo decide.

Resulta extraño pensar que uno de los intelectuales más importantes del siglo XX, un hombre de grandes países y grandes capitales, tenga que elegir, o mejor dicho sufrir su propio destino, en un lugar situado en la periferia de todo.

Cuando digo que es uno de los intelectuales más importantes del siglo XX sé que no exagero, y debería añadir aún otro adjetivo para definirlo: europeo. Porque si hubo un hombre que se considerara europeo, en aquellos años en que Europa no era más que una expresión geográfica, fue precisamente él, que se desplazó de una nación a otra empujado no solo por las circunstancias históricas y por la persecución de que era objeto por su condición de judío, sino también por sus intereses y su curiosidad.

Nacido en 1892 en Alemania, en Charlottenburg, tras la promulgación de las leyes de Núremberg se vio obligado a trasladarse a Francia, y París se convirtió en su segunda patria, el lugar de sus pasiones intelectuales, hasta el punto que una de sus obras fundamentales, aunque inacabada, Passages, está enteramente dedicada al París del siglo XIX.

Creo que Benjamin es una figura absolutamente excepcional, porque me resulta difícil encontrar otra persona que haya unido a la erudición enciclopédica, a la enorme afición por la acumulación de materiales e informaciones, al refinamiento que coincide a menudo con el hecho de ser un epígono —no el que encabeza una corriente sino el que le pone fin— una gran capacidad de innovar, de interpretar el mundo bajo una luz distinta, captando los elementos, aunque solo iniciales, de las transformaciones históricas que nos aguardaban. Por lo general el que revoluciona no se preocupa del estilo, sino solo de romper, destruir, inventar sin prestar demasiada atención al lenguaje.

Benjamin, en cambio, fue un revolucionario refinadísimo.

Fue el primero, por ejemplo, en comprender que la posibilidad de reproducir la obra de arte, de poder verla sin estar físicamente en el lugar donde se conserva, vaciaría a esa misma obra de arte de su aura, de ese conjunto de distancia, unicidad y maravilla que marcaba la superioridad del artista respecto al mundo.

¿Qué hacía ese intelectual refinado y creativo, tan profundamente urbanita, en aquel pequeño pueblo fronterizo? Y, sobre todo, para introducirnos en el tema de mi investigación, ¿cuál fue el libro que perdió Benjamin? Porque ya se habrá entendido que si le he seguido hasta aquí, en las estribaciones que de los Pirineos descienden hasta Cataluña, es para descubrir qué ocurrió con el texto mecanografiado que llevaba consigo en una pesada maleta negra de la que no quería separarse nunca.

Retrocedamos unos meses. Como ya he dicho, en 1933 Walter Benjamin se instaló en París con su hermana Dora. Pero en mayo de 1940, tras un período de absoluta inmovilidad del frente entre Francia y Alemania, las tropas alemanas invadieron los territorios de dos países neutrales —Bélgica y Holanda— y penetraron en territorio enemigo sin hallar resistencia, precisamente porque nadie se esperaba un ataque por aquel flanco. Entraron en París el 14 de junio de 1940 y el día antes, tan solo el día antes, Benjamin decidió abandonar aquella ciudad tan querida pero que se estaba convirtiendo para él en una trampa.

Antes de hacerlo, entregó a Georges Bataille, un intelectual como él, con un espíritu interesado y curioso, las fotocopias —digamos ur-fotocopias, fruto de los primeros intentos de reproducir fotográficamente los documentos— de su gran obra inconclusa sobre París, los Passages. Este hecho tiene importancia porque, aunque la maleta citada hubiese contenido el original de aquel trabajo, la certeza de que otra persona conservaba una copia difícilmente justificaría el apego morboso a aquella bolsa negra.

Cuando Benjamin huyó de París, tenía intención de dirigirse a Marsella y desde allí, provisto del permiso de emigración a Estados Unidos que sus amigos Theodor Adorno y Max Horkheimer le habían conseguido, llegar a Portugal y embarcar hacia América.

Walter Benjamin no era un hombre anciano, solo tenía cuarenta y ocho años, aunque entonces pesaban más que ahora. Pero era un hombre cansado y enfermo —los amigos le llamaban el viejo Benj, padecía asma y había tenido un infarto—, incapaz desde siempre de la más mínima actividad física y acostumbrado a pasar el tiempo leyendo o en conversaciones cultas. Cada traslado, cada esfuerzo físico representaban para él un trauma, aunque sus circunstancias personales le habían obligado a cambiar de dirección más de veintiocho veces. Y además era incapaz de enfrentarse a la cotidianidad de la existencia, al prosaísmo de la vida.

Hannah Arendt repitió a propósito de Benjamin lo que Jacques Rivière había dicho de Marcel Proust:

Ha muerto de la misma inexperiencia que le ha permitido escribir su obra. Ha muerto por ser extraño al mundo y por no saber cómo se enciende el fuego, cómo se abre una ventana.

Y luego añadió una nota propia:

Su falta de destreza le llevaba inevitablemente al encuentro con la mala suerte.

Y ese hombre inútil para las cosas de la vida diaria se veía obligado a trasladarse en plena guerra, en un país a la desbandada, en medio de una terrible confusión.

En cualquier caso, y milagrosamente, tras largas paradas forzosas y etapas recorridas con extrema dificultad, Benjamin consiguió llegar a Marsella a finales de agosto, a una ciudad que en aquel momento era la encrucijada de miles de prófugos y personas desesperadas que pretendían huir del destino que les perseguía. Y para sobrevivir, para poder salir de aquella ciudad, había que poseer documentos y más documentos: en primer lugar, el permiso de residencia en Francia, luego los visados para abandonar el país, para atravesar España y Portugal y, finalmente, el de entrada en Estados Unidos. Benjamin fue presa del desánimo.

Por otra parte, volviendo a la frase de Hannah Arendt sobre la mala suerte, Benjamin siempre había estado convencido de que le acechaba el infortunio, de que le perseguía el hombrecillo jorobado que en las canciones infantiles alemanas es la personificación del gafe. Y en su vida ya le había golpeado en muchas ocasiones la mala suerte: desde el fracaso en la oposición a cátedra en Alemania, donde había presentado una obra, El origen del drama barroco alemán, que nadie entendió, hasta el hecho de que para escapar de los bombardeos que le aterrorizaban huyera a la banlieue parisina y acabara en un pueblecito que fue el primero en ser destruido porque era un importante nudo ferroviario (y él obviamente no lo sabía).

En Marsella consiguió solucionar algunas cosas. Entregó a Hannah Arendt el texto de sus tesis Sobre el concepto de historia para que lo llevase a sus amigos Horkheimer y Adorno (por tanto, tampoco podía ser este el contenido de la maleta negra) y retiró el visado para Estados Unidos; pero le faltaba un documento fundamental: el permiso para salir de Francia, que no podía pedir en la comisaría porque se denunciaría automáticamente como apátrida y sería entregado de inmediato a la Gestapo.

No le quedaba más que una posibilidad: pasar a España clandestinamente a través de la ruta Líster, por el nombre del comandante de las tropas republicanas españolas que desde allí, recorriéndola en sentido inverso, había conseguido poner a salvo a una parte de sus brigadas al final de la guerra civil.

Fue una sugerencia de un viejo amigo que Benjamin encontró en Marsella: Hans Fittko. Su mujer Lisa, que estaba en Port Vendres, cerca de la frontera con España, se encargaba de pasar al otro lado a quienes se hallaban en su misma situación. Así que Benjamin emprendió la marcha, junto con una fotógrafa, Henny Gurland, y su hijo Joseph de dieciséis años: un grupo poco homogéneo y sin preparación alguna.

Llegaron a Port Vendres el 24 de septiembre. Y aquel mismo día, guiados por Lisa Fittko, recorrieron una primera parte del trayecto a modo de prueba. Pero cuando llegó el momento de regresar, Benjamin decidió no acompañarles. Les esperaría allí hasta la mañana siguiente, para reanudar juntos el camino: estaba muy cansado y prefería salir de allí al día siguiente para ahorrarse un poco de cansancio. «Allí» era un pinar. Destrozado físicamente y desmoralizado, Benjamin se quedó solo, y cuesta imaginar cómo pasaría aquella noche: si presa de sus inquietudes o cautivado por aquel silencio, por el cielo estrellado de un septiembre mediterráneo tan distinto del frío de un otoño alemán.

Poco después del amanecer, llegaron sus compañeros de viaje. El camino formaba una pendiente cada vez más pronunciada, a veces era casi imposible distinguirlo entre las rocas y los barrancos. Benjamin sentía cómo aumentaba el cansancio e ideó un sistema para resistir: caminar durante diez minutos y descansar uno, de forma regular, con la precisión de su reloj de bolsillo. Diez minutos de marcha y un minuto de reposo. Cuando el sendero se hizo más empinado, las dos mujeres y el muchacho tuvieron que ayudarle, porque él solo no podía con la maleta negra que se negaba a abandonar, afirmando que era más importante que llegase a América el manuscrito que había dentro que él mismo.

El cansancio fue extremo y el pequeño grupo a punto estuvo de rendirse, pero al final llegaron a la cresta y desde allí apareció el mar, inundado de luz, y un poco más allá el pueblecito de Portbou: lo habían conseguido.

Lisa Fittko se despidió de Benjamin, Henny Gurland y su hijo, y emprendió el camino de regreso. Los tres prosiguieron la marcha hacia el pueblo y se dirigieron al puesto de policía, convencidos de que, como había ocurrido a todos los que les habían precedido, obtendrían de la policía española el permiso para continuar el viaje. Pero las órdenes habían cambiado justamente el día antes: la persona que entraba ilegalmente era devuelta a Francia. Para Benjamin esto significaba ser entregado a los alemanes. La única concesión que obtuvieron, teniendo en cuenta el cansancio y la hora tardía, fue pasar la noche en Portbou: pudieron alojarse en el Hotel Franca, Benjamin en la habitación número 3. Se aplazó la expulsión hasta el día siguiente.

Pero el día siguiente no llegó nunca para Walter Benjamin: se mató durante la noche con las treinta y una pastillas de morfina que llevaba consigo por si reaparecían los problemas de corazón.

Aquella noche tal vez pensó que el hombrecillo jorobado que parecía perseguirle desde siempre había vuelto para atraparlo definitivamente. SÍ hubiesen llegado el día antes, nadie habría puesto objeciones a su deseo de proseguir el viaje hacia Portugal; si, en cambio, hubiesen pospuesto el paso hasta el día siguiente, habrían tenido tiempo de enterarse de que las reglas habían cambiado. Habrían tenido la posibilidad de estudiar soluciones alternativas, y desde luego no se hubieran entregado a la policía española. Solo había un intervalo de tiempo que podía llevarles a la peor situación posible. Y precisamente ese fue el que les correspondió. La mala suerte había vencido y Walter Benjamin se rindió.

Durante muchos años no se supo nada más de él: cualquier rastro del intento de fuga parecía haberse perdido. Ni siquiera los muchos estudiosos de su obra que en los años setenta —cuando finalmente se reconoció todo el valor de su trabajo— fueron a Portbou, estimulados por los recuerdos de Lisa Fittko, que explicaba a todo el mundo que había sido ella la que había llevado a aquel hombre a España, consiguieron encontrar nada. Ni la maleta negra, ni la tumba. Parecía que a Walter Benjamin se lo había tragado la tierra.

Aún hoy, entre ese cúmulo de informaciones, a veces falsas, que es Internet, hay quien sigue dando crédito a esta versión de los hechos. De la maleta y de su contenido nunca se supo nada más.

Por suerte, además de Internet tengo amigos. Uno de estos, Bruno Arpaia, escribió hace unos años una buena novela sobre la historia de Walter Benjamin, que se llama L’angelo della storia. Y es él quien me explica cómo ocurrieron realmente las cosas. Porque es cierto que durante muchos años nadie logró encontrar ningún rastro de la presencia de Benjamin en Portbou, pero luego se aclaró el misterio: los españoles creyeron que Benjamin era el nombre, puesto que como tal existe en español aunque con una pronunciación distinta, y Walter el apellido, de modo que registraron en los archivos municipales y luego depositaron en el tribunal de Figueres todos los documentos relacionados con el pensador en la letra W.

Se descubrió entonces que había sido enterrado en el cementerio católico y trasladado tiempo después a la fosa común, y que todas sus propiedades habían sido registradas con bastante precisión y, en parte, conservadas: una maleta de piel (sin especificar el color), un reloj de oro, una pipa, un pasaporte expedido por las autoridades estadounidenses de Marsella, seis fotografías de carnet, una radiografía, unas gafas, algunas revistas, cartas, unos papeles, un poco de dinero. No se habla de textos mecanografiados ni de manuscritos, aunque ¿qué querrá decir «unos papeles»?

Y, sobre todo, ¿qué era eso tan valioso que Benjamin llevaba consigo, qué texto que no fueran los Passages entregados a Georges Bataille o las tesis Sobre el concepto de historia confiadas a Hannah Arendt?

Nadie tiene una respuesta a esta pregunta, ni siquiera Bruno Arpaia que en su novela, en la ficción literaria, confía esas hojas a un joven partisano español con la promesa de que las pondrá a salvo, pero durante la noche, en los montes, presa del frío y de la desesperación, las utiliza para encender un fuego y salvar su vida.

El fuego, como ya he observado antes, aparece en muchos de los libros perdidos, porque, como es notorio, el papel arde fácilmente. Pero en nuestro caso real, en un pueblecito cercano a la frontera entre Francia y España, en la habitación número 3 de la modesta pensión de un pequeño pueblo, parece que no se encendieron fuegos.

Hay quien cree que la bolsa negra no contuvo nunca ningún manuscrito. Ahora bien, ¿qué motivo podía tener Benjamin para mentir a sus compañeros de infortunio, y para fatigarse hasta la extenuación trasladando aquella maleta si solo contenía cuatro efectos personales? Estoy convencido de que algo había en aquella bolsa. Tal vez las notas para continuar su trabajo sobre los Passages, tal vez una versión corregida del ensayo sobre Baudelaire. O quizás otra obra, la que nos falta y no sabemos ni siquiera si existió.

No, Bruno Arpaia no tiene la respuesta, pero al final de nuestra conversación me regala otra historia, porque Portbou sabe mucho de páginas perdidas.

Poco más de un año antes de que llegase Benjamin, entre las tropas en retirada de la república española —medio millón de personas que huyendo de las bombas de los aviones italianos y alemanes intentaban pasar la frontera en sentido inverso al de los prófugos que huían de Francia— se encontraba Antonio Machado, el gran poeta español, él sí realmente anciano. Y también Machado llevaba una maleta que contenía muchas poesías y que tuvo que abandonar en Portbou para conseguir expatriarse a Francia, a Colliure, donde murió pocos días después.

¿Dónde están aquellas poesías, tan comprometedoras entonces porque habían sido escritas por un poeta enemigo del régimen franquista? ¿Dónde están las páginas que Benjamin conservaba tan celosamente? ¿Todo destruido, todo perdido?

Tal vez en un armario o en un viejo baúl abandonado en el desván de una casa de Portbou se encuentran las hojas amarillentas y olvidadas: las poesías del anciano poeta derrotado y las notas del intelectual europeo precozmente envejecido conservadas juntas, ignoradas incluso por el propietario de ese armario o de ese baúl.

¿Es esperar demasiado que alguien, antes o después —por casualidad, erudición o pasión— encuentre sus páginas y nos permita finalmente leerlas?


Fragmento del libro Historia de los libros perdidos por Giorgio Van Straten (Editorial Pasado y Presente, 2016).

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Arte y cultura Ensayo Narrativa Opinión

Dos caminos, pero solo un campeón. Bayern Múnich vs Paris Saint Germain en Lisboa

¿Es, como dice la canción de Revólver,
otra historia como tantas
de amor y de mala suerte,
y de un destino traidor?

Juan Villoro, a lo mejor citando a alguien de cuyo nombre de puedo acordarme, dice que el partido perfecto es aquel que termina sin goles, ya que no se cometió ningún error y es en esa disputa en donde podemos apreciar más que nunca el sentido táctico de la estrategia futbolística: dejemos por un lado el ballet de los artistas flotando sobre el terreno de juego, dejemos también por un lado ese genio desequilibrante que con una finta inesperada logra abrir el partido y dejar sentados a un par de defensas, dejemos entonces que el juego de mesa tome protagonismo y solo queden dos pensadores / intelectuales del deporte haciendo su trabajo, moviendo cada piececita con mucho cuidado, con el temor de arruinar la trayectoria del club, con el temor de arruinar la carrera de alguna futura promesa a despegar / la carrera de aquel que quiera posicionarse en la élite de élites, el Olimpo consagrado / su misma carrera después de todo, la del DT, tantas veces tan odiado, tan amado, tan ignorado. Cuántas veces ellos mismos, el DT (masculino o femenino), se ha condenado diciendo que si el equipo gana es gracias a los jugadores, pero si pierde es completa responsabilidad suya, ¿es esto una de las grandes injusticias de la vida cuando deja el alma para procurar darle una buena dinámica a su equipo y un equilibrio desenfrenado al autoestima de sus jugadores, por no decir el sudor, la voz y algunas veces las lágrimas en su línea técnica a un costado del campo? El DT es un león enjaulado que, cuando las cosas van mal, ve cómo sin piedad un ente diabólico arremete contra sus muchachos y él no puede hacer nada, solo ver impotente, gritar que ya es suficiente, gritar que reaccionen sin que lo escuchen porque “hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé…!”, a lo mejor, con suerte, realiza un par de cambios de jugadores esperando que ese hábil movimiento sea la solución de la paliza, pero otras tantas, en realidad las de más cuando el destino ya está escrito, para su perjuicio solamente realizó un cambio de víctima para continuar el martirio. Y, cuando las cosas van bien, la gloria de la batalla bien librada y bien ganada se la lleva el que anotó los goles, el cancerbero que impidió la sentencia de sus compañeros, el defensa que salvó en extremis o algún mediocampista que tomó la batuta del que dirige la orquesta que en los diarios se expondrán al siguiente día como el espectáculo estelar bien conjugado “del equipo / de los jugadores”; el DT si mucho será felicitado por sus mismos muchachos a la hora de ganar una copa y entonces, ahí sí, será alzado hacia el cielo como en ofrenda a los dioses pero, realmente, cuántos pueden lograr tal hazaña, cuántos son víctimas de los resultados y no de su ingenio táctico y entonces, de la forma más cruel les queda despedirse por la puerta de atrás o, si aún quedan fuerzas y orgullo para levantar la cara, mirarlos a los ojos y pronunciar unas palabras, dice un chau, hasta luego, hice que lo pude jóvenes, espero verlos en otra oportunidad.

Así se dio la final de la Champions League de este extraño y horroroso 2020 (temporada 2019-2020), con sendas curiosidades y, quizás, hasta acaboses del DT perdedor: Thomas Tuchel que entrena al París Saint Germain desde 2018 y Hans-Dieter Flick que dirige al Bayern Múnich desde finales del 2019, después de posicionarse como técnico interino tras el despido de Niko Kovac.

Tuchel llega para cumplir con la ansiada obsesión del magnate petrodolariano Nasser Al-Khelaïfi (una de las 100 personas más ricas del mundo) y del Qatar Sports Investmentpor ganar la Champions, pues en su torneo doméstico básicamente todo ya lo tiene ganado desde el papel, teniendo en cuenta una inversión de alrededor de ochocientos ochentaicuatro y piquito millones de euros en fichajes de mega-ultra estrellas del Deporte Rey entre 2011 y 2017 (sin contar las “pequeñas” contrataciones), lo que se estima que rondaría por los mil doscientos millones de euros. Sin embargo, por suerte el dinero no lo es todo, ¡ni siquiera en el futbol como piensan algunos ilusos!, Thomas en su primer año cayó contra el Manchester United en octavos de final con la azarosa y traicionera (siempre y cuando no esté de tu lado, claro) regla del gol de visitante, pero finalmente en su segundo año en el equipo de la Ciudad de las Luces logró dar un paso más en la orden qatarí llegando a la final del torneo de clubes más importante de Europa, pero todos sabemos que los jefes millonarios quieren los objetivos cumplidos sí o sí, por lo que no estamos aún seguros si la cabeza de Tuchel será perdonada por llegar al casi casi o si esos casi casi son insuficientes: “nos hemos dejado el alma en el terreno de juego. Es lo que se puede esperar en una final. No se puede controlar el resultado”, dijo más tarde el Thomas.

Si por un lado tenemos seguramente al PSG como el equipo europeo más despilfarrador de todos, por el otro lado está el Bayern Múnich que se jacta de ser el mejor equipo (o al menos uno de los mejores) en conservar un estado financiero estable, y de una forma u otra bien podría decirse que esta idiosincrasia se vio reflejada esta temporada con los resultados obtenidos tras convertirse en el segundo equipo europeo en lograr dos tripletes, lo que significa ganar la liga y la copa local (o doméstica, como les gusta decir a los comentaristas) y la escurridiza Champions League. En este privilegio de luminarias europeas solamente lo acompaña el FC Barcelona, quien esta temporada fue su víctima en los cuartos de final, atacándola a la yugular sin piedad alguna y sin chance de reacción.

Dos formas muy distintas de ver y planear un equipo de futbol, pero en busca del mismo objetivo.

Entonces, volviendo al partido, este estaba cerradísimo, un juego de ajedrez puro en donde el PSG se había acercado un par de veces de forma peligrosa al arco alemán pero, o pecaron de ilusos al no tirar a matar o la muralla de Manuel Neuer fue implacable, lo cual inevitablemente nos hace preguntarnos si a la hora de estar frente al marco en un mano contra mano y la jugada no acaba en gol, ¿el acierto es del portero o el error es del delantero? El PSG apostaba por el buen toque y la velocidad de Neymar, Mbappé y di María, y el Bayern por la templanza. El medio tiempo acabó con dos jugadas de peligro para cada quien y cada cual, y Jérome Boateng lesionado para dolor de cabeza del equipo bávaro. De esta forma, en el minuto 59del segundo tiempo, el equilibrio del tablero de las piezas bien colocadas se rompe cuando de Joshua Kimmich envía un centro y Kingsley Coman se encuentra más solo que un grito en el desierto, sin marca alguna, incluso sin aparecer sorpresivamente viniendo desde atrás, solamente ahí se encontraba, esperando un bombón que terminó siendo la pelota enviada “a la cocina” y zas, Keylor Navas nada pudo hacer porque el disparo de cabeza fue certero, a contramano y picando, tal y como lo mandan los manuales de futbol en el arte del cabeceo. Y así el partido fue todo para los alemanes, teniendo la posesión lejos de Neuer, con excepción de un susto que no llegó a más y sin el mejor día de las estrellas millonarias del PSG. Me imagino que, con el último pitido del señor árbitro, los qataríes suspiraron desde lo más hondo del pecho y menearon la cabeza de izquierda a derecha viendo pasar camionadas de euros y pensando, en la clásica frase que dicta que estuvo tan cerca y tan lejos, adiós amor mío / no sé si volveré… porque después de todo siempre son los alemanes los que terminan ganando porque no los liquidaste cuando pudiste. El PSG logró derrotar a sus fantasmas yendo a una final de Champions, pero Bayern le cobró derecho de piso: “Tenía la impresión de que el que lograra el primer gol iba a decidir la final”, sentenció el técnico del equipo francés.

Al final de cuentas este encuentro nos deja seis puntos interesantes:

  1. Y es que hiciste de todo para quedarte con la novia: salieron a cenar, fuiste un caballero, la trataste lo mejor que pudiste pero siempre no, gracias. Este fue el caso de Neymar Jr., el encargado de la odiosa frase que indica que debe “echarse el equipo al hombro”, sí, pero con 222 millones de euros cargando en la espalda, el fichaje más caro en la historia, el titán andando con una responsabilidad millonaria que representa esperanza y alegría. Asimismo, Kylian Mbappé, sopesando 145 millones de euros en sus zapatos, el segundo fichaje más caro en la historia, solamente le sirvieron para enviarle un tibio regalito al guardameta alemán. Y así fue, estuvieron tan lejos de lo que se esperaba de ambos…
  2. Una cosa nos lleva a la otra, no todo es dinero en esta vida porque una inversión de 367 no fue suficiente para llevar la Orejona a París, pero nos queda rondando una curiosa duda en el ambiente que se mastica en las salas de prensa, los periódicos, noticieros, mesas redondas de análisis deportivos: ¿es cierto que existe el hecho de la alcurnia / la casta en el futbol? Es decir que no solo se necesita abundante talento y una gruesa chequera sino también prestigio histórico de ciertos equipos para ganar las grandes finales, más si enfrente tuyo se encuentra un monstruo del futbol mundial, cosa que parece indicarnos por qué el Atlético de Madrid no pudo en dos ocasiones frente al odiado Real Madrid, el Tottenham frente al Liverpool al grito de guerra de “you never walk alone”, el Borussia Dortmund frente al mismo Bayern Múnich por mencionar algunos casos de los últimos diez años porque la misma historia puede observarse desde los octavos de final de cualquier gran campeonato.
  3. La inexorable ley del ex: un orgullo herido es la peor arma en la vida y en el futbol, asunto que hemos podido presenciar en una infinidad de casos y la final del domingo 23 de agosto no fue la excepción: Kingsley Coman, el verdugo del PSG, dio sus primeros pasos desde las fuerzas básicas e incluso hasta el debut en el club francés un febrero del 2013 con tan solo 16 años, y zas, vacunados.
  4. El Bayern se convirtió en el primer equipo en ganar la Champions con la perfección de victorias en todos sus encuentros, recordando que a partir de octavos de final solo se jugó a un partido, lo que no le impidió anotar en 43 ocasiones en 11 partidos.
  5. Flick ganó la Champions 2019-2020 en su primera temporada, ingresando al selecto grupo junto con Zidedine Zidane (2016) y Miguel Muñoz (1960) con el Real Madrid, Tony Barton (1982) con el Aston Villa en aquellos lejanos años de equidad económica y por lo tanto equidad en cuanto al poderío de cada club, Pep Guardiola (2009) y Luis Enrique (2015) del FC Barcelona; y si no estoy mal también se convirtió en el tercer entrenador en conseguir un triplete en su primera temporada junto con los ya mencionados Guardiola y Luis Enrique. Hazañas distinguidas para situaciones distinguidas en un año distinguido.
  6. En el Estádio da Luz en Lisboa no entró ningún aficionado por las medidas de seguridad impuestas por la FIFA, por lo que hubo una extraña combinación de profesionalismo y la sed de alentar cual hincha a su equipo por parte de los jugadores del Bayern con gran aliente y del PSG en menor medida, y así el único murmullo que nos rememora al ambiente de un estadio repleto fue gracias que no se olvidaron del primigenio amor al futbol, del jugador número doce, el grito de fuerza que acompaña a los once elegidos por un equipo y once por el otro para representar a la tribu.

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Glosolalia articulada Narrativa

Nietzsche es un excéntrico alienígena, sobre la segunda temporada de Umbrella Academy.

Sobrecompensando un personaje que desperdiciaron la temporada pasada, aquél misántropo y millonario excéntrico cuyos rasgos eruditos y moral de superhombres huele demasiado a la ética nietzscheana así como la erudición, filología, pasión por la música y el look de un pensador del siglo XIX. El personaje ausente que fungió como omnipresente regresó a ser la vértebra de la “historia” para la segunda temporada.

 Antes de hablar de un filósofo alienígena habrá que recorrer lo que fue la temporada dos y colocar a los personajes en lo que se trató de una odisea de encontrar al padre, o bien, de cómo ser amado por un padre psicópata.

*

Aún no hay una verdadera explicación el por qué de los paraguas; la obsesión de este millonario que quiere hacer su escuela x-men; ¿son mutantes, superhéroes, extraterrestres?; ¿cómo sucedió el embarazo de estas mujeres?; si se llevaban tan mal porqué, de repente, se amaron incondicionalmente —y—, la pregunta más importante de todas: ¿la relación de Allison y Luther es incesto?

Para la segunda temporada la lógica interna y algunas consistencias se vieron muy flojas, Vanya destruyó el mundo y, con un golpe de amnesia logró ser una ¿mutante? súper-poderosa, el papá psicópata resultó ser un alienígena a pesar de que en la primera temporada le hicieron una autopsia y, los viajes en el tiempo actúan sin consecuencia alguna hasta el último cliffhanger que se sintió vacío en trama pero conveniente para los bolsillos de la cadena.     

No creo que nada de esto realmente importe, la serie se enfocó desde un inicio en ser una suerte de diversión medio pueril y psicodélica sin mucha congruencia y, en la segunda temporada hay un hombre pescado que fuma adentro de su pecera. Parece cumplir.

Y sí, se ve un poco floja, a veces se pasa lento, Klaus sigue siendo el personaje cómico que engancha a la audiencia para soportar a los demás y cinco sigue siendo un pobre niño sobre-actuado con grandes momentos que prometían un increíble personaje que queda corto.

El guión fue predecible y apeló a ciertos clichés: hay un capítulo que hace un homenaje (¿o plagio?) a Snatch de Guy Ritchie con el mismo soundtrack, (golden brown, The Stranglers), los escenarios son estereotípicos, la comedia apunta a chistes de Luther echándose un pedo en el elevador, por último: el viaje en el tiempo se convierte en una mera excusa para que estos vástagos puedan emprender una odisea para conocer a su padre antes de ser aquel excéntrico demente que los adoptó, más bien los secuestro.

En un flashback muestran el funeral de Ben cuando todos eran pequeños. Aquella figura paterna les dice que como son superhombres deben adecuarse a una moral de éstos y los condena como cómplices de su muerte. Esto se contrasta con su peor momento en la primera temporada que es cuando se revela que mandó a Luther a vivir a la luna sin motivo alguno.

Esta ética de superioridad en lo que todo tiene un fin ulterior, en el que no existe lastima, empatía sino una autonomía del sujeto como responsabilidad impoluta, en la que se deja de creer en el perdón divino o que se quiere evitar necesitar el perdón divino, es aquella ética que Reginald Hargrevees les enseña a sus hijos y, encima de ello, son hijos superdotados así que el concepto del superhombre es tanto metafórico como literal para estos siete bastardos, claro que el experimento de este Nietzsche contemporáneo fracasó.

Aquí es donde cobra cierta paradoja la actitud de los personajes: en efecto son superhombres y cada uno de ellos está roto por dentro, sean inseguridades, adicciones, complejos de grandeza o, simple y llanamente, maniáticos. Estos “héroes” en lugar de tener un enemigo tienen complejos freudianos buscando el amor incondicional de una figura paterna que los desprecia y simplemente los utiliza porque tiene un delirio de que quiere —y puede— salvar a la humanidad; aunque parece odiarla.

La serie funciona como sátira, más como una parodia, al género de superhéroes como Avengers o La liga de la justicia. La idea es poner a siete “superhéroes” sin un universo cinematográfico y que sean unos inútiles; el papá quien fungiría como aquél creador del grupo resulta indiferente ante las necesidades humanas y sobretodo pedagógicas hasta que se explica que simplemente no le importa porque no es humano (también cabría la explicación con el miso Nietzsche). Ellos no pueden ser la liga de la justicia o los vengadores porque ni siquiera tienen un enemigo con el cual combatir, solo son unos hermanos medio idiotas que se meten en problemas, y al tener poderes, estos problemas escalan al Apocalipsis.

Si se hubiera enfocado sólo en satirizar el género, creo que sí tendría críticas por el sinsentido y las conveniencias del guión, Watchment es un buen ejemplo de cómo hacer una sátira al mismo género, convirtiendo a Superman en un extraterrestre indiferente (Dr. Manhattan), al capitán América en un sádico (The Comedian), a Batman en un detective neurótico e indigente (Rorschach). No se trata de ello, se trata de una caricaturización y parodia del género con soundtrack de los backstreet boys, personajes edípicos, trastornos que ocupan el rango completo, desde grandeza hasta depresión. Por último,  mi concepto favorito de esta serie: no son super-héroes, algunos (como Diego y Luther) tienen el complejo, pero son humanos normales que nacieron maldecidos por tener esas habilidades y al maniático Reginald rondando por el mundo buscándolos. Son torpes, sin un coeficiente intelectual envidiable, escasos de táctica, sin equipo, uniforme o disciplina, y, lo más importante, son un experimento fallido. Por el mismo propósito de querer hacer a sus superhombres lo que creó, fueron adultos disfuncionales.

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Narrativa

Meryvid Pérez: Veranos

Ya no sé de la infancia más que un miedo luminoso y una mano que me arrastra a mi otra orilla.

Alejandra Pizarnik

Tengo una caja de ratán trenzado que robé de los objetos que los anteriores inquilinos olvidaron. La vi en la cúspide de un cerro de artefactos religiosos que yacía sobre una coqueta de espejo opaco, en la que mi reflejo fue testigo del inevitable regreso de una práctica de mi infancia. ──Cuando robes algo guárdalo en tu calzón── me aconsejó Susana durante algún recreo escolar. 

Desde que esa táctica me fue revelada, guardé día a día, por lo menos tres chicles pertenecientes a la tienda de una anciana descuidada. Era una ocupación que realicé con maestría y empeño, pero cuando aparecieron caries en mis molares decidí no hacerlo más. Fue una decisión contundente. No hubiera imaginado, que veinte años después, aparecería nuevamente la sensación imperiosa de tener algo que no es mío y la oportunidad de poderlo tomar. Fingir ante el casero la ausencia de ansiedad y nervios de regresar a una manía mal vista, pactó en mi relación con el objeto robado una sensación de complicidad.    

Durante el último año me he vuelto recolectora de recipientes en los que guardo cosas verdaderamente irrelevantes, pero debido al valor que adjudiqué a la caja de ratán, decidí guardar en ella a los que considero mis mejores tesoros: decenas de fotografías rotas y manchadas por el mal cuidado que mis manos de niña les dieron en las mudanzas que viví. Los delgados cruces de la caja acogieron a las imágenes como ningún álbum lo hizo antes. Para acudir a los recuerdos de manera fácil, se me ocurrió diseccionar las fotos en diferentes apartados que marqué con fechas de períodos importantes. Estos, a su vez, tenían divisiones con tarjetas en las que exploré mi escritura creativa. Lo acomodé todo en un orden cronológico. Aquí una muestra de mi labor compiladora.

Allá donde pronto somos niños / y tenemos casa / y en donde las ciudades son fotografías. […] / Allá resides tú, donde reside la memoria.

Elena Garro

I

 (1998-2006)

Tardes amarillas

Durante el mes de abril las grosellas caían por sí solas. Cuando se juntaban al pie del árbol, corríamos descalzas a recogerlas. Utilizábamos de cesto la blusa que lleváramos puesta. Una hoja era lugar para la sal y la piedra grande del patio suficiente mesa. En ella cabíamos tú, yo, alguna vecina invitada y nuestras muñecas. En ella se nos iba la tarde comiendo lo que nos daba el árbol. Hoy tu nombre es el color de la fruta y el gesto amargo de escupir semillas.

Aquarium

Los zapatos de charol rojo pringados de lodo, convierten mis pies en dos grandes catarinas. Mientras las catarinas hacen fiesta en los charcos, la lluvia corre por las tejas, crepita sobre el suelo y se adueña de las calles rotas. No muy lejos, entre el barullo del agua, se escucha el sapo que canta en el monte. 

Recreo en el jardín 

──La lluvia trae peces. ─Declara alguien detrás de una reja de escuela. Entre los barrotes negros, tres dedos pequeños señalan a la calle y cuentan el número de peces que las nubes soltaron. Esta tarde el papel será un barco.  

San Francisco 

Extraño mis días con los pájaros del parque. Eran un grupo de zorzales que presentaba un recital por mes. En las tardes, sobre alguna rama del roble más viejo, cantábamos toda canción ya inventada. Teníamos como lema: “ardua lejanía al polen del ciprés”, lo declarábamos en cada ensayo y hacíamos gárgaras de vinagre dulce con dos hojas de laurel. Fueron los días más felices, hasta que un día derribaron al roble y jamás los volví a ver.

Animal de agua

Te pusiste cinta adhesiva en los dedos para simular escamas. Con engrudo y periódico me hiciste la estrella que decoramos con piedras turquesa y pintura dorada. No podía creer que fueses marino y pedí que lo comprobaras. Frente al mar, vi el momento en el que te salió una cola y te fuiste. Quise ser como tú para nadar con aletas. En cada cumpleaños deseé ser animal de agua y nadar al fondo para ir a buscarte.

Isidoro

Del día que Casiopea llegó recuerdo los estragos de un huracán y el frío. Jugaba en el patio a recoger las pequeñas ramas de los árboles que el huracán tiró en su paso. La radio repetía las medidas de seguridad que yo identificaba con colores. Cuando mi canasta estuvo casi llena, sentí el golpe frío del caparazón en mi piel. Apenas la vi le puse un nombre. Casiopea.  Lucía flaca y fatigada de transitar entre las corrientes de agua sucia del pueblo. No dudé en meterla a casa para mostrársela a mamá. Ella la puso en un traste con agua. Esa noche le pedí a mi nueva amiga que me mostrara el futuro. 

Herencias

De niña cambié muchas veces de casa, eso me hacía sentir igual que un crustáceo. Me gustaba pensar que cada una de ellas era una concha nueva a la que mi cuerpo debía adaptarse porque había crecido. Mientras mis padres vaciaban cajas y acomodaban muebles, me gustaba explorar los espacios en busca de objetos olvidados y rastros de la vida anterior. Mi mudanza favorita fue cuando llegamos a un lugar en donde, se decía, había muerto un niño que tocaba instrumentos de forma magistral. En una de mis tantas exploraciones cotidianas encontré una armónica que seguramente le perteneció a él. Aún recuerdo el latón brillando bajo el sol y la promesa que hice de aprenderla a tocar. Cuando supe lo suficiente, improvisé algunas melodías que ofrecí al eco que habitaba mi casa de nácar. 


Meryvid Pérez (Mérida, Yucatán 1998) es estudiante de la Licenciatura en Literatura Latinoamericana por Universidad Autónoma de Yucatán. Estudió creación literaria en el Centro Estatal de Bellas Artes. Ha publicado textos en las revistas Efecto Antabus, Penumbria y Bítacora de vuelos. 

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Narrativa

Noe Vásquez Reyna: dos cuentos


Lluvia y ceniza 

En los diarios españoles también se reportó la noticia. Después de la necesaria ubicación de la tragedia, se decía que en la aldea El Rodeo encontraron carbonizados a cinco niños dentro de una casa. «La erupción del Volcán de Fuego, en Guatemala, ha arrasado zonas enteras, incluidas aldeas habitadas, que permanecen bajo las cenizas». Una de las fotos áreas que se tomaron de la zona imitaba montañas suizas en un trópico letargo. Una capa blanca grisácea cubría árboles, casas, tráileres estacionados. Un pueblo abandonado en invierno. 

Yo cumpliría cinco años cuando el volcán convirtió en estatuas porosas y plomizas a muchas personas, a niños pequeños como yo y a gente con arrugas como mi abuela. Ese año fue muy raro. Una de mis madres lloró mucho; la otra quizá también lo hizo, pero no lo sé bien porque estuvo meses durmiendo en otra parte. Entraba y salía de casa con su bolso y un libro en la mano. Cuando venía y saludaba, era como si hubiera viajado por semanas aunque nos había visto ayer. Más que a nosotros, parecía que extrañaba su propia vida. Con sus abrazos nos dejaba halos de cigarro y café. Una de las veces que volvió, mamá traía al cuello una tela púrpura, suave. Yo nunca la había visto en casa. Dijo que era un regalo. Tampoco había visto que un regalo turbara e hiciera casi llorar a alguien así. 

El 45 aniversario de mamá se apostilló en otro año de crisis. Continuaban consignas y recorridos en las calles; se cumplían 365 días de la quema de 41 niñas; una erupción hacía virar aviones en vuelo; se comprobó el genocidio por segunda vez; hubo viajes a otros países y una separación. Después me enteraría de que ese año fue de segundas veces. Desde que tengo memoria, nuestras madres nos llevaban a mi hermana y a mí a caminar en las calles del centro histórico, sobre todo porque el país cubría cabezas con costales y les quitaba el aire. Había olvido, tristeza, hambre, enfermedad, egoísmo y cosas sucias. Sin embargo, cuando ellas estaban juntas y reían todo eso no llegaba a los dedos de los pies descalzos de sus hijos. 

Ese año también apareció otra persona en la vida de mis mamás. Nos pedían que la saludáramos, y ella, en lugar de darnos beso, extendía la mano mostrando la palma para que chocáramos las nuestras con la suya. Me parecía tonto, pero sin duda era más aceptable que pegar la mejía a rostros de gente que no nos interesaba. 

Esta otra persona llegó a nuestro cumpleaños, la recuerdo. Nos tomó fotos con su teléfono cuando golpeábamos la piñata en el patio. También comió pastel y revisó la estantería de la sala. No me caía bien. Pensé que se robaría algún libro, pero no lo hizo. Tras ella hubo más silencios incómodos y molestos en casa. Conversaciones a medias cambiaban el tono de las voces de mis madres. Desde la cocina se escuchaban murmullos, que arrastraban emes, eses y erres. Mis tías postizas llegaban seguido y platicaban por horas con mami. Ella dormía en casa, no viajaba tan lejos y con el grifo abierto sobre los platos lavaba, supongo ahora, otro abandono.   

El alejamiento no impedía que fuéramos a la marcha del 30 de junio como familia. En esa ocasión, mi hermana caminaba con mami y yo, con mamá. Había calor y las calles se volvían fatigosas. En las últimas siete cuadras, mamá hizo el camino conmigo en brazos mientras hablaba todo el tiempo con esa otra persona. Quiso cargarme; yo me negué. Volvió a sacar su teléfono y nos tomó fotos a mamá y a mí. Mamá le pidió casi en ruego que se las enviara. Yo nunca las vi.

Esa otra persona era rara. Hablaba y se veía de manera extraña. Si la miraba bien, parecía un búho calvo que se escondía y pretendía quedar bien con sonrisas. Usaba palabras raras, frases enredadas, así que nunca entendí de qué hablaba con mamá. Se veían una a la otra también de manera rara. Era como si todo se congelara y yo ya no estuviera ahí. Eso me molestaba y miraba fijamente a esa persona para que leyera en mis ojos que la odiaba; bueno, lo que yo creía que era odio.  

Mis madres se iban distanciando como barquitos de papel mojados. Llegaron días en que mamá se marchaba después de leernos el cuento de la noche y regresaba durante el desayuno. Una mañana mi hermana fue proactiva. Les dijo que si tenían roto el corazón, lo pegaran. En el cajón había goma y tape, y propuso ayudarlas ella misma. Creo que mi hermana es muy práctica para las cosas complicadas. Yo solo estaba molesto porque eran más niñas que nosotros.

Sé que no me he llevado bien con mamá desde que soy pequeño. No creo que tenga que ver con los lazos biológicos. Mi hermana la imita en todo. De pequeña jugaba a trabajar fingiendo que escribía en computadora, así como mamá lo hacía durante largas horas. Yo intento no ser tan apasionado como ella, pero nunca lo logro.  

El llanto de mami mutaba gradualmente entre que se cerraba la puerta y se apagara el último bombillo. En la oscuridad tomaba la forma de lluvia silenciosa bajo techo. Todo quedaba empapado y un frío triste enmohecía las paredes. Creo que por esa humedad volví a mojar la cama. Algo de lo roto entre mis madres me recuerda la ceniza del volcán. Cómo se puede unir la ceniza. Es imposible con hilo negro, goma o tape. ¿Cómo habían enterrado aquellos cuerpos de ceniza? ¿Se desvanecían al tocarlos? ¿Así morían los vampiros? ¿Eran lodo de lluvia y ceniza?

Mis madres hacían lo necesario para que el fuego, el humo y los despojos alrededor de casa se quedaran detrás del portón de entrada. En sus trabajos eran creativas cuando intentaban que carniceros en trajes de hombre dejaran de violentar vidas. Luego se encargaban de nuestros berrinches, que las agotaban, y más de una vez, las respuestas de mi hermana o las mías les cortaban el aire, como si contuvieran en la garganta ausencias, frustración, rabia. A veces gritaban, como lo hace quien alguna vez perdió. 

¿Qué pasa cuando un niño descubre que el peor de sus miedos es posible? Mi miedo más terrible de niño era que mis mamás ya no fueran las mismas, que mintieran, que ya no rieran juntas y que la separación fuera radical y para siempre. Me di cuenta de que ese miedo era más horrible que ver por las noches al monstruo cubierto de escamas y lodo, con rostro de hombre desfigurado, que vivía bajo la cama. Cuando salía, se arrastraba por la habitación en cuatro patas. Luego saltaba a mis pies y se sentaba. Me veía con ojos blancos y extraños mientras sacaba su larguísima lengua para intentar tocarme. Mi hermana nunca lo vio. Con el tiempo entendí que si los corazones se lastiman más de una vez, nunca serán suficientes los remiendos para curar, sobre todo, el vacío. 

El 27 de septiembre de 2018 se acabó la distancia entre mis madres. Llegaron a casa juntas y ya ninguna huyó. Yo las noté raras, más cariñosas que siempre, pero en la mirada habían perdido algo que no estaba relacionado con su separación. Al año siguiente nosotros empezamos la escuela y después crecimos muy rápido. Imagino que los corazones de mis mamás tendrán rendijas de varios tamaños, y duras y anchas cicatrices.  

Muchas marchas después, mamá me contó la historia de aquella persona. Ella con cerveza, yo con whiskey, hablábamos por primera vez de su vida. La escuché y pensé en la edad de la inocencia, me sorprendió saber que este país tuviera. Sabía que tenía ternura, ¿pero inocencia? Sus hermosos rizos plateados caían libres y más largos sobre su lado izquierdo. Cada surco de su rostro era bello. Cuando acabó, le pregunté si la había vuelto a ver. Solo dijo: “A veces no niegas la mirada, solo la guardas”. 


Conversación 

Nuestros muertos llegan a ser parte de nosotros mismos. Se adhieren a la piel. Hay una simbiosis metafísica a la que quizá Cien años de soledad se refiere sobre la pertenencia y los cementerios. Cuando era apenas niña me apropié de tres muertos que en realidad no conocí; después vendrían más. Fantaseo con que se incrustaron en los ojos detrás de los ojos para acercarme a la finitud y la belleza. En estos países bañados por dos mares hablamos con los muertos. Iluso es pensar esa conversación hecha de palabras, ideas y miedo. 

La primera muerte que hice mía sucedió en marzo de 1983. Mi madre sobrevivió a su tercer parto  ̶ nací yo ̶  y a un duelo terrible. La mujer que la abrazó y le había enseñado ternura de segunda madre murió en un accidente de carretera cuando se dirigía de Quetzaltenango a la Ciudad de Guatemala para conocer al nuevo bebé. La ausencia para mi madre  fue vasta. A consecuencia de su pérdida ya no pudo amamantarme. 

Nueve años después vendría la segunda muerte. A principios de abril regresábamos a la escuela después de los días libres por Semana Santa. Las monjas nos informaron, después de la oración de la mañana, que una niña que cursaba tercero primaria conmigo había muerto en un accidente de tránsito. Los accidentes de tránsito no son tal cosa acá, sino negligencia, cobardía y corrupción. La recuerdo como una niña frágil: rizos castaño-rojizos, tez palorosa, ojos-ventanas-caramelos cristalinos, más café que leche. Su nombre iniciaba con M. ¿Mariana? ¿Milvia? He olvidado las demás letras. A mis nueve años sentí en la garganta un hormigueo que iba en tropelía desgañitando en una inexistente manzana de Adán. Era áspero, un no-ser-estar arenoso. 

Siete semanas santas después, el profesor guía llevó la noticia de que uno de nuestros compañeros del bachillerato se había ahogado cuando nadaba en un río. Él era nuevo en el colegio. Tenía dieciséis años, piel brillante-no-blanca acariciada por un sol de las cinco de la tarde, pestañas largas como uñas drag, ojos semitransparentes y profundos como la oscuridad. Mentón partido, barba afeitada, sonrisa infalible, aura dulce. Era hermoso. Tampoco recuerdo su nombre, pero su rostro sigue ahí en una de mis películas cursis favoritas.

La cuarta muerte tuvo nombre y apellido. Muy adulta entendí la importancia de la identidad y de llamar a cada quien por su nombre, preferiblemente si cada quien lo ha elegido. Mayo había ingresado en la universidad para estudiar literatura tres años después de que yo lo hiciera. Mayo Oliveros era un alma vieja no ficticia y tenía nombre de mes. La atracción fue natural e irremediable. Hablé con él una única vez. Hablamos de ángeles sin rostro, de jazz, de soledad, de todo. Era un pequeño fotógrafo de la melancolía. Cuarteaba el mundo con tristeza y lo tragaba a velocidades de sonido. Cuando se suicidó, lo lloré como nunca había llorado a un niño viejo. Después de su entierro, le vi con su gorra varias veces en la avenida La Reforma. Escuché su voz repetir mi nombre una vez. Escribí una obra de teatro para él. Lo perdoné por abandonar el mundo, me perdoné por envidiarlo un poco. 

Dicen que la muerte solo te ayuda a pasar al otro lado, al que tememos porque lleva implícito nuestro limitado pero amplificado escenario creado de sueños, delirios, destinos, deseos, desesperos y destrucción. El admirado profesor West profetizó que la pregunta primordial era qué significa ser humano, y que para ello es preciso tener consciencia de que se es finito. 

En la muerte número cinco enterré a mi novia un domingo. Los domingos quedaron desterrados de la semana por mucho tiempo. El cáncer tiene una voluntad cruel y verlo abrasar el cuerpo de quien amas es sentir una hiena alojada entre los pulmones que te carcome las entrañas mientras chilla-ríe. Las primeras veces, las conversaciones, los libros, lo justo, los ideales de no ser mediocre… todo lo abstracto fue dejando pistas con serpientes marinas, monólogos interiores, colores y plumas brillantes, eclecticidades sonoras y promesas de que la inmovilidad no es una opción. 

Morir es tan real y cercano que conversar con los muertos es un engranaje consecuente, pero lo hemos olvidado. Meses antes de quedar postrada, mi novia había contestado «Tranquila en mi cama» a la pregunta cómo te gustaría morir. También era bruja. Estas personas que yo no quería que partieran no tenían en cuenta mi opinión, porque no se trataba de mí. Imagino dimensiones en las que todas ellas son fragmentos que resuenan en el viento húmedo que anticipa a la lluvia.  

Entre mis muertos y los de otras personas también ocurren las muertes violentas y las crueles, las que suman miles y contando. Las que se difuminan en cifras grises y neutrales, las que no tienen una fotografía con sonrisa. En esto que nos han dicho que se llama vida se ha trastocado una pieza del tiempo que nos hace creer que hay futuros y que debemos prepararnos para ellos, a costa de no regresar sobre los pasos, a costa del olvido.

En una buganvilia, en el sonido de una palabra, en una calle mojada, en el ruido del vecino pueden aparecer señales. Señales de un diálogo interrumpido por falta de creatividad y silencio. A veces las señales llegan claras y burbujeantes como huevos en aceite caliente, también queman. 

Con los años las conexiones enmudecen. Un diciembre reciente, si no mal recuerdo el mes, me sumergí en la tarea de escuchar murmullos más sensibles porque la creatividad estaba perdida debajo de las piedras. Con dos amigas decidimos ir con una médium. Los nervios mutaban en ruidos de intestino. Cuando empezó el trance, el frío hizo que la voz se convirtiera en humo. Aunque no había llegado a preguntar por mis muertos y no los pensaba en mucho tiempo, en esa sesión uno tras otra y en unión tomaron la forma de niña de unos siete años, con el vestido blanco cliché. 

Se parecía a la niña que la gente decía que veía por las noches en el edificio en que trabajé durante siete años. Cada piso tenía su propia historia sobre ella. La veían parada en uno de los sanitarios del tercero, movía las sillas en el noveno, registraba los escritorios del cuarto, hacía pintas en las paredes del parqueo. Con su vestido blanco cliché, ella no dijo nada; éramos viejas conocidas. Confirmé que era ella porque la había soñado. En el sueño, yo subía al noveno, el elevador se detenía, se abría y ahí estaba de espaldas en el recibidor oscuro, sobre una silla. Cuando ella giró, desperté. 

Hilamos fino esa noche con su vestido blanco. Todo estaba conectado: cifras, polifonía, laberintos infinitos, abecedarios, rostros, máscaras y la nada. La tela de araña era un hecho. Las dimensiones se limitan a los ojos delante de los ojos. El tiempo no une dos puntos, es más denso. Cuando la música termina, también la fiesta. La niña se hizo bruma, ya había logrado decir otra cosa a alguien más. 

Al terminar, mis amigas me veían con caras de angustia. Yo tenía paz. Nuestros muertos llegan a ser parte de nosotros mismos. Se adhieren a la piel. Ellos hablan, pero sería iluso imaginar esa conversación hecha de gatos amarillos que van saltando del tejado al balcón. 


Noe Vásquez Reyna (Ciudad de Guatemala, 1983) Con formación en literatura y comunicación, ha publicado dos libros de relatos, una novela corta para niños y un poemario digital. Ensayos literarios, artículos, columnas de opinión y trabajos de ficción han sido publicados en antologías y revistas de Guatemala, El Salvador, Alemania y Noruega. Actualmente trabaja en gestión cultural y es columnista y subdirectora de la revista digital centroamericana Casi literal. Es cofundadora del colectivo de diversidad sexual Promiscuos ConCiencia, que organiza charlas colectivas sobre vínculos y relaciones humanas. Por convicciones políticas-existenciales, tiene tres perras y cuatro gatos, no come carne y se mueve en bicicleta.

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Glosolalia articulada Narrativa

Charlie Kaufman | Un escritor un tanto nihilista.

*A propósito del nuevo trailer I’m Thinking of ending things. 

Llevo mucho tiempo queriendo articular la esencia de Charlie Kaufman en forma de ensayo, lo cual comienza a desmoronarse por todas las alusiones y apartados de este guionista y director quien gusta jugar con lo surreal, posmoderno, metanarrativas y una estética semejante a la del teatro del absurdo.    

Su debut direccional fue hace doce años con Synecdoche New York, en la que muestra una obra demente con personajes que, en primera instancia parecen inverosímiles pues juega con enfermedades neuróticas inexistentes y temáticas exageradas o improbables.

En esta película pone sobre la mesa lo que ha trabajado en su trayectoria, el metatexto de Adaptation (Spike Jonze, 2002), el humor sinsentido de Being John Malkovich (Jonze, 1999) e incluso el humor “filosófico” de Human Nature (Michel Gondry, 2001). También mostraría desde esta cinta un concepto que tiene sobre el amor que si bien lo trata en esta película desde la figura de un padre y de un ex-esposo, en Anomalisa, su segunda película como director, lo explota a través de un neurótico que escucha a todo el mundo con la misma voz a excepción de una chica a quien le es obvio que es hermosa sin saber por qué.

La única película que coloco aparte se trata de la pieza maestra de Michel Gondry, Eternal sunshine of a spotless mind (2004). No solo se trata del juego de surrealismo con ciencia ficción de una pareja enamorada que quiere olvidarse el uno del otro, esta cinta pasa al mundo del cine de culto por encima de las anteriormente mencionadas. Aunque sean accesibles los otros títulos, ésta parece ser la más popular sin estar sobrevalorada.

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Hasta aquí, aún no se desmorona el ensayo, sólo he mencionado la trayectoria del guionista y director, en cuanto se empieza a dialogar con alguien que es tan lúdico en el cine es cuando se empieza a colapsar, pues parece que su intención es jugar por el mero hecho haber tenido una lúdica creatividad.

Parte de esta estética del juego remite un tanto a la premisa todo vale del nihilismo, pero hasta antes de Synecdoche no podía decir en sí que fuera un autor nihilista, pues eso se trata de un compromiso a veces pesimista, a veces vitalista; es en una escena en que el personaje de Philip Seymour Hoffman le dice al equipo del montaje de un teatro sin audiencia (después de diecisiete años de estar en producción) que no se conformará con algo que no sea la verdad brutal. Es en esta verdad brutal en la que el director de la obra de teatro pierde la cabeza queriendo retratar la vida misma a través de un guión teatral. Parece irresoluta la tarea, no sólo por la imposibilidad de tener que emancipar al autor de la obra, también por el final del guión que le es imposible narrar desde alguien que está buscando la verdad absoluta en una pieza de arte.

Este diálogo ayuda a ver en la trayectoria ciertos tonos nihilistas sobre alguna concepción que tiene el autor sobre las relaciones humanas, el monotono de Anomalisa, el eterno retorno de lo mismo con Eternal sunshine of a spotless mind, la vacuidad de la escritura a la cual se enfrenta él mismo (caricaturizado como un personaje) en Adaptation.

El nihilismo es una temática que había preferido eludir al hablar de Kaufman pues no se centra en ello su trabajo aunque se encuentren los matices de ello. A propósito de su próxima película, I’m thinking of ending things el título me pareció resonar bastante con el nihilismo por lo que decidí abordarlo desde este ángulo. Como había mencionado más arriba, cuando un escritor opta por tomar una postura nihilista parece tomar una acepción vital de lo que se trata el vacío, como si se convirtiera en…, para Kaufman parece ser una herramienta o un residuo de sus diálogos, pues éstos relatan personajes en crisis, casi en un declive mental, la psicología de ellos, a pesar de que están inmersos en una trama surreal, es cuando cobran verosimilitud y así empatizan con una audiencia.